Poemas · Unidad 42 de 50
Unidad 42 · SALVADOR DÍAZ MIRÓN I 35
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SALVADOR DÍAZ MIRÓN I 35
¿Quién no cede al consuelo que olvida? La piedad es un santo remedio; y después, el ardor de la vida urge y clama en la pena y el tedio y al tumulto y al goce convida. De la zafia el pesar se distrae, — desplome de polvo y ascenso de nube. ¡Del tizón la ceniza que cae y el humo que sube!
La madre reposa con sueño de piedra. La muchacha medra.
Y por siembras y apriscos divaga con su padre, que duda de serlo; y el infame la injuria y estraga y la triste se obstina en quererlo. Llena está de pasión y de bruma, tiene ley en un torpe atavismo,
y es al cierzo del mal una pluma .
¡Oh pobreza! ¡Oh incuria! ¡Oh abismo!
Vestida con sucios jirones de paño, descalza y un lirio en la greña, la pastora gentil y risueña camina detrás del rebano.
Radioso y jovial firmamento. Zarcos fondos, con blancos celajes
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como espumas y nieves al viento esparcidas en copos y encajes.
Y en la excelsa y magnífica fiesta, y cual mácula errante y funesta, un vil zopilote resbala, tendida e inmóvil el ala.
El sol meridiano fulgura, suspenso en el Toro; y el paisaje, con varia verdura, parece artificio de talla y pintura, según está quieto en el oro.
El fausto del orbe sublime rutila en urente sosiego; y un derribo de paz y de fuego baja y cunde y escuece y oprime.
Ni céfiro blando que aliente, que rase, que corra, que pase.
Entre dunas aurinas que otean, — tapetes de grama serpean, cortados a trechos por brozas hostiles, que muestran espinas y ocultan reptiles. Y en hojas y tallos un brillo de aceite simula un afeite.
La luz torna las aguas espejos; y en el mar sin arrugas ni ruidos
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reverbera con tales reflejos, que ciega, causando vahídos.
El ambiente sofoca y escalda; y encendida y sudando, la chica se despega y sacude la falda, y así se abanica.
Los guiñapos revuelan en ondas. . . . La grey pace y trisca y holgándose tarda . .
Y al amparo de umbráticas frondas la palurda se acoge y resguarda.
Y un borrego con gran cornamenta y pardos mechones de lana mugrienta, y una oveja con bucles de armiño, — la mejor en figura y aliño, -
se copulan con ansia que tienta.
La zagala se turba y empina ....
Y alocada en la fiebre del celo, lanza un grito de gusto y anhelo . . . ¡Un cambujo patán se avecina!
Y en la excelsa y magnífica fiesta, y cual mácula errante y funesta,
un vil zopilote resbala, tendida e inmóvil el ala.