Relaciones · Capítulo real 7 de 11

CAPITULO VI

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CAPITULO VI.

Al dia siguiente fué espantosa la agitacion de la enferma. A la noche se vieron los médicos precisados á subministrarle un fuerte narcótico, que la hizo caer en un profundo sueño.

El General se ocupó en arreglar los papeles

. que yacian dispersos en un lindísimo escritorio antiguo de ébano, ornado de riquísimo trabajo de talla y pinturas de Rubens en sus varios comparti= mientos, en el que guardaba Ismena sus papeles.

El escritorio habia sido abierto por órden de su

dueña aquella tarde, para sacar de él papel y plu- 4

ma que necesitaba.

“ Ismena habia aprendido de su Padre el inglés, que posea como su propia lengua. El General fijó con dolor su atencion sobre una traduccion empezada por su muger, considerando que ya no la con-

4 Me

— 169 — -cluiría! Era la traduccion del Hamlet de Shakspeare: el General se puso á leer lo último que su mujer habia escrito. Era el monólogo del Rey Claudio, en el tercer acto: la letra era temblorosa, como si la hubiera trazado una mano trémula. La traduccion, en la que un inteligente hubiera notado algunas supresiones voluntarias, era esta. «GMaduró ya la culpa, y clama al Cielo! ¡Sobre ella pesa la primera maldicion que entró en el -»mundo, la del fratricidio!—No puedo rezar, aun- “»que á ello me impelen el deseo y la voluntad; » pero la postracion de la culpa es más que la fuer- »za del propósito; y así como el hombre en quien o»dos poderes luchan, vacilo entre sucumbir al pe- »so de mi delito, ó entregarme al esfuerzo del buen propósito. ¿De qué sirve la misericordia, si- »no para bajar sobre la frente del pecador? ¿Y no »tiene la oracion la doble virtud de precaver la »caida, y de levantar al caido, obteniendo el per- » don? Quiero, pues, levantar al Cielo mis miradas. »¿Pero cuál es la forma de oracion que se apropia »á mi delito? ¿Puedo pedir y esperar perdon? ¿Hay »acaso bastante agua en las suaves nubes del Cielo o» para lavar la mancha de sangre en la mano del ofratricida? ¿Hay, por ventura, remision para aquel '»que sigue disfrutando los beneficios de su delito, »su reina, su corona, su vanagloria? No puede ser. »Puede la dorada mano de la iniquidad su-

»mergir la equidad en las corrompidas corrientes

— 170 — me - »del mundo, y le es dado á un vil soborno falsear | »á veces la ley humana. ¡Pero no así allá arriba! » ¡Allá no vale el artificio, ni nada puede la mentira! » Allá aparece el hecho en su desnudez, y el de= »lincuente habrá de acusarse á sí mismo en el rei= »no de la verdad. ¿Qué nos queda, pues?—Probar - » hasta donde alcanza la virtud del arrepentimien= nto. ¡Ah, sil Todo lo puede...... «Pero, ay! ¡Si qui- »siese el pecador y no pudiese arrepentirse! —¡Oh- »infáusto estado! —¡0h pecho negro como la muer= »te! —¡Oh alma, que al esforzarte por libertarte de »la red del pecado, te envuelves en ella! —¡Ange »les, acudid á su socorro! Ablándate, corazon de »acero, hasta ser cual las fibras del niño recien na »cido.—¡Inflexibles rodillas, dobláos! (Se arrodilla, »y despues de un momento de silencio prosigue). ¡Ah! »¡Las palabras han volado! pero faltan álas al co- »razon! y las palabras que sin el corazon llegan al »Cielo, no hallan en él entrada!»

Esta traduccion literal y mala, aunque apénas daba una idéa de la magnífica, profunda y elevada poesía del Poeta que fué y es gloria de su pátria, llenó, no obstante, de admiracion al General, cuya alma era accesible á todo lo bello y á todo lo bueno. Pero al echar una mirada sobre su mujer, que yacia blanca sobre su blanco lecho, como una marchita azucena sobre nieve, hizo esta sencill reflexion.

—¿Porqué busca estos cuadros de delitos y pa=

— 71 —

ones? ¿Porqué imita la paloma el grito fúnebre del buho? ¿A qué remeda la oveja sencilla el rugidel herido y sangriento leon? Despues de haber guardado los papeles, el Ge-

eral se sentó en un sillon á los pies de la cama de su mujer, y levantó á Dios su corazon en una ferviente plegaria por la vida de la que amaba. El reloj de la sala contigua á la alcoba dió las , con la tenacidad de un recuerdo que se rechaza, y que constantemente vuelve: sus ecos y “metálicos sonidos vibraron en el silencio, como si llamase á una cerrada puerta la Justicia, para la que no hay puerta que pueda permanecer cerrada! Estos claros sonidos estremecieron á Ismena an su sueño, y despertó dando un sordo gemido. El General, que vió á su mujer con los ojos desatentados, y que la oyó pronunciar palabras insoherentes, se acercó á ella, y rodeándola con sus brazos: —Serénate, Ismena, la dijo: "ea tenido alivio. dios oye nuestros ruegos: hace algunas horas un

ueño benéfico restaura tus fuerzas. —¿Mé dormido? murmuró Ismena: ¡hé dormido 1 el borde de mi sepultura, como si esta me pro- «metiese descanso! ¡Hé dormido, cuando tan poco ¡iempo me queda para arreglar mis cuentas sobre a tierra! Sentáos, señor!.... que como á tal quiero hablaros, y no como á mi marido; porque digna no yy de ser vuestra mujer! Hablaros quiero no como

— 172 — | ) á mi compañero, sino como á mi juez, cuya cle= - mencia imploro. y El General atribuyó estas extrañas palabras al. delirio; y sin hacer alto en ellas, quiso tranquilizar á su mujer, proponiéndola diferir las explica=- ciones que queria hacer, para más adelante. Pero Ismena insistió con energía en que la escuchase, prosiguió:

—Voy á morir..... y dejo sin sentimiento tod los bienes de la tierra. Solo uno es el que ambicio= no, y quisiera llevar conmigo á la tumba! Vos, que fuísteis para mí Padre, marido y bienhechor, no me lo negaréis, puesto que solo vos podeis dár mele. Porque este bien que imploro es, Señor, vuestro perdon! |

Al oir á su mujer, el General se confirmó e que deliraba, y volvió á suplicarla que no se agi tase como lo estaba haciendo. Pero Ismena insistió de nuevo y con ahinco, en que la prestase aten cion sin interrumpirla.

—Si una mujer, dijo, que ha expiado una cul con todo lo que el remordimiento tiene de terri ble y de destrozador, arrebatándole éste su sosie go, su salud y su vida; si esta desgraciada, en momento de morir desesperada, puede inspirar a guna compasion..... ¡oh, vos, que habeis sido más generoso de los hombres; vos, que sembrástei mi vida de flores, tened para mi muerte una rama de oliva! Recibid sin rechazarme, sin huir de mí

TN AS

— 173 — | mis últimos instantes, sin hacer horrible mi agolía con maldecirme, una confesion que os probará que mi corazon no está del todo pervertido, cuan= lo tiene valor para hacerla! Un sudor frio bañaba la frente de la moribunJa: sus yertas manos temblaban convulsivamente: sus palabras salian débiles, pálidas de sus lábios, como las últimas gotas de sangre que vierte una ida de muerte! Sin embargo, haciendo un possrer y heróico esfuerzo, prosiguió así: Sé que voy á traspasar vuestro corazon con n agudo puñal: empero, solo ese medio puede imedir el que yo muera desesperada. Aquí teneis, — rosiguió sacando un pliego cerrado que tenia deajo de su almohada;—una declaracion firmada por mí y atestiguada por dos testigos venerables, con fin de impedir una infame usurpación, un Cri. ninal espólio y un horrible abuso de vuestra no- 2 buena fé. Por ella veréis, señor, que....... ¡Ra- 10n no es nuestro hijo! El General, al oir estastremendas palabras, por 1 movimiento involuntario se alzó de su asiento son ímpetu; pero al punto recayó en él anonadalo, y cubriendo su rostro con ambas manos, exnlamó con asombro y dolor: 0 --—¡ Ramon, Ramon no es hijo mio!!! ¿pues 1yo es? Solo Dios lo sabe, pues su mal Padre le abandonó. Es un expósito.

—VVh — -—¡ Pero con qué fin?..... El General se dean y prosiguió despues con indignacion..... ¡conci al fin!.... la ambicion..... el orgullo!.... ¡oh! ¡qu

miquidad!!! —¡Tened piedad de mi agonía! dijo Ismena er ciéndose las manos. , —¡Eres una infame! exclamó el General con toda

la indignacion de la probidad contra la traicion, y con toda la repulsa de la virtud hácia el crímen. Jamás habia oido Ismena la bondadosa y pa= ternal voz de su marido tomar el terrible y viril acento con que le arrojó el oprobio á la faz; y se sobrecogió cual herida de un rayo. El profundo dolor, y la severa condena de su marido, le pare cieron abrir un abismo entre ambos, y hacer impo sible que los lábios que articulaban aquel acerbc fallo, pronunciasen la dulce palabra que anhelaba en su agonía, y que deseaba mas que la vida. Esa palabra, que solo podia dulcificar su muerte, era el perdon, que es el mas bello y perfecto fruto de la caridad; el perdon, cuyo valor es tan grande, quecon toda su sangre lo compró el Hijo de Dios, y que por lo mismo lo concede su Padre por una lágrima,—;¡ tales su misericordia! —El perdon, don di vino que ni pide ni otorga el orgullo, y que imple a y concede la mansedumbre; ese perdon, que llevaria la culpable al Cielo como una eficaz inter cesion. ¿Acaso babia tardado demasiado en pedir= lo? ¿Iria á morir quizás en el momento en que las:

| —= 175 — s de la sangre sumergian en el corazon del ofendido la santa misericordia, la generosa clemencia? La infeliz, en su desaliento, se arrojó fuera del lecho, cayó postrada, y levantando sus cruzadas manos, que apoyó sobre el noble pecho del hombre á

uien habia engañado, gritó con voz gutural y moribunda: j

- —¡Perdon! Su último pensamiento, su último sentir, su último aliento se disolvieron en esta última palabra. El General se estremeció al oir aquel grito destrozador lanzado en el estertor de la muerte; se inclinó hácia su mujer, y la cogió en sus brazos: ¡no levantó sinó un cadáver! En aquel instante se oyeron las doce lentas y graves campanadas del reloj!: ¡como si hubiese “aguardado el tiempo ese momento para lanzar su metálico sonido, cual un espontáneo y piadoso doble!