Relaciones · Capítulo real 6 de 11

CAPITULO IV

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 3 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO IV.

Seis meses después de estas escenas, el Gene= ral, —que habia ido á la Habana á asuntos propios, —anunciaba en una cariñosa carta á su mujer su vuelta, y ésta pasaba á Cádiz para recibir 4 su marido, acompañándola en la berlina un ama, que llevaba en brazos á su supuesto hijo.

Este niño habia sido traido de la Inclusa (4), y el secreto de esta iniquidad no era conocido sino de Ismena, de Nora, y de Lázaro, que «era el que por disposicion de Nora le habia sacado del hospicio de los expósitos. Cómo esta mujer perversa pudo persuadir al noble jóven 4 prestarse á esta infamia, solo se comprende considerando que esta, segun ella afirmaba á Lázaro, se hacia no solo con autorizacion, sino por disposicion del General.

(1) Establecimiento dedicado á acoger los niños expósitos.

| — 157 — | Lázaro dudó; pero Nora, que habia previsto su oposicion, habia prudentemente conservado en su po= der la última esquela que antes de partir habia escrito el General á su muger, y que decia asi: Ya se despliegan las velas que me van á alejar de fi, y contigo, de todas las dulzuras de mi vida! A Dios, pues! Espero á mi vuelta hallar en tus bra- £os un niño, que consolide aun nuestra felicidad.

Ya te dije que para el consabido asunto, asi como para todos, te valgas de Lázaro, en el que tengo yo y puedes tener tú, la mas ilimitada confianza.

El General añadia aun algunas frases cariñosas, y firmaba,

Nora desde luego comprendió todo el partido que podia sacar de esta carta, haciendo ver á Lázaro que el consabido asunto—que era uno de dine— ro—era el que ella traia entre manos; y la guardó. Lázaro, pues, —con el mayor dolor, pero todo consagrado á su bienhechor,—trajo á la inocente criatura abandonada por el vicio, y recogida por la iniquidad; como la suave flor, que del seno de - una prostituta, pasa á las manos de un envenenador.

Poco ántes de la época en que volvemos á reanudar este relato, habia acontecido que el administrador de la Inclusa habia reclamado á Lázaro la criatura. Nora no halló otro medio de salir de este espantoso conflicto sino el que Lázaro pasase

4 los Estados Unidos: Ismena apoyó con calor este

| pensamiento, y la consagrada víctima se convino,

— 158 — sabiendo que su ausencia, esa ausencia inmotivada: y malexplicada por él, iban á partir el corazon de su Madre y el de su prima, con la que estaba tra= tado su casamiento. 3

Embarcóse ocultamente en un místico que par tia para Gibraltar, el cual, sorprendido frente de la peligrosa costa de Conil por un espantoso tem-= poral, zozobró, sin que se salvase uno solo de los que iban embarcados en él.

Esta catástrofe de que se creyó causa, asombró á Ismena. Y su espanto se aumentó por un amenazante presentimiento, que le hizo no poder fijar su vista ni en lo pasado ni en lo porvenir, sin estremecerse. En el primero veia una reconvencion; en el segundo una amenaza.

¡Infeliz de aquel que entre estas dos fantasmas arrastra una angustiosa vida! ¡Feliz aquel que en= tre desgracias y penas conserva con una buena conciencia la paz del alma, supremo bien que en este destierro prometió Dios al hombre!

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CAPITULO Y.

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Durante muchos años quedó deshabitada la her .mosa casa de Chiclana. La Condesa rehusaba con obstinación el ir á gozar allí de la primavera; por- -que ne esta mujer no habia ya ni primavera ni .goces! La justicia divina hacía pesar sobre ella de “una manera espantosa, los resultados de una culpa fria y voluntaria, que ni una sola disculpa tenia ¿para aminorar su horror. Quiso esta alta y puderosa justicia imprimir en un corazon duro é impávido, por la fuerza de los hechos, lo que los senti- “mientos no habian podido comunicarle. ¡Y estos hechos eran terribles! Pues habia dado suce>sivamente dos hijos al Conde; cuyo nacimiento inespperado aterró á la Madre. Habia más aun: veia al mayor de los tres niños, hermoso muchacho, franco, valiente y sincero, pero de quien no podia sufrir que ocupase en el cariño del General el lu-

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gar preferente. Porque, no solo simpatizaba Ra= mon—así se llamaba este niño,—con el General, sino que en el equitativo anciano, el desvío y hos= tilidad que le mostraba la Condesa, eran motivo para que compensase esta injusticia, redoblando su amor é interés hácia el que de ella era víctima. ¡Asi habia traido la Providencia, por la fuerza terrible de los hechos, á aquel corazon frio é inerte, al remordimiento; y éste habia ahuyentado á aquella mujer culpable , de la casa en que todo le recordaba su culpa!

¡Remordimiento! Tú, que ciñes la cabeza, dd una corona de espinas, y el corazon de un cilicio; tú, que tan ligero haces el sueño, y tan pesada la vigilia; tú, que te interpones entre la clara mirada que viene del alma, y los ojos, para empañarla; y entre la sonrisa pura que viene del corazon, y tos lábios, para amargarla; tú, que callas cuando aparece la culpa seductora de frente, y que tan alta y espantosamente lanzas tus saetas, cuando, pasada ya, no se puede retroceder! ¡cruel éinexorable remordimiento! ¿quién te envia? ¿Es el espíritu del mal, para gozarse en su obra y desesperar al hombre, ó es Dios, para avisarle, á in de que expie sus faltas?

La clemencia divina abrió con el remordimien= to dos sendas al hombre: la desesperacion y la penitencia. Las almas tibias, las voluntades flojas fluctúan entre ambas, agonizando así entre la ho-

—= 161 = guera, que las habia de purificar, y el mar sin fondo, en cuyo amargo abismo se corromperian para siempre.

Estos tormentos, de que era víctima Ismena; este remordimiento ,—¡gusano - eterno! —habian roido su corazon y su vida, como un cáncer incurable. Iban sus torturas en aumento, 4 medida que sentia acercarse su fin. En sostenida lucha con su conciencia, que no transigia con razones ni con miras.

mundanas , porque la conciencia proviene de Dios;

cada dia más incierta sobre entrar por la senda que ésta le trazaba, y que su orgullo rechazaba, Ismena, igualmente horrorizada de la terrible ho- -guera y del espantable abismo, caminaba á su fin, como el reo al patíbulo, deseando á un tiempo alargar y acortar la distancia. Casi postrada ya, los facultativos insistieron,—como por último recurso,—en que respirase su abrasado pecho las frescas brisas del campo.

Habiéndose anunciado en Chiclana la venida de los señores, la casa estaba preparada para recibirlos. El toldo cubria el pátio como un movible techo: la limpieza mas exquisita brillaba en ella como un barniz: los pájaros cantaban, y las flores mostrábanse lozanas, aunque María ya no cantaba al regarlas! ;

El sonido de los cascabeles anunció la berlina, que llegó pausadamente, y se paró á la puerta. ¡Ya

ho era la hermosa y brillante Ismena, sino su som- | NO TRANS¡GE, ETC. 44

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bra, la: que apoyada sobre el brazo del General, y

sostenida por un facultativo, se arrastró bajo el soberbio portal de mármol, como un cadáver en

su suntuoso mausoléo! A los veinte y ocho años Is-

mena, habia perdido todo el brillo de la juventud:

sus claros y brillantes ojos estaban empañados y. abatidos; sus dorados cabellos habian encanecido,

y su tez blanca y mate parecia una mortaja que cubriera un esqueleto! Pocos años habian bastado

para producir este cambio; puesto que no era el tiempo el que con su pausada y suave mano le habia traido, sino el sufrimiento con su destructo-

ra garra.

La Condesa fué llevada al sofá, en el que quedó por mucho rato tan postrada, que parecia insensible á cuanto la rodeaba. Mas cuando la dejaron sola, dijo con febril agitacion á Nora que llamase á - María. Nora, previendo la fuerte sacudida que habia de producir la vista de la desgraciada anciana, victima de su infortunio, quiso replicar; pero la Condesa reiteró la órden con tal exaspera= cion, que fué preciso obedecer. Cuandó entró la: anciana, Ismena extendió sus convulsos brazos hácia ella, la estrechó en ellos, y reclinó su cabeza ardiente y su ruborizada sien sobre el pecho de la, anciana que la habia visto nacer. Pero María estaba: serena: enjaquel pecho latía tranquilo su puro corazon. Sus ojos habian perdido la expresion de contenbo que ántes tenian; pero no la de la paz del alma.-

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—María, exclamó al fin Ismena, ¿cómo habeis: podido soportar vuestra desgracia? -—Con la resignacion que Dios dá cuando se le pide, Señora, contestó la anciana.

—¡0h! ¡Bienaventuradas las penas con que ésta no es incompatible! exclamó mentalmente Ismena.

—Un dia os dije, señora, prosiguió María, que me inspiraba orgullo mi hijo; y Dios ha permitido que ese hijo, mi galardon y mi gloria, fuese difamado por todas las apariencias de un delito!

—¡Apariencias! dijo Nora; ¿quién dice eso?

—Todos, contestó María con suave firmeza.

Y despues de algunos instantes, continuó con la misma serenidad : - —Un profundo misterio cubre á mis ojos, —como: “á los de todos,—las circunstancias de su huida. Pero si alguna persona está complicada en ella, ¡perdónela el divino Juez, como la perdono yo! Dios y yo sabemos, que mi hijo no fué ni pudo ser: criminal: esto me basta: ¡callo, y me conformo!

Y no os engañaron vuestro corazon y vuestra' -=conviccion de Madre! exclamó Ismena, cayendo- - exánime sobre los cojines del sofá. | Ismena fué acostada en su lecho, y se atribuyó su peor estado á la agitacion y fatiga del viaje. Un narcótico fué calmando gradualmente su - agitación, y la sumió mas tarde en un sueño fac=-

ticio, por lo que todos, —ménos su ama,—se fué--

ron á descansar de las fatigas y emociones del dia..

— 164 — El General, —por delicada prevision,—aabia

mandado cerrar la llave de la fuente, para que sn

murmullo no turbase el débil reposo de su mujer. Sonaron las doce en el reloj de la sala, y doce veces sonó la voz del Tiempo como una aterradóra profecía. ¡Doce contó el austero anciano con su inflexible memoria, y doce años cumplian ahora que sobrevivia Ismena culpable en la molicie del lujo, y con la aureola de la consideracion y del respeto público! ¡Doce años hacía que despues de sacrifi-

car su conciencia á su soberbia, habia sacrificado -

una noble existencia á su orgullo!

_Ismena despertó sobresaltada, y se incorporó

en su lecho: sus ojos desatentados vagaban por todas partes; su sangre hervia precipitada por la fiebre.

Su devoradora inquietud la ahogaba; el peso que oprimia su pecho, la sofocaba! Se arrojó del lecho, y corrió á la ventana, pues anhelaba cual la Margarita en el Fausto de Goethe, respirar aire.

La suave luna y el dulce silencio, se unian en aquella templada noche como hermanos. Eran tan - profundos el sosiego y la calma, que pesaron sobre

el alma agitada de Ismena, como el ambiente sereno, pero sofocador, que precede á la tormenta.

Apoyó su ardorosa frente en la reja de la ventana que daba al pátio, negra y dorada como su

existencia! Oyó entónces á lo léjos dos voces que

se unian para rezar, tan hermanadas como la Fé y

SS O E O DTO E Ss E

AS la Esperanza! Eran las voces de María y de Piedad, .que rezaban el Rosario. Habia algo de solemne en

aquel sonido dulce y monótono, con el que la pa-

labra sin pasion, sin movilidad, sin modulaciones terrestres, se alza al cielo, como lo hace el humo del incienso sobre el altar; suave, sin color, sin ímpetu; como impulsado por la atraccion del cieio.

Algo, que conmovia hondamente,”habia en esas

palabras mil veces repetidas, porque mil veces son

sentidas; en esos rezos, en que se unen millares de

corazones al pié del trono de Dios; en esos rezos, que son tradicion verbal no interrumpida de Jesu— cristo y de sus Apóstoles; que han santificado las . almas de miles de generaciones; en esos rezos tan perfectos y cumplidos, que en vano querrian per -feccionarlos todos los adelantos y todas las ilustraciones del espíritu humano.

¡Qué doloroso contraste formaban aquellas graves y apacibles voces, con el estado del alma de Ismena, en la que rugia el remordimiento! ¡Quiso unirse á ellas, y no pudo!

—¡Oh. Dios mio, exclamó apartándose de la

g ventana, no puedo rezar!

Pero pronto volvió, atraida por el santo é'irre-

¿sistible imán de la oracion. Entónces oyó á María

pronunciar estas palabras: ¡POR LA PAZ DEL ALMA DE

mM mijo Lázaro! —y la oracion de las dos católicas

continuó, sin que sus voces se inmutasen. —¡Ahl—exclamó Ismena, retorciendo desespe-

O radamente sus manos.—No soy digna, Dios Santo, de unir mi voz maldita á esas voces puras que no empañó la culpa, ni sofoca el remordimiento! —Postróse en el suelo con el rostro sobre la tierra, hasta que el último amen subió al cielo. Entónces se le vantó , causándose á sí misma horror como un espectro, y vió á Nora que se habia quedado dormida en un sillon: acercóse á ella; y asióla fuertemente por un brazo con su mano, antes tan her— mosa, y que ahora parecia la garra de un águila de mármol.

—¡Duermes! exclamó: ¡duerme la iniquidad, en tanto que la inocencia vela y ora! ¡Despierta! que tu reposo es mas horrible aun que tu culpa. Ves á la que sacáste con esmero de su dulce cuna, entrar por tus infames sugestiones en su féretro; y ¡duermes... mientras ella agoniza! ¿Qué vés en lo pasado? El delito impune. ¡Y duermes!—¿Qué ves en lo presente? Una usurpacion, un despojo, una traicion, un crímen frio de todos los dias; ¡y duer— mes! —¿Qué ves en lo futuro? La divina y universal justicia de Dios, tan dulce para el justo, tan tremenda para el criminal; ¡y duermes!—;¡Pero esta justicia hará que recaiga sobre tu cabeza la maldicion que pesa y oprime ya la mia! ¡Lleva, pues, unida al anatema de Dios, la maldicion de la que sedujiste! Pues culpable soy, cual ninguna; pero, ¡Nora, Nora, sin tí no lo hubiera sido!

A los gritos que dió Nora, acudieron todos los

— 1671 — ] habitantes de la casa, y hallaron á la Condesa en un espantoso y convulso estado, que se asemejaba á la demencia. Nora estaba aterrada y desvariaba;

pero esto se atribuyó al dolor que le causaba el cercano fin de su Señora.