Santander · Capítulo real 3 de 20

CAPÍTULO III

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 8 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO III

Edad primitiva mesolítica.— La Gruta de Altamira, en Santillana; la de Revilla; otras grutas. — Menhires de Reinosa. — Dólmen del Abra ó de Peña Labra, y piedras oscilantes de la Boariza. — El hacha de cobre de Ruiloba.

,AS condiciones especiales con que el movido suelo de esta

^MaI región cantábrica se ofrece, aun supuestos los cambios por el tiempo y los hombres alternativamente impuestos y producidos en la misma, seña indudable son del carácter y de la condición también de las gentes que hubieron de habitarla en todas las edades de la historia. Esteros, marismas y tremedales que, tras la desembocadura del Nerva ó Ibaizabal, hacia el Poniente por la costa que bate el mar se dilataban hasta la otra parte del Sella, hacia Villaviciosa, cuyo grande estero señalaba el límite occidental de la Cantabria, — lugares fueron en remotos tiempos donde hicieron morada á no dudar, «tribus semejantes á las de

los Igletas», lletas ó Ileates, según llamaron los latinos á los pueblos más antiguos de la Península, y que al principio todavía de la Era cristiana, ocupaban «comarcas de varia consideración, en especial en la margen izquierda del Ebro», donde hace Estrabón de ellas memoria. Variedades acaso «de tipos cusitas mezclados con el proto-semita ó sus coetáneos», — aquellas gentes poblaban en tales edades «los alfaques de los ríos, los esteros de los mares y los terrenos palúdicos y silvosos, así en Italia como en Francia», y nada hay en rigor que se oponga á que asimismo «habitasen las comarcas de la España septentrional en proporción más ó menos copiosa, no mostrándose, por tanto, como especie de probabilidad inadmisible el que cierta población palúdica y montañosa que Estrabón designa (i) con el nombre genérico de Samnitas (moradores de las arenas), y de la cual formaban evidentemente parte los pueblos llamados Namnetas (Na¡jLvr;Ta'.) por aquel geógrafo y por Polibió (2), se hallase representada de antes por algunas colonias ó familias en diversos lugares de la Península Ibérica, y en las faldas del Pirineo» (3).

Enhiestas sierras y encumbrados montes, que se suceden y , eslabonan, se entrecortan y persiguen, y se separan momentáneamente para buscarse de nuevo, — derramados se hallan al parecer allí en aquella áspera comarca sin orden ni concierto visibles, constituyendo de tal suerte inmensa irregular montaña, toda sinuosidades y repliegues, toda desigualdad y accidentes, de los cuales surgen, como vacilaciones, los valles, las gargantas, las hoces^ los desfiladeros y las llanuras, y fluyen tantos y tan numerosos cursos de agua; y en ésta, la principal zona cantábrica, «expulsados no sin lucha» de las partes del SO. de España, y emigrando de las «del Mediodía á la banda del Aquilón»,

(1) ((Gtográfxcos^ lib. V, pág. 166.»

(2) uGeogrd/íCos^ pág. i S Poi^íbio, Hts lorias, Frag. del lib. XLV.»

(3) Fernández y González, Primeros ^pobladores históricos de la Península Ibérica, pág. 47.

llegaba «la nación pastora y agricultora de los Cempsios» (i), cual hubieron de llegar otras y distintas razas de turanio origen, de que hacen mérito modernos investigadores (2), razas que adoraban un dios desconocido é innominado, y á las que por tal causa Estrabón consideraba ateas, y que simbolizando la divinidad en la cruz usada «en las banderas y en los vestidos por los Cántabros y Babilonios», tenía por lo que hace á las mujeres, y conforme el geógrafo de Amasia, extraño parecido con los escitas, «no sólo en lo de compartir los trabajos varoniles así en la guerra como en el cultivo de los campos, sino en el ejercer, á las veces, autoridad sobre los hombres» (3).

De aquellas gentes, que lo mismo en las unas que en las otras comarcas de nuestra España, navegaban por esteros, lagunas y marismas en embarcaciones de cuero; de aquellos primitivos trogloditas, afines ó muy semejantes en la relación etnológica á la raza de Cro-Magnón, reconocida «en los moradores

(1) En las faldas, sin excepción determinada, del Pirineo, «los coloca ya la descripción de la Tierra de Dionisio Periegeto, quien al v. 338 de su obra escribe:

Ks-ik^oí O'ol' vaíouai utzclí Tióoa Ilupr^vaTov,

(Geographi Minores^ t. II)

Y los Cempsos que moran al pie del Pirineo,

texto que con ligera alteración de sentido traslada el frecuente traductor de Dionisio, el geógrafo latino Rufo Festo Avieno ; por esto en los versos 480 y 481 de su Descripción de la Tierra, [se lee] en esta forma :

Indeque Cempsi

Gens agit, in rupis vestigie Pyrenaeae.

«Casi en igual forma, con sólo sustituir Ks^^oí por K£(ji.4'oí aparece repetido en la Geografía Sinóptica de Nicéforo (MS. Escurialense O, 4, n. 29), donde se lee: Kai 01 Kz^ol oiTtvs^ xaxotxoüo-t xa Trpó^ Tióoa xou Iluprjvaíou : Asi como los Cepsos. los cuales habitan las comarcas de la falda del Pirineo.)) «El comentario del bizantino Eustasio á Dionisio (Didot, Geographi Minoris, t. II, pág. 277) el cual dice á la letra: IIup^vT] [xÉytaxov opo^ ou ütto tzó^ol o\ Kz^oí xó £6vo^. Pirene, montaña grandísima, á cuyo pie se halla la nación de los Cepsos» (Fernández y González, op. cit., pág. 46 nota).

(2) Véase el curioso erudito trabajo de nuestro hermano político el Sr. Fernández y González, ya citado.

(3) Fernández y González, op. cit. págs. 98 y 107.

de grutas muy antiguas, situadas en España y Portugal», — salvando el mar revuelto de las edades, quedan por aventura recuerdos todavía en la provincia que historiamos, rudos, pero elocuentes testimonios al par, cuya eficacia no alcanza sin embargo y después de todo, á determinar por modo cierto y seguro la individual progenie, conocidamente oriental no obstante, del pueblo al cual pertenecieron; pero que son de indisputable importancia para nuestro actual propósito.

En aquella parte septentrional del antiguo país cántabro que se llamó Asturias de Sancta Illana durante los primeros días de la gloriosa reconquista; no lejos de la interesante villa de Santillana de la Mar á cuyo ayuntamiento corresponde, en términos del lugar de Vispieres, el sitio apellidado de Juan Mortero^— tomando nombre de un prado allí inmediato, cubierta un tiempo de maleza que la obstruía é impedía ó dificultaba fijese reconocida, abríase la ya célebre Gruta de Altamira^ cuya existencia era hace aún veinte años no sospechada, y que mereció la honra de ser visitada por el malogrado Alfonso XII. Once años han transcurrido ya desde que fué por vez primera con intención científica explorada, y todavía se hace cuestión entre los doctos de algunos de los particulares que contiene, como, declarado el interés con que brinda, ha sido su entrada limpia de aquella maleza, y cerrada por «una verja que el ayuntamiento de Santillana ha costeado para defender de malas intenciones las muestras de arte que suponen dejó allí el hombre de las cavernas.»

Consta de cinco estancias ó recintos unidos entre sí y puestos en comunicación, de los cuales, el primero, á que da paso la entrada, forma extensa galería que camina al SSE. con hasta treinta y ocho metros de longitud, latitud que por la varia configuración de su planta varía de nueve á trece metros, y altura que oscila entre dos metros y treinta centímetros en el fondo. En plano casi horizontal el suelo, — los muros y la bóveda presentan con forma y dimensiones diferentes y con relieve distinto, multitud de excrescencias de caprichosos giros y contornos; y

el discurrir del tiempo, que no la mano de los hombres, gravando incesantemente sobre la techumbre de la caverna, ha hecho que de ella se desprendan estalactitas «muy delgadas, como de un decímetro de largo la mayor», piedras y losas, que se derrumban con frecuencia y obstruyendo el paso, hacen peligrosa en la actualidad la entrada, y por las cuales resulta al parecer evidenciado, que han sido dos las capas desprendidas de la subterránea bóveda, sobre las cuales se extendía otra «capa estalacmítica de un centímetro escaso de espesor,... formando en su parte inferior conglomerados muy curiosos, compuestos de cáscaras, huesos y objetos de piedra tallados», aunque resto ninguno de cerámica.

Conchas de moluscos, á los que dan los montañeses nombre de Hampas, denominan lapas los castellanos y clasifica la ciencia en el género patella^ las cuales hoy en honra de su inventor son conocidas entre los naturalistas por sus especiales condiciones con el título de patella Sautuolai^ — confundidas con «caracoles marinos, huesos de mil tamaños, dientes y muelas de diferentes animales,... gran variedad de cuernos, muchos cantos rodados de río partidos, bastantes pedazos de cristal de roca y algunos utensilios de piedra tallados, todo revuelto entre tierra negra parecida á cenizas», aparecían á poca distancia de la entrada de la caverna, constituyendo cierta especie de banco ó de capa superior, cuyo espesor era por algunos sitios mayor de un metro. Y mientras los objetos de pedernal ó silex, hallados en número bastante crecido, eran núcleos^ que afectan la figura de cuchillos, de sierras y de puntas de flecha, — los fragmentos óseos de mamíferos, en forma de cuchillos, de punzones ó de agujas labrados, ofrecían y aún ofrecen no dudoso interés, no ya sólo por esta circunstancia, sino por las artificiales incisiones ó rayas de algunos de ellos, hechas con intención deliberada y acaso aspiraciones artísticas, y las cuales pudieran tanto ser exornos como cifras (i).

(i) D. Marcelino S. Sautuola, que es el explorador á quien nos referimos, juz-

Representantes unos y otros del hombre en la remota época apellidada mesolítica, ni son ni fueron en realidad y sin embargo de todo, lo único que en la Gruta de Altamira hubo al primer explorador de producir sorpresa, ni lo que con verdad sorprende y maravilla á quien quiera que la visite, por más que desde un principio se sienta allí el ánimo como embargado y poseído de cierta especie de religioso respeto, á la contemplación de aquel lugar recóndito y tenebroso, donde sólo Dios sabe las gentes que en todas ocasiones hallaron protector y familiar abrigo, y ante los asombrados ojos del investigador y del curioso, se desarrolla entre aquellos muros de piedra, apenas esclarecidos por el rojizo resplandor de artificiales luces, el panorama de incontables generaciones y centurias, que pasaron y desaparecieron, rodando á los abismos de la nada. Cuando amaestrada la vista y hecha ya á aquel conjunto informe y aun fantástico de luz y sombras, de relieves y excrescencias, se levanta la mirada hacia la bóveda, — suben de punto al par la sorpresa y el asombro al distinguir en ella, y precisamente en el punto en que halla término el depósito de huesos y de conchas mencionado, extra-

ga merecedores de especial mención dos de entre estos útiles de hueso, de los cuales el uno, «de color casi enteramente blanco, tiene un trabajo,— dice, — bastante concluido...; su destino,— añade,— puede ser motivo de discusión, pues si bien por las puntas que le terminan en ambos extremos pudo servir para agujerear las pieles, que probablemente servirían de vestidos en aquella época, tampoco será aventurado suponerle destinado á formar parte del adorno de los peinados, á semejanza de los que usan, aún hoy, algunas tribus muy atrasadas en el camino de la civilización.» El otro es á su juicio todavía más notable, y «representa una aguja de hueso con su ojo perfecto, cuya punta se rompió desgraciadamente al extraerla de la masa que la contenía» [Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander, Santander, 1880, pág. i 3). Por graciosa donación del Sr. Sautuola, gran parte del hallazgo de la Gruta de Altamira figura actualmente entre las colecciones propias de las Civilizaciones primitivas en el Museo Arqueológico Nacional, donde el cuadro que contiene los objetos por él hallados, lleva el número S9 del Catálogo, contándose 109 núcleos de pedernal, en forma de cuchillo, de punta de flecha y de núcleo abultado, y 16 «trozos de huesos de los cuales ocho son maxilares, colmillos y dientes de mamíferos; tres en forma de cuchillo, y cinco en la de punzón, y dos conchas.» «Según el Sr. Vilanova, estos objetos pueden considerarse del período mesolítico, intermedio entre las épocas paleolítica y neolítica» {Catálogo del Museo Arqueológico Nacional, Sección Primera, t. I, pág. 7).

ña manifestación pictórica, que llena casi el resto de la subterránea techumbre, y que ha sido y es motivo y causa de controversia entre los entendidos.

Sobre aquel lienzo desigual y exótico, en el que con notoria destreza han sido aprovechadas las protuberancias que le accidentan y caracterizan, aparece pintado «gran número de animales,... de tamaño grande», singular rebaño de paquidermos que «por su corcova, tienen alguna semejanza con el bisonte», y que en diversas actitudes, más ó menos propias, y casi siempre de

Pinturas de la Cueva de Altamira en Santillana de la Mar

costado, se presentan en «posturas incomprensibles» muchas veces. Distingüese «también la figura de una corza entera, muy bien hecha, y una cabeza que parece de caballo, componiendo entre todos el número de veintitrés, sin contar entre ellos otros varios, de los que sólo quedan algunos perfiles, llamando en particular la atención, por sus tamaños», dos de aquellos animales, de costado y completos, «que rqiden de alto más de un metro y veinticinco centímetros, con un metro cincuenta y cinco centímetros de largo; y la corza, que tiene dos metros veinte centímetros de largo, por un metro cuarenta centímetros de alto. »

Bien que de mitos y aventuras legendarias «pudiera colegirse,— como un escritor contemporáneo indica, — que un monarca ó príncipe egipcio anterior á la época cronológica, quizá el

mismo llamado Set ú Horo, Bes, Xem, Harpócrates ó Hércules en la dinastía egipcia dicha de los héroes, cual continuador de Osiris en la tarea de enseñar la agricultura entre los hombres, introdujo en España en aquella época remota, el culto simbólico del toro, y trajo á colonizar á nuestro país gentes de tierra africana» (i), — decoración tan inacostumbrada en las cavernas, y tan poco en armonía ciertamente con los instrumentos de sílex y de hueso hallados en esta de Altamira^ engendrando diversas opiniones, dividía el campo de los entendidos, con afirmar los unos «que la cueva de Santillana pertenece, por los tesoros que encierra, al período magdalanense, que es el artístico por excelencia», y entre otras razones «que por su factura especial, por las proporciones que se advierten en los dibujos y pinturas, y por todas las demás circunstancias que en ellos concurren, los objetos controvertidos de Santillana se parecen mucho á los procedentes de diferentes cuevas del mismo período en Francia» (2), mientras los otros, atentos principalmente á la factura misma, al procedimiento y al dibujo, niegan en absoluto la autenticidad de tales representaciones, sintiendo ante ellas «la frialdad del que se encuentra chasqueado» (3).

Sin decidir en orden á su contemporaneidad respecto de los hallazgos mesolíticos de la Gruta^ su primer explorador advierte ser desde luego notorio en las pinturas «que su autor estaba muy práctico en hacerlas, pues se observa que debió ser su mano firme y que no andaba titubeando, sino por el contrarío, cada rasgo se hacía de un golpe con toda la limpieza posible^ dado un plano tan desigual como el de la bóveda, y fueran los

(1) Fernández Y González, Op. cit. pág. 34.

(2) D. Juan \ilanova y Piera, en la sesión celebrada el i .° de Diciembre de 1886 por la Sociedad española de Historia Natural.

(3) D. Eugenio Lemus y Olmo, director de la Calcografía nacional, en la sesión por dicha Sociedad celebrada el 3 de Noviembre del mismo año. El Sr. Lemus ha tenido la curiosidad de publicar las actas de ambas sesiones, formando bajo el título de La Gruta de Altamira, interesante folleto, dado aquel mismo año á la estampa.

que se quiera los útiles de que se valiera para ello, no siendo menos dignas de tomarse en cuenta las infinitas posturas que el autor hubo de tomar, pues en algunas partes apenas podía ponerse de rodillas, y á otras no alcanzaba ni estirando el brazo; aumentándose la extrañeza al considerar que todo hubo que hacerlo con luz artificial, pues no es posible suponer que llegase hasta allí la luz del día, ya que, aun concediendo (lo que no parece probable) que la entrada fuera muy grande, apenas podía quedar iluminado el último tercio de esta galería, que es donde se hallan las pinturas, y que se dirige hacia la izquierda, por lo cual, en todo caso, recibiría por reflexión una luz muy débil». «Merece también notarse, — dice el referido explorador, — que una gran parte de las figuras están colocadas de manera que las protuberancias convexas de la bóveda están aprovechadas de modo que no perjudiquen el conjunto de aquellas, todo lo que demuestra que su autor no carecía de instinto artístico» (i).

Y no carecía con verdad, pues á juicio de quien se halla avezado á la contemplación y al estudio de las obras del arte, las pinturas «no tienen en su dibujo ningún acento que revele el... bárbaro, especialmente en los extremos, que están trazados, con amaneramiento, contorneados á grandes rasgos y con soltura», observando «un redondeado de manera fácil, por más que se encuentre algo torpe [el autor], al ampliarlas sin duda de las estampas de que las copia». «No así, — continúa aquel á quien nos referimos, — cuando dibuja una cabeza de ternero: como es modelo que conoce y que recuerda perfectamente, allí es donde más se denuncia por su amaneramiento de línea suave y suelta», concluyendo que «por la estructura, el acento de la línea y aun las proporciones, demuestra que no es inculto el autor», y acredita «haber consultado el natural por lo menos en pinturas ó dibujos bien ejecutados, aunque denota en la ejecución abando-

(i) Sautuola, Breves ap. sobre alg. obj. ■prelitst. de laprov. de Santander, páginas I 6 y 17.

no amanerado», por todo lo cual deduce que «tales pinturas no tienen carácter del arte de la edad de piedra, ni arcáico, ni asirlo, ni fenicio, y sólo la expresión que daría un mediano discípulo de la escuela moderna» (i).

Resulta pues, á nuestro juicio incuestionable, y mirando siempre con el respeto debido la opinión apasionada de quienes lo contrario sustentan, — que el arte de que son legítima expresión y fruto las pinturas de la bóveda en esta primera galería de la Gruta de Altamira^ ni es ni pudo nunca ser el mismo que tallaba rudamente el sílex en la forma en que aparecen los objetos de la era mesolítica á que son referidos los de la propia Gruta^ y que cual exorno ó cifra hoy ilegible aún, si es esto, abría ligeras incisiones ó rayas en el hueso convertido en rudo útil para la vida material y meramente corpórea. A ser exacta la afirmación de quien defiende la autenticidad de tales representaciones, habría que suponer cultura muy superior en todos sentidos á lo que revelan los cuchillos, las puntas de flecha, los punzones y la aguja allí encontrados, en aquellos habitadores trogloditas de las cavernas; y semejante cultura, como sol que todo lo esclarece y lo ilumina con sus ardorosas irradiaciones, habría resplandecido por igual en cuanto cual producto suyo se estimase. Tiene el arte en sí propio virtualidad y eficacia poderosísimas y de prestigio suficiente, para que sin necesidad de recurrir á otro linaje de probanzas, baste su testimonio para demostrar con indudable elocuencia el desenvolvimiento de la humana cultura, y no es dado confundir ante sus declaraciones explícitas y expresivas, las fases diversas de sus evoluciones en la historia (2).

Con rumbo al SO., á la derecha, y desde la entrada de la Gruta^ dilátase una segunda y larga estancia, en la cual no se advierte cosa notable, sino es en el fondo, donde en un hueco

(1) Lemus y Olmo, La Gruta, de Altamira^ pág. 7.

(2) Los lectores que desearen mayor ilustración en este punto, pueden consultar los extractos de las sesiones celebradas por la Sociedad española de Historia Natural publicados por el Sr. Lemus bajo el título de La Gruta de Altamira.

aparecen diversas y extrañas líneas onduladas con cierto horizontal é inseguro paralelismo, cortadas á trechos irregulares por otras en sentido vertical dispuestas, negras las unas y rojizas las otras, y todas con tan notoria falta de aspiraciones artísticas, y tan desemejantes á las pinturas de la galería principal ya mencionada, que no ha faltado quien sospeche, con reconocer mano bien distinta en ambas, si acaso pudieron ser estas extrañas fi-

DlBUJOS (ó INSCHIPCIONES ? ) EN LA CUEVA DE AlTAMIRA

guras indescifrable epígrafe de alfabeto desconocido, ya que no malévola é intencional distracción de quien buscó entretenimiento remedando la rudeza grosera de las edades remotas. Con altura por algunos sitios no menor de diez metros, la tercera estancia, á que da paso la anterior, es mucho más extensa y de más imponente aspecto, mostrándose en muchas partes obstruida por las piedras que han ido desprendiéndose de la bóveda, y conserva una sola representación pictórica, la cual, en condiciones no desemejantes á las del primer recinto, y con seguridad visible en el trazado, simula el cuerpo de un solípedo; en pos, y como á nivel cuatro metros más bajo que el del piso de la precedente, sigúese la cuarta galería, cueva de regulares dimensio-

nes, donde, siempre de perfil, se distingue pintada la figura de un toro, y parte de la cabeza de otro cuadrúpedo, al parecer un asno.

Para reconocer la quinta y última de las estancias de esta Gruta notable de Altamira^ preciso se hace volver á la tercera; y torciendo en esta con dirección al N., interrumpe allí el silencio majestuoso y solemne de aquellas extrañas y subterráneas concavidades, morada un tiempo del hombre, que las halló formadas por la mano providente de la naturaleza, — el eco lento, monótono y acompasado de la gota de agua, que entre las sombras se condensa, y fluye con fatídica resonancia de los protuberantes recónditos relieves de la bóveda, para constituir tranquila charca, y más adelante, á la izquierda, depositar en las lóbregas entrañas del pozo abierto quizá naturalmente entre las peñas, el caudal pacientemente, cual medida del tiempo, gota á gota acumulado en largos, eternos días de soledad y de tinieblas por nada interrumpidos. Al fin, y pasado el pozo, «que mide próximamente cuatro metros hasta tocar con el agua que contiene», muéstrase el postrer recinto de la Gruta, de tan molesto acceso, que obliga á andar algunos metros de rodillas, «con precaución de no tocar con la cabeza» en los salientes desiguales.

« Más digna de atención que las tres que la preceden», «pasada la parte estrecha, se levanta la galería poco más de un metro sesenta centímetros, por un metro treinta centímetros de ancho; examinadas las paredes laterales, que son de piedra», y de superficie «lustrosa y suave, como si hubiese sido causada por el frotamiento muy repetido, ya de personas ó de animales»,— «se las ve en muchos sitios cubiertas de infinito número de rayitas, hechas al parecer con un instrumento de punta muy aguzada, pero sin que se descubra ninguna figura ó signo que llame la atención : podríase sospechar que estas rayas son hechas por los murciélagos; pero existen en algunos sitios donde no es posible aceptar esta opinión», señalándose en los costados de la estancia perfiles de animales, ya aislados, ya en gru-

po, con otras representaciones singulares y formadas de rayas al trazo y de perfil negro, asemejables á las de la segunda galería algunas, y tan difíciles de interpretar como aquellas, si es que tuvieron significación determinada (i).

Tal es la Gruta de Altamira^ cuya importancia, á despecho de las controversias suscitadas por las pinturas que la decoran en sus varios recintos y en el principal especialmente, resulta muy superior á la de las demás cavernas exploradas de la provincia, de las cuales, unas, como la que en el mismo Ayuntamiento de Santillana, y sitio denominado Venta del Cuco, aunque extensa y habitada un tiempo, según lo indican y demuestran la capa de conchas del género patella^ y el «pequeño depósito de huesos tallados, conchas, dientes de animales y varios objetos de piedra tallada», como la de San Pantaleón^ en el pueblo de Escobedo y ayuntamiento de Camargo, y como la de Cobalejo^ en el ayuntamiento de Piélagos, — no añaden enseñanza alguna por corresponder también los objetos allí encontrados al período mesolítico, y otras, como la de Revilla^ no lejos de la ciudad de Santander y en el ayuntamiento de Camargó, ya referido, parecen de período posterior, á juzgar por los restos en ella reconocidos.

No deja, sin embargo, de brindar interés ciertamente la Gruta de Revilla, situada en la ladera meridional, « y como á dos tercios de altura de una eminencia, no muy elevada, con subida muy pendiente», á pesar de ser de dimensiones reducidas, pues, conforme su explorador, «mide de N. á S. siete metros y medio, de Saliente á Poniente poco más de cinco metros, y casi lo mismo su entrada, y de alto sobre cuatro á cinco metros.» Merced á las excavaciones practicadas, fueron encontrados « algunos centenares de objetos, entre los que se hallan útiles de

(i) Véase el curioso trabajo, ya citado, del señor Sautuola, de quien tomamos algunos rasgos descriptivos, así como también el artículo del señor E. Harlé, La, grotte d' Altamira, en los McLtérixux pour lliistoire primüive de l'homme, t. XVI, 1881, pág. 2757 siguientes.

piedra de formas muy distintas, pedazos de cristal de roca en abundancia, dientes y molares de diferentes clases de animales, gran número de huesos, muchos de ellos partidos longitudinalmente, como para sacar, según opinión admitida, la médula que servía de alimento al hombre en aquella época, bastantes conchas marinas del género /¿^/^//¿í, mucho mayores que las que hoy se ven en esta costa, algún ejemplar de ostras, dos pedazos de ladrillo y teja, y algunos, aunque pocos, de cacharros" de barro » (i).

De diferentes, bien que cercanas épocas unos y otros de los restos allí por su diligente explorador recogidos, — no todos de los tallados en piedra, lo habían sido en la procedente de las rocas de la provincia, pues muchas son extrañas, y acaso no falte entre ellas alguna de procedencia oriental, como ocurre con crecido número de los instrumentos del período neolítico hallados en diferentes regiones de nuestra España; por la abundancia y por el carácter de los precitados restos, más quizás que por lo desacomodado del lugar para vivienda, deduce no sin verosímil razón el señor Sautuola que la cueva referida parece hubo de ser taller donde semejantes útiles fueron labrados, pues no de otra suerte, á su juicio, sería dable comprender el número de instrumentos, la mezcla de tierra y cenizas, los trozos de piedra aún informes, los de cristal de roca, y los rudos representantes de la industria alfarera aparecidos, con las ro^as á medio labrar todavía, que constituyen verdaderos núcleos, y que en tal paraje, como obra comenzada y no concluida por accidente se manifiestan.

Arcano es el suceso que motivó el súbito abandono del taller, si fué éste de cierto el destino de la Ctieva de Revilla, cual arcanos á la par la extensión y el desenvolvimiento del comercio industrial de aquellos artífices no conocidos. ^Vieron acaso invadido á deshora y por la violencia ocupado de extrañas gentes

(i) Sautuola, Op. cit., pág. 5.

el territorio donde tenían asiento? ¿Qué raza, ó pueblo, ó nación, fué el que reemplazó á aquel otro en la posesión y disfrute del valle de Camargo, y en qué época hubo de verificarse acontecimiento de tal índole, perfectamente revelado, al parecer, por la situación en que á través de los siglos la precitada Cueva ha llegado hasta nosotros... ? Empeño será inútil el de pretender siquiera averiguarlo quizás, en el trasiego y movimiento incesantes de unas y de otras razas, tanto más cuanto que no ha sido aún descubierto cráneo alguno cuya configuración y cuyas circunstancias pudieran hoy alzar algo del velo que encubre sucesos tales, como resulta vano el intento de inquirir por lo general, todo lo relativo á aquellas edades, en que la humanidad aparece, y como lo es, á nuestro cuidar, el de decidir por modo exacto la cultura inicial de nuestro linaje.

Dotó el Supremo Hacedor á la criatura, cual de dón privilegiado y exclusivo, superior á cuantos le hubo discernido, de la luz prodigiosa de la inteligencia ; dióle á la par necesidades y deseos, conforme le dió aptitudes y aspiraciones, é hízole entrega del mundo, según salió de las divinas omnipotentes manos del Eterno, para que del mundo obtuviese cuanto la satisfacción de la doble naturaleza moral y física del hombre le demandase : y en tal camino, á la razón repugnan con verdad los supuestos gratuitos, ni probados ni probables del conde de Maistre, y no se hacen, á despecho de todo, tan inadmisibles en conciencia los de Lenormant, que han sido entre vacilaciones y timideces, contradichos sin argumentos valederos, con afirmar el uno cultura perfecta y adelantada en los primeros hombres, y reconocer el otro el estado salvaje de la humanidad en tales días.

Prescindiendo de semejante orden de consideraciones, — demás de las cavernas reconocidas, conserva la Montaña en lugares apartados testimonios y recuerdos de aquella edad, tan lejana de la nuestra, como para que se haya estimado anterior á la historia ; y bien que no todos los monumentos señalados y distinguidos fuera de España y en España misma como repre-

SAN TANDER

sentantes de las razas primitivas que habitaron el mundo, obtengan hoy la propia consideración entre los entendidos, siendo tan fácil como es el confundir á veces las bizarrías de la naturaleza con la obra de los hombres, — todavía sería acaso dado definir y aceptar, fuera de otros de autenticidad no dudosa, dentro de esta provincia de Santander, algunas de aquellas piedras, enhiestas y erguidas, que se levantan como de un solo impulso de las entrañas de la tierra, abundantes y numerosas, y que han dado con frecuencia nombre á localidades determinadas, con el de piedra-fita^ piedra hita ó simplemente hita entre nosotros.

Ya el lector habrá comprendido que hacemos alusión á los menhires, piedras de varia altura, á veces colocadas sencillamente sobre el suelo y otras en él plantadas, pero siempre toscas, en bruto, verticales, de irregular y caprichosa configuración, y por ello ocasionadas á errores, como tan semejantes que son, cual los escritores advierten, á «ciertos bloques erráticos, ó aun á ciertas piedras que se hallan en posición vertical, y que han podido resultar naturalmente colocadas de tal manera» (i). Por la posición en que se ofrecen, así como por las humanas osamentas halladas al pie de los menhires, deducen los que á tales estudios se consagran, que el menhir (2) desempeñó varios y diferentes oficios, siendo piedra terminal de nación ó de tribu unas veces; verdadero y conmemorativo monumento otras, destinado á recordar acontecimientos de importancia; emblema de la divinidad, en ocasiones, y monumento sepulcral por último, que debía guardar de unas á otras generaciones la memoria de ciertos personajes, cuyas reliquias acaso fueran las descubiertas á sus plantas. Quizás sean menhires^ cual lo sospecha docto escri-

(1) Caumont, Abécédatre (TArchéologie, apergu sur les temps préhistoriques, pág. XXXI.

(2) Denomínase también peiilvan, y según Caumont (loco cit.) «ees mots mew- /zz> et /)eM/vaw sont tirés de la langue celtique». «D'aprés les personnes qui ont étudié cette langue, men/iíV et ^ew/víiw ont á peu prés la méme signification : ils se composent de men, pierre, et hir, long ; i)Oiil, pilier, vaen ou maen^ pierre ; c'está-dire pierre allongée, pierre en forme de pilier».

tor montañés, así la denominada Peño7ia de Izara^ cual la Peña Larga, en Fresno, cerca de Reinosa, de las cuales «la primera tiene sobre 6o pies de altura por 46 de circunferencia, y la segunda 50 por 36» respectivamente (i); acaso, en realidad una y otra, en las sucesivas alteraciones que el tiempo causa en la naturaleza, no resulten sino como accidentes fortuitos, y sin interés ni importancia en la relación prehistórica: de todas suertes, deben ser recordadas, para excitar á los entendidos con su estudio, severo, metódico y desapasionado.

Aún no ha sido señalado ningún túmtdo íntegro en la provincia; pero en cambio existen de antiguo conocidos en ella otros monumentos á aquella edad referibles, cuales lo son el dolmen de Peña Labí^a ó del Abra, según su ilustrador lo llama, y las piedras oscilantes de la Boariza. Es el primero con verdad interesante, y aparece al principio de los denominados Puertos de Igér, donde tiene comienzo la cuenca del Ebro, hallándose emplazado en la vertiente meridional de la misma, apellidada Sierra de Brañosera, punto en el cual ésta «empieza á elevarse desmesuradamente, formando la cuesta que llaman del Abra, y muy cerca de su cumbre». Hubo otro tiempo en esta cumbre «una ermita de la Virgen, titulada también del Abra, de donde se tiende la vista por las llanuras de Castilla hasta las sierras de Burgos y Guadarrama; y, por el Norte y Oriente, hasta el mar y las cordilleras de Guipúzcoa». «No es menos soberbia, aunque más limitada, la perspectiva que desde el dolmen se goza; porque situado al principio de la pendiente que baja hacia Campóo, descubre y domina todo este valle hasta la menor sinuosidad, cual si se presentara á la adoración de sus moradores». «Aun al pie del mismo dolmen hay un campo bastante llano y extenso para reunir una asamblea numerosa, y es muy

(i) D. Angel de los Ríos y Ríos, en comunicación utilizada por nuestro antiguo compañero D. Manuel de Assas para el primer artículo de sus Nociones fistonómico-históricas de la arquitectura en España, publicado en el Semanario Pintoresco Español, tomo de 1857 (pág. 130).

probable — concluye el escritor montañés de quien son las anteriores palabras — que los sacerdotes de aquel altar no desatendían semejantes situaciones, para imponer, con elementos tan grandes como sencillos, á un pueblo también sencillo y grande » (i).

«Sobre este campo — continúa, sospechando pudiera haber allí existido un círculo ó cromleck (2), cual en Bretaña — se alza una gran roca granítica tajada perpendicularmente, á la altura de 5 á 20 pies, en toda la circunferencia, y rodeada de otras más pequeñas, amontonadas revueltamente en extrañas situaciones, así como las muchas que siembran el paisaje». «No así la grande, que está casi llana en su plano superior, formando ya un dolmen natural de unos treinta pies de diámetro». «Al extremo Sur de esta especie de mesa, y tendiéndose en dirección al Nordeste hacia el campo y valle mencionados, se alza la segunda piedra en forma de un gran cubo ó sillar cuadrilongo, puesto de esquina sobre cuatro ó cinco piedras aplicadas á uno y otro costado, pero de modo que la superior se halla suspendida sobre ellas y no toca por ninguna parte con la gran mesa inferior». «Esto hace ver allí palpablemente la mano del hombre— dice el escritor de quien copiamos; — y tanto, que hallándose una de las piedras que sostienen la superior en posición diagonal, para adaptarse al costado de la misma, se halla á su vez apuntalada por otra piedrezuela no mayor que 8 pulgadas de alto y 3 de gruisso, que sin embargo no se puede arrancar de su sitio, por bien que se tire de ella, ni casi es posible atreverse temiendo el desplome de todo». «La piedra superior tiene 22 pies de largo, 10 de alto y 25 de circunferencia abarcada perpendicularmente por el medio», bastando con «enunciar

(1) Ríos Y Ríos, El dolmen del Abra, art. pub. en el Semanario Pini. Esp., tomo de i8$7, pág. 250.

(2) Según se asegura, este nombre se halla compuesto de dos palabras bretonas : crom^ que equivale á curva, y leck, piedra.

estas dimensiones para conocer que su peso debe graduarse por miles de arrobas».

«Por la mesa inferior se puede andar cómodamente rodeando á la de arriba, excepto por el extremo del Sur en que están ambos á la misma línea perpendicular» , y junto al cual, «y al lado del Sudeste, las piedras pequeñas que sostienen á la superior, encajadas á modo de cuñas, sirven de escalones para subir á la superior, que según ya hemos indicado, forma un espinazo bastante agudo, aunque es posible tenerse en sus dos costados». «Desde el medio del espinazo corre por él hacia el Nordeste, con alguna inclinación al costado del Sudeste, una raja ó regata llegando casi hasta la punta del pedrusco ; y como en esta parte se halla bastante adelgazado por el extremo inferior, resulta que una ó más personas podrían colocarse debajo de él, para recibir el bautismo de sangre, caso de que la regata tuviera tal destino». «Parte de ella aparece cubierta por un trozo suelto de 2 á 3 pies en cuadro, y medio de grueso, que parece desencajado del mismo pedrusco, en el costado del Sudeste, y donde la regata empieza» (i).

No otras son las condiciones con que se presenta, como único hasta ahora conocido en la región santanderina, el Dolmen del Abra ó de Peña Labra, respecto del cual, agitándose dentro de las creencias extendidas en el tiempo en que hubo de estudiarlo, y hoy totalmente destituidas de fundamento merced á nuevas y fructuosas investigaciones, — su ilustrador supone hubo de servir como altar druídico, haciendo de paso observar en semejante inadmisible presupuesto que «á la parte inferior del dolmen y del campo que delante tiene, hay un enorme despeñadero, el cual — escribe — nos trae á la memoria lo común que el suicidio era entre los antiguos españoles, como atestiguan Nu-

(i) Hemos preferido trasladar íntegra la descripción hecha hace treinta y cuatro años por el Sr. D. Angel de los Ríos y Ríos, por ser primero rigurosamente exacta y por ser además su autor digno hijo de la noble provincia que historiamos.

mancia, Sagunto y otros ejemplares horrendamente heroicos, en que no se quedaron atrás los cántabros; y que de estos últimos refiere Silio Itálico la particularidad de despeñarse los viejos inútiles para la guerra, siéndoles aborrecible vivir sin ella». Ni falta tampoco en los actuales días quien suponga que jamás el dolmen del Abra pudo ser sepultura, atribuyéndole destino semejante al que gratuitamente asignaron á los de su especie en Francia, Inglaterra y Dinamarca los primeros investigadores de

Dolmen del Abra

las edades ante-históricas, fijándose para ello en la circunstancia de que el español se alza sobre roca viva ; pero ni esto significa lo que se pretende, ni el «campo bastante llano y extenso» que «aún al pie del mismo dolmen» se muestra, puede servir de indicación ni base para deducir por ello que allí existió ningún cromlech ó círculo de piedras, con el fin de «reunir una asamblea numerosa».

Puestos al descubierto por accidentes no determinados en el transcurso de las edades, — no son los dólmenes, según es vulgar entre los entendidos, sino cámaras mortuorias, toscamente formadas de piedras de diferentes tamaños, á las cuales daba acceso cierta especie de camino cubierto ó galería, y todo ello

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artificialmente oculto por tierras acarreadas con las cuales se levantaba de mayor ó menor altura un montículo, recibiendo por tanto el expresivo nombre de túmulos^ con que son estos monumentos designados. Gran número de ellos, como el de Locmariaker en el Morbihan (Bretaña), citado ya por el ilustrador del dolmen santanderino, aparecen actualmente en igual disposición que éste, completamente desprovistos del montículo que les cubría; en ellos el cadáver era colocado ó bien sentado y arrimado á los groseros muros de aquella cámara sepulcral, ó echado, y siempre acompañado de las hachas y de las demás armas de sílex usadas por el difunto, y alguna vez de vasijas y otros objetos que le habían pertenecido (i). En el Dolmen del Abra^ resulta patente la existencia de la galería en el «campo bastante llano y extenso» mencionado arriba; y aunque han desaparecido las piedras que cerraban el recinto funeral, no quedando de ellas sino las que sujetan la cobija ó piedra superior, — como resulta asimismo «que una ó más personas podían colocarse debajo de» ella, se acredita suficientemente que el cadáver encerrado en aquel túmulo, hoy y hará quizás largos siglos reducido á Dolmen^ debió ser colocado en la posición más frecuente, esto es, sentado, y teniendo cerca las armas y utensilios que le fueron propios.

Así como en la parte baja y boreal de esta provincia de Santander habitó el hombre en aquellos tan lejanos tiempos las cavernas, allí naturalmente por la naturaleza formadas, así también parece que en esta zona alta, finítima ya de Castilla, vivió con preferencia en lugares encumbrados y eminentes; y quién - sabe si la cúspide de la Peña Labra^ donde existió la Ermita de la Virgen del Abra^ sería quizás lugar religioso y venerado, consagrado por la tradición más tarde y en la edad cristiana! Quién podrá afirmar si fué poblado y cultivado el valle de Cam-

(i) Por no citar otras autoridades, mencionaremos sólo al docto Caumont en su Abécédaire d'Archéologie^ á quien pueden consultar con fruto los lectores.

póo, ni si el dolmen encerró los despojos mortales de algún héroe, de algún caudillo, de algún sacerdote, ó del jefe de la tribu establecida en estas comarcas montañosas de la cuenca del Ebro! En aquel paraje abrupto, en aquella cima triásica de la Peña Ladra, á 2002 metros sobre el nivel del mar, y punto orográfico de los más notables de la Península, porque de él se desprenden aguas hacia tres mares distintos, las cuales van con el río Híjar, afluente y padre, según algunos, del Ebro al Mediterráneo, con tributarios del Pisuerga, al Atlántico, donde vierte el Duero al que aquel se incorpora, y con el Nansa por bajo de Pesúes en Tina Menor, al Cantábrico, — en época no conocida, la tradición coloca el aparecimiento de la imagen de la Virgen, venerada hoy como patrona de la hermandad de Campóo de Suso bajo la advocación de Nuestra Señora de las Nieves.

Apegados de antiguo pasiegos y campurrianos, que son los habitantes de Campóo, á los usos y las costumbres tradicional y religiosamente entre ellos perpetuados, como al finar de la pasada centuria escribía el canónigo Mazas en su historia manuscrita de la provincia de Santander, — habían sin duda conservado tafnbién supersticiones y creencias no conformes en verdad con el dogma, cuando en los días de Felipe IV, y en el memorial en derecho dirigido á aquel monarca sobre la creación del obispado santanderino, se alegaba con efecto como indispensable tal reforma, no sólo «para veneración del culto divino», sino principalmente para «reformación de gravísimos pecados» que en las montañas se cometía, y «de los abusos, supersticiones y modo de vivir que la mayor parte, — dice, — de aquella gente tiene» (i). «En el siglo pasado, sin duda por evitar las incomodidades de tanta subida ó las irreverencias posibles en un sitio inhabitable, — consigna el escritor montañés, primer ilustrador del dolmen del Abra, — se edificó otra ermita más grande, como á la mitad de la montaña»; y «bajando aún más la fe en

(i) Ríos !f Ríos, art. cit. del Sem. Pint. Esp

los tristes tiempos que alcanzamos, la Virgen ha bajado al valle, y se halla provisionalmente, desde el año 1834, en otra ermita titulada de San Miguel, quedando las dos de arriba arruinadas... » «Aún existen viejos, — continúa, — que recuerdan haber oído contar á sus padres cómo iban á la ermita de la cumbre, y, entre otras cosas, dicen que se nombraban doncellas por cada pueblo, que subían la tarde anterior á la festividád (5 de Agosto) cantando villancicos y pasaban allá la noche, como todos los que iban, en hogueras, bailes, etc.» (i).

Reputados también cual monumentos de las edades primitivas, distinguen los escritores montañeses otros dos que existen en la sierra de Sejos, en el camino de Reinosa á Liébana, pertenecientes ambos á la categoría de las piedras oscilantes^ denominadas allí «la grande y la chica de la Boariza.» La primera de ellas es enorme bloque «de granito, ó más bién una aglomeración de guijarros gruesos y menudos», colocado en maravilloso equilibrio sobre un extremo de la cúspide de otra piedra «de diferente clase», la cual afecta la figura de un cono, pareciendo así, y tanto á causa de la calidad distinta de la piedra, como por la forma de la que sirve de soporte á la superior, que pudo ser aquello obra de la mano inteligente del hombre; «la menor, que sólo dista de aquella unos 100 pasos por el lado del Noroeste, tiene 1 1 pies de largo, 5 de ancho y 3 y medio de grueso ó alto, y podrá tener un peso de más de 800 arrobas» (2). Para los arqueólogos que iniciaron los estudios llamados prehistóricos, un tiempo casi de moda, y que veían por todas partes señas indudables é indiscutibles de la cultura primitiva del hombre,— las piedras oscilantes, trémulas^ vacilantes y giratorias^ pues de tan diversos modos hubieron de clasificarlas, según la

(1) El Sr. de los Ríos hace observar por nota que «había y subsistió hasta dicho año 34, un baile llamado de la bandera^ ejecutado por pastores de merinas, que formaban una cofradía con organización y nombres militares.»

(2) AssAS, Monumentos célticos^ art. pub. en el Sem. Pint. Esp.^ X. át 1857, pág. 131, con arreglo á noticias comunicadas por D. Angel de los Ríos.

distinta naturaleza del equilibrio en que se ofrecían á sus miradas,— eran monumentos cuya significación y cuyo alcance aparecían de manifiesto y con no dudosa importancia en localidades diferentes.

Las oscilantes en particular, ya que á ellas son referidas las de la Boariza, — «se ha creído fuesen usadas como probatorias y para averiguar la culpabilidad de los acusados, teniéndolos por convictos cuando no podían moverlas», habiendo sido también consideradas cual «monumentos religiosos que con sus movimientos manifestaban los secretos de los oráculos; ó con las cuales los sacerdotes, haciéndolas oscilar á su voluntad, excitaban sentimientos de terror y respeto» (i); pero en la actualidad resulta demostrado, á pesar de lo poético de las leyendas á que han podido dar motivo tan singulares supuestos, que este linaje de pretendidos monumentos son fenómenos perfectamente naturales, explicables y explicados á satisfacción, con lo que han perdido toda la importancia que les fué atribuida (2). Lástima grande que, aun á despecho de modernos estudios (3), no se haya pensado todavía en «una estadística tan completa como fuera posible, de las diferentes clases de monumentos «prehistóricos» [en España], con noticias fidedignas sobre los hallazgos hechos, en ó cerca de ellos, y una clasificación aproximada de sus diferentes edades, comparándolos con los observados en los demás países europeos, en especial de la Europa meridional» (4), camino único por el que sería dable conocer y apreciar debidamente el desenvolvimiento de la cultura humana en la Península Ibérica, sin graves yerros ni dolorosos extravíos, á que tan expuestos son por naturaleza estos estudios.

Mientras no alcancen éstos el desarrollo debido, fuerza ha-

( l) ASSAS, loco Cit.

(2) Caumont^ Abécédaire d' Archéologie.

(3} Cartailhac, Matériaux pour rhistoire primitive de Vhomme^t. XIV, 1887, pág. 362.

(4) HüBNER, La Arqueología de España, pág. 216.

brá de sernos el limitar nuestra tarea á la reseña de los monumentos llamados prehistóricos^ y conocidos hasta ahora, sin que se haga cumplidero en absoluto el deducir de ellos y por ellos otras enseñanzas que aquellas que han sido ya convenientemente determinadas y recibidas, y sin que sea dable apreciar la naturaleza y progenie de las gentes que habitaron, particularmente en esta provincia de Santander, la notable Gruta de Altamira en Santillana de la Mar, y alguna acaso de las otras; que hicieron por aventura taller de la Cueva de Revilla, tallando la piedra y los huesos en la disposición y forma reseñadas, y que levantaron los pretendidos menhires de la Peñona de Izara y de la Peña Larga, cerca de Reinosa, como labraron el túmulo del Dolmen del Abra ó de Peña Labra, ya que no sean obra suya, sino fenómeno natural, las dos piedras oscilantes de la Boariza, respecto de las cuales, según ocurre con sus congéneres y hermanas, tantas fantasías fueron inventadas por los iniciadores de la prehistoria.

Quizás llegue el día en que estos monumentos primitivos, y más ó menos auténticos, rompan el velo que hoy encubre aquellas edades todavía, para decirnos de dónde vinieron las gentes de quienes son fruto ; qué causas les impulsaron á acomodarse y establecerse en lo que se llamó Cantabria más adelante ; cuáles fueron su organización y su vida; cuál hubo de ser su historia ; qué razas les sucedieron en el dominio del país ; qué significación y alcance tienen y pueden tener en realidad algunos nombres de localidades, para nosotros inexplicables hoy, y en qué tiempos vivieron. Tarea ha de ser de la arqueología, poderosamente auxiliada por la geología y la paleontología, la antropología y la filología, la de alcanzar sin duda semejante y feliz resultado, en virtud del cual, sin exageraciones apasionadas, sin quiméricas ilusiones, se llegue á soldar la cadena de la humanal historia y de la particular de nuestra Península, cuyos primeros eslabones aparecen vagos, dudosos, insuficientes, para conocer de cierto el punto de partida de nuestra especie ; pero hasta que

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el perseverante labrar de aquellas ciencias no separe de los limbos de lo mítico y de lo fantástico el desenvolver incesante del hombre, y señale los caminos y los derroteros seguidos por él desde su creación, — habremos de contentarnos con decir, no sin temor á errores, que aquellos restos sobre los que ha pasado incontable número de centurias, huella son del individuo humano, quien satisfizo sus apetitos y sus necesidades materiales, y quien quizás al erigir sus monumentos, idea tuvo seguramente de la inmortalidad y de la resurrección del alma.

Bien que de época jurisdiccionalmente protohistórica, y cual representante de culturas más adelantadas, — en poder del señor D. Rodrigo Ruiz Pomar, vecino de Ruiloba, se conserva hermosa hacha de cobre, no sabemos si única en la provincia, descubierta el año de 1867 en el pueblo de aquel nombre, «barrio de Pando, en la mies común que dicen de la Rueda», con ocasión «de haber dado un barreno al tiempo de explanar el suelo» «en un pequeño cerro que nombran el Castro de la mies» para «edificar el Convento de las Carmelitas de San José, que fundó D. José Ruiz Pomar», en tal paraje. Pareció «entre dos piedras», y se halla en buen estado de conservación, si bien carece por fractura, del anillo circular por donde penetraba el mango; tal como existe, tiene 20 centímetros de longitud, y consta de hasta tres abrazaderas por las cuales debió sujetarse al mango referido, mostrando «además dos estrías en toda su extensión longitudinal, y tan bien pulimentada, que compite, — al decir del escritor montañés que la describe, — con las mejores herramientas que puedan salir de los talleres de la Gran Bretaña» (i). El lugar del invento, el nombre mismo con que por los naturales es designado, y las circunstancias mismas y forma del hallazgo, demuestran y acreditan, como es notorio y sospecha el escritor aludido arriba, que el castro de la mies no fué sino sencillamente un túmulo^ como tantos otros existentes en diversos lugares de

(i) Lasaga Larreta, Dos Memorias, pág. 357 siguientes.

Francia y de Bretaña, donde han aparecido instrumentos de análoga forma y de igual clase de metal, en el que seguramente aparece el estaño aleado con el cobre, en proporción determinada ya por los entendidos (i).

Y pues no son otras las memorias que de aquellas edades subsisten en la provincia, ó que de ellas son conocidas, vamos, lector, á tiempos más cercanos á los nuestros, á los cuales como hasta aquí nos han de acompañar solícitos los mismos hijos de la Montaña como siempre.

(i) Véase lo que respecto de este linaje de instrumentos manifiesta Mr. CaU' mont en la obra ya citada.

^Y^E entre todas aquellas razas, de entre todos aquellos pueblos que sucesivamente unos en pos de otros y á la par, hicieron permanencia más ó menos dilatada en esta región española, — como el ciprés descuella erguido entre las mimbres, así descuella y sobresale la nación de los cántabros, haciendo eternos la fama y el nombre de la comarca y de sus habitantes. Asperos y bravios cual ella; firmes á la manera de las rocas por toda ella diseminadas; sombríos, como el celaje que á modo de dosel se extiende opaco sobre esta región boreal; libres é independientes, cual las águilas que veían girar por el espacio ó agitarse en la cima de los encumbrados montes; despreciadores del habitante de las llanuras, á quien reputaban de inferior espe-

cié, al considerarle desde los eminentes riscos donde tenían ellos sus moradas; robustos, como los robles que en su montaña crecen; sanguinarios y aun crueles, á semejanza de las fieras que perseguían hasta su cubil recóndito; guerreros por inclinación y por naturaleza á un tiempo mismo, y de ánimo esforzado y valeroso, por último, como poseídos de ingénita altivez inusitada, como dominados del amor ferviente de sí propios, como en comunicación y contacto constantes con el eterno infinito de los cielos, — así debían ser por ley ineludible, por tradición y por temperamento los cántabros, y así con verdad fueron y se manifestaron, con gloria suya y no menor por cierto de su patria.

Del Asia, de donde vino mil y quinientos años antes del nacimiento de Cristo, después de largos tiempos de viaje, en que con más ó menos dilatadas estaciones cruzó la Europa y se derramó por todo el occidente calificándole y aun dándole apellido, á juzgar por el testimonio de los geógrafos de la antigüedad (i), — trajo la gente nombrada céltica sus usos y costumbres; de allí, cual miembros de ella, importaron los cántabros, según afirman unos, el nombre con que fueron designados ellos y la región determinada en que en la Península se establecieron, si no es, conforme quieren otros, que lo tomasen en España misma, como parece á no dudar lo más seguro (2); de allí, cual

(1) Según del uniforme sentir de estos se deduce, celta y occidental con respecto al Asia, son la misma cosa, confundiéndose bajo tal denominación, que resulta verdaderamente geográfica más que etnográfica, gentes de diversas razas y naciones de progenie oriental primitiva. Véase acerca de este particular, y prescindiendo del apasionamiento que revela, el estudio histórico-geográfico del señor don Bernardino Martín Mínguez, titulado Los Celtas (Madrid, 1887), el cual fué objeto de interesante conferencia en la Sociedad Geográfica de üviadrid.

(2) El ilustre P. Fita, miembro eminente de la Real Academia de la Historia, en carta dirigida al Sr. Fernández-Guerra (D. A.), y publicada por éste en las notas de su notable estudio Cantabria, se manifiesta de opinión de que «los cántabros (¿ Chandrabhágaras ?) vinieron de Asia con su nombre nacional», en lo que, tratando de «investigar el origen etimológico de Caiitabria», sigue lo indicado ya por Burnouf en su D/cczonar/o. El Sr. Fernández-Guerra, sin embargo, y discurriendo con su acostumbrada perspicacia de acuerdo con el esclarecido Flórez, — después de consignar lo expuesto por el insigne San Isidoro en sus Ethimologias, ( lib. IX , 2),— para quien Cantabria gens Hispaniae, dvocabulo urbis et Iberi amnis

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SUS hermanos, los primeros inmigrantes de la nación turania, juntamente con el ejemplo que les brindaban los habitadores de las comarcas ibéricas esmaltadas de esteros y marismas, — venían con sus tradiciones y hábitos marinos, aquí fortalecidos de nuevo, como vinieron con su organización, con sus inclinaciones, con su temperamento y su carácter, perpetuados á través de los siglos, para acomodarse luego á las condiciones del país donde tomaron asiento definitivo, influyendo en su índole, y acaso modificando en parte su genio, los accidentes y calidades de la tierra escogida para punto de parada. Como la mayor parte, al fin, de los que en unión de los iberos habitaban la España, y absorbían por último las demás razas en la misma existentes, — los cántabros, de la inquieta y audaz prosapia de los draganes, de tal suerte dieron carácter, fama y nombradía á la Montaña, como para que se haya estimado sinónimos un tiempo los apelativos montañés y celtas y ante ellos, en total y absoluto eclipse, desaparecen y se borran las memorias de las otras gentes que en la Montaña y en la costa habían vivido.

¡Cuántas fantasías, cuántas quimeras, forjó el espíritu soñador de los primeros investigadores de la humanal historia, en

cui insidunt, appelatt, — expresa: «De igual suerte que tuvo el griego la preposición xa-cá, con el valor de junto á, cerca de, sobre, en. etc., poseyó la antigua lengua española una voz parecida, la de canta^ canto, que el castellano, juntamente con la de cabe, guarda todavía». « Decimos hoy : siéntate á canto de mi; estuvo al canto de perecer: frases idénticas á siéntate junto d mi, cerca de mi, ó á mi lado; Estuvo en riesgo d&, ó cerca de perecer». «En sánscrito sucede lo propio: kanta vale próximo, cercano, vecino, á canto de ». «Confirman y evidencian,— prosigue,— la significación de la palabra española infinitos nombres geográficos». Cantalapiedra^ Cantaeipino y Cantaelo^allo^ en la provincia de Salamanca; Cantamolino, en la de Oviedo; Cantabrana, en Burgos; Cantalar y Cantelar, en Castellón y la Coruña; Cantallops, en Barcelona y Gerona; Cantoria en Almería; y Cantalucia, en Soria, i qué quieren decir sino, Junto á la piedra, Cerca del pino. Inmediato al simulacro del Gallo, Cabe el molino, Al pie de las breñas. Próximo al ara, ó cumbre sagrada y terminal; Vecino de la estatua de los lobos, terminal igualmente; Frontero de la estatua dorada, en el límite bastetano y urcitano; y en fin Junto á las ruinas de la ciudad de Lutia, famosa en la guerra de Numancia?» n Cántabro significa, pues, — concluye, — Habitante del Ebro. Canta-iber ; y por eso Juvenal llamó cántabro al vascónde CaL\sihorr8L (Satyra xy)n {Cantabria, págs. i 2 3 y i 24 del t. IV del Bo/e/¿n de la Sociedad geográfica de Madrid).

los albores de los estudios referentes á la edad primitiva, llamada céltica entonces por los escritores! Y cuánta distancia, con verdad, desde que esta nación, con el apellido de cantábrica en nuestra Península, se estableció en las comarcas pertenecientes hoy á la provincia de Santander, hasta que, poco antes de la Era vulgar, daba Estrabón noticias determinadas de sus costumbres y de sus usos ! Nadie todavía ha podido atinar dónde estuvo «su primer población, Drdktna, que significa la breñosa y áspera», y que fundaron los draganes acaso en lo más revuelto de la Montaña; y á nadie se hará lícito creer, — aun supuesto el no verosímil total estancamiento de esta gente en el proceso de las edades, — que sean con exactitud incontrovertible los hábitos atribuidos por Estrabón á los cántabros, los que él detalladamente señala y sin vacilación describe, como relativos á su tiempo.

Rudos, ásperos, sombríos, batalladores, altivos, sanguinarios, feroces, serían sin duda para los romanos que trataban de dominarlos y de someterlos; repugnarían á la cultura tiberina como bárbaras las costumbres de aquellas gentes, luego que triunfaron de estas; pero si tales eran entonces, cuando ya los lacedemonios, — que también poblaron la Cantabria, — de largo tiempo, según el mismo Estrabón, «en fe de Asclepiades mirleano y de otros autores», tenían fundada «la ciudad de Opsicela, en memoria de aquel griego Opsicela que con Antenor y sus hijos se avecindó en Italia», ^qué no habrían de haber sido en las edades anteriores, respecto de las cuales no queda rastro ni memoria alguna? ¿Qué fe, por otra parte, conceder absoluta al testimonio de quien hacía iguales en costumbres á «todos los que vivían en las cumbres de Galicia, Asturias y Cantabria hasta los vascones y Pirineo, pues todos (dice) viven de un mismo modo?» (i).

(i) Flórez, La. Cantabria, pág. 127, cit. el texto traducido de Estrabón: «Talis ergo, est vita montanorum, eorum qui septentrionale Hispaniae latus terminant, Gallaicorum et Asturum, et Cantabrorum, usque ad vascones et Pyrenem: omnes enim eodem vivunt modo».

«La fiereza de los cántabros, — observa discretamente el Maestro Flórez — los hizo muy distinguidos entre todos los [habitantes] de la costa septentrional de España á que pertenecían; y por esto algunas veces se nombra toda la costa septentrional de España con la voz de cantábrica^ sin que por esto perteneciesen á una sola región todas las gentes que la habitaban» (i), con lo cual se explica la confusión' de aquel geógrafo, para quien los cántabros eran de condición casi salvaje. Algunas de sus tribus, la de «los cóncanos, especialmente, habitadores en la Liébana y en la marina de Comillas y Santillana, conservaban la costumbre escítica de beber sangre de caballo; otros, reconociéndose generación de los masagetas y gelonos de la. Tartaria, llevaban tocados á manera de turbantes (2); y todos ellos, — dice un ilustre escritor moderno, glosando las palabras de Estrabón, — ' comían pan de bellota, bebían en vasos de cera, embriagábanse con el zitho ó cerveza, no usaban aceite sino la grosura y la manteca de vacas, y tenían por cama el duro suelo» (3). «Cenan sentados, dispuestos á este fin asientos en las paredes». «La edad y la dignidad llevan los primeros lugares». «Mientras se sirve la bebida bailan al són de gaita y flauta». «Vístense todos de negro con sayos, de que forman cama, echándolos sobre jergón de hierbas (4)..., y las mujeres gastan ropas floridas ó de color de rosa»... «A los condenados á muerte los pre-

(1) La Cantabria^ pág. 87.

(2) ... «Si la leyenda é indicaciones filológicas no testificasen que» los «árabes antiguos Elamitas, Medos y pre-semitas llegaron en mayor ó menor número á España, ni constasen algunas comparaciones establecidas por Estrabón entre las costumbres de los antiguos Españoles y los Asirlos, cuyo nombre se muestra perpetuado en Assuros, Nisibes, Azuritanum, así como en los Ausurianos ó Austurianos de la Cirenáica, — dice estudiando los primeros pobladores de nuestra patria el Sr. Fernández y González,— bastaría cotejar el relato del geógrafo de Amasia acerca del tocado de mitra y cabello largo usado por los Españoles de las montañas, con el idéntico que atribuye Plinio y los monumentos hittitas á antiguos pueblos de Arabia y Siria, para demostrar la afinidad de ambas gentes.»

C3) Fernández-Guerra (D. Aureliano), El Libro de Sanioña, pág. 19.

(4) Indudablemente Estrabón hace referencia á distintas localidades, pues no se comprende que habiendo ya manifestado que «tenían por cama el duro suelo», expresase más adelante que dormían los cántabros sobre jergones.

cipitan desde una roca, y á los patricidas los cubren de piedras fuera de sus términos ó de sus ríos».

«Los casamientos son al modo de los griegos, — añade Estrabón recordando sin duda las tradiciones de los lacedemonios, — y á los enfermos los sacan al público, como los egipcios, á fin de tomar consejo de los que hayan sanado de semejante accidente». «Lávanse con orines que dejan podrir en las cisternas, y hombres y mujeres se limpian con ellos los dientes»... «Las mujeres labran los campos, y cuando paren hacen acostar á los maridos y ellas les sirven»; y mientras, con grande asombro por parte de aquel geógrafo, quien las califica de costumbres no tan fieras, aunque poco civiles con relación á la cultura de Roma, (con lo que venían á ofrecer los cántabros marcada y singular analogía respecto de la «legendaria tradición de las Amazonas de Africa y del Termodonte»), tenían aquellos montañeses cierta ginecocracia^ en virtud de la cual los hombres no sólo dotaban á las mujeres, como los árabes, sino además eran «herederas por ley las hijas, las cuales se encargaban de casar á sus hermanos» (i), — «extraños á la plata y al oro, desconocieron la moneda, ó muy tarde se prestaron á recibirla», cambiando «frutos por frutos, ó por manufacturas», ó cortando «algo de una lámina ó plancha de plata», se servían de ello para sus transacciones mercantiles como numerario.

Llevaban el cabello crecido y largo como las mujeres, y al combatir se cubrían con mitras la cabeza (2), cual lo acos-

( I ) Trapa lolr; Kavxáppot^ • tou^ avSpa^ StSóvat xa"?^ yuvat^t TipoTxa • xó,

xa^ Ouyaxápaí^ xXy^povófJLOu^ aTToSüíxvuaGat * xo'J(^ xe áosXcpou^ utcÓ xo'jxcov sxoíóoaGat yuvat^ív • i'-y^et yáp xtva yuvatxoxpaaíav • xouxo o'ou Trávu TroXtxtxóv {Rerum geographicarum, lib. III, cap. IV). í( Hablando Plinio de los Sármatas, tenidos por descendientes de los Medos, escribe, según observa el Sr. Fernández y González reproduciendo en su citada obra el texto de Estrabón: «Tanaim amnem gemino ore in- ))fluentem colunt Sarmatae, Medorum (ut ferunt) sobóles, et ipsi in multa genera wdivisi. Primó Sansomatae Gynecocratumeni^ unde Amazonum connubia» (//isíorza Na/, lib. VI, cap. VII). - (2) Estrabón, lib. III, cap. 111.

tumbraban los antiguos árabes y siriacos, siendo tal y tan grande el amor que á la libertad y á la independencia profesaban, que «las madres mataban á los hijos en tiempo de la guerra cantábrica, para que no cayesen en manos de sus enemigos», y se contaba que «un mozo, viendo á sus padres y hermanos prisioneros, los mató á todos por orden del padre, que le dio el hierro para ello» (i). Nadie pudo aventajar al cántabro— dice gallardamente un escritor contemporáneo — «en amor á la patria y sacrificarse por ella; ni supo, más entero y firme, padecer el calor y el fi-ío, el hambre y la sed, los dolores y la muerte». «Ni halló igual la indomable fiereza cantábrica», tenida por locura. «Prisioneros en la sañuda guerra con Octavio César Augusto, y clavados en la cruz los bravos hijos de la Montaña, entonaban himnos de victoria como si fuesen triunfadores» (2). «Sus armas defensivas y ofensivas consistían en pequeños broqueles, envenenadas flechas (3) y espadas falcatas, ó á manera de hoz, de hierro por industria felicísima templado». «Espíritu de emigración, innato en la raza», llevaba los cántabros á abandonar la patria con frecuentes expediciones «á regiones desconocidas, aguijoneándoles para descender á la desembocadura del Ebro, entrar por la mar y establecerse en la isla de Córcega; así como el odio á naciones tiránicas y desapoderadas» fué en ellos pasión tan invencible, para que sin otro motivo, «desde que sus águilas rapaces acosaron nuesta Península, se declarase [el cántabro] contra Roma» (4).

(1) Flórkz^ La Cantabria, pág. 128.

(2) Fernández-Guerra, El Libro de Santoña^ pág. 19.

(3) Estrabón hace notar que «de una hierba semejante al apio (que parece ser el napelo ó matalobos) forman un veneno activísimo que mata sin dolor, y le tienen á la mano para usarle en cualquier adversidad, especialmente por si daban en manos de romanos», y el P. M. Flórez, transcribiendo las palabras del geógrafo, añade: «Floro dice que hacían el veneno del árbol tejo, y acaso le confeccionarían de uno y otro» (La Cantabria, pág. 129 de la tercera ed.). Resulta pues, que eran los cántabros conocedores de los venenos, y que los aplicaban para diversos usos.

(4) Fernández-Guerra, Ob. cit., págs. 20-2 i .

lió

Importado del oriente, donde debía de ser común á las gentes de la raza asiría, según lo fué también á la española de Vardulia, — bien como representación de un «Dios innominado, cuya manifestación luminosa podía entenderse de la misma manera en la Luna que en el Sol» (i), bien como diagrama místico de buen augurio, — tenían los cántabros expresivo signo denominado primitivamente svasti (2), con el cual, lo mismo en aquellas apartadas regiones de donde procedían, que en éstas donde en España habitaron, encabezaban sus monumentos litológicos, y aun decoraban sus banderas, cual los babilonios (3), y que aparece en aquellos en esta disposición y forma:

Señalan los eruditos este signo como precursor del monograma de Cristo (4), y hállanle otros hasta en «las mismas regiones polares», «grabado en piedras rúnicas, las más antiguas de los siglos paganos», poseyendo Inglaterra «cuatro inscripciones, latinas y paganas también, dedicatorias á Marte, Júpiter, Minerva, y al Genio y Bandera de la cohorte I, fiel, de los Várdulos, donde resalta el svasti^ ahora solo, ahora duplicado acompañando á la media luna creciente ó á la cruz en aspa» (5).

(1) Fernández y González, Primeros •pobladores de España, pág. gS.— Este escritor reproduce á la pág. 99 diversas formas de cruces, tales como aparecen en los monumentos asidos, y entre los cuales se muestra la usada de preferencia por los cántabros; pero al propio tiempo, y estimándolas como « esculpidas en monumentos dichos prehistóricos de la citania de Briteiros (Portugal )», publica otras dos cruces, que son fruto conocido ya de culturas mucho más adelantadas, como representantes del estilo latino-bizantino, no clasificado con la propiedad debida por los arqueólogos lusitanos.

(2) Burnouf, Dictionnaire classique sanshrit-frangais, cit. por el P. Fita [Cantabria de Fernández-Guerra, pág. i 26 del tomo IV del Boletín de la Sociedad geográf. de Madrid).

(3) Fernández y González, Op. et loco cits.

(4) Fernández-Guerra, Cantabria, pág. 141 del cit. tomo del Boletín referido.

(5) Cita el P. Fita respecto de la primera afirmación, el testimonio de Vígfus-

SANTANDER II7

Grabado aparece como señal de trofeo en «medallas augusteas y coloniales de Córduba, Acci y Cartílago Nova->^ , y con el nombre de cántabrOy ostentóse en el estandarte imperial así llamado, no «del tiempo de Augusto ni de los escritores clásicos», según observa discretamente el P. M. Flórez (i), sino ya en el siglo 11, cual lo atestigua Tertuliano en la conocida y tantas veces glosada sentencia: Sipara illa vexillorum et cantabrorum, stolae crucium sunt (2), y lo corrobora Minucio Félix, su contemporáneo, escribiendo por su parte: Nam et signa ipsa et CANTABRA, et vexilla castrorum^ quid aliud quam inauratae cruces stmt et ornatae? (3).

Contradiciendo la docta opinión del sabio agustino autor de la España Sagrada ^ afírmase hoy que «hay motivo suficiente para conjeturar que Augusto adoptó el cántabro como estandarte, en recuerdo de la victoria cantábrica; -y que al ser crucificados los Cántabros, se trataba de que fiiesen escarnecidos en el emblema nacional y característico de la antigua religión que profesaban» (4). Ajuicio de aquel, sin embargo, «no se conoce fundamento para decir que Roma tomó de los cántabros el estandarte» así apellidado, pues sobre ser notorio y constar «por Tácito y Suetonio, que en los estandartes escribían los nombres

son, quien, recordando en su Diccionario islandés-inglés^ artículo Hammar, « cómo el Edda, en uno de sus sagas, prescribe que al tiempo de casarse los novios sean marcados con aquel signo, en tales himnos denominado Martillo de Thor (Thors- /lawwar) )), da noticia semejante, mientras apoya la segunda de las afirmaciones mencionadas el de Hübner en su Corpus inscrij>íionum latinarum^ t. VII, inscripciones núm. 420, 82 i 03 i , 1035 (^Cantabria de Fernández-Guerra, pág. 127 del Boletín y tomo referidos).

(1) La Cantabria^ pág. 141 de la ed. cit.

(2) Apologético^ cap. XVl.

(3) Octav., cap. XXIX, cit. por el P. Fita, loco cit.

(4) P. D. Fidel Fita (loco cit.), quien escribe á continuación: «{Qué simboliza el svasti? El rayo, evidentemente, según Vígfusson en el lugar citado. Yo no lo niego, tratándose de la mitología escandinava ; y aun admito que en lo primitivo fuese representación del rayo cruzado de Indra, poetizado artísticamente luego por la mitología greco-romana en la diestra de Júpiter». « Pero, á mi ver, no pocas lápidas figuraron con el svasti al sol, identificando con esta forma el sol alado, tan frecuente en los monumentos asiro-egipcios».

ii8

de los emperadores, Laceratisque Vexillis nomen Vitellii praeferentibus, como dice Tácito (i), y Suetonio en Vespasiano, 6: Nomenque ejus vexillis ómnibus inscripserunt» — «añade Pitisco con Rigalcio sobre Minucio, que las letras escritas en el principal estandarte denotaban á los soldados alguna cosa grata, y esto latinamente se dice canere; por lo que sin recurrir á cántabros , ocurre etimología más probable de cantabrum , por aquello que las letras del estandarte anunciaban, y de canendo ó cantando llamarle cántabro, pues aquí debe tomar en cuenta el más escrupuloso — observa — que no usaron tal voz los escritores clásicos, ni aun fué adoptada con generalidad, y esto prueba — concluye — que algunos le nombraron así, y que no era cosa de Augusto ni de guerra cantábrica» (2).

Mas sea de ello lo que quiera, pues bien que no resulte por modo alguno lícito afirmar que Augusto adoptara en el estandarte imperial el svasti ó cántabro, cual todo lo persuade, — indudable es que semejante signo aparece en las medallas augusteas, como aparece en los monumentos litológicos de la Cantabria española y del Oriente, y que figuró en los estandartes en tiempo de Tertuliano y de Minucio, cual acreditan «los textos que cita Du Cange, donde se mencionan los cantabrarii ó portaestandartes del cántabro-»^ por más que ni sea admisible la etimología propuesta por el P. Flórez á lo que entendemos, ni tampoco la creencia de «los que se precian de cántabros, así montañeses como vizcaínos», quienes por estéril vanagloria, «convienen en decir, que antes de venir el Redentor del mundo, ya sus mayores veneraban la cruz teniéndola por blasón» y distintivo (3), con lo cual bien á las claras dejan en esta parte lo exagerado de sus sentimientos.

Con tales condiciones y caracteres, más ó menos ciertos é

(i) Rist., 2, 28 (Cita del P. Flórez). (2I La Cantabria^ pág. i 39. (3) /¿¿.,pág. 138.

SANTANDER II9

hiperbólicos, y revelando por la mayor parte de ellas así la afinidad de los habitadores de la Montaña con gentes orientales, como su parentesco con las griegas (i), — aparece en realidad ante la historia el cántabro : de tal y no otra forma le presentan hoy á nuestros ojos los escritores de la antigüedad, y bien que la pintura no sea del todo exacta, ni muchas veces lisonjera por cierto, como á nuestro cuidar se ofrece, — cual ejemplo de valor, de entereza, de energía y de virtudes bélicas, le distinguen y señalan los hechos conocidos y registrados. Bien le conocían los romanos, á quienes tenía jurado rencor invencible, y bien le conocía el español Silio Itálico, cuando afirmaba que ni el frío, ni el calor, ni el hambre le rendían, que era superior á toda fatiga, y que no sabía vivir más que en la guerra, como en elemento propio :

« Necnon totus adest vesper, popaelisque reposti. Cantaber ante omnes, hieraisque ustusque famisque Invictus, palmamque ex omni ferré labore. - Mirus amor populo ; cum pigra incannit aetas, Imbelles jam dudum annos praevertere saxo, Nec vitam sine Marte pati, quippe omnis in armis Lucís caussa sita, et damnatum vivere paci.»

Cuando ponderaba sus aptitudes militares :

« Quo non alius venalem in proelia dextram Ocior attulerit, conductaque bella probarit Cantaber, et galeae contempto tegmine Vasco; »

cuando, según advierte el clarísimo Flórez, «por elogio del cónsul Flaminio pone luego el valor de no haber jamás visto su espalda el africano ni el cántabro :

«Ne terga Lybis, ne Cantaber unquam Cónsules aspiciat; »

(i) «Y todavía,— dice el erudito montañés D. Angel de los Ríos y Ríos, refiriéndose á las costumbres griegas,— se conservan en algunos de nuestros valles los epitalamios, en las bodas, y lamentaciones fúnebres por los difuntos, como en tiempos de Strabón, y como en Grecia hoy mismo» ( De Cantabria, art. Introducción, pág. I o}.

cuando «refiriendo después los que concurrieron á.la batalla, da el primer lugar» á los hijos de esta tierra :

« Subiré leves, quos hórrida misit Pyrene, populi, varioque auxere tumultu Flumineum latus : effulget caetrata juventus : Cantaber ante alios, nec tectus témpora Vasco; >^

cuando, «ponderando la ligereza del vascón y la facilidad con que el cántabro arroja las flechas», decía:

« Ac juvenem, quem Vasco levis, quem spicula densens Cantaber mgtkidX'^'»

cuando Horacio le apellida bellicosus Cantaber ; cuando el cordobés Lucano, haciendo relación en su Pharsalia «al valeroso y afamado Sceva, soldado del César», manifiesta en su encomio que «no le faltó para el lleno de su fama sino que el fuerte ibero, ó el cántabro con sus armas cortas ó el Teutón con las largas, le hubiesen vuelto la espalda» :

* Félix hoc nomine famae, Si tibi durus Iber, aut si tibi terga dedisset Cantaber exiguis, aut longis Teutonus armis; »

y cuando, entre otros muchos, que con los ejemplos copiados y conocidos de todos citan los autores, — ^Josepho reconocía en los montañeses «(por la fama general) una especie de furor marcial; Kavxáppwv ápscjxávta» , tan couforme con lo que de sus instintos bélicos consignan los escritores de Roma, y tan propio de los habitantes de nuestra España entera, y en especial de los de Cataluña, que se dieron muerte por quitarles las armas, y de quienes dijo Tito Livio : Ferox gens nullam vitam rati sine armis esse {i).

(i) Libro XXXIV, cap. i 7 cit. por Flórez, de quien tomamos estas referencias, pág. I 30 y siguientes de La, Cantabria.

En extenso perímetro, según han determinado sus dos más insignes y famosos ilustradores, — comprendía la Cantabria, y reconocía como suya, toda aquella parte de la encrespada costa que con vario movimiento, entre esteros más ó menos considerables, y entre revueltas peñas, se derriba al mar que la combate, desde la ría de Villaviciosa al Occidente, por donde partía entonces límites con la región astúrica, hasta llegar á las Encartaciones, punto en el cual la placentera ría de Oriñón, que corre sosegada y tranquila por anchuroso seno, marcaba su término á Levante. Incluidos quedaban así, la desembocadura del río Sella, Llanes, Puertas, la boca del caudaloso Deva, ó Tinamayor, la península de San Vicente de la Barquera con sus esteros anchurosos que la estrechan amantes en sus brazos, Cóbreces, Suances, Santander y la enhiesta península de Santoña ; torcía después por Oriente hacia Mediodía ondulante línea que, abriéndose verosímil paso por Castro, Ramales, Arceo, la señorial Medina de Pomar, Puente-areas y Oña, — penetraba en el distrito burgalés de la Bureba, y bajaba hasta Sasamón cerca ya del sitio en que fué fundada Burgos, para marchar con no menor movimiento al Occidente por territorio burgalés también, subir en la dirección boreal desde Lobera á San Juan de Pedrosa, y continuar desde allí por las jurisdicciones hoy palentina y ovetense, cerrándose en la ría de Villaviciosa, su punto de partida, ya en la costa.

Región tan vasta y tan varia al propio tiempo, que dilataba sus términos por circunscripciones tan distintas en la actualidad, y de las cuales pretenden ajenarse los que como sucesores de los cántabros se estiman, — distribuida se hallaba, á juzgar por el testimonio de los escritores latinos, en hasta nueve y diferentes distritos, en los cuales tenían determinado asiento las diversas tribus cántabras distinguidas por los geógrafos, apareciendo en el confín del NO., esto es, en territorio hoy de Asturias, y tendidos á lo largo de la costa en primer término, los Cántabros Selenos, — adoradores de Selene ó la Luna como tantos otros

pueblos establecidos en España (i), — estrechados al N. por el Océano, «desde la ría de Villaviciosa, hasta Puertas, en la banda derecha del río Purón, á 8 kilómetros hacia el E. de Llanes.» A partir de la citada ría hasta Fano de Libar don, lindaban al O. con los Astures transmontanos^ y mientras al S., «por Cofiño, Fíos de Biabaño, Castiello, Arobes, Arriondas, el río Sella, Covella, Triongo, Tresanio, Táraño, Pedrosa, Avín^ hasta Torre (dos leguas hacia el Oriente de Covadonga)» limitaban con los Cántabros Cáncanos, — al E. se hallaban en contacto con los Orgenoméseos, «desde Torre hasta Puertas y la desembocadura del río Purón en la mar», señalándose como su capital y centro la ciudad de Octaviolca (2).

Sucedían con mayor extensión por Oriente á los Selenos, los Cántabros Orgenomescos ó Argenomescos, cuyos dominios, bañados al N. por las saladas ondas del mar, se dilataban « desde Puertas y el río Purón, hasta Toñanes, á Oriente de San Vicente de la Barquera y á Poniente de Santillana, siendo fronterizos al O. con los ya mencionados Selenos «desde la entrada del río Purón» en el Océano, por «Puertas, Ar angas, Arenas de Cabrales. Puertas, Puertas (hay dos lugares cerca llamados así), hasta Torre (al sol saliente de Covadonga)», y con los Cáncanos, «desde Torre, Molina, por el río Casaño arriba, canal de Trea (^Tria Cápita?), Caín, Posada de Valdeán, Picos de Europa, hasta la Peña Prieta y «al S. y al E., con los C Vadinienses, desde la Peña Prieta á Toñanes y el mar», con el que estos últimos cántabros lindaban también por el Septentrión, á

( 1 ) Véase respecto de este particular, cuanto afirma nuestro hermano político, el académico Sr. Fernández y González en su interesante trabajo acerca de los Primeros pobladores históricos de la Península Ibérica.

(2) El señor Fernández-Guerra, á quien seguimos, escribe respecto de Octaviolca : «me figuro ser la misma que Estrabón apellida Opsicela.^» «Ha de buscarse,—añade, —en torno de Ucío ú de Rivadesella, no lejos del mar, á una y otra margen del río que Pomponio Mela llama Sa//a [Saelia), Saunio, ó Satirio (tan varios andan los códices entre sí) , que Tolomeo apodó Ucesia, y á quien hoy decimos Sella » ( Cantabria., Bol. de la Soc. geográf. de Madrid, t. IV, pág. i 28).

partir de Toñanes^ en estrecha faja á que la desembocadura del río Pas ponía término por aquella parte.

No sucedía por aventura con los Vadinienses lo mismo que con los Orgenomescos ; pues mientras son ignorados el nombre y el lugar donde estuvo la capital y cabeza de éstos, — conócese por lo menos el apellido de la de aquellos, la cual, con el título de Vadinia, daba denominación á los habitantes del distrito, haciendo el fuero de Brañosera, que lleva la fecha de 824, expresiva mención de ella, — bien que se encontraba ya en ruinas, — con llamarle civitas antigua. Lindaban los Vadinienses á Ocaso con los Orgenomescos «desde el mar, en Toñanes, Cabrojo, Cabezón de la Sal^ Treceno ; el río Aradas^ hasta su confluencia con el Nansa; Quintanilla, Sobrelapeña; por la divisoria arriba del Nansa y el Caudal; el puerto de Cuevas, Cantaelguardia, la Peña de Brez^ Sierras Albas (Mons Vindius) hasta la Peña Prieta») y con los Cántabros CóncanoSy desde este punto de la Peña Prieta, «por la divisoria del Esla y Carrión, hasta \?i Peña Espigúete, al Mediodía de Cardaño de arriba»; partían límites al S. con los Cántabros Tamáricos desde la citada Peña Espigúete, por el puerto de Picones, Camporredondo , Alba de los Cárdanos, La Lastra, Villanueva de Bañes, Recoba, Arbejal y Cervera del río Pisuerga», desde cuyo lugar, ya á Levante, eran finítimos con los Cántabros Juliobrigenses ^ «hasta la desembocadura del río Pas en el Océano.»

Con no menos irregularidad que la accidentada zona habitada por los Vadinienses , tendíase de N. á S., con inclinación al Oriente, la que los Juliobrigenses , ya citados, usufructuaban, saliendo al mar desde la desembocadura del Pas hasta el Astillero de la ría de Santander; la boca de aquel río, «Fuente- Arce, Polanco, Torrelavega, Sopenilla, Tárriba, Pedredo^ Arenas, San Vicente de León, el puerto de Fuentes, la Sierra de Sejos Peñarrubia. Cabra la vieja, Brañosera, Nuestra Señora de la Peña, la Peña de Muda, Villanueva de la Torre» y Cervera del río Pisuerga, eran los lugares con que al Ocaso partían límites con

los Vadinienses , y mientras, á contar desde Cervera^ por Casas de Burón^ Quintanaluengo ^ Perazancas^ Frontada hasta Agttilar de Campóo se mostraban fronterizos los Juliobrigenses de los Tamáricos por Mediodía, — en igual sentido «desde AgtLilar^ por Cabria^ QuintamlLa de las Torres, Canduela, Menaza, Peñarrubia, Aguilar de Bercedo, Las Fines tros as, Hinesirosas ó Henestrosas (i), la Cuadra, Peñaescrita ó Piedraescrita, Las Quintanillas , Mataporquera, La Quintaiia, El Haya, Castillo

( I ) «Más de doce piedras terminales augusteas subsisten aún,— dice el Sr. Fernández-Guerra,— que patentizan el límite boreal del territorio Velegiense», concedido por Augusto después de finalizada la guérra cantábrica á la Legión Cuarta Macedónica, «con el Juliobrigense»; la una de ellas, encontrada en las Henestrosas^ «dos leguas más acá de Reinosa por el mediodía, y á la derecha del que vaya á esta villa desde Aguilar», según el P. M. Flórez, es tal que «lo largo pasa de dos varas» y «lo ancho es media», declarando en seis líneas :

TER • AVG... ...ST-DIVIDIT PRA -LEO IIII-ET AGR... 5 ...VM-I VLIO... ...BRIG

«En aquel camino real del que vaya á Reinosa hay otra de las ... mencionadas inscripciones, que es de las medidas de la precedente, y dice así:

TER-AVG... ...VST\DIVÍD... ...IT-PRA-LEG IIII ET AGR... 5 ...VM- IVLIO... ...BRIG

«Existe á un cuarto de legua más adelante del lugar llamado Las Quintanas ^ y dentro de él, en el zaguán de una casa, ....otra piedra media vara más corta y otra media más ancha; por lo que dispusieron los renglones en cuatro líneas, y aunque está maltratada, se lee lo siguiente :

TER-AVGVST-

DIVIDIT

IIII ET-AGRVM.IV... ...LIOBRIG

(Flórez, La Cantabria^ pág. 58; Fernández-Guerra, Cantabr-ia, págs. io8 y 109 del cit. t. IV del BoL de la Soc. geográf. de Madrid). Fernández-Guerra señala como lugares donde fueron marcados estos términos augustales La Cuadra, Peñaescrita, Las Quintanillas, La Quintana, El Haya y Castillo del Haya [Boletín cit., pág. I 30).

del Haya, Sobrepeña de Cervatos^ Matamorosa^ Peñadutral, Carabeas^ Candenosa, Bárcena de Ebro, Quintanas- olmo, hasta Arantiones-i> , confinaban con los Cántabros Velegienses, como confinaban con los Coniscos al E., en la línea que va desde Arantiones hasta el Astillero en la ría de Santander, ya mencionada. Era Julibbi^iga «Puente de Julio» (i), que primero se decía Brigantia», la capital de los Juliobrigenses , y «se elevaba sobre la orilla derecha del Ebro, en el cerro y pueblo de Retortillo, con su barrio de Villafría, media legua al SE. de Reinosa» (2).

Más allá de la comarca juliobrigense, sucedía á Levante la de los Cántabros Coniscos, también al N. bañada por el Océano «desde el Astillero y ría de Santander hasta la de Griñón, en la desembocadura del río Agüera», lindando al Poniente con aquella por el referido Astillero, «Puente Solía, La Concha de Villaescusa, Penagos, Abionzo, San Roque de Rumiera, el nacimiento de los ríos Miera, Pisueña, Pas y Lueña, el puerto del Escudo, Arija, Santa María del Hito>^ y Arantiones, al S. con la de los Velegienses por la citada Arantiones y Valderredible á Villaesctísa de Ebro, y con la de los Cántabros Morecanos desde este mismo punto, «por San Miguel de Cernejtiela hasta Puentearenas->'> , y «alE. con \os A^¿t7^igones á^sá^ Puentearenas hasta la ría de Griñón y el mar; al hacer mención de los Co7iiscos el geógrafo de Amasia, no dice» dónde fijera su capital, bien que «pudiera deducirse de Plinio que en Sanga, ahora Sangas y San Bartolomé, cerca del nacimiento del río Sangas ó Mayor, que recibe al Asón por más abajo de Ramales.» «Sin embargo, es preferible suponer que la población tenía por nombre Conisco, y buscarla

(1) Bien que para nosotros es por todo extremo respetable siempre la docta opinión del sabio Fernández-Guerra, no por ello hemos de aceptar en absoluto y por completo las conclusiones todas de este ilustre arqueólogo, apartándonos aquí de la interpretación por él dada á la palabra briga, que traduce por puente cuando no es, á nuestro juicio, sino derivación del griego irúpyo^ equivalente á muro ó recinto fortificado de torres, y por extensión ciudad ó villa, valiendo tanto Julióbriga como ciudad de Julio.

(2) Flórez, La Cantabria, pág. 56 ; Fernández Guerra, Op. cit,, pág. i 30.

hacia el pueblo de Sobarzo de Penagos, á dos leguas y media de Entrambasaguas, si la voz Sobarzo significa Por bajo del alcázar ó capitolio» (Suó arce). «El distrito Conisco, — advierte el escritor cuyos estudios utilizamos, — díjose en la Edad-Media Asturias de CtUellio y Santa Maria de Portu (hoy Cudeyo y Santoña), por el Cutellium Castrum (cudeyo, cuchillo) que se alzaba sobre afilada cumbre á orillas del río Miera.»

En esta región de la Cantabria, y por bajo de los Coniscos, situaban los Morecanos, ya en la actual provincia burgalesa, y cuya «capital Móreca retiene su nombre en el de la villa de Castro-Morca, al Sudeste de Villadiego», en el partido judicial de Sedaño, apareciendo desde Villaescusa de Ebro á Puentearenas, y desde Puentearenas á Oña^ limítrofes de los Cántabros Coniscos y de los Autrigones respectivamente por el N.; «desde Villaescusa de Ebro, La Piedra, Villanueva de la Puerta, Arenillas junto á Villadiego, Tapia hasta Villamorón» , colindantes por Ocaso con los Cántabros Velegienses, y «desde Villamorón hasta Terminón» , de los Turmódigos al Mediodía y Levante.

Continuando en dirección á Poniente, mostrábanse con reducido territorio los ya memorados Cántabros Velegienses, cuyo nombre y cuya memoria hubieron de vivir hasta los tiempos de la Reconquista cristiana, adjetivando con ellos la región de Castilla; «su capital Véllica ó Vellegia, aún ostenta magníficas minas sobre la falda oriental y en la cumbre de la montaña de Bernorio, entre Hélecha y Villarén, al E. de Aguilar de Campóo, bañada por el Rupión y el Camesa», resultando por el N. «fronterizos de los C Julio brigens es desde Aguilar de Campóo hasta Arantiones» , «y de los C Coniscos desde Arantiones á Villaescusa»; por O. «de los C Tamáricos, en Aguilar de Campóo, Peña del Aguilón, Villaescusa de las Torres, ^^neáo; Gama^ Becerril del Carpió, Villaescusa de Hecla de Hércules ?) , Alar del Rey hasta Herrera de río Pisuerga ; por el mediodia, de los Vacceos «desde Herrera de río Pisuerga hasta Castrillo», y desde aquí hasta Villamorón, de los Turmódigos ; y por el E.,

de los C. Morecanos «desde Villamorón hasta Villaescusa de Ebro. »

La zona en la cual habitaban los Cántabros Tamáricos^ más espaciosa que la de los Velegienses, tenía sus fronteras por el N. con la de los Cántabros Cáncanos desde Cabrera^ con la de los Vadinienses desde la Peña Espigúete, y con la de los Juliobribrigenses desde Cervera hasta Aguilar de Canipóo, dividiendo términos al 'O. «con los Astures Augustanos desde Cabrera hasta Portillejo^ hacia el Sudeste de Saldafia», al S. «con los Vacceos, desde Portillejo hasta Herrera de río Pisuerga», y desde Herrera hasta Aguilar de Campóo con los Cántabros Velegienses por Levante. «No sé, — escribe el Sr. Fernández Guerra, — dónde estuvo su capital, aunque la supongo, — dice, — no lejos de Valsurbio al O. de Cervera del río Pisuerga, porque significando aquella dicción Valle por bajo de la ciudad, me lleva el pensamiento hacia aquellos parajes.» «Tolomeo llama á la ciudad Camárica . »

Cerraba por el límite occidental la Cantabria la comarca propia de los Cántabros Cáncanos^ cuya capital Cóncana^ que les daba nombre, lleva al último de los ilustradores de esta región de la Península, «á San Pedro de Con, NNE. de Covadonga, legua y media E. de Cangas de Onís, en la margen izquierda del Güeña, allí donde se le junta el río Chico, terreno montuoso, quebrado y fértil», hoy propio de la provincia de Oviedo, lindando los Cáncanos con los Cántabros Selenos desde Fano á Torre por el N.; desde Fano y Lillo hasta Cabrera con los Astures Aíigustanos y con los Transmontanos por el O.; desde Cabrera á la Peña Espigúete por el S. con los C Tamáricos^ y finalmente á Levante, desde la Peña Espigúete hasta la Peña Prieta con los C Vadinienses , y desde la Peña Prieta á Torre con los Cántabros Orgenomescos (i).

(í) Fernández-Guerra, Op. cit., págs, 128-132,1. IV del Boleí. de la Sociedad g eográf. de Madrid.

No de otra suerte resulta circunscripta la Cantabria, de conformidad con lo que expresan, no siempre de total acuerdo, geógrafos é historiadores, y de lo que patentizan los monumentos epigráficos descubiertos hasta nuestros días, ya que no sea por desventura lícito hacer relación á otro linaje de memorias, que en aquella comarca de la Península por ninguna parte aparecen. Su territorio pues, comprendía no sólo la actual Montaña, sino que extendiéndose por Occidente y Mediodía, figuraban en él zonas adjudicadas con el transcurso de los tiempos á provin cias distintas, cuales lo son la de Oviedo, la de Falencia y la de Burgos, en tanto que por Levante quedaba fuera de él el Puerto Autrigón de los Amanes (Castro-Urdiales), «hecho colonia por Vespasiano, con la denominación de Flavióbriga^^ ^ que tanta causa ha dado para disquisiciones estériles, por lo que á su emplazamiento se refiere y respecta. Dilatada la costa, donde el mar estrellaba constante é inútilmente su furia, mientras como correspondiente á los cántabros menciona Plinio en la zona marítima «maravilloso monte», «todo vena de hierro» (i), que es el Cabarga, y en el cual otros vieron el de Somorrostro, — contábase en aquella con tres puertos principales, denominado Portus Victoriae el más oriental, Por tus Blendium el del centro y Vereasueca el de ocaso; el primero, propio de los Juliobrigenses, en Santander (2), de los Vadinienses el segundo, en la ría

(1) Las palabras del insigne naturalista expresan: «Cantabriae maritimae parte, quam Oceanus alluit, mons praerupte altus, incredibile dictu, totus ex ea materia est» (Lib. IV, cap. i $ al 14, cit. por Flórez). El sabio agustino, combatiendo las opiniones erróneas de H-enao y Larramendi, fija por modo indudable la situación de este monte (La, Cantabria^ pág. i 7 y sigs.).

(2) Creyó Flórez y con él Fernández-Guerra un tiempo, al escribir su Libro de Santoña,— que era este puerto de Santoña el de la Victoria, error en que sigue á ambos D. Baldomcro Villegas en su art. Por deber y por ainor, inserto en el álbum. De Cantabria (pág. 216); pero el propio Fernández-Guerra con mayor copia de datos rectifica en su trabajo acerca de Cantabria, no sólo por las palabras de Plinio, que son bien expresivas, sino quizás también porque, según el docto D. Angel de los Ríos y Ríos, en las márgenes del puerto juliobrigense «se han hallado recientemente monedas, mosaicos y termas de los caudillos romanos» (De Cantabria, pág. I i), reliquias unas y otras y en especial las últimas que no ha sido para

de Suances, y de los Orgenomescos el tercero, «junto á la ermita de San Vicente de la Barquera, todavía existente en la punta que divide en dos su ría» (i).

Apegado á la tradición, el cántabro, resultante de la convivencia ya que no de la fusión de las razas á que primitiva y sucesivamente hubieron de pertenecer sin duda alguna los habitadores de la Montaña, — sólo es para nosotros conocido en parte desde el momento en el cual toma la ciudad del Tíber, ambiciosa del universal dominio, activa parte en los negocios de la España; sólo desde aquel momento en que, siguiendo á Hanníbal combate en Trasimeno y en Cannas, é infunde invencible pavor en los legionarios romanos, que tratan inútilmente de impedir el paso del cartaginés, siempre triunfante. Por los historiadores romanos, incluyendo en este número á aquellos que llevan á la literatura de Roma el espíritu español, cual nacidos en la Península, — conocemos su ardimiento, su bravura, su vigor incansable, su sobriedad y su fortaleza, que parecen perpetuados como característica, no ya en los hijos de la Montaña solamente, sino en todos los de este país, el más occidental de Europa; ellos, los vencedores, son los que nos dan noticia del vencido, mirándole con el desdén profundo que inspira siempre á espíritus de mayor cultura lo inacostumbrado y desconocido; ellos, los que señalan los límites del territorio cantábrico; y cuando en él ha penetrado forzosamente la savia romana, cuando, por débiles que se las suponga, han llegado hasta allí las influencias del triunfador modificándolo todo, — ellos son los que nos hablan

nosotros dado conocer en manera alguna. El texto de Plinio dice de esta manera: « Proxuma ora Citerioris est eiusdemque Tarraconensis situs, a Pyrenaeo per Oceanum Vasco- num saltus, Olarso. Vardulorum oppida, Morosgi, Menosca. Vesperies ; Amanum portus, ubi nunc Flaviobrica colonia. Civitatium VIIII regio Cantabrorum : flumen Sanga ; Portus Victoriae, luliobricensium : ab eo loco fontes Iberi XL M passuum ; Portus Blendium ; Orgenomesci e Cantabris: portus eourum Vereasueca» ( Libro IV, cap. 20).

(i) D. Angel de los Ríos y Ríos, art. Inírod. del álbum citado De Cantabria^ pág. I I.

de sus costumbres, confundiéndolas con las de los pueblos comarcanos, según Estrabón trata de determinarlas.

Afirmación sería inadmisible la de aquellos que pensasen que á la sazón el cántabro, emigrante continuo de la patria, soldado con el cartaginés y con el romano más tarde, al admitir las influencias de los unos y de los otros, — como carga inútil había arrojado de sí sus tradiciones y su espíritu, perpetuado aún á través de las edades: no fué éste, triunfo que hubo de conseguir Roma, á despecho de su poder, entre los españoles, cual todo lo evidencia y es notorio; no fué tampoco tal el resultado de la dominación latina, por la cual habría de tal manera desaparecido el nacional espíritu ahogado bajo el peso de la influencia romana; y esta consideración nos lleva forzosamente á deplorar, como deploramos, la carencia absoluta de antecedentes indiscutibles, por los cuales y con los cuales sería cumplidero el intento de reconstituir el cántabro, tal como debió ofrecerse á Hanníb^l para sus famosas campañas en Italia, viviendo del pastoreo y de la caza en aquellas abruptas y encadenadas eminencias que dan carácter á la provincia de Santander los unos; surcando los otros mares, esteros, lagunas y ríos; nutriéndose todos, así el habitante de la marina como el de la región mediterránea montuosa, de las tradiciones aportadas de los varios confines orientales de donde procedían.

No bastan para producir tal enseñanza, ni la famosa Cíieva de Altamira, ni las de Camargo, ni ninguna de las que aún por explorar existen en la Montaña; no bastan tampoco ni el dolmen del Abra, ni la piedra oscilante de la Boariza, ni tampoco los depósitos de útiles mesolíticos explorados pacientemente por Sautuola, ni el hacha de cobre hallada en Ruiloba, y de que queda hecha referencia arriba: algo de privativo, algo de característico y peculiar, demás de sus condiciones preconizadas por los romanos, debió de tener el cántabro, que le distinguiera en la edad protohistórica del habitante de las cavernas en las demás regiones de España y de Europa, y que le singularizase

en las posteriores, respecto de sus conterráneos del Ocaso y del Levante, con quien Estrabón le da comunidad de hábitos. ¿Qué fué? ¿Qué testimonio especial podría acreditarlo? Ni es d sz^as¿i^ el símbolo del rayo, ó del sol, ó de la luna, según se quiere, el «diagrama místico de buen augurio», que encabeza sus memorias litológicas y que fué común también á los Vardulos; nada hay, por desventura, que nos lo dé á conocer, ni nos lo indique, viéndonos forzados en consecuencia á prescindir del habitante de la Montaña, como conocido, y fuera de más ó menos verosímiles conjeturas, que no pueden ser objeto formal de la Historia, antes de que las legiones romanas pusieran el pie en nuestra Península.

Como el cántabro y con el cántabro, el zg/eifa ó morador de los pantanos y los esteros, remontaba los ríos y costeaba los mares en barcas de cuero, lo mismo en las regiones del Septentrión que en las del Mediodía; como él, transportaba por tales caminos en especiales almadías los objetos que pudieran serlo de su comercio en unas y otras partes; como él, el habitante de las zonas montuosas buscó guarida segura en los naturales edificios trabajados en la roca por los espasmos terrestres ó las aguas al buscar salida; como él, valiéronse en todos lados de los huesos de los animales de que se sustentaban, del sílex y de las conchas para fabricar armas é instrumentos; como él, fabricaron de negra arcilla ó consistente barro más adelante sus útiles caseros para conservar el alimento; como él, y quizás antes que él, conocieron los metales, y trataron de arrancar á la tierra los que conservaba en sus entrañas; y como él, vivieron de recelos y rencores todos los que habitaron la Península, facilitando así la empresa de los conquistadores de todos tiempos. Tuvieron sus héroes, y ejecutoriaron reiteradas veces los cántabros su amor á la independencia como los saguntinos, los numantinos y los astapenses; y si hasta ellos no llegó tan pronta y tan activa la dominación de Roma, debido fué eso á aquellas condiciones con que la historia nos presenta á los montañeses de Cantabria,

pues acreditado está que fueron á los españoles generalmente comunes, sino á la configuración de su territorio, á las dificultades que ofreció desde un principio, y que hizo bien patentes á Augusto su primera tentativa inútil de reducción al comenzar la apellidada guerra cantábrica.

Ocultan las nieblas densas del pasado la historia de la Montaña, y la obscuridad impide penetrar en el golfo de lo desconocido y arcano, donde tantos han naufragado sin auxilio; nieblas más espesas que las que coronan en la alborada las crestas de los montes en aquella región, y se ciernen lentas sobre los valles, impiden extender la vista por los horizontes que aún no ha logrado trasponer la Historia en su incesante y progresiva marcha; ni hay luz, ni monumento que pueda servir de punto de partida, ni estrella que nos guíe, y fije el rumbo que haya de seguirse en tales investigaciones, ni todavía señale por indudable modo el límite racional de lo emblemático y lo fabuloso y el de lo histórico: preciso es, pues, que limitemos el campo de observación, y que nos contentemos con aquello que cual más ostensible y seguro ha sido ya determinado y es notorio, aun á riesgo de que en tal empresa, y caminando por senderos trillados, álguien nos moteje y apode, bien contra nuestra voluntad por cierto, cuando no está realmente en nuestra mano el ponerle racional remedio, y cuando los hijos mismos de la Montaña, aquellos estimados allí como aclaradores diligentes de puntos obscuros y de controversia de la Historia española, no vacilan en caminar por tales veredas, por donde siguen los pasos de quienes, para enaltecer y sublimar las glorias indisputables de su patria, trazaron como quisieron la historia de los pueblos por ellos sojuzgados.

Perdona pues, lector, que, temerosos del seguro naufragio, no nos embarquemos contigo en el frágil esquife que se balancea gallardo en las aguas, ahora tranquilas y reposadas de la fantasía; que apartando los ojos de aquel incitante y provocador espectáculo, los volvamos á lugar firme, donde guiados por

quienes conocen el terreno, podamos salir á sitio libre de peligros, en compañía de cuantos hasta aquí, y Dios sabe por cuanto tiempo aún, han recorrido esta comarca, por la cual habremos luego de discurrir individualmente, para sorprender por cuenta propia su desenvolvimiento, no por completo esclarecido á pesar de todo, en edades más cercanas á la nuestra. La fatiga no habrá de ser grande, aunque sí lo serán las dudas : que nada hay más dudoso que el acierto, en el que sin embargo tenemos con invencible interés puesta la mira.