Relaciones · Capítulo real 4 de 11

CAPITULO VI

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CAPITULO VI.

Algun tiempo después la infeliz Piedad se sintióindispuesta con violentos dolores de estómago .

Se quejó ásu buena vecina y maestra, sin que lo

supiese su Madre: ella le suministró alguna bebida calmante, y su incomodidad se aplacó; pero no quedó buena. A los pocos dias el mal se reprodujo. La buena anciana, alarmada, habló sobre ello 4 Rufina: esta se incomodó, le dijo que con sus mimos metia en aprension á su hija, y le prohibió pisar su habitacion.

Entretanto los ataques se repetian, - y la pobre niña, sufriendo horrorosamente, ibade malen peor. Cuando salia su madre, que la dejaba encerrada, la buena anciana hablaba con la pobre enferma al través de la cerradura de la puerta, y se enteraba de los progresos de la enfermedad.—¡Pobre víctima!

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decia después á las demás vecinas ; está mortal; ¡y se morirá sin auxilio divino ni humano! ¡Esto es una iniquidad nunca vista! ¡Esa muger sin entrañas no es Madre, ni puede serlo! Esto no se debia permitir.

—¿Y quién se mete con esa muger, que es una fiera? decia la una.

—Como Vd. quiere tanto á Piedad, decia la otra, puede que se alarme Vd. sin motivo. Pues qué ¿está su madre sorda y ciega? Pero Vd., tia María, siempre está sintiendo lo de todos, y le ha de suceder lo que al Cura de Trebujena, que se murió de sentir penas ajenas.

—¿Clómo te hallas, hija mia? preguntó pocos dias después la buena anciana á la enferma. Y la voz respondió mas lénue y mas lastimera que nunca:

—Mal, tia María: los dolores me despedazan las entrañas: me abraso! y'cuanto tomo, arrojó.

—¿Y qué tomas, hija de mi alma?

—Agua.

—¿Y nada mas?

—No tengo otra cosa.

—¡Qué inhumanidad! ¡qué heregía! Hija, «quién pudiera entrar á asistirte!

—¡Ay, sí! ¡ay, sí! Y un Padre! porque creo que me voy á morir. Tia María, ¿me perdonará Dios si muero sin confesion?

—S1í, hija de mi vida, sí: tú no has pecado; pero aunque lo hubieses hecho, basta cuando no se pue-

e de tener un ministro de Dios á su lado, con arrepentirse de corazon, ofrecer al Señor sus sufrimientos, é implorar su misericordia, para que nuestro Padre nos perdone y acoja. Pero hija, tú no estás en ese caso.

—Sí, tia María, sí; y no siento más sino el no volver á ver á Vd. Nadie sino Vd. me ha querido; nadie sino Vd. me ha enseñado que hay un Dios en el cielo, que es nuestro Criador y Padre, que promete el cielo á losque le aman. Y asi me ha quitado Vd. el horror á la muerte, y llenado mi alma de consuelos. Pero yo no quisiera morir tan sola! quisiera en mis dolores y agonías los consuelos de la Religion santa y dulce! |

—Díselo á tu Madre, alma mia.

—Se lo he dicho, y no quiere.

—Pobre, pobrecita mia! ¡qué vida has tenido y tienes! Pero recuerda, inocente mia, que la santa rosa ama á las espinas entre las cuales se cria.

La buena anciana se fué desconsolada y estre— merida. Aquella noche no pudo dormir; y si nó su persona, veló su corazon á la cabecera de la. en- _ferma. Le habia prometido orar á Dios, para que en caso que falleciese, fuera con todos los consuelos y socorros espirituales; y asi lo cumplió, pasando su desvelada noche en oracion.

El alba luchaba en el horizonte con oscuros nubarrones, secuaces de la noche, pareciendo como que estos negros etíopes se esforzaban por arran-

E car á una pura vestal sus velos de blanca gasa. Si bien el gallo habia lanzado ya su animada diana á sus compañeras, aun no habia descendido del cam= panario la santa llamada de la Iglesia á sus feligreses. Pero abríanse ya las puertas del santo templo; en él entró una jóven pálida y macilenta envuelta en un gran pañolon. La iglesia estaba aun solitaria y oscura: las lámparas de plata, contínuas centinelas del tabernáculo, hacian brillar con su luz en la negra oscuridad la plata que cubria el altar del Sagrario; y las ráfagas que alguna vez despedian de sí las santas luces como un suspiro, parecian animar los rostros de los ángeles postrados en adoracion ante el SANTO DE Los saNTOs! La débil y plácida luz del dia, que empezaba á asomarse por las altas claraboyas al pie de la iglesia, las hacia aparecer en la austerasombra del templo, comoalegres ojos de niños que se abriesen sonriendo al mirar á su Padre.

Dios habla poderosamente al corazon y á la inteligencia del hombre, en el silencio de su templo, con aquellas palabras, que sin pasar por el oido, suenan en elcorazon. Dios es universal, eterno, y sin medida. Para El no hay cosa grande ni cosa pequeña: no hay pasado ni porvenir, ese compás del tiempo: no hay para él secreto, olvido ni incer + tidumbre, esas impotencias del hombre! Es Maestro y es Padre; y si como Maestro nos envia los in— fortunios, que son lecciones; como Padre, une el

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consuelo á la enseñanza, poniendo en cada infor-- tunio el gérmen de una virtud, la ocasion de un merecimiento.

La jóven, que con paso vacilante habia entrado en la iglesia, la atravesó con el cuerpo doblado, y exhalando ahogados y lastimeros quejidos, y vino á postrarse en el Sagrario. Pero. era aun tan temprano, que allí se halló sola; y poco después, no pudiendo sostenerse de rodillas, dió un débil gemido, y cayó al suelo.

En aquel instante entraba en aquel lugar una señora. Era ésta Justa, que habia pasado una noche agitada, y que cual la nave que desde el mar inquieto busca un refugio en el puerto, buscaba uno para su alma en la iglesia. Las personas creyentes que han padecido, conocen todas este puerto de refugio! > |

La señora se acercó á la caida jóven, al lado de la cual se arrodilló , y cuando vió aquel rostro tan hermoso y juvenil, descompuesto por la mas violenta expresion de sufrimiento, le preguntó asustada y llena de compasion:

—¿Qué tienes, hija? —Creo que voy á morir, contestó la jóven. —¿Pues cómo es que estás aquí, y no en tu lecho? —No queria morir sola, y sin los socorros de la Religion. —¿Y no te los han proporcionado en tu casa? La moribunda meneó la cabeza.

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—(¿ Tienes Madre?

La jóven hizo una señal afirmativa.

—¿Dónde está?

— En casa.

—¿Y qué hacia?

—Estaba durmiendo, contestó la pobre niña.

—¡Esa no es tu Madre! exclamó Justa con vehemencia: ¡pobrecita! ¿qué edad tienes?

—Diez y ocho años, contestó la interrogada.

—¿Y de qué mueres?

—No sé: ¡ah! Agua, agua, por Dios! ¡agua! añadió torciéndose y agitándose todos sus miembros por el dolor.

La señora hizo seña á un monaguillo, que se apresuró á traer de la sacristía una vasija con agua. La infeliz paciente bebió con ánsia, sostenida por Justa, que la habia incorporado y apoyado su cabeza sobre su pecho, y por un momento sus tormentos le dieron treguas.

—Quiero confesar, dijo con débil voz.

—Aun no ha venido el Cura, repuso con angus— tia la señora, que veia ya dibujarse la herradura de la muerte en aquel rostro tan bello y padecido. Vé á avisarle, prosiguió dirigiéndose al monaguillo. Y luego añadió alarmada, dirigiéndose á la moribunda:—¿acaso pesa algo grave sobre tu concien— cia, pobre hija mia?

—¡Ah no! solo una cosa.

—¿Y qué es?

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—¡Que no amo á mi Madre!

— ¡Se lo has demostrado?

——No. |

— ¡Le has faltado al respeto?

—No. >

—¿No la amas, acaso porque ames contra su agrado á otra persona que no deberías amar?

—:¡0h, no! No amo mas que á Dios, á la buena tia María que me le hizo conocer, y á vos, señora, que me habeis compadecido y asistido; á vos, que sois tan hermosa y tan buena; ¡á vos os amo!

La moribunda llevó 4 sus.labios la blanca mano de Justa, que besó.

—Pues entónces, dijo esta, abrazando con lágrimas de compasion y de ternura á aquella dulce y doliente criatura, te digo para tranquilizar tu espíritu, que si murieses, tu alma inocente, que an— sia por su Dios, le hallará propicio, pues es Padre - de todos; pero lo es con especialidad de los desamparados. Para estar pura y dispuesta á parecer en su presencia, bastan tus buenas disposiciones, y esta agua bendita, por la cual te se perdonarán tus pecados veniales.

La señora persignó á la moribunda con sus dedos aun húmedos del agua bendita.

Entónces la moribunda levantó sus grandes y puros ojos al altar, y una expresion de éxtasis se esparció como un rayo de sol en su rostro, que le volvió sublime, como el de una delas Vírgenes Már-

— 58 — : tires, joyas del cristianismo, que tuvieron la gloria de ayudar á cimentarlo.

—¡Señora, —dijo con apagada voz,—Dios os premie la caridad que conmigo habeis ejercido! Yo tenia miedo, ¡ah! ¡mucho miedo!... ¡Ya nolo tengo! Aun que sé que en breve... me acostarán... en un hoyo oscuro y frio;... que se irán... y allí me dejarán sola, sola!... Pero vos me recordais la oracion que me enseñó mi buena Maestra para no tener miedo, y la que ahora brota de mi corazon á mis labios:

A acostarme voy Sola sin compaña; La Vírgen María Está junto á mi cama; Me dice de quedo...

La infeliz no pudo seguir, y Justa, que recordó con viva emocion esta misma ingénua y santa oracion infantil que le enseñára su Madre, la concluyó añadiendo: |

—Mi niña, reposa; Y no tengas miedo De ninguna cosa.

—¿Sois mi Madre la Vírgen? dijo la pobre niña, cuyos sentidos turbaba ya la muerte, fijando en Justa sus ya quebrados ojos.

—No, no lo soy, hija mia. Pero puede que la Señora me haya enviado para auxiliarte.

ss E) -—Sí, sí; lo sois, murmuró la agonizante: —¡Madre... Madre mial!... ¡conducid mi alma á vuestro Hijo, pues... en él creo!..... á él amo!..... en él es— perol...

—Que te ha de perdonar y salvar, amen; —oró Justa al recibir sobre su seno el último suspiro de la infeliz niña.

En este instante entraron precipitadamente el

Cura, el sacristan y otras personas, que se apresu— «raron á llevarse el cadáver á la sacristía. Justa quedó postrada ante el altar: las lágrimas “la ahogaban, y un temblor vehemente agitaba sus miembros; sus manos, que alzaba al altar, se cruza_ ban convulsas. El profundo dolor que causa la lás— tima, que no halla mas refugio que en Dios, la haCía elevarse con exaltacion hácia Aquel qne todo lo recompensa; hácia Aquel, que siendo todo amor, es el sublime imán del corazon amante!

Mas su delicada organizacion moral y física no pudo resistir ála impresion que la desgarradora escena, —en la que su valor de católica le dió fuerzas

para actuar tan caritativa y valerosamente, —habia producido en ella... Se sintió indispuesta, y se levantó para volverse á su casa. Cuando salió de la iglesia, ya el sol campaba en el cielo, radiante, despejado como el Rey de la ale- -gría. Pero el alma de Justa estaba triste hasta morir! La imágen de aquella suave y hermosa niña, que en su agonía habia visto presa de las mas crue-

la A les torturas corporales, mientras su alma era la mansion de los mas puros y dulces sentimientos, la conmovia en opuestos sentidos del modo mas violento. Habíase apoderado de su alma una de aquellas profundas y lúgubres tristezas, que tan estrecha, tan negra, tan rodeada de horrores, hacen al alma su cárcel; una de esas angustias tétricas y agita= das, que hacen que el corazon, cual un pájaro azorado en su jaula, se agite en el pecho, ansioso por tomar su vuelo en el espacio. ¿Seria que sentía el corazon lo que al alcance del conocimiento no estaba? ¿Hacíale sentir sin expresarlo, que en sus brazos acababa de morir su hija?

Aquella tarde salia un entierro, solo y pobre, de en casa de Rufina: el cadáver no llevaba caja propia, é iba en la caja comun. Las vecinas que lo miraban salir, murmuraban sordamente, como las olas cuando con serena atmósfera hay mar de fondo.

—¡Qué entierro! ¡esto es una iniquidad! dijo una de ellas dirigiéndose á la tia María, que lloraba sin consuelo: ¡ni siquiera lleva palma!

—Vosotras no las veis, contestó la anciana. Pero leva esa bendita dos: una de pureza, que le ha puesto la Vírgen á un lado; y otra de martirio, que le ha puesto Nuestro Señor Jesucristo al otro. |

—Pero, ¿porqué no lleva caja blanca y celeste? preguntó otra.

—Porque con ese cadáver de vírgen se entierra un negro atentado! contestó la anciana.

—¿Qué quereis decir con eso, tia María. - —Nada, nada, contestó esta; lo que os encargo es, que cuando acabeis el rosario, no olvideis nunca el Padre nuestro POR EL. ALMA SOLA! Pues aunque nada tendrá que expiar esa inocente, á Dios agradan las oraciones, sobre todo si se hacen por sus hijos predilectos, los desamparados.