Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 25 de 51
Unidad de lectura 25
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ca micácea, cuyos estratos irregularmente sublevados por un extremo se levantan verticales formando crestas puntiagudas y lisas, contra las cuales se rompe el viento con un sonido particular e imponente; abajo se hace un lianito cubierto de yerba menuda y entretejida que pastan algunas ovejas cargadas de lana, e interrumpidos por bosquecillos de arbustos lustrosos, a cuyo abrigo permanece el ganado mayor, peludo y de aspecto semejante a los bisontes. En un extremo del llano, a 3.985 metros sobre el nivel del mar, está la casa en que viven los que cuidan del ganado, soportando con indiferencia la temperatura de 6° centígrados, y frecuentemente las nevadas que manda la Sierra y cubren el suelo por espacio de tres o cuatro días sin derretirse. El cóndor y el buitre son los enemigos que han de combatir, vigilando los rebaños de ovejas, tras de los cuales andan aquellas aves saltando de picacho en picacho, para aprovechar el menor descuido y lanzarse sobre la presa, habiendo cóndor tan pujante, que levanta en las garras un cordero mediano, y hace remolinear los arbustos al batir sus fuertes alas. Desde la casa hasta el pie de la Sierra mide et llano una legua, en que el suelo negro, apretado y cubierto de gramíneas y pequeños frailejones blancos, se halla interrumpido por colinitas de esquistos arcillosos, y cortado por arroyuelos angostos, límpidos como el cristal y corriendo sin el menor ruido, según se les ve siempre en las cimas tendidas de nuestros Andes. Junto a la Sierra el frailejón se multiplica, se apodera exclusivamente del terreno y adquiere proporciones de árbol, levantando su inmóvil copa sobre largos y embetunados troncos. El suelo se encuentra removido y sembrado de fragmentos lisos de rocas, que revueltos con arenas y margas forman- una especie de cercas paralelas a la base de los cerros, de cuyos costados abiertos han sido arrancadas y arras-
tradas por una fuerza lenta y perseverante: estas son las morenas (*) que acompañan a los neveros y quedan, después que las nieves han desaparecido, atestiguando a lo ancho de los valles que allí existieron hielos eternos, como sucede en algunos puntos de los Pirineos y Alpes, que hoy no son nevados. Nos hallábamos a 4.300 metros de altura y 5° centígrados de temperatura: el frailejón había quedado atrás: los liqúenes aparecían a trechos al abrigo de las peñas, y rara vez salían de las hendeduras las cortas y retorcidas ramas de algún arbustico sólido y lustroso, como el acero pulimentado: el aire es allí quieto, insuficiente para la respiración agitada por el ejercicio, de donde procede el desfallecimiento que sufren las personas y las bestias, llamado chacuá, perdiendo el tino y el equilibrio: la atmósfera tan diáfana, que las distancias se equivocan, juzgando muy de cerca los objetos lejanos; ni un ave, ni un ruido de vida perturba la solemne soledad; y la voz humana se transmite clara y sin rival por el espacio. Tocábamos ya con las manos el bisel o límite inferior de un inmenso nevero que se descuelga por un plano rápido desde lo alto de la Sierra, llevando a los lados y al frente muros de roca revolcados entre arena, greda y cascajo, arrancados del suelo por el cortante filo del nevero, y prestando e! aspecto de sulcos de 40 a 60 metros de altura. El del costado derecho se prolonga cerro arriba durante media legua hasta el borde de las nieves permanentes, y determinámos aprovecharlo para andar a caballo todavía, bien que el piso desigual y fofo dificultaba la marcha de
(*) Moraines llaman los geólogos y franceses las masas y'fragmentos de rocas que los neveros (glaciers) arrastran a sus costados y frente, como los sulcos laterales que levanta el arado. Ningún diccionario español trae el equivalente de aquel término técnico, por lo cual en vez de ponerme a inventar otro, he preferido conservar el francés, dándole apariencia española, que así lo entenderán todos.
las muías, las cuales se detenían frecuentemente y volvían las cabezas hacia el distante llano habitado, como amedrentadas por las moles de nieve que nos rodeaban.
Por fin hicimos alto para continuar escalando a pie la masa deslumbradora de la cumbre nevada y para examinar despacio la portentosa confusión de pirámides y cerros divididos por fosos profundos que ostenta el nevero, sobre cuyo nacimiento nos hallámos a 4.676 metros de altura, viéndolo tendido a nuestros pies, desarrollándose hasta 600 metros más abajo. Cáusalo la configuración del suelo en esta parte de la Sierra, en que repentinamente forma un plano muy inclinado, de poco menos de media legua de caída y una milla de ancho. La nieve aglomerada en lo alto, con un espesor de 25 a 30 metros, resbala por la rambla removiendo la tierra y las rocas, hendiéndose en grandes trozos, por falta de base plana en qué reposar: vienen luégo las lluvias a, llenar las grietas del nevero, dentro de las cuales inmediatamente se congela el agua, que ocupando entonces' tres veces más espacio que cuando estaba líquida, hace el oficio de cuña y empuja para abajo la masa de nieve, con fuerza irresistible; y como en cada una de estas grietas innumerables se establece una poderosa cuña, resulta que la totalidad del nevero se mueve lenta y constantemente, levantando al frente y a los costados enormes sulcos de rocas y tierras, que cual un poderoso arado, arranca de la superficie del cerro y trasporta el valle inferior, donde forman las morenas o muros de rocas, paralelos a la base de la Sierra. Medidp en las grietas el espesor del hielo, resultaron 4 metros en el bisel o punta del nevero, a 4.150 metros de altura sobre el nivel del mar, y de ahí para arriba, hasta 4.676 metros, altura del borde de las nieves sedentarias eternas, el espesor aumentaba gradualmente, alcanzando
por fin el grueso de 30 metros. La luz, descompuesta en las hendeduras, daba a las paredes un color azul celeste, que más abajo se oscurecía, tomaba algunos reflejos del iris y concluía perdiéndose en las tinieblas del fondo. Era un poco peligroso el pararse en el borde de estos precipicios movibles, por lo cual no pudimos determinar con fijeza la escala de temperaturas dentro de las grietas, pero sí es cierto que aumenta con rapidez hacia el fondo, donde el calor es suficiente para liquidar la nieve; y de aquí procede que la masa congelada disminuya por la base y no pbr la superficie exterior y nazcan los arroyos a la raíz de la nieve, desde encima de la cual suele oírse en lo profundo el rumor de íás ocultas corrientes. El aspecto de la parte superior del nevero era como el de un torrente de nubes vistas por arriba, es decir, una confusa mezcla de pirámides y promontorios, que por un lado reflejaban vivamente la luz y por el otro proyectaban sombras caprichosas, al paso que en el cuerpo llevaban embutidos pedazos de rocas, que asomaban sus ángulos ennegrecidos por entre el albo material que las contenía.
Deseosos de aprovechar el día, que era felizmente claro y sin viento, dimos algunos pasos más y nos encontrámos sobre la grande explanada que forma el lomo de la Sierra. La reverberación de la luz era tan intensa, que por un rato nos quitó la vista y hubimos de hacer alto hasta habituarnos a mirar sobre la vasta superficie tersa y blanquisima que se extendía indefinidamente. Seguimos la marcha: nuestros pies eran los primeros que hollaban aquel pavimento de cristal, que crujía bajo la presión, hundiéndose hasta el tobillo y a veces hasta la rodilla. El señor Quintero traia unos perros cazadores, que nunca habían visto suelo de aquella especie, y era de notar las precauciones con que asentaban las patas y las retiraban al romperse los primeros cristales,
exhalando aullidos prolongados y haciendo morisquetas que nos hicieron ¡‘eir de buena gana; sólo después de un rato de experimentos sagaces y animados por nuestras voces, se determinaron a caminar de seguida, pero siempre alzando las patas grotescamente, como si el hielo se las quemara. Continuámos hacia el norte andando más de un cuarto de legua en demanda de una. eminencia, en la cual nos establecimos, y tomadas la altura y temperatura, resultaron 4.783 metros sobre el nivel del mar, 0° en el suelo y 12° a dos varas de distancia, lo que nos explicó el calor que sentíamos en la cara, efecto de la poderosa reflexión de- la luz, que nos hizo perder el cutis y llorar a ratos. Físicos de gran reputación habían hablado del peligro de esforzar la voz en tales alturas y del color casi negro de la bóveda celeste. Nosotros gritámos bastante sin la menor novedad, y vimos el cielo constantemente de color azul pálido: marchámos a paso largo y aun lanzámos bolas de nieve, sin sentir la postración de fuerzas que, para menores alturas, indica el señor Boussingault: sólo sí notámos que la voz no llegaba a mucha distancia, ni era devuelta por eco alguno, sin embargo de haber cerca picachos de rocas desnudas. La explanada de hielo se prolonga norte-noroeste llevando, de borde a borde, una legua de anchura y cubriendo tres leguas cuadradas, en cuya extensión arropa varias eminencias semiesféricas, la más alta de las cuales mide 5.983 metros sobre el mar. Cuando llegámos allí, avanzaban por todas partes columnas de niebla, que eran absorbidas rápidamente por la nieve y encima se extendían nubes inmóviles, que desde luego comenzaron a desgajarse en una espesa lluvia de pajillas brillantes, que descendían vertícalmente y' se nos pegaban de punta a los vestidos. Por bello que fuera contemplar aquel descenso continuo de pequeños prismas, heridos al soslayo por el sol
Manuel Ancizaf.
poniente y haciendo rielar en ráfagas los colores del iris, sentimos el suceso, pues nos quitaba la vista de las extensas regiones que deben columbrarse desde tan elevado observatorio; y como la nevada crecía y el sol nos abandonaba, hubimos de pensar en retirarnos en busca del mundo animado, abandonando a paso lento unos lugares marcados con el sello del silencio eterno, jamás cruzados por seres vivos y que irresistiblemente infunden cierto recogimiento religioso, como si ailí se estuviera más cer-ca de Dios, o acaso porque se está más lejos de los hombres.
Recuperámos nuestras muías y bajámos a Llanorredondo, admirando de paso los estratos colosales de la serranía oriental, desnuda de plantas su cumbre, y con señales de haber soportado nieves que hoy son transitorias, y la grande y profunda rotura por donde se lanza entre paredones el río del Mosco, en dirección a Güicán. Atravesámos el páramo, y comenzaron a alegrar nuestros oídos el canto de las aves y el susurro del viento, perfumado por las plantas que agitaba. «A medida que se desciende de estas tristes regiones la natutaleza se anima: las gramíneas, los arbolillos, los árboles aparecen gradual y sucesivamente; arroyos bulliciosos corren en todas direcciones para formar torrentes y después ríos cristalinos; el aire adquiere densidad y aromas; el paisaje despliega los variados tesoros de la vegetación equinoccial; las viviendas del hombre se avecinan; las muestras de su industria se multiplican; crecen numerosos los rebaños; mejoran y se ensanchan los caminos; y por último, alzan sus techumbres las aldeas y los pueblos y las villas circundadas de alegres campos en que ondean las mieses, o de verdes colinas cubiertas de prados y arboledas, cerrando el cuadro las cumbres lejanas que se levantan en anfiteatro, destacadas sobre el azul del cielo y ceñidas
por fajas de nubes que reposan contraías pendientes laderas».
Al respaldo de la Sierra nevada, y en la dirección este hacia los Llanos de Casanare, se conservan independientes y aislados los restos de la belicosa tribu denominada Tammez por Piedrahita y hoy tunebos, ocupando los cuatro pueblos Royatá, Sinsigá, Covaría y Ritambia, que los indios no dejan visitar por los blancos, a quienes miran y llaman todavía españoles. Un indio viejo, animado por el espíritu evangélico, se hizo cristiano y comenzó a catequizar paisanos, erigiéndose en una especie de cura misionero, con tan buen suceso, que no pocos tunebos se hallan reducidos y hacen el comercio de gomas, resinas, cacao y otras menudencias, adquiriendo en cambio sal de Chita y herramientas que van a buscar hasta el Socorro. Estos hablan el castellano muy mal, y se dicen racionales para diferenciarse de sus compatriotas paganos. Son todos grandes de cuerpo y vigosos, y trafican un camino que atraviesa la Sierra por donde no hay nieve, el cual termina súbitamente interrumpido por un ramal inaccesible y fragoso que, arrancando desde las cumbres nevadas, se prolonga sobre los Llanos y forma la barrera de separación entre los tunebos y sus tradicionales enemigos los blancos. Enfrente del puntó en que parece concluir el camino hay un muro estratiforme, casi vertical, de más de 200 metros de elevación y apenas adornado por algunos arbustos adheridos a las divisiones horizontales de la peña, salvo en una faja o rastro en que desde la cumbre al pie se nota usada y trajinada la muralla y perforada con una serie de pequeños agujeros alternados, labrados de propósito. Cosa increíble! este es el camino de las tunebos. El indio lleva cargadas las espaldas con tres y aun cuatro (*)
(*) Codazzi, Geografía (inédita).
arrobas de peso, toma resuello al pie del peñón, mide con la vista la dirección del rastro, y sin vacilar un punto comienza a trepar a guisa de rana, metiendo la punta de los pies y cuatro dedos de las manos en sus correspondientes agujeros, e izándose de seguida hasta la encumbrada cornisa. Para bajar emplean un método aún más peligroso; llegados al borde del abismo toman en cada mano un largo bordón de macana y los adelantan como sonda hasta encontrar dos de los agujeros en el muro, afianzan los bordones, adelantan un poco el cuerpo sobre el precipicio y se dejan correr por las macanas hasta llegar con los talones a los agujeros; afirmados allí, vuelven a adelantar los bordones y a deslizarse más abajo, y así descienden sucesivamente al pie del peñón. No hay cazador de venados ni hombre alguno del campo que se atreva a imitarlos. El señor Quintero nos refería que una vez, invitado por Ios-tunebos, cuya voluntad trata siempre de captarse, determinó seguirlos y visitar el primero de sus pueblos, no llevando más equipaje ni embarazo que una ligera escopeta. El es joven robusto y acostumbrado a la venatoria, - y con todo, nos confesó que habiendo trepado la tercera parte del peñón, fatigados los brazos y los pies, le ocurrió mirar hacia abajo, y fue tal el vértigo que se apoderó de su cabeza, que hubo de retroceder a toda prisa y renunciar su propósito de viaje, por más que la curiosidad le aguijaba. De esta manera los tunebos han inventado el modo de permanecer aislados de los blancos, sin estar en guerra con ellos; y según parece, si no es por la parte de los Llanos, atravesando veinte leguas de desiertos, no hay entrada posible a los pueblos que ocupan. En una de nuestras excursiones por aquellos alrededores nos encontrámos con dos tunebos que iban al mercado de Güicán. Era el uno ya viejo, pero derecho y fuerte, oscura la color, cabello lacio cortado sobre la fren-
te en línea recta y muy largo sobre los hombros y espalda, nariz afilada, bigote pobre y un mechón al extremo de la barba. El otro representaba poco más de veinte años, su fisonomía despejada y clara, su continente un si es no es altivo, pero agraciado con el sello de la pujanza muscular; entrambos de estatura mediana y bien repartida, calzados con sandalias de cuero crudo, y por toda vestidura largas ruanas de bayeta. Caminaban hablando recio en su idioma gutural y sonoro; y como nos encontrásemos de repente al volver un recodo, se quitaron los sombreros de trenza y el viejo empezó a saludarnos en tunebo, mas luégo trocó su habla por la castellana, y no sin dificultad dijo:
—«Buenos días, taita y hermano. Dios manda dar limosna a tunebo»; y extendía la mano sin humillación, cual si cobrara un tributo debido.
— «¡Cómo tunebo», le contestó mi compañero, pagándole el tributo, «y hablas castellano?»
— «Sí, yo tunebo; tunebo racional por tronco y hermanos, y agua en la cabeza».
— «Ah! le interrumpí, y entonces ¿cómo no sales con tus hermanos a vivir acá entre nosotros?»
— «No, hermano: acá no tierra para tunebo: allá tierra bastante. Cuando Dios crió sol y luna crió tunebo y tierra libre», añadió con cierto movimiento de orgullo, y poniéndose el sombrero dirigió una mirada al taciturno compañero que se había mantenido hacia un lado; dijéronnos adiós y se marcharon sin admitir más conversación, como gentes que no veían provecho en seguir charlando.
Nos. quedárnos un rato mirando el andar rápido de aquellos hijos de las selvas y haciendo reflexiones sobre su despejo y manera, de expresarse, de las cuales resultó que mi compañero terminara el diálogo diciendo: ■
— «Es preciso visitar a esta gente, invadiéndolos por Casanare».
Manuel Andzar.
Habláronnos mucho en Cocujr de una laguna llamada Verde situada sobre la serranía de Rechíniga, dos leguas al sudeste de la villa, la cual laguna suponían labrada por los indios para ocultar tesoros en tiempo de la conquista. Con la esperanza de encontrarlos la habían desaguado, y hallaron en el fondo enormes huesos de animal sin semejante, cubiertos por una capa de cierta sustancia negra y elástitica, que suponían metálica. De los huesos nos mostraron muelas tuberculosas, de tres a cuatro decímetros de diámetro, en extremo pesadas, brillantes y perfectamente conservadas, en la parte superior, y esto bastó para determinarnos a explorar los lugares. Marchámos desde Güicán, por veredas al través de pár. mos tendidos, regados por infinitos arroyuelos que fertilizan muchas llanuras pequeñas, cubiertas de lozanas sementeras de-papas, cebada, habas y arvejas, en medio de las cuales se levantaban las casitas pajizas del feliz estanciero. A 3.650 metros de altura, y en la confluencia de las principales faldas de las serranías Escobal, Pantanogrande y Rechíniga, hallámos una laguna de 100 metros de largo y 70 de ancho, próximamente, poblada de patos y derramando un hilo de agua clarísima sobre la quebrada del Hato; ocupa una de las muchas cuencas formadas allí por la ondulación de las colinas, y mantiene el agua 4° más fría que la temperatura del aire ambiente (16" centígrados), reposando sobre un lecho margoso de varios colores, inclinado del noroeste al sudeste, como todas las cuencas y los vallecitos de aquellas extensas laderas. Poco más adelante, a 3.548 metros de elevación, está la poceta que llenaba la Lagunaverde, con la misma inclinación y dispuesta en igual forma que el asiento de las demás lagunetas del pá-