Nuevas lecturas · Unidad 9 de 74

Unidad 9 · 38 V ! VAS 1 .1 I 1 i RAS

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38 V ! VAS 1 .1 I 1 i RAS

rio. Levantó primero una oreja, y luego otra, y después las dos á un tiempo, como burro que medita ó titubea ó quiere demostrar que una y una son dos.

— Yo, señor zorro — dijo con toda la pausa y gravedad de su especie, no tengo cosa que mayormente me remuerda... Mi natural no es inclinado á vicios, ni mi aperreada vida me los permitiera. Me zurran más que merezco, y trabajo más que como... Solo en esto de comer tengo un escrupulillo, que vuestra merced sabrá apreciar mejor que yo, pobre jumento...

Estiróse el zorro y aguzó las orejas como si rastrease ya una pista, y el penitente continuó:

— Pues fué esto un martes, que volvía yo harto de caminar con pesada carga, sin haber probado en todo el día ni una yerba seca, ni una brizna de paja... Pasamos al anochecer por un mesón, y había á la puerta un saco de grano entreabierto; y claro está, sucedió lo que en estos casos sucede; que al pasar ¡paf! pegué una dentellada, y me comí un puñado de trigo...

Saltó el zorro sobre la barandilla como si le hubiesen pinchado por detrás con una lanza.

— ¡Desdichado! — gritó cogiéndole por una oreja.

Y de pie sobre el confesonario, agarrado á

A UN GRAN SEÑOR TITULADO 39

las orejas del jumento y estirándoselas cruelmente, seguía gritando:

— ¡Ya pareció!... ¡Ya está aquí el culpable!... ¡Este es el sacrilego que atrae la cólera de los dioses con su horrendo delito!...

— ¿Pues qué ha hecho?... ¿Qué ha hecho? — gritaron de todas partes.

— Que lo diga él; que lo diga, puesto que lo convenido es eso.

El burro, que lo era mucho, refirió entonces en alta voz lo que en queda y contenida había confiado al zorro.

— ¿Lo oís?... ¿Lo oís? — chilló este sin soltarle de las orejas. ¿Comprendéis todo lo horrible de su crimen?... ¡¡Se ha comido la materia remota del Santísimo Sacramento!!

No hubo que decir más: levantóse horrible algarabía de rugidos, relinchos, chillidos, cacareos y silbos, y millares de garras, dientes, pezuñas y picos cayeron sobre el infeliz jumento y le despedazaron, quedando así desagraviados los númenes y tranquilas las conciencias.

Pues bien, señor excelentísimo: sesenta años hace (setenta y tres cumpliré por Agosto) que conozco al alcalde de Alcobendas; y por lo que de él siempre he visto, y por lo mucho que de lo suyo he sabido, antójaseme ahora que si alguna culpa le alcanza en la cuestión debatida,