Sevilla y Cádiz · Capítulo real 3 de 18
CAPITULO III
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 21 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO III
Inmigraciones de los fenicios. — Conjeturas acerca del famoso templo
de Hércules.
oco después de la destrucción de Troya, hacia el undécimo ó duodécimo siglo antes de nuestra Era, no se sabe con fijeza por qué extraño evento, vinieron naves de la más remota orilla del Mediterráneo 0/ á surgir en las apacibles ensenadas y estuarios de la Bé- '^ tica. Los que las conducían eran intrépidos mareantes, llamábanse fenicios, procedían de una pequeña región de la Siria limitada por el Anti-Líbano y la mar, hablaban un idioma de derivación semítica, muy parecido al hebreo, profesaban una religión semejante á la del Egipto, estaban repartidos en diversos Estados, cada uno de los cuales tributaba culto especial á una divinidad protectora; — Melkart era el dios de Tiro; Biblos adoraba á Thammuz ó Adonis; — sobresalían en varias industrias, especialmente en el arte de teñir la púrpura. Los montes del Anti-Líbano les suministraban soberbias maderas para construir sus naves, y lanzándose con estas al agua sin más dirección que
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la de las constelaciones, vendían en las costas é islas del Mediterráneo y de otros mares sus artefactos, estableciendo de paso colonias y factorías en todos los puntos de escala. No falta quien asegure que su primera aparición en los puertos de España fué quince siglos antes de J. C: Procopio atestigua (i) haber hallado en Tánger dos columnas con una inscripción que decía en caracteres fenicios : N^osotros ¿legamos aquí huyendo de las armas del usurpado?^ Josué , hijo de Nave. Pero el tiempo en que el famoso conquistador de la Tierra Santa desalojó de Tiro á los fenicios no parece muy oportuno para que éstos, arrojados de su patria y prófugos, viniesen á España una, dos y tres veces, como refiere Estrabón, y más presumible es que una vez ahuyentados por Josué, no pudiesen volver á su patria. Ni los fenicios estaban en aquellos tiempos en tan alto grado de prosperidad que pudiesen enviar colonias y flotas para aumentar y extender su comercio y extraer de España riquezas. Estas empresas requieren días pacíficos y un estado floreciente, y ni una ni otra circunstancia lograban en tiempo del formidable Josué. El gran poder y próspero comercio de los fenicios fué en tiempo de sus reyes , y de esto hay abundantes pruebas en la Sagrada Escritura y en otros libros (2): su rey Hiram mantuvo amistad y alianza con David y Salomón, y su flota, con la de este último, iba á la región de Ophir, y una vez cada tres años á la exuberante tierra de Tharsis. Tal vez las de la flota de algún antecesor de Hiram fueron las primeras naves fenicias que atracaron en nuestras costas.
Era costumbre de aquella gente erigir postes ó columnas con inscripciones para señalar los términos y remates de sus viajes marítimos. Así lo hicieron ahora en memoria de su arribo al Estrecho, eligiendo al efecto los dos promontorios de Gibraltar y Ceuta, que á los ojos de los que navegan de Oriente á
(i) Historia de los Vándalos, lib. II, cap. lO.
(2) Lib. III de los Reyes; Paralipomenon, lib. II, cap. 8; Flavio Josefo. .4»/;'- quit.. lib. VIH, cap. 6.
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Occidente se levantan del azulado seno de los mares como fin de su derrotero, y en ellas grabaron aquellas memorables palabras que traduce la divisa latina No7i plus ultra, significando hasta dónde se extendían los dominios de los reyes de Tiro y el límite que hasta aquellos tiempos habían alcanzado las exploraciones navales de las naciones de Oriente. Créese que este primer monumento público de los fenicios en nuestras costas haya consistido en una especie de gigantesco pedestal ó pirámide, irregularmente formada sobre cada uno de los promontorios referidos, pues no debieron tener tiempo para hacer más, y aquello era lo suficiente para denotar que hasta allí habían llegado.
Dícese que habiéndoles salido adversos los sacrificios y holocaustos ofrecidos al tomar tierra en España, retrocedieron dejando aquella memoria , semejante á la de las otras columnas que muchos siglos después dejó Alejandro en Asia para marcar el término de sus expediciones. Parece muy probable que la verdadera causa de no haber pasado adelante en esta primera, fuese la que señala un juicioso cronista (i) en el siguiente pasaje: «allegaron, dice, al Estrecho de Gibraltar, mas no se" atrevieron á le desembocar y calar, amedrentados de su continuo flujo y reflujo, nunca por ellos visto en el mar Mediterráneo.» Conviene añadir que aunque regresaran á Fenicia, no dejarían de sacar de España considerables riquezas, porque los sencillos turdetanos, sobrados de oro y plata, se las cederían á cambio de sus vistosas mercancías.
Con la codicia de esta riqueza no sosegaban hasta dar la vuelta. Sabían que sus comarcanos estaban á la mira, y para distraer sus intentos demoraron algunos años su segundo viaje. Cuando ya les pareció oportuno, aprestaron su armada, y disfrazando su designio, mudaron sus armas y divisas: pusieron en las popas y proas de los navios ramos de oliva, árbol que
(i) Agustín de Horozco en su Historia de la, ciudad de Cádiz, libro I, cap. 3."
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abunda en Fenicia más que en otras partes del Asia menor, y esta vez no se detuvieron á la entrada del Estrecho, sino que más resueltos y experimentados, calaron en él ciento cincuenta estadios, ó cuarenta y siete leguas, y llegaron, según dice Estrabón, á una isla consagrada á Hércules Egipcio, situada al frente de Onoba. — ■ No habiendo más Onoba fuera del Estrecho que la que tuvo el sobrenombre de ^sturia, hoy Huelva, y correspondiendo á ésta la distancia de ciento cincuenta estadios que señala el geógrafo griego como límite de este segundo viaje, es de presumir que algún viento de levante los separó de la costa ocultando de su vista la isla en que luego se fundó Cádiz. — También el límite de esta segunda expedición fué marcado por los fenicios con columnas, que según un erudito comentador de Estrabón, arriba citado (i), debieron estar erigidas en la isla de Saltes.
En su tercera expedición aportaron los fenicios á la isla que hoy denominamos Gaditana; plúgoles aquella tierra por lo apacible de su clima y por las ventajas que ofrecía á su comercio la anchurosa bahía que forma su costa mirando á España, y resolvieron establecerse allí. De este establecimiento de los fenicios en la isla Gaditana arranca la tradición, histórica en parte y en parte fabulosa, del famoso templo de Hércules en Cádiz. Fundáronlo los fenicios en la parte más oriental de la bahía, y pues tanto hablan de él los historiadores, los oradores y poetas de la antigüedad, no parecerá inoportuno referir aquí lo que de ellos.se colige sobre este suntuoso edificio. Un erudito escritor moderno (2), habilísimo recopilador de lo más verosímil de las noticias legadas por aquellos, lo describe del modo siguiente:
« Era de arquitectura fenicia la fábrica del templo gaditano: de setecientos pies de longitud: el techo sin bóvedas: de vigas tan fuertes sus enmaderados, que hasta el siglo de Anníbal
(i) Rui Ba.mba en sus notas inéditas a Estrabón. M. S. de la Real Academia de la Historia.
(2) D. Adolfo de Castro, Historia de Cádiz y su provincia. Lib. II, cap I.
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existieron sin necesidad de ser tocadas para la firmeza del edificio: aspiraban á la incorruptibilidad, según cantó Silio Itálico. En el fi'ontispicio se ostentaban relevados los doce trabajos de Hércules. La divinidad del templo era invisible: ninguna imagen daba á conocer dentro de su recinto la figura del dios á quien se tributaban cultos.» — « Filóstrato afirma que el templo ocupaba toda la longitud de un islote pequeño, de un terreno blando y llano: que había en él dos aras de bronce, una dedicada al Hércules egipcio y otra al Hércules tebano, pues entrambos recibían culto, si bien no había imágenes: que en piedra se veía representada la Hidra, é igualmente representados los caballos de Diomedes y los doce trabajos de Hércules, y por último que allí se mostraba la oliva de oro de Pigmalión, con el fi'uto labrado de esmeraldas, y el tahalí, de oro también, de Teucro Telemonio. »
Sin defender abiertamente este ilustrado crítico á Filóstrato, cuya autoridad han hecho sospechosa el incrédulo Posidonio )• nuestros Aldretes, Mondéjar y los Mohedanos, no menos desconfiados, entiende, y á nuestro modo de ver con razón, que no debe ser rechazado en absoluto y sin examen todo lo que el sofista de Lemnos refiere, dado que muchas de sus narraciones, que pasaban por fabulosas, han resultado comprobadas. Pero la verdad es que de los escritores antiguos, ya veraces, ya dados á fábulas y patrañas, muy poco se saca en limpio respecto de la forma de los templos fenicios, ni aun de la arquitectura fenicia en general. Hay que acudir á otras autoridades.
Por los textos bíblicos, y por las relaciones de los viajeros y arqueólogos de estos últimos tiempos, nos inclinamos á creer que el templo erigido á Hércules fenicio en Cádiz presentaría grandes analogías con el que edificó Salomón en Jerusalén. No podía ser igual, aunque ambos fueron obra de arquitectos fenicios, dada la esencial disparidad de los cultos á que estaban destinados. La religión de los fenicios, personificación panteísta de las fuerzas de la naturaleza y sobre todo de los dos princi-
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pios, masculino y femenino, que concurren á la organización y á la vida del mundo, estaba en oposición directa con el monoteísmo hebreo. La forma popular de la religión fenicia era la adoración del sol y de la luna, y de los planetas. Entre las principales divinidades de aquel Panteón, figuraban Baal ó Bel y Achtoreth ó Astarte. Baal era la suprema divinidad masculina, el dios del sol, el iluminador, el fecundador y soberano, á quien se solía confundir con el Júpiter griego y romano. Hablando el historiador Josefo de las grandes obras que llevó á cabo el rey Hiram en Tiro, menciona un gran templo consagrado á Júpiter Olímpico, que estaba en una isla inmediata á la ciudad, la cual fué unida á ésta terraplenando el brazo de mar que de ella la separaba. — Achtoreth ó Astarte era la principal divinidad femenina: tenía por símbolo la luna, y los griegos la identificaban con Afrodita, y los romanos con Venus. — Melkarth, con frecuencia llamado Hércules tirio ó Hércules fenicio, era el dios ó rey de la ciudad. Se le adoraba especialmente en Tiro, y de allí su culto se extendió á todas las colonias fundadas por los tirios, como Lepte, Cartago, Utica, y nuestra Gades.
Y sin embargo de estas diferencias entre la religión fenicia politeísta y la monoteísta hebrea, como quiera que los hebreos fueron discípulos de los fenicios en muchas cosas, y principalmente en el arte de construir, fuerza es reconocer que, exceptuado todo aquello en que el culto y los ritos imprimen disposición y forma características, la arquitectura judaica y la cananea serían próximamente una misma.
Mr. Renán, en su Mission de Pkénicie, describe las ruinas del templo de Amrit (Mm'atJuis latino), á nueve kilómetros sur de Antaradus, el cual en tiempo de Estrabón ya no existía, y deduce que venía á ser una edícula semejante al Tabernáculo del pueblo hebreo, destinada á contener objetos sagrados. Apoyados nosotros en tan respetable autoridad, colegimos que no anduvo muy descaminado nuestro historiador Horozco cuando, al describir el templo gaditano erigido á Hér-
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cules, aseveró que para su traza general se tomó por modelo el que en su ciudad tuvieron los de Tiro; y que tampoco se equivocó el alemán Hirt (i) al reconocer en el templo que para el hijo de David construyó Hiram, la misma disposición y arquitectura que se advierte en las ruinas de las construcciones religiosas de la Fenicia. Del templo que tenía Hércules en Tiro, y del cual no existía pocos años há reliquia alguna, aparecieron á la luz del día, con ocasión de las excavaciones practicadas en la antigua basílica de la ciudad, en 1874, en busca de los sepulcros de Orígenes y de Federico Barbaroja, dos enormes columnas monolitas de granito rosa, que en opinión del sabio Mr. Guérin, pertenecieron indudablemente á aquel templo consagrado á Melkarth, el amante de Astarte. Y si no es exagerada la idea que los historiadores antiguos y la Sagrada Escritura nos sugieren respecto del grado de cultura á que ya en tiempo de Salomón habían llegado los fenicios, bien podemos afirmar que así el templo cuyas reliquias acaba de ponernos de manifiesto la Tsor (2) fenicia, como nuestro templo gaditano, construido á imitación de aquel, presentarían una gran magnificencia á pesar de su reducido ámbito.
Menciona Horozco en el famoso templo de Cádiz jaspes y mármoles con galanas y vistosas figuras en ellos esculpidas, vaciadas de brillantes metales y maravillosamente relevadas; habla además de columnas, de basas y capiteles, ventanas, torres, etc. Describe por último, aunque con el nombre genérico de templo, una celia en que había una parte más principal que otra, que llama oratorio ó santuario, ó capilla; y añade que este templo era reducido como todos los de la gentilidad, como el de Tiro, como el de Diana en Efeso, como el de Júpiter en Roma, siendo lo espacioso y grande en él los pórticos, lavatorios, etc. Dedúcese de aquí que el templo gaditano era en una
( 1 ) Der tempel Salomonis.
(2) Éste era el nombre que entre los fenicios y los hebreos, naciones que hasta cierto punto hablaban un mismo idioma, llevaba la antigua y opulenta Tiro.
gran parte de la decoración semejante al templo de Pafos que vemos esculpido en antiguas medallas acuñadas en Chipre y en Pérgamo, y en su repartición y disposición general, parecido al templo de Salomón.
Igual disposición, en efecto, aunque en mayor escala, encontramos en el famoso templo hebreo, según nos lo describe Hirt: la misma división en dos secciones, una más principal que otra, que sirve de oratorio ó santuario, donde en el templo fenicio se figuraba el sepulcro de Hércules, y en el Tabernáculo israelita el Arca, y en el soberbio edificio del hijo de David el Sancta Sanctorum. En los tres edificios, si tal nombre puede aplicarse al Tabernáculo del Desierto, el cual, compuesto como estaba de columnas portátiles y cortinas, se armaba y desarmaba siempre que convenía; en los tres, repetimos, se observan dos cosas muy dignas de atención : la disposición bíblica, la ornamentación puramente fenicia. La disposición se reduce, en cuanto al interior, á una capilla ó lugar santo, y más' adentro otro santuario reservado y principal; y por lo que hace al exterior, á espaciosos lavatorios y pórticos. La ornamentación consiste toda en columnas con basas y capiteles de formas convencionales y hieráticas, esculturas de oro y otros metales, abundancia de bajo-relieves simbólicos, maderas preciosas ó ricos jaspes revestidos de láminas de oro y plata, industria en que según la Sagrada Escritura (i) descollaban singularmente los sidonios. Grandemente, pues, debieron parecerse en su estilo arquitectónico la obra de los fenicios de Cádiz y la de los fenicios contratados por Salomón, pues cuando leemos las descripciones de Ocampo y Horozco, involuntariamente recordamos los versículos del libro de los Reyes que nos muestran el famoso templo de la Ciudad Santa.» Tenía el Oráculo, dice el sagrado texto, 20 codos de largo, 20 codos de ancho y 20 codos de alto, y le cubrió y revistió (Salomón) de oro purísimo. Au7i
(T Carta de SaloiiKhi a Hiram. rey dc'l'iro: lib. 111 de los Reyes, cap. V. v. 6.
la parte del templo que estaba delante del Oráculo la cubrió^ con oro acendrado, clavando las planchas de oro con clavos de lo mismo. No había parte alguna dentro del templo que no estuviese cubierta de oro. E hizo adoi^nar todas las paredes del tem^plo alrededor con varias molduras y relieves., fígíiraiido en ellas querubijies y palmas, y diversas figuras que parecían saltar y salirse de la pared. El citado Hirt, en la restauración que ha publicado de este templo, le presenta circundado de aposentos dispuestos en tres zonas ó pisos, de las dimensiones que trae el cap. VI del libro III de los Reyes, guardando analogía con el templo de Pafos; además le supone erigido en el centro de varios atrios ó lonjas, la inmediata al templo, para los sacerdotes, la que seguía á esta y la rodeaba, para los judíos, y la última ó más exterior, para los gentiles, con sus columnatas ó pórticos correspondientes, según se practicó y se siguió practicando siempre en todas las grandes construcciones religiosas del Oriente, desde el primer tabernáculo hasta la última mezquita (i). Chiram llama Josepho al Hiram de la Vulgata, artífice
(i) Es digna de mencionarse la descripción que hace Josepho de las construcciones que rodeaban el templo. «Mandó levantar en todo su circuito una valla de 3 codos de altura, llamada o^isón en hebreo, para estorbar la entrada á los seglares, reservándola á los sacrificadores y levitas. Fuera de este recinto erigió otra especie de templo de forma cuadrangular, rodeado de grandes galerías con cuatro espaciosos pórticos mirando a los cuatro vientos, y cuatro soberbias puertas enteramente doradas; aquí sólo podían entrar los que se hallaban purificados según la ley y estaban resueltos a observar los mandamientos de Dios. Esta construcción era tan admirable, que no hay términos con que describirla: para hacer la nivelación de su base en lo alto de la montaña en que asentaba el templo, fué menester terraplenar un abismo de 400 codos de profundidad donde había un valle que no podía mirarse de arriba sin horror. Hizo por último rodear este segundo templo con una doble galería sostenida en dos filas de columnas de una sola pieza, y las puertas de esta galería, que eran de plata, estaban adornadas de madera de cedro.»
El mismo diligente historiador saca de los Anales de Fenicia y de Tiro, traducidos en lengua griega por Menandro, el siguiente pasaje sobre las construcciones del rey Hiram. «Muerto Abibal, rey de los tirios, sucedióle su hijo Hiram, que vivió 53 años y logró 34 de reinado. Este príncipe agrandó la Isla de Tiro (Tiro fué isla hasta que Alejandro Magno la unió al continente) por medio de terraplenes artificiales, y este aumento tomó el nombre de Campo-grande. Consagró una columna de oro en el templo de Júpiter, é hizo considerables cortas en el monte Líbano para las armaduras de los templos, porque mandó demoler los antiguos y
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consumado en la ornamentación y fundición, de quien se valió el rey de los judíos para decorar su templo. Lo que para él labró puede en cierto modo considerarse como tipo probable de la exornación del templo gaditano, y creemos que la mera enumeración de partes que la Biblia y el historiador judío nos ofrecen de consuno, basta para demostrar la universalidad que en la época á que nos referimos había alcanzado la lujosa ornamentación ninivita.
Las columnas que fundó Chiram ó Hiram no pertenecían á ninguno de los órdenes que regularizó el genio griego: su tipo está evidentemente en la gran ciudad de Belo, en la época en que la Asiria y el Egipto estaban en comunicación directa (i). Cada una tenía i8 codos de altura, dando vuelta al fuste una moldura; sus capiteles, de cinco codos, estaban rodeados de una red de cadenas entrelazadas entre sí; en cada uno de ellos había siete hileras de mallas ó trenzas sobre pezones de granadas. Las columnas del pórtico tenían capiteles labrados en forma de azucena, y encima sobresalían otros capiteles entre mallas, y entre los dos capiteles de cada columna había doscientas granadas repartidas con grande artificio. -Quién no reconoce desde luego en estas columnas la arquitectura llevada por los artistas de Menphis á las orillas del Tigris.-^ El mar ó
ruinosos 3' construir otros que consagró á Hércules y d Asiarte. Él fué el primero que levantó una estatua á Hércules en el mes que los macedonios llaman Peritius (que es el mes de Febrero). Antiquit., lib. III, cap. II.
Dion habla también de las grandes sumas invertidas por Hiram en construcciones de templos.
Por último, el citado Josepho (loe. cit.) cuenta maravillas de las obras de comodidad y recreo que Salomón llevó á cabo, donde entre deliciosos jardines y bosques embalsamados y de fresca sombra, descollaban edificios de blanquísimo y pulido mármol, de oro y plata bruñidos, de oloroso cedro, con incrustaciones de piedras preciosas y otros artificios que denotan un grado de perfección sumo en todas las artes de lujo y ostentación. Por donde vemos claramente que la cultura ninivita y babilónica, á la cual la arqueología moderna asigna la prioridad en vista de los monumentos hasta hoy conocidos, había ya invadido en tiempo de Salomón toda la región asiática que baña el Mediterráneo.
(i) Layard fija esta época entre las centurias 14." y q.^ antes de J. C. Xínevelí and lis remains. Part. II, cap. I.
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concha de bronce que fundió el mismo artífice, sustentado sobre doce bueyes, tres á cada viento; las diez basas que hizo para las diez conchas menores con guirnaldas y festones, entre las cuales se veían leones, bueyes, y hombres en pié figurando querubines, todo fué importación del Asia interior, esto es, de la grande oficina desde donde se propagaron por el universo mundo toda la fantástica magnificencia del arte y todos los errores de la idolatría. Reflexionando Josepho sobre el desastroso fin del reinado de Salomón, escribe estas singulares palabras: «El horrible pecado del culto de los ídolos fué en él triste consecuencia de otro pecado anterior: porque contravino á los mandamientos de Dios haciendo fabricar aquellos doce bueyes de bronce que sostenían la gran concha llamada mar, y aquellos doce leones que colocó en las gradas de su trono.»
Si no fuera por el temor de extremar demasiado el concepto alegórico que atribuímos a algunos hechos, diríamos que ese Chiram, á quien una tradición recogida por Josepho suponía hijo de Ur, extranjero en Tiro, era la personificación del genio artístico de Fenicia formado en las enseñanzas de aquellos caldeos del primer imperio asirio (i) que erigieron los famosos palacios de Nimrud y Khorsabad , en nuestros días rescatados del inmensurable sepulcro de arena en que yace la antigua Mesopotamia. La noticia que nos da el historiador judío, adquiere todavía más el carácter figurativo en vista de los poderosos argumentos con que el descubridor de la muerta Nínive demuestra (2) la primera influencia asina ejercida en el Asia menor en la época de la mayor prosperidad de los reyes de aquel imperio.
Hay que considerar, pues, como de carácter mixto asirioegipcio, comunicado al arte de los cananeos por sus relaciones con los grandes pueblos de Oriente, los templos erigidos á Hércules por los fenicios en Tiro y en Gades, y creer, contra la
(i) Ur era ciudad de la Caldea.
(2) Layard. Obra citada. Part. II, cap. III.
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vulo-ar opinión, que nuestro célebre templo debió ser un monumento precioso, digno por todos conceptos de una detenida descripción de parte de los historiadores, y merecedor hasta en sus más dudosas reliquias de las concienzudas investigaciones de los arqueólogos.
De vez en cuando se manifiestan deseos de emprender seriamente estas tareas, entre los gaditanos ilustrados amantes de las antigüedades; pero desgraciadamente no hay allí hombres perseverantes como el sabio ingeniero Mr. A. Daux, que hace pocos años llevó á cabo en la costa africana septentrional el descubrimiento de los restos fenicios de Cartago, Utica y Cigisa. En el año 1755, con ocasión de haberse retirado considerablemente el mar en la costa gaditana y quedado al descubierto grandes ruinas de edificios, de ordinario cubiertas por las aguas, hubo en los anticuarios andaluces días de grande entusiasmo en que se concibieron colosales proyectos ; mas aquel calor fué estéril. Modernamente, en el mes de mayo de 1871, un celoso individuo de la Comisión de monumentos históricos y artísticos de la provincia, expuso en una de las sesiones de esta corporación, que entre los asuntos arqueolóo"icos á que debía darse preferencia , era quizá el más importante el estudio del verdadero sitio en que se alzó el famoso templo de Hércules, creyendo él que con poco gasto podía sondearse en baja mar aquella costa haciendo en ella exploraciones, para lo cual casi contaba ya con la cooperación de alguien que facilitaría barcos, pertrechos, etc. Y volvieron las aguas del olvido á cubrir y dejar dormir en paz aquellas ruinas!
Entendemos que estaba situado el templo gaditano de Hércules en la parte oriental de la Isla, así como la ciudad lo estaba en la occidental. El puerto fenicio no se hallaba en la actual bahía, sino inmediato á la Caleta, dividiéndose la ciudad (i) en la isla de San Sebastián y en el espacio por donde se extienden las
(i) D. Adolfo dk C.\stro. Hisl. de (2ddiz, etc., cap. I.
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peñas que hay fronteras al castillo de Santa Catalina, en las cuales veía Jorge Bruin los vestigios de la primitiva Gades y Agustín de Horozco las ruinas de una naumaquia.
Es muy de sentir que las tareas de los sabios exploradores de las antigüedades fenicias en nuestros días, los Guérin, los Renán, los Sepp, los Berton, los Daux, etc., no hayan dado mayores resultados en cuanto á la arquitectura religiosa de aquellas gentes. Muchos son los templos y monumentos sepulcrales fenicios excavados en las rocas que ellos han descubierto, pero escasas las ruinas de los que se levantaban sobre la superficie del suelo. Al reducidísimo catálogo de los que eran conocidos cuando Hirt escribía, sólo pueden agregarse unos pocos: entre ellos, como de los más notables, el erigido á Melkarth en Sidón, al nordeste de su cegado puerto, en un islote donde cubre el agua sus gigantescas columnas, caídas y medio sepultadas en el fango; la edícula bajo la cual estaba enterrado el famoso y bello sepulcro del rey Echmunasar, en la antigua acrópolis de la misma Sidón, monumento de carácter egipcio con inscripciones fenicias comprado para el Museo del Louvre por el duque de Luynes; y el templo de Melkarth de Tiro, cuyos restos fueron hallados, según queda dicho, al buscar unos sepulcros cristianos en el subsuelo de la antigua basílica de aquella ciudad.
CAPITULO IV
Fábulas é historias referentes á otras construcciones de los fenicios
iciERON los fenicios otras grandes construcciones, ya en Cotinusa, ya en otros puertos de la costa meridional de España. Repararon el barrio que los eritreos les habían cedido, cercándolo de piedra escuadrada, y labraron, no se sabe dónde á punto fijo, una alta, fuerte y hermosa torre para servir de señal á los navios y bajeles que vinieran en demanda del puerto. Estas torres eran de grande utilidad entre los antiguos que no conocían la brújula; hoy todavía son, con los fuegos que en ellas se encienden, la salvación de las naves derrotadas durante los fuertes temporales, aguas y neblinas que oscurecen la costa. Supone Horozco que esta torre de que hablamos es la llamada de San Sebastián, en un angosto y pequeño girón de tierra que se forma entre el mar y la caleta. En su hueco se halla la pequeña ermita de aquel mismo nombre, y es ahora imposible reconocer si dura en su construcción algo de fenicio, porque
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habiéndose arruinado muchas veces en los pasados siglos, las sucesivas restauraciones la han ido despojando de su primitiva forma. El historiador gaditano cuya autoridad tantas veces citamos, asegura haber conocido en ella una notable restauración hecha por la nación veneciana , cuyo trato y navegación por aquellos mares fueron de mucha importancia en algún tiempo: restauración comprobada por una gran piedra blanca que había en lo más alto del edificio á la parte del mediodía, figurando el león alado de San Marcos con diadema en la cabeza y un libro abierto en las manos. Añade que en el año 1587 volvió á desplomarse la mayor parte de ella, y no habiendo dónde hacer el farol y atalayar los mares, de lo que se seguía gran perjuicio para la ciudad, se dispuso reedificarla restituyéndole su primitiva altura; mas cuando iba ya á terminarse la restauración, se desbarató por culpa del oficial que la iba haciendo en falso. La torre que los fenicios construyeron, emplazáranla ó no donde está hoy la de San Sebastián, debió ser semejante al célebre faro de Alejandría, y al que después se erigió en Mesina. Nada pudo averiguar Horozco respecto del nombre que los fenicios le dieron; pero en cuanto á su historia, leemos (i) que el escritor árabe Ibnu Ghalib, en su obra titulada Contentamiento del alma en la contemplación de las antigüedades de Andalucía, cuenta como el más notable de los monumentos de Cádiz dicha torre con el ídolo que descollaba sobre ella. «No tiene esta torre igual en el mundo, dice, exceptuada otra de la misma forma que se eleva sobre un alto promontorio de Galicia. Es notorio que mientras perseveró el ídolo sobre la torre de Cádiz, los vientos refrenados dejaron de soplar en el Estrecho hacia el Océano, de manera que no podían los navios salir del Mediterráneo ; mas cuando fué derrocado en los primeros años del reinado de los Beni-Abd-el-mumen, cesó el encanto, y los bajeles de toda especie pudieron ya recorrer impunemente los mares.
(i) Almakkarí. Lib. I. cap. V.
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Otro autor árabe del siglo xii, en su libro llamado Giarafiyya, describe así la torre y el ídolo de que vamos hablando: «había en Cádiz una torre antigua y cuadrada de lOO codos de altura, construida con grandes piedras admirablemente unidas entre sí por medio de grampones de bronce. En su cima había un pedestal cuadrado de mármol blanco, y sobre él una estatua que representaba á un hombre, de tan maravillosa forma y proporciones, que más parecía criatura viviente que cosa inanimada. Volvía el rostro al mar de occidente, dando la espalda al norte: extendía el brazo izquierdo apuntando á la boca del Estrecho entre Tánger y Tarifa, y unía el derecho al cuerpo como ciñéndose la vestidura: en la mano derecha tenía como un bastón ó vara con que señalaba al mar. Pretenden algunos autores que lo que tenía eran unas llaves, pero es error; yo vi muchas veces este ídolo y nunca pude descubrir en él otra cosa más que la vara mencionada, en posición vertical y un tanto levantada del suelo. Me consta además por el testimonio de personas veraces que presenciaron el acto de remover ó derribar el ídolo, que la vara era pequeña y tenía en la punta como un diente de almohaza. No se sabe con certeza qué artífices labraron la torre y su estatua. Mes'udí en sus Praderas de oro atribuye su construcción á Al-jabbar, el mismo que fabricó los siete ídolos del país de Zinj, mirándose unos á otros; pero se cree como más probable que la erigiese alguno de los antiguos reyes de Andalus para que sirviese de guía á los mareantes, por cuanto tenía el ídolo su brazo izquierdo extendido hacia el Bahru-z-zokák (Estrecho), apuntando á su entrada como en actitud de mostrar el camino. No faltaba quien creyese que era este ídolo de oro puro, porque cuando el sol hería en él al despuntar ó al ponerse, despedía rayos de luz y presentaba los más brillantes matices, semejante al cuello tornasolado de la paloma silvestre...» «Cuando en los tiempos posteriores fué este ídolo derribado, ya los navegantes no podían regirse por él á la entrada y salida del Estrecho. Su demolición ocurrió del modo
siguiente: en el año 540 (A. D. 1 145-6), al principio de la segunda guerra civil, el almirante de la flota Alí Ibn'Isa Ibn Maymún se rebeló en Cádiz declarándose independiente. Habiendo oído decir á los habitantes que el ídolo que descollaba en lo alto de la torre era de oro, se despertó su codicia y mandó que se bajase inmediatamente. Mucho trabajo costó verificarlo, pero cuando llegó la estatua al suelo se vio que era de bronce, cubierta sólo con una ligera chapa de oro, que produjo 12000 dinares del mismo metal (i).»
Andando los tiempos, sustituyó al ídolo (2) una linterna sobre una especie de capitelillo, donde á la hora de anochecer se encendía fuego de alquitrán ó de leña seca, al cual, apenas visto, seguían otros fuegos en la torre de la Almadraba de Hércules, en el castillo de Santi-Petri, y en las demás torres del Estrecho de Gibraltar, reino de Granada, Murcia, Valencia, Aragón y Cataluña. Continuábase esta seña diversas veces en la noche, correspondiéndose unas atalayas con otras para mayor vigilancia, y siendo la primera en levantar el fuego la torre de San Sebastián. Si descubría enemigos ó llegaban á ella de noche, disparaba una pieza de artillería que para esto tenía dispuesta, esparciendo la luz tantas veces cuantos bajeles divisaba, y si era de día, además de tirar con la pieza hacía seña con ahumadas. — La torre de San Sebastián que vemos hoy formando parte del castillo del mismo nombre, fué fabricada por los años 161 3, siendo gobernador de Cádiz don Fernando Quesada Ulloa: es cilindrica, de ciento veinte y ocho pies de altura, y termina en un fanal, cuya luz gira en torno con claros y oscuros de un minuto.
También el puente de Zuazo fué obra de los fenicios en opinión de algunos historiadores: su fundación debe perderse
(i) Almakkarí, lib. i, cap. vi.
(2) Entiéndase esto en el supuesto, de que parte llorozco, de que la torre fenicia estuviese donde esta hov la de San Sebastián.
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en la noche de la antigüedad por lo mismo que ha sido objeto de las galas de la fábula.
Un antiguo rey de Iberia, cuenta ésta, por nombre Híspalo, tenía en Cádiz una hija de extremada hermosura, cuya fama volaba entre varias gentes, por lo cual vinieron á pretenderla por mujer tres príncipes mancebos. Todos tres la pidieron á su padre haciendo magníficas demostraciones, que, al paso que regocijaban á la corte, manifestaban su ingenio, su gran poder y gentileza. Fatigado el padre de su importuna pretensión, y deseando no provocarlos á enojo y discordia, indeciso sobre á cuál de ellos la daría, halló un medio que le pareció excelente para esquivar el compromiso, y fué ofrecer que su hija sería esposa del primero que llevase á cabo uno de tres soberbios edificios que les señaló. Era uno de estos un puente que uniese la Isla gaditana con el continente de la Bética, salvando el caudaloso brazo de mar que los separa. El príncipe á quien esta obra colosal cayó en suerte, hizo pacto con el demonio, y con esta ruin y mala ayuda triunfó de sus competidores terminando su edificio antes que los otros el suyo, y obtuvo en recompensa la mano de la hija del rey. — Esta conseja tiene un significado que fácilmente habrá comprendido el lector, á saber, que el puente de Zuazo es una de aquellas obras que en la opinión del vulgo exceden de la medida común de las humanas empresas. Hízose, según Horozco, por industria de alguno de los ingeniosos y estimados artífices que hubo en la ciudad de Tiro (i); según otros, fué obra de cartagineses; no pocos la consideran construcción de romanos. Tal parece su fábrica actual, sin que podamos asegurar que no haya precedido á ésta otra fenicia.
Cúmplenos hacer breves indicaciones de lo que habría de más notable entre las construcciones fenicias que ya no existen, además del templo de Hércules, de la gran torre y del maravi-
(i) «Me atrevo á estimar á este puente por el mas lamoso y único que puede aver en el mundo, fabricado de solamente grandísimas losas, trabadas unas con otras sin ninguna mezcla ó material.» Horozco, Hi'st. de Cádiz.
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lioso puente. — Donde están hoy las ruinas que en forma de peñascos se ven cerca del castillo de Santa Catalina, se levantó ó bien una fortaleza, ó el templo de Saturno que según Estrabón eriofieron los fenicios en el extremo occidental de la Isla, contiofuo á la ciudad de Gades. — Cerca de la Caleta estaba el puerto fenicio, no en lo que conocemos con el nombre de bahía; y afortunadamente podemos hoy aventurar alguna conjetura acerca de su forma. Todos los puertos fenicios que en la costa africana, en el Zeugis y el Byzacium ha descubierto, explorado y medido, el sabio ingeniero M. Daux, como el de Utica, el de Cartago, el de Hadrumeto, el de Thapsus y otros, presentan como singularidad característica, la forma cuadrada, con los ángulos en segmento de círculo (i). Esta misma forma, puesto que fenicios fueron sus constructores, ofrecería sin la menor duda el puerto de Gades. Iguales serían también la disposición y construcción de uno y otros: frente cerrado, entrada por el costado, gran dársena con una especie de castillo en su centro, que llevaba el nombre de palacio del Almira^ite^ el que se unía á la tierra firme por una especie de puente ó lengua de tierra (tcenia); muelles espaciosos en todo el contorno interior de la dársena, á excepción del lado que hacía frente al mar, con vastos almacenes, depósitos y talleres, salones embovedados, dispuestos en varios pisos, con terrazas enlosadas encima; astillero contiguo á la dársena, etc.
Claro es que un pueblo industrioso y comerciante, como eran los fenicios, no podía ceñir sus establecimientos á la reducida Isla gaditana. El caudaloso Betis les franqueaba la entrada á las hermosas y pingües llanuras donde luego descollaron Sevilla y Córdoba: en los estuarios del Estrecho y del Océano tenían puertos seguros para sus naves, y enriscados islotes para atalayar los mares; desde muchas alturas de la zona marítima
(i) Reclierclies sur Tortiyine et rei7i-placc'ment des cmporia piiéniciens, ele, por A. Daux. Véase en esta interesantísima obra la restitución gráfica del puerto de Utica, láminas V, VI, VII y IX.
podían también dominar juntamente la llanura interior y la costa. Señorearon en esta á Menace (i) (Málaga), Sexi (Almuñecar), Abdera (Adra), Mellaria (Tarifa), Bessipo (Caños de Meca), el promontorio de Juno (Trafalgar), el Heracleum (isla de Santi Petri), toda la Cotinusa, el puerto Menestheo (Puerto de santa María) y otros varios del litoral, donde hicieron poblaciones, ó templos, ó torres, y tierra adentro fundaron, entre otras ciudades, á Asta, consagrada á Astarte, á Belón (hoy Bolonia) con templo á Baal ó Belo, y la soberbia Asido, con templo á Hércules, rival en suntuosidad y riquezas del de la Isla gaditana, para perpetuar su descendencia de la famosa Sidón fenicia.
No es ya un misterio oculto el sistema arquitectónico y de construcción que empleaban los fenicios según la clase de sus edificios. Por lo que hicieron en Tiro y Sidón, en Biblos y Chipre, y por lo que hacían en sus emporios de la costa africana, se deduce lógicamente lo que debieron hacer en las fundaciones que dejaron en España. En los templos, todo el desarrollo del lujo cananeo, en obras de talla, en maderas olorosas, en revestimientos de preciosos metales, oro, plata, bronce, ya fundido, ya batido en chapa, en columnas de pórfido y de mármoles, en aras y sarcófagos de jaspe ó de basalto. En las construcciones civiles y militares, como puertos, fuertes, muros, torres, bastiones, palacios, cisternas, etc., gran sencillez exterior, muros de grande espesor, ángulos robados en planta curva, paramentos en talud, fuertes y elevados estribos abrazando dos y tres pisos y unidos en arco por la parte superior; bóvedas fraguadas con mortero, no de sillares; cúpulas hemisféricas, galerías, coronamientos almenados. Lo más característico de la construcción fenicia de albañilería era la excelente mezcla de cal y guijo que usaban para los muros, paredes y bóvedas, pues en los frag-
(i) Nos servimos de los nombres geográficos latinos por ser desconocidos los que a estas poblaciones se daban en la época á que se alude.
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mentos recogidos hoy, apenas se distingue la cal de la piedra ó guijo partido: tan compacta resultaba esta especial manipostería ó más bien finísimo cemento. Así en la generalidad de los casos era completamente innecesario revestimiento alguno de cantería. Esta apenas se empleaba; como por excepción la ponían en algunos muros y puertas; pero entonces los sillares, nunca almohadillados ni con molduras que indicasen el despiezo, formaban una superficie enteramente lisa y homogénea, como si fuera todo de una pieza.
Debemos añadir, sin embargo, que lo mismo que en Fenicia se encuentran no escasos monumentos abiertos en la roca ó peña viva, debidos á industria de los naturales ó cananeos, así también han reconocido allí los arqueólogos modernos construcciones megalíticas fenicias, semejantes por la descomunal dimensión de los sillares á las de los celtas y pelasgos. En la antigua Biblos, por ejemplo (Gebal de los fenicios), señala Guérin una torre cuyo subasamento es de piedras de prodigiosa magnitud, y que no obstante reconocen los más entendidos como muestra de la arquitectura militar de los giblitas. Pero estos monumentos son raros.
Vimos ya que en la isla de Saltes, frontera á Huelva, habían plantado sus columnas desde su segundo arribo á nuestra Península: ahora, no contentos con derramarse por todos los puertos y estuarios de la Bética, como enjambres industriales, ni con explorar el Océano discurriendo por la costa occidental, se atrevieron á avanzar hasta las regiones septentrionales de Europa, llegando á las islas Cassitérides (i), de donde sacaron inmensas cantidades de estaño.
(i) Contra el común sentir de casi todos los cosmógrafos españoles, é interpretando de una manera satisfactoria el texto de Estrabón: en frente de los Artabro^ hacia el septentrión están las islas llamadas Cassitékivks^ situadas en alta mar y casi en el clima británico, opina Bamba que estas islas corresponden á las que hoy llamamos Sorlingas.
Es muy de notar que los cautelosos fenicios de Cádiz tuvieron ocultas á todos los pueblos sus navegaciones al emporio del estaño por más de ochocientos años que transcurrieron desde el tiempo de Homero al de Polybio Craso.
CAPITULO V
Inmigraciones de griegos, cartagineses y romanos, y sus colonias. — Navegaciones de los gaditanos. — Luchas entre los cartagineses y los naturales.
OMO unos novecientos años antes de la Era cristiana, se presentaron también en España los griegos asiáticos á competir con sus antiguos maestros los fenicios. La primera expedición fué de rodios, los cuales atracaron en la costa de Cataluña y fundaron á Rodas (hoy Rosas), poblando al propio tiempo las islas Gimnesias ó Baleares. A estos siguieron los focenses y los samios, que, establecidos primero en la costa de la Galia meridional, donde es hoy Marsella, y corriéndose al mediodía, tomaron á Rodas, y edificaron más abajo el famoso templo de Diana, que luego vino á ser la ciudad de Denia. Y no lejos de allí, en la misma costa, los griegos de Zante fundaron después la ciudad de Sagunto (hoy Murviedro) que tanto nombre había de alcanzar en la historia.
Iban gradualmente haciéndose incompatibles los intereses de las diversas naciones que se repartían la mejor tierra de España:
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los turdetanos, con su civilización mixta de caldea y celta, resistían tenazmente el yugo con que los amenazaba la seducción y solercia de los fenicios; éstos, aunque apoderados de casi toda la marina, sabían muy bien que lo principal de la Bética era de los turdetanos y de los belicosos celtas sus convecinos y aliados. Los griegos asiáticos, los focenses principalmente, supieron ganarse la voluntad de los españoles, y obtuvieron de ellos establecimientos con los cuales podían prometerse minar en breve por su base el poderío del común enemigo. Estos auxiliares extranjeros eran notablemente cultos: sus personas, sus trajes, sus armas, las fustas en que navegaban (i), los edificios sólidos y galanos que construían, agradaron tanto á los españoles, que su rey Argantonio trabó al punto amistad con ellos. Venían huyendo, dice Ocampo, del formidable poder de Ciro, que había sojuzgado los principales Estados y repúblicas del Asia; y después de repuestos en los pacíficos dominios del monarca ibero, comenzaron á poblar las isletas que por los confines de Cádiz y del Estrecho tenían aún abandonadas los fenicios, y labraron en ellas casas de placer entre deleitosas huertas y arboledas, convidando para todas estas labores á los españoles andaluces con quienes moraban; y tal maña se dieron, que en el término de tres años ó poco más las llenaron todas de granjerias excelentes, edificadas ala manera dejonia «con adornamentos, añade aquel historiador, muy nuevos y muy galanos: porque también en esto de los edificios, como en el arte de labrar navios, tuvieron los focenses grandes primores y trazas de proporción mucho singular».
Sabido es que los jonios fueron los primeros helenos civilizados; la escuela filosófica que llevó su nombre, la más antigua
( I ) «Los focenses, dice Ocampo, era buena copia de gente bien armada, bastecida y ordenada, y sobre todo sus fustas de tan hermosa facción, y tan apropiadas y desenvueltas para la guerra, que hasta su tiempo nunca semejantes anduvieron por las mares de España. Traía cada cual cincuenta remadores en cada lado, largas todas, bien despalmadas y limpias, sin haber en ellas navio que fuese hondo ni de carga, como traían muchos otros navegantes».
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de la Grecia, aspiraba á explicar el mundo por un principio único, suponiendo que las diversas transformaciones de ese principio producían todo cuánto vemos y palpamos; y ese principio era siempre para los famosos filósofos que produjo, como Thales, Anaximeno, Heráclito de Efeso y otros, alguno de los llamados elementos del mundo material, el agua, el aire, el fuego. Este materialismo estaba como infiltrado en la sangre de los jonios y trascendía á todas las formas de su vida pública y privada: el fasto y la elegancia, la poesía, las bellas artes, florecieron entre ellos desde el siglo ix antes de J. C. El dialecto jónico era el más dulce de la lengua helénica; el ritmo jónico en la música era el más afeminado y voluptuoso; el orden jónico en la arquitectura tiene en sus volutas un no sé qué de gracioso, ingenuo y desnudo, que seduce al hombre de gusto más austero. La sola adopción del capitel jónico, dice el exquisito gusto estético de aquel pueblo, ya sea invento suyo, ya sea importación asiría (i). Los jonios, que llevaron al Asia Menor su comercio, su navegación, sus colonias, sus riquezas y su lujo, trajeron á España con todos estos elementos de prosperidad material, una exquisita cultura artística, adquirida en la brillante carrera de rivalidad intelectual de las doce ciudades de Lydia, Caria, y las Islas diseminadas entre el Meandro y el Hermo. Hay, como hemos visto, autores que asignan su venida á nuestras costas al período de servidumbre por el cual pasaron desde la gran conquista persa, consumada por Ciro, hasta la segunda guerra meda que les restituyó la libertad; otros la fijan en la época, cuatro siglos anterior, en que la poesía, más expansiva que los otros ramos de la civilización, había ya producido entre ellos á Homero, cuyas peregrinaciones es fama se extendieron hasta las columnas de Hércules. ¡Dios
(i) Observa Layard en su obra citada sobre Nínive, que la primera indicación del uso de las columnas entre los asirios se encuentra en las esculturas de Khorsabad. En un bajo-relieve de sus ruinas ha hallado el arqueólogo ingles un templete ó pabellón de pescar en medio de un lago: embellecen su fachada dos columnas cuyos capiteles se asemejan tanto al jónico, que no es posible dejar de reconocer en ellos el prototipo de este orden.
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sabe si alguna de aquellas galanas fustas focenses de cincuenta remeros, que tan buena acogida hallaron en las playas andaluzas, nos dejaría en alguna de las embalsamadas islas de la región tartésida al vate inmortal que cantaba la ruina de Ilion, y si tendrían los españoles de hace veinte y seis siglos la dicha de oir de los mismos labios del padre de la poesía épica aquellos sonoros versos que hoy apenas nos es dado traducir!
Del genio placentero de los griegos de Asia y de su afición á la vida regalada, es de creer que su establecimiento en el Estrecho innovaría y embellecería grandemente el aspecto de las poblaciones iberas y fenicias. No se sabe de positivo si han desaparecido de entonces acá algunas islas de las que los jonios poblaron ; pero parece indudable que Ocampo se engañó haciendo muchas islas diversas de los varios nombres aplicados por los antiguos á unas mismas islas. Asila Isla gaditana, que los naturales aborígenes llamaban Cotznusa, recibió de los griegos el nombre de Tarteso (i), aplicado igualmente á la ciudad de Carteya, sin duda después de haberse arruinado la primitiva capital de aquel nombre de la región marítima de la Turdetania, que dijimos haber existido en el continente entre las dos bocas ó brazos del Betis (2). La otra isla contigua á la gaditana, que nuestros más juiciosos críticos reducen á la de Santi-Petri, fué poblada por los tirios de Cádiz, que se decían descendientes
(i) Testifícalo Avieno en su poema ya citado, ver. 268 :
Nam Punicorum lingua conseptum locum Gadir vocabat : ispa Tartessus -prius Cognominata est.
(2) «Vemos (en los testimonios antiguos), dice Flórez, que los griegos llamaron á Cartela Tartesso: acaso porque destruida la ciudad primitiva, sita entre las bocas del Betis, aplicaron el nombre de Tarteso al pueblo en que perseveró el comercio, qual era por su puesto Cartela.» Masdeu y Bamba reducen la antigua Carteya á lo que se llama hoy Torre de Cartagena ó Rocadillo en la bahía de Gibraltar, donde López de Ayala y Mr. Cantier aseguran descubrirse en las bajas mareas los cimientos del antiguo puerto y los de algunos edificios particulares. Digno objeto de la solicitud de un gobierno ilustrado sería en verdad la exploración de esas venerandas ruinas. D. Adolfo de Castro coloca la antigua Carteya entre el Guadarranque y Puente mayorga.
de los Eritreos del Mar Rojo; tomó desde un principio el nombre de Eritheia; luego los griegos Ephoro y Philistides la llamaron Erythia; Timeo la denominó Aphrodisia ó Isla de Venus; sus mismos habitadores (griegos sin duda) la apellidaron Isla de y uno ó yunonia; durante el predominio de la cultura griega en nuestras costas, la proximidad y casi diríamos fraternidad de las dos islas mencionadas, hizo que indistintamente fueran una y otra designadas con los mismos nombres, aplicándose á veces á Cotinusa la denominación de Erythia, Aphrodisia y Junonia; y por último la misma causa hizo que en tiempo de los cartagineses, cuando ya la isla principal llevaba el nombre de Gadira (i), se llamase Gadir también la población fundada por los tirios de Cádiz en la menor de las dos islas (2). No se necesitan poblaciones supuestas para acreditar á los jonios de grandes colonizadores. Las soberbias ciudades, los Estados que en el Asia fundaron, nos los representan como uno de los pueblos más cultos del orbe y menos avaros de su cultura. Entre las construcciones con que enriquecieron el litoral de la Bética, merecen singular mención los tres templos de Juno de que hoy conservamos memoria, edificados uno en el cabo Trafalgar, otro en Cádiz (3), y el tercero frente al puerto de Menestheo (hoy Puerto de Sta. María) (4); la famosa torre de Coepión ó Capión (hoy Chipiona), erigida por los de Carteya bajo la dirección de un capitán fócense de aquel nombre, la cual era á un mismo tiempo sepulcro y faro (5); la torre ó pueblo de Ebura, construido también por los carteyos ó tartesios de Ca-
(i) Véase la penúltima nota, donde los versos de Avieno dan á la palabra Gadir la significación de 'paraje ó lugar cerrado.
(2) Sacamos estas noticias de la obra m. s. de Bamba Ñolas a Sírabon, ya citada, donde se cotejan y dilucidan, con satisfactoria claridad á veces, los oscuros pasajes de los geógrafos antiguos relativos á las poblaciones de la costa bética.
(3) Punió, lib. 4, cap. 22.
(4) « Fuera de la costa, dice Mela. lib, 3. cap. t . está el ara de Juno y su templo.»
(5) M.Ki^A\a\\ama sepulcro de Ccepíón (\ih. 5, cap. i), y Estrabón (lib. III) /orrt' de Capión construida d modo de faro para salud de los navegantes.
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pión (i) en la margen del brazo oriental del Betis; finalmente el templo de Lucífero (2) á que falsamente reducen hoy algunos autores la población de Sanlúcar de Barrameda.
Terminaremos nuestro ligero bosquejo de la cultura griega en los remotos tiempos á que nos referimos, reproduciendo un hecho gráfico que tiene conexión con la idea que acabamos de apuntar del gran culto que la diosa Juno alcanzó en toda la costa de la Bética. Una nave de Samos, cuenta Herodoto (3), cargada de mercancías de Egipto y mandada por un piloto llamado Coleus, fuese de grado ó bien impelida por un recio viento nordeste, cruzó el Estrecho y aportó en la costa de Tarteso (4), donde ningún otro griego había penetrado aún. Fueron los samios muy bien recibidos de los naturales, y vendiéronles sus mercancías en sesenta talentos. Satisfechos de esta acogida, consagraron la décima parte de su ganancia á Juno, é hicieron labrar en honor suyo una gran copa de bronce de la forma consagrada para las fiestas de la diosa en Argos, adornada en ambos lados con cabezas de grifo. Esta copa, sostenida por tres colosos de bronce de siete codos de altura é hincados de rodillas, vino á ser uno de los más preciosos ornatos del templo de aquella deidad (5). Añade el padre de la historia que los samios aportaron
(i) Según los geógrafos antiguos, Estrabón, Mela, Plinio y Antonino, sólo podemos saber que Ebura ó Ebora de los tartesios estaba sobre la costa al principiar la navegación agua arriba del Betis, y que tenía enfrente, tierra adentro, la colonia de Asta. Ocampo trae una noticia que concuerda con esta, y aun la completa, sin que se pueda averiguar de dónde la sacó: «los de Carteya, dice, bajo la conducta de Capión, fundaron una ciudad en la boca más oriental del Guadalquivir á 4000 pasos de la embocadura, agua arriba, en la isla que formaba el río... Hoy es un despoblado llamado Ebora la vieja.»
(2) Horozco refiere que la ciudad de Eubora (sic) se formó con ocasión del famoso templo del Lucero, para cuya vigilancia se construyó la torre de Capión, y que sobre las ruinas de Eubora se debió poblar después la pequeña villetade Chipiona ó bien el convento de nuestra Señora de Regla : de manera que en una sola razón resume las fundaciones de la torre de Capión. de Ebura y del templo del Lucero, excluyendo ia posibilidad de establecer en las ruinas de este templo, como hacen muchos, la fundación de S. Lúcar de Barrameda.
(3) Lib. IV, cap. 152.
(4) Tarteso es aquí sin disputa un nombre genérico aplicado á la Bética occidental : Herodoto no designa el puerto en que Coleus tomó tierra.
(5) Sobre la forma de este objeto artístico puede dar al lector ideas muy apro-
SEVILLA Y CÁDIZ 8^
en Tarteso al tiempo mismo que los isleños de Thera enviaban á África una colonia conducida por Batho para fundar á Cirene, es decir, hacia el año 704 antes de la Era cristiana. Para discernir la parte de verdad, y aun la contradicción que pudiera resultar del dicho de Herodoto de que antes de los samios no había penetrado gente alguna de Grecia allende el Estrecho, conviene tener presente que ya los rodios tenían colonias en España nueve siglos antes de J. C. (i), y que por otro lado no dice Herodoto que los samios fabricasen templo á Juno, dando más bien á entender que consagraron la gran copa de bronce á un templo que encontraron ya erigido y con culto.
El desarrollo del comercio y poderío marítimo de los griegos debió desde luego suscitar rivalidades entre los fenicios, sus maestros y predecesores ; resulta sin embargo de las antiguas historias, que por una especie de convenio tácito se repartieron los beneficios del tráfico en el Mediterráneo, estableciéndose los unos de preferencia en las costas meridionales de Europa, y los otros en las ciudades y puertos de la costa septentrional de África y occidental de España.
Entre los establecimientos fenicios de África descollaba la colonia de Cartago, que, aunque animada del mismo espíritu comercial propio de los tirios sus fundadores y de sus hermanos de Cádiz, se anunciaba ya belicosa y formidable, con una fuerza expansiva tal, que no sólo la arrastraba á multiplicar sus factorías y defenderlas con las armas, sino también á conquistar y oprimir sin misericordia á los pueblos circunvecinos. En el reducido teatro del Mediterráneo, surcado en todas direcciones por mareantes fenicios, griegos y cartagineses, todos igualmente
ximadas el rico y erudito Museo de escultura publicado en Francia por el conde de Clarac , obra la más completa que existe en su género.
(1) El viaje de los rodios á Iberia fué, según Estrabón, muy anterior á la fundación de las Olimpiadas, durante su mayor prosperidad marítima. La crónica de Eusebio fija el principio de esta prosperidad siglo y medio antes de las Olimpiadas : estas comenzaron por los años 77o antes de J. C. ; de consiguiente es lícito referir la primera llegada de los rodios á España al año 000 antes de nuestra Era.
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expertos en el tráfico y la navegación, muy pronto había de estallar por fuerza alguna colisión grave: por otra parte jcómo habían de resignarse los cartagineses á ceder indefinidamente á los griegos y fenicios la posesión exclusiva, el pingüe monopolio de los preciosos metales de la Bética y sus exquisitos frutos? Importa poco saber con qué pretexto fué llamada la naciente república africana á intervenir en las discordias de los afortunados usufructuarios de tan apetecida herencia: cualquiera que haya sido la causa que los trajo á España, es indudable que de todas maneras, más pronto ó más tarde, habían de volver á ella sus proas. Es fama que desavenidos los gaditanos fenicios, por un motivo cualquiera, con los turdetanos y los griegos, llamaron en su auxilio á los terribles cartagineses. Acudieron éstos solícitos al llamamiento, y so pretexto de acorrer á sus hermanos, invadieron con sus huestes la Península: lucharon, vencieron, y complacidos con las ventajas que el país les ofrecía, se apoderaron de él en perjuicio de sus legítimos poseedores y de los dominadores á quienes habían fingido defender. Tarde reconocieron los fenicios el engaño: cuando quisieron sacudir el yugo cartaginés, se vieron en su metrópoli sitiados y combatidos con medios destructores desconocidos hasta entonces: los arietes africanos (i) batían los muros de Gadira, y los terribles soldados denegridos por el sol y el hálito abrasador del Desierto, cubrieron de guarniciones las risueñas y prósperas ciudades del litoral y sus islas. Supónese que acaso hubieran emprendido entonces los cartagineses la conquista de todo el país, si las guerras en que por otras partes andaban envueltos no les hubieran movido á aplazarlo para ocasión más oportuna; pero lo dudamos, porque los cartagineses, lo mismo que sus mayores los fenicios, eran gente de mar, que apenas salían de sus naves, de continuo armadas ora para el comercio, ora para la guerra, y como poco
(i) Según V^iTRuiuo, lih. X. cap. iq. fué esta la primera ocasión en que so empleó el ariete.
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sedentarios, se contentaban con establecer en las costas sus emporios (i). Dejaron en la Península algunos gobernadores que se limitaron á tener á raya por espacio de algunos años á las tribus iberas de las cercanías, y á sacar para las otras contiendas que sostenía Cartago gente y riquezas de sus propias posesiones en la Bética.
Dejemos á los cartagineses disputar á los fenicios y á los griegos la dominación del Mediterráneo : dejemos á las colonias griegas de España ir atesorando en sus conflictos con los hijos de la naciente y ya orgullosa república africana, los odios que han de convertirlas en fieles y útiles auxiliares de Roma. Supongamos que con motivo de una rivalidad de piratas, y ofendidos los cartagineses de ver que los tirrenos son más ladrones que ellos, ha estallado la guerra entre Cartago y Roma. En esta guerra no faltarán seguramente ocasiones de estipular á costa de España; sin embargo, la recelosa malicia de los peños (2), fiel á la práctica constante de sus progenitores los fenicios, procurará en los tratos que con Roma celebre dejar como envuelta en las sombras del misterio la hermosa presa que ya empezaba á saborear, para reservarse su goce exclusivo (3). Polibio copió de las tablas de bronce conservadas en el archivo de los ediles del templo de Júpiter Capitolino un tratado, el más antiguo que se conoce entre cartagineses y romanos, que descubre el vano deseo de retardar la ya inevitable incursión de la gente de Rómulo en nuestro suelo. La letra de este tratado, escrito en latín
(i) Al Este y al Oeste de Gades, antigua factoría tiria, dice Mommsen (Hist. de Roma, Lib. III, c. I), se extendía una larga cadena de colonias comerciales cartaginesas ; en el interior poseía también Cartago muchas minas de plata : tenía en su poder la Andalucía y la actual provincia de Granada, d por ¡o menos sus costas; paro no intentó siquiera conquistar en el interior terreno alguno perteneciente d las belicosas naciones indígenas.
(2) Nombre latino de los cartagineses. Les vino de su afinidad con los fenicios, como lo afirma S. Jerónimo diciendo en su comentario sobre Jereinias (lib. \', cap. XXV) : Poeni, sermone corrupto., quasi phoeni appellantur.
(3) Cuenta Estrabón (lib. lítO Rue los pilotos cartagineses hacían adrede varar sus naves con objeto de desorientar á los buques extranjeros que seguían su derrota para entrar, guiados por ellos, en los mares desconocidos.
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bárbaro de más de cinco siglos anterior á nuestra Era, dice entre otras cosas: «Los romanos y sus aliados del Lacio se abstendrán de navegar más allá del gran Promontorio (tal vez el Promontorio de Juno, hoy Cabo de Trafalgar), á no ser que á ello se vean precisados por sus enemigos ó arrojados por las tempestades. En este caso no les será permitido comprar ni tomar allí nada, sino lo extrictamente necesario para avituallar sus naves ó para el culto de los dioses, y no podrán permanecer más de cinco días. Los mercaderes que vayan á Cartago estarán exentos de pagar derechos, á excepción de los que cobran el pregonero y el escriba... Los cartagineses por su parte se abstendrán de hacer incursiones y daños en las tierras de los anciotas, de los ardeanos, de los laurentinos, de los circeyanos, de los terracinenses, y de los demás pueblos latinos que obedezcan á los romanos... (i)» Otro tratado posterior, que confirmaba las principales cláusulas de éste, hace aún más patente el deseo de alejar á los romanos de España. «Los romanos, dice una de sus estipulaciones, no harán presas, ni traficarán, ni construirán ciudad alguna más allá del gran Promontorio, de Mastia y de Tarseyo (2).» Hasta el año 238 antes de J. C. siguieron los cartagineses sacando de España recursos para sostener en Sicilia la primera guerra púnica, y para sojuzjar en África á otras naciones enemigas; comerciaron mucho, beneficiaron mucho la Bética, pero no guerrearon en ella ni llevaron á cabo conquista alguna.
En este intervalo, y antes de su guerra con los romanos, emprendió la marina cartaginesa con naves construidas en Cádiz dos largos viajes de exploración, cuyo recuerdo persevera glorioso en la historia de las antiguas navegaciones. Himilcón y Hannón, sucesores de su primo Safón en el gobierno de España, dejando el cuidado de esta provincia á su hermano Gisgón,
(1) POLIB.,lÍb.llI.
(2) Polibio da el nombre de Thai scius á todo el país de la costa bética. Tharseio, Tharsis y Tarteso, es todo uno.
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obtuvieron permiso del Senado para aderezar dos armadas y abastecerlas de todo lo necesario con objeto de descubrir nuevas costas. Himilcón se propuso explorar las riberas de Europa y sus mares: Hannón se encargó de recorrer el litoral de África, á la sazón completamente inexplorado (i). Créese que Himilcón navegó hasta las islas Sorlingas, que los antiguos griegos llamaron islas del Estaño (Cassitérides), y no hay memoria del derrotero que tomó para su vuelta á España después de dos años y medio empleados en ida y vuelta de navegación tan larga y dificultosa. Pero la de Hannón es principalmente notable por su objeto puramente científico, y por haber servido á los antiguos geógrafos de argumento para demostrar que el continente africano estaba al mediodía rodeado de mar.
Ponga norabuena el verídico Estrabón sus reparos al viaje de Eudoxo contado por Posidonio; pero cumple á nuestro propósito recordar lo que el célebre geógrafo nos dice de la gente de Cádiz: «Son éstos los que navegan por el Mediterráneo y el Océano con mayor número de buques y de mayor porte (2).»
Como anterior á la primera guerra púnica, refieren los más acreditados historiadores un hecho notable de los gaditanos. Alejandro, rey de Macedonia, que por sus hazañas mereció el nombre de Magno, después de haber domado á los eclavones, á los triballos y á los tracios, sujetado las ciudades de Grecia que poco antes eran libres, sojuzgado el Asia, la Suria y el Egipto, y vencido por fin á Darío, se había apoderado del imperio persa, sin parar hasta abrirse camino, con el hierro y el ímpetu del rayo, á lá India, donde tenía avasallados gentes y reinos nunca oídos. Con esta nueva, movidos los españoles que
(i) La relación de estas navegaciones, tan atrevidas en aquel tiempo, fué escrita en lengua púnica por los mismos Himilcón y Hannón que las llevaron á cabo. Desgraciadamente los originales no existen, y sólo se conservan una traducción griega del Periplo de Hannón y algunos fragmentos del que escribió su hermano. Véase la preciosa Colección de Geógrafos antiguos de Hudson. La traducción latina del Periplo de Hannón apareció por primera vez en Basilea el año I s 3 3-
(2) Lib. III. Geogr.
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moraban en las riberas del Mediterráneo del deseo de captarse su voluntad, le enviaron una embajada á Babilonia. Hay quien supone que fueron solos los tirios de Cádiz los que esto hicieron, y que no fué á Babilonia sino á Tiro adonde enviaron sus embajadores, por hallarse Alejandro con grande ejército y saña sobre la antigua ciudad fenicia y temer los gaditanos, descendientes de los tirios, que se extendiese hasta ellos la cólera del rey griego. Afirman otros que los españoles intentaban auxiliarse de él y valerse de sus fuerzas contra los cartagineses, que abiertamente empezaban á oprimirlos con sus continuas exacciones. Oigamos á Mariana que, aunque harto crédulo, al referir este suceso sigue al verídico Paulo Orosio. cEl principal de la embajada se llamó Maurino, el cual, juntándose de camino con los embajadores de la Galia, que hacían el mismo viaje, últimamente llegó á Babilonia, donde los embajadores de Sicilia, de Cerdeña, de las ciudades de toda Italia y de África, y hasta de la misma ciudad de Cartago, estaban por su mandado aguardando á Alejandro. El, luego que llegó, señaló audiencia á los embajadores. Los de España le declararon la causa de su venida y lo que les era mandado. Que la fama de su esfuerzo y valor, esparcida por todo el mundo, era llegada á lo postrero de la tierra, que es España, y por ella su nación se movió para con aquella embajada y por su medio saludarle y pedirle su amistad; cosa que no le sería de poco provecho si después de domado el oriente tratase, como era razón, de revolver con sus armas y banderas á las partes del poniente, pues podría á su voluntad servirse de las riquezas de aquella muy rica provincia; que los españoles, trabajados no menos con disensiones de dentro que con guerras de fuera, y muy cercanos al peligro, tenían necesidad de no menor reparo que el suyo; que jamás pondrían en olvido la merced que les hiciese, ni cometerían por donde en ningún tiempo se desease en ellos lealtad y buena correspondencia; la costumbre de los españoles ser tal, que no trataban ligeramente amistad con alguno, y después de trabada.
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la conservaban constantemente. Esta embajada fué muy agradable á Alejandro, de tal manera, que entonces le pareció haberse hecho señor de todo, como lo dice Arriano, pues desde lo postrero del mundo venían á poner en sus manos sus diferencias. Preguntóles muchas cosas del estado de su república, de las riquezas de la provincia, de la fertilidad de la tierra, de las costumbres y maneras de los naturales y de la contratación que tenían con los extranjeros. Demás desto prometió que por cuanto ordenadas las cosas de Asia, en breve pensaba mover con sus gentes la vuelta de África y del Occidente, que en tal ocasión tendría memoria y cuidado de lo que le suplicaban. Con esto y con muchos dones que les dio, los envió contentos á su tierra (i).» Un historiador moderno (2) trae otro testimonio del buen recibimiento hecho por Alejandro á los embajadores gaditanos: « honraron éstos su memoria, dice, poniendo á la vuelta su busto en el templo de Hércules de Cádiz (3).»
Muy más odiosos á los españoles que los astutos fenicios, empezaron los orgullosos cartagineses en el año 238 antes de J. C. la violenta carrera de sus conquistas en la península ibérica, para indemnizarse en ella de las pérdidas sufridas en Sicilia y Cerdeña durante la primera guerra sostenida contra los romanos. Si los fenicios habían introducido alguna corrupción en las costumbres de los turdetanos y tartesios, los cartagineses las estragaron de todo punto: fueron con ellos tiranos, alevosos y crueles; les esquilmaron la tierra, les robaron la riqueza de sus preciosas minas en beneficio de Cartago, y al propio tiempo que hicieron su república á costa de la Bética rica y poderosa, trajeron de África para oprimir á los peninsulares, enjambres de soldados númidas, hambrientos y desnudos (4).
(i) Mariana, lib. II, cap. \'.
(2) ROMEY, Historia de España.
(3) Éste fué, según Suetonio. el busto de Alejandro que hizo verter lágrimas á César. Véase In vil. Cees.
(4) Convertidas en provincias cartaginesas (dice Mom.msex, Hisl. de Roma,
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De las malas costumbres pegadas á los andaluces por las diferentes naciones que entre ellos habían morado, las más ruines y perversas fueron sin duda las de estas últimas gentes, que infestaron las antiguas leyes, ritos, ceremonias, sacrificios y ofrendas de los sencillos naturales, persuadiéndoles y obligándoles á guardar las suyas, tan viles é inhumanas, que ningunas había peores en toda la gentilidad (i).
Grande cosa fué para los cartagineses en su designio de hacerse señores de todo el litoral de España, el haberse posesionado de la Isla de Cádiz y de los otros pueblos que en la marina tenían los fenicios, los griegos y los eritreos; porque desde estos fueron poco á poco ganando tierras y edificando castillos y fortalezas. Así cada nuevo presidio era para ellos un nuevo punto de partida. La división en que vivían las diversas gentes españolas, la falta de comunicaciones que entre unas y otras poblaciones había, la inferioridad de la táctica, de las armas y de la disciplina de estas gentes, daban gran ventaja á los cartagineses, que acababan de enviar á España lo más selecto de sus guerreros, acaudillados por el mejor general de la república. Era este general Amílcar, hombre de tanta energía, empuje y actividad, que en el primer año de su mando recorrió la Bética entera imponiendo á los pueblos tributos y contribuciones de guerra en nombre de Cartago. Al año siguiente convirtió en campo de batalla toda la extensión del litoral de levante,
loe. cit.) las regiones más fértiles y bellas de este yran país, esto es, las costas del Sur y del Este; edificadas muchas ciudades, entre otras Cartago de España (Cartagena), con su puerto, el único bueno de aquel litoral, y el espléndido CastilloReal de Asdrúbal su fundador; la agricultura tloreciente, y las riquísimas minas de plata descubiertas y beneficiadas en las inmediaciones de dicho puerto,— las cuales, un siglo después, aún producían más de 36 millones de sextercios al año, cerca de 9 millones de pesetas,— casi toda la España meridional y oriental hasta el Ebro reconoció la supremacía de Cartago y le pagó tributo.
(i) «Alejandro Magno, dice Horozco, su enemigo grande, y que deseó destruirlos porque descendían de los de Tiro, entre otros gravámenes que les puso, fué uno de ellos condición expresa que no habían de comer carne de perros, é hizo que lo guardasen y cumpliesen por todo el tiempo que vivió.» Lib. II. cap. 2.°
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hizo tributarios á los bastetanos y contéstanos, y asentó sus reales sobre Sagunto, república de muchos años atrás aliada de los romanos.
¿Se atreverá aquí el altivo cartaginés á provocar de nuevo la cólera de Roma? Grande es el odio que profesa Amílcar á los hijos del Tíber; tan grande, que sólo ha de excederle el de su hijo Aníbal ; sin embargo, la república africana no cree llegada la ocasión de romper otra vez las hostilidades con aquella rival tremenda, y Amílcar respeta al pueblo de Sagunto, y su ejército pasa de largo para acampar en las orillas del Ebro.
Al norte del Betis, en los turdetanos y los célticos de Cuneus, mandados por Istolacio, encontró alguna resistencia; pero fueron también vencidos, y Amílcar asoló sus tierras, los dispersó, dio la muerte á su caudillo, y sólo perdonó á tres mil hombres que enganchó al servicio de la república. Como torbellino destructor recorrió las poblaciones interiores que negaban su obediencia á Cartago, penetró en las tierras de los lusitanos y vetones, y los halló apercibidos á la defensa en número de cincuenta mil combatientes acaudillados por el esforzado Indortes (i). Consiguió Amílcar la victoria, pero la compró cara, y concibió por ella tanto horror como si hubiese sido derrotado : tan grandes fueron el ardimiento con que pelearon los españoles y la carnicería que por ambas partes se hizo en el campo. Muy alta idea de su valor debieron dar al general cartaginés los naturales, cuando restituyó la libertad á diez mil prisioneros que había hecho en la refriega. Sólo con Indortes no supo ser generoso : cayó en sus manos, y le hizo crucificar bárbaramente. Castigó el cielo su inhumanidad, porque levantadas en armas contra él todas las naciones ó tribus más denodadas de la costa oriental de España con motivo del sitio que había puesto á Hice, halló su tumba en el paso de un río, y graves autores afirman que murió á manos de los mismos
(i) Así le llama Diódoro Sículo, lib. XXV, c. 5.
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vetones (i) que ansiaban vengar á su general crucificado.
Pero la muerte de Amílcar no compromete el crecimiento de Cartago: su yerno Asdrúbal queda sustituyéndole en España; sus prendas políticas y militares le granjean la estimación de los mismos españoles que celebran con él tratados de paz y los garantizan dándole por esposa una noble princesa de su nación. Asdrúbal funda á Cartagena , construye en ella para sí un fuerte palacio, y la nueva ciudad marítima viene á ser en breves años el emporio del comercio de Cartago en Europa.
¿Queréis formaros idea de loque era el palacio de Asdrúbal? No es en verdad difícil. Sabéis que los cartagineses, como sus mayores y maestros los fenicios, eran poco dados á los halagos de las artes bellas. No había para ellos teatros, ni circos, ni termas, ni género alguno de públicos espectáculos y diversiones. Las distracciones y goces de lo que llamamos cultura, no eran necesarios para unas gentes exclusivamente dedicadas á la vida marítima. Con estos precedentes, podéis suponer que la preocupación dominante del cartaginés al fundar una colonia ó emporio, consiste en proporcionarse un cómodo y grandioso puerto, con espaciosa dársena y vastos almacenes, dominado por un fuerte palacio ó castillo, inexpugnable residencia de un almirante. En este palacio, pues, ni en la parte que mira al mar, ni en la que domina la tierra, observaréis la huella de idea estética alguna. Altos muros de descomunal espesor, ataluzados y almenados, aspillerados y con plataformas para el juego de las máquinas de guerra, sin más accidente decorativo en su inmensa superficie exterior, cuando el revestimiento es de sillería, que el simple toro; fuertes torres, sin más huecos que las saeteras, sin otro paramento por lo común que la masa compacta, tersa y durísima, que forman la piedra suelta menuda y el mortero; espaciosas terrazas y cúpulas de mampostería cu-
(i) Inprcelio fugnans advcrsus l'etioiies, occisus esl, dice Cornelio Nepote: íii i'üa Jlamilcarís.
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briendo los salones, y hábilmente calculadas para recoger las aguas llovedizas y hacerlas correr hacia las subterráneas cisternas ; en el interior, paredes lisas sin guarnecido alguno, sin revestimiento de mármoles, sin estuques ni pinturas, sin más adorno que las telas ó los cueros, ó los tapices, ó las finas esteras que de arriba abajo las cubren, á la manera que cubrían las viviendas y las naves de los fenicios, según nos cuenta Diódoro Sículo: he aquí el aspecto general de los palacios cartagineses, en los cuales, por otra parte, no faltarían los grandes patios con elevadas y robustas arcadas, por donde penetraba la luz al interior del edificio, tan severo y sin vanos por defuera. Estos datos nos suministran las construcciones militares y civiles de los emporios cartagineses de Útica, Cartago, Thapsus, Hadrumeto, etc., cuyos vestigios han sido estudiados en estos últimos años por muy competentes ingenieros y arquitectos europeos (i).
Á Asdrúbal sucede el impetuoso Aníbal, á quien su padre Amílcar había hecho jurar sobre las aras de Júpiter odio implacable á los romanos. Sagunto volverá áser en breve la causa de un segundo rompimiento con Roma. Los saguntinos son como los ampuritanos y como los demás pueblos que habitan la dilatada costa de levante, originarios de Grecia ; pronto serán ellos, como lo habían sido los tirrenos y mamertinos medio siglo antes, el pretexto de un combate á muerte entre los dos colosos que se disputan el imperio del mundo. Aníbal, no contento con triunfar en España, llevará el hierro y la desolación al corazón de Italia con su grande ejército de africanos y españoles y sus temidos elefantes ; pero también la ciudad de Rómulo, cuyo crecimiento providencial desconoce Cartago, vendrá á vengar en España la afrenta que sus águilas sufrieron en Trebia, Trasimeno y Canas.
Una protesta al terminar este capítulo.
Hemos huido del estéril y yerto escepticismo de la escuela
(i) Sobresale entre éstos el ya citado Mr. A. Daux.
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impropiamente llamada crítica, que repudia la asistencia de la fábula y calumnia á las generaciones pretéritas suponiéndolas ignorantes de sus orígenes. Esa escuela funesta olvida que la humanidad, antes de consignar sus hechos en historias, tuvo que representarlas en alegorías, en emblemas, en poemas, para que pudiese fácilmente perpetuarlos la tradición, único medio de que disponía para comunicarse con las generaciones venideras; esa escuela, reñida con la fe, ha consumado en los tiempos modernos una obra de destrucción enteramente opuesta á la que llevó á cabo en el mundo antiguo aquella poderosa fuerza moral. Pigmalión animó su estatua con ella; prescindiendo de ella, los críticos modernos han convertido la historia en una estatua muda.