Santander · Unidad 102 de 158
Unidad 102 · CAPITULO XVII
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CAPITULO XVII
La romería del Carmen en Bóo. — Renedo. — Castañeda y su Colegiata. — El Valle de Toranzo : — Puente- Viesgo. — Soto : su convento de Franciscanos. — Ontaneda y Alceda. — Bejoris. — Villa-Carriedo : sus monumentos. — Selaya. — Valle de Pas.
OMiNGO era por cierto, el día en el cual, y después de recorrer la villa y hacer votos fervientes por su engrandecimiento, y por que llegue á ver realizada la generosa y nobilísima empresa de la restauración de su magnífica Iglesia Parroquial^ — tomando en CastroUrdiales el coche que hace el servicio diario entre Bilbao y San-
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tander, volvíamos á contemplar no sin regocijo de nuevo aquella serie inacabable de pintorescos panoramas, llenos de atractivos, con que brinda á los ojos asombrados la hermosa y cuidada carretera de segundo orden que nacida en Muriedas, la patria de Pedro de Velarde, halla término en Ontón, luego de llevar más de setenta y siete kilómetros de camino. Así tornamos á distinguir los descompuestos y tapizados muros de la fortaleza llamada impropiamente Torre délos Templarios ; disi cruzamos Cerdigo é Islares, y así llegamos á salvar el ancho portillo "por donde el Agüera se arroja al Océano en la ría de Griñón, subiendo después por la vertiente oriental del monte Candína. Grupos de aldeanos, vestidos de fiesta, circulaban por la carretera, y animada se ofrecía ésta por el ir y venir de carros, y por las cuadrillas de mujeres, de agraciado rostro y gentil continente que, al abrirse á nuestras miradas el valle de Liendo, menudeaban y se hacían cada vez más frecuentes.
Laredo, Colindres, la barca de Treto, Adal, Bárcena de Cicero, Gama, Ambrosero, atrás quedaron, como quedaron Hoznayo, y Solares, y el Astillero de Guarnizo; la tarde caía ya, cuando llegábamos á Bóo, notando allí desusado movimiento, que iba aumentándose conforme avanzábamos á la estación del ferrocarril, acompañándonos, al correr de los caballos, otros muchos carruajes, y no pocos velocipedistas, quienes daban sobre sus biciclos muestras de habilidad, mezclándose con los vehículos, y como burlándose de ellos al adelantarlos en su carrera. Poco antes de cruzar la vía férrea, en la menguada plazoleta que á la izquierda aparece encajonada irregularmente entre no más regulares edificios, — la multitud abigarrada zumbaba y se rebullía como una colmena, entre músicas extrañas, gritos y bárullo, expresión natural de la alegría. Habíase celebrado la famosa romería del Carmen\^ y siguiendo tradicional y no interrumpida costumbre, en eF tren mixto, que pasa por Bóo á las 8 y 26 minutos de la mañana, «gente de todos pelajes», como di ée Pereda-, había acudido desde Santander para dirigirse luego
á Revilla de Camargo, sitio de la popular romería^ esperando allí la llegada del tren que debía conducirla á Santander de nuevo.
«La Montaña tiene casi tantas romerías como festividades, — expresa su enamorado encomiador é hijo; — el sitio más malo donde se celebra la más insignificante de las primeras, es mucho más pintoresco y más cómodo que el de la del Carmen de Revilla de Camargo, y, no obstante, ninguna se ha captado tanta popularidad ni tantas simpatías en toda la provincia»..., siendo años hace «el punto de mira de todos los hijos» de Santander, pues «los que viajaban por placer ó por negocios... hasta los marinos, arreglaban sus expediciones de manera que éstas pudieran emprenderse después del Carmen ó terminarse antes del Carmen: lo principal era encontrarse en la capital en el famoso día» (i). Desde Peña-Castillo, y cuando aún «la rectificación de la carretera de Burgos por Muriedas» no había acortado el camino, llegábase á «la famosa taberna de Gómez», luego á la Venta de Cacicedo, sobre una de cuyas verdes eminencias, resto de antiguo solar, levantaba sus amarillentos muros la Torre de Cacicedo^ de que ya no queda memoria, y que á pesar de su «fuerte corona de almenas»
(( Jamás cerró con rastrillos sus umbrales indefensos, ni con cenagosas ondas anchos fosos la ciñeron;
» Nunca dió clamor de guerra voz á sus dormidos ecos, ni sus ámbitos temblaron con los marciales aprestos,
»Ni blasón de altas hazañas, ó de victorias trofeo, ' : '
su nombre en doradas hojas guardan anales sangrientos ».
(i) Pereda, Tipos y paisajes: La romería del Carmen.
«La mano avara del hombre» apresuró su ruina, cuando era ya lo único que quedaba del antiguo palacio, y ahora,
« triste, despoblado yermo, desnuda de su corona »
muestra su frente la colina que le sirvió de asiento, y al lado de la cual discurrieron tantas veces los alegres romeros sin percatarse para nada de aquella mole desaparecida y llorada por el ilustrador de estas Costas y Montañas (i). De la Venta de Cacicedo llegábase por último á Revilla de Camargo, célebre además por su Gruta, que estudió Sautuola, y de la cual hemos dado noticia ya en este libro (2); si quieres, lector, formar juicio de lo que es esta romería, abre cualquiera de los libros de Pereda, y allí la encontrarás descripta, y bien que ha variado algún tanto, según aseguran, con el transcurso de los tiempos, — de ella, dirigiéndose á sus lectores decía el insigne montañés citado: «Imagínense ustedes todos los colores conocidos en la química; y todos los instrumentos músicos portátiles asequibles á toda clase de aficionados y ciegos de profesión ; y todos los sonidos que pueden aturdir al humano oído ; y todos los oloreá de fig()7z que pueden aspirarse sin llorar... y llorando; y todos los brincos y contracciones de que es susceptible la musculatura del hombre; y todos los caracteres que caben en una chispa; y todas las chispas que caben en una agrupación de quince mil personas de ambos sexos y de todas edades y condiciones, de quince mil personas entregadas á una alegría frenética, y dispuestas á gozar con toda libertad, según el carácter y el temperamento de cada una de ellas; imagínense ustedes estas pequeñeces, más algunos centenares de escuálidas caballerías, de parejas de bueyes, de carros del país y coches de varias formas; imagínense, repito.
(1) Escalante, La torre de Cacicedo^ cerca de Santander, sentido romance inserto en el t. de 18^7 del Semanario Pint. Esp. (pág. 222 á 224) y dedicado al Sr. D. Manuel de Assas.
(2) Páginas 93 y 94.
toáo esto, revuélvanlo á su antojo, bátanlo, agítenlo y sacúdanlo á placer, viertan enseguida á la volea el potaje que resulte sobre una pradera extensísima interrumpida á trechos por peñascos y bardales, y tendrán una ligera idea de la romería del Carmen en la época á que me refiero» (i).
Romeros y romeras, unos y otras llevando pendientes del cuello sendos escapularios; enarbolando ramas de cajigas; con pañuelos llenos de perdones y de cuantas chucherías ofrecen los puestos de la fiesta; alegres con el vino, con el movimiento, con la agitación del día entero, y más que todo con la exuberancia de vida que es propia de la juventud, — invadían en compacta y rebullente masa el andén de la mísera estación, entonando al propio tiempo cantares diferentes y monótonos, con la especial canturia acompasada de que tanto gustan los montañeses, y que repetían en coro los circunstantes. Poco tardó en llegar el tren, resbalando con estridente rumor sobre la vía, y poco también aquella multitud inquieta y regocijada en instalarse en los vagones, y en entonar de nuevo el coro de sus cánticos, al arrancar despaciosamente la locomotora; las seis y pocos minutos más eran, cuando á su vez se detuvo allí el tren mixto que aguardábamos en el ya solitario andén, y que momentos después nos dejaba en la estación de Renedo, pequeño lugar del ayuntamiento de Piélagos, con sus cuatro barrios de Rucabado, el Campo, Surribero y las Cuartas, y su iglesia parroquial de Santa María. Noche hicimos allí, y á la mañana siguiente, en una de aquellas cestas que corren el camino al balneario de Puente-Viesgo y á los de Ontaneda y Alceda en el hermoso valle de Toranzo, emprendimos nuestra excursión, si no con todas las comodidades apetecibles, pues el coche estaba desvencijado y sucio, lo mejor posible á lo menos.
Tres kilómetros de camino llano y de nada notables accidentes, dista de allí el pueblo de Carandía; y cruzado el puente
(i) Pereda, loco cit.
colgante de hierro, que con este nombre se tiende sobre el pedregoso lecho del Pas, y cuenta con un solo tramo de 63*25 de luz, — torcimos hacia el NO., penetrando á poco en el valle de Castañeda, de muy agradable perspectiva, y compuesto de las antiguas cuadrillas^ hoy pueblos, de Cueva, Pumaluego, Villabáñez y Socobio. Levántase al Mediodía la elevada Sierra del Caballar cerrando el valle, y al Norte, con mayores relieves y más imponente aspecto, aparece la de Carceña^ corriendo entre ambas por medio de la vega, y de E. á O. el humilde río Pisueña, á la entrada de cuyo puente, y oculta bajo las frondosas ramas de un árbol, apenas, lector, si te será posible distinguir la — Cruzá^ humilladero^ allí plantada, y que habrá de excitar tu curiosidad desde luego, por ser demostración y prueba de la vitalidad lograda por la tradición en la Montaña. Sobre trapezoidal y prolongado basamento, írguese con efecto el sacrosanto emblema, de tosca hechura y brazos rectos y resistentes: pendiente de ellos, y con no menor rudeza labrada, se halla la imagen del Salvador del mundo, con tal expresión y tal acento que, prescindiendo de algunos detalles, — te juzgarás, lector, en presencia de estimable monumento escultórico, propio de aquellos días del XI. ° siglo, en que Fernando I el Magno y su esposa doña Sancha, ofrendaban en la Colegiata de San Isidoro de León hermoso ebúrneo crucifijo, que hoy admiran los entendidos entre las colecciones del Museo Arqueológico Nacional^ donde como joya se ostenta.
Ciñe las sienes del sagrado simulacro la corona de espinas; tiene la cabeza caída sobre el pecho, y la barba, tan ingenuamente señalada, que recuerda las esculturas de tales tiempos, como las recuerda el desnudo torso, en el cual, con ingenuidad no menor se marcan, fuera de su sitio, las costillas pronunciadamente; tosco cendal cubre la cintura, y prominentes y descompuestas, pero ya no en la forma consagrada por la tradición románica, las piernas encogidas se prolongan hasta la base de la cruz, donde los anchos pies se hallan sujetos, uno encima de
Otro, por resaltado clavo. La ilusión es el Crucifijo es moderno, si bien, cual comprenderás, lector, careciendo de fisonomía propia, no es dable señalar la época aproximada en que pudo ser labrado. Mayores indicios guardan para tal fin, los relieves de la base trapezoidal, donde, á los pies del madero, — contrahecha, con amplio manto que le recoge, aparece la figura de la Soledad, cruzadas las manos sobre el pecho, y sobre la túnica pendiente el rosario; en zona inferior é inmediata, otra figura, en traje de religioso, cubierta por un bonete la cabeza y manteniendo la cruz con la mano derecha, asoma medio cuerpo sobre la especie de brocal en que termina, y con la mano izquierda, ase una cuerda, cuyo funicular filamento se hace patente, y á la cual se amparan las ánimas benditas que entre llamaradas aparecen y llenan el resto del basamento.
Obra debe de ser esta cruz terminal acaso de la XVII. ^ centuria, y fruto del pobre cincel de algún artista desventurado y de poco fuste, quien no sabría quizás hacer otra cosa, si no es que se propuso á fuerza de paciencia reproducir con la mayOr fidelidad posible, bien que no sin correcciones y enmiendas, las representaciones que ostentaba entalladas la Cruz que anteriormente existió en aquel mismo paraje,
grande con verdad ; pero
Cruz terminal ó humilladero DE Castañeda
y fué, quién sabe por qué
causas y en qué ocasión, destruida; y á la verdad, que si tal se estima su intento, hay que confesar que lo cumplió á conciencia, pues en la disposición en que se muestra aquel religioso monumento, recuerda perfectamente la candorosa ingenuidad de la era románica en su mayor parte. Lindando con la orilla del rumoroso río, y en la vertiente occidental de la Sierra de Carceña mencionada, que sale desde Ríoperojal, encuéntrase tendido el pequeño pueblo de Socobio, á la izquierda del camino, y oculto por la vigorosa vegetación, que hermosea el paisaje; y no lejos del extremo denominado Cueto^ levántase, ya harto deformado, y como abrumado bajo la pesadumbre de los siglos, interesante monumento arquitectónico, allí escondido á las miradas del curioso, y el primero de su género y condición con que tropezamos en la Montaña.
Estrecha senda pedregosa de desiguales morrillos^ cerrada á la una y otra parte de espeso bardal florido de espinos y de árgomas, trepando irregularmente por la ladera, conduce en varios giros á la plazoleta, plantada de cajigas, cuyo centro ocupa la fábrica de aquella reliquia artística, y desde donde, como en tantos otros lugares de la provincia, entre las ramas del cajigal, las «cercas de seto vivo,» y las «redes de camberones,» — se distingue «en primer término, una extensa vega de praderas y maizales, surcada de regatos y senderos, aquéllos arrastrándose escondidos por las húmedas hondonadas; éstos buscando siempre lo firme en los secos altozanos.» «Por límite de la vega, de Este á Oeste, una ancha zona de oteros y sierras calvas; más allá, altos y silvosos montes con grandes manchas verdes, y sombrías barrancas; después montañas azuladas; y todavía más lejos, y allá arriba, picos y dientes plomizos recortando el fondo diáfano del horizonte» (i). Solitaria en medio de cajigales y cas-
(i) Tan notable resulta la semejanza del paisaje descripto por Pereda en el capítulo I de su hermosa novela El sabor de la Tierruca^ con el que se descubre desde la plazoleta donde alza sus ennegrecidos muros la Colegiata de Castañeda, que no hemos vacilado en reproducir las palabras del insigne novelador montañés, las cuales pintan con la apetecida exactitud el panorama.
taños, «como una oración en medio de las penas de la vida», ofrecíase la iglesia, pues iglesia era el edificio, y colegial un tiempo, y consagrada bajo la advocación de Santa Cruz; «frente á la puerta, había una pequeña escampada, desierta de árboles, pero alfombrada de tupido césped: limpia y fresca como el alma que ha descargado el peso de sus culpas.» «Los rayos de sol, oblicuos y tibios todavía, se cernían por entre las hojas de las cajigas, y pintaban el suelo con una especie de arabescos grises, cuya tonalidad parecía.... invitación al descanso» (i).
Mientras complaciente buscaba una mujer á la del sacristán, para que abriese el templo, — darnos cuenta de él procurábamos delante de su imafronte adulterada y trastrocada de tal suerte, que no se hace fácil comprender del todo la serie de obras ejecutadas allí rústicamente en aquel edificio, cuya fisonomía aparece desdibujada y como borrosa, y cuya conservación debieran procurar con mayor empeño los montañeses. En el eje longitudinal de la fábrica, ábrese en medio de excrecencias de miserable aspecto la puerta principal, toda ella deformada y descompuesta, pero guardando á pesar de tales desventuras, inalterable el sello de la edad y del arte de que es representante y fruto; de arco de medio punto, la archivolta gira con la uniformidad característica de la era románica en varios volteles concéntricos y abocelados que apoyan á cada lado sobre cuatro acodilladas columnas de fuste corto y capitel decorado de salientes vichas y sumóscapo de hojas, gastados unos y otros exornos por el lapso del tiempo y por el uso, mientras en la imposta resaltan como adorno típico labradas conchas. A la derecha se halla la pila de agua bendita, con la cruz de Santiago de relieve, y á la izquierda, ocultando parte de la decoración, una tabla pin-
(i) Aseméjase también y muy estrechamente, la disposición de las iglesias de la Montaña, coincidiendo por tanto con esta de Castañeda la de la que describe por su parte D. Demetrio Duque y Merino en el cuadro de costumbres Una romería que obtuvo el premio en los Juegos F/ora/es, celebrados en Santander el año de 1888.