Santander · Capítulo real 2 de 20
CAPÍTULO II
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 4 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO II
La provincia de Santander. — Su fisonomía. — Sus producciones
quieres, lector, gozar de un solo golpe de vista el especKZ? táculo de la Montaña, «como en lienzo panorámico», no faltará quien á ti y á nosotros diga: — «Subid á los picos de Sejos y especialmente al que la tradición llama Peña-labra»... «Desde allí, si queréis admirar la Naturaleza en todo su salvaje esplendor, tenéis enfrente, — nos hará observar, — las rocas siempre nevadas en que salta la gamuza, más abajo el verde oscuro de los robledos, y después el claro de las hayas; en fin, el profundo oasis liebanense, donde la vid y el olivo vegetan al aire libre, como en Andalucía; como en Rioja y Aragón, cuyas cumbres
divisáis por el otro lado, siguiendo la ondulante marcha del Ebro». «Si miráis al Norte, — añadirá, — no se detiene vuestra vista hasta nuestro mar, hasta el Cantábrico tremebundo, que también lame plácido algunos rincones en que el naranjo ostenta su dorado fruto, como en los verjeles de Valencia». «En fin, si miráis al Mediodía, — proseguirá, — la inmensa y severa planicie de la Vieja Castilla parece en harmonía con la abierta fi'anqueza y constancia castellanas, sin límite alguno á sus empresas, como no le hallan los ojos á sus miradas».
«Hermosa cátedra, para una lección de Historia montañesa; libro siempre abierto para el que le sabe leer», — continuará diciendo.— «Aunque lejos, se distinguen la roca tajada que permite cerrar con una portilla el puerto de Aliba y el despeñadero en que vino á concluir la oleada mahometana rechazada de Covadonga». «En esta hoyada montuosa se forjó el rayo de la resistencia que, asomando de Liébana á Pernia, dió principio en la peña de Tremaya á los castillos de los Beni-Gómez, de los Condes de Saldaña y Carrión, unas veces aliados, otras enemigos de los de Castilla; algunos, bien quistos de las hermanas de Alfonso el Casto y Alfonso el Bravo; otros, no tanto de las hijas del Cid». «Y al cabo de muchos siglos, en este mismo que acaba, fué Liébana otra vez refugio de los montañeses independientes, y núcleo del 7.° ejército, que venció en San Marcial, y pagó en Tolosa la visita de Napoleón á Madrid ; la presurosa marcha de su más hábil teniente Soult, por estos montes».
«^Veis al Este, después de Reinosa y de la pantanosa llanura de la Vilga, donde las aguas parece que estuvieron indecisas hacia dónde habían de correr, una montaña bruscamente cortada como por la mano de un titán, dejando aislada una puntiaguda cumbre?» «Aquel es el cuerno de Bezana, y á su mismo pie hay otras dos maravillas naturales: la cueva de Sotos-cueva, cuyo fin nadie ha tocado, porque probablemente acaba en maravilla mayor; en inmensa bóveda y subterráneo lago, donde se hunden las aguas de todo aquel valle, al pie de la cueva, de un mo-
lino, y de la montaña, de donde las aguas parece que debían salir, en vez de entrar». «Allí hubo otra batalla como la de Covadonga, y en aquel mismo siglo; aunque no fué tan celebrada, porque los moros cordobeses fueron vencedores y probablemente las profundidades de la cueva albergan multitud de mártires de nuestra independencia y fe, en cuya memoria y honor se celebra allí misa con frecuencia, se hacen todavía las Juntas de aquella antigua merindad, hoy municipio, y se congrega el 1 1 de Junio una multitud, que á campo raso oye la misa, escucha un sermón, para el que se buscan pulmones más que ciencia, y después se traban otras lides más agradables, en ligereza y gracia, donde Pas y Espinosa de los Monteros, nombres gratos á la Montaña y conocidos en cabañas y palacios, manifiestan otras bellezas no menos admirables que la cueva, donde con ellas quisiera verse cualquier pecador, como Eneas con Dido».
«Al pie de esa otra sierra que se desprende hacia el Sur y vuelve al Este, encadenando al Ebro, está Brañosera y poco más abajo Aguilar de Campóo ; la manida de osos y el nido de águilas, principio de otro raudal de hombres no menos fieros, que, después de asolar al mando de Alfonso I los campos Góticos, fueron repoblándolos lentamente de castellanos, como dijo Fernán González:
« Villas y castillos tengo ; todos al mi mandar son ; de ellos me dejó mi padre, de ellos me ganara yo.
«Ese otro que se ve muy cerca, en el fondo del valle de Campóo, junto á la villa de Argüeso, ya no es de aquella época; es un castillo frontero de los Mendozas, dueños también de la Torre de la Vega y del castillejo de Potes, contra los Manriques, Marqueses de Aguilar». «Unos y otros, descendientes de reyes y rivales en su servicio y favores, derramaron su sangre juntos en Aljubarrota; tuvieron por abuela común á la hija del último Garci-Laso, y pelearon sobre su herencia».
«Pero no toda belleza es natural, ó antigua, en este país; algunas hay modernas y debidas á la mano del hombre». «Desde aquí se ve cruzar su espíritu de fuego tajando el cerro donde estuvo Julióbriga, horadando montañas como el rayo; y, siguiendo con la vista su penacho de humo, que ondula y desaparece por los valles como entre las olas del mar, se divisa en la playa el fin del viaje; el non plus ultra de la actividad humana, en aquellos altos palacios y mansiones flotantes que con ellos quieren competir». «Es Santander, son las casas del Muelle y los vapores trasatlánticos» (i).
De esta suerte, con efecto, se presenta á las amantes miradas de sus hijos la Montaña, y no de otra debe ofrecerse á las nuestras, aunque no haya oreado nuestra cuna el sano aliento de la brisa que va de cumbre en cumbre y de valle en valle recogiendo el aroma de los alisos, de los avellanos, de las cajigas, de los castaños, de los olivos y de cuantas especies arbóreas crecen allí lozanas al amparo de las corrientes cristalinas que surcan por todas partes bulliciosas el territorio. Así debemos verla los españoles, y en especial los castellanos : corr»» á Madre cariñosa, pues no hay en realidad y como es notorio, apellido famoso en alguna forma, que no tenga aquí en la Montaña su solar conocido, pregonando de tal manera no sólo su importancia, sino también los vínculos que estrecha y sólidamente la unen, á despecho quizás de los montañeses actuales, con las regiones que se dilatan de una y otra parte en lo que fué patrimonio de Castilla, hasta el Mediterráneo, el estrecho de Gibraltar y el Océano Atlántico.
Qué importa, que envanecida consigo propia, arrastrada en aquel linajudo torbellino que parece apoderado del mundo y particularmente por lo que nos interesa, señorea la España de los Felipes desde el siglo xvi hasta fines del pasado, — se ofrez-
(i) p. Angel de los Ríos y Ríos, art. de Introducción al álbum, ya citado, De Cantabria, y pub. en Santander el año de 1890.
ca aun hoy desdeñosa á nuestros ojos, dándonos en ellos á cada paso con el emblema heráldico de las glorias conseguidas y de las hazañas realizadas por sus hijos de otros tiempos, y como dividiendo en castas la humanal especie, si precisamente ha de darnos esta singularidad la nota característica de la Montaña en todas las edades ! Proclamando el predominio absoluto conseguido en ella por el sentimiento individualista que en todo momento la distingue, más que por su propia configuración, por la naturaleza originaria de sus pobladores ; aquel sentimiento que incitaba al cántabro á procurar su medro personal lejos y fuera de la patria, que le mantuvo apartado de sus hermanos, congéneres y afines, y que, en medio de la general ruina en la cual hubo al postre de perecer España á los golpes reiterados y certeros de la prepotente Roma, le decide á cruzarse de brazos sin cautela, y á abandonar « á suerte lamentable » « aquel egregio puñado de valientes y generosos españoles», por quienes se eterniza ante Escipión el nombre de Numancia, — ora, con efecto, en la cima de pequeñas eminencias pobladas de verdura, que dominan el valle, ora en el fondo del alegre valle mismo, ya recostadas en las estribaciones y laderas de los montes, ya ocultas entre las quebradas del terreno ó entre las copas frondosas de los árboles, ya asomándose al mar en la zona extrema del septentrión de la provincia, — ultrajadas por el tiempo, afligidas por las vicisitudes y el lapso de los siglos, azotadas sin compasión por las lluvias persistentes, combatidas sin tregua por el viento, y no pocas reedificadas con dineros logrados en América, ó remozadas modernamente, — con sus parlantes escudos tallados en la dura piedra de la enhiesta portalada, con sus empresas y divisas hiperbólicas muchas veces, se alzan sombrías, matizando el paisaje, las blasonadas señoriales torres, aún miradas con religioso tradicional respeto por las sencillas gentes montañesas.
« De Norte á Sur, de Este á Oeste, por cualquier camino que se marche en esta Montaña, siempre encontrará el viajero»
monumentos de semejante especie, « de amplia solana y portalada ostentosa», pareciendo como que se recorre las páginas de un libro de linajes, en las cuales se halla la historia de la vanidad, significada y escrita de todas maneras y en todas las formas conocidas ; y sin embargo, aquellos montañeses graves, serenos, enfáticos, roídos por la soberbia que les hacía rivales unos de otros con tanta frecuencia, realizaron proezas incontables : ellos, ó por mejor decir, los ascendientes de aquellos que erigieron altares á su orgullo, fueron los primeros en lanzar el grito de independencia contra los vencedores del Guadalete ; ellos, los que al lado de Alfonso I, y aprovechando sagaces y enérgicos la situación de la España muslime, dilataron las fronteras de la naciente monarquía asturiana hasta llevarlas á las márgenes del Mondego y del Henares ; ellos, los que al frente de sus mesnadas y de las huestes reales, avanzaron paso tras paso, tenaces é inconmovibles, para arrollar delante de sí las falanges de los islamitas, rescatando la patria. Por eso, no hay linaje castellano con verdad, que no haya nacido en la Montaña; por eso, repetimos, el extravío de aquellos que erigieron como templos de la fama propia sus solares blasonados en ella, merecen disculpa á nuestros ojos, revelando á la par y como nota común la del individualismo que conservaron y aún conservan en mucha parte sus hijos de nuestros días, al clamar como claman no sin énfasis lastimoso por el regionalismo.
Hermosa es la Montaña ; pintorescas sus alturas y sus valles ; nobles, valerosos y enérgicos sus habitantes ; pero « pobre y estéril la madre tierra » á despecho de todo, y contra lo que las apariencias pregonan, «no puede subvenir á las necesidades de sus hijos ; los sudores con que [éstos] la riegan, no la fecundan de modo bastante para que á todos pueda sustentarlos, y de ella se separan » hoy como en remotos tiempos, « y marchan sin rumbo fijo á buscar mejor fortuna, y en todas partes, y en las más apartadas latitudes, se halla algún montañés, que lucha sin descanso, que trabaja sin sosiego, animado y sostenido por
el ansia de volver á la tierruca que nunca olvida y en la que desea vivísimamente que descansen sus despojos mortuorios cuando deje la vida» (i). Poseídos del mismo sentimiento que aquellos desterrados de Felipe III, — al abandonar la patria, llevan consigo la llave de su modesta vivienda ; guardan siempre en el fondo del alma aquel cariño inmenso é inagotable hacia el lugar en que nacieron, la tierra ingrata que cultivaron, el paisaje cercado de montes que recreaba sus ojos en la infancia, afecto que no es privativo de ellos solamente ; y en todas partes, lo mismo en las estrecheces de la miseria que en los esplendores del lujo, la nostalgia del pai's les domina, y les hace volver hacia él los ojos, como los musulmanes vuelven en su tumba el rostro hacia Medina, donde reposan los mortales restos del Profeta!
Desde las guerras púnicas á nuestros días, emigra el montañés ansioso de fortuna: muchos quedan allá, abandonados, obscuros, vencidos, y mueren en lejanas tierras con el espectro de la propia grabado en la vidriada retina; otros, halagados por las sonrisas de la veleidosa suerte, tornan á la amante patria; y ora cubiertos de botín y de laureles engalanan con uno y otros el solar de que salieron, levantando el blasón donde luzca á todas las miradas y pregone sus triunfos, y ora cargados con el fruto de su labor, logrado afanosamente, hacen ostentación inusitada de su buena estrella, y procuran dejar memoria de su persona para lo futuro. — Todos, pues, recuerdan la patria : el que vuelve triunfador, «hace por sí algo en beneficio» de ella, y el que no vuelve, pero también ciñe á sus sienes la divisa del afortunado, «deja órdenes para que se haga en su nombre; y en todas partes, y en todas las villas, y en las más pobres aldeas, y en el más corto caserío, — se ven recuerdos del indiano, ó del jándalo, pero recuerdos útiles é imperecederos. »
« El que al salir de su casa no sabía leer ni escribir, y tuvo
(i) D. José Zumki^zu , La beneficencia en la Montaña, pá^. S i del álbum De Cantabria.
que luchar con las primeras nociones, — para evitar idéntico trabajo á los que le sigan, funda una escuela; el que sufrió enfermedades y se sintió solo y desamparado y comprendió el dolor amarguísimo del pobre..., levanta un hospital; aquel que á fuerza de fatigas y ya en edad más que juvenil se vió precisado á aprender teneduría de libros, ó economía política, ó lenguas extrañas á la suya, dejó mandado que en su pueblo se enseñen tales materias; quién, que vió á los pobres campesinos sin medios materiales ó pecuniarios, dota doncellas ; uno deja dinero para misas, otro quiere que se paguen ciertos tributos, de su cuenta, todos en fin, ansian y ambicionan dejar grato recuerdo suyo, todos procuran mejorar las condiciones de sus pueblos, todos quieren hacer un beneficio.» «Por esto es tan rica la tierruca en fundaciones piadosas ; por esto abundan tanto en ella las escuelas y hospitales, y por esto no hay en ella punto ninguno en que no pueda mostrarse un recuerdo del desprendimiento y abnegación de sus hijos» (i).
La tierra es pobre, y esto explica con las emigraciones, «el poco apego que sus naturales muestran á las faenas agrícolas, dedicándose con preferencia á las artes de ingenio», y la razón con que el pasiego, «más quiere vacas y praos, que sembrar y coger», siendo así «que vacas y prados y sembrar y coger, no puede ser», como expresa el adagio. Y sin embargo: «aunque la mayor parte de la provincia se halla situada en la región de los pastos, caracterizada por la producción espontánea de varias especies forrajeras que sirven de base á la alimentación de distintos animales domésticos», ni el terreno es en toda ella igual, ni los productos son en absoluto los mismos, bien que «las condiciones climatológicas, agrológicas y las deducidas de la Economía rural, no permitan, en la inmensa mayoría de los casos, otro aprovechamiento racional de los terrenos que ocupan esta provincia, que las plantas espontáneas ó producidas que se ob-
(l) ZUMF.LZU, loco Cit.
tienen de ellos, y que sirven de base á la alimentación del ganado vacuno, que es su principal riqueza». Dividen en consecuencia el ter^feno en diversas suó-regzones , y conformándonos con ellas, habremos de estimar en primer término, y como la más importante, la Sub-región de ctiltos intensivos muy productivos^ la cual «comprende los ayuntamientos de Santander, Astillero y Santa Cruz de Bezana, próximos á los grandes centros de consumo, en donde los productos de la agricultura y sus derivados obtienen precios excepcionales, superiores á los del resto de la provincia, haciendo posible, en su consecuencia, el cultivo intensivo de huerta y jardinería».
Saltando del extremo oriental al centro, la Sub-regió?i de cultivos menos productivos «abarca los ayuntamientos de CastroUrdiales, Laredo, Santoña y Torrelavega» , y sus productos «tienen fácil salida en mercados próximos de alguna importancia, haciendo posible también el cultivo intensivo, aunque con menos utilidad que en la sub-región» precedente. Extensa y desarrollada por la Montaña entera, como dándole realmente carácter, la Sub regiófi denominada de las praderas «comprende el mayor número de ayuntamientos de la provincia, situados en valles, con buenas vías de comunicación, en donde la producción forrajera es la principal, no obstante producirse también el maíz, alubias, nabo, y algunas otras plantas». Figuran en esta subregión el «Alfoz de Lloredo, Ampuero, Arenas, Argoños, Arnuero. Arredondo, Bareyo, Bárcena de Pie de Concha, Bárcena de Cicero, Cabezón de la Sal, Camargo, Cartes, Castañeda, Cayón, Colindres, Comillas, Corvera, Corrales de Buelna, Entrambasaguas, Escalante, Gurriezo, Hazas en Cesto, Herrerías, Liendo, Limpias, Liérganes, Marina de Cudeyo, Mazcuerras, Medio Cudeyo, Meruelo, Miengo, Molledo, Noja, Ongayo, Penegos. Piélagos, Polarpco, Puente Viesgo, Ramales, Rasines, Reocín, Rionansa, Riotuerto, Rivamontán al Mar, Rivamontán al Monte, Rúente, Ruiloba, Ruesga, San Felices de Buelna, Santiurde de Toranzo, Santillana, San Vicente de la Barquera, Saro,
Selaya, Solórzano, Valdáliga, Val-de-San-Vicente, Valle de Cabuérniga, Villaescusa, Villacarriedo, Villafufre, Villaverde de Trucíos, Voto y Udias».
Más al mediodía de la anterior, márcase la Sub-región de los pastizales^ hallándose en ella los ayuntamientos de «Anievas, Cieza, Lamasón, Los Tojos, Luena, Miera, Pefiarrubia, Polaciones, San Pedro del Romeral, San Roque de Río Miera, Soba, Tresviso, Tudanca y Vega de Pas, todos los cuales poseen terrenos altos, accidentados, y con pocas, malas ó ninguna vía de comunicación fácil». En el límite de la provincia, y lindando ya con la inmediata de Palencia al SO., aparece la calificada como Sub-región de cereales de invierno, en la cual se cuenta «los ayuntamientos de Campóo de Yuso, Enmedio, Hermandad de Campóo de Suso, Pesquera, Reinosa, Las Rozas, San Miguel de Aguayo, Santiurde de Reinosa, Valdeolea, Valdeprado y Valderredible», siendo «la característica de esta sub-región», «la producción del trigo, centeno, cebada y avena». Excepción en todo el territorio jurisdiccional santanderino, allá en la comarca más occidental del mismo, preséntase la sub-región de la vid, y en ella se encuentran inscriptos «los ayuntamientos de Cabezón de Liébana, Camaleño, Cillorigo, Pesaguero, Potes y Vega de Liébana, en donde la riqueza vitícola es la más importante entre las varias producciones á que se presta» el suelo (i).
Bien que no falta quien crea «que los ganados, y muy particularmente el vacuno» no son «el principal elemento de riqueza rural en este distrito, al menos en las condiciones en que se halla actualmente» (2), hay que confesar sin embargo que constituyen el más granado é importante, no pareciendo en realidad sino que de propósito la misma naturaleza determina y marca
(1) LÓPEZ ViDAUR, Disertación sobre la manera de fomentar los principales elementos de riqueza de la provincia de Santander ^ pTQmidiáa. en los Juegos Florees celebrados en Santander el año i 888.
(2) Odriozola, Disertación sobre el mismo tema, premiada con el accésit en los referidos Juegos Florales.
por modo eminente, con la abundancia de prados, praderas y pastizales, el predominio de la ganadería sobre la agricultura, que de ella vive á pesar de todo. Cierto es que se impone la necesidad de mejorar los prados naturales con legítimos abonos, y que de muy antiguo, desde el siglo xiv, el maíz, la cebada y el trigo han sido sembrados «en tanta ó en mayor escala que la borona»; pero circunstancias semejantes no contradicen la afirmación general, tanto más cuanto que está fundada en la misma accidentada configuración del terreno. Distingüese en la Montaña tres razas diferentes de ganado vacuno, que son la de Tudanca (Cabuérniga), la Pasiega y la Campurriana; «la primera está caracterizada por tener la cabeza corta, frente ancha, hocico grueso y cuadrado, cuello grueso y corto, extremidades pequeñas y bajas, musculatura fuerte y palpable, costillar saliente, pecho y vientre amplio, bajo y caído, cuerpo corto y recogido, con formas redondeadas, cuernos gruesos en su base, duros y más bien cortos que largos, eminencias huesosas salientes, en particular en las articulaciones, y sin ninguna aptitud zootécnica, por consiguiente, muy desarrollada».
De poca alzada, «cuernos finos y cortos, capa colorada y clara, cabeza pequeña y graciosa, extremidades proporcionadas y finas», la raza Pasiega «presenta la función económica propia para producir leche», y «su sobriedad, y en consecuencia el poco alimento que relativamente necesita, hace que sea muy estimada en el país, donde cualquiera otra raza que no procediese de sitio análogo y fuese á él importada, había de resentirse, degenerando en breve tiempo», mientras la raza Campurriana por último, «con la aptitud zootécnica propia para el trabajo, se distingue... por su mayor alzada, y reunir en máyor número los caracteres que corresponden al tipo de conformación en el que el sistema óseo se halla muy desarrollado» (i), siendo el ganado de las dos primeras razas objeto de explotación en los sitios ó puertos
(l) LÓPEZ ViDAUR, loco Cit.
altos á que dan nombre de branizas^ y el de la última en los llanos. No será pues, con estas indicaciones extraño, lector, para ti, el encontrar por prados, valles, alturas y caminos en toda la Montaña, ejemplares de estas tres razas, por más de que entre las causas generales de la crisis pecuaria por la cual confiesan los escritores locales que atraviesa la provincia, señalen como uno de los más importantes «la falta de buenas vacas lecheras procedentes del país, cuya falta se viene supliendo hace años con las importadas de Asturias», las cuales como ganado de desecho «en aquella provincia, al poco tiempo se le destina, — dicen, — en la nuestra á los mataderos públicos» (i).
Como en los meses del invierno las lluvias, casi constantes, y las nieves, que son por todo extremo frecuentes, sobre obstruir é imposibilitar las comunicaciones por sendas y veredas, sólo accesibles á los naturales del país, conocedores del terreno, exponen al ganado á grandes riesgos, y la disposición de la tierra no consiente por otra parte cosa distinta, — durante el verano, en prados, praderas y pastizales «se procede á la recolección del forraje que se destina á la henificación, transportándolo después á la cabaña-í) ^ edificio dedicado á tal objeto, en el cual se guarece el ganado que en el mismo prado se alimenta, y cuyas dimensiones son siempre proporcionadas al número de cabezas que en aquel se nutre. Para verificar el transporte, el labriego que no dispone de otro medio, emplea «larga rama ó quima de roble, á la cual llaman belorta-», y encima de ella va hacinando el heno hasta que en toda su longitud la cubre, y entonces «aprisiona entre sus manos... las dos extremidades de la rama, obligándola á formar una circunferencia, en cuyo círculo retiene el heno», cargando luego el haz que resulta sobre sus hombros y su cabeza. Otras veces, los haces así dispuestos, son cargados en largas y estrechas carretas, que el mismo ganado conduce luego á la cabaña, situada en los puntos más bajos de la prade-
(i) Lasaga Larreta, Dos Memorias ^"pág. i i.
ra, donde aquel se establece en el invierno «en condiciones medianamente higiénicas..., y se alimenta con el heno almacenado, y con algo del rozo que pasta en las cuestas, á donde es llevado los pocos días que el tiempo lo permite, más bien como sistema higiénico, que por lo que pueda encontrar» como sustento.
«En Marzo, Abril y primera quincena de Mayo, es decir, antes de proceder á la explotación de las branizas ó pastizales hasta los cuales llevan al gánado, aprovechan [los montañeses] el retoño ó primer brote de las praderas, trasladándole de unas á otras y después en los puertos altos, previa elección de los que presentan mejor exposición y situación en cada una de las épocas en que dura la explotación de los pastizales. » « En las branizas ó puertos altos..., vive el ganado desde la segunda quincena de Mayo hasta mediados de Octubre.» «Durante el día se le sustrae de las molestias de los fuertes calores, recogiéndolo en las cabañas inmediatas, pues ni siquiera cuentan en gran número de casos con el beneficio que en otras partes tienen con el arbolado, de que carecen algunos puertos.» «La noche la pasa el ganado á la intemperie, sometido á la vigilancia de pastores.» «Al bajar el ganado de los pastizales, lo hace en sentido inverso de como subió, de finca en finca, recorriendo de nuevo las cabañas en cuyos terrenos anexos aprovecha ahora el segundo brote después de la siega, constituyendo el producto llamado en la localidad breíia » (i).
Considerado como «la alcancía en que las familias rurales depositan el sudor de su trabajo», — á pesar de lo mucho que cuesta y de lo poco que produce, el cultivo del maíz sigue en importancia al de los prados, praderas y pastizales, sobre todo en la subregión de las praderas; y si bien el clima, las condiciones agrológicas y en especial las económicas del país imposibilitan en el mayor número de los casos su cultivo provechoso, todavía, como en los tiempos en que el desventurado hijo de
(i) LÓPEZ ViDAUR, ibidem.
Alfonso XI mandaba formar el Libro Becerro de las Behetrías^ aparece este cereal en grandes extensiones por toda la provincia, ya lo mismo en unas que en otras de las sub-regiones mencionadas, atemperándose siempre á la naturaleza de aquellas, por lo que á su provecho se refiere (i). No sucede actualmente de igual modo por lo que al cultivo de la vid respecta : circunscripto hoy á la Liébana (2), donde por lo áspero,^ accidentado y fragoso del terreno son necesarios cuidados especiales, — en otro tiempo se extendía por Entrambasaguas á Laredo y Cas tro-Urdiales, puntos estos en donde el oidium le ha hecho de todo punto imposible, conociéndose en la Montaña las variedades denominadas allí herradilla^ alba mayor y mefior^ neruca ó tintilla fina^ albarillo y parduca, que es la que más abunda.
Atacada la vid, sin embargo, por enfermedad desconocida, ha decaído algún tanto su cultivo, y la elaboración de vinos adolece de grandes defectos, resultando no obstante el que se produce, aromático, de fácil digestión y muy apreciado por el
( 1) « Hay épocas en el año libres de trabajo para el labrador dedicado al aprovechamiento de las praderas y pastizales, que las emplean los más trabajadores utilizando sus fuerzas y las de sus familias en la producción del maíz.» «Prefieren esto á tenerlo que adquirir en mercados distantes, de los que se hallan muchos poco menos que aislados gran parte del año por las lluvias ó nieves...» «En las villas pasiegas, ... nadie produce el cereal citado sino algunos, muy pocos, y éstos porque las labores las practican ellos, sin calcular que los jornales que no han pagado, pero que al fin y al cabo gastan, podían haberlos empleado en empresa más lucrativa.» «El trabajo de laya, siempre costoso, para preparar las tierras; las escardas y aclareos; el aporcado y demás operaciones que reclama el maíz, se practican por toda una familia en ratos libres que le deja la constante faena del ganado y praderas que explota, sin que tantos desvelos los vea recompensados nunca por una producción ni mediana» (López Vidaur, sae^e).
(2) No todos los pueblos en que es cultivada la vid forman rigurosamente parte de la Liébana, «pues sólo se produce en los que se hallan bajo la altitud de 600 metros sobre el nivel del mar, y son: en el Ayuntamiento de Potes, la villa de este nombre y la aldea Rases ; en el Ayuntamiento de Castro ó Cillorigo, Tama, Armaño, Colío, Viñón, Pendes, Castro, Lebeña y Bedoya, Concejo de San Sebastián; en el Ayuntamiento de Cabezón, Frama, Cabezón, Cambarco, Los Cos, Perrozo, Piasca y San Andrés ; en el Ayuntamiento de Pesaguero, Lerones y Lameña; en el de Vega de Liébana, Tollo, Tudes, Balmeo y la Vega; en el de Camaleño, Turieno, Reares, Arguébanes, Camaleño, Congarna, Baró, Mogrovejo y Tanarrio » ( LÓPEZ ViDAUR, saepe ).
ácido que le distingue. El cultivo dominante en Valdeola, Valdeprado y Valderredible, que figuran en la subregión de los cereales de invierno, comprende con el trigo mocho y tremesino, la avena, el maíz, la cebada, el centeno, las patatas, los nabos, las arvejas, los yeros, las lentejas, los garbanzos y el lino, que se da con alguna abundancia en los prados naturales, los cuales se hallan muy descuidados por la falta de abonos, siendo el producto medio del trigo el de un seis por uno, el de un dos el de la cebada y el de un once el de las legumbres.
« Dado el sistema de explotación agrícola característico de la provincia, el generalmente seguido por la industria ganadera, y las condiciones orográficas y climatológicas de la misma, «los montes y las sierras calvas^ comprendidos entre los bienes comunales, destinados los unos á la producción arbórea y ocupadas las otras por el árgoma y el brezo, alcanzan allí no dudosa importancia, ocupando considerables extensiones, pues según el actual catálogo, llega al de 998 el número de los montes pertenecientes á los pueblos, con 191.843 hectáreas, alcanzando las sierras calvas cerca de 200,000 hectáreas de extensión y calculándose «que hay 680 pueblos con 150,000 habitantes interesados en el aprovechamiento de los terrenos forestales. »
Fuera del vacuno, del de cerda y del cabrío, llamado ganado del pobre, así el caballar como el lanar apenas si tienen significación en la provincia, alcanzándole en ella en cambio la minería, cuyos resultados quedan ya expuestos. La industria, por su parte, parece llamada á fomentar los intereses de la Montaña, no ya sólo con los restos de aquellas ferrerias^ cuyo origen á nadie es conocido, y que no se sabe aún si constituían verdadera industria (i), sino con las fábricas de tejidos como La Monta-
(i) De estas ferrerias guarda memoria el P. M. FIórez en La Cantabria, (página 20 de la ed. de 1877), afirmando que tanto las de Entrambasaguas y La Cubada, como las «que hay, — dice, — en los valles de Piélagos, Torano, Viérnoles y parte de fíwe/rta y Valdiguña, con otras más cercanas al monte en los valles de Cayón y Carriedo», se surtían del famoso de Cabarga, inmediato á la ciudad de Santander y mencionado por Plinio, lib. IV.
ñesa, establecida en La Cabada, las de vidrio, como la de Reinosa, La Refinería Montañesa ^ situada en San Martín, la de cervezas de La Cruz Blanca, los grandes talleres de don Eduardo L. Dóriga en el mismo San Martín, la de forjas de Los Corrales, la magnífica fábrica La Rosario, de los señores Pereda y compañía, la de bisagras de chapas de acero, etc., de los señores Huidobro y Dóriga, en el ensanche de Maliaño, la de sacos de estopa y yute del señor González, la de cervezas La Austríaca, la de quesos de Reinosa, la de guano de pescado en Castro-Urdiales, las de conservas tan famosas en este último punto, y tantas otras como existen, principalmente en las grandes poblaciones montañesas, pues en el interior predomina el sistema de aquellos que más quieren vacas y praos que sembrar y coger, con lo cual queda caracterizado el espíritu de los naturales de esta provincia.
Los estadistas que hacen observar que Santander «figura la tercera entre las de España por los productos de su aduana, y la octava por la contribución de comercio», confiesan que «ocupa el número veintiséis en la de fabricación, demostrando su inferioridad, y que á pesar de las ventajosas condiciones naturales, la industria, — según reconocen desinteresada y noblemente los escritores locales, — está muy lejos de alcanzar entre nosotros,— dicen, — la vida robusta y activa que tantos beneficios proporciona á los pueblos.» En este sentido declaran que «cabe á Santander la honra de haber iniciado potentes industrias, aun fuera de la provincia»; pero por desventura, «los esfuerzos individuales unas veces han quedado aislados, y en alguna otra se ha despertado emulación tan grande é irreflexiva, que el excesivo número de artefactos ha producido la ruina de muchas de ellas», según hubo de ocurrir en las fábricas harineras que en gran número aprovechaban los «importantes saltos de agua del Besaya, el S,aja, y de otros menos caudalosos», cual puede advertir todavía el viajero que recorra la provincia. El crecido número de aquellas fábricas determinó no obstante y como con-
secuencia fatal é ineludible, «tras breve período de actividad, la decadencia del negocio, en términos que han venido á cerrarse la mayor parte, y muchos de [ los artefactos ] que aún funcionan, luchan con dificultades para continuar la fabricación» con algún provecho (i).
Montañés, como todos los que hasta aquí hemos consultado, lector, es quien traza la historia del comercio santanderino; y si le interrogamos con el propósito de conocer la representación mercantil de la provincia, nos dirá que «el desarrollo comercial de Santander tuvo, — á su juicio, — principio en el segundo tercio de este siglo, adquiriendo alguna importancia durante la primera guerra carlista, y actividad suma al estallar la de Crimea. » Que « en aquella época, las carreteras que desde Castilla conducen á nuestra provincia, estaban literalmente cubiertas de carros del país, ocupados en transportar los trigos y harinas del interior, para ser embarcados en dirección á América y al extranjero. » Este movimiento, esta vida, meramente transitorios, había dado, sin embargo, grande impulso á modesta industria, en la cual encontraban medio no exento de fatigas para vivir los montañeses, quienes de siempre, y siendo el de Santander el puerto natural de Castilla, venían acostumbrados á ella ; pero el ferrocarril, «que causó á la provincia un quebranto de más de trescientos millones de reales, produciéndose en 1864 grave crisis comercial >, — dió muerte á la industria de la carretería, que hoy apenas vegeta, convertida en esclava de su enemigo, cuando antes había sido soberana absoluta.
^Quieres, lector, conocer lo que era la industria de la carretería? Pues Pereda, el gran Pereda, que con Amós de Escalante ha inmortalizado en sus obras la Montaña, te lo dirá en forma tan elocuente como pudieras apetecerla. Permítenos pues, que honremos las páginas de este libro con algunas del gran novelador montañés, las cuales, al mismo tiempo que de enseñanza.
(i) D. Faustino Odiozola, Disertación cit.
te servirán de deleite. Cutres, el antiguo carretero, de cuyos labios lo toma el autor de las Escenas Montañesas y de Tipos y paisajes, y del Saboi^ de la tierruca, lo relata en esta forma:
— «Aquello era las Indias, i las puras Indias, cutres !... Yo espencé el trajín de mozo, con el carro de mi padre: le gané un platal diendo y viniendo... ¡ajo! lo que se llama un platal». «Me casé en su día: la mujer llevó algo de por sí, yo tenía otro poco por mi padre ; jallemos quien nos diera á renta lo demás, y como dos pepes, ¡ajo! como dos pepes caímos en la casería...» «Dos vacas de vientre, una pareja tudanca de lo mejor de la feria...» «¡Cuarenta doblones pagó el amo por ellas!» «Había entonces con ese dinero pa mercar un navio de tres puentes». «La pareja curriente, treinta doblones, menos que más». «No se conocía el carro de rayos que anda ahora: la carreta de Penaos, que costaba una onza, ú el rodal de maéra que no pasaba de cuatro duros: la carreta, por estrechuca de llanta, se comía las ganancias en potargos: el rodal de maéra, con una llanta postiza, daba mejor cuenta, y eso se estilaba entre los que más, salvo los marinos de Bezana y por ahí; que se metieron en lujos de carros con galga, parejas dobles, mantas y atelajes que tenían que ver, pollos y chorizos en las sueltas; y así salieron ellos al finiquito, cutres, cuando la cosa paró: en cueros vivos y á la temperie del camino real, que ya no daba un //». «Nusotros, pa un por si acaso, siempre guardemos el quinto pa el alma, como el otro que dijo...» «A lo que iba: la mujer (que Dios haya perdonao) era un brazo de mar, lo mesmo con hijos que antes de tenerlos; de modo y manera que, al irme yo á porte, no se conocía la falta en casa, porque ella remaba por los dos y amenistraba por deciseis». «Salíamos, de cada golpe, los ocho ú los doce carros del lugar, en ca compañía». «Un sujeto de ellos, el más curriente y avisao de pluma, llevaba el gubierno, con voz y mando, pa la carga en Reinosa y el cobro de la guía en Santander». «Siempre jui de estos, cutres, siempre, por sujeto leal y socorrió en
cuentas de retaporción». «Pues, señor, que dos días de repaso á la pértiga y al rodal ; que amaña esta tuchoría, que pon este verdugo; que el encañáo del toldo, y la jabonera en su punto; que llegó la hora, y el jabón á la jabonera, y los garrotes del pienso colgáos de los armones traseros, y la saca de cebá aentro... y halá pa llá, cutres, con la pareja enmantá, el eje bien enjabonao por la calentaera, pa que no cantára, por que si allegaba á cantar, multaban los camineros... multaban ¡ajo! multaban... y con mucha cuenta y razón ¡cutres! que á cantar ca carro de aquella senfinidá de ellos, cosa juera de no poderse vivir en los vecindarios transeúntes...» «¡Santísimo Cristo de mi padre, cómo estaba aquel camino real por aquellos estonces de la pompa de la carretería!»
« Había veces que no sabía uno cómo enrabarse en la
ringlera al abajar al camino, ú al salir de la suelta, porque no se jallaba un claro por onde meterse». «Aquello era el sinfinito de carros por las dos orillas, diendo el un rosario, y otro que tal golviendo». «Lo que á mí me entraba al ver aquel trajín... y al agolerle, ¡cutres, al agolerle también ! sí, señor; porque agolía; agolía el aire como á jabón recalentáo, de tantísimos ejes, con su punto, además, de baho de las tabernas...» «Lo que á mí me entraba estonces, no es pa dicho con palabras». «Lo mismo era verme allí, ya me tenía usté con la ahijá por los hombrales, los brazos por encima de ella, colgando dispués pa alante; y toná vá y toná viene, al andar de la pareja y á la vera mesma del carro...» «Un puro silguero, vaya, porque no cerraba boca en lo mejor del camino». «Los otros compañeros, en escomenzando yo, se me iban arrimando poco á poco; y éste ahora y el otro dimpués, acababan por entonar conmigo toos ellos. » « ¡ Offf! ¡Ajo!... y sépase usté, por si no lo sabe, que siempre y en toas partes era yo entonces lo mismo». «Yo nunca supe hasta dispués, lo que era la malencunía negra, como ésta que me viene consomiendo y acabando malamente, por culpa de las picardías de otros hombres que han güelto lo de arriba abajo en las cosas
de la tierra...» «¡Mal rayo los parta, cutres! por la metá de los ríñones, ¡ajo!»
— «La primera suelta era en Somahoz». «Allí el pan y el
vino pa acompañar al torrendo que usté llevaba de casa». «El sueño, encima de la saca». «La taberna del portalón onde dejaba usté su hacienda arreglá, escripia de carreteros ; los de la Marina^ tratándose á cuerpo de rey; los demás, á lo probé; y el más cuerdo, amañándose la probeza en la sartén de su propiedá, en el mesmo portalón, ó matando el ujano del hambre á pan y navaja». «Yo siempre fui de estos ¡ajo! siempre, salvo uno que otro caso y porque no se dijiera, en este compromiso ú en el de más allá...» «Porque motivos pa echáse á perder el mejor de los hombres, los había á manta allí...» «^Onde no los hay, cutres.^ San Pedro pecó negando á Cristo, y el más justo cae siete veces, auque se agarre bien...» «Sobrando el tiempo y siendo las noches largas, había en las sueltas de too, hasta briscas de á peseta el partió, que era cuanto podía haber; y andando la baraja y el vino tan currientes, no es mucho de extrañar que una vez que otra saltára el camorréo entre los más vidrosos, y se alumbrára por remate dáque garrotazo...» «Pero repito que eran habas contás estos desgustos; y bien puede jurarse que nunca se vió en ellos una navaja». «¡Nunca de Dios! ¡siempre la ahijá!» «Y en güeña hora lo diga, que casqué más de cuatro en las costillas de unos y otros, por amparar á algún compañero: en los jamases por culpa mía.» «Ahora, si al encontrarse en el camino la carretería de nusotros, pinto el caso, con la de los Utos de Güelna, que tenían lo que se llama vicio de apalear, le decían á uno dáque ultraje ú disvergüenza, ¡ ajo ! la cosa ya era diferente, porque no estaba en manos de uno el contenerse; y hasta la güeña crianza le obligaba á uno á ventear la ahijá antes con antes». «Pero esto, por no buscao y muy pasajero de suyo, no lo cuento yo por males de la carretería».
— «Ya subiendo las Hoces, la primera suelta del meodía era en Santolaya, y la segunda, de noche, en Lantueno». «Al rom-
per el alba siguiente, en Reinosa». A tiro hecho y á precio corriente, á cargar». «Tantas arrobas en tantos carros; ochenta ó noventa de ellas el que más, de una pareja». «Se estipulaba el montante en la guía^ que me llevaba yo, como asimesmo el socorro de dinero entregao á cada uno de la compañía, pa el debido rebaje del total en Santander, y güelta varga abajo por los mesmos pasos que se habían contao varga arriba». «Sin más ¡ajo! sin más... y jala, jala, como una seda hasta la puerta de casa, como el otro que dijo; vamos, hasta el Regato...» «Allí una suelta, y la pareja á casa, pa que á los probes animales no les entrára so lengua,.. «¡Ajo! porque son así de suyo: más sentíos y leales que los hombres mesmos». «Con ese tente en pie y ese recreo, güelta al camino real: las bestias tan campantes, y yo detrás con la mostela á cuestas: la ración de los probes animales pa lo que les faltaba por bregar». «A uncir al vuelo, y palante otra vez ¡cutres! siempre palante». «Jala, jala, Pedroa y Puente-Arce allá, una suelta en Bezana, por la noche, y al romper el día en Santander, pa descargar tan aína como se abrieran los almacenes». «Ahí va la carga, esta es X'd, guía.^ resultaba conforme, venga el sustipendio, que se me entregaba á mí solo, por el camino y andando se hacía el reparto en el aire, dábase á cá uno su porqué debido; y á prima noche en casa, el carro en el portal, la pareja en la corte y bien trisná, y al pico del arca, por propia mano de la mujer, los tres y los cuatro napoliones de á decinueve que uno la entregaba por llegar, limpios y saneaos, como los mesmos soles ¡ajo!...» «Sin más». «En veces salía carga en Santander pa angún punto de la güelta, como salía de vena en Requejá pa las ferrerías de Portolín ó de Montes claros al dir parriba; y esto más locía al resultante por mejora del peculio». «Pero lo fijo era lo otro, que en sí mesmo podía beneficiarse mucho, como yo lo beneficié ¡ajo! lo beneficié, porque sabía el cómo; me empeñé en hacelo, y me salí con ella ¡cutres! Me salí con ella». «Motiváo á las vargas de acá que se subían de cargáo, nenguna pareja arrastraba, sin que-
branto, más de ochenta arrobas: á lo más noventa». «Tres bestias, ya era otro cuento». «¡Cutres! á buscar la tercera, decíame yo, dispierto y soñando». «Y piensa que piensa y agorra que agorra, y pidiendo á réito el pico que me faltaba, compré el sacaizo». «¡Ajo! Dende aquel día, las ciento veinte, las ciento treinta y hasta las ciento cuarenta arrobas... como una seda, y los siete y los ocho duros netos, al pico del arca, á cá güelta de viaje, de viaje corto...» «Corto digo ¡ajo! porque dende que tuve sacaizo^ no me contentaba con Reinosa, y porteaba desde el mesmo Alár». «Nueve días viaje reondo, y doscientos ríales libres, lo que menos». «¡Daba gusto, cutres, lo que se llama gusto, ajo!...» «Pero hombre: ¡lo que es una bestia sola delante de una yunta y jalando con ella varga arriba!» «Tiene más cuenta que otra pareja más, con su carro correspondiente». «¡Y qué sacaízos tuve yo siempre, me valga la Virgen de la Soledá ! » «El último de ellos en particular, el último de ellos ¡ajo! el último de ellos fué el pasmo de la carretería». Tasugo era de pelo, y un poco cerrao de gamas; pero ¡con una voluntá y unas anchuras, y una firmeza de remos!...» «Como este brazo se le ponían las cuerdas del piscuezo cuando jalaba cuesta arriba». «¡Qué jalar de bestia!» «¡Ajo! á pico de pezuña y triscando las cadenillas». «¡Las cadenillas, cutres! porque yo nunca quise los tirantes de cuartájo, que á lo mejor se podrecían y le dejaban á usté en blanco en la varga de más empeño...» «¡Ajo! siempre cadenillas, como hombre avisáo; y por serlo, tuve yo siempre en su punto toos los avíos de carretero...»
— «Una vez me tentó la cubicia y llegué hasta Falencia.» «Tardé quince días en dir y venir, me salió mal la cuenta, y no golví más.» «A lo tuyo tente, dice el refrán, y á lo mío me tuve, al camino trilláo...» «Á lo mío... ¡Ajo! mío, hasta que me lo robaron, cutres! esos ladrpnes de pelo rojo, amparáos por malos españoles de acá...» «¡Mal rayo los parta, cutres; mal rayo los parta, amén, y por los ríñones, ¡ajo!...» «Lo digo y lo siento, i cutres ! »
— «Muerta la carretería en cuanto el tren anduvo de veras, cosa que ni viéndola podía yo creer, ná se me amañaba en casa, ni descurría onde ganar una peseta... la peseta ¡cutres! la peseta que hace falta en el arca del probé pa el tercio que cae, pa el vestío nuevo, pa la media suela... ¡ajo! pa lo que no da la tierra de por sí, por mucho que se ajonde en ella.» «Por remate de fiesta, las parejas de porte, como ya no los había, abajaron un espanto, y tuve que vender en ochenta lo que me había costao ciento y más.» «De esa probeza pagué los empeños en que estaba; y sino me quedé á esquina, como los marinos y jué por que nunca eché como ellos, de un solo golpe, too el tocino en la puchera.» «Pero quebrantao, eso, por la metá del eje, más que menos...» «¡Ajo! sacabó el cantar, sacabó el respingo y sacabó la vida alegre.» «Anochició de repente pa mí, y no ha güelto á amanecer hasta la hora presente...» «Ni amanecerá, cutres, ni amanecerá hasta que las cosas güelvan aonde deben golver...» «Y golverán ¡ajo! porque es de ley, y pa hacer josticia está Dios en los cielos...» «El golpe jué de muerte, créalo usté, pa mí y pa muchos, ¡ajo! pa muchos que le lloraron y le lloran como le lloro yo.» «Hombre hubo de ellos...; eso es doler en lo vivo... y eso es ser hombre, ajo!... campurriano era y amigo mío fué, gran carretero, anque de llano: de AláráReinosa.» «Neles le llamaban, por llamarse Nel, como á mí Cutres por esta maña que siempre tuve de decirlo tan á menudo, sin saber por qué ni poderlo remediar.» «Digo que se llamaba Neles (i) y quizaes lo sepa usté, porque el caso hasta en papeles anduvo.» «Pos este campurriano cogió tal duda y tema al tren recién estrenáo, que una noche le salió al encuentro allá en su tierra, y, ahijá en mano, se empeñó en tichále atrás.» «El hombre, es claro, quedó hecho una torta allí, lo que se llama una torta, ¡ajo! pero la voluntá jué vista, y la muerte con honra;
(i) «Héroe de un hermoso cuadro de cos/wmfcres caw^t/rr/awas, de D. Demetrio Duque y Merino^) (Nota del Sr. Pereda).
cutres, con muchos hombres como él, á ver si nos entraban moscas á la presente...» «Pero ¡mi güela!... Los días pasaban, y de malo á pior. » «En estas jonduras negras, ná me salía por derecho y too lo juí viendo patas arriba, como Pateta me lo arreglaba, por remate de la obra de los herejes del tren.» «Murióseme la mujer, casáronseme los hijos y quedéme solo en casa, solo en el lugar, y aticuenta que solo en el mundo entero. » «¿Qué me iba ni qué me venía ya en toas las cosas de él?» «Otros los pensares, otros los sentires de las gentes, otro el vestir, otro el calzar, otro el peso, otra la medía... ¡ájo! hasta el dinero jué otro de la noche á la mañana.» «Ahí están esas décimas^ que en los jamases pude entender.» «¿Quién las trijo? ¿Para qué sirven, sino es pa golveme loco en ca peseta que me cambean?» «¡Ajo! á mí, á Cutres, que era un viento pa sacar las cuentas de cuartos-riales... » «Pos ya, ni riales, ni cuartos... ni cuentas que sacar ¡ajo! si no es la que han de dar á Dios los desalmaos que tienen la culpa de lo que pasa de estonces acá... »
— «Por esplayarme un poco, aunque me rebajara en ello, eché un porte el mes pasao con fierro pa los Corrales, cosa de un señor tocayo de usté, á lo que supe, bien trisnáo de estampa y parcialote de genial, la verdá sea dicha.» «Veinticinco años largos hacía ¡cutres! que yo no pisaba aquel camino, de la villa pa llá.» «¡Ajo! Nunca yo hubiera caído en la tentación de golver á písala!» «¡Qué soledá la suya!» «¡Qué caserío aquel tan sin sustancia, que nunca se había visto allí!» «Y aquellos portalones tan largos, de otras veces, viniéndose á tierra quebrantáos; y las tabernas pegantes, punto menos, con ortigas en la puerta cerrá, y bardas y jalechos en las rejas de la ventana podría... ¡cutres! daba vergüenza miralo; y por no ver afrentas como ellas, me emboqué en el carro, cogí el sueño y no disperté hasta los Corrales...» «Estando allá, pasó él.,, él mesmo ¡ajo! con un runflar, y una jumera y un tronío fantesioso... ¡ajo! lo mesmo que si juera suya y no de nusotros la tierra que iba pi-
sando...» «¡Cutres! si le caeron la metá siquiera de las maldiciones que le eché, no llegó á Bárcena sin despeñarse, ¡ajo!...» «¡Pos dígote la ciudá!» «Yo conocía el Muelle canto á canto y casa á casa.» «De punta á punta no cabían los carros en él; los picos de los sacos de harina asomaban por las ventanas de los escritorios, y la mar se acanzaba con la mano en toas partes.» «¡Ajo! vete á verle hoy; de puro largo se pierde de vista; búscame el carro, búscame el almacén..., búscame la mar, que no se acanza á ver por nengún lao, como si la hubieran sorbió los herejes del tren; y tómate portales como iglesias, y tómate tropeles de birlochos disparáos... » «Respetive á lo del pueblo, bien lo sabe usté.» «Yo soy allí el forastero.» «Ni caridá pa mis años, ni josticia pa la poca hacienda que me queda.» «¡Ajo! esto es el evangelio.» «Jurga de acá, jurga de allá; quiero defenderme y defender lo que es mío, y luego resulta, ¡cutres! que tampoco rije ya pa mí la ley que ampara á los demás, ¡ajo!» (i).
Aquella, tan pintorescamente referida en el lenguaje de la Montaña, aquella ha sido la suerte de la carretería, desde que comenzó la explotación del ferro-carril de Alar á Santander, que tanto ha contribuido al engrandecimiento de la provincia, y que en un momento dado llegó á concentrar en ella el movimiento comercial de las vascongadas; pero las mismas facilidades que la apertura de vías de todas clases han proporcionado al fabricante y al comprador, las líneas de vapores, el establecimiento de bancos y todo el cúmulo en fin de circunstancias que constituyen lisonjera promesa para las poblaciones, — sobre causar en los negocios radicales transformaciones, han producido forzosamente en Santander y su provincia la ruina de determinados intereses, y como consecuencia, .cierta paralización del comercio, propiamente dicho.
( i) De Cantabria, págs. $2 á 56.
Con arreglo á los datos publicados en 1890 por la Dirección General de Contribuciones indirectas, en la Estadistica general del comercio de cabotaje, — la provincia de Santander mantuvo durante el año de 1889 relaciones comerciales con Alicante, Almería, Barcelona, Cádiz, Coruña, Granada, Guipúzcoa, Huelva, Lugo, Málaga, Murcia, Oviedo, Pontevedra, Sevilla, Valencia y Vizcaya, siendo el que se expresa el
MOVIMIENTO DE BUQUES
ENTRADA
SALIDA
BUQUES
BUQUES
BUQUES
BUQUES
DE VAPOR
DE VELA
DE VAPOR
Dü.
VELA
Cargados
En lastre
Cargados
En lastre
Cargados
En lastre
Cargados
En lastre
1.085
Castro-Urdiales
Santoña
S. Vicente de la Barquera.
Suances
Por lo que al comercio se refiere, resulta gráficamente del siguiente cuadro:
COMERCIO DE CABOTAJE
IMPORTACIÓN
EXPORTACIÓN
Quíntales métric.
Valor en pesetas
Quintales métric.
Valor en pesetas
S. Vicente de la Barquera.
671.921 69-533 50-531 16.256 63.428
17.273,147 2.124,441 1-185,577 94,062 413,621
500-633 91-591 10.205 12.810 61.463
50.690,472 2.096,780 327,462
44*313 326,293
871.669
21.090,849
676.702
53.485,320
Da idea del comercio exterior, con arreglo á los datos oficiales y referentes al mismo año, la Estadística publicada con
igual fecha de 1890 por la propia Dirección, según los cuales fué el siguiente el
MOVIMIENTO DE BUQUES
ENTRADA
SALIDA
BUQUES DE VAPOR
BUQUES DE VELA
BUQUES DE VAPOR
BUQUES DE VELA
fiacioiiales
Extranjeros
Nacionales
Extranjeros
Nacionales
Extranjeros
Nacionales
Extranjeros
era
era
tí?
13-317
Castro-UrdiaP
, 2
Santoña. . .
S. Vicente de
la Barquera
Suances. . .
El valor de las mercaderías de todo género importadas y exportadas en el comercio exterior por la provincia de Santander, conforme las declaraciones oficiales, fué el siguiente:
IMPORTACIÓN
EXPORTACIÓN
ADUANAS
Pesetas
Pesetas
60.564.197
18. 598. III
68.491
3.925.269
Santoña •
265.347
1.858.808
3-445
50.490
Suances . .
575-784
Total general
60.901.501
25.008.462
De esperar es, sin embargo, y á pesar de los resultados que arrojan los datos consignados arriba, que, vencidos los obstáculos por los cuales parece oponerse alguna resistencia todavía á la marcha ordenada y gradual del engrandecimiento de la Montaña,— cuando sean puestas en explotación las líneas férreas proyectadas y en ejecución algunas otras; cuando la industria haya adquirido el desarrollo á que tiene derecho, y sean cono-
cidos y ápreciados más aún de lo que lo son los productos de la Montaña, consiga ésta con efecto el logro de sus nobles legítimas ambiciones, de que da buena muestra la vida hoy reconcentrada en las principales poblaciones que, como Santander y CastroUrdiales, disponen de medios suficientes para su existencia.
Mientras esto sucede, y pues los mismos hijos del país nos han facilitado los medios de conocerle y de apreciarle,— hora es ya de emprender la peregrinación histórica con que convida, y á la cual, lector, te invitamos: como antes, acompañados hemos de ir también, y nuestros juicios no han de apartarse un punto de cuanto de consuno hayan enseñado y puedan enseñar los únicos fieles depositarios de la representación de los pueblos. Ni nos señorea la pasión, ni nos domina la indiferencia: que si alguien puede sentir sin vituperio conmovido su sér ante la grandeza de aquellas gentes cántabras, tan memorables y famosas, y arrastrado por el entusiasmo puede también exceder los límites de la severa exposición histórica, — nadie en cambio, que se llame español, antes que nada, podrá á mayor abundamiento contemplar impávido é insensible el desarrollo de un pueblo tan lleno de méritos y de virtudes, como lo fué el establecido en esta provincia santanderina, manantial, según hemos dicho arriba y repetimos, del cual fluyó en los tiempos medios y á raíz de la Reconquista cristiana, la más tarde esplendorosa y fuerte y no apreciada Castilla.