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Unidad 60 · EL SALÓN AZUL l6l
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EL SALÓN AZUL l6l
un vendaval de verdadero miedo. Levánteme, sin embargo, y dirigíme á mi cuarto echando á Back por delante y azuzándole en voz baja:
— ¡Búscalo, Back, búscalo!...
Back no se daba del todo por entendido, y caminaba muy pegado á mí, olfateando unas veces al aire y rastreando otras en el suelo... Desde mi cuarto vi el salón azul, silencioso y oscuro como la boca de una sima, y escuché distintamente el estridente ruido, que entonces me pareció como de huesos que rechinasen y se quebraran, en el interior del pasadizo secreto... Habíase entornado por sí misma la puerta, y al extender la mano para abrirla, el maldito tic- tac del reloj pareció decirme al oído, con mucha razón por cierto:
¡Qué miedo tiene! Ji> ji, ji, jü
Abríla sin embargo violentamente, y descubrí, agazapado en el suelo, á Toby, el otro Foxterrier de X**, perro el mas inteligente y goloso que ha ladrado en la vida, royendo una cosa negra, grande como la palma de la mano, que tomé á primera vista por dos cuernecitos pequeños, unidos por abajo, semejantes á los que tienen en el cuadro de El juicio final los demonios de Miguel Ángel... Inclíneme para reco-
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nocer el extraño objeto, y un olor fétido me llegó al olfato... Díle con el pie para sacarlo á la luz, y reconocí entonces una pezuña de ternera, de que sin duda había sacado el cocinero gelatina... Empújela poco á poco con la punta del pie para arrojarla por el balcón abierto, y Toby iba á su lado, muy pesaroso, acompañando sin protesta ni rencor, á su perdida presa... Al caer esta al parque y desaparecer en la oscuridad, el perro me miró y yo miré al perro y, si mal no recuerdo, nos echamos á reir los dos...
Así castigó Dios mi soberbia, dando á tan pavorosa aventura desenlace tan ridículo y reservando, sin duda, para otro menos presuntuoso la hazaña de arrancar al salón azul su secreto. Dolíme de mi culpa, y en penitencia de ella me propuse escribir hasta en sus más nimios detalles esta cierta, verdadera y exacta historia, y arrostrar pacientemente las burlas de los que no habían de creerla, olvidándose de aquella cortés sentencia de una sesuda vieja, mi paisana: Ante un yo ¿o vi, hay que creer ó reventar.
Yo, sin embargo, lector amado, quiero ser magnánimo y te dispenso la segunda parte de la receta de la vieja. Así, pues, te pido, y te