Relaciones · Capítulo real 3 de 11
CAPITULO IV
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 3 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO IV.
La marcha de los acontecimientos sigue su curso, sin cuidarse de la senda que le trazan los cálculos de los hombres; siendo por lo regular ¡lógica aquella á los ojos de estos, porque asi lo ha dispuesto todo, Aquel. que ha restringido sobre ellos el poder de los hombres; á los que no ha dado más luz, en cuanto á lo que áEi pertenece, que la fé, más guia que sus preceptos, ni más punto de apoyo para no extraviarse, que la sumision, cuna de las inteligencias inocentes, lecho de descanso de las trabajadas. El bueno padece; el malo prospera: no hay que extrañarlo. Dios no hizo las felicidades terrestres exclusivamente ni para los buenos ni para los malos; pero sí sus preceptos para cada situacion, sus advertencias para las prósperas, y sus consuelos para lasadversas. En aquellas se muestra mas
A severo maestro y señor; en estas mas dulce guia y consolador: Padre siempre, siempre Juez.
Así nada de extraño tiene que veamos al cabo de algunos años un cambio inesperado é inmerecido en el bienestar temporal de la buena y de la mala mujer, que actúan en los sucesos que vamos refiriendo.
Pepe Arce, á causa del enlace fatal de los negocios mercantiles, vió su casa millonaria. arruinada, y murió de resultas de la pasion de ánimo, que esta inmerecida é imprevista desgracia le produjo; Justa, fácilmente resignada á la pérdida de sus riquezas, estuvo inconsolable por la de su marido; pues éste habia tenido el mérito poco comun de apreciar en cuanto valía, á su incomparable mujer, la que conservaba una inocencia de corazon, que en su dia habia de llevar al cielo pura, como la gota de rocío que absorbe el sol, sin salir del cáliz de la rosa en que la depositó la aurora.
Desde su doble desgracia vivia Justa retirada y humildemente, no quefiendo admitir de su her= mano sino lo estricto y necesario para conservar la decencia en la pobreza. Su distracción y su consuelo eran educar á su hija Bruna, lo que hacia con el esmero, cariño y santos ejemplos con que habia sido educada ella por su Madre.
La educacion puede «combatir y domar una mala naturaleza: transformarla de mala en buena, solo lo puede la gracia. La educacion puede, á no -
— 38 — | dudarlo, aun sin valerse de más móvil que la vergúenza, esa hoja de higuera, —lo solo que trajo'del Paraiso el que le perdió! —hacer desaparecer los vicios groseros y humillantes; pero no hará nunca espontáneas las virtudes, que á duras penas aclimata. El herrero puede amoldar el hierro; tornarlo en oro, nunca! Por lo cual no vemos esas completas y radicales transformaciones de malo 4 bueno, sino en la vida de los santos. Asi era que Bruna, que aun teniendo rectitud, buen sentido, y cierta nobleza de alma, tenia tambien, y en alto grado,
el carácter fuerte, orgulloso, egoista y áspero de :
su Madre, sabia amoldado á duras penas estos vicios bajo la excelente direccion de Justa. A falta
- de dulzura, tenia una calma y dignidad que no
era fácil perturbar: no era benévola, pero sí sostenidamente servicial cuando se la ocupaba. Siem-= pre sobre sí, ni tenía ni inspiraba confianza. Su buen sentido cultivado la impelia á amar la virtud
sobre todo; pero su orgullo la llevaba á apreciar
- en esta, más su corona de oro, que su perfume - de violeta. Así era que sentia más orgullo que di-
cha en tener por Madre á Justa, alrededor de la cual brillaba una aureola de respeto, de simpatías y de admiracion. La fama de que gozaba su Madre, era una herencia de que ya disfrutaba en vida, y queria traspasar ilesa á sus bijos..
Con este bien guiado orgullo, y con su fuerte temple de alma, la pérdida del caudal de sus Pa-
E it ió E . Y
AE VOR
dres la dejó impasible; y halló una secreta satisfaccion de orgullo en trabajar ocultamente por estipendio, para procurar á su Madre algunas de aquellas superfluidades de lujo, de las que por virtud y modestia se privaba. Como sucede con un tesoro adquirido á costa de sacrificios, tenia Bruna su virtud en mucho, y le habia labrado con la austeridad un atrincherado tabernáculo. De esto se deduce que no debe el mundo condenar ligeramente á las personas secamente austeras, oponiendo contra ellas el que la perfecta santidad no lo es. La mayor parte de las personas, á quienes se cree sectarios de la rigidez, son naturalezas domadas, que tienen en mucho el freno á que deben su virtud. - ¡Dichosas aquellas naturalezas selectas que no necesitan de ninguno! Pero son pocas. Y lo prueba la creacion de la palabra desenfreno, que como baldon se aplica á las personas Ó á sus acciones desordenadas.
De cuando en cuando tenia Rufina el atrevimiento de ir á casa de Justa; porque en aquel corazon, en que palpitaba hiel en lugar de sangre, existia el único amor ó instinto que cabe en el del tigre, el apego á su progenitura. Justa no tenia el suficiente carácter para prohibir á aquella mujer la entrada en su casa, pues no, podia dejar de mirar en ella ála compañera de su infancia, á la niña que crió y tanto quiso su Madre.
En estas visitas la suave Justa veia con extrañe.
O za el fugitivo, pero vehemente cariño, que la fria y áspera Rufina demostraba á Bruna, la que rechazaba este cariño sin rebozo, tanto por causa de su carácter austero y poco expansivo, como por las noticias poco favorables que de Rufina tenía.
—No puedo sufrir á esa mujer, solia decir á su Madre.
No digas eso, hija mia, contestaba Justa; no se deben abrigat nunca, y en tu edad ménos, sentimientos de odio ni hbatiles contra nadie. La hostilidad es una mala semilla, que echa profundas raices, y ahoga en su gérmen los buenos y benévolos sentimientos en el corazon, destruye las buenas relaciones de sociedad, y aun con público escándalo suele acabar con lo de familia. Acuérdate de que dice Chateaubriand en el tomo de sus obras gue acabamos de leer, que «la odiosidad que abrigamos contra nuestros adversarios, es mas perjudicial á nuestra propia felicidad que á la de ellos.» Y sobre todo, hija mia, convéncete de que la benevolencia es la mayor prueba de superioridad, - tanto de espíritu como de corazon.—
Pero ¿qué pluma podrá pintar los sufrimientos que desde que nació estaban reservados á Piedad, la preciosa, la dulce, la aristocrática y delicada hija de Justa, infeliz víctima de los inícuos sentimientos de Rufina, aquella mujer nacida del vicio y de la maldad, que como una lepra los trajo consigo al interior de la noble casa en que fué recogida y
er? OA
amparada? El angelito, desde pequeña, siempre encerrada; sola en la habitacion, en que poco paraba
su dueña, nada habia aprendido, nada habia visto, nada comprendia, y caminaba como otro Gas-
par Hauser hácia el idiotismo. Una timidez angus-
tiosa, una inerte hipocondría, ua mústio decaimiento reemplazaban en la pobre criatura á aquella expansion, aquella alegría, aquella locuacidad y contínua movilidad, que tan naturales y simpáticas son á la infancia.
A los trece años una grave enfermedad que tuvo, atrajo á su cabecera á una compasiva vecina» una buena anciana que ofreció á su supuesta madre asistirla; á lo que esta no se pudo negar, so pona de promover un escándalo.
Entónces esta buena cristiana, mientras que cual Marta asistia á los males, como Magdalena levantó aquel espíritu inerte, y le enseñó á creér, á amar y á esperar. Como la Religion es amada de todos los que la conocen, —pero con mucha preferencia de los desgraciados , porque es el universal é infalible consuelo de todo infortunio, —aquel ángel doliente de alma y cuerpo, recibió con lágrimas de amor, gratitud y entusiasmo aquella Religion que le decia: los que lloran serán consolados:
Piedad se apegó, como es de suponer, con ternura á aquella buena anciana, á quien la Religion que le enseñaba, habia atraido al lecho de dolor,
- del que huia la impía fiera que se habia hecho car-
| — 42 —
go de ella. Asi sucedia que, cuando llegaba la no- ¿Che, y la buena anciana se retiraba, aquel dulce
corazon de la niña, que con tanta ternura y expan-
sion se habia abierto al amor, sentia profunda= . Ménte esta:separacion. Además, la pobre niña temia! temia á su Madre, temia á la noche, temia á la soledad, á la oscuridad! Entónces la buena anciana la animaba, la sosegaba , y acababa de consolarla enseñándole esta oracion:
Á acostarme voy Sola sin compaña; . La Virgen María Está junto á mi cama; Me dice de quedo:— —Mi niña, reposa,
Y no tengas miedo
De ninguna cosa.
Piedad convaleció, y se levantó de su lecho regenerada de alma y cuerpo. Los cuidados de su entendida enfermera, y el buen alimento que le suministraba, —de lo cual nunca habia cuidado su verdugo, —desenvolvieron su atrasada naturaleza. Habia crecido: su semblante fino y blanco cual una azucena, estaba como vivificado por una nueva sávia- de vida. Su razon despejada llegó á com-. prender cuánto sufria; pero sufrió ya con resignacion y con esperanza, porque sabia que sufrir por Dios era complacerle y obligarle. Sus ojos, án-
a en s inertes, estúpidos y fijos en el suelo, animados ra con upa nueva luz del entendimiento y del ( n, se levantaban hácia al cielo, puro y celeste cual ellos. Alzaba confiada su cabeza, que ya jo abrumaba su corona de espinas; sus blancas y elicadas manos se cruzaban con fervorosa devosion sobre su pecho. Oh! si entónces hubiese podilo verla Justa, habria exclamado estrechándola sobre su corazon de Madre: ¡esta es mi hija! Más entre ellas estaba una infame mujer para epararlas, como el negro y duro hierro que se introduce entre el nácar y la perla! Por entónces fué cuando la quiebra y la muerte de Pepe Arce vinieron á sexasperar aun más el rabiliario carácter de la fiera que la infeliz Piedad creia ser su Madre. La brillante suerte que ha- 'bia querido proporcionar á su hija se habia desanecido; el amparo, que andando el tiempo, haa contado hallar para sí propia, iniciando á su hija en el secreto de su existencia, babia fallado. manera, que de su malvada combinacion solo le quedaba el placer de la venganza, que en su ino-
CAPITULO Y. 3
De esta suerte pasótalgun tiempo. Bruna se ha= bia casado con un primo de Justa, oficial, que despues de buenos servicios, se vió en la necesidad de abandonar la carrera por causas políticas, y habia regresado á aquel pueblo, que era el de su nacimiento, para cuidar y labrar algunas fincas rurales que habia heredado de su Madre. Era un. hombre digno, altivo y poco afecto á transigir en. materias de alta esfera. El cual, hallando en Bruna cualidades análogas, y su mismo gusto por la vida retirada y grave, indiferente como caballero de los antiguos españoles'á su falta de bienes de fortuna, la habia elegido por compañera.
Un dia un alguacil del ayuntamiento entró en casa de Rufina, á la que entregó una carta gruesa, | de letra extranjera, con sello consular, exigiendo
PT a
icho alguacil una gratificacion por los muchos pas que le habia costado dar con la persona á quien nia dirigida la carta, e Rufina la abrió sorprendida. Era fechada de
pq y en ella se le comunicaba que un :es-
sañol que habia muerto alli trágicamente habia declarado á última hora llamarse”*”*, ser casado, y tener una hija en aquel pueblo; y que á esta hija pertenecia por tanto, de derecho, el dinero que á lo sazon poseia como banquero de un garito; di- 'nero que pasaba «de cien mil duros, que queda- 'ban depositados en el consulado. Difícil seria expresar lo que sintió aquella mu- ¡er al leer la referida carta. Su hija, la hija de sus entrañas, debia heredar aquel caudal; y esa hija se hallaba en una posicion tan modesta que rayaba “en pobreza! ¡Y la odiada hija de la odiada Justa “vendria por razon aparentemente natural á dislfrutarlo! Antes mil veces hubiese preferido anonadar tal herencia ocultando el aviso recibido! ¿Pero cómo renunciar á ella debiendo la misma Rufina disfrutarla en parte? '
+ Por algunos dias anduvo Rufina como loca y sin “sentido, ho sabiendo qué resolucion tomar. Bruna su hija, pobre; ¡y la aborrecida hija de Justa, rica: “Esta idea la desatentaba.
Mil planes rodaron en su cabeza, que rechazó | por imposibles. —Al fin se decidió. Aunque desde que estaba casada su hija habia
E ta:
ido á verla varias veces, no habia conseguido ser admitida en aquella casa severa y decorosa. Rufi=" na, aunque fué ahora de nuevo rechazada, no de= sistió de ver á su hija, mediante á que tenia aquella fuerza de voluntad, que no es la perseverante hija de la paciencia, sino la terca hija de la obstinacion. Cual pudiera haberlo hecho un salteador, se introdujo, pues, un dia en casa de Bruna, siguiendo los pasos de un menestral que á la sazon trabajaba alli.
El alejamiento que inspiraba Rufina, esto es, la mujer záfia y de malas costumbres, á Bruna', la. mujer morigeráda, grave, y escrupulosa, no era: suavizado en ésta, como sucedia en Justa, por la dulzura de carácter y por los recuerdos de la infancia. Así sucedia que no lo disimulaba. “N
Hay personas tan delicadas, que, como 4 los perfumes, las desvía un soplo; y 'otras que lo son tan poco, que como á los toros, solo las pára la firme y punzante garrocha. A las segundas per-- tenecia Rufina. Asi fué que sin desconcertarse ni turbarse por la mirada.sorprendida y rechazadora que al presentarse clavó en ella Bruna, exclamó abalanzándose á su cuello:
—¡Hija de mi alma! —Señora, absteneos de estas familiaridades que Me repugnan y reprueba mi marido, dijo apartán=- dose ofendida Bruna. | -—No lo hará así ta marido, repuso Rufina, cuan=
2 — kl — do sepa que eres mi hija, y que ha muerto tu padre dejándote cien mil duros.
—Señora, repuso con enojo Bruna, xácólino el favor de no gastar groseras chanzas á que no doy pie, y que me ofenden.
—No son chanzas, dijo con exaltacion Rufina, no, no! Escucha, y te convencerás.
En seguida hizo una extensa relacion á su hija de cuanto desde su nacimiento habia ocurrido.
Bruna la escuchaba absorta, y tan asombrada de cuanto oía, que ni aun intentó cortar aquella cínica confesion de un inaudito crímen.
—¿Qué dices, qué dices pues? así terminó Rufina viendo que Bruna permanecia callada. —¿Qué dices de un amor de madre, que por hacer á su hija señora y feliz, renuncia á ella, y pone en su lugar á un ser extraño y odioso? ¿Rechazarás aun á esta Madre, que ahora se aviene á publicar la sustitucion que hizo, por tal de que goces tú de la herencia que es tuya?
Bruna permanecia callada.
—¿Qué dices, hija de mis entrañas? tornó á preguntar radiante de gozosa animacion Rufina.
—Me preguntaba, respondió al fin Bruna, cuál seria el diabólico móvil que os lleva á plantear este nuevo enredo.
—¿Enredo? exclamó Rufina, tú verás si lo es cuando te pruebe la certeza de cuanto afirmo.
— Afortunadamente, aunque pudiesen ser ciertos
o A ico tan horrendos dislates, dijo Bruna, no podríais probarlos.
— ¿Afortunadamente dices? ¿Pues y los cien mil duros? repuso Rufina presentando la carta del cónsul de California.
—Tiene mas valor á mis ojos, respondió Bruna separando de sí la carta sin mirarla, la aureola de virtud de mi Madre y la pureza desu noble sangre, que todos los millones que han acuñado los hom-= bres.
—No pensará con ese ridículo quijotismo tu ma-- rido, dijo Rufina con el dolor de un tigre herido.
—Mi marido, repuso Bruna, mi marido es un hombre noble y digno, que pretendió á la pobre bija de la virtuosa Señora Doña Justa Villamencía, y hubiese despreciado á la millonaria hija de Rufina, la perversa hospiciana.
—¡Mira que soy tu Madre! rugió sofocada Rufina. —Mi Madre es, repuso con calor Bruna, aquella que á sus pechos me alimentó, que en dulce rega= zo me crió, y que con su enseñanza y santos ejemplos ha hecho de mí una mujer virtuosa; á esta todo se lo debo.—Si dable, si posible fuese que debiera mi existencia al loco y desautorizado enlace de quienes sin desearlo me la hubiesen dado, á padres que me abandonaron, nada les Copan y
con nada les pagaria.
—¿Pero el padre que te ganó y te dejó su caudal, exclamó Rufina; no es acaso acreedor, hija
RO desnaturalizada é ingrata, á que se lo agradezcas?
—Ese dinero no se ganó por su dueño para la hija que tenia, y de la que nunca se acordó. Si lo dejó, fué porque no pudo llevárselo.
—;¡Mira que pierdes tu caudal, insensata! dijo con voz sofocada por la ira Rufina.
.—Gozará de él, como es debido vuestra infeliz hija, envidiándoselo yo tan poco como le envidio su nacimiento.
—Mira, mira que eres pobre!
—Señora, contestó con íntima satisfaccion Bruna: soy rica, soy poderosa!
—Mira que el Marqués se va á casar: tendrá hijos, y si su mujer es avara y díscola, podrá influir con él, que es un mandria, para que suprima la mesada á su hermana, en vista de tener una hija casada; y entónces tendrás que mantener á Justa, esa pobre de sopa.
—El dia que mi Madre honre mi casa entrando en ella y mirándola como suya, contestó Bruna, será el dia que complete sus mercedes y corone sus beneficios.
—Y á mí, á mí que te he parido, me rechazas! ¡Ingrata! exclamó Rufina tan herida como humilada.
—A vos, respondió con un gesto de tédio Bruna, —sin merecer el epíteto de ingrata que gratuitamente me dais, puesto que sois una impostora,—os des-
deño con todo mi corazon, os rechazo con toda mi JUSTA Y RUFINA. 4
— 50 — | voluntad, y con toda la autorizacion de mi marido.
Rufina torció los ojos, estiró los brazos, que= bró el cuerpo, dió un rugido, y cayó con una convulsion al suelo.
Bruna llamó á los criados, y les dijo con serenidad:
—Asistid á la señora: que vayan por un coche para conducirla á su casa. Por mi tio el señor Marqués que le pasa una pension, podréis averiguar su domicilio: —y se salió del cuarto.
Cuando Rufina volvió en sí de su accidente, se halló en su casa sola; mas al volver la cabeza vió á Piedad, que tenia un vaso de agua en sus manos, las que temblaban tanto, que por ambos lados alternativamente se derramaba sobre el plato su contenido.
— ¡Vete! le gritó.
La pobre niña se apresuró á obedecer.
—-¡Ella!... murmuró Rufina, esa hija desnaturalizada no quiere la herencia de su padre, porque no era Marqués, ni yo soy Condesa! Pues á fé mia que esta nécia y apocada hija de Justa no la disfrutará tampoco. ¡Yo, yo la disfrutaré! Contra siete virtudes hay siete vicios. Todavía estoy yo aquí para impedir que esta herencia pase á una advenediza. ¡Ah desnaturalizada! Sé pobre; yo seré rica. Pues si tú me desconoces, yo hago más: reniego de tí! Y si llegara el caso de verte morir de hambre, no te tiraré, no, ni un hueso de mi mesa!