Nuevas lecturas · Unidad 59 de 74

Unidad 59 · I58 NUEVAS LECTURAS

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

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sin poderlo desechar, y acaba por clavarse allí como una verdadera obsesión de la mente; y en aquel momento el reloj de la chimenea vino á exhumar en mi memoria, con esta molesta pesadez, un recuerdo lejano enterrado allí cuarenta años antes... Había yo visto en mi infancia una comedia de magia titulada La almoneda del Diablo, encanto y admiración de niñeras y chiquillos. Era el protagonista un tal Blasillo, y por una serie de estupendas aventuras llegaba á una situación algo parecida á la en que yo me encontraba. Hallábase en la galería de retratos de un castillo encantado: al dar las doce abrían de repente la boca todos los retratos y cantaban en coro fatídico y monótono:

Cuando las doce De esa campana En tus oídos Oigas sonar, Las brujas todas De estos contornos A este recinto Verás llegar.

Después, Blasillo, De atormentarte Con uñas fieras Toda la faz, Bien en dragones, Uien en escobas, Tor esos aires Te llevarán...

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El pobre Blasillo, tan angustiado casi como me iba yo poniendo, decía para su capote:

— ¡Qué miedo tengo, Pobre de mí!...

Y los retratos, adivinándole el pensamiento, contestaban:

— ¡Qué miedo tiene! ¡Ji, ji, ji, jil

Pues esta musiquilla y este estribillo se despertaron en mi memoria y pegáronseme al oído al dar las doce en el reloj de la chimenea, con tan importuna fijeza y tenacidad tan molesta, que desasosegado y nervioso y casi fuera de mí, retíreme al cuarto de P** para huir en parte de aquel impertinente tic-tac y vigilar desde allí todo lo que en el salón azul sucediese.

Proseguí, pues, mi lectura entretejiendo sin poderlo remediar las paganas virtudes de Catón con el lamento de Blasillo:

¡Qué miedo tengo, Pobre de mí!

y las profundas observaciones del historiador con el coro de retratos, que personificaba mi

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imaginación en la monja dominica y en don Miguel de Zarauz:

— ¡Qué miedo tiene! Ji, jii j>, jü

De repente sonaron en mi cuarto ligerísimas pisadas que parecían tan solo rozar el pavimento, y antes de que me diese verdadera cuenta, vi delante de mí un hermosísimo Fox-terrier de X**, llamado Back, que acudía allí sin duda á la querencia de su dueño ausente. Confieso que no me disgustó aquella inesperada compañía, y retuve y acaricié al noble animal y le hice echarse en el suelo á mi lado.

Una hora llevaba ya en aquella ansiosa espera sin que disminuyese un punto la horrible tensión de mis nervios, cuando resonó otro segundo ruido extraño y temeroso que no pude distinguir al pronto si provenía del salón azul ó de algún ángulo de mi aposento. Dióme un vuelco el corazón y miré á Back instintivamente. No se había movido de su sitio, pero levantaba la cabeza olfateando...

Volvió á resonar el mismo ruido con muy corto intervalo: era como un rechinamiento de dientes que en el silencio de la noche resultaba pavoroso... Creí llegado el momento, y confieso mi flaqueza: tuve entonces, no una ráfaga sino