Sangre nueva : impresiones de un viaje á la America del Sud · Capítulo real 5 de 35

Capitulo IV

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

Capitulo IV

Hacia la línea. — La zona de la ig-ualdad. — Un polisón en la barra. -- El dios Jane de los trópicos. — Adiós á la Estrella Polar. — El paso de la línea. — Excursión nocturna de proa á popa.— Un emigrante.

14 septiembre

L cabeceo del vapor, á causa de la fuerte marejada de proa, ha hecho experimentar el mai'eo á muchos pa- 3| sajeros que hasta ahora se habían librado del enemigo.

El día transcurre lánguido y monótono. Nada altera la opresión de la implacable circunferencia.

Se transparenta en los rostros la fatiga del viaje y la pesadumbre de la reclusión sin evasiva posible. El aire tibio y los vapores enervantes que saturan la atmósfera invitan á la pereza y á la soñolencia.

Mirando á distancia, se distingue la corriente impetuosa del mar como un río inmenso que tuviese su corriente hacia el Norte, Su marcada

- 45 —

resistencia influye en la marcha del vapor, que en la última singladura ha recorrido tan sólo 315 millas.

Entramos en la zona' de la igualdad; el sol sale á las seis para ponerse á igual hora; la luz y la sombra se reparten el día; las brisas y la temperatura son constantes, uniformando las estaciones.

En estos mares los buques de vela se eternizan y tienen que aprovechar, á veces, para salir de este limbo, el viento pasajero de un chubasco.

Al caer de la tarde blanqueaba á lo lejos un velero que el oficial de guardia presumió que era un tasajero catalán, uno de los pocos que se dedican á este negocio que antes sustentaba más de sesenta buques. Entrada la noche, pasó á estribor un brik-barca á toda vela que dibujó un momento su airosa silueta en el cielo luminoso, reflejando su farol rojo en las aguas tranquilas.

15 septiembre

Ha cesado el temido cabeceo y la animación renace S ¡bordo. A mediodía, con el sol completamente vertical, nuestros cuerpos no proyectaban sombra alguna. Estábamos á los dos grados cuarenta minutos de la línea equinoccial y el termómetro señalaba en la toldilla 25» centígrados.

La ardiente línea, con el viento fresco del Sud, nos daba un agradable desengaño. Bromeando

- 46 —

decía yo á mis compañeros que fuera negocio constituir una Sociedad anónima para exportar el fresco sobrante de los trópicos á los veranos achicharrantes de Madrid.

Estaba en el puente y han llegado á mí voces lastimeras. Precipíteme para enterrarme de lo que ocurría y vi á un hombre medio desnudo, agitándose convulso y gritando desaforado, sujeto por cuatro marineros. El Oficial de guardia nos ha dicho que se trataba de un loco.

Según parece, en Tenerife dicho individuo con otros dos, uno italiano y otro español, se colaron en el buque por las carboneras. Al encontrarnos fuera de dicho puerto se descubrió su presencia, y el Capitán dispuso que se les dejase en libertad hasta llegar al primer puerto, donde serían entregados á la policía. Esto ocurre con frecuencia en los buques de mucho pasaje, y esos pasajeros clandestinos se conocen con el nombre de polisones.

El sujeto de marras se insolentó ya el otro día con el contramaestre y ha sostenido hoy una disputa con su compañero italiano, amagándole tma cuchillada. . Al ser desarmado, echó á correr, y, viéndose alcanzado, tendióse en la toldilla, resistiéndose á moverse, á pesar de las buenas palabras del oficial. Por ello ha sido necesario acudir á la fuerza y, al sentirse arrastrado por los marineros, halos acometido á coces y, cuando no ha podido más, á mordiscos, trocado en ima fiera. Entre los pasajeros se

— 4-7 —

ha producido un movimiento de huida al desfilar tan lúgubre cortejo, pues su actitud furiosa y sus gritos descompasados infundían íniedo.

Encerrado en el sollado y puesto en la barra, así permanecerá el infeliz hasta Montevideo, loco, desalmado ó alcohólico, para seguridad propia y de los demás pasajeros. Su situación causa pena, pero cualquiera comprende que hay que acudir á tan duros extremos en trances parecidos, en aras de la disciplina que debe reinar en el buque, donde la intensidad de la vida social exige mayor rigor con los excesos individuales, por implicar mayor peligro. Nunca como en un barco se impone el sacrificio del individuo en bien de la colectividad.

Anoche la estrella polar tocaba ya los lindes del horizonte. Contémplela con avidez, con la seguridad de que hoy no la veríamos ya, recordando que, desde que nací, como ün astro famiüar ha brillado sobre mi cabeza.

Esta noche surgirá ante mis ojos por vez primera la Cruz del Sud, que con sus resplandores ab-ae las miradas y marca el cielo del otro hemisferio.

16 septiembre

A las dos de la noche hemos pasado la línea. Mgunas bromas en proyecto, con que querían lautizar á los neófitos, no se realizaron porque 1 mareo jugó una mala pasada á los bromistas.

El crepúsculo vespertino fué tan espléndido

-48-

como breve. Un vivísimo resplandor anaranjado se produjo en el ocaso flotando corno neblina luminosa, penetrando en el mar con reflejos sangrientos.

Al hacerse noche fui á la popa para contemplar las fosforescencias inquietas de la estela que labraba el vapor entre las olas, viendo acá y acullá agitarse manchas luminosas que rompían la obscuridad de Asl líquida superficie.

Reinaba á bordo placidez suma. Unas alegres castañuelas repiqueteaban bajo cubierta, congregando á su alrededor una serie de devotos que entonaban los aires melancólicos de la gallegada. Crucé la pasarela, y desde el fondo, hacia la proa, llegaron á mi oído las suaves notas de una bandurria que alguien pulsaba en la obscuridad del sollado. Más allá, las eternas palmaditas, monótonas, tenaces, azuzaban el zapateado del torero de marras. Toda esta serie de ruidos salían de las sombras, compenetrándose en el misterio de la noche. En mi paseo nocturno de popa á proa iba salvando los cuerpos tendidos en la cubierta, muchos con los ojos abiertos hacia el cielo, en actitud soñadora.

Al acostarme, soplaba fresca brisa del sudeste que hacía cabecear el buque, dando al traste con el bautizo de los neófitos.

Cuando desperté daba el vapor buenos tumbos, chicando las olas contra el ventanillo del camarote. Al salir á la cubierta ofrecióme el mar un hermoso espectáculo. Espesas nieblas cu-

-48-

brían el cielo, apareciendo el mar de color de plomo. Cuando las nieblas se descorrían, mostraba el agua un tono azul obscuro tiznado por la sombra de las nubéculas que corrían impetuosas, en direcciones encontradas.

Las olas embestían al vapor de costado y, al chocar con las que levantaba la proa, se encrespaban arrojando al aire una nube de polvo cristalino que, al deshacerse, se iluminaba con los colores del iris. La espuma ocupaba el lugar de las olas que se destrozaban con el choque, labrando blondas caprichosas que, al través de su blancura, dejaban entrever círculos verdes de esmeralda. A menudo se encaramaban las olas, rociando la cubierta.

Los pulmones respiraban con delicia. Un aire penetrante y saturado de sales excitaba el paladar y estimulaba la sangre. Me sentía sumergido en una atmósfera sana y vivificante.

Hemos vuelto la cara al buen tiempo; comenzamos á percibir los efluvios de la primavera que se acerca.

La zona tórrida, entre ambos hemisferios, es como el dios Jano con sus dos caras contrapuestas. Con una contempla á la primavera, impulsando su aliento á las flores; con la otra mira al otoño, arrancando su soplo las hojas; á un lado sonríe á la luz. que crece y á los nidos que cuelgan; al otro percibe tristemente la sombra que avanza y las golondrinas que emigran.

Anoche vi en la cubierta á un anciano de ele-

-6o-

Vada estatura, con blanca y luenga barba. Poi* uno de mis compañeros supe que era un espa-, ñol, del Norte. Empleado de Hacienda, no aviniéndose á la vida oficinesca, emigró á la Argentina. A su llegada, tuvo que emplearse en lo que pudo, y fué pastor en la Pampa. Hombre inteligente, se hizo práctico en ganadería y pronto logró establecerse por su cuenta. Hoy tiene una estancia que i^presenta una regular fortuna. Después de 30 años de residencia en la Argentina, donde constituyó familia, sintió un día la nostalgia de la tierra natal y súbitamente, como pasa en estos casos, decidió retirarse, abandonando á sus hijos el cuidado de la hacienda. Llegó á su aldea y le pareció llegar á un país extranjero; sus compañeros de la infancia habían muerto; las costumbres sencillas se habían pervertido; doquiera veía caras nuevas y gente desconocida, y, sobre todo, notaba un adormecimiento crónico y una inactividad que contrastaba con la lucha incesante á que se había acostumbrado en su patria nueva. Y allí, en su tierra natal, sufrió más viva la nostalgia; en el lugar de su cuna echó de menos el lugar donde se formó é hizo hombre. Por esto volvía á la Argentina, adoptándola como patria definitiva, pues allí tiene el producto de su trabajo, el ambiente que le infundiera vida útil, convirtiéndole de covachuelista en hombre que sabe bastarse á sí mismo. Cuando poso la mirada en ese hato de emi-

guantes, sucios, miserables, hacinados como Üil rebaño, empujados por la brutal necesidad hacia lejanos países, quisiera descubrir á los futuros triunfadores, j Cuántos y cuántos sucumbirán en la cruenta lucha 1 Pero en cambio, ; cuántos volverán transformados, con provjechosa experiencia, enriquecidos, á alegrar sus humildes hogares, y á llevar el bienestar y aires nuevos á sus aldeas! Noto miradas expresivas é inteligentes, puños formidables, cuerpos acostumbrados á la fatiga. Entre esas pobres mujeres harapientas, va quizás la madre de algún ciudadano que será gloria de las jóvenes Repúblicas.

En los camarotes de lujo regresan de Europa los argentinos derrochadores, los hijos de los emancipadores que ven aumentar las rentas de sus tierras heredadas, gracias á las indómitas energías de los delanteros que valorizan con su sudor los campos más apartados, los jóvenes ociosos que infiltran á su nuevo país los vicios de la vieja Europa, mientras que en la bodega vienen los que han de renovar la sangre y acrecentar la riqueza de la República, los que pueden vigorizar su cuerpo y atajar la precoz decrepitud que la corroe.

Hoy habremos pasado cerca del maravilloso Penedo de San Pedro, Caribdis del Atlántico, úcleo de escollos que sobresalen en medio del lar, lejos, muy lejos de toda tierra. Un oficial me ha contado los horrores de un 'aufragio que ocurrió á causa de un choque con

— 52 —

el Penedo de San Pedro, situado precisamente en el rumbo obligado de todos los buques que se dirigen al Sud, y añadía: « No se comprende cómo Inglaterra y las naciones poderosas no han destruido, con los poderosos medios modernos, ese peligro formidable de la navegación trasatlántica ».

¡ Quién sabe, he dicho, si este escollo viene llamado á prestar imponderable servicio á la gran navegación! Esas peñas, insignificantes en apariencia, que por tanto tiempo han resistido los embates del mar, demuestran una resistencia que las hace propias para cimentar la construcción más colosal que puedan idear los hombres. Puede que, en lo futuro, soporten un faro que ilmnine las soledades del Atlántico ó sirvan de soporte á una de las estaciones del telégrafo sin hilos que pondrá en comunicación á entrambos continentes.