Relaciones · Capítulo real 2 de 11

CAPITULO II

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 3 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO II.

Doce años despues de la conversacion referida, habíanse cumplido parte de los pronósticos de la maliciosa viuda, y muchas lágrimas costaba ya Rufina á la Marquesa de Villamencía.

¡Cuánto se envanece el mundo de sus victorias en sus contiendas con la buena fé y la bondad! Más le valiera llorar sus tristes trianfos, acordándose que ha dicho un pensador moralista francés: «no hallo vergiienza en ser engañado por alguno; pero la tendria de desconfiar de todos.»

Desde que los malos instintos de Rufina se habian desarrollado en escala mayor, y de manera que nada bastó para contenerlos, habia cuidado la tierna Madre de Justa de poner gran distancia entre ambas jóvenes; puesto que la Marquesa procu-

AO | A raba principalmente conservar pura el alma de su hija, no solo de toda mancha, sino de todo lo que pudiese ajar la blanca túnica de su inocencia. Creía que no era tal ó cual de los siete vicios capitales el que debia quedar de toda mente pura en lontananza, y como un mónstruo medio fantástico; sino todos; pues todos, vistos de cerca, rebajan el alma de su altura; todos ajan la delicadeza del sentir; todos empañan la clara transparencia de la inocencia; todos profanan los floridos espacios de la imaginacion, y todos van desprestigiando la vida real, como las negras y pesadas nubes que van empañando el éter y apagando las estrellas. Asi es que vemos con dolor á tantos que son jóvenes, bellos, y ¡Dios mio, hasta poetas! echarcon alma vulgar, vieja y materialista, su triste y escéptico fallo sobre lo imposible de una vida pura, abstinente, desprendida, humilde, benévola, activa parael bien y sufrida para el mal, y hacerse con los siete vicios contrarios una corona de hediondas y envenenadas flores, con la que se coronan y sientan al banquete de la vida! —Pero por suerte existe hoy una inmensa reaccion. En los hombres, y sobre todo entre los jóvenes, hay infinitos que van formando una aristocracia de virtud y religion, y es de esperar que no esté lejos el dia en que el cinismo del vicio caiga en la abyeccion y en el ridículo en que ha caido ya el viejo cinismo antireligioso, ese cinismo que nada define mejor que una palabra andaluza que no está

en el diccionario; pero de la que por expresiva y adaptable no podemos menos de valernos en esta ocasion; esa palabra es cursi (1).

No podemos definir á Justa mejor sino diciendo que en ella nada sorprendia; pero que todo atraia, admiraba é inspiraba simpatía. La innata bondad y elevacion de su alma la habian llevado á extrañarse de su mala compañera de infancia, sobre todo desde que vió que su Madre lo deseaba. Porque Justa tenia la primera virtud religiosa en relacion con lo humano; tenia el primer y mas puro. amor de un hermoso corazon; poseía el principal distintivo de una perfecta educacion, no á la francesa ni á la inglesa, sino de toda educacion sólida y cristiana, esto es, era buena hija. Para Justa no habia nada en el mundo que contrabalancease el amor santo á la Madre que le dió el ser, y la crió á sus pechos; ningun respeto en lo humano que sobrepujase al que le inspiraba aquella Madre, dechado de virtudes. Esta veneracion, este entrañabl' amor, esta sumision sin límites, que tenia y en todas ocasiones demostraba Justa á su Madre, hacían de ella la jóven más simpática, más querida y más admirada de la ciudad. Y cuando estos sentimientos se demostraban en los mil elogios que siempre acom-—

(4) Cursi se llama especialmente en las provincias del litoral de Andalucía á lo que es estrafalario, y de mal tono. (Nota del E.)

JUSTA Y RUFINA. 2

e A pañaban el nombre de Justa, decian las Madres á sus hijas: «No promete el Señor á los que aman y » honran á sus Padres solamente:la eterna vida, si- »no que les bendice en ésta, y á su bendicion aña- »de la de los hombres. Debe pues ser la primera » virtud y la más aceptable á Dios, pues es la más » premiada.» |

¡Oh! ¡cuán cierto es esto! Pero, por el contrario, cuando en las familias engendran la soberbia y otros vicios el mónstruo emancipación, y cuando este se planta como contrario ante la autoridad paterna Ó materna, repeliendo con el pie el respeto, la sumision, la obediencia y todas las virtudes filiales, ¡ay de aquella mansion! De ella huyen al punto el aprecio, la consideracion, y el elogio de los hombres, ese tributo que forma la buena fama, ese galardon que no dan al rico ni su dinero ni sus aduladores; huye la felicidad, huyen los penates, que ven marchitas sus coronas, y huyen del hogar doméstico los ángeles de la paz, cuya presencia tan dulce lo hacía! Y solo quedan allí, en lugar de estas felicidades ausentes, la severa reprobacion de Dios, que podrá perdonar al arrepentido, y la de los hombres, que no perdona nunca!

Definir los malos instintos de Rufina sería prolijo. Más corto es decir que los tenia todos; sobresaliendo entre ellos la soberbia, la envidia y la crueldad. Era, segun la expresion de un autor francés, «una mata de espino:» no se rozaba nadie con

E pa

ella sin herirse las manos ó desgarrarse el vestido. . Cuando niña, el placer que hallaba en atormentar á los animales, indicaba claramente esta última perversidad, y fué lo primero que desunió á estas “niñas tan diferentes. La Marquesa fomentaba la bien entendida y exquisita sensibilidad de su hija; y cuando sus amigos la reconvenian por esto, y hallaban mas acertado comprimirla advirtiendo que de esta suerte seria mas feliz, porque. el que con todos llora, se queda sin ojos, la Marquesa daba á estos vulgares y triviales axiomas esta magnífica respuesta: PREFIERO QUE MI HIJA SEA BUENA A QUESEA FELIZ (1).

Más tarde, el afan de Rufina por componerse y | ser vista indicó su: vanidad y descaro; y su hostil competencia con la suave y bondadosa Justa denotó su orgullo y envidia. El primer ensayo en su vida de liviandad, fué el seducir y atraer al jóven Marqués, que era tímido y corto de luces, éindisponerle con su Madre, la que solo: pudo evitar un escándalo valiéndose de un hermano:suyo que vivia en Madrid; el que mediante á ocupar un alto puesto, y por ser aun el Marqués de menor edad, pudo arrancarle, á la fuerza, de su casa, y traerle á su lado. Este y otros disgustos habian empeorado

la salud de la Marquesa, quien al reanudar nuestra (1) Sentimos no atrevernos á decir, por temor de ofen-

derla, el nombre de la santa, ilustrada y excelente Madre ú quien con admiracion oimos esta respuesta,

a relacion, estaba cerca de sucumbir al horrible padecer deuna úlcera interior que la consumia, y hacia necesaria una asistencia contínua, á la que Justa consagraba su vida y su corazon.

Este dia hallamos á la Marquesa blanca cual el alabastro, (como pone á sus pobres víctimas el mal que la devoraba); acostada en un sofá, y mirando con plácida y satisfecha sonrisa á su hija, que de rodillas besaba las albas manos de su Madre.

—Vete á acostar, hija de mi corazon, le decia; que apénas has descansado en la pasada noche.

—No podria dormir, Madre mia, contestó Justa tan de quedo cual si lo que dijese fuera un secreto, y hubiese habido otras personas además de ellas en la habitacion.

—¿(Te acuerdas, Justa mia, cuando eras chica, y que acostadita en tu cama no querias dormirte, sino cuando yo te decia: me complaces en dormir? Cerrabas entonces tus ojitos, y un minuto despues sonreias en sueños al ángel de la obediencia, que venia á cubrirte con sus alas.

—Sí que recuerdo, Madre mia, y la oracion que me enseñásteis para quitarme el miedo. |

Verdad es que eras medrosilla, y me decias cuando la noche estaba oscura: Madre, cerrad la ventana; que entra miedo.

—Pues aun me quedan ráfagas de ese miedo ins— tintivo de los niños. Temo alguna vez con angustia; y silo que temo no tiene nombre, y no es ni

B — 21 — el cancon mi el coco, es lo que me amedrenta objeto . tan indefinido y tan temeroso como aquellos.

—Pues si no precisas la causa de tu temor, ¿qué te amedrenta, sensitiva mia?

—Temo al mal, de cualquier forma que se pueda presentar, Madre. Temo que llegue á mis oidos un gemido, á mi vista un horror, pues ambas cosas abundan tanto en el mundo! Así es, que siempre sigo rezando aquella oracion, que paraba loslatidos de mi corazon, cerraba suavemente mis ojos, y traia entonces, como ahora, á mis labios la son-

risa que recordais; y digo con tanto fervor y confianza;

A acostarme voy Sola sin compaña: La Virgen María Está junto á mi cama; Me dice de quedo: —Mi niña, reposa; Y no tengas miedo De ninguna cosa.

—Entónces, como ahora, eras obediente, dijo la

Marquesa; y ahora mas que entónces, me complaces en descansar y dormir.

—Madre, entonces nada ahuyentaba mi sueño; pero ahora estais mala.....

—Me encuentro hoy mejor. —Entónces, Madre mia, dijo aun mas de quedo

sti DO cio Justa acercándose al oido de su Madre, no tenia en qué pensar.

—Ya entiendo, ya entiendo, le interrumpió su Madre sonriéndose. Pero ya que tú no eres presumida, quiero en esta ocasion serlo por tí, y procurar que cuando él venga esta noche, no te halle marchita como una flor de estío,.sino fresca como lo que eres, una rosa de abril.

—No me quiere por mi buen parecer, Madre mia. _—Lo sé; ¡líbrete Dios de inspirar un amor solo debido al buen parecer! amor superficial y frívolo, amor de ojos y no de corazon, que podria desvanecerse si desmejoraban tu hermosura una enfermedad, un percance, ó el tiempo. Pero, hija mia, el bien parecer es, si no un mérito, una ventaja; es un don de la naturaleza, del que no se debe ni presumir ni abusar; pero tampoco se le debe menospreciar destruyéndolo como hace un niño deshojando una rosa.

En este momento se abrió la puerta, y apareció la Administradora entre aquellas dos hermosas, simpáticas y suaves criaturas, como aparece una abispa entre una rosa blanca y su rosado capullo.

—Ya ves que quedo acompañada, dijo la Marquesa á su hija; vete, pues, á acostar, hija del alma, perenne ángel de mi custodia.

Justa abrazó á su Madre repetidas veces, cubriéndola de besos; saludó á la recien entrada,

puso todas las cosas con primor en su debido puesto, y se retiró.

—i¡Válgame Dios, mujer, dijo la Administradora sentándose cómodamente en un sillon;—¡fuerte cosa es, que sepan los amigos por fuera las novedades de tu casa, y que no los encuentres acreedores á participarles lo que todo el mundo sabe! ¿Con qué... se casa Justa?

—Verdad es; pero aun no ho dado parte á nadie, respondió la Marquesa.

—Acabo de saberlo-en casa de Velez, prosiguió laviuda;—¡buena boda hace! dijo el marido. Es con Pepe Arce, hijo único de un padre millonario. ¡Qué suerte han tenido esos Arces, y dónde han llegado; con solo saber sumar, y sobre todo multiplicar! Es, á no dudarlo, el mas rico capitalista dela ciudad.— Y como nada les queda que: desear, añadió la mujer, sino sangre azul, por eso casan al hijo con la hija de la Marquesa.—Tanto más, dijo la suegra, que si muere el primogénito, será Justa la heredera del título y del caudal.

—¡Válgame Dios! exclamó la Marquesa, —herida tanto por la hostilidad del juicio, como por la indelicadeza en repetírselo, —¡válgame Dios! ¡cuántos y qué lejanos cálculos atribuyen y ven los extraños en un casamiento, sola y exclusivamente debido á la mútua inclinacion de los jóvenes, que en nada han pensado sino en amarse y ser felices, cuando este amor es sancionado por sus Padres!

| — 24 —

—¡ Qué amores, ni qué amores! ¿Por ventura estamos en tiempos de oscurantismo? Hija, hoy dia tenemos muchas luces; y á su resplandor se calcula que es un contento. No hay mas que cálculo, nada mas.

—Repito, señora, repuso la Marquesa, que nin— guno hay en esto. Sabeis que D. Bruno Arce es, hace muchos años, amigo de la casa, y que me visita todas las noches. Cuando volvió su hijo de sus viajes, le trajo á verme como era regular. Pepe siguió viniendo, porque le atraia Justa; la amó; ella le correspondió cuando se lo permití; lo que hice gustosa en vista de las excelentes prendas de Pepe; y este espontáneo é inocente amor, es la sencilla causa de su union. ¡Y el mundo le halla, en lugar de esto, cálculo, diplomácia, y miras ulteriores!!! Señora, quien no tiene sino un rasero para medir las cosas, no debe juzgar sino de aquellas que son á la medida del rasero.

—No digo que aquí no haya malas lenguas, dijo la viuda. ¡Jesus si las hay! En un instante dejan á San Juan sin manto, á San Sebastian sin camisa, y á San Bartolomé sin pellejo: yo no hago sino repetir lo que oigo. Es regular, añadió la entremetida viuda, que venga tu hijo á la boda de su hermana.

A la Marquesa la mortificó esta pregunta, que con ese fin se habia hecho, y contestó con frialdad: «No vendrá, puesto que en consideracion al

estado de mi salud, esta boda se va á hacer pron-

e a to, y sin ninguna clase de aparato. Aunque mi pobre hija lo ignora, yo sé que me restan pocos dias de vida, y deseo, al morir, dejar casada á la hija de mi alma.

—¡Ya, ya! si no viene el Marquesito, insistió la áspera viuda, yo bien sé el porqué. Pero todo el que no sepa la verdadera causa, lo extrañará. ¡Bien te lo predije! Ahora quiero prevenirte cosas que suceden, y que tú, enferma y encerrada como .estás, ni puedes saber, ni puedes evitar. La linda alhaja de Rufina, despues de haber tendido cuantos lazos ha podido á Pepe Arce, le ha dado citas en nombre de tu hija, en las cuales, en lugar de Justa se halló con ella. Rechazada por Pepe del terreno amoroso, se lanzó al sentimental, asegurándole que era la criatura mas desgraciada bajo el despotismo de tu hija y el tuyo. Hallando sus quejas incredulidad, asi como sus provocaciones habian hallado desvío, humillado su amor propio, exaltada su envidia, pateando de soberbia al reconocer la impotencia en que estaba de satisfacer sus perversos anhelos, ha escrito un anónimo á Pepe Arce, en el que con inconcebible audacia le dice, que no es él el primer amor de tu hija.

Todo esto lo sé por el ama de llaves de la casa de Arce, que sabe cuanto pasa entre el Padre y el hijo, merced á que es curiosa y escucha detrás de las puertas. Y aunque tanto D. Bruno como Pepe se han reido de esto, yo te lo participo, para que

cmo > umm sepas de todo lo que es capaz esa pr que has eriado en tu seno. '

La Marquesa se habia puesto, si es posible, aun mas pálida de lo que lo estaba habitualmente.

—No, no, no puedo creerlo, dijo con desfallecida voz. Señora, siempre habeis aborrecido á esa muchacha, y repetís calumnias de tal magnitud, que solo la malevolencia puede darles crédito.

—Pues aun hay más, —prosiguió la noticiera, sin cuidarse del efecto que estaban produciendo sus crueles revelaciones en la pobre enferma; —aun más. Exasperada Rufina al ver que Justa teniendo dos años ménos, se casa antes que ella, se ha puesto su señoría en relaciones, y se va á casar con un paseante en córtes, tahur, truhan, sin oficio ni beneficio, (pero con muchas trampas), bien vestido, (gracias á estas), al cual ha hecho creer que es hija de tu marido, y que por lo tanto tu familia nunca puede desampararla.

Al oir esta última revelacion, la Marquesa cerró los ojos, y dejó caer su cabeza sobre los cojines - del sofá. | (

La viuda dió voces. ¡Por Dios! ¡por Dios! murmuró la enferma, ¡que nada sepa mi hija, esa ¡no— cente! Lanzó un débil gemido, y perdió el sentido.

Al oir las voces dela viuda, Justa se habia cchado un peinador blanco, y con su magnífica cabellera suelta habia acudido desolada y temblorosa, y se habia arrodillado junto á «su Madre. Rufina,

compuesta y ataviada, habia venido tambien, as: como algunas criadas, y ambas jóvenes prodigaban sus cuidados á la exánime Marquesa, la primera; bañada en lágrimas como el amor que- sufre; la segunda, impasible, como la impermeable indife— rencia.

—Cuídala, cuídala, dijo á esta última la implacable viuda; pero híncate como Justa sin temor de ajar tus faraláes, á ver si te deja algo en su testamento.

—Lo hará sin eso, pésele á quien le pesare, res- ' pondió Rufina con descoco.

—Lo que te dejará, y debe dejarte, es su ben-= : dicion.... por lo que la mereces, repuso su anta- -gonista.

Ocho dias despues de la escena referida, por expresa voluntad de la Marquesa, se unian sin ruido ni boato Justa y Pepe Arce:

Aquel mismo dia, y como para acibarar la última satisfaccion que en este mundo habia de disfrutar la buena Madre, desaparecia Rufina de la casa para unirse á su indigno pretendiente.

Al mes yacia la Marquesa en su féretro, blanca y fria como la nieve que va á absorber la tierra.

Al lado del féretro mezclaba Rufina su mentido é hipócrita dolor con las bellas y sinceras lágrimas de Justa, y oblenia, á favor de su falso desconsuelo, que Justa le perdonase su loca conducta y disparatado casamiento.

vi e Tres meses despues el marido de Rufina, harto de ella, desengañado de la falsedad de sus asertos, perseguido por deudas y otras fechorías, des=

pues de disipar la manda que dejó la Marquesa 4 su mujer, habia desaparecido.

CAPITULO TI.

Su disparatado casamiento, y las desgracias que de él dimanaron, su loca y desordenada vida, y el incesante hervidero de sus malas pasiones, habian en poco tiempo marchitado el rostro y disecado las formas juveniles de Rufina, y acabado de agriar su carácter. Otra cosa contribuia poderosamente á esto, y eran los remordimientos, que

son en el corazon lo que las canas,en la cabeza; á

pesar que las tiña el arte del sofisma, el tiempo que es la verdad, vuelve á tornarlas mustias y descoloridas, y el tinte á nadie engaña. Si las arranca la presuncion y el despecho, vuelven á nacer. Asi los remordimientos, ese íntimo convencimiento de que hemos obrado mal, no se pueden sofocar por más que se aparente. El incontestable derecho que

-— 30 — tiene cada cual de motejarnos, sin que se lo pueda . impedir nuestro orgullo, nuestra posicion, ni nuestro dinero, es un torcedor, un buitre, que como el de Prometéo, ños roe sin cesar nidescanso. De ahí nacen la hostilidad y la misantropía, esos descontentos con los demás y con nosotros mismos. Solo las personas que á nadie han hecho mal, y que si lo han recibido, lo han perdonad como perfectos cristianos, ó despreciado como nobles y superiores, tienen el privilegio de no agriarse, y de conservar en las situaciones mas desgraciadas y vejatorias, como el cielo por cima de las nubes, su hermosa serenidad.

Asi era que cuando Rufina consideraba la suer- - te feliz y brillante de Justa, 'el amor de su marido, y el respeto universal, que á porfía cubrian de rosas é incensaban su senda, todas las furias de la envidia y del despecho se desataban en su seno. Nunca recordaba, al pensar en la familia á quien tanto. debia y tan mal pago habia dado, el bien quele habia hecho, sino el que pudo hacerle y no le hizo.—La Marquesa, pensaba, no deberia nunca haberse opuesto á que su hijo se casase con ella; ni este deberia haber cedido á la voluntad de su Madre, á los consejos de su Tio, ni á las advertencias de sus amigos. Este mismo, en las actuales circunstancias, disipado por el marido que la habia abandonado, el legado que le dejó la Marquesa, no deberia contentarse con pasarle una mezquina pen-

2 pi sion como lo hacia; sino tenerla en el pie en que habia estado siempre; y otras locas exigencias. Porque asi discurre la ingratitud; asi cegando 4 la justicia, falséa la razon!

Ni los desengaños, ni las desgracias, ni la experiencia, eran capaces de domeñar las violentas pasiones de aquella muger, que después de maldecir lo pasado, habia de lanzarse al porvenir con redoblados brios y con nuevo furor.

El despecho, la ambicion, la envidia, y la venganza unidos, debian engendrar un mónstruo en aquella cabeza fecunda en planes satánicos. Y así sucedió.

Rufina, en vista del proyecto que formó, menudeó sus visitas en casa de Justa, aparentando cariño hácia ella, gratitud y amor por su difunta Madre, y fingiendo haberse llamado adentro, y llevar una vida modesta, ordenada y hasta religiosa. Justa, que era buena, y además débil, recibió cordialmente en su casa y en-su intimidad, á aquella mujer, á quien una señora como ella .no deberia nunca haber recibido. Cuando su marido le hacia prudentes reflexiones sobre la inconveniencia de este trato, respondia Justa, que no era generoso cerrar las puertas á la desgracia, ni el corazon á los recuerdos, y perdonar solo de boca. Que tambien la bondad tiene sus sofismas cuando no quiere la míope por lazarillo á la sana razon, sino campar por su respeto.

¡Cuánto se ha hablado sobre indulgencia y tolerancia en los tiempos modernos, y cuánto se ha querido culpar á la Religion católica por carecer ' - de ella! Por combatir á la intolerancia, se ha querido hacer, mediante la tolerancia, un completo tratado de paz con lo condenado por malo, y con la indulgencia un elixir de vida que lleve á mirar la muerte (esto es, la culpa) como una cosa natural y sin consecuencia, merced al dicho elixir.

Hay dos clases de indulgencia; la una es divina y religiosa; la otra es humana y filosófica.

Esta última aminora, disculpa, prohija y casi anonada la culpa ántes de cometida; y ésta induce al mal.

La divina ó religiosa clama contra la culpa, la vitupera, la condena, la anatematiza ántes de cometerla; y ésta aparta del mal.

Asi aparece claro que, hasta ahora, está la tolerancia de parte de la humana y filosófica. Pero prosigamos; que el ANTES suele llevar al DESPUES.

Despues de cometida la culpa, el mundo humano y filosófico moteja, escarnece y desprecia al culpable; no perdona su falta ni la olvida; su juicio condenatorio es sin apelacion. De manera que su indulgencia se dirige ó ejerce en la culpa, y no en el que la comete.

La indulgencia de la Religion divina, si el culpable postrado y bañado de lágrimas de contricion la implora, le levanta, le abre sus brazos, le

Pa absuelve, y le torna puro é inocente, merced á un segundo bautismo con el agua de sus lágrimas. To=- do lo perdona ylo olvida, y sienta al hijo pródigo á la cabecera del banquete: con lo cual demuestra es su rigor, no con quien comete la culpa, sino con la culpa misma.

¿Cuál es, pues, mas indulgente, el mundo filosófico, queántes de cometer la culpa pregona la indulgencia, ó la Religion divina que despues de cometida la ejerce con el que se aparta de ella? ¡A cuántos no ha desesperanzado el mundo filosófico y tolerante, hasta arrastrarlos al suicidio! ¡Y á cuántos no ha consolado esta Religion, que severaamonesta, hasta hacerlos felices!

Pero aun hay otra tercera clase de indulgencia, que ni es la mundana, pues no disculpa lo malo, ni es la religiosa, pues no hace preciso el arrepentimiento para espontanearse. Y es esta la de la bondad débil, sin el celo religioso y sin la dignidad de la virtud, aunque ambas cosas poséa, religion y ; virtud. No loes, porlo tanto, esa dulzura inerte, ácuya cabeza pesa la corona de oro de la dignidad; de cuyas flacas manos se escapa la pesa de la santa justicia; y cuyo blando corazon oprime la coraza del decoro que debe serle inherente; no es, no, una virtud. Es, á lo sumo, una bella flor sin fruto, nacida espontáneamente en un hermoso corazon. Y repetimos que no es virtud, porque suele ser muy

perjudicial en las personas que tienen erase JUSTA Y RUFINA.

puesto que aparta como innecesario al arrepentimiento, y hace del perdon cosa de tan poco valor que lo da de valde; con lo cual falséa el órden moral de las cosas. Y por último autoriza la impunidad, rinde homenaje al orgullo, y obstruye la fuente de que podria haber brotado el arrepentimiento sincero, explícito y confeso. Esta tercera indulgencia, si no induce al mal como la del mundo, tampoco aparta de él, como la religiosa. La inocencia y la falta de conocimiento de las cosas y de los hombres suelen engendrarla tambien. Y asi habia su— cedido respecto á Justa, porque era un ángel; — pero un ángel niño como los que para pintarlos vió Murillo á los piés de la Vírgen pura y limpia, —y ángel que de sulugar, habia caido á la tierra.

. Ambasrecien casadas estaban en cinta, y aguardaban su alumbramiento para la misma época. —Ansío por salir cuantoántes de mi ocasion, solia decir Rufina á Justa, para hallarme en estado de poder asistirte cuando llegue la tuya. Porque no quiero que otra que yo lo haga; pués, ¿quién lo ha de hacer con tanta eficacia y cariño? Es claro que nadie. ee

Los deseos de Rufina se cumplieron, porque á los pocos dias de parir ella una niña, asistia á Justa, que con igual felicidad dió á luz otra niña. Al dia siguiente, cuando volvieron el Padre, los padrinos y los convidados del baútismo, y que poco después se entregaron todos alegres y satisfechos

E A

al reposo, inclusa la feliz Madre, Rufina que la velaba, y que tenia en la pieza inmediata á su niña, - desnudó agilmente á ambas recien nacidas criaturas, cambió sus ropas, y acostó á su hija en la magnifica cuna que Justa preparara á la suya, diciéndole:— «Serás rica, gran señora, y feliz, contra la voluntad de los que mal quieren á tu Madre!» —Y poniendo en su cuna de pino ála hija de Justa, añadió: Tú, si, tú, hija de orgullosos, ricos. y vanos encumbrados, serás pobre y despreciada; tú, si, tú, sufrirás lo que he sufrido yo, y algo mas! ¡Tú cobrarás la deuda de agravios y desprecios que debo á tu egoista y engreida familia!

Apenas consumó aquella muger su atentado, cuando con leva pretexto, 6 sin él, se despojó de su hipocresía como de un ya inútil disfraz, suspendió la intimidad que habia tenido con Justa, y más desenfrenada que ántes, se entregó á la vida airada.