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Unidad 61 · EL SALÓN AZUL
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EL SALÓN AZUL
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ruego, y te suplico, y te torno á pedir, con lágrimas casi en los ojos, que si no quieres creer, tampoco revientes.
Sería un sacrificio tan doloroso como inútil, quedándome á mí siempre el consuelo de aquello de Galileo: E pur si innove.
LA CUESTA DEL COCHINO
LA CUESTA DEL COCHINO
(relación de un sucedido)
N 1864 heredó Joaquín Sampayo de su padre los títulos todos de su noble casa, y la mitad del pingüe mayorazgo: habíalo tomado entero el viejo Sampayo á los veintiséis años, tres antes de la ley de desvinculación decretada. Cumplido el año de luto, vino Joaquín á tomar posesión de sus propiedades en Andalucía, que eran muchas y muy ricas: correspondíale, entre otras cosas, un magnífico palacio antiguo en X**, y era también patrono del grandioso hospital fundado allí en el siglo XVI por uno de sus ilustres abuelos. Conocí yo á Joaquín Sampayo en las Escuelas Pías de Getafe, donde ambos nos educamos, y
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conservamos siempre una amistad constante y cariñosa que duró hasta su muerte, acaecida en edad harto temprana.
Era Joaquín modesto, como verdadero gran señor de raza, y quiso visitar privadamente á la Superiora del hospital, antes de tomar posesión de su patronato, con las aparatosas ceremonias que la misma fundación indicaba y exigía. Acompáñele yo en esta excursión, como en tantas otras le había acompañado, y recibiónos la Superiora, Sor Ventura, en su modesto despacho de la planta baja.
Azoraban mucho á Joaquín las monjas y sucedíame entonces á mí otro tanto, porque llenos de respeto y admiración hacia tan venerables señoras, temíamos siempre ofenderlas con nuestros modales mundanos, y nunca atinábamos tampoco con el justo título de Madres, Hermanas, etc., etc., con que suelen clasificar ellas sus parentescos espirituales con el resto de los fieles cristianos. La razón no era grande que digamos: pero ni Joaquín ni yo frecuentábamos entonces el trato de comunidades, y él tenía veintiséis años y yo contaba veinticuatro.
Sacónos presto del apuro el tacto y discreción de la Superiora, que á leguas se conocía ser, al mismo tiempo que un ángel de virtud, una mujer de mundo y experiencia. Y tan en
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gracia le cayó á Joaquín, y tan bien supo ella presentar los intereses de sus pobres, que á la media hora de conocer al nuevo patrono, habíale ya propuesto, sin pesadez y sin violencia, tres mejoras en el hospital, importantes y costosas, que el honrado Joaquín se apresuró á prometer y aprobar, con elocuentes, sinceros y enérgicos monosílabos. Y todo lo cumplió en efecto, con esplendidez y con premura; porque siempre fué aquel modelo de señores, de los que cuidan más de cumplir los deberes que imponen el nacimiento y la riqueza, que de exigir y cacarear los derechos heredados.
Decaía ya la conversación, cuando llamaron á la puerta tímidamente, y entró un viejecito muy pulcro, tembloroso de todo el cuerpo, vistiendo, con extraordinario aseo, pantalón y chaqueta burda de paño pardo. Acercóse á la Superiora y entrególe una llave muy grande, murmurando algunas palabras, en que, fuese defecto de pronunciación ó tartamudez acaso, sobresalían y se entremezclaban las dos sílabas za y nía, formando una jerga ininteligible para quien no fuese la misma Superiora. Tomó esta la llave, y volviéndose hacia nosotros, dijo como si nos presentase al recién venido:
— Es un asilado... Zamama... El pobre está imbécil.