Relaciones · Capítulo real 8 de 11
CAPITULO VII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO VII.
Una culpa secreta, arrastrando sus terribles. consecuencias, enlazadas unas á otras cual un grupo de serpientes, habia ya costado la felicidad y la vida á la que la cometió, y la razon á la que la concibió; pues el anatema y la muerte de Ismena condujeron á Nora á la casa de locos. Y sin embargo, su horrenda rastra, y sus amargas influen= cias no habian parado aquí; y .emponzoñaban los últimos años de la existencia, hasta entónces tan ' serena y apacible, del General conde de Alcira. Se reconvenia el excelente anciano, sin cesar, por la palabra dura y acerba que la indignacion arrancára á sus lábios, y que era la sola con la que en su vida toda habia herido á un corazon destrozado y marchito, que imploraba una suave y santa palabra para dejar de latir tranquilo, y que solo.
—= AM — | halló un cruel baldon, con el cual murió desespedo.—Lloraba ardientes lágrimas por no haber con- «cedido aquel perdon, que solo pudo faltar un ins= ante á su corazon generoso; ¡y este instante habia sido el último de la infeliz que lo imploraba! Aquel serdon que quizás hubiese prolongado. su vida, calmado sus sufrimientos, dulcificado su muerte ¡se lo habia negado!!!—Este recuerdo, que era 4 su vez un remordimiento, envenenaba su vida! La reaccion que experimentaba, llegaba en su vondad natural, hasta hacerle casi disculpar un delito compensado por tan sobresalientes cualidades, borrado por un remordimiento sinigual, y porsufrimientos mortales, puesto que la muerte tiene la Mulce prerogativa, al asir su presa, de llevar consigo á la tierra lo malo que tuvo, y dejarle lo bueno por epitafio. | El General compensó aquel momento, en que habia olvidado de sercristiano, con multiplicalas obras de caridad, ofrecidas á Dios en holocaus- 9, para lograr del cielo el perdon,—que negó a tierra, —á la arrepentida pecadora, y con incesantes sufragios para obtener el descanso de su alma; preces que el Eterno escucharia, porque El oye al hombre á quien crió, cosa que no puede negar el más aferrado incrédulo.—Que no hizo el Criador del hombre un expósito; sino que le reconoció por hijo, le dió preceptos, y le prometió una
a2loriosa herencia desde la Cruz. NO TRANSIGE, ETC. 42
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Todas las mañanas un Sacerdote ofrecia el santo sacrificio de la Misa por el descanso de un alma que eternamente vivía en el corazon del anciano, el cual arrodillado al pie del altar, unia sus Oraciunes á las del sacrificante.
Amargaba, además, la vida del General el horrible secreto que le ahogaba, y envolvia con élá todos sus hijos, asi como en el soberbio grupo del Laocoonte, la fiera sierpe hace su presa del Padre y de sus hijos. No podia romper el arcano, sin sacrificar al que su bondadoso corazon amaba siempre con tierno cariño, sin difamar las sagradas cenizas de la Madre de sus hijos. El General guardó, pues, este infausto secreto: respetaba la infancia y la inocencia de sus hijos, y no se hallaba con valor para descubrirlo. Siempre será tiempo, pen= saba, de descorrer el velo á tan triste y cruel realidad! Algunas veces habia pensado enterrarlo con sigo. Pero ¿con qué derecho podia él, hombre de tan estricta y firme probidad, privar á sus hijos de sus bienes en favor de un extraño? ¿Cómo hacer cabeza de su noble casa á un individuo extraño, á un expósito, usurpando sus derechos á sus legítimos propietarios?
Hay padres mundanos que quieren hacer sonar más alto que la voz de la conciencia el parecer del mundo, y pesar más que el fallo de aquella las consideraciones sociales, pretendiendo amoldarlas - á las circunstancias. Pero ¡NO TRANSIGE LA CONCIENCIA!
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pues si lo hiciese, no seria lo que es. Seria entónces una encubridora, y no una centinela: seria una veleta, y no un cimiento; perderia la confianza que inspira, y el respeto que merece. La conciencia dá sus fallos como el sol difunde sus luces, sin que nada las empañe, ni tuerza su direccion.
. Háblase,—para turbar á los que ciegamente por la conciencia se guian,—de las lágrimas que su infle- =xibilidad hace derramar, de los males que á veces origina, y de los trastornos que suele causar en un | estado de calma exterior y de tranquila superficie;
y para tildarla, se exponen razones bellas y brillantes, pero falsas , y que pecan por la base. Si la ) conciencia exijeuna dolorosa operacion en una par- - te gangrenada del cuerpo social; que no vengan: la 3 ciega bondad,—ó á veces la hipocresía con nombre - de humanidad,—á clamar contra una decision que llamarán cruel, y que puede que lo sea, pero que es necesaria, si la gangrena no ha de propagarse, y si ha de quedar sano el cuerpo y sin males solapados. La conciencia es el sentimiento del deber que puso Dios en el corazon del hombre, como puso su invariable direccion en el imán, para que, cual - éste, nos sirva de norte. Este sentimiento del deber, admirémosle con el gran Schlegel, que ha dih cho que «las dos cosas mas bellas que conocia, eran sel cielo estrellado sobre nuestras cabezas, y el sen- - timiento del deber en nuestro corazon.» -Corrieron entretanto los años: el Conde habia
| — 180 — envejecido, y veia acercarse su fin. Queriendo pasar sus últimos dias rodeado de sus hijos, y viéndose precisado ántes de morir á descubrir el secreto que no podia llevarse consigoá la tierra, los mandó venir á reunirse con él en Chiclana. Allí queria morir, para ser enterrado al lado de su mujer, y darle, aun despues de muerto, ese público testimonio de amor y de aprecio.
Hallábase recostado el General en su cama-=sillon, del que ya no podia levantarse: sus hijos le rodeaban.
Aunque entónces no estaba puesta en uso la palabra ilustracion, ni los. colegios estaban modernizados, no obstaba eso para que los tres hermanos fuesen tres jóvenes tan cumplidos como caballeros, que llenaban de placer y vanagloria al General. Ramon , el mayor, habia salido del colegio de Artillería, colegio del que salieron por entónces Daorz y VeLarDE. El segundo salia de las Academias de guardias marinas, á donde tambien habian pertenecido los héroes de Trafalgar, titanes que á un tiempo lucharon con las grandes fuerzas de un poderoso adversario, con la cobarde traicion de un aliado, y con la desencadenada furia de los elementos, y que fueron, NO VENCIDOS, sino destrozados por los tres enemigos conjurados. El tercero llegabade la Universidad de Sevilla, en la que estudiaban poco antes ó por entónces los Listas, Reinosos, . Blancos, Carvajales, Arjonas, Roldanes, Calatra-
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vas y Gonzalez, y el digno, sabio y ejemplar Maestre, Gobernador que fué del arzobispado; porque bien pueden faltar 4 España caminos de hierro,
ppbuenas posadas, refinados y sensuales goces, pero
en ninguna época le han faltado sábios ni héroes.
El General miraba á los tres por turno con una inÉ - definible expresion de ternura; y cuando sus ojos se fijaban en Ramon, los bajaba para ocultar las lágrimas que á ellos se asomaban.
El vivo placerque tuvo de ver á sus hijos, unido dá la angustia que sentia mirando la espada de Da- - mócles suspendida,—sin apercibirse el amenaza- -do,— sobre la cabeza de Ramon, agitaron tanto al anciano, que pasó aquella noche mala y calentu- - rienta.
A la mañana siguiente anunciaron los facultativos la conveniencia de que hiciese el enfermo sus últimas disposiciones. La afliccion de sus hijos, que le adoraban, fué desgarradora. é El Generalestaba tan preparado á dejarel mundo, y á comparecerante el juicio de Dios, que fueron sus disposiciones solemnes, pero cortas y se- - renas. -— Mácia el anochecer, sintiéndose debilitar por
momentos, dispuso que le dejasen solo con sus hiñ jos. Entónces estos se acercaron al lecho del and ciano, reprimiendo sus lágrimas para no alligirle. Después de haberlos mirado por largo rato; —Mijos mios, les dijo; un cruel secreto, que ha
— 182 — de hacer la desgracia de uno de vosotro3, existe hace muchos años oculto en el fondo de mi alma! Pero,... pues voyá morir,... no mequeda mastiempo para ser su depositario. ¡Oh Dios mio! Mi corazon lo desmiente! —y, sin embargo; —¡uno de vosotros no es hijo mio! |
El doloroso asombro que se manifestó en el rostro de los tres hermanos, los dejó mudos, pálidos y sobrecojidos.
—Bien conoceis, continuó el General después de una pausa, en la que tomó aliento, que mi interés y cariño hácia vosotros son los mismos para todos, y que nadie ha conocido,—ni aun vosotros mismos, —cual era el que-no me pertenecía. —Y vos otros, hijos mios, añadió enternecido, ¿cuál de los tres es el que no siente por mí la ternura de hijo?
La simultánea y elocuente respuesta de los tres hermanos fué arrojarse en los brazos del anciano, sofocados por sus sollozos.
—Pues si vuestro corazon no os lo dice, prosiguió el General profundamente conmovido, mi cruel deber es declararlo!
Los tres hermanos se miraron un instante, y ar= rojándose por un movimiento instantáneo y unánime en los brazos unos de otros.
—¡Padre! exclamaron á una voz; no queremos saberlo! |
El General levantó los ojos y las manos al cielo.
—¡Dios mio, exclamó, os doy gracias! —Muero
. — 183 — tranquilo y contento. ¡Hijos mios! ¡hijos mios! que la satisfaccion de haber ocultado para siempre un - funesto secreto; que el recuerdo de haber cubierto - con unsanto velo de amor fraterno el infortunio de uno de los tres, haga vuestra vida feliz y tranquila, asi como vosotros habeis hecho mi muerte! Y poniendo sus manos sobre las cabezas de los tres hermanos, que se habian arrodillado al lado «de su lecho: —Que sean mis últimas palabras, dijo en voz solemne y suave, vuestra recompensa.—¡Hijos mios, yo os bendigo!!!
FIN.
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CAPITULO 1.
A principios de este siglo, y ántes de la invasion de los franceses en la península Ibérica, se habia reunido una numerosa sociedad en una de las casas de campo, que circundan á Lisboa como macetas de flores. |
Entónces la política estaba circunscrita al Gobierno. ¡Ojalá sucediese hoy lo mismo! Así podría— mos decirle con el descanso que exclamaba un marido al contemplar el panteon de su muger:
Ci git ma femme.... Ah! qu'elle est bien Pour son repos, et pour le mien! (1).
De esto resultaba que en las sociedades no disputaban, sino que se divertian, los concurrentes. No tomaban los hombres para darse importancia y
(1) Aqui yace mi mujer, Ella descansa y yo tambien.
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talante de hombres públicos, esos afectados aires de madurez—harto desmentidos en la vida priva= da;—ni se anticipaba una agria y criticadora vejez. Por el contrario, se prolongaba, alguna vez con exceso, una alegre y móvil juventud; lo que, á lo ménos, no hacía á los hombres antipáticos, hipócritas y arrogantes, ni peor al Gobierno.
Las mujeres, sin tener pretensiones algunas al espíritu de independencia que les quieren inocular las idéas avanzadas, no aspiraban á ser libres; pero eran de hecho soBErANAS: lo que engendraba el buen gusto y finura de aquella sociedad. La influencia de la mujer es la más selecta cultura que recibe el hombre. ]
La señora de la casa en que se hallaba reunida la sociedad que hemos mencignado, estaba sentada á la mesa, cubierta esta de un opíparo refresco. A pesar de que habia pasado su primera juventud, era aun muy bella; y aunque con su acostumbrado buen trato se ocupaba sin cesar de las personas que tenía á su lado, sus negros y hermosos ojos no se apartaban da un jóven elegante y bien parecido, que estaba sentado á los pies de la mesa. Uno de sus vecinos que era íntimo amigo de la casa, lo notó y se sonrió: entónces ella le dijo en queda y conmovida voz;
—¿No es cierto que es muy hermoso? —LComo que es vuestro vivo retrato, contestó su amigo.
—No, no, repuso la señora; yo soy pequeña, y él tiene la persona de su Padre. - —Verdad es, contestó su vecino, que tiene la aventajada estatura de su Padre; lo que no obsta 4 que tenga las perfectas facciones de su Madre. Este hijo acababa de llegar de Inglaterra, en donde su Padre, que era Cónsul extranjero, habia dispuesto que se educase; y en regocijo de su regreso se daba la presente fiesta. -—— Mabíase la concurrencia levantado de la mesa, y formaba ahora diferentes grupos; unos cerca del piano, otros al lado de las mesas de juego, y otros enel terrado ante la casa, para gozar del fresco y de la hermosa vista que desde allí se extendía en - prolongada lontananza, más bella aun á la mágica y de la luna, que reflejada en el mar, le daba un Jlante horizonte de plata.
La dueña de la casa se sentó al lado de la | abierta puerta del jardin, y á poco el recien llegado vino ásentarse á su lado.
- —¡Qué hermoso es esto, Madre mia! exclamó E con entusiasmo. —Con qué... ¿no has olvidado del todo á tu pátria k en los diez años que has estado ausente, hijo mio? - —Oh! no: contestó el jóven. Pero las imágenes que conservaba mi memoria, eran las que vi en mi niñez con mis ojos de niño; y que son por consiguiente completamente distintas de las que percibo ahora.
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—¿Y cuáles te agradan más?
—Me sería difícil decirlo, señora. Lo que sí puedo aseguraros, es que lo que ahora veo tiene la ventaja de una sorpresa admirativa, sin haber perdido el indefinible encanto que el recuerdo le presta. Así es que gozan á un tiempo mis ojos y mi corazon.
—( Te parece, pues, bella, aun viniendo de Lóndres, nuestra Lisboa? preguntó con pátrio orgullo la hermosa portuguesa.
——Bellísima, Madre. ¿Cómo 'no me lo habia: de parecer la hermosa ciudad, cuyos pies besan elTajo con sus dulces lábios y el Océano con sus sa= ladas olas, y que retirándose de ambos, como al= tiva doncella, se refugia á las faldas de su Madre, que la corona de mirtos, azahares y jazmines como á una Ninfa?
—¿La amas, pues, más que á la soberbia In- + glaterra? preguntó: con gozo su Madre. |
—Sí por cierto. Inglaterra es grande y bella; pero lo es como una estátua de mármol. Tie-= ne el porte digno y frio de una Princesa; y no inspira amor ni simpatía. Así es que todo inglés "que puede hacerlo, vive la mitad de su vida au= sente de su pátria; y nosotros no nos hallamos sino en ella. Y es que ellos aman á su pais por reflexion, y nosotros al nuestro por sentimiento. Que ' hayan los ingleses formado á su pais, ó que su pais los forme á ellos, de ambas .maneras preside á esta obra de cabeza la frialdad. Asi es que en
— 191 — aquel pais se piensa más, y en el nuestro se siente más; el inglés ADMIRA á su pais, nosotros amamos al nuestro.
—Muy cierto! exclamó su Madre. Tu Padre me llevó recien casada á Inglaterra. Todo lo hallé muy hermoso en aquel pais de las perfecciones materiales. Pero, hijo mio, añadió poniendo su mano sobre su corazon, éste rinconcito que tenemos aquí, no lo hay allí! (4).
(4) Bellísima y significante expresion de una señora española á su regreso de Lóndres.