Sangre nueva : impresiones de un viaje á la America del Sud · Capítulo real 19 de 35
Capitulo XIX
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 2 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
Capitulo XIX
Del Salto á Paysandú. — El carnero más caro del mundo. — El pedigree substituyendo al árbol genealógico. — Los merinos españoles. — Los indios churrúas. — Su exterminación. — Vestigios de la sangre churrúa. — Paso de los Toros. — Un parador pintoresco. — El Río Negro. — Montevideo se acerca. — Aspecto de la ciudad : sus tres circuitos. — Un gran entraineur de negocios, español. — Señales de su paso. — La colonia española. — Su situación en el Uruguay. — Subsistencia de los particularismos regionales.
|esde Salto á Paysandú atravesamos una comarca suavemente accidentada como la provincia de Entre Ríos. Ondulaciones leves formadas por x^erros poco elevados abren cuencas á ríos y arroyos que cruzan la República en varias direcciones.
En esta región, apartada de las comarcas que ofrecen campo á la mestización, vense praderas naturales y hatos de ganado criollo. De vez en cuando contemplamos corriendo velozmente manadas de avestruces, y vienen á dar variedad al paisaje grupos de palmeras, cuyas hojas, en tiempo de sequía, constituyen un recurso alimenticio para los animales. Pasamos dos ríos bastante caudalosos, afluentes del Uruguay,
— 232 -
antes de llegar á Paysandú, que tiene aspecto de buena población, con su cintura de huertas y jardines cultivadas por los napolitanos.
Más allá de Paysandú, nos han mostrado las chacras bien cultivadas de la colonia Porvenir, fundada en 1881, poblada en su principio por familias valencianas.
A uno y otro lado discurren luego las praderas de suave pendiente y los campos alambrados, viendo desfilar ganado de toda clase, en cantidad asombrosa, evidenciando la riqueza esparcida en la República. Especialmente en ganado lanar, descubrimos el tipo de las mejores razas europeas, obtenidas por bien hallados cruzamientos y á fuerza de selección.
El vasco, como en la Argentina, es aquí uno de los más útiles colonos, poseyendo los mejores rodeos de ovejas. Los periódicos mencionan estos días la venta de un carnero reproductor, procedente de la cabana de los Sres. Zubillaga y Beramendi, de Montevideo, por el cual se han pagado 8,000 pesos argentinos, que es la mayor suma pagada por un carnero en todo el mundo. Con seguridad que el valor de este carnero, sin contar sus excelencias propias, dimana del pedigree (la genealogía). Allí donde el árbol genealógico de la familia ise desconoce y nada importa, el pedigree de los toros, de las vacas ó de los carneros se ostenta con singular predilección. El origen humilde de los ganaderos contrasta con la estirpe excelsa de sus ganados. No faltará
— í?33 —
quien pretenda poseer un descendiente de aquellas ovejas y (moruecos trashumantes de las caba- \ ñas españolas de imayor nombradla, cuya extrac- ^
ción para Alemania autorizó el Gobierno en 1765. De aquellos ejemplares que fueron saliendo, escrupulosamente elegidos, al cuidado de mayorales y pastores españoles, que se encargaron ■de curar su aclimatación, derivan esas razas afinadas que han desparramado por el mundo los antiguos famosos vellones de Soria, León y Segovia, vanamente codiciados, largo tiempo, por los pueblos manufactureros.
Cuando llegan esas grandes decadencias de los pueblos, con la degeneración de los habitantes viene la de las plantas y de los animales, que vuelven á sus condiciones primitivas al desaparecer el arte y la experiencia de los hombres. Al mismo tiempo que se consumaba nuestra pobreza, abríamos á los demás el manantial de una riqueza más positiva que el oro: la lana de nuestros merinos. Y cuando se fija uno en que Jas razas derivadas de esos merinos son las que hoy se utilizan para mejorar las razas criollas, descendientes de las que trajeron los conquistadores españoles, se comprende el resultado pasmoso de esta mestización, operada por medio de un atavismo progresivo, que restituye á la corriente turbia la pureza del manantial. En estas praderas, los caballos y bueyes que itrodujeron los españoles se multiplicaron de 1 suerte, que invadieron libremente el territo-
■••^T^^
-234 —
rio, volviendo al estado salvaje. Ocupaban las orillas del Uruguay y las comarcas que vemos pasar los indios churrúas, que mataron á Juan Díaz de Solís, el descubridor del Río de la Plata. Según los historiadores primitivos, el número de indios que habitaban el Uruguay en tiempos de la conquista española, á principios del siglo XVI, serían unos 4,000, la mitad de ellos churrúas. De las naciones americanas, la churrúa era la que ofrecía una coloración más próxima al negro, siendo su inteligencia y organización social muy rudimentarias, marchando al lado de los tipos más atrasados de las razas humanas (1).
Desarrollado el instinto animal en la lucha por la vida, asombraban por el afinamiento de sus sentidos en contraste con la obscuridad de su inteligencia. Por esto no se sometían á nadie, ni á los conquistadores ni á los misioneros.
Desde la llegada de los españoles, usaron el caballo y se hicieron muy diestros en su manejo, utilizando los potros y las vacas para alimentarse. Todo esto disminuyó su agilidad para correr á pie y sus hábitos de caza, mezclándose con los mestizos, negros y españoles criminales que buscaban entre ellos refugio.
El pueblo propiamente churrúa fué disminuyendo, al extremo que en 1812, según el General
(1) El Uruguay en la Exposición Histórica Americana en Mctdrid. Montevideo, 1892, pág. 133.
— 235 -
D. Antonio Díaz, formaban una agrupación d€ ' 647 individuos, entre los cuales había 297 hombres de armas.
Para evitar los daños que causaban con sus incursiones, ^ lo mucho que dificultaban la colonización, se tendió implacablemente á su destrucción. Según cuentan fríamente los anales, el coronel D. Bernabé Rivera, en 1832, les preparó una emboscada en el Queguay, que hemos atravesado antes de Paysandú, y mató á la mayor parte de los indios.
En París fueron cruelmente exhibidos por aquellas fechas cuatro churrúas, dos hombres y dos mujeres, sobrevivientes tal vez de la matanza. Hoy, la única representación de la raza se encuentra en los cráneos y en algunas reproducciones del Museo de la Plata.
Los churrúas exterminaron primero á las otras razas, y ellos á su vez fueron totalmente destruidos por los europeos, que han probado ser los grandes exterminadores de pueblos. Los que fueron dueños de la gran extensión que vemos desfilar, en la que vagaban ancha y libremente, tan sólo se adivinan por los paraderos y los túmulos, en los cuales encuentran los arqueólogos restos de su civilización rudimentaria y vestigios de su inferioridad intelectual. En su lugar, cada campo tiene ya un sólo dueño, y ni los hombres ni los animales pueden correr sin obstáculos, á su antojo, por la accidentada planicie. Gotas de sangre churrúa deben correr,
- 236 -
sin embargo, por las venas de esos gauchos que sienten renacer la ferocidad así que entran en lucha, dando rienda al anhelo vengativo que caracterizaba á la raza primitiva.
Por la noche llegamos á Paso de los Toros, donde el tren se detiene, como las antiguas diligencias, para que puedan dormir los viajeros. En la Fonda del Español, que tiene un catalán casado con una navarra, encontramos alojamiento. En ella se refugiaron todos nuestros compañeros de viaje, reinando animación extraordinaria. Con sus habitaciones de planta baja y su gran patio central, lleno de carros y galeras que encuentran allí su parada, trajo á mi mente la imagen de las antiguas ventas españolas. La única diferencia estriba en el ambiente comercial que allí se respira; en comunicación con el parador hay el almacén de campaña, bien surtido, al cual acuden desde los lejanos poblados y estancias, á un tiempo Banco y centro de contratación. Entre los viajeros abundan los representantes de comercio, que desde aquel lugar se dirigen al Brasil y á los departamentos del interior, empleando en el viaje largos días, por caminos imposibles, cuyas incomodidades nos narraba pintorescamente un viajante catalán.
Por la noche hubo en la Fonda una algarabía de todos los demonios, á causa de un comerciante loco, que tuvieron que mantener encerrado y vigilado hasta la salida del tren.
Por la mañana, visitamos el almacén propiedad de los Sres. Machicote hermanos, que nos saludaron en nombre de la colonia española de Montevideo, y en él tuvimos ocasión de ver varios artículos de producción española, particularmente víveres.
En el tren trabamos conocimiento con don Héctor Bosch, estanciero y ex Gobernador del departamento de Durazno, donde tiene su residencia. Hijo de Bosch y Artigas , que tomó parte señalada en las revueltas de Barcelona durante la pasada centuria, alimenta el deseo de conocer la antigua patria de su padre. En la estación de Durazno nos despedimos.
Al salir del Paso de los Toros atravesamos el río Negro, que desagua en el Uruguay. Los buques tasajeros catalanes hacían buena provisión de agua en el río Negro, que suponían saturada de zarzaparrilla. Antes de Durazno se pasa por un hermoso puente el río Yi, afluente caudaloso del Negro.
A medida que nos acercamos á Montevideo, el campo se presenta mejor cultivado y abundan los árboles. Antes de llegar á la Florida, se divisan muchos bloques errátiles esparcidos en la pradera, y son más frecuentes las poblaciones.
Todo, por fin, anuncia la aproximación de una gran ciudad : las casas de recreo, las extensiones de huerta, los talleres, el movimiento rodado, la abundancia de caminos afluentes, la manera como se van estrechando las propiedades, son
síntomas reveladores de que se acerca una de esa aglomeraciones humanas, cuyas palpitaciones se perciben desde lejos, así como su fuerza de atracción y su poder absorbente. Los alrededores de Montevideo son bellísimos por su vegetación frondosa, semitropical, y por el gran número de villas circundadas de jardines.
A las cuatro de la tarde Uegábamols á Montevideo, haciéndonos lun caluroso recibimiento la colonia española que llenaba el andén de la estación. Encontramos allí antiguos amigos, á quienes prodigamos abrazos, y tuvimos el placer de saludar á D. Bernardino Ayala, un español prestigioso, queridísimo en el* Uruguay por sus excelentes prendas personales, que ostentaba la representación de la colectividad.
La rápida excursión que hicimos por la ciudad mientras íbamos al Hotel, nos produjo deliciosa impresión. Nos encontrábamos más en casa que en Buenos Aires, libres del ambiente cosmopolita que roba carácter á la capital de la Argentina. Montevideo tiene fisonomía propia, y !rec;uerda más de cerca á las ciudades marítimas españolas.
Montevideo no fué la primera población europea del Uruguay. La Colonia, sita frente á la isla de Martín García, mirando á Buenos Aires, es el primer pueblo europeo fundado á orillas del Plata. Los españoles, sin duda por la muerte de Solís, que hizo temibles á los churrúas, no dieron la debida importancia á la situación de
Montevideo. Este abandono sirvió á los portugueses á las mil maravillas para situarse en el Plata, y, en 1769, el Gobernador de Río Janeiro organizó ;una expedición para establecer el fuerte llamado Colonia del Sacramento, dos ó tres veces perdido en la guerra y recobrado por los portugueses en virtud de los tratados.
Por fin el Gobernador Zavala, cuando desde la Colonia del Sacramento los portugueses, al mando de Freitas Fonseca (1723) pretendieron establecerse y fortificarse en Montevideo, hizo frente á los portugueses, que se alejaron de aquel sitio, y fundó la nueva ciudad, comprendiendo que era ello indispensable para colonizar el Uruguay, y acabar con las pretensiones de los lusitanos. Para impulsar su población, poco tiempo después, erigía á Montevideo en cabildo, siguiendo el ejemplo de otros Gobernadores que llevaron á América el espíritu libre del antiguo Concejo, cuando el absolutismo lo destruía en la Península.
Al recorrer á pie la ciudad, se renueva la impresión de que me hallo jen una ciudad española. Los miradores de las fachadas, los patios interiores animados por el surtidor y por las plantas, las azoteas, la blancura ^de las casas, evocan en mí el recuerdo .de Andalucía, mucho más cuando veo las .manos curiosas que entreabren las persianas al pasar nosotros por la acera.
Se distingue perfectamente el crecimiento de Montevideo, circunscrito primero á la ciudad
-240-
vieja, junto al pueblo, asiento del comercio y de la marina, que es la ciudad de los sitios famosos, factoría y fortaleza desde sus primeros tiempos. Al Este, se levanta la ciudad nueva, donde existen los clubs, los grandes edificios modernos, las casas señoriales, los comercios suntuosos, con sus calles anchas y arboladas, que constituye la población creada por la riqueza, la ciudad que sintetiza la paz, al lado de la que encarnó la guerra. Y más allá, al Norte, están los suburbios, que forman otra ciudad, condensadora de las energías que se expanden del núcleo primitivo con sus talleres, fábricas, modestas viviendas y fincas de recreo, compensación de la vieja ciudad, que envía allí sus trabajadores para tener habitaciones baratas y á losr ricos para lograr descanso y bellas perspectivas. Como en todas las grandes capitales, en ese recinto exterior que se defiende contra la carestía del terreno, encuentran espacio las estaciones de la vía férrea, las grandes fábricas y los establecimientos benéficos que requieren amplios solares.
Casi desde todos los sitios se domina el anchuroso río, pues la ciudad va elevándose suavemente como una gradería desde la orilla del Plata á la calle 18 de Julio, que forma la superior meseta.
En Montevideo se descubre el paso de un gran aventurero español, conquistador á la moderna por medio del dinero, uno de estos revolucionarios que suscitan las agitaciones frenéticas del
-241-
capital. Nos referimos á Emilio Reiís, abogado, publicista y autor dramático, quien, por los azares de la fortuna, tuvo que salir de España y llegó á la Argentina, en el periodo álgido de la fiebre de negocios y de la efervescencia bursátil. Con Enrique Castells tomó parte en las más audaces especidaciones y, sobrexcitado por aquel ambiente que provocaba á las más atrevidas combinaciones financieras y meírcantiles, se trasladó al Uruguay y, apenas llegado, fundó el Banco Nacional de la República en 1887.
Más tarde creó la Compañía Nacional de Crédito y Obras Públicas, Sociedad Anónima de enorme capital, la cual construyó nuevos barrios en la ciudad, entre ellos la playa Ramírez, el Retiro y el que continúa llamándose barrio de Reus.
Proponiéndose convertir Montevideo en la estación veraniega de la Argentina, embelleció la playa, instalando perfectamente los baños, y levantando un inmenso y suntuoso edificio para Hotel.
Reus, según cuentan, durante aquellos días fué el arbitro de la política y de la Bolsa, el niño mimado de los salones y de los clubs, el pródigo dispensador de favores y el obligado iniciador de toda clase de empresas. Carlos Malagarriga refiere que llegó á firmar, para ser iescontado, un pagaré de 3.700,000 pesos oro, :al vez el mayor pagaré que haya firmado un paírticular en el mundo.
— 242
Y el Doctor Reus, como allí le llamaban, después de haber removido todo el dinero de la República, agitando á la vez la codicia y la actividad, los apetitos insanos y las iniciativas fructuosas, murió en Montevideo, el año 1891, completamente pobre.
Del Pampero bursátil argentino llegó, con el Doctor Reus, una violenta ráfaga al Uruguay, que, si bien causó daño, dejó también algo subsistente. El embellecimiento y extensión de la ciudad, esto ha quedado ; algunas creaciones suyas todavía duran, y otras han sido transformadas y adaptadas á los nuevos tiempos. El grandioso Hotel, ideado para ser una residencia de moda, con todos los vicios y derroche obligados en esos lugares, se ha trocado en Universidad, convirtiéndose en mansión de pasto intelectuai lo que debía ser regalo de cuerpos sibaritas. He aquí cómo Reus fundó una gran Universidad queriendo levantar un espléndido Hotel. En estos períodos de revuelta mercantil y ciclones financieros, es difícil predecir para qué servirán las cosas que se crean. Sucede que se construye sin saber á punto fijo para qué, con el solo fin de atraer el dinero, y luego el tiempo se encarga de dar aplicación á las cosas.
La colonia española no ha adquirido precisamente su riqueza en estos períodos agitados en que se improvisan las fortunas; se ha levantado por el trabajo constante é intenso, por la continuidad del ahorro. « No imaginan en España,
- 243 —
me decía Félix Ortiz de Taranco, Presidente de la Cámara de • Comercio, cómo aquí se trabaja, no perdiendo momento ni perdonando vigilia. Alguna vez nos preguntamos si no es vituperable exceso trabajar tanto, sin permitirse una sola diversión, año tras año ». Ortiz de Taranco, como la mayor parte de los españoles, es hombre que comenzó ganando la primera peseta ; hoy es propietario del magnífico edificio que construyó el Banco de Londres, siendo uno de los pocos españoles aquí residentes que ha logrado posesionarse de algo importante de los ingleses.
Los españoles, en 1901, tenían declarado en propiedades un valor de 34 millones de pesos, dos millones menos que los italianos. En 1894 estaban equiparados. Según el censo, á cada 25,520 españoles corresponden 6,574 propietarios, radicando el 60 por 100 de sus propiedades en el campo, mientras los italianos poseen la mayor parte en la capital.
Como en la Argentina, los españoles han constituido las Asociaciones de Socorros Mutuos ramificadas en toda la República. Por su medio tienen los enfermos pensiones y asistencia; los privados de recurso, pasaje para España; amparo los desvalidos en las tristes circunstancias de la vida, y, por último, el que fallece lejos de su patria, piadosa sepultura en ese osario social que semeja -un pedazo de tierra propia en el suelo extranjero.
- 244 ^
Sea porque son menos, sea porque no han tenido el empuje de los espatioles en la Argentina, aun no ha podido terminarse el Asilo Hospital Español cuyas obras hace algunos años comenzaron. Tal vez se debe esta lentitud al hecho de ser el IVaguay uno de los países más caritativos del mundo, pudiendo afirmarse que reina verdadero lujo en los asilos, hospitales y servicios de beneficencia. No se justifica, por otra parte, que no logren reunir los españoles los recursos necesarios, sabiendo que el Comité Nacional Español logró suscribir en el período aciago de nuestras desdichas la suma de 365,634 pesos, j Qué lástima, me decía yo, al recordarlo, que no se hubiesen destinado á una obra tan sana y patriótica como la del Hospital Español! Es justo consignar que nada oí que significara arrepentimiento por aquel memorable esfuerzo, pero adiviné en todos la amargura de la desilusión padecida y del terrible desengaño. Por otro lado, me confesaron que, si bien en todos tiempos el español se ha encontrado en un ambiente simpático, nunca como ahora, después del tratado de í^arís, ha sido objeto de tan marcado afecto y predilección. Es indudable que la independencia de Cuba ha librado á los españoles en América de la responsabilidad que les alcanzaba por los actos de sus Gobiernos, contra los cuales no se atrevían á protestar. Desaparecids la resistencia que impedía la completa aproxima ción, pudieron los americanos estrechar sin re
- 245-
paro, según la frase de Justo Sierra en el Congreso Hispano-Americano, la mano ensangrentada y dolorosa que había dejado caer en el mar el último eslabón de la cadena. Las agresiones del imperialismo yankee, bajo otro aspecto, predisponen á la agrupación de los afines para mantener Ja personalidad, y luego, dentro de esta cohesión latina, el interés nacional induce á asegurar el predominio íbero.
Como en la Argentina, aquí la colectividad española no ha podido sustraerse al influjo de su origen regional, y existen el Centro Gallego, el nuevo Centro Catalán, la Sociedad Laurac-Bat, el Club Español, y, todos los años, en la fiesta llamada Paseo Campestre, reproducen la variedad de los cantos, bailes y costumbres de las diversas comarcas españolas, para sentirse un momento en su tierra, recrear sus amores regionales y afirmar la diferenciación dentro de la unidad. En la adversidad y para el supremo interés nacional, son unos; en el hogar y en lo que atañe á sus intereses respectivos, mantienen su peculiar idiosincracia.
Para terminar este capítulo, referiré una anécdota. Una tarde, cediendo al programa que nos trazaron, visitamos la Facultad de Medicina, con su sala de operaciones, y el Hospital Clínico; "OS llevaron luego al Manicomio, á continuación la Cárcel y, cuando quisieron conducirnos al ímenterio, rendidos y cansados de impresiones ístes y penosfiSy hubimos de exclamar á coro;
~ 246 —
< Ño, al cementerio, no : del hospital, de la cárcel y del manicomio se puede salir, pero en el cementerio hay que quedarse».
Nuestros acompañantes, no menos rendidos que nosotros, se echaron á reir y compasivamente nos dejaron en el Hotel.