Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 24 de 51

Unidad de lectura 24

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Traspuesta la cumbre sigue una bajada rápida por la cual se andan dos leguas para llegar a la cabecera del cantón. Situada en la confluencia de tres estribos que se desprenden de la serranía principal, la villa del Cocuy ocupa un valle reducido e inclinado, y recibe de lleno los vientos templados del vecino páramo. Su temperatura media es 13° centígrados, y su altura sobre el nivel del mar 2.757 metros. Cuenta un nifmero considerable de casas de teja, y sus calles se ven frecuentemente animadas por la concurrencia de tratantes que de Soatá, Socorro, Girón, Málaga, Ocaíia, Santander, Casanare y Bogotá concurren a cambiar los frutos exportables de sus respectivas provincias, por las abundantes producciones agrícolas, los ganados y las manufacturas del Cocuy, entre las cuales se hacen notar por su buena calidad las bayetas y frazadas. La fertilidad del suelo es admirable; y no obstante que la temperatura más alta en el cantón es la de Espino (20°), se produce el maíz de grano tan grande como las habas comunes, y prosperan la caña de azúcar y el plátano. Rodeado de altas cadenas* de cerros fragosos, carece de buenos caminos para el comercio activo que sostendría con sus cuantiosos frutos después de mantener en la abundancia los 32.849 habitantes contenidos en 47 leguas cuadradas, de las cuales 15 permanecen inocupadas, por ser de páramos. Así, los años felices los reputa el agricultor como una cala-

midad, por el abatimiento de precio que sufren los frutos aglomerados sin salida. Los habitantes son de raza blanca e india, estando ésta en minoría por la rápida absorción que hace de ella la primera, habiendo resultado un tipo mixto, que no por carecer de la belleza del cáucaso deja de ser bien conformado y vigoroso; y como el suelo del cantón se compone de continuados cerros cortados por caminos desiguales y fragosos que los naturales transitan a pie, adquieren en este ejercicio constante desde la niñez, un desarrollo muscular y una agilidad singulares, haciendo sin fatigas largas marchas, cargados con maletas de tres y cuatro arrobas de peso, al mismo andar cuesta arriba o cuesta abajo, de tal modo acostumbrados a las serranías, que cuando han caminado largo rato por llanuras, suspiran por una subida y una bajada para descansar, como nos decía un peón cocuyano.

Donde hoy está la villa que da nombre al cantón, se hallaba la morada de un cacique principal de los Laches, nación independiente de los Chibchas. «Los Laches, dice Piedrahita, a quienes divide el río Sogamoso de los estados y tierras del Tundama en las provincias de Hunsahúa (Tunja) y corren por páramos y tierras cálidas hasta confinar con los Tammes (Tunebos) y provincia de los Chitareros (Pamplona), son de natural barbarísimo, y de sus burlas no salen con menos daño que de la más cruda guerra. Su juego más celebrado era salirse a los campos por parcialidades o capitanías a pelear unas con otras, arreadas de varias plumas y galas, y sin más armas que las manos, con que a puño cerrado y sin llegar a luchar batallaban hasta caer o cansarse después de bien lastimados.

«A estas fiestas llamaban Mommas, en que hay tiros y golpes de mucha destreza y dignos de ver; y permanecen hasta el tiempo presente (1684) con tán-

to aplauso, que los españoles no se desdeñan de caminar diez o doce leguas por llegar al tiempo de su celebridad. Viven hermanados con los Ipuyes y Achaguas; y tenían por ley que si la mujer paría cinco varones continuados, pudiesen hacer hembra a uno de los hijos a las doce lunas de edad, esto es, en cuanto a criarlo e imponerlo en quehaceres de mujer; y como lo criaban de aquella manera, salían tan perfectas hembras en el talle y ademanes del cuerpo, que cualquiera que los viese no los diferenciaría de las otras mujeres; a estos llamaban cusmos. Adoraban por dioses a todas las piedras, porque decían que todas habían sido primero hombres, y que todos los hombres en muriendo se convertían en piedras, y había de llegar el día en que las piedras resucitasen convertidas en hombres. Adoraban también a su misma sombra, de suerte que siempre llevaban a su Dios consigo; y aunque conocían que la sombra se causaba de luz y cuerpo interpuesto, respondían que aquello lo hacía el sol para darles dioses; y si para convencerlos les mostraban las sombras de los árboles y de las piedras, nada bastaba, porque a las primeras tenían por dioses de los árboles, y a las segundas, por dioses de sus dioses; tánta era su estolidez y desdicha».

El pasaje citado revela la candidez de estos indios y lo impresionable de su ánimo; defectos que los predispusieron a recibir el yugo de los españoles sin hacer resistencia, no obstante el ser valerosos, cediendo al asombro que les causaba la vista de gentes barbadas y particularmente la de los caballos.

No hay en el Cocuy posada para los viajeros, pues estando reducida la concurrencia de forasteros a los tratantes en frutos, ellos encuentran albergue en las chicherías o en casa de sus compadres y relacionados. Las casas donde acudimos a pedir alojamiento,

inclusa la del jefe político, nos cerraron sus puertas, de lo cual casi nos alegrábamos, porque el desaseo interior era imponderable y de antemano quitaba el apetito y el sueño. Sin embargo, forzosamente habíamos de detenernos allí para recoger datos y hacer observaciones, y en consecuencia resolvimos hacer uso de una carta de recomendación que en Soatá nos dio el bondadoso doctor Calderón para el señor Ruiz, quien nos recibió con tal franqueza y cordialidad, que olvidamos al punto los desagrados anteriores. Este honrado sujeto es jefe de una familia numerosa y trabajadora, que mantiene la casa, no sólo con aseo, sino con cierto primor, adornando la sala un estante de libros y varias mesas cargadas de curiosidades, flores y frutas fragantes. Además del trato amistoso que le merecimos, nos favoreció con noticias y diligencias que facilitaron la ejecución de los trabajos que llevábamos entre manos, y él supo apreciar infinitamente mejor que las autoridades de la provincia, de quienes si recibimos algún auxilio rogado era dado con una tibieza que rayaba en mala gana, y arrancaba a mi filosófico compañero la frecuente exclamación: «Perdónalos, señor, que no saben lo que hacen».

Dejando el grueso del equipaje en el Cocuy, marchámos eL6 de julio en demanda de Chiscas, pueblo que demora cinco leguas al norte-noroeste del primero, situado al pie de la majestuosa cadena de cerros, cuyas cumbres principales brillan con nieves perpetuas. El camino pasa por Panqueba y Espino, cabezas de distrito, con tal desigualdad del terreno, que mediando entre el Cocuy y Panqueba la distancia de una legua, hay 500 metros de diferencia en altura, y cerca de tres grados centígrados en temperatura: Espino, que está una legua y tres cuartos más adelante, se halla 763 metros menos alto que la cabecera del cantón, marcando el termómetro siete grados más de tem-

peratura media. Concíbese cuánto favorecerán estos desniveles la variedad de producciones agrícolas, en un sueio fértilísimo y bien regado como aquél; pero al mismo tiempo la disposición de los terrenos, todos en laderas y cumbres, mantiene diseminada la población agrícola e influye, por tanto, en la pequenez de los pueblos. Las cercanías de Chiscas ofrecen a la vista paisajes muy bellos, en una sucesión de laderas pendientes, cubiertas de bosquecillos que de trecho en trecho interrumpen, con sus grupos de verde oscuro y flores, los cuadros matizados de las diferentes sementeras extendidas del pie a la cumbre, a veces tan descolgadas sobre e! lecho del río, que admira cómo pueden mantenerse allí, sin rodar, los que labran la tierra. El reducido caserío de Chiscas se levanta al extremo norte de una explanada pequeña y alegre, cortada en trozos longitudinales por barrancas profundas y entapizada de ricos pastos, los cuales se continúan sobre la próxima sierra, tan suculentos, que a los dos meses de residencia da una res cuatro arrobas de sebo, y las ínulas se enferman de gordura. El terreno de la explanada es de acarreo asentado por capas, las más veces brechiformes, en cuyos fragmentos calizos y arenáceos se ven numerosas impresiones de conchas bivalvas, y trozos de sílex en figura de peras, que son talvez siphonias petrificadas, puesto que las conchas impresas son marinas. Por tanto, la serranía inmediata, que suministró estos despojos, pertenece a la formación secundaria, y lo confirma la presencia de esquistos embutidos de riñones de hierro carbonatado litoideo, que se encuentran en lo bajo de las grandes grietas, abiertas en la falda de la serranía, indicando la existencia del terreno carbonífero.

El coronel Toscano, soldado de la independencia, nos recibió en su casa con la franqueza de un viejo militar. Rodeábalo una familia lucida y amable, cuyo

esmero en las cosas domésticas lo revelaban el jardín de flores que alegraba el patio y la cuidadosa limpieza de la casa; y en ratos de conversación agradable nos suministró los informes necesarios sobre ganadería y agricultura, los cuales constituyen su ocupación preferente, bien que la ingrata y enojosa política interior suele calentarle en horas la cabeza, más de lo que a su tranquilidad conviniera; aunque siempre me ha parecido que el ardimiento en las opiniones sienta bien a los hombres de la guerra magna, quienes para mí tienen cierto privilegio que les afianza la tolerancia de sus sucesores en el manejo de los negocios públicos. El antiguo pueblo, reducido a un corto vecindario de agricultores y trajineros, queda cerca del moderno, y se compone de algunas casitas y ranchos de vara en tierra, habitados por indios ladinos y por tunebos semicivilizados, sin más trajes que largas ruanas. El nuevo, erigida en parroquia el año de 1772, no ha progresado cuanto debieron esperar sus fundadores, pues conservan todavía en la iglesia imágenes monstruosas con brazos de orangután y manos más grandes que las cabezas, sobresaliente entre todas un santo de aspecto jaquetón, vestido con camisa blanca, por debajo de la cual se salen unas botas que talvez le prestó el cura, y en la cabeza un sombrero cuba, rayado en lineas espirales y puesto al desgaire sobre la oreja izquierda; señales de abandono y atraso, que si bien deponen inmediatamente contra el cura que las mantiene én su templo, hablan también contra el pueblo que las tolera como cosas del cielo.

Regresámos al Cocuy con el objeto de visitar a Güicán y explorar la Sierra nevada, que demora cuatro leguas al norte-noreste, distancia directa de la villa, y seis y media por el camino del mencionado pueblo. Las anteriores correrías, transitando lugares fragosos, habían fatigado sobremanera nuestras bes-

tias, de modo que nos vimos obligados a solicitar otras de alquiler para la excursión a la Sierra, y además un guia. Consiguiéronse por el rtiáximo de precio acostumbrado en el país, y de calidad tal, que prometían un viaje canonical. Cuando nos pusimos en marcha, siguiendo la calle principal de la villa, y notámos la figura que hacíamos, nos saludamos recíprocamente con una cordial descarga de risa, en que nos acompañaron algunas hijas de Eva, que asomaban por las ventanas. Enhorquetaba yo una muía venerable, tan ancha como larga, que había relegado toda su antigua viveza al rabo, con el cual me azotaba cada vez que le arrimaba los talones para sacarla de su andar pacienzudo, en tanto que llevaba la cabeza junto al suelo, como si pretendiera examinar la naturaleza de las piedras que lo sembraban. Mi compañero se hallaba entronizado sobre un caballo rucio, largo y enjuto, rípido de cuerpo, las orejas tiezas y hacia atrás, los ojos medio cerrados y la cabeza tan erguida cuanto podía; andaba despacio, adelantando majestuosamente las tapas, cual si estuviera profundamente penetrado de la honra que se le hacía poniéndole silla y freno. En vano se le apuraba; a cada golpe de espuela correspondía una mueca desdeñosa, levantando el labio superior y continuaba impasible su marcha triunfal. Cansados de luchar contra la adversidad, abdicámos la voluntad en las bestias y nos dejámos llevar según su antojo. El guía nos contemplaba de cuando en cuando, con aire paternal y trataba de consolarnos, repitiendo siempre la misma frase: «En saliendo allá arriba verán sumercedes cómo caminan mejor»; allá arriba enigmático que nunca lo alcanzámos. Era hombre de cincuenta años, alto, vigoroso, de fisonomía honrada y abierta: vestía pantalón de manta rayada, camisa de lienzo, alpargatas y ancho sombrero de ramo: la ruana plegada y a la espalda: el andar pausado y cons-

tante, aun por los recuestos más escarpados: gran vaquiano y disertador, de nombre Luis Reyes, antiguo correo y grave persona, un tanto sordo a ratos y con todo esto buen compañero de viaje y liberal consejero hasta en las cosas científicas.

En esta disposición y con una velocidad de dos horas por legua, pasámos el alto de la Vega y caímos a las márgenes del río de la Cueva, donde hay una fuente termal ferruginosa, 24° sobre la temperatura del aire ambiente, y junto al camino, al opuesto lado del vallecito, otra fuente sulfurosa fría, que nacía a la raíz de un cerro pedregoso. Desde este punto comienza la subida de Güicán, por medio de grandes cerros destrozados, cuyos fragmentos yacen esparcidos por las laderas sembradas de peñascos agigantados, y coronadas por estratos calizos en quese ven la perforación de numerosas cavernas y la estampa de conchas bivalbas, que es difícil caracterizar, por no hallarse la impresión de las charnelas. El pueblo queda situado en una meseta elevada 2.900 metros sobre el mar, con la temperatura media de 11° centígrados: su población, en parte indígena y en parte blanca, de bellas formas y colores hermosos, notablemente en las mujeres. Tiene una iglesia bonita y adornada con sencillez, escuela pública y varias casas de buena construcción muy aseadas. (*) Dionos alojamiento en la suya el señor Juan Quintero, joven de modales caballerosos e inteligencia despejada y jefe de una bella y simpática familia. Por tercera vez debíamos a la benevolencia de los particulares el hospedaje que las autoridades locales no quisieron procurar, o no se curaron de ello, sin

(*) «El jítreblo de los indios está abajo del Cocuy, poco distante, con su buena iglesia ornamentada. Tenía agregados unos indios, catequizados unos, otros bautizados. Llámanles Tunebos, y el pueblo doíide asisten Güicaní: salen allí muchos gentiles y son muy dóciles»— Oviedo, Pensamientos y noticias.

embargo de presentarles altas recomendaciones oficiales, cuyas palabras no hacían mella en su ánimo; efecto de la ignorancia, que siendo entre nosotros pecado involuntario, merece absolución plena en sí mismo y en sus rudos efectos.

El río de la Nieve baja precipitado desde la cumbre de la Sierra, y antes de confundirse con el de la Cueva, una legua al oriente de Güicán, rodea la base de un peñón desmesurado que por esa parte se levanta casi 390 metros verticalmente, al paso que por la opuesta se confunde con las colinas y faldas de la serranía principal, mediante una espaciosa rambla, que ascendiendo suavemente concluye de pronto en el murado abismo, tan limpio de árboles, que desde la cornisa se ven claras la distante vega y la cinta espumosa del riachuelo, y tan alto que no se percibe el ruido de las aguas que pasan veloces rompiéndose contra las rocas. Lleva este peñón por nombre Gloria de los tunebos, y la tradición local lo explica diciendo que una vez sojuzgados los indios, más por el terror que les infundieron los caballos y barbas de los españoles que por fuerza de las armas, comenzaron a experimentar el peso de los tributos y el intolerable despotismo de los encomenderos con tal rigor, que, desesperados y no podiendo recuperar la usada libertad de las selvas, se juramentaron a morir, y concurriendo por grupos de familias a la rambla ya descrita, echaban a correr hacia la cornisa y se despeinaban con sus mujeres y niños. En comprobación de este relato muestran al pie del peñón gran número de huesos humanos esparcidos a todo viento, carcomidos por el tiempo y siempre rotos como por violento choque, señales de no haber pertenecí^ do a cuerpos tranquilamente depositados en sepul-

cros; y como los indios, sin excepción de tribus, se han distinguido por el religioso esmero en sepultar los muertos dentro de cavernas o en lugares apartados del tráfico, el estado de aquellas osamentas parece corroborar lo que la tradición refiere, teniendo el apoyo de hechos semejantes mencionados por los cronistas de la conquista; a tal punto de desespera-' ción redujeron los conquistadores a los indios indefensos, oprimiéndoles con vejámenes y exorbitantes tributos, que no les dejaban más refugio que la muerte, como se vio en los agataes y cocomes de Vélez, los cuales de un día para otro se suicidaron todos.

Por la explanada de este peñón pasámos en vía para la Sierra nevada, guiándonos el inteligente y bondadoso señor Quintero. E! camino se compone de una multitud de veredas transitadas por los indios tunebos al través de paisajes tan variados como agrestes. Los cerros vecinos llevan en sus cumbres rotas y rodadas las señales de haber sufrido sacudimientos poderosos que talvez los rebajaron a la mitad de su elevación primitiva: la vegetación se modifica, haciéndose casi uniforme y perdiendo gradualmente en altura, a medida que se entra en la región de los páramos silenciosos; y por momentos, al llegar a las mesetas limpias de arbustos, se nos presentaban delante, y a mano derecha cerrando el horizonte, las resplandecientes masas de nieve amontonadas por los siglos sobre las altivas cumbres de la Sierra. Andadas dos leguas llegámos enfrente de los restos de un largo cerro interpuesto como el muro de una fortaleza gigantesca, que es preciso escalar trepando por entre peñascos desquiciados hacia una brecha que hiende el descarnado espinazo, última barrera que nos separaba del objeto de nuestro viaje. Desde aquella brecha se domina el Llanorredondo, término de la reglón habitable, circuido de paredones y grupos discordantes de caliza tosca y arenis-