Relaciones · Capítulo real 5 de 11

EPÍLOGO

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 10 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

EPÍLOGO.

Si encontrais en la ciudad de Z... á una señora de semblante hermoso y apacible, de talante grave y modesto, de maneras afables y dignas; que viste con humilde pulcritud, encaminándose hácia la iglesia en que está el Jubiléo; á quien todos los que pasan dejan con respeto la acera, descubriéndose con reverencia sus cabezas; á quien los ancianos

| sonrien y los pobres bendicen, esa es la empobre— cida DoÑa JousTA VILLAMENCIA.

Si una tarde de toros veis pasar por el paséo con direccioná la plaza, una carretela descubierta, en la que se arrellana un mal cantanteitaliano, con un cigarro en la boca; y á su lado veis una mujer ahuecada con faraláes y miriñaques, cuya pálida, descarnada y adusta cara aparece entre una aureola de moños, flores y blondas: si veis que al pasar cerca de ellos, vuelven los caballeros con disgusto la cara; que los jóvenes casquivanos se rien, y que las gentes del pueblo los escarnecen con ese des-

O, precio triturador del fallo popular ,—tan infalible cuando es espontáneo!—esa es la enriquecida Rufina.

Algunos años despues, disipado su caudal, destruida su salud, robada y abandonada por sus despreciables amantes, moria Rufina en un hospital, conmoviendo y compadeciendo á las santas Hermanas de la Caridad, por el modo aterrador con que en su frenesí y en su agonía repetía: —¡Piedad! ¡Piedad!!

FIN DE JUSTA Y RUFINA.

MAS LARGO ES EL TIEMPO QUE LA FORTUM:

RELACION

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MAS LARGO ES EL TIEMPO QUE LA FORTUNA,

Preséntase el tiempo al hombre de tres maneras: llega lentamente el futuro, pasa rápidamente el presente, y párase- inmóvil el pasado.

No hay ruego ni ánsia que hagan acelerar su marcha al primero; no hay instancia ni fuerza que detengan al segundo; no hay arrepentimiento ni

3 hechizo que muevan al tercero.

¿Quiéres concluir felizmente el viaje de la vida? Toma por consejero al fuburo, no escojas por amigo al presente, ni te hagas enemigo al pasado.

Sentencia de Confucio, traducida libremente de una version alemana. El ladron que no se deja cojer, pasa por hombre honrado. : Refran turco...

A dos leguas de la orilla del mar, sobre la plataforma de una colina, se asienta Jerez, rico, robusto y predilecto hijo de Baco y de Céres. Rudéanle como un soberbio cinturon sus famosas viñas,

cuidadas como Princesas, y sus campos de trigo, MAS LARGO, ETC. 5

06 — cuyas cañas inclinan sus doradas cabezas. Extiende “sus inmensos Propios por las comarcas cercanas, que murmuran de esta invasion del coloso rural, y pierde la cuenta de sus montes, como un Potentado (1). |

Jerez, noble como el que más, lleva al frente el precioso y bien conservado castillo moruno, perteneciente á la ilustre familia de los Villavicencios, y que ha sido testigo de tantas hazañas: conserva anales que forman páginas de oro en la historia de

España : ostenta suntuosos templos, obras magnas

de la fé, obras maestras del arte; y ve con dolor 4 su lado, desmoronarse su magnífica Cartuja, admiracion de cuantos la vieron viva, dolor y escánda— lo de cuantos la ven cadáver!

Aunque con razon. se dice que algunas provin— cias de España están despobladas, como la Mancha y Castilla, —las cuales por desgracia atraviesa la carretera, que es la gran arteria de la Península,=—no

se puede decir lo mismo de esta parte de Andalucía;

puesto que desde lo alto de algunas de las miras que adornan los hermosos caseríos de la mayor parte de las viñas, se ven en el radio que alcanza la vista, quince pueblos, de los que la mayor parte son considerables. Son estos Jerez, Algár, Arcos, Medina, Chiclana, la isla de Leon, Cádiz, Puerto

(4) Tiene Jerez sesenta y br leguas y media cuadradas de término, y sus montes llegan hasta la Serranía de Ronda. (N. del E.)

: a Real, Puerto de Santa María, Rota, Chipiona, San= lúcar, Trebujena, Lebrija y las Cabezas (1).

Las gentes de Jerez—(y no decimos los jereza= nos, porque la mayor parte de los cuantiosos cau-

w Escrito esto, ha venido á nuestras manos un número del Guadalete, diario que se publica en Jerez, en el que hemos hallado con sumo placer en una composicion ligera, —pero escrita por pluma maestra, y po persona que se conoce que es competente en la materia,—los siguientes trózos que extrac= tamos á continuación, porque. estos apuntes completan harto mejor nuestra reseña de este pueblo ilustre ,de lo que nuestra débil pluma pudiera hacerlo. Aunque imitada, no podemos ménos de celebrar la costumbre de poner estos datos históricos y descriptivos locales intercalados en las obras de imaginacion , pues les añaden un mérito real, unen lo útil á lo agra= dable, instruyen y divierten á un tiempo, nos dan detalles interesantes de nuestro pais y de su historia, y si puede decirse, ilustran la amena literatura. Dice hablando de Jerez: «Si abrimos la historia, le vemos luchar de los primeros contra el poder morisco. Nombres ilustres salieron de aquella lucha, que llevaron luego su ETA á los muros de Antequera, Sevilla y Granada. Al abrigo de sus murallas se reunieron mas de una vez las antiguas Córtes de Castilla, y desde el Martirológio hasta la moderna Guia de forasteros, no hay un catálogo de hombres ilustres, donde á cada paso no se encuentre el nombre de algun hijo de esta ciudad. Desde S. Eustáquio y Estéban, jerezanos, hasta el Arzobispo Palma; desde GarciGomez Carrillo hasta D. Tomás de Morla y D. Raíael de Aríste-= gui, actual Conde de Mirasol; desde el marino Estopiñan hasta el valiente Giraldino; desde el Presidente de Castilla, Mirabal, hasta el Fiscal del Consejo, Fernandez de Gatica; lo mismo en las armas que en las letras, Jerez ha producido siempre hombres que le han ilustrado y ennoblecido.»

En otro lugar añade el autor hablando de este pueblo:

«Acaso ninguno entre los de su clase, cuenta tantos y tan buenos establecimientos de Instruccion pública. Cuatro escuelas gratuitas, una de ellas de párvulos, modelo entre las de su clase, un colegio, un Instituto, y multitud de establecimientos privados, para la educacion de las clases acomodadas.»

PA, | dales formados en este pueblo, ya á la sombra de

las hojas de sus parras ó de sus mieses, ya por el

comercio, no son jerezanos)—las gentes de Jerez no son amigas de gastar, ni se dejan embullar por su rumbosa y alegre vecina Cádiz. Así es que aquella ciudad, que deberia ser un modelo de elegancia, de trato lucido y de modo de vivir espléndido, no goza de estas ventajas. Fuera de las inmensas bodegas, —verdaderos palacios de las feísimas botas de vino, —fuera de algunas hermosas ca— sas, labradas por lo regular con mas suntuosidad que gusto; fuera de su gran plaza de toros; no han contribuido su creciente prosperidad y su riqueza á embellecerlo. Sus alrededores, que debian ser alamedas y jardines, son los de un villorro. Carece de un lucido paseo, de un buen teatro, de bolsa y de otras cosas anejas á la acumulacion de gentes, de caudales, de los adelantos de la cultura.

No obstante, dos cosas hay en las que los habitantes de Jerez indígenas y forasteros, se unen y demuestran un gran desprendimiento; y es en cosas de culto divino y de caridad cristiana. En cuanto hemos visto, no hemos conocido pueblo que bajo estos conceptos, merezca mas sincera admiracion y mas justos elogios. Cuando se tiene noticia de las muchas caridades públicas y privadas que se hacen; de las limosnas repartidas en los entierros de los ricos; de las ofrendas llevadas á los templos; cuando se ve aquel magnífico hospital; aquellos hospi-

TAS pa E - a o IA, AMBAS ESE A > Y A

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cios que brillan como plata; cuando se entra en aquellas iglesias, que deslumbran como oro y pedrerías, se siente un entusiasta placer, y se pregunta uno: —¿Pues acaso no vale mas esto que todos los decantados embellecimientos materiales, de que tanto se envanece el siglo?

Cuando los jerezanos labraron su plaza de to— ros, los del Puerto lo llevaron muy á mal, porque esto perjudicaba á sus nombradas corridas, tan afamadas en Andalucía. Y como en cuanto á burlones y ligeros de sangre, llevan entre todos los andaluces los de Cádiz, la Isla y Puerto de Santa María, la palma y la gala, es fácil concebir á qué punto fuéron por entónces víctimas los graves jerezanos

que se emancipaban, de las burlonas saetas de los porteños. De ellas se podria formar un volúmen. Los '¡erezanos, por toda respuesta, hermoseaban cada vez mas su plaza. Ultimamente y por remate, la pintaron con los colores mas provocativos; pusieron cristales en algunos palcos, y hasta remates dorados; y echando una mirada de desprecio á la plaza del Puerto, entónces modestamente vestida de blanca cal como la Norma, les gritaron subidos sobre sus botas: Sépase quién es Calleja. —Los coqui- «neros (1), —que son, como otros muchos, muy ele—

(4) Coquineros se llama á los naturales del Puerto de Santa María, por la abundancia que allí hay de un marisco de la familia de las almejas, que llaman coquinas.

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wsi0, gantes, muy ataviados, pero que no tienen un real en la faltriquera, esto es, ni Propios, ni mas baldíos que la mar, —quedaron confundidos de tanta grandeza y de tanto lujo, y aseguraron que los je- -rezanos, para cuando llegase el invierno, iban á mandar hacer una funda de hule para su repulia plaza (1).

Entre Jerez y la sierra de Algar se extiende una dehesa solitaria. Veíase en ella hace años, al lado de una vereda, un sombrajo, á cuyo amparo se habia establecido un hombre, que sobre una mesa despachaba alguna bebida. Andando el tiempo, había labrado cuatro paredes, y cubiértolas con anea: habia compartido su interior en dos mitades, destinada una á cocina y despacho, y la otra á dormitorio, y se habia llevado allí á su mujer y dos hijos. Detrás de la casa habia levantado un vallado, que formaba un corral cuadrado, en que de noche recojia unas cabras, que de dia llevaba á pastar á la sierra su hijo menor; y habia hincado una estaca de olivo al frente de su casa, con el fin de que pudiesen atarse en ella las caballerías de los escasos transeuntes de aquella vereda. La esta— ca se habia coronado á la primavera siguiente, de una verde guirnalda, y pasando años, cuidada por su dueño, se habia hecho un olivo frondoso, que -

(4) Estos embellecimientos se hicieron cuando visitaron á Jerez SS. AA. RR. LOs Sres. Duques DE MUNTPENSIER.

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proporcionaba al ventero una bonita cosecha de aceitunas que aliñaba, y eran, con el queso desus cabras, los ramos de más despacho de su establecimiento. Muchos caballeros de Jerez que solian ir á cazar, descansaban en la ventilla del Tio Basilio, haciendo un consumo cuyo valor pagaban quintuplicado.

Cuando empieza nuestra Relacion, la mujer del ventero habia muerto, y su hijo mayor, de quien se habia hecho cargo su Padrino y Tio, que era un

religioso de Santo Domingo, habia estudiado con

gran provecho la carrera eclesiástica, y pasado como Capellan de un Regimiento á Lima. Asi eraque el Tio Basilio vivia solo y aislado; sin mas compa= ñía que la que le proporcionaba de noche su hijo menor, ente estúpido y de pocas palabras, que

“desde la muerte de su Madre se habia acabado de

entumecer; porque asi como las naturalezas físicas endebles necesitan nutrirse por mas tiempo de los pechos de sus Madres, las naturalezas morales endebles necesitan por mas tiempo nutrirse de los cuidados y enseñanzas de estos sus tarroplata án— geles custodios.

La humanidad tiene dos: Pda la vírgen y la Madre: así es que Dios las unió para formar .el adorable Ser por medio del cual se identificó con ella.

Era una hermosa mañana del mes de diciembre. Estaban sentados ante la puerta del ventucho, so-

- bre un banco de tosca mampostería, el Tio Basilio,

que era ya un viejo débil y encojido, y su compa-

Seo, > UN

dre el Tio Bernardo, que era un anciano aun verde, robusto, ágil y jovial. Al frente, y á alguna distancia, estaba recostado sobre unas matas de palmito , un muchacho de mediana estatura, de talle delgado, que vestia el traje de cazador, que con= siste en unos sajones de raja, (1) polainas y un capotillo que se pone por la cabeza como alforjas, de los que por la parte interior tienen faltriqueras, en que se guardan el pan y la caza menuda. Su cara pálida, aunque de buenas facciones, y como dice la expresion vulgar, pintadita, tenia algo de+duro,

y su mirada poco franca, si bien denotaba agudeza, no tenia nada de la jovialidad tan propia de la juventud. Asulado estaba su escopeta y un reclamo (una perdiz), en su puntiaguda jaula, cubierta con bayeta verde. El silencio era profundo, y solo inter— rumpido por el sonoro soplo de un viento largo, que - no pudiendo hacer murmurar las recias é impasibles yerbas y monte bajo de la dehesa, se arrullaba á sí mismo en suave cantinela. Solo las gallinas, que tranquilas y satisfechas vagaban alrededor del ventucho, sentian su poder en sus alrosas colas, que se doblaban, y solian arrastrar, haciendo dar traspiés á sus dueñas. El gallo, de. cuando en cuando alzaba su coronada cabeza, é irguiéndose hácia atrás, lanzaba al aire su canto, como para atraer á su amo parroquianos. El gato, primer in-

(4) Raja, paño muy ordinario que usa en Andalucía la gen— te del campo.

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ventor de lo confortable, habia sábiamente escojido para acurrucarse, un ángulo de la casa bañado del sol, y al abrigo del viento, y en su duerme-vela gatuno echaba porentresus guiñados párpados, disimuladas miradas á unos gorriones, que como los pobres de la mesa del rico, venian á buscar las migajas de la mesa de las gallinas. El sol derramaba alegría, y el silencio paz en el alma: el magnífico cielo parecia elevarla, y toda la naturaleza infundir tal bienestar, que el sentimiento fntimo cantaba en el corazon: ¡Dios mio! ¡qué buena es la vida, cuando á Tí se somete como á su principio y como su fin!

—Vaya, compadre, decia su compañero al ventero, no se queje Vd.; que parece Vd. pobre de sopa. Siempre está Vd. con turbieses (1). Míreme Vd. “ámí, á pesar de mis cuitas. Cuando me voy á acos— tar, me quito el-sombrero, lo pongo á un lado , y digo: aquí están las trampas:—me quito la chaqueta, la pongo al otro lado, y digo: aquí están: «las penas: —me presino y duermo como un Patriarca: pues sin trampas y sin penas, ¿quién no duerme bien? Y Vd., al que no le falta sino sarna que rascar, está siempre atollancado : ¡por via de Barrabás! Y qué quiere Vd.? si este dolor en la pierna lo he estrenado hoy, y esto echa el ribete á la empanada! Casa vieja toda es goteras: ¡y si no fuera mas que eso!!

(1) - Turbieses, como si dijera turbieces ó turbideces (de turho), tristezas.

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—¿Pues qué mas le aqueja, compadre?

—¡Pues no es nada lo del ojo,—y lo llevaba en la mano! ¿Acaso no sabe Vd. que hay quinta; que han requerido á los mozos, y que mi José mete la mano en cántaro?

—¡Como ha de ser! ¡ese hueso todos le tenemos que roer! No bien rompió mi Juan la casaca (1), cuan-

do salió soldado mi Manuel; y tuve paciencia. —Déjelo Vd. ir, compadre: asi se espavilará, que metido como lo tiene Vd. con-las cabras, está el muchacho endehesado. Yo fuí soldado, y digo 4 Vd. que no me pesa, pues me hice un hombre en for— ma. Verdad es que fuí asistente, y tuve un amo “que no sé lo que era mas, si valiente ó si bueno. Le queria... que ni quehubiese sido mi hermano menor. ¡Mil vidas hubiese dado por él! Y no es un decir. Pues ¿vé Vd. esta cicatriz en la frente? Con esta me señaló un francés en la batalla de Medellin,

por ponerme por delante de mi Teniente á quieniba á matar. El matado fué él. Pero me dejó este rasguño“por memoria. Su hijo de Vd. necesita espavilarse, compadre; que está cuajado, y no sirve para maldita de Dios la cosa.

—Señor, es un infeliz. No tiene las luces de su hermano el mayor; pero tiene sangre de horchata, compadre. Tiene el sentir mejor que el pronun-= ciado.

(4) Cumplir el servicio.

TT - —¡Yal entónces es como los borricos; que todo se les queda por dentro. Pues-si no le quiere Vd. dejar ir, póngale un sustituto.

—¿Y de dónde saco yo esos caudales, cristiano?

—¿De dónde los saca Vd? De donde los tenga metidos, compadre. Pues Vd. sus cuartos ha de

tener; que bien le rinden sus cabras, y el despachillo bien le dá. Mas que lo niegue Vd., que es mas estéril que un arenal; y no gasta mas que pachorra; ni dá, mas que los buenos dias. Así es que, cuando uno se acerca por acá, sucede como en el rancho de los Malpartidas: sale el perrodiciendo: ¡jambre! ¡jambre! —sigue el gallo cantando : siempre la hay aqui;—y maulla el gato: moriré estenuado, miau miau. - —Vd. tiene siempre sobra de chacota y falta de razones. No se trata de bromas, compadre, sino de veras. ¿Qué hago, María Santísima, qué hago?

—Respirar por no ahogarse.

—Sólo me voy á quedar como un pitaco!

—Y hará Vd. malamente, compadre; traspase usted su venta, y véngase al pueblo.

—No puede ser eso, compadre. Aquí he vivido: estoy hecho, y no me hallo en otra parte alguna: aquí me he de estar hasta que deje esta por la otra.

El jóven, que hasta entonces habia estado escuchando la conversacion delos dos compadres, se levantó despacio esperezándose, y diciendo ¡upa!

— 16 — nd —Hijo, le dijo el tio Bernardo, el compadre del ventero:.. | |

El que al sentarse dice ¡ay!

no es ese el yerno que mi Madre busca,

—Es que ya he andado dos leguas, contestó el muchacho.

—¡Valiente puñado son tres moscas! repuso el tio Bernardo. Pero vamos á ver: ¿quién te manda andarlas? ¿No es tu oficio rapar barbas? ¿á qué te ' metes á tirador? ¿Porqué te metes á aprender laitines? ¡Por via de Barrabás! Para echarla de Usia; porque tú eres de los que no se hallan bien donde Dios los ha puesto. Y esos, hijo mio, no suelen andar en el mundo por la vereda derecha.

—Tio Bernardo, dijo el muchacho echando al viejo una mirada rencorosa, tiene Vd. la lengua muy larga y muy afilada. Pero ¡anda con Dios! que le custodian sus canas.

Diciendo esto se alejó.

—¡Anda, anda, Juan Luis Navajas, le gritó el tio Bernardo, que el mucho humo te ahoga! Y no me la vengas echando de pechisacado, mi con amena— Zas; que á mí no me amedrentas tú, ni veinte monos como tú. Canas tengo; pero no me valen ellas para el que, como tú, no tiene ni fé ni ley. Lo que me vale es saber tú de atrás que á mí no me tienes que gallorear.

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A pesar de que la serenidad de la atmósfera hizo que el que habia sido nombrado Juan Luis - Navajas, no perdiese una palabra del áspero trepe que le dirigió el anciano, siguió su camino silban— do y sin volver la cara atrás.

-——— ¡Caramba , compadre, y qué rescuadra le ha echado Vd. al barberillo! No parece sino que ¡se la tenia Vd. guardada, dijo el ventero.

Y asina es, compadre, repuso el tio Bernardo; porque ha de saber Vd. que mayor pícaro que ese no pisa las ' calles de Jerez. No todos le conocen como yo; pero yo le tengo calado como melon de plaza, —y él lo sabe,—desde cierto lance.

—¿Y á qué se mete Vd. con este hampon mal encarado? Mire Vd. que le puede salir caro, y -ande Vd. con el ojo sobre el hombro. Por mí, cuando pasa de largo, le doy las gracias.

—Compadre, yo no le temo: verdad es que me tiene ganas. Pero su pellejo guarda el mio.

El lance á que aludia el honrado anciano, y que nunca salió de sus lábios, fué que una noche habia acertado á pasar por un sitio retirado en “ que se hallaba Juan Luis escondido y en acecho de una venganza. El tio Bernardo, que vió relumbrar en su mano una abierta navaja, le dió con su chibata un vigoroso golpe en el brazo, que le hizo soltar “el arma homicida. El buen viejo la recogió, á pesar de haber querido impedírselo el barberillo.—Oye, Juan Luis, le dijo; no quiero per-

E y, JR derte: si me lo quieres agradecer, sé hombre de - bien. - |

Desde entónces lo que debió ser agradecimiento, se habia tornado en el aprendiz de barbero en un profundo ódio. Si las malas y soberbias naturalezas se rebelan contra toda superioridad, hácenlo con redoblado tédio y encono contra la de la virtud, por ser la mas incontestable.

Juan Luis se internó en la sierra, endonde á poco, se encontró con José Camas y sus cabras. Fuése á él, como tenía de costumbre, para pedirle leche; y mientras José, que se entretenia mucho en su soledad con las cosas que solia contarle Juan Luis en pago de la leche, se apresuraba á ordeñar una de sus cabras, le dijo éste:

—LCon qué.... ¿entras en suerte, José?-

El mas vivo terror se pintó en la cara del po bre idiota, que le respondió casi llorando:

——¡Mira tú, mi Padre que no me quiere libertar! ¿De qué le servirán á su mercé sus dineros?

—¿Pues qué, tiene dinero tu Padre? preguntó Juan Luis.

—¡Vaya! mas de cien onzas, ó una multitud asina; todo lo que gana lo hace oro. .Y cuando murió el Padre de mi Madre, tomó su mercé su parte de casa en duros de oro.

—¿Pero dónde lo tiene guardado? tornó á preguntar el cazador. :

-—Mi Padre está en que yo no lo sé, porque me

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cree muy 'cuaco, respondió José echándose á reir; pero lo sé; y muy bien que lo sé! Una noche, y cuando todo estaba solo, hizo su mercé un hoyo en la pared contra el suelo, debajo de la cabecera de su cama; allí lo metió, y cubrió el agujero con un ladrillo y mezcla, y luego todo lo encaló: asi solo un zahorí dá con: el escondite. Pero ya que no me quiere libertar, voy á tocar de suela; y zapatos han de romper ántes que den conmigo.

—No hagas tal, José, le dijo su interlocutor: ¿dónde irás de prófugo que no den contigo los demás mozos? En cogiéndote, te meten en gayola, y en seguida te cargan con el fusil. Mira: yo tambien entro en suerte; y si salgo soldado, iré con los otros: lo demás no es sino tirar coces contra el aguijon. Más adelante, y cuando se presente ocasion oportuna, desertarémos con más seguridad.

La cara del cabrero se iluminó al saber que Juan Luis iba á correr la misma suerte que él.

—¿Y me llevarás contigo si huyes? le preguntó.

—Sí, respondió el aprendiz de barbero, siem— - preque me prometas callar como un poste: ¿lo harás?

—Por el alma de mi Madre! contestó el cabrero.

Algun tiempo despues de las escenas referidas, habia tenido lugar la quinta; y tanto al barbero, como al hijo del ventero, les habia tocado la suerte de soldados, y habian sido conducidos á Sevilla. Como es de suponer, José cayó completamente en la dependencia de Juan Luis, que hizo de él una es—.

— 80 — | pecie de asistente. Despues de algunos meses de servicio en el Regimiento, el barbero se propuso - llevar á cabo su bien combinado plan de desercion que habia urdido, y que solo el dia ántes comunicó á su compañero.

Huyeron, pues, siguiendo la direccion del camino real hácia Jerez, internándose antes de llegar á este pueblo, por la sierra de Algar. Al sol puesto estaban extenuados, y Juan Luis envió 4 su seide José á unos pastores que éste conocia, para pedirles pan, lo que hizo ciegamente. En seguida le dijo que cuando anocheciera y hubiese seguridad de que nadie transitase por la.vereda, deberia ir en casa de su Padre, y haciéndole presente su situacion, exigirle algun socorro para llegar á Gibraltar, en donde no les faltaria trabajo y seguridad. Pero cuando se acercó la hora, fué de parecer que valia mas que fuese él mismo de parte suya, por tal de evitarle el primer golpe de cólera de su Padre, á quien él se suponia capaz de convencer de la obligacion y necesidad en que estaba de socorrer á su hijo. Cuando la noche hubo cerrado, emprendió Juan Luis su marcha; -pero volviéndose atrás, pidió á José su navaja, por sl -le acometia el perro bravo de su Padre, y asimismo un pañuelo para atarselo á la cabeza: ambas cosas le fueron al punto entregadas por José.

Ai cabo de una hora, volvió Juan Luis. Si el pobre cabrero no hubiese sido simple, habria notado alte-

racion en la voz de Juan Luis, cuando éste le aseguró que habia hallado á su Padre inflexible; que solo habia podido arrancarle su traje de pastor; que se le traía para que se le pusiese y se inter— nase en la sierra, pues eran perseguidos; que por mas seguridad, era necesario separarse; y que él se iba hácia Portugal, donde esperaba quedar oculto.

Abria el dia tras de los montes de Ronda, sonrosado, fresco y perfumado, como se abre una ro— sa. La naturaleza cantaba por las gargantas de sus pájaros; el ganado mugía: las yeguas venidas para la trilla, unian el sonido metálico de sus cencer— ros á“las demás armonías campestres, y el labra dor se persignaba antes de emprender el afanoso trabajo de la siega, que no obstante ama instintivamente, pues es la recoleccion del gran don de Dios ¡el trigo! el trigo que tanto venera el cristiano, pues es el santo alimento que Dios le enseñó á pedirle! -

Caminaba el tio Bernardo como siempre, con firme paso y lijero corazon, hácia el monte de que era guarda; acercábase á la venta de su compadre, y al llegar, extrañó ver la puerta abierta.

— ¡Vaya! pensó, que ha madrugado el cumpadre! me alegro: por lo visto, no le aqueja hoy achaque.

Asomóse á la primera pieza; pero á nadie vió

—¡Compadre? gritó en récia voz, y nadie con-

MAS LARGO, ETC. 6

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testó. Solo el perro del ventero aulló lúgubremente!

El tio Bernardo pertenecia á una clase de hombres comunes en España, que tienen una impasi= bilidad completa, que ni altera el temor ni perturba la sensibilidad; que reciben las impresiones claras y definidas por la razon, y no por confusa aglomeracion de sensaciones, las que anticipan los hechos y los abultan. Y no obstante, la soledad, el arre de abandono, el hosco silencio ,—solo inter rumpido por el lúgubre aullido del perro, que parecia helar aquella casa,—le impusieron. Paróse un momento, y volviendo la vista en torno suyo:

—¡Jesus Maríal—exclamó con hondo acento, al ver caida en el suelo una ensangrentada navaja. Arrojóse hácia la alcoba, empujó con violencia la puerta, y apénas la hubo abierto, dió un paso atrás. Deshecha la cama, su mal colchon tirado en el suelo cubria un bulto, pero no tanto que no asómase una mano lívida, la que yacia en una laguna de sangre: á su lado estaba sentado el perro, que volvió á aullar con mas desconsuelo al ver entrar al amigo de su amo. Las tablas y los bancos de la cama habian sido desviados con violencia de su sitiv, y en el suelo se veia una palanqueta, con la que se habia abierto un hoyo en la pared cerca del suelo; allí, un hueco oscuro y vacío; y cerca, algunos escombros con manchas de sangre. Todo esto lo vió y observó el tio Bernardo de una peta mirada.

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—¡Robado! murmuró; su oro le perdió!

-Acercándose en seguida al colchon, lo levantó por una punta. El infeliz ventero yacia boca arriba: en la lucha que debió preceder á su muerte, su camisa se habia desgarrado, y así dejaba descubierta una enorme berida que atravesaba su vientre. Agotada la sangre que por ella se habia vertido, veíanse los bordes de la herida gruesos y blancos desviarse uno de otro, como para dejar entrever, las destrozadas entrañas de la víctima; la que con los ojos de par en par, y desatentados, y la boca abierta, como lanzando el último grito para pedir socorro, yacia ofreciendo el mas espantoso cuadro que puedan: formar la muerte violenta y el crímen misterioso.

—¡Muerto! murmuró el tio Meira rd? ¡Dios le haya perdonado! añadió dejando caer-el colchon sobre el horroroso espectáculo, que algunas horas despues habia de hacer desmayarse á un jóven escribiente, que acompañó al juez al lugar de la catástrofe.

El tio Bernardo salió, ató una cuerda al perro, que se llevó consigo, atrancó la puerta de la casa lo mejor que pudo, y se volvió á Jerez á dar parte á la justicia.

Del sumario y declaracion de testigos resultó averiguarse:

Que el ventero debia tener una buena cantidad de dinero, lo que era confirmado por los alterca-

A dos que tuvieron el Padre y su hijo José sobre ponerle sustituto: afirmando el muchacho á cuantos hablaba, que á su Padre le sobraba dinero para libertarlo, y negándolo el primero:

Que el escondite donde guardaba ese dinero, era evidentemente el hueco vacío, abierto aquella noche en la pared; y que nadie podia tener noticias de este lugar secreto sino su hijo: ”

Que la navaja teñida en sangre hallada en la pieza inmediata, con la que indefectiblemente se cometería el asesinato, pertenecia á José, como lo afirmaba el armero que se la vendió en: dias de marchar:

Que segun una requisitoria enviada de Sevilla, habia desertado José de su Rejimiento la víspera de la infausta noche en que se cometió el crímen:

Que la tarde ántes, al ponerse el sol, habia vagado el desertor por las cercanías, segun deponian unos pastores, á los que habia pedido pan y agua, por no haber probado bocado en todo el dia: Que buscando la partida al delincuente, habian hallado entre unas matas un pañuelo ensangrenta— de, que presentado á una muger que lavaba la ropa al Padre y al hijo, habia reconocido como perteneciente á José:

Que, fuera del dinero, lo. único que habia faltado de casa del ventero, habian sido la zamarra y calzones de piel de cabra, que como pastor gastaba José, y algunas otras prendas de vestir del mismo.

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Por consiguiente alcanzó el juzgado la conviccion de que eta José el parricida, y el pueblo alzó su poderoso anatema contra el desnaturalizado hijo, y levantó con horror súu dedo señalando aquella solitaria venta, antro del mas espantoso atentado, la que fué abandonada, despues de clavar en la puerta una cruz negra, y quedó silenciosa y vacía como un horroroso cadalso despues de haber servido. El techo se hundió, el olivo se secó, y el. vallado se desmoronó, cual si el terrible Simoun hubiese pasado sobre ellos!

En noches tempestuosas, cuando el viento que gime, busca por simpatía los lugares que asombran, entrábase á aullar en la vacía estancia, y algun portazo que daba con violencia, hacía estremecerse al guarda ó al pastor que vagaban en aquellas cer— canías!

Mas el reo no pudo nunca ser habido.

Algun tiempo despues de la perpetracion del crímen cometido en la solitaria venta, llegaba á un cortijo situado en la vertiente de levante de la sierra de Ronda, no léjos de Coín un hombre vestido de cabrero, enfermo y extenuado. Compadecidos los trabajadores y el.aperador, le auxiliaron en lo que pudieron, y preguntándole quién era y cómo se hallaba en aquel estado, les respondió que era su oficio cabrero; que habiendo salido soldado, habia desertado, porque no se hallaba sino en los montes y al aire libre. Casualmente necesitaba el

dueño del cortijo de un cabrero; y así, en cuan= to restablecido estuvo , pusieron á su cuidado una piara de cabras, con las que se internó en los montes, en donde siguió oculto y desconocido, vejetando tranquilamente como los alcornoques, robles y acebuches, sus compañeros.

Por ese mismo tiempo salia de Gibraltar un barco con destino á Lima. Veíase pasear sobre la cubierta un jóven con elegante vestido de viaje, con un casaquin de mahon, pantalon igual y un sombrero de ancha ala, rodeado con primor de una cinta negra, cuyos cabos pendian por la espalda. Este jóven, de aire petulante é insolente, era llamado D. Victor Guerra, y segun se susurraba, aunque no se sabia por él, iba 4 Lima á recojer la herencia de un pariente: por lo cual los demás pasageros le acataban, incluso el capitan. Bien agenos de que aquel que por la insolencia con que se daba tono, sentaban cortésmente á la cabecera de la mesa, era un aprendiz de barbero, un desertor, un ladron, y un infame asesino! Porque éste pasajero arrogante era Juan Luis, el asesino del infeliz ventero, que provisto de documentos falsos, fabricados por un judío en Gibraltar y bien equipado á favor de las robadas onzas, iba á América á probar fortuna, siguiendo las inspiraciones de su desmedida ambicion y de su colosal orgullo.

Cuando llegó á Lima, intentó. varios medios de prosperar; pero en ninguno medró, faltándole co-

. wa

87 A nocimientos y perseverancia: solo en el juego tuvo suerte, como suele acontecer á los pícaros. No obstante, esto no bastaba para llenar sus altas miras, ni para sostener el boato en que vivia: sus recursos disminuian, y el porvenir no le brindaba esperanzas. Asi es que se decidió, con la audacia que le era natural, por la carrera de las armas; porque siendo valiente, y estando estimulado por su ánsia de figurar y de ocupar un puesto lucido en la sociedad, sentia que no habria en su azarosa carrera empresa árdua que no estuviese pronto á acometer, ni hipocresía que no fuese capaz de sostener sin marrar ni deslizarse, para llegar á sus fines. Ardia entonces en Lima la guerra, á que puso término la batalla de Ayacucho.

Ayacucho, que en lengua india significa el cam-

- po de los muertos, fué el lugar en que en tiempo - de Cárlos MI levantó el indio Tupac-Amaro el es-

tandarte de rebelion contra la Metrópoli; el cual fué sometido por la lealtad y esfuerzo del General Don José Lavalle, primer Conbe DE Premio REAL: y en ese mismo Ayacucho, campo de los muertos, fué donde en el año de 1824 murió desgraciada é ino—

- pinadamente la dominacion española en aquella - parte de América.

Presentóse el falso D. Victor con su habitual osadía al General, que se apresuró á admitir entre sus filas al gallardo jóven, el que 4 poco tiempo, de cadete pasó á alférez, distinguiéndose en todas

LN ocasiones por su bizarría, su actividad é inteligencia. Habia sabido insinuarse con todos los oficiales que alternaban amigablemente con él, y sobre todo hacerse buen lugar con el Coronel de su Regimiento, hombre de mucho mérito y distinción, que ha= bia casado en Lima con una muger rica, y tenia una hermosa familia compuesta de una niña y de dos niños. Eran estos instruidos por el Capellan del Regi- . miento, que gozaba de la confianza y amistad del Coronel, porque á las virtudes del Sacerdote y al carácter mas suave y apacible, unia las mas excelentes cualidades del hombre, y un saber poco comun.

Hacia algun tiempo que D. Gaspar Camas, á quien todos llamaban el Padre Capellan, habia caido en un profundo abatimiento, cuya causa se supo, pero sobre la cual todos cállaban, como si por instintiva benevolencia esperasen que el silen= cio trajese en pos de sí el olvido.

Una tras otra, y con corto intervalo, habia recibido el Capellan las infaustas nuevas de la deser— cion del servicio del Rey, de un hermano suyo, la del asesinato de su Padre, y la de la muerte del Rector de Santo Domingo, su Tio y Padrino, que le habia educado, y al que todo lo debia. Profundamente afectado por tamañas desgracias, el Padre Capellan habia querido volverse á Europa y retirarse á la soledad; pero los ruegos del Coronel y. - de su muger, y el entrañable cariño que tenia á los niños, le detuvieron.

O ió

Búrlase á veces la suerte de la justicia, con descaro; y la justicia se da por vencida, porque su REINO NO ES DE ESTE MUNDO. Así se verificó en la relacion que vamos haciendo. No era solo el valor el que proporcionaba á D. Victor Guerra cada dia nuevos lauros, puesto que en el Regimiento habia otros muchos tan valientes como él; sino era tambien la fortuna, que no dejaba de brindarle las ocasiones de distinguirse, que negaba á otros. Ella era la que ponia su dinero al naipe que habia de ganar; ella la que desviaba los tiros del enemigo del pecho de su protegido; ella la que le inspi= raba y sostenia; la que empujaba su gran ariete, la audacia; en fin era la locomotora que impulsaba su rápida carrera.

No es una verdad nueva, —pocas lo son,—que el éxito es el que da valor á las personas y mérito á las empresas. ¡Cuántos han pasado pormenguados sin serlo! cuántos por entendidos, sin tener nada de ello, porque á la Fortuna le plugo burlarsede la Justicia, segun llevamos observado!!! ¡Y qué bien dijo un Pero—grullo cualquiera, cuando deseó á su deudo fortuna y no saber! En la opinion de los hombres influye el éxito tan poderosamente, que el que logra, es encomiado, admirado y celebrado nécia y estúpidamente; así como el que no logra, es puesto á un lado y despreciado, mientras se rie la Fortuna de este ridículo género humano, y llora la Justicia su impotencia sobre la nécia muchedumbre.

e 0) =.

Varios años pasaron, en los que el fingido Don Victor, de cadete llegó 4 Comandante. El nuevo Comandante deslumbraba con su lujo, su aplomo y su envalentonamiento. ¿Parecíale al asesino que el aprecio ajeno echaba indulto sobre su impune crímen? ¿Hacíase ilusion de que la nueva posicion que se habia labrado, cubria con su esplendor el negro y ensangrentado hoyo, en que robó su fortuna? ¿Creia acaso que con haber mudado de nombre se habia regenerado como el fénix, y que con el nombre del quelecometió, era extinguido su delito? ¿Tenia conciencia? ¿tenia remordimientos? ¿tenia siquiera el temor indefinido de que el ocultísimo delito se descubriese?—No podríamos decirlo; porque estos son arcanos de la maldad que solo ella comprende. Pero loque sícreemos es, quehay hombres tales, que en ellos duerme tranquila la conciencia cuando no la estimula y despierta el temor. Cuando este falta, —por la seguridad de la ocultacion de la realidad en cuanto á la vindicta humana, y por falta de temor, nacida de la ausencia de la fé y religion en cuanto á la justicia divina, —la conciencia decae, se duerme; se aletarga. Pero momentos hay en los que Dios, por su divina misericordia, la sacude, la despierta, la vigoriza. Uno de estos mo-= mentos es el de..... la muerte! Y este momento parecia haber llegado para D. Victor Guerra, cuando recogido en unas angarillas en el campo de bata= lla de»los llanos de Junin, era traido á su aloja=

miento con el pecho atravesado por una bala enemiga. ¿ Despues de la primera cura, el cirujano mandó que se avisase con prisa al Capellan, para que vi- '"niese á prestar los socorros espirituales al moribundo.

No tardó aquel en presentarse, y los amigos y de-

más oficiales pasaron á la pieza inmediata, dejando solos al Sacerdote y al moribundo. Media hora después salió el Capellan. Su rostro “estaba espantosamente demudado; su palidez era “lívida, y sus esfuerzos no bastaban á comprimir un temblor, que hacia entrechocarse sus dientes con el cristal del vaso de agua que se apresuraron á ofrecerle.

. —No es nada, no es nada: un vahido,, respondia el Padre á las preguntas que le hacian.——Ese cuarto tiene un ambiente sofocante, y ántes de venir me sentia indispuesto. No es nada, señores: esto pasará al aire libre. Acudid al enfermo, que me pa= “rece siente alivio.

Efectivamente, hallaron al herido sumido en un «sueño benéfico.

¿Qué habia puesto á este Sacerdote, tan natu- -ralmente sereno, en tal estado? El lector, que conn=' ce los antecedentes del moribundo, podrá inferirlo. -¡Acababa de absolver en nombre de Dios, cuyo mi- 'nisterio ejercia, al arrepentido asesino de su Padre!

El Padre Capellan habia salido, y se habia diri-

gido con pasos trémulos á la iglesia: allí habia cai= do postrado, en cuya postura permaneció horas. Y

cuando salió del templo, veíase como siempre su

frente serena, sus ojos tranquilos, y su boca be=

névola!

Habian vencido, en aquella entrevista con Dios, el santo deber á los efervescentes sentimientos hu=

manos; el ministerio á la personalidad; el Sacerdote al hombre! La calma habia vuelto á su ánimo; mas el físico se resintió. Al entrar en su casa fuéacome-

tido de unas calenturas cerebrales, que le quitaron

todo conocimiento: su esfuerzo heróico le habia rendido.

Créese teorías morales, abstracciones místicas, exageraciones religiosas, la repetida doctrina de que las desgracias y males terrenós suelen ser fa= vores de Dios: verdad que vemos confirmada £odos los dias; pero que á pesar de eso es relegada por los pensadores filósofos entre las consejas de los estúpidos tiempos pasados.

La desgracia que habia puesto á D. Victor Guer-

ra á los bordes del sepulcro, habia sido el golpe

con que Dios habia despertado aquella entumecida conciencia. Si hubiese muerto empapada su alma

en lágrimas de contricion, después de purificada por la expiacion, se hubiese salvado. Si aun que= dando en vida, otras desgracias le hubiesen sobre=.

venido, acaso habria perseverado en la buena sen=

rd | da de la penitencia. Pero no fué asi! Apénas convalecía, cuando un coro de alabanzas por su nueva hazaña, vino á lisonjear su orgullo; y esperanzas de adelanto volvieron á soplar. sobre su insaciable ambicion. Los tres galones de Coronel brillaron en su porvenir.como un punto luminoso y culminante. Mareado y deslumbrado, no pensó mas que en las glorias de la tierra. La conciencia, los remordimientos, los santos propó- «sitos se desvanecieron: los ángeles. buenos se vela= «ron la faz, y huyeron de su cabecera!

-Mgun tiempo después, su Coronel, que ya en- “tónces era General, volvia á España con toda su fa— ¿milia, y persuadia á D. Victor Guerra, ya á la sazon Coronel, que le acompañase. Este, que veia -cumplidos sus mas ardientes deseos, concibió el ¿propósito de alcanzar el apogéo de su suerte, con- «siguiendo unirse á la hija del General, que á una ¡gran belleza y á una excelente educacion, unia las “no ménos codiciadas ventajas de ser de nobilísima estirpe por su Padre, y heredera de una gran fortuna por su Madre.

Hundia la mente del ambicioso lo pasado en la” profunda sima de lo borrado é inaveriguable, con reflexiones tranquilizadoras que de contínuo se hacia. Desde su salida de España, se decia para sí, habian pasado diez años: era imposible que nadie reconociese en el brillante Coronel D. Victor Guerra 4 Juan Luis, llamado por mal nombre Navajas,

a TÍO aprendiz de barbero de un barrio de la ciudad de Jerez. En cuanto á la muerte de un ente pobre, insignificante y aislado, como el ventero, era un hecho del que después de tantos años nadie haria: memoria. | 2

El General quiso igualmente llevarse consigo al Capellan, que solo permanecia en América áinstancias suyas; pero sabiendo éste que les acompañaba el Coronel, buscó un pretexto plausible para elu-=. dirlo y separarse por algun tiempo de sus amigos,

Los viajeros llegaron felizmente áBurdeos, destino del barco á cuyo bordo iban. De allí pasaron á Marsella, y de este punto á Málága, que era la patria del General.

Solo despues de haber llegado ¿ esta ciudad, se determinó el falso D. Victor á pedir al General la mano desu hija, de quien habia sabido hacerse amar, y á la que se hacia ilusion de adorar.

Nunca habia amado aquel hombre sin corazon, y cuya vida agitada é inquieta, toda dedicadaá dos fines, que eran conquistar un futuro tan incierto y eventual, y cubrir un pasado tan tremendo y amenazador, no le habia dejado notar que en la tierra germinan perfumadas flores y en el corazon dulces afectos. Pero ahora se persuadia de que amaba con: furor; y no se mentia del todoá sí mismo. Hay per sonas, asi en el sexo femenino, como en el masculino, que aman en los objetos de su cariño, no su individualidad, sino la posicion, lustre y venta=

jas que el ser amados de ellas les proporcionan: que equivocan, por tanto, la pasion de la vanidad -con la del amor. Sobre este asunto sabemos otro drama, que puede que refiramos otro dia (1). La proposicion de Guerra no agradó al General, 4 pesar de la predilección con que le miraba; porque era evidente que podia aspirar su bija á un enlace mas brillante. Pero las lágrimas de esta y la intercesion de su Madre que la patrocinaba, aca- “baron por triunfar de su oposicion.

El Coronel tocaba, pues, á la cima de su ven tura : se acercaba el momento en que nada le quedaria que pedir á la fortuna, que le daba aun más de lo que se habia atrevido á pedirle. Pero acaecia, que mientras más brillante se le hacia lo presente, más espantoso yacía á lo léjos lo pasado; puesto jue, mientras mas se desviaba este, y mientras más glorioso aparecía el primero, más horroroso se hacia el segundo; y por lo tanto, más espantosa la ¡ble reunion y choque de ambos. Apartaba los “ojos de este inmóvil pasado; ¡pero no por eso se desvanecia! Muchas noches se dormia sonriendo á

us glorias, á sus amores, á sus esperanzas; y solíale despertar una horrorosa pesadilla. Ya oja na voz que le llamaba por:su nombre, y por su ¡oso apodo; ya veia á José Camas aparecer como

(1) Al hacer esta reimpresion, está ya escrita la indicada elacion, y lleva por título La FARISEA.

—= 9% — testigo acusador de la muerte de su Padre; ya al L .ventero, de rodillas, pedirle la vida; ya maldecirle en las ánsias de la muerte! Pero con los rayos del sol se desvanecian estas negras y lúgubres visiones, y volvia la confianza á su ánimo. Con el uniforme tornábase el altivo y osado D. Victor Guerra; y al lado de su prometida, se decia: —seguro estoy á la sombra de rama de tan buen-4rbo!.

El General marchó con su familia á Madrid, en donde estaba establecido su Hermano mayor. El Coronel, que estaba en Málaga de reemplazo, tuvo que permanecer allí, por haber sido nombrado por. la autoridad militar para presidir un Consejo de Guerra, que debia juzgar á un desertor con cir= cunstancias agravantes cuyo Regimiento habia pa= sado á Cuba, y que habia sido hallado despues de muchos años de estar prófugo.

Habíase reunido el Consejo en el dia señalado. Seis Capitanes, formando un medio círculo, oian religiosamente la acusación, que, con los datos reco= jidos en el teatro del crímen, leia el fiscal. Era ésta la de José Camas, cabrero de oficio, desertor y par= ricida. Del todo entregados á la alta mision que les - era confiada, los Capitanes no notaron la lívida pa=" lidez, que como una mortaja, se extendió sobre El rostro del Presidente, al oir la acusación y el nom= + bre del reo; ni le vieron inmóvil retener con es-

- fuerzo de atleta las oscilaciones de su oprimido pecho.

EAT, PORN

La lectura seguia, y las pruebas eran tremendas é irrecusables.

Entónces, un pensamiento de aquellos que envia el infierno, desde su mas profundo seno, á los hombres que ya tiene conquistados, se presentó fa— tídico y claro, como el relámpago que de su centro lanza una negra nube, al Presidente. Y fué este: — ¡la muerte .de este idiota es la lápida, que para siempre sepulta mi secreto!

Un momento despues añadió mentalmente la máxima vulgar expresada por algun La Rochefoucauld popular: —dijo mi vecino: «si uno ha de morir, que se muera mi Padre, que es mas viejo que yo.»

La acusacion terminaba pidiendo la pena de

_muerte. La defensa fué endeble, pues no hallaba bases en qué fundarse, ni apoyo en el reo, que nada decía para disculparse, y no hacía mas que llorar negando su crímen.

El infeliz fué introducido y sentado en el banquillo.

El Coronel volvió su desatentada vista hácia otro lado.

—Pueden Ustedes interrogar al reo, dijo el Presidente con voz firme, aunque ronca y sorda.

Los tres Capitanes mas jóvenes miraron con profunda compasion á aquel infeliz, envuelto en sus pieles de cabra, indefenso, estúpido, abatido

y lloroso como un niño. MAS LARGO, ETC.

—¿No decís que la noche en que se cometió el crímen, no estábais solo? preguntó el primero.

—Sí, señor. .

—¿Pues con quién estábais?

Al Presidente le acometió en este instante un violento golpe de tos.

—No lo puedo decir, contestó el encausado.

—¿Y porqué?

—Porque así lo prometí, repuso llorando el in- - feliz preso. :

—¿Y qué hicísteis con el dinero robado? preguntó otro de los vocales.

— ¡Señor, si yo no he robado dinero ninguno!

—Sistema completo de denegacion, dijo otro: — ¡qué hipócritas los hay entre estos rústicos del campo! - —¿Reconoceis esta navaja? preguntó otro descubriendo la que se hallaba sobre la mesa.

—¡Yo, no! respondió el reo, que despues de diez años no recordaba su navaja.

—Basta , señores: dijo el Presidente, que al ver la navaja se habia puesto de pié con desaliento.— Que se lleven al reo.

—Señores; ¡por amor de María Santísima, mirad que soy inocente! exclamó el preso cruzando sus manos; ¡tened compasion de mí; por la Sangre de nuestro Salvador!

—Que se le lleven, gritó el Presidente.

—Señores, ¡soy inocente, soy inocente! gemia el infeliz entre sollozos mientras se le llevaban.

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—Yo asi lo creo, murmuró compadecido el mas jóven de los vocales.

- —¿Y en quéfundais esa creencia? preguntó con vibrante voz el Presidente.

—En que al ver á ese hombre, he sentido llenarse mis ojos de lágrimas, contestó el Capitan.

—;¡Prueba contundente! dijo irónicamente otro delos Capitanes. ¿Asistís por primera vez á un Consejo de guerra?

—No señor, contestó el jóven con viveza: he asistido á otro, en el que conhorror y repugnancia condené al reo; porque, sobre miconciencia, me obliga-

- bapor juramento el Código á hacerlo. Pero esta vez, y en atencion á este mismo juramento, le absuelvo. —Sois dueño de hacerlo, dijo el Presidente; pero _no ignorais que debeis dar vuestro voto por escrito y á vuestro turno. ¡

—Es el mio el primero, repuso el jóven acer-

' cándose con viveza al pliego, y escribiendo su voto por la vida. Los demás escribieron sucesivamente los suyos, y cuando llegó el pliego á manos del Presidente, estaban los votos empatados. -

La juventud, cuya hermosa prerogativa es la generosidad, habia votado por la vida; los otros tres vocales por la muerte. ¡El voto del Presidente

iba á decidir! (1) Este no vaciló, y tomando la pluma escribió: €

(4) Este voto del Presidente val» por uno si es de muerto,

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«Visto lo que arroja de sí la causa de José Camas, es mi voto sea condenado á la pena de ser pasado por las armas, con arreglo á ordenanza y Reales órdenes aclaratorias del 17 de febrero de 1778, y 6 de marzo de 1815,» y firmó: —Vic— tor Guerra.

Al dia siguiente salía en posta el Coronel para Madrid; al otro era fusilado el infeliz José Camas. ¡Pobre justicia humana, qué infalible te crees en tu arsenal de leyes y de Códigos! ¿Y qué, no basta una sola sentencia condenatoria infligida á un inocente, para hacer que se suprima ese terrible derecho de condenar á muerte, que á tan atroz, aunque involuntario atentado puede dar pábulo?

Poco tiempo despues de los sucesos referidos, se hallaba el Padre Capellan de regreso en Europa, encerrado en su habitacion de Jerez, entregado al mas profundo dolor. En sus manos tenia un papel público, en el que con fecha de Málaga se daba cuenta de la ejecucion de un parricida: «Este in- » feliz, decia el papel, llamado José Camas, con= » victo por irrecusables pruebas, nunca confesó su »crímen. Fuese natural ó fingida estupidez, no »pudo ó no quiso alegar ningun descargo, ni aun * » disculpa alguna que atenuase su horroroso aten- »tado. Murió humilde y abatido, sin dejar hasta el » último instante de protestar su inocencia.»

por dos si es de vida, ¡Qué hermosa aparece la justicia cuando inclina su balanza á la clemencia!

— 101 —

A esto seguia la lista del Presidente y vocales

que habian compuesto el consejo de guerra....

—:¡El! ¡él! —murmuraba con asombro D. Gaspar— ¡él! ¡condenar al infeliz, cuya inocencia le constaba! ¡Pobre hermano, mas cruelmente asesinado que su Padre! ¡Pobre ser, quese ha entregado indefenso á la fiera que le ha despedazado!

El Capellan habia dejado caer la cabeza entre las manos, y de cuando en cuando un sollozo hondo y seco desahogaba la opresion de su pecho. Dieron unos golpes á la puerta de su cuarto.

—No puedo, ver á nadie, dijo con alterada voz el Padre Capellan: estoy indispuesto.

—Abra Vd., señor D. Gaspar, que soy yo, Bernardo, y me precisa hablarle, dijo una voz desde

fuera.

El Padre Capellan, que conoció la voz del anciano amigo de su Padre, serenó en cuanto pudo su semblante, y abrió.

—Tio Bernardo, le dijo, sabeis la nueva desgracia con que Dios me aflige, y que no estoy capaz de ver á nadie.

—Todo losé, contestó el anciano; y más de lo que cree su mercé, Y asi vengo á decirle que su hermano era inocente. |

—Harto sé, repuso el Capellan, que aquel infeliz era incapaz de cometer un crímen. Pero tales han sido las apariencias, tal su inercia en defenderse. que la verdad no ha podido hacerse luz.

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—Su hora le llegará, D. Gaspar, repuso el veterano.

—¡Y será tarde! gimió el Capellan dejándose caer en un sillon.

—Ésta será la pena que amargue lo que me queda de vida, señor;—dijo el tio Bernardo, por cuyas atezadas mejillas se resbalaron las dos primeras lá grimas que habia vertido aquel hombre, cuya entereza rayaba en estoicismo.—Pero este José no parece sino que era el primer interesado en que se cumpliera su desgraciado sino! Le habia encargado que lo primero que hiciese si llegaban á prenderle, fuera avisarme; y es lo primero que no hizo! Dios le crió corto de luces, y con su aislada vida se acabó de entumecer.

—¿Pues qué? ¿le visteis despues de haber desertado? preguntó el Padre Capellan con ansia.

—S1 señor, contestó el tio Bernardo; —pero escuchadme, que todo os lo voy á referir.—Desde que cundió la voz de que era José el matador, dije yo que no lo era; y me las mantuve hasta con el juez, que me mandó llamar. No tenía más razon que alegar, sino que conocia, 4 aquel infeliz, que no era capaz de matar ni á una mosca, y que esta convic= cion era más fuerte que cuantas pruebas me pusieran delante. Mis sospechas tenia yo de quién fuese el reo, porque tambien la conocia de atrás; pero no podia aventurarme á nombrarle sin una prueba que á ello me autorizase.

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—Pero ¿á quién sospechais de ese atentado?— preguntó el Capellan clavando los ojos en su in— terlocutor.

—A un alma de Cainque vos no conoceis, Padre. Esa es harina de otro costal, y saldrá á amasarse á su vez: todo se andará, si la soga no se quiebra! Habia yo recojido, cuando la desgracia, el perro de mi compadre, que era valiente y fiel, como de buena casta. Un dia que pasaba por la abandonada venta, el animal se paró en la puerta, y se puso á aullar lastimosamente. Por mas que le llamaba, no queria seguirme, ni desviarse de la puerta, Preciso será, dije para mí, abrirle, para que se desengañe de que su amo no está allí. Abríle la puerta, que por aquel entónces aun estaba en su lugar, y el animalentró presuroso. Anduvo las estancias co- - mo buscando, y parándose de cuando en cuando para alzar la cabeza y dar aullidos, hasta que llegando á un rincon, enel que solia dormir sobre un monton de paja, sacó de entre esta un girón de tela que se puso á despedazar con rabia. Metiré á él, y le quité aquel girón, que al examinarlo, hallé ser la tira de un pantalon, que desde luego discurr; habria arrancado aquel valiente animal al asesino, al verle acometer á su amo. Conocíase que el perro habia saltado á la cintura del dueño de aquel pantalon, porque desde allí estaba arrancado el pedazo, el que tirado con violencia, se habia rajado hasta abajo; en un lado habia una pe-

— 101 — queña faltriquera, y en esa faltriquera una carta.

—¡Una carta! exclamó agitado el Capellan.

—S1 señor, una carta: aunque era de amores y nada aclaraba, tenia el sobre, y esto bastaba; que una chispa enciende una llama grande (1).

—¡Tio Bernardo! exclamó el Capellan levantándose y cruzando sus manos sobre su cabeza,—¡te= ' niais en vuestras manos su salvacion, y habeis dejado morir á un inocente!

—Aguarde su mercé, señor, que no he acabado, —repuso el tio Bernardo con calor,—oid hasta el fia, y juzgad después. Al pronto, continuó el anciano, nO supe qué hacerme. José andaba prófugo por desertor, y no habia podido ser hallado ; y otro tanto sucedia al reo. Pensé que si ese malvado lle gaba á saber que era acusado, sería capaz de matar á José, para que nunca pudiese atestiguar con= tra él. Asi discurrí que era mas precavido guardar ' esta prueba de su culpa hasta que fuese preso, y de esta suerte, imposibilitado de cometer una nueva maldad. Tenia encargado á un escribano, pro-

(1) En el territorio de la Audiencia de Mallorca se descu= brió hace pocos años un horrendo asesinato, mucho tiempo desues de cometido, y sin que se le hubiese hallado rastro, por aberse encontrado en la casa en que se ejecutó, el taco de la escopeta con que habia sido perpetrado, y que era una carta de seguridad ó documento de la policía, del cua ! se habia quemado la mayor parte, pero quedando intacto el nombre del dueño, que era cabalmente el asesino, y confesó su crímen en cuan-

to de el se le hizo cargo con aquel mudo testimonio. Asi burla la justicia de Dios, cuando quiere, las astucias de

> los hombres! (N. del E.)

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-metiéndole un buen estipendio, que me avisase - cuando viese en los papeles la prision del uno ó

del otro, á pesar de que siempre estuve en el entender de que aqui serian traidos para seguirles

la causa. Mas ambos parecian haber caido en un

pozo; porque pasaron los años sin que nada se supiese de ninguno de los dos. -

Andando el tiempo, lleváronme unas diligencias de que fuí encargado, á Ronda, y desde allí tuve que andar algunos pueblos. Un dia que me habia internado en el monte tras una liebre, me hallé con un cabrero, en el que con sorpresa reconocí á José. —¡Muchacho! le grité, ¿tú por aquí?—Si señor, tio Bernardo, me contestó sin alterarse. Pero no se lo diga Vd. á nadie; no sea que me quieran volver á llevar al Regimiento, á ponerme casaca y corbatin.—¿Y te desertaste solo? le pregunté.—No se ñor, con otro; pero no puedo decir quién es, porque asi me lo pidió, y se lo prometí por el alma de mi Madre.—Bien está, notelo pregunto, le repuse; pero dí, hombre, ¿qué hicieron ustedes al deser— tar?—Nos vinimos á la sierra de Algar, contestó: al : anochecer, mi compañero me mandó pedirle pan á unos pastores que yo conocia, porque estábamos desfallecidos.—Ya, dije, ya estoy. —Y ¿qué hicieron ustedes después? —Aguardamos la noche, me contestó José; y entónces fué mi compañero á ver

á mi Padre, por si nos queria socorrer.—¿Y por qué no fuiste tú? le pregunté.—Porque mi compa-

— 106 — ñero dijo que mi Padre se pondria fuera de tino si me veia desertado.—¿Y no te pidió nada tu compañero?—¿Qué me habia de pedir? Pero.... sil Recuerdo que me pidió mi navaja y un pañuelo, que no me devolvió, ni yo le pedí, porque cuando vino, estaba desatentado, habiendo visto á uno de la partida que nos venia persiguiendo. Me trajo el pobrecillo —;Dios se lo pague!—mi ropa de pastor, que le pidió á mi Padre; diciéndome que me la pusiera, y me metiese por los breñales de la sierra; que él ¡ba á tirar hácia la raya de Portugal. Y aqui estoy. —¿Y no te dió parte de lo que le dió tu Padre? le pregunté.—¡Qué habia de dar mi Padre! ¡dar! ¡ya iba! Nada le dió; eso bien se lo previne yo ántes que fuese á pedírselo. —Es que tu Padre no tendria dinero, hombre, le dije.—Si señor; ¡vaya si tenia! y mas de cien onzas de oro tambien! que yo las cuqué (las atisbé). —¿Y le dijiste esto á tu compañero?— Si señor; pero á la par le dije que ántes sele arran= caba á mi Padre el corazon que sus Onzas; y asi su= cedió. —Oye, José; ¿y no te dijo tu compañero que tu Padre habia muerto?—;¡María Santísima, señor! ¿pues qué, se ha muerto su mercé?

Mis temores tenia yo de que aquel condenado hubiese podido pervertir á José; porque al fin, dice el refran, que la sangre se hereda y el vicio se pega. Pero hizo el cuitado esta pregunta con tanta sorpresa y dolor, que si aún me hubiese quedado duda sobre su inocencia, se hubiese desvanecido.

— 107 —

—Si, hombre: le dije, murió!

Entonces José se puso á llorar á sollozos: le

-consolé cuanto pude, y “acabé por decirle que ve-

ria de lograr su indulto. Pero que si entre tanto era reconocido y preso, le encargaba que lo pri-

- mero que hiciese fuera darme aviso, lo que me prometió: despues de lo cual, nos despedimos. Apenas habia andado unos pasos, cuando me volvió á llamar.—Tio Bernardo, me dijo, en la pared de la cabecera de la cama de mi Padre, pegado al suelo, hay un hoyo en donde tenia mi Padre emparedadas sus onzas; sáquelas Vd. y mándele decir misas al pobrecito de mi alma.—Bien está, contesté compadecido de ver cuán ajeno estaba el cuitado de la espantosa realidad y del tremendo cargo que, gracias á las astucias endemoniadas del otro, sobre él pesaba.—Vuestro Padre fué el muerto, prosiguió el tio Bernardo presentando á

-D. Gaspar la tira del pantalon que contenia la carta: aquí teneis la condenacion de su verdugo!

El Padre Capellan alargó bruscamente la mano para asir lo que le presentaba su interlocutor; pero la retiró con un movimiento de horror.

—Envolvedla de nuevo en los papeles en que la guardabais, le dijo. Y mientras el tio Bernardo cumplia con despacio el encargo, el Padre Capellan se paseab1 en un violento estado de agitacion por la estancia.

—Ya está, dijo al fin el anciano alargando un

— 1085 —

bien envuelto bulto al Capellan; mas éste, parándose ante su interlocutor, pálido y alterado el semblante, pero con una mirada inspirada, le dijo:

—Los muertos solo necesitan sufragios. Guardad vuestra prueba condenatoria: yo la rehuso.

—Señor, exclamó el anciano, ¿no deseais que se castigue á un criminal?

—No, porque..... esto ya nada remedia!

—¿Y os parece poco que se sepa la verdad? ¿no quereis revindicar la memoria de vuestro hermano?

—¿Para qué? repuso con abatimiento el Capellan. en

—Para borrar la ignominia que deshonra vuestra familia, que aunque pobre, tiene patente de hon-= rada. | |

—Mi familia se extingue en mí.

—¿Y vos quereis cargar con el sambenito, señor?

—Yo, tio Bernardo, no permanezco aquí donde me conocen. Pienso agregarme á las misiones de China, de las que pocos vuelven.

—¿Y la justicia? ¿y la vindicta pública, señor?

--Sus ministros tiene, tio Bernardo.

—¿Pues qué, ¡perdonariais!....

—Haré lo que pueda para lograrlo. Y lo primero será no tratar de perseguir al'reo.

—Señor, —dijo con una mezcla de respeto y de impaciencia el tio Bernardo;—eso es ser santo!

—No: es simplemente levantar la mano en las cosas de la justicia mundana, en las que no quiero

— 409 —

intervenir. Y no creais que sea preciso ser santo para esto: la sola sabiduría humana lo enseña; pues un poeta indio ha dicho: «la virtud perdona al malvado, como el sándalo een el hacha que le hiere.»

—El Padre de su mercé decia que José tenía sangre de horchata; y quiéreme parecer que ésta es la de toda la familia, Padre Capellan. Si yo su- .piera dónde habia de dar con el reo, habia de llevar su merecido. Y más le digo á su mercé; y es que creeria cumplir con mi deber de hombre honrado, arrancando la máscara á un bribon.

—Cada cual tiene ó entiende los suyos á su manera, tio Bernardo, contestó el Capellan. Pero difícil será que deis con él; que desaparecido hace - diez años, estará expatriado ó muerto. Rogad mas bien por su alma, ó por su conversion.

—Señor, dice el refran «que á carrera larga nadie escapa.» Y ahora que no puede dañar, no he de parar hasta que dé con él; que «con viento se limpia el trigo; y los malos, con castigo.»

—-Si con buscarle y acusarle cumplís con vuestro deber de hombre honrado, al perdonarle cumplís con una virtud de cristiano, tio Bernardo.

—;¡Por vida de sanes! exclamó el anciano, eso es perdonar sin tino, señor; y maldades hay que no lo merecen.

—No hay culpa exceptuada en el gran precepto - del perdon, tio Bernardo.

M0 =

—Pues señor, repuso el veterano con energía, yo no estoy como su mercé, con un pié en el cielo ¡y le aseguro que si doy con ese bribonazo, por la leche que mamé! que ha de pagar sus delitos. ¿Y creeis, Padre, que me condenaré por eso?

—No digo eso, amigo Bernardo, no digo eso: he expresado mi sentir sin acriminar el ajeno. ¿Pero á qué discurrir sobre este asunto, cuando es casi una imposibilidad que halleis al que creéis reo?

—¿No hallé á José? repuso con viveza el anciano.

—Fué una gran casualidad, tio Bernardo.

—Es que hay casualidades que parecen. providencias, señor D. Gaspar.

—Considerad que diez años cubren con un, es=

peso velo lo pasado.

—Señor, dice el refran que MÁS LARGO ES EL TIEM - PO QUE LA FORTUNA. Se hallará. Y ya que vos no quereis hacerlo, yo le buscaré; y si le hallo..... ¡de

Dios le venga el remedio! Por lo pronto voy á lle= var mi deposicion al juez, dijo el anciano aleján-

dose precipitadamente.

Una mañana estaban reunidos el General y su

hermano mayor en el despacho del primero, que habitaba una hermosa casa, en una de las calles principales de Madrid. El General parecia abogar

con calor por alguna cosa que su hermano repro= :

baba, y ambos interesados altercaban en su contienda.

— Mi —

- —En ninguna época, como en la nuestra, decia su hermano al General, se han visto hombres colocarse en primer término, y figurar, ya por su ri- 'queza, ya por su rango, ya por su preponderan= cia política, ya por sus excentricidades, sin que se “haya averiguado ni el rincon oscuro de donde sa- “lieron, ni las circunstancias que les sirvieron de escalones para subir. Mancomunado el misterio en ¿que se envuelven estos improvisados personajes, ¿con el qué me se dá 4 mi de una sociedad que vive al dia, sin cuidarse más que de lo presente, lo pa= ado queda sin huéllas, como el rastro de un barco entre las olas del mar. Se ha filtrado tanto esta endencia, se ha generalizado á tal punto este diwvorcio con el pasado, este desdén por la cuna, ste olvido indiferente hácia aquellos 4 quienes debémos la existencia, nuestra crianza y nuestro ombre, que es poco frecuente oir á los hijos en eneral, y á los encumbrados en particular, recordar á sus Padres con aquel cariño, aquel respeto, “aquella veneracion que les es debida solo por serlo. —Hermano, —contestó el futuro suegro del Coromel, —es tendencia general de los ancianos, la de enaltecer el tiempo pasado, deprimiendo el pre- «sente. No quiero seguirte en este monótono carril. —Cierto es que así sucede á ancianos y no anClanos, cuando se trata de las malas tendencias que dominan. Y cada éra tiene las suyas propias, ¿porque la humanidad, así como las naturalezas, son

— 112 — y serán imperfectas, por más que los filósofos re= generadores y los modernos Hipócrates se afanen en querer lo contrario. Si curan una enfermedad moral ó física, aparecerá otra nueva; y siempre morirán igual número de vivientes con otras enfer= medades, y aparecerán malas tendencias con otros giros. ¡Esto ha sido, es, y será siempre!

—¿Y todo esto, repuso el General, para venir á caer en que desapruebas el casamiento de mi hija con el coronel Guerra?

—Es muy cierto, hermano. |

—¿Y sin mas razon, prosiguió el General, que la de no conocer á su Padre, á su abuelo y á su tata= rabuelo?

—En parte sí, puesto que han de ser los de sus hijos, que serán mis sobrinos y herederos.

—Son unos ricos hacendados de Zahara, y su apellido es ilustre.

—No hay, apellido ilustre sin filiacion. Me he informado por conducto fidedigno, y he averiguado que si bien existen individuos de ese nombre allí, son pobres jornaleros, que han tenido un hijo que en fué embarcado como soldado para América, y que están en la persuasion de que su hijo ha perecido, pues nunca más han vuelto á saber de él..... El Coronel dice que sus Padres han muerto: ahora bien, ¿qué te parece de renegar así de sus Padres porque son pobres?

- —Seria horrible si fuese cierto.

A MB ZA po qué te parece, hermano, el decirse hijo de ricos propietarios, siéndolo de pobres jornaleros? —Sería ridículo, si fuese exácto. —¿Me darás, pues, la razon si desapruebo este - enlace con un hombre que une al feo borron dé -descastado, tan miserable vanidad? É —Ilermano, no creo en tus noticias; esos Guerras serán otros; es un apellido muy general. Mas dado caso que fuesen ciertas, —¿son estas debilidades humanas, suficientes para contrapesar las muchas otras ventajas que hacen del Coronel Guerra una boda brillante si nó lucida? Su carrera es brillan— te, su mérito incontestable. —Bien está, bien está; eso es en cuanto á su vida militar. ¿Pero... y en la privada? —No hay uno de sus compañeros que. no haga de él en éste punto elogios; además es rico. —Sí, dijo con amarga sonrisa el anciano; fortuna hecha al juego! .—Eso es pecado venial en América, hermano, - repuso riéndose él General penosamente afectado, y no pudiendo dejar de defender á su presunto yerno. —¡No digo! exclamó con amargura el anciano: ¡lo pasado es el surco en el mar! ¿Qué extraño es que se pierda la vergiienza, si hoy dia, aun personas tan virtuosas y llenas de pundonor como tú, se constituyen en quita-manchas de las mas féas? - —Pero, hermano, —dijo con triste inquietud el

General: —mi hija le quiere.

MAS LARGO, ETC. 8

— M4 —

-—Tu hija es una excelente y dócil niña, que no se habria dejado llevar de su cariño, si te hubie= ras opuesto á él.

En este mumento entró radiante el Coronel, el que halló, como de costumbre, frio y seco al hermano del General. Este, en cambio, se esforzó en indemnizar á su futuro yerno de tan visible desvío prodigándole muestras de afecto y de cordialidad.

No habia pasado un cuarto de hora, cuando dieron unos golpes á la puerta del despacho.

— ¡Adelante! gritó el General.

AUrióno la puerta, y apareció en el quicio un anciano aseadamente vestido con el traje de campesino andaluz.

—;¡ Bernardo! ¡ por fin viniste! —gritó el General, apenas le vió, arrojándose hácia el recien entrado, y echándole los -brazos al cuello. Cogiéndole en seguida de la mano, lo arrastró tras de sí al interior del despacho, y presentándosele á su hermano y al Coronel,—aqui teneis, dijo, á Bernardo, mi fiel y valiente salvador, al que debo la vida. Mirad, mirad, añadió desviando las canas de la sien del que llamaba su salvador, mirad esta cicatriz que estampó el sable del enemigo; aqui está imborrable la prueba de su lealtad, como lo está su recuerdo en mi corazon. ¿Pero cómo te va, amigo? Ya veo que los años han pasado sobre tícomo sobre un robusto roble, sin haber hecho mas que platear tu cabello y curtir tu enérgico semblante. o

— 1158 —

Señor, contestó el anciano, de salud no me va malamente; y de ánimo lo mesmo. Pues aunque mis tramojos paso, no me amilano; que pesadumbres no pagan trampas. Su mercé Usía sí que está arrogante! ¡Ya! ¡cómo que tiene diez años ménos que yo! ¡Ya sé que su Excelenciase ha casado, y tiene hijos co- - mo pimpollos! ¡sea para bien!

—Ya los verás, Bernardo, ya los verás; ¿y los tuyos? ¿y tu mujer?

—Señor, mi mujer está tan encojida y arrugada, - que parece una castaña pilonga. Los hijos, uno sirve al Rey; los demás están casados, y con un celemin de hijos.

—Bernardo, tú. no te separas ya más de mí.

—Señor, ¿y cómo dejo á la mujer?

—Te la traes.

—;¡Qué, señor! mas fácil es traerse á la Cartuja! Allí está endiosada entre los hijos y los nietos, y con mas raíces que una cepa.

—Pues bien, voy á fincar, y no te faltará buena <olocacion: tus trampas cuéntalas desde ahora entre los muertos. Aqui tienes, añadió el General señalando al caballero anciano, á mi hermano, de quien tanto te hablaba; y aqui, prosiguió señalando al Coronel, al que va á ser mi yerno.

Al ver al antiguo asistente, D. Victor Guerra q bia mudado de color, y hasta hecho un movimiento para tomar su.sombrero y alejarse. Pero reflexionando con su acostumbrada presencia de ánimo

que el encuentro con aquel hombre no era fortuito, y que deberia repetirse diariamente en lo succesivo,

sostenido por su siempre triunfante audacia, y por-

la confianza de que no era posible que fuese reconocido, habia vuelto á'sentarse, —al parecer tran= quilo,— y leia un periódico. Al oirse presentar por el General á su antiguo asistente, levantó con ar= rogancia la cabeza, que inclinó ligeramente para saludar al recienvenido.

Pero apenas le hubo fijado éste, cuando se pintó en su abierto semblante el mas profundo asombro, y no pudo desviar la vista de aquel rostro pá= lido y altanero.

Entretanto el General se habia levantado y tocado la campanilla.

—Llévate , le dijo al criado que entró, á este huésped que me ha llegado: que se le sirva de almorzar y se le atienda como á persona de mi propia familia. Anda á descansar, Bernardo, añadió, que en seguida quiero presentarte á mi mujer é€ hijos, que ansían por conocerte. Y empujando por el hombro al anciano, que continuaba absorto, le hizo seguir al criado,

—¡¿Cómo se llama ese Coronel? preguntó al criado el tio Bernardo,

—D. Victor Guerra: ¿le conoceis ?

—Juraria que sí, contestó el huésped; pero por entónces no era Coronel, ni se llamaba D. Victor Guerra. Mas como de esto hace tiempo, ántes de

— M7 — afirmarlo quiero cerciorarme de si es el mismo.

El tio Bernardo no habia podido pasar un bocado. A poco se habia levantado, y con pretexto de irá buscar sus alforjas al meson, habia salido. Pero no habia pasado del portal; en el que parado, y con una mirada ardiente y ansiosa, aguardaba, —a! parecer, — algo que conmovia todo su ser. No podia aun dar crédito á sus sentidos al reconocer en el Coronel al asesino del ventero; é iba á valerse de una treta para cerciorarse de la verdad.

Al cabo de media hora se oyeron pasos en la. escalera; el anciano levantó su ansiosa vista, y vió bajar con toda su arrogancia al que esperaba, Retiróse á alguna distancia ocultándose en la sombra.

Apenas traspasaba el Coronel el último escalon, Cuando oyó una voz que decia:

—¡Juan Luis!

El Coronel volvió instantáneamente la cabeza.

— ¡No has olvidado tu nombre! exclamó el tio Bernardo, poniéndose frente al Coronel. Juan Luis Navajas, ladron, asesino! Lo que si pareces olvidar en tus postizas grandezas, es que «la yerdad adelgaza, pero no quiebra.»

El Coronel como herido de un rayo al oir formulada aquella tremenda acusacion, habia tenido que apoyarse en la pared para no desplomarse. Mas, reponiéndose instantáneamente, —como el que habiendo caido en lo profundo del mar hace un es-

fuerzo desesperado para volver á la superficie, —se

— 118 —

recobró, y dijo con una vehemencia que en vano trataba de disimular bajo la capa de un frio desden:

—/¿Se os ha ido el juicio? ¿deberé compadecer vuestra locura, Ó castigar vuestra osadía? |

—¡Osadía! repuso el anciano, cuya voz temblaba de indignacion. —¿Quién habla de osadía? ¡ vil, infame! ¡tú, que sobre burto y sangre has labrado tu fortuna! Has creido poder, como la serpiente, sol-

tar tu piel y seguirarrastrándote impune con otra; *

olvidando en tu loco deltrio que de San Juan á San *

Juan no le queda Dios á nadie á deber nada! — ¡Viejo estúpido Ó insensato, refrenaos!—ex-

clamó con tra el Coronel, —y no abuseis de lá pru-

dencia que observo, en consideracion al General. Pero, callad; y no me foreeis, ó á cortaros con mi espada vuestra viperina lengua, 6 á acusaros á la justicia como descarado calumniador. — ¡A la justicia, sí! á esa mostraré yo las pruebas de lo que afirmo! | El Coronel soltó una seca y acerba carcajada. —Juan Luis, Juan Luis, dijo el anciano: por su mal le nacieron alas á la hormiga! Subiste sirviéndote de hincapié un robo y una muerte: hiciste más: urdiste con tal maldad tu trama, que en ella hiciste perecer á un inocente, creyendo que pagando él por tí, estabas salvo. El Coronel echó mano á su espada.

——Quioto! dijo el anciano; que una muerte más.

— 4119 —

no te salva. Porque las pruebas de tu delito no mueren conmigo; qua en manos de la justicia las dejé, y te está siguiendo la pista. Largo tiempo has triunfado, has lucido, has gozado!....

—La gloria y el dinero son para quien los gana, y ganados los lengo, rústico deslenguado, dijo el Coronel con altanería.

—Sí, sí, te sopló la suerte, como una desatinada que es. Pero ya todo se te acabó; y pagarás el capital y los réditos. Porque sábete, Juan Luis, que

- MÁS LARGO ES EL TIEMPO QUE LA FORTUNA!

—Considerad que yo os acusaré de calumniador infame; á no scr que generosamente Os perdone, si os retractais de lo dicho, y prometeis callar esas visiones de vuestro trastornado cerebro, dijo el Coronel, quenunca perdia la cabeza. —En ese | caso os prometo, en consideracion al General, ser vuestro ferviente protector. Soy rico, generoso, y

el que salvó la vida á mi suegro, puede estar se-

guro de mi gratitud. Desde ahora podeis contar con cuarenta mil reales como principio de otros beneficios.

—¡Anda, anda, mal nacido! que aunque me ves vestido de lana, no soy oveja, respondió el veterano. El que, como tú, tiene echada el alma atrás, no es extraño que trate de sobornar á un hombre de bien. Pero yo no vendo mi honra, que vale mas: que todas tus mal ganadas grandezas. ¿Pues qué? ¿te habia yo de dejar casar con la hija del General!

— AN —

¿babia de dejar infamada la memoria del infeliz de José? ¿habias tú de seguir impune disfrutando el beneficio de tus iniquidades? No en mis dias.

—Pues callaréis para siempre , ya que perder= me intentais, exclamó con honda voz en una explosion de ira el Coronel, Pruebas de vuestra ca= lumnia ni teneis ni podeis tenerlas; pero basta ella para manchar mi inmaculado honor.

Diciendo esto se habia arrojado fuera de sí con una pistola en la mano hácia el anciano. Pero en este momento se oyeron pasos en la escalera, y huyó precipitadamente.

Cuando llegó á su casa, habia logrado serenar la tempestad de su alma.—¡Serenidad! se dijo, ¡sangre fria, que es la que salva! —¿De qué pruebas puede hablar ese mi eterno perseguidor? No existen. Negaré. —¿Quién no creerá al Coronel Guerra cuando desmienta á un viejo estúpido? ¡En mala hora se ha hallado en mi camino! El General le aprecia y tiene fé en él: pero..:.. ¡valor! Ju= guemos el todo por el todu. Mi buena estrella no me abandonará: en ella confio.

El Coronel se fué á comer á una fonda, fortifi— cando su impasibilidad con el bullicio, atolondrándose con conversaciones animadas, que empezaba y cortaba con desasosiego, que procuraba hacer aparecer como aturdimiento.

+ Alla oracion volvió á su casa, en la que halló una carta. Sorprendióle, porque de nadie podia es-

=- 121 —

- perar comunicacion alguna: abrióla presuroso: era ' - un anónimo, y solo contenia estas tres palabras latinas de una concisa y conocida advettencia. FIJGE, LATE, TACE! Aunque la letra era fingida, el Coronel creyó reconocer la del General: quedó inmóvil fijando la vista en la abierta carta que permanecia en su - trémula mano. —¡Lo sabe! murmuró. El mal viejo se lo ha diCho! Pero no le habria dado tan entero crédito un hombre de tanta cautela como el General, si no le hubiese comunicado esas pruebas de que me ha-=

bló..... Pero..... ¿cuáles pueden ser?.... No exislen... ¡miente el villano!.... Y no obstante, hay ciertamente..... hay ciertamente un Génio, enemi-

go del reposo del hombre, que suele alguna vez, cual los vampiros, desenterrar cadáveres yertos y olvidados, del céntro de la tierra. Fuge, late, tace! huye, ocúltate, calla! —¿Y con qué fin me traza esa línea de conducta el General? ¡Está claro! Quiere evitar un escándalo que avergiience al Regimiento de que fué jefe, que abochorne á la muger que - decia amarme, y humille al que se decia mi amigo! ¡Compañerismo, amor, amistad!... ¡palabras huecas yy sin raíces, que no resisten á un impulso de or— -gullo! Así raciocinaba iquál hombre. ¡Y no es él solo! ¡Cuántos culpan, como él, á la sociedad y á los safectos, por no culparse á sí propios! ¿Cuál será la

— 122 — verdad de que no se abuse? ¿cuál la sentencia que no se aplique mal?

Juan Luis veia—con tanta más rabia y asombro cuanto que no lo aguardaba, — desmoronarse el edificio de su insolente prosperidad, labrada por el engaño y la hipocresía; veíalo caer, —levantado co-" mo estaba sobre una sepultura y una mentira,—al empuje de un cadáver que se alzaba, y dela verdad que se hacia luz, á pesar de sus criminales esfuerzO0s por aniquilarlos!

Aun reflexionó algunos instantes aquel criminal, hecho tan insolente por su fortuna: se vistió en seguida de paisano, se ciñó al cuerpo un cinto de onzas, y salió. A los dos dias se embarcaba en San - Sebastian para Inglaterra.

No se engañó en sus cálculos. La carta era del General. Este, cuyo carácter era mas delicado que enérgico, instruido de todo por su antiguo asistente, avergonzado como Coronel del Regimiento en que habia servido aquel infame , horrorizado y : humillado como Padre, del que habia admitido por yerno; quiso á toda costa evitar el público escán-= dalo de la aprehension y condenación del criminal. :

Cuando el tio Bernardo supo la fuga del reo, se. arrepintió amargamente de haberle puesto sobre. aviso, aunque le habia sido necesario acabar de. convencerse de la identidad de su persona.

—Se ha escapado ese perverso Juan Luis Nava=

ca E jas, dijo. Pero... ¿4 dóndeirá que á los ojos de Dios se esconda? Y Dios consiente; pero no para siem= ' «pre. Su hora ha de llegar; que quien mal anda, mal acaba. ¡

El tio Bernardo hablaba proféticamente; porque

á poco se pudo leer en un periódico de los Estados-Unidos la relacion del siguiente suceso:

«Las casas de juego siguen siendo cuevas de crímenes. En la pasada noche ha tenido lugar _pen'”*” Street el mas horroroso suceso. No há mu-

»cho que llegó aquí un español que se apellidaba »D. Claudio Jaen: su carácter altanero, su humor »irascible y su aire provocativo le habian hecho »odiosó en los alojamientos en que habia vivido. - »Pasaba sus noches en las casas de juego, en las que ganaba con tan loca fortuna, que se susur— »raba entre los demás ¡jugadores que no jugaía limpio. » Entre estos el mas encarnizado contra él era »un limeño de poco buenos antecedentes, que ase- »guraba además haber conocido al referido sugeto »en Lima, en donde llevaba el nombre de D. Vic- »tor Guerra. Supo todo esto al entrar anoche en »la casa de juego el llamado D. Claudio Jaen, y se » puso en un estado de furia difícil de describir. »Al ver entrar poco despues al limeño, se arrojó »sobre él con furia clavándole un puñal en el pe- * »cho; mas no pudo llegar á su antagonista tan - »pronto que no hubiese éste sacado una pistola

NS e a AA A AA. AA

— 12% — »que descargó á quema-ropa sobre su agresor, »exclamando: señores, ya veis que castigo á un »asesino.—La muerte de D. Claudio Jaen fué ins- »tantánea; el limeño vivió algunas horas, y esta »tarde ha dejado de existir.»

Tambien pudo verse algun tiempo después en los periódicos españoles una carta de un misionero en que daba cuenta del martirio sufrido por otro, llamado el Padre Gaspar Camas. Ambas cosas supo el tio Bernardo por el General.

—¡Vaya! dijo; cada cual ha muerto como ha vivido: el uno, como un santo Mártir; el otro, como un ladron y asesino.—Dios premie al uno, y perdone al otro!

—Vaya, Bernardo: esa es una buena palabra, que me alegro verte aplicar á ese hombre, que tanto has odiado y tanto has perseguido, le dijo el General.

—El campo santo es un sagrado, señor! —Delante de una sepultura no debe el cristiano tener mas que oraciones! — repuso el tio Bernardo.

FIN.

NO TRANSIGE LA CONCIENCIA: RELACION

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NO TRANSIGE LA CONCIENCIA.

——— AAA ——Á

¿Porqué, pues, el mortal ciego se lanza tras mentida ilusion que poco dura? Solo asegurará su bienandanza la paz del alma y la conciencia pura. Francisco Javier de Búrgos.

Un seul printemps suffit á la nature, 4 reprodutre ses fleurs et sa verdure ; jamais la vie ne reproduit la paizx du ceur qu'un seul instant detruit..

Bástale á la naturaleza una primavera para recobrar sus flores y su lozanía; pero no alcanza la vida del hombre para devolyer

al corazon la paz que puede destruir un solo instante.

CAPITULO 1.

Así como en las desiertas costas del mar se ve blanquear un nido de gaviotas en la concavidad de : una peña, así aparece Cádiz en la concavidad de sus murallas. Hánla labrado tan denodadamente entre las olas, que la tierra alarga un brazo para asirla. Lleva este angosto brazo de piedra y arena,

— 128 — | como un brazalete, la Cortadura ; esto es, una fortaleza construida en tiempo de la gloriosa guerra de la Independencia: separa las violentas olas del Océano de las tranquilas aguas de la bahía, y conduce á la ciudad de San Fernando, que en el fondo de la ensenada abre sus arsenales de la Carraca como hospitales, á los barcos que, heridos y maltratados en sus azarosas Carreras, regresan á sus lares. ¡Pobres barcos, á los que los huracanes dicen: ¡marcha! ¡marcha! como los acontecimientos se lo gritan á los hombres! y que al llegar á su pátria se asen á ella con sus áncoras, como niños con sus manos al cuello de su Madre.

Pasada la ciudad de San Fernando,—gallarda y digna vecina de Cádiz, —que ostenta su Calle Larga parecida á un estrado, y sus casas brillantes y sólidas como si fuesen de plata maciza ; y atravesando el puente Zuazo, tan antiguo que se atribuye su construccion primitiva á los fenicios, el camino se divide en dos: el de la izquierda sigue costeando la bahía, y el de la derecha se dirige á Chiclana. Se entra en este precioso pueblo por una arboleda de álamos blancos, que toman asiento entre verdes huertas, —á la manera de nobles ancianos encane-

' cidos, —estimulando con su susurro á las plantas pequeñas y tiernas á crecer y fortalecerse, para resistir como ellos á los vendavales. El pueblo es grande, y el rio Liro lo divide en dos mitades

como un cuchillo de plata. |

— 129 —

Dominábanlo otras veces sobre dos alturas, una torre morisca ruinosa, como imágen de lo pasado enla una; y una lindísima capilla, como imágen de lo presente, en la otra. De pocos años á esta parte la torre ha desaparecido, y la capilla es una ruina.

Era un templo, era un altar donde llora el desvalido : yo lloré; volvíá pasar... ¡y era polyo consumido, que tambien me hizo llorar! (4)

Era esta capilla (dedicada á Santa Ana) de construccion redonda, y estaba ceñida de una columnata, que formaba en su alrededor una galería, desde la cual se admiraba un hermoso panorama, esto es, una bella vista circular.

La aislada y abandonada torre tenia á sus pies el cementerio; como si los hombres muertos buscasen simpáticamente la sombra de la muerta tor-

re! Esta torre, que parecia un sello de piedra que

ostentase los archivos del pueblo; que era una herencia de generaciones guardada por la comarca, como la mómia de un vencido caudillo, embalsamado por los aromas de las flores del campo; esta torre austera, que no tenia conexiones ya sinó con los muertos, que á su alrededor se volvian esqueletos; con las aves nocturnas que en sus- oscuros antros, huian del bullicio y de la luz del dia; y con

(4) Don Juan Arolas. NO TRANSIGE, ETC. 9

— 130 —

los vientos, que venian á gemir tristemente en las brechas, que podian considerarse como heridas causadas por el tiempo: ¡esta torre inofensiva no pudo escapar al moderno vandalismo! ¡Ni el respeto á los recuerdos que evocaba; ni el respeto al cementerio que tan expresivamente presidía; ni lo romántico de su aspecto; ni lo histórico de su orígen, pudieron valerle! ¡Fué demolida bajo el sábio pretesto de que..... estaba ruinosal!! ¡Ruinosa una ruina!! ¡ruinosa aquella torre, que llevaba los sislos, como vosotros los dias! ruinosa aquella mole - petrificada, que hubiera vivido más que todas vuestras construcciones de yeso y de madera!

Tambien la capilla, cerrada y abandonada, ha sido presa de la destruccion. Ya ha desaparecido la columnata que tan noblemente la ceñia. Arbolado, edificios, conventos, santuarios, castillos, pala— cios feudales, hasta las ruinas van desapareciendo! sin que ni siquiera se levanten fábricas, ni se plan= ten huertas para reemplazarlos, para vestir con cocos (1) y floresá la noblé matrona España, en lugar de los tisús y joyas de que la despojan! —¿Qué nos quedará pues? —Dehesas para criar la fiera salvaje y feroz, cuyas lides forman el ameno y culto placer que goza con preferencia del favor del público!!! ¡Dios mio! ¿Será que la ferocidad y la crueldad del hombre necesitan un: desahogo, como lo

(4) Cocos, percales. . did

=H— necesita y lo halla la atmósfera alguna vez en sus tormentas, relámpagos y truenos, para descargarse de su electricidad?

En los tiempos en que Cádiz era el Rotschild de las ciudades; en aquellos tiempos en que, se= gun decian los forasteros de fuste, hacian los comerciantes de dicho pueblo la vida de rumbo, y con la grandeza propia de Embajadores; la mayor ¿parte de ellos tenian casas de campo en Chiclana, que se labraban y amueblaban con extraordinaria riqueza y buen gusto. Aunque deslustrado, aun quedan grandes vestigios de aquel elegante lujo, á que la venida de los franceses de Napoleon dió el golpe de muerte. Ñ

En la época presente, en la que se cumple en muchos casos aquel conocido adagio, se abajan adarves y se levantan muladares; cuando los ancia= - nos cuentan las grandezas y fáusto de aquella época; la gente, no dirémos jóven, sino nueva, cree oir cuentos de Las mil y una noches , y alternan en sus lábios el asombro y la crítica. Garbo, genero— sidad, esplendidez, son—al parecer de nuestra épo- - ca, —materia para un apéndice al D. Quijote, es decir, virtudes fantásticas, que solo pueden existir en un cerebro sobreexcitado (1).

(1) Aunque la época lejana que aquí se pinta, no nos permite dibujarla con la autoridad de testigos oculares, podemos, no obstante, afirmar la exácta verdad de la pintura de aquella - época, y todos sus pormenores, porque las fuentes de donde y hemos sacado estos datos, son las mas autorizadas y fidedignas,

Zo — 132 —

Cuando empiezan los sucesos que vamos á referir,—que es á fines del siglo pasado, —Chiclana estaba en todo su auge, brillaba el oro por Cádiz, y esparcia sus rayos ensus alrededores, como el sol en el cielo. Solo en la Habana se sabe hoy ,—cual allí se sabia entónces, —echar por ahí las onzas con | la misma sencilla indiferencia con que arrojan los niños globulillos de espuma de jabon en el espacio, y con el señorío de Príncipes, que ni miran ni ponen precio á lo que dan ó gastan en obsequio de otros. Cuéntase que fué en esta época cuando la famosa Duquesa de Alba dijo á un jóven, que al ver en su mesa veinte mil duros, opinaba que esta suma, que para ella era tan poca cosa, haria la fortuna de un hombre: ¿los quieres? El jóven admitió. La Duquesa le mandó el dinero, y... le cerró su casa. Hoy dia sucederia lo contrario : no se daria el dinero; pero en cambio no se cierran las puertas al que lo adquiere, sea cual sea el medio de que para ello se haya valido.

En una de las anchas y alegres calles del mencionado pueblo, descollaba entre todas una her- _mosa casa, aunque solo tenia un piso algo elevado - del suelo. Subíase á ella por una escalinata de mármol, y era su puerta de caoba, tachonada de grandes clavos de brillante metal. Coronaban el frontispicio las ármas de su dueño esculpidas en mármol. La nobleza y la riqueza se buscan, porque primitiva=' mente fuéron hermanas—hoy dia, ni aun primas

| — 133 — son! La casa—puerta,—así como el patio y todas las habitaciones, hasta las oficinas interiores, —estaban soladas con magníficas losas de mármol azules y blancas. Sostenian las cuatro galerías que rodeaban el pátio, columnas de jaspe; en el centro de éste, rodeada de macetas y estátuas de alabastro, corria una fuente sin cesar, celebrando con su pura é in- - fantil voz, lo mismo al pimpollo entreabierto como . una esperanza, qué á la flor que caia deshojada como el desconsuelo. Entre columna y columna pendian, cubiertas de verdes y floridas colgaduras de jazmines y mosquetas, doradas jaulas con vistosos pájaros; un toldo de lona con puntas ribetea— das de color, cubria el pátio y conservaba la frescura, esparciendo una sombra suave como un duerme-vela en una siesta de verano. Las paredes de la sala eran de estuco blanco sobre un fondo celeste; la sillería y sofá, de ébano con adornos de plata maciza, y forros de gró de Tours celeste. Era su hechura sencilla y mezquina, á la griega, moda que habia entronizado la revolucion de Francia, poniéndola á la órden del dia con el gorro frigio, los nombres de Antenor, Anacársis, Temistocles, Aristides, y otras 'cosas ménos inofensivas. Sobre la mesa, que ostentaba cuatro pies derechos é istriados, habia un magnífico reloj de mármol blanco y bronce negro y dorado. Pasado á la sazon en las artes tambien el gusto por lo pastoril é idílico, privaban entónces las graves y clásicas alego-

— 134 — | rías, á las que en breve debian seguir los cañones, banderas y coronas de laurel bélicas, con que Bonaparte habia de hacer evaporarse en ancha atmósfera, el ardor de la calentura revolucionaria francesa. A su vez la época de la Restauracion,—en la que acabó la legitimidad con el despotismo del sable, como éste habia concluido con el despotismo de la democrácia,—(1) trajo las ideas monárquicas y los sentimientos religiosos, con el caballerismo, la lealtad, la fidelidad y la religiosidad antiguas, que habian de introducir el romanticismo en la literatura, y el gusto gótico en las artes y modas, siguiendo luego el gusto á lo Luis XIV y Luis XV, llamado rococó. Cual niños, los hombres son entusiastas de lo nuevo, y pisan en seguida con desprecio lo que era su ídolo un momento ántes. Shakespeare ha dicho : «fragilidad, tu nombre es muger!» Bien pudiera haber añadido: «¡cambio, ta nombre es hombre!»

Formaba el reloj un grupo compuesto de un anciano que representaba al Tiempo; de dos bellas jóvenes desnudas y enlazadas, que se apoyaban en - el anciano, y personificaban la Inocencia y la Verdad, y de otras dos figuras envueltas en negros velos, que figuraban la Maldad y el Misterio hu-

(4) Dice Dumas á quien no se tachará por cierto de antibonapartista ni de legitimista :—«Por espacio de setenta y dos . años llevó Luis XIV la corona y REINÓ;—por espacio de diez y nueve años tuvo Napoleon en su mano el cetro, y gobernó con el despotismo.»

— 133 —

yendo del anciano, que con el dedo levantado parecia amenazarlas. La efigie del viejo estaba bien y característicamente esculpida, y cuando á su expresivo gesto se unia la clara y vibrante voz de la hora que contaba á sus muertas hermanas, parecia amenazante la voz del austero anciano, y no podia ménos de conmover al que, meditando sobre el sentido de aquella alegoría, oia resonar sus compasados ecos.

A cada lado del reloj habia un candelero for— mado de un Negro de bronce, posado sobre una base redonda de mármol adornada: de cadenitas del mismo metal: llevaba el Negro sobre la cabeza y en cada mano, unos cestos de flores doradas, en cuyos centros se colocaban las velas. El techo de la sala estaba pintado, figurando leves nubes blancas y grises, entre las que asomaba una Ninfa ó Hija del Aire, que en sus manos parecia sostener los cordones y borlas celestes, de que pendia una lámpara de alabastro destinada á filtrar una luz suave como la luna, luz que favorecia en extremo Ja belleza de las mugeres, y era adoptada para tertulias de confianza. - En medio del cuarto, sobre un velador de mosáico, habia un gran globo de cristal, en que nadaban pececitos de colores, que ostenta el agua en competencia con el aire, que muestra sus encantadores pájaros, y con el jardin que ostenta sus deliciosas flores. Alli vivian suaves y callados, sin que les intimidase la transparencia de su círcu-

— 136 — | lo de accion mirándolo todo con sus grandes ojos sin comprender nada, cual pequeños idiotas. Coronaba este globo otro mas chico, que estaba lleno de flores; y habia profusion de ellas colocadas en jardineras en los huecos de las ventanas. Pendian de estas, cortinas de muselina guarnecidas de encajes, poco mas ó menos como se ven hoy dia, con la diferencia de que la muselina de aquellas no era inglesa, sino de la India, y que los encajes no eran de algodon y de telar, sino de hilo y de bolilios. Como era verano, las persianas no dejaban

penetrar en la sala sino una débil claridad: la at- 4

mósfera estaba embalsamada por las flores y poh pastillas de Lima.

Sobre el sofá estaba recostada una mujer de extraordinaria belleza: una profusion de rizos ru— bios cubrian una de sus manos de alabastro, en la que se apoyaba su cabeza, reclinada sobre uno de los cojines del sofá. Un+peinador de olan, guarne— cido de encajes de Flandes, cubria sus perfectas y juveniles formas; y solo asomaba por entre el en— caje la punta de su pié, calzado á la moda de entónces, con media de seda y zapato de raso blanco. Las damas de importancia no gastaban otro á nin— guna hora del dia, y llegó el lujo hasta gastar zapato de encaje forrado de raso de color. Los apóstoles de la última moda, sobre todo si viene de allende, grandes admiradores de los brodequins, echan una mirada de soberano desprecio sobre ese

— 137 — rico y elegantísimo uso, que tiene dos pecados - mortales—el ser antiguo, y el ser español. | Brillaba en la mano izquierda de la jóven acostada en el sofá un magnífico brillante; y con un pañuelo de olan, bordado en Méjico, que en ella tenía, enjugaba de cuando en cuando una lágrima, que se deslizaba lentamente por sus anacaradas mejillas. Sin duda piensa el lector haber adivinado que esa lágrima solitaria que vierte una mujer jóven y hermosa, rodeada de aquel lujo, indicio de una posicion envidiable, es y no puede ser sino una lágrima de amor. Sentimos decirlo: el lector ha adivinado mal. Y en obsequio á la verdad, y aun á costa de desprestigiar á la heroina de nuestra relacion, tenemos que decir que esa lágrima no era de amor, sino de coraje. Si; aquella lágrima tan brillante, que caia de aquellos ojos, azules como el cielo de la tarde, y que pasando por entre sus lar- | gas y obscuras pestañas, resbalaba por aquellas mejillas de tan suave y fresco sonrosado, era de coraje.—Pero antes de proseguir, es preciso referir lo que la originaba. |

CAPITULO Jl.

La jóven que hemos descrito, se llamaba Ismena, y era hija única de D. Patricio O-Carty , cuya familia habia emigrado de Irlanda, como otras mu-

chas, huyendo del usurpador Cromwell, que persé=.

guia dos cosas que suelen unirse: la religion y su constancia; el principio monárquico y su lealtad. La mayor parte de estos fieles, que abandonaron sus empleos, casas y tierras, siguieron á Carlos

Eduardo Stuart el Pretendiente, á Francia, yleacom-

pañaron cuando en 41690, auxiliado por Luis XIV, hizo este desgraciado Rey un desembarco en Irlanda, y despues de muchas vicisitudes, mandó en persona la desgraciada batalla de la Boyne. Despues de esta derrota entraron aquellas tropas, que se componian de la primera nobleza de Irlan— da, al servicio de Francia y España. Acogiólas, co-

— 139 —

mo de suponer era, Felipe V. favorablemente, y formaron en 1709, los Regimientos de Ibernia y Ultonia, y más adelante otro tercero, que se llamó Irlanda. Mandaba estas tropas Jacobo Stuart, Duque de Berwick, hijo natural que tuvo Jacobo 11 de -Arabela Churchill, hermana del famoso Marlborough. Ganó el Duque de Berwick la batalla de Almansa, y tomó á Barcelona por asalto; y el Rey ¿premió sus grandes servicios á la corona con los ¡Ducados de Liria y Jérica, y con la Grandeza de España. Tuvo este bizarro General dos hijos: el primero se naturalizó en España y llevó los títulos de Berwick, Liria y Jérica, uniéndose despues por enlace á la noble casa de Alba, que habia recaido en hembra; el hijo segundo se estableció en Francia, donde existen sus descendientes, que llevan Ñal título de Duques de Fitz-James. Los arriba mencionados Regimientos han llegado hasta nuestros dias con los hijos de aquellos fieles; pues, se= gun se nos dice, existen aun noventa apellidos ir- -landeses en el ejército español, que honran á los que los llevan, por su lealtad, bizarría y nobleza hereditaria. (1).

(4) Creemos curioso apuntar aquí algunos de los más ilus

tres de estos militares ¡ndo á quienes en atencion á sus méritos, á sus servicios y al lustre de sus familias, ha compen-

pando el Gobierno español parte de lo que en su pátria per-

- dieron.

- Además de lo concedido al ilustre caudillo de estas tropas, Jacobo Stuart, se le concedió á un descendiente suyo, Pedro Stuart, el título de Marqués de San Leonardo, que andando el

' — 140 — Mm

Casó D. Patricio con +una española, y su hija

Ismena reunió la belleza de ambos tipos. Cubria

sus delicadas y graciosas formas de andaluza, la alba y rosada tez de las hijas de la nebulosa Erin,

á la que daba la impasible frialdad de su dueña -

esa limpieza y tersura transparente de la esperma

/ py tiempo recayó en hembra, la que casó con el Brigadier D. Simon Wall, descendiente del General Ministro D. Ricardo Wall. —

- En 4776 hizo el Rey Conde de Ophalia al Teniente General D. Bernardo 0-Comnor, señor de Ophalia enIrlanda, del castillo de Philipstown, y baronía de Grashill. Cayó en hembra, y es he= redera de este titulo la Señorita Condesa de Tilly. En4774 creó el Rey el Condado de O-Reilly; su actual poseedor reside en la Habana. Cárlos 11! hizo Conde de Lacy al teniente General Don - Guillermo Lacy: hizo dicho Rey Marqués del Norte al Brigadier - O-Neill por sus servicios en la Florida; reside en la Habana Ó + Puerto-Rico. En 1729 concedió el Rey el título de Marqués de la Cañada á D. Guillermo Tyrry, yecino del Puerto de Santa María, hombre muy rico, que habia hecho su caudal en el co= mercio con América, y quo aplicó sus fondos á fundar un mayorazgo. Descendia en línea recta de varon, de Domingo Tyrry, poderoso caballero del Condado de York en Irlanda, creado + en 4634 Vizconde de Limerik, de cuya dignidad fué despojada | po Cromwell, en atencion á su fidelidad á su Rey y religion. -

n esta época emigraron otros muchos que se establecieron en - Cádiz y otros puntos. Usan sus títulos Irlandeses en España - los Condes de Clonard: la rama primogénita de los O-Reillys - usa su título de Baron de Klonket.

En la Ibernia sirvieron los Condes de Mac-Mahon. Los Butlers son, por ramas colaterales, de la familia de los Duques de Ormond. Los Clairacs son Condes de Clairac. Los Magenis son - Condes de Ibeag. Sarsfield es de una gran familia, asi como los Obrian, Walsh, O-Linsh, O-Donojú, Camesford, Kindelan, Burk; etc.

Hoy dia ocupan altos grados en el ejército: D. Leopoldo O-Donnell, Conde de Lucena, como Capitan General: el Conde de Clonard, D. Guillermo Stuart y D. José Lemery, como - Tenientes Generales; D. Tulio O-Neill, OR de la Granja, D. Demetrio O-Daly, D. Enrique O-Donnell, D, José Grases (de artillería) como Mariscales de Campo. Todo lo antedicho, salyo errcr ú olvido.

— 44 — que nada enturbia. Sus rasgados ojos azul turquí tenian entre sus obscuras pestañas la altiva y en— tendida mirada de las hijas del Sur; su porte un poco estirado, era, no obstante, gracioso y natural. La naturalidad es el mayor encanto de la gracia española, tan justamente célebre y decantada. El irresistible atractivo que de ella nace, y que en otro tiempo esparcian las mujeres al rededor de sí como la llama su brillo y las flores su perfume, se lo debian á los hombres, que aborrecian cuanto era afectado y supuesto, amanerado y estudiado, anatematizándolo bien y varonilmente con la despreciativa voz de monadas. Hoy dia parece que se tiende á lo opuesto: lo que es lo mismo que si los florentinos vistiesen á sus Vénus de Médicis por un figurin de modas. En la naturalidad está la verdad, y fuera de la verdad no hay perfeccion; en la na= turalidad está la gracia, y sin la gracia no hay elegancia genuina.

En cuantoá lo moral,—peor dotada Ismena, que ensu persona—unia al alma fria y serena de su Pa - dre el génio altivo y dominador que habia here= dado de su Madre, exaltado todo por el orgullo de la niña mimada, rica, hermosa y adulada. No se

ocupaba la celebrada Ismena, la rica heredera, sino

de sí y de un porvenir, que se forjaba en su imaginacion, lucido y brillante, cual los que pronosti-

can las Hadas. Asi fué que despreció con imperti-

nencia el amor de cuantos jóvenes se le ofrecieron

— 142 — sinceramente, no pareciéndole ninguno digno de

realizar su soñado porvenir. Pero los cambios de la

suerte son repentinos é inesperados, como las transformaciones de las comedias de mágia. En pocos meses perdió el Padre de Ismena todo su caudal, merced á la traicion delos ingleses, que tantos barcos y caudales apresaron antes de haber declarado la guerra á España; ¡infausta guerra que nos atrajo

el infausto Pacto de familia! D. Patricio, que por

entónces tambien perdió á su mujer, se retiró ar= ruinado á la bella casa de campo que en Chiclana tenia; pero en breve, ni aun ese recurso le quedó, y la casa fué puesta en venta por los acree— dores.

El primer comprador que se presentó, fué el General Conde de Alcira. Volvia este General de América, donde habia pasado largos años. Aunque no

tenia sino cincuenta y cinco, parecia mucho ma=

yor, gracias á la accion corrosiva del clima de América, que con su ardiente humedad, destruye al europeo, como corroe el hierro. A pesar de su edad, habia heredado á un jóven sobrino suyo, cu= yo título y mayorazgo excluian hembra. ]

El General, á su regreso, se trasladó á Sevilla, su pueblo natal. Allí, su cuñada, —que por él veia á

sí y á sus hijas privadas del caudal que antes poseian, y del título que llevaban,—le recibió de una

manera tan ágria y tan hostil, que el General, —á pesar de ser el hombre mejor, mas honrado, noble

— 143 — y generoso del mundo,—seindignó, y resolvió dejar á Sevilla, y establecerse en Cádiz.. Hacia bien. En aquella época Sevilla, la grave 'matrona, con su rosario en la mano, vestía aun la tiesa cotilla, el alto promontorio empolvado,—que 'mas que peinado parecia una carga,—y los tontiJlos, con los que solo por una puerta muy ancha podia pasar de frente una señora. Jugaba exclusi- "vamente en sus austeros saraos á la báciga ó al tresillo con sus Canónigos y Oidores, con sus Veinti- ¿cuatros ysus Maestrantes: no tenia teatro; un voto religioso se lo impedia: no tenia mas alumbrado que las piadosas luces que ardian ante sus numerosos tablos; no tenia baldosas, ni Delicias, ni paseo de Cristina; y tenia actualidad—como se diria ahora—aquella regla de: En dando las diez,

Dejar la calle para quien es:

Los rincones para los gatos,

Y las esquinas para los guapos.

- No habia, —es claro, —Vapores, esos corre, ve 1 iles, que han estrechado los vínculos de amistad ntre ambas ciudades, joyas de Andalucía. Cádiz, an bella ó mas que lo es hoy, vestía en esta époea escotadísimamente á la griega, como vemos en sus etratos á Josefina, á Mad. Recamier y Mad. Ta-

llien, nuestra paisana, que murió no hace mucho rincesa de Chimay, y otras beldades de entónces. ádiz, la seductora sirena de desnudo pecho y es-

— Ah — camas de plata, nadaba en un mar de saladas aguas,

en un mar de placer y en un mar de riquezas. Sa=

bia hermanar admirablemente la cultura y el arte de la elegancia extranjera con el señorío, la gracia y la espontaneidad de la elegancia española; y asi, aunquetomaba ciertas cosas y formas extranjeras

que le agradaban, no por eso dejaba la graciosa y.

entendida andaluza de ser esencialmente española;

con lo que probaba su buen gusto, su delicado ti- '

no y apegoá su nacionalidad.

¡Cosa extraña! En aquellos tiempos no se cono-

cia el pomposo y campanudo españolismo, que hoy dia llena las sábanas no santas de los papeles públicos; y que resuena por todos los discursos, como esos truenos huecos y prolongados que se deslizan por entre oscuras y pesadas nubes. Ni brillaba en composiciones líricas, ni mucho ménos se hacia con él un arma de partido, aplicándolo á tales ó cuales opiniones. Ni se le buscaba con entusiasmo “al toro -«Señorito (1) por símbolo; nada de eso. Se tenia amor

y apego á lo español, sencilla y naturalmente, co- '

mo tiene el valiente su denuedo, sin pregonarlo; comolas estátuas griegas tienen su belleza, sin adornarla; como tiene el campo sus flores, sin ostentar las. No estaba el españolismo en los lábios; pero

(4) El toro Señorito, de la ganadería del Excmo. Sr. D. José María Benjumea, de Sevilla, mató en 1850 en la plaza de Madrid á un tigre con quien le echaron á luchar.

: (WN. del E.)

estaba en la sangre, en la índole, en los gustos. Y

- se hacia tan fino, tan amable, tan donoso, tan ca-

- ballero; se le conservaba tanto su gracioso tipo me-

ridional, que era la admiracion y encanto de los extranjeros. Hoy dia es al contrario: se reniega de

- él, se le desconoce, se le desprecia; y al revés del

asno que cubrió su piel gris y pobre con la rica y dorada piel delleon,—nosotros, más asnos que aquel, -—— en lugar de peinar y alisar la nuestra, la cubrimos de una piel inferior y extraña. Entónces no reina— ba el spleen, sino la mas franca alegría, identificada con la mas exquisita finura. No habia clubs, ni casi= nos; no habia sino tertulias, en las que la galan-

tería tenia por código estos versos antiguos (1):

Yosotras sois las temidas Nosotros somos temientes, Vosotras sois las servidas, Vosotras obedecidas, Nosotros los obedientes: Vosotras sojuzgadoras, Nosotros los sometidos: Vosotras libres señoras: Vosotras las vencedoras, Nosotros siervos vencidos: Vosotras las adoradas, Nosotros los denegados; Vosotras las muy loadas, Vosotras las estimadas, Nosotros los desechados,

(1) Del Poeta Suarez, que floreció en el siglo XVI, NO TRANSIGE, ETC. 10

== 146 —

Entónces no se conocia la voz de darse tono; pe» ro sí se practicaba la de DARSE DECORO. Los oficiales de marina, principal galardon de la sociedad gadi- “tana, finos y caballeros como ahora, pero ricos y galantes más que ahora, habian formado una alegre hermandad, á cuva cabeza estaba la oficialidad del navío San Francisco de Paula (1), que se titulaba,

con alusion al mote del Santo, —(CHARITAS, BONITAS, —

la devota hermandad de las caritas bonitas: dábanse en el teatro las piezas nacionales de nuestros poe--

/ . : tas, y entusiasmaban los sainetes de D. Ramon de

la Gruz. A las ferias de Chiclana y del Puerto, bri-

liantes como fuegos artificiales, acudia toda la sa.

ciedad de Cádiz como una bandada de pájaros de

vistoso y dorado plumaje; en fin, muy posterior=

mente guardaba Cádiz bastantes hechizos para ser cantada por Lord Byron, grande é inteligente apreciador de la belleza.

El General Gonde de Alcira, á su regreso á

Cádiz, deseó comprar una casa de campo; le pro-.

1) Por la época á que nos referimos, mandaron succesivamente este navío dos de nuestros mas insignes marinos, los entónces Brigadieres D. Federico Gravina y D. Juan Ruiz de Apodaca, caballeros los dos del hábito de Calatrava, tipos cumplidos de castellana hidalguía, y tan célebres después, el primero, por sus heróicos hechos mandando nuestra flota en la funestamente honrosa batalla de Trafalzar; el segundo, por la

rendicion de la escuadra francesa en Cádiz en 4808, por su Embajada en Lóndres, y por su Vireinato en Méjico. Muertos

ambos de Capitanes Generales de la Real Armada, conserva es-

ta respetuosamente su recuerdo, llevando hoy por nombre -

dos de sus buques el apellido del primero, y el título de Conde

del Venadito del segundo.

| co 147 — -pusreron la de D. Patricio O*Carty, y fué 4 verla, - El desgraciado dueño de la casa se la franqueó tan | luego como se presentó. Quedó admirado el Conde - de cuanto vió en aquella rica morada que hemos - descrito; pero de nada tanto como de la hija del - dueño, á la que, enlutada y cubierto al albo cuello - de rubios rizos, hallaron escribiendo y llorando en un apartado gabinete, que tomaba del jardin luz y - fragancia. Ismena lloraba al contestar á dos.amigas suyas que le habian participado el casamiento que hacian, la una con un Lord inglés, la otra con un - Marqués Madrileño. ¡Cuán amargamente hacian - contrastar estas cartas la suerte de sus amigas con la de Ismena, que, sola y pobre, tenia que abandonar hasta esta casa, último resto de su brillante posicion pasada!

Aquellas lágrimas interesaron y conmovieron tanto al bondadoso General, que suplicó á su dueño, despues de comprar la casa, que se quedase viviéndola, y le admitiese en «ella como uno de la familia, uniéndole á su hija. Excusado es decir que D. Patricio recibió esta oferta como una embajada de felicidad, y su hija como un medioque la impedia rodar hasta el fondo del abismo en que la precipitaba la suerte.

Difícil seria pintar da faria que se apoderó de la cuñada del Conde cuando supo el proyectado

enlace. Desfogóla esparciendo calumnias sobre 1smena, y cubriendo de ridículo este enlace, escu-

mo AB

piendo su veneno en amargos sarcasmos, vatici= nando, por último, que la ambiciosa arruinada, que por interés se casaba con un anciano gastado y va-= letudinario, no tendria succesion, burlando asi una justa prevencion de Dios sus ambiciosos cálculos, y haciendo volver,—por falta de su actual posee= dor,—el mayorazgo á su familia,

¡Cuánto no se resentirian el excesivo orgullo y. el altivo amor propio de Ismena,—tan exageradamente susceptibles desde sus desgracias,—con es= tos escarnios y vilipendios! —Exasperábase más, viendo los vaticinios de su contraria verificar | se, puesto que hacia dos años que estaba casada sin haber tenido succesion. No parecia sino. que Dios en su alta justicia negaba la bendicion de los hijos á un matrimonio, en que la consorte no los deseaba por el santo instinto del amor de Madre, sine por vil orgullo y despreciable codicia; no por la bendita gloria de rodearse de su descendencia, sino por la soberbia y despreciable ansia de humillar y triunfar de una contraria! mir:

En esta época, y llena de estos pensamientos, es cuando hemos presentado á Ismena, Condesa de Alcira, vertiendo lágrimas.—Y por eso dijimos que aquellas lágrimas frias y amargas no eran de amor, sino de despecho y de coraje.

—RA A

CAPITULO UI.

La persona que habia indicado la posesion qué nemos descrito, al General, habia sido su secretario Lázaro, que la conocia porque era hijo de la casera de dicha casa. Explicarémos esto en breves palabras. -

El General, cuando jóven, tuvo por largos años un asistente á quien queria mucho. El ásistente español es el criado modelo, es el ideal del sir viente. Es todo corazon, todo lealtad: nada exige, todo le sobra: cuanto se le pide, hace á ojos cerrados, y con gusto; y si se le diesen con este objeto, sembraria las cebollas podridas, como Santa Teresa, por ciego espíritu de obediencia. El asistente tiene el corazon de niño, la paciencia de santo, la fidelidad y apego del perro, ese tipo del amor consagrado. Cual éste, ama y cuida de la propiedad de

— 150 — x su amo, y sobre tedo, de sus hijos si los' tiene; yesto á tal punto que ha dicho uno de nuestros mas célebres y distinguidos Generales que los asisten= tes son las mejores amas secas. No tiene voluntad propia; no conoce la pereza; es humilde y valiente, amigo de complacer y agradecido; y siem - pre en el alojamiento—en el que se le vió llegar con la natural é irritada repulsa que causa todo lo que á la fuerza invade el hogar doméstico,—se le vé marchar con sincero sentimiento. El General, que era entónces Capitan, vivió mucho tiempo con su asistente en la mayor intimidad, sin que esta hiciese perder al último ni un ápice del respeto que - á su gefe tenia. El respeto es propio y anexo al - asistente, como lo es al sáuce la inclinacion de sus ramas. | Cuando el General fué á América, su asistente se separó de él con gran sentimiento de ambos, para venir á Chiclana, su pueblo, á casarse con su novia, que hacía quince años le aguardaba con una constancia muy comun en España. A los pocos años murió de un tabardillo ó insolacion, dejando á su desconsolada muger, un niño. La desamparada viuda entró de casera en casa del Sr. O'Earty con una sobrina suya pequeña. En cuanto al niño,—que era ahijado del General,—éste mandó por él, le. educó á su lado con mucho esmero, y le hizo su secretario. En esta calidad Je trajo con él á España á los veinte y cuatro años de su edad. Lázaro—asi

— 151 — se llamaba, —era uno de aquellos séres que la nobleza marca con su sello, y que ayudados por las circunstancias, llegan al heroismo, sin ostentacion mi premeditación, y solo por instinto y espon= taneidad.

Enterado Lázaro por su Madre de que la casa en que hacía de casera, iba á ser vendida, se la habia indicado al General, y éste la habia adquirido, y con ella una jóven y bella consorte.

¡Hermosa estaba aquella mujer, blanca y delicada como una Ninfa de alabastro! ¡fria tambien é inmóvil, —cual ésta—aquella mujer, que nunca habia amado, sino á sí misma! desabrida y sin fragancia, como un jazmin que nunca hubiesen vivificado los rayos del sol!

A la caida de la tarde entró en la sala para abrir las vidrieras otra mujer llamada Nora, que era el ama que habia criado á Ismena, y nunca se habia separado de ella. Mujer astuta y soberbia, que mucho habia contribuido á desarrollar en la niña las perversas propensiones que ya hemos indicado.

— ¡Siempre llorando! —dijo con un movimiento de impaciencia al ver las lágrimas de la Condesa.— Todo lo habrás perdido cuando falte tu marido; caudal, consideracion, juventud y belleza! No te quedará más que meterte á beata, y vestir Santos.

—Ya sé que todo lo habré perdido; ¡y por eso lloro! contestó Ismena.

— 152 —

—¿Y quién te dice que tu suerte no puede ser otra? repuso Nora. No es tu cuñada la que dispone de tu porvenir. Más puedes tú misma contribuir á hacerlo bueno, que no ella á hacerlo malo. La esperanza es lo último que se pierde. Pero no hay que cruzarse de brazos mientras estos puedan ser— virnos.

— ¡Palabras vanasl—interrampió con áspera tristeza Ismena.—Sabes que son estériles mis espe= ranzas, como lo es mi matrimonio.

—Lo mismo es parir un hijo que prohijarlo, dijo Nora.

La Condesa fijó en Nora la profunda mirada de sus rasgados ojos azules, y exclamó: »

—No querria el Conde.

—No es. necesario que lo sepa, repuso Nora.

—¡Un fraude, un delito, un espolio, un engaño! ¿Deliras?

—Déjate de palabras altisonantes, repuso Nora: no es sino una obra de caridad, que harás con algun infeliz desvalido. Tus sobrinas, que están bien casadas, y tu cuñada, que disfruta de una pingie viudedad, no necesitan del caudal del Conde, y Si por él ansían, es solo por ambicion , y por el mal deseo de que no lo disfrutes tú.

—¡Nunca! ¡nunca! dijo Ismena. Hay más orgullo en no exponerse á ser esclava de un secreto que nos pueda deshonrar, que no en sostener una su rango y su posicion. ¡Nunca, nunca!-—repitió. sa=

— 153 — -eudiendo su cabeza, como si de su mente quisiese sacudir tan funesto pensamiento.

—El secreto solo lo sabré yo, y yo soy la responsable. Asi, más seguro estará en mi pecho que en el tuyo.

-—Tendrias que valerte de otra persona.

—Sin confiarme á ella, sí. Pero esa persona ya latengo hallada. Tu marido se embarca para la Hahana; á su vuelta hallará un hijo.

—Nora, Nora, no hay maldad que no inventes!

—Lo que invento es cuanto puede. combinarse en provecho tuyo.

—¡Engañar á un hombre como el Conde, sería la mas imperdonable de las infamias!

—Te he oido cantar esta estrofa, Ismena:

Es el engaño leál y el desengaño traidor; el uno, mal sin dolor, el otro, dolor sin mal.

Pero por lo visto estás hoy mas remontada que los mismos poetas.

—Esa letra alude á querellas de amor.

—Esa sentencia, que es muy entendida, se puede aplicar á todo. ¿Acaso no se ha visto mil veces poner en práctica el caso que te propongo? ¿No es aun mil veces peor combinarlo con la infidelidad?

En este momento entró el Conde. —JIsmena, hija mia, dijo acercándose cariñosa-

— 154 — | mente á su mujer. Vengo para sacarte á dar un paseo: ya tus amigas te estarán aguardando en la Cañada. ¿Cómo es que note animan estas hermosas tardes de primavera á irá disfrutarla en su reino, esto es, alaire libre, que embalsama en el e que atavía?

—Me incomoda el andar, y me fastidian las gen— tes, contestó Ismena, que al ver entrar á su marido habia palidecido.

—Te encuentro descolorida, hija mia,—repuso lleno de interés el Conde;—y sobre todo, te hallo desde algun tiempo á esta parte, abatida. ¿Acasote hallas enferma?

—No me aqueja mal alguno, contestó Ismena.

—A lo ménos los que sufres no son de aquellos para cuya curacion se llama á un facultativo, dijo Nora, mirando al Conde con una maliciosa y significativa sonrisa.

El rostro de Ismena se puso encendido comu la sangre que á él hicieron afluir «unidas la irritacion y la vergiienza.

—¡Nora! gritó ,—¿estás demente?—;calla!

—Callaré: Señor Conde, dícese que mientras más se calla la venida, más hermoso es lo que viene.

En el bondadoso rostro del General brilló una santa esperanza paternal. —¿Será cierto? murmuró fijando una enternecida mirada sobre su hermosa mujer. ,

—Señor, dijo Nora; ¿acaso de tres meses á esta

'ñ — 1435. — ¿parte no. notais su desgana, su languidez, su malestar, sin que otra causa las motive? No está convencida ni se quiere convencer; pero yo, que ten— go mas experiescia que ella, lo estoy. —¡Mientes, Nora! gritó demudada Ismena. Ñ —El tiempo!... repuso esta con el mayoraplomo. —El tiempo! repitió Ismena indignada. -——Eneste momento, el reloj que figuraba á Saturno, dió seis campanadas con su claro y metálico son. —Ya acudió el tiempo á la cita, señor Conde,— - dijo Nora con afectada risa; —de 9qui á seis meses contestará.