Relaciones · Capítulo real 9 de 11
CAPITULO II
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO II.
Tenia Pedro, que asi se llamaba el recien llegado, una naturaleza esencial y profundamente poética. No porque tuviese una imaginacion vasta y creadora, sino porque tenia un manantial peren— ne de poesía en su corazon. Por. lo cual, si bien no expresaba un pensamiento bello engarzado en buenos versos, lo impregnaba todo de ese maná poético bajado del cielo sobre esta árida vida, sin que por eso prestase una disposicion Ó viso romanesco á las cosas; pues para él era lo poético lo sencillo y lo cuotidiano, pero no lo extravagante. Su ideal era restricto, y alumbraba con su divina luz interna cada objeto, aunque pequeño, siempre que fuese por naturaleza bueno, inocente y sincero. Apartábase instintivamente de los volcanes y sus ardientes lavas las pasiones; de los fuegos fátuos, de las falsas bri-
— 193 — antes ideas, del ruido y de la pompa de la retumbante palabrería, teniendo, cuallos Reyes de Oriente, una estrella en el cielo, á la que con fé ciega seguia. De | De esto resultaba que era Pedro un jóven mo- -desto y reconcentrado, porque solo en su Madre hallaba aquella paridad de ideas y de sentimientos, que inspiran y engendran una entera confianza. Divorciado por inclinacion y por deber, de todos los vicios, no habia intimado con los jóvenes de su edad, que los suelen ostentar, no sabemos si como prerogativas, si como despreocupaciones, si como gracias, Ó como troféos de rebeldía. Así sucedia que solia pasear solo, sin dejar por eso de gozar entre aquellos mirtos y laureles, que hacen del de Lisboa uno de los mas bellos paséos, de Europa. Muchas veces habia notado Pedro con extrañeza -á una jóven de condicion humilde, pero de hermo- -sura notable, que se sentaba solitaria en uno de los bancos del paseo, y que puesta la mano en la mejilla, no levantaba sus ojos del suelo sino para 'fijarlos en él. Habia en aquellas miradas una mezcla de tristeza, de inocencia Ó ignorancia de los usos establecidos, unida á un interés tan sentido, «sin ser provocado por el que lo inspiraba, que no «pudo menos de sorprenderle. Empero en el sentir
“delicado de Pedro, lo chocante de la provocacion LA FLOR, ETC. 43
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superó todo el atractivo que ia hermosura y todo el interés que la tristeza debian naturalmente ins-= pirarle. Cada tarde hallaba ,Pedro á la muchacha en el mismo sitio; cada tarde veia á algunos jóvenes calaveras, á quienes aquella linda aparicion atraia, rudamente rechazados, y cada tarde era más marcado el dolor que se iba grabando profunda= mente en aquel rostro jóven y hermoso.
Dice Kératry que Dios ha dado la compasion por abogada á la desgracia. Asi sucedió que algunos dias después, al llegar la entrada de la noche, y al notar que la muchacha se levantaba para retirarse, y que por despedida fijaba en él sus grandes ojos, de los que corrian abundantes lágrimas, Pedro, á pesar de la timidez de su carácter y de la rigidez de su conducta, fué arrastrado á seguirla, más por la compasion que las lágrimas inspiran, que no por la seduccion que la belleza ejerce.
Después que en su seguimiento se hubo inter nado por algunas calles solitarias, Pedro se acercó á ella, y le preguntó con timidez, si la aquejaba al= gun pesar, y si era de naturaleza que pudiese él remediarlo ó aliviarlo.
—¡Soy muy desgraciada! contestó ella prorampiendo en un amargo llanto.
—¿Cuál es vuestra desgracia?
—No puedo decirla.
—Así no hallaréis consuelo. ¿Porqué venís todas las tardes al paseo? -
— 195 — —AÁntes venía porque me obligaban; ahora vengo por mi propia voluntad. —¿ Quién era, y cuál el motivo que os obligaba, a vos, tan linda y tan niña, á venir sola á un paseo - público? —No puedo decirlo. —¿Y porqué venis ahora de motu propio? La muchacha calló. Pedro repitió su pregunta. —¿Qué os importa? respondió la muchacha con una mezcla de despecho, de afliccion y de brusqueria, que aunque unidos, se hacian cada cual pal- - pables en sus palabras duras, en su acento amargo, y en sus dolorosas lágrimas. —Me importa, puesto que lo pregunto, dijo Pedro. 2 —¿Y porqué os importa? —Porque me interesais. —¿De veras? exclamó ella. —Muy de veras, respondió Pedro. Decidme, pues, el motivo de vuestra afliccion, | —i¡No puede ser! si os intereso, demostrádmelo - de otra suerte que nó con preguntas. Pedro sacó del bolsillo una moneda de oro, que presentó á su interlocutora.
—¡Eso no! exclamó esta con vehemencia; no me lo demóstreis ni con preguntas, ni con monedas. Las unas demuestran curiosidad; las otras caridad; pero ninguna demuestra...
Se BALA y añadió con tristeza; interés!
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—Dejad que os acompañe á vuestra casa, dijo Pedro, cada vez mas empeñado, y cada vez mas interesado por aquella extraña mujer. Esta no pudo disimular un estremecimiento, y exclamó:
—¡No, no! ni pensarlo! ¡eso no puede ser!
—¿Sois casada? preguntó Pedro.
—Ni soy casada, ni me casaré nunca; ¡nunca!
—Entónces ¿en qué puedo serviros?tornó á preguntar Pedro, absorto de encontrar tantas anomalías, tan extrañas reticencias en aquella criatura: singular.
—¿Servirme? En nada podeis servirme, repu= so ella.
—¿Pues en qué puedo al ménos complaceros y mostraros mi interés?
—Con dejarme que os mire, que os hable, y que os ame, sin rechazarme como hasta aquí habeis hecho.
El morigerado carácter de Pedro, la delicadeza de sus ideas y sentimientos en cuanto á la reserva y modestia de la mujer, tan instintivas en ellas que no necesita la educacion ingerírselas, llevaron un rudo choque al oir aquellas palabras.
Viendo que callaba, la jóven volvió á prorum-= pir en un amargo llanto, exclamando: ¡Madre, Madre! ¡porqué me pariste! ¡Qué crueles son los hombres todos!
—Pero.... ¿Y si yo os amase á mi vez, como de cierto sucedería? preguntó Pedro.
— 197 — - —¿X qué mal habria en eso? repuso ella. -——Es, dijo Pedro, que yo no puedo ni debo amar - sinsaber á quien amo,—á un ente misterioso que se oculta de mí; á una mujer, que cual una nube, - aparece sin saber de donde viene, y cual aquella, puede desaparecer, sin que se sepa donde irá. —Yo creia, repuso ella, que el amor no hacia - mas pregunta, ni necesitaba saber más, sino si era correspondido; pero ya veo que hasta para amarse se pide pasaporte. A Dios! olvidad 4 una infeliz, - qne creyó por un momento hallar un corazon que le diese tan solo un poco de amor, en cambio de todo el suyo! Diciendo esto se alejó. Pedro corrió tras ella. - Entónces la muchacha se paró, y le dijo cruzando sus manos:
—¡Por Dios! ¡por Dios! no me sigais! os juró que mañana me hallaréis en la alameda! —Y rápida como esas exhalaciones que se ven sin dar tiempo
4 fijarlas, desapareció cual ellas en la oscuridad.
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Al dia siguiente Pedro,—sin premeditada in=- tencion, y aun sin notarlo,—salió más temprano que otras tardes para ir á su acostumbrado paseo. . Mas á pesar de eso, cuando llegó, ya estaba aque= lla extraña muchacha en su misma actitud triste, d en su acostumbrado asiento. 4
Al poco rato se levantó y salió del paseo. Pedro la siguió á distancia, hasta que internados por ca= q lles solitarias, y debilitada la luz del dia por la total ausencia del sol, pudo alcanzarla y di jirle la palabra sin que fuese notado.
Cuanto por ambas partes se dijeron fué con. poca variacion lo que se habian dicho la tarde án= ] tes, acabando la entrevista por parte de ella, con la vehemente y angustiosa prohibicion de que la si=- guiese, y la promesa de volver á la tarde siguiente.
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Cada tarde volvia Pedro más empeñado, más interesado y más seducido por aquella hermosa jó- - ven, que era á un tiempo tan delicada y tan inculta, tan sentida y tan áspera, tan franca y tan misteriosa; llegando esta última peculiaridad al extremo de no poder averiguar Pedro lo mas mínimo sobre su persona, su familia y su condicion. Por más que la reciente confianza que se establece entre dos personas que sienten ambas, como por mitad, un mismo sentimiento, autorizase á Pedro á ser exigente en sus preguntas, y obligase á ella á ser franca en sus respuestas, nada supo Pedro; porque la tierna y feliz jóven que sonreia con dulzura, se tornaba al oir sus preguntas en taciturna y áspera; y si —€l persistia, ella le amenazaba con alejarse para siempre de su lado. Sobre lo que más insistia Pedro, que era en saber su domicilio. no pudo ar— rancarle otra respuesta que la singular y afirmativa repeticion de que vivia entre ruinas, sirviéndole esta declaracion á un tiempo de respuesta á las indagaciones de su amante, y de pretexto para no in— troducirle en su casa. Asi era que Pedro, á falta de otro nombre, le habia puesto el de FLOR DE LAS RUINAS; pues mientras existan el amor y la poesía, siempre será la flor el emblema de una hermosa,
ó de una querida jóven. El amor y la poética mente de Pedro, unas veces le llevaban á pensar que fuese la que amaba
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+ alguna huérfana encerrada desde niña en algun convento ó instituto de enseñanza, que hallaba medio de disfrazarse y escapar por algunas horas de su encierro. Otras conjeturaba que podria ser un miembro de alguna familia arruinada, que vivia aislada y oscuramente en algun ángulo de su derruida casa solariega. Otras, en fin, se estremecia con la idea de que pudiese ser alguna mal casada, que huyese sigilosamente del techo conyugal. Sobre esto le tranquilizaba la seguridad que le ha= bia dado ella de que no era casada; pero al mismo -' tiempo le habia dado otra, y era que no se casaria nunca. ¿Ligábala quizás algun voto? Si habia vivido reclusa, ¿cómo era tan atrevida y tan llena de decision? Si habia vivido en el mundo ¿cómo era tan completamente ignorante de sus usos, de sus miramientos, y casi de su lenguaje? Pedro se perdia en sus conjeturas, se desesperaba en medio del caos de confusiones en. que vivia, gracias al capricho de una niña, que le dominaba y seducia, á pesar de su temprana razon y de la severa delicadeza de su sentir.
Pedro habia exigido, para que sus relaciones no fuesen notadas,—cosa de que por una de sus muchas anomalías, no parecia cuidarse su querida, — que esta no volviese á la alameda, y que fuesen sus entrevistas en un lugar más apartado y solitario. Siempre en estas citas ella se adelantaba 4 Pedro; y la señal para encontrarla, era la que en el
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Mediodía prefiere el amor, porque es el idioma del corazon, esto es, el canto, en que á la vez expresa | su pensamiento con la letra y su sentir con la ar- - monía. Pedro apresuraba sus pasos cuando llegaba | ásus oidos una voz clara y sonora que cantaba estas y otras parecidas estrofas:
| | be
He de amar, amar eu quero
| Pro mas que murmure a gente, | ("esa gente que murmura
Tal yez nao seja inocente. | Se o amar fóra pecado Era eu gran pecador; , Mas o Ceu facil perdoa Culpa que nasce d'amor (1).
Cuando ella le divisaba, salíale alegre y ligera al encuentro, se asía á su brazo como el pámpano á la rama del olmo, y paseaban en el crepúsculo, .abstraidos de todo, sin pensar en el AYER ni en el MAÑANA, que amargan el HoY con recuerdos, y con cuidados lo agitan; desapareciendo de un todo el 'sol, sin que lo notasen, y acudiendo en el cielo las estrellas sin que las percibiesen. Porque el sol y las estrellas de su existencia eran aquellos momen-
(1) He de amarz amar yo quiero Aunque murmure la gente; Que esa gente que murmura Tal vez no sea inocente. Si el amar fuese pecado Yo fuera gran pecador; «Nas perdona el cielo fácil Culpa que nace de amor.
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tos en que unidos paseaban, y en los que se embelesaban repitiendo las eternas variaciones de aquellas palabras TE AMO, que segun dice un autor, nunca envejecen.
De esta suerte pasó la primavera, la que con - otras flores habia visto brotar y amparado este amor al aire libre, entre el cielo y la tierra, en medio de las finres, como el amor de los pájaros, como el de las mariposas; cantando cual aquellos, jugando cual estas; sin pensar en el mañana cual
unas y otros! Pero pasó la primavera y su herma=-
no el verano, siguiendo el otoño que acorta las tardes y enturbia su cielo; y las entrevistas de los
amantes se hicieron mas cortas y ménos frecuen=-
tes. Entonces Pedro resolvió salir de la situacion singular y subyugada en que se hallaba.
Tenía él una gran ventaja para poder imponer su voluntad, aun en el corto reinado de la mu-
jer, esto es en el tiempo que es amada; y era la
que tiene aquel de los dos amantes que es querido.
con mas pasion que la que él mismo siente. Así:
fué que confiado en el ascendiente que ejercia so= bre su querida, le intimó la terminante resolucion
que tenia de hacerla optar entre la alternativa de.
terminar unas relaciones envueltas en un miste=-
rio que desunia sus almas, y que no podian satis-
facer de esta suerte ni á su corazon ni á su razon, ó de introducirle con franqueza y lealtad en su.
domicilio y en su vida interior.
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riñosa, conocer las RUINAS? ¿No te basta La FLOR?
—Bástame la flor, respondió Pedro; pero la quiero con raices, la quiero sacar de sus ruinas, y traerla á un suelo que sea mio, y en que pueda cultivarla, sin temor de que me sea arrebatada.
—La FLOR DE LAS RUINAS tiene espinas, y sabe guardarse, repuso ella; y no puede, añadió con tristeza, transportarse! Además. .... ¡las ruinas van
- 4 desprestigiar á la flor!
—Más la desprestigiará esta prolongada y singular ocultación, dijo Pedro.
La pobre y apurada niña rehusó, suplicó, lloró; pero fué inútilmente. Pedro exasperado por su obstinada negativa, insistió inflexible en su deter minación, y la pobre FLOR DE LAS RUINAS cedió al fin con violenta repugnancia y profundo dolor, fijando para complacer á su amante un determinado dia.