Sevilla y Cádiz · Capítulo real 4 de 18

CAPITULO VI

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CAPITULO VI

Sevilla y Cádiz bajo la dominación romana

uÉ siempre triste destino de España servir con sus riquezas y su sangre á sus codiciosos opresores y sacrificarse por ellos para sufrir más ominoso yugo. Como auxiliar de los extranjeros que la beneficiaban exportando sus productos, tenía por enemigos á todos los émulos de sus dueños. Por haber servido á los fenicios, fué la Bética presa de los cartagineses, y por no haberse unido toda contra éstos, fué luego ¿i^& presa de los romanos. Lo que había hecho Amílcar ^"'— ^ desde el peñón de Acra-Leuka enviando todos los años á Cartago naves cargadas de caballos, armas, hombres y plata de España, eso mismo venían haciendo desde las primeras invasiones todos los gobernadores extranjeros; y no bastaba que los infortunados iberos fueran lejos de su patria á comprar con sus vidas los triunfos de sus opresores en otras tierras, sino que era menester les diesen ejemplo de abnegación y bizarría..

Así los grandes triunfos de Aníbal fueron principalmente debidos á las tropas españolas que componían más de la mitad de sus ejércitos: marchando siempre en la vanguardia, fueron las primeras en recibir el impetuoso choque de las legiones romanas, debiéndoseles en gran parte las ventajas obtenidas contra aque-

SEVILLA. — Columnas de Hércules

líos ilustres generales de la república, los Sempronios, los Fiaminios, los Mételos y los Escipiones. La caballería ibérica, los infantes celtíberos, los honderos de las Baleares, fueron de los que más contribuyeron á tejer los laureles del gran general cartaginés en Italia.

Pero la política romana, equitativa y civilizadora, se anunció desde la segunda guerra púnica tan beneficiosa á España, que

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aun en medio de las ruidosas victorias de Aníbal fué fácil predecir que serían en breve romanas sus mejores y más cultivadas provincias. Mucho honor hizo á Roma por cierto el ejemplar desinterés de sus jefes y soldados, después de la inmensa derrota que los dos Escipiones causaron á Himilcón robándole la obediencia de todos los pueblos de Iberia hasta entonces neutrales, cuando los vencedores, al dar parte al Senado de su inaudito triunfo, le anunciaron al mismo tiempo que así el ejército como los procónsules estaban enteramente desnudos, sin dinero, sin víveres y sin bagajes. Singular contraste formaba esta heroica moderación de los buenos tiempos de la república con la habitual rapacidad de los cartagineses, cuyo gobierno no reconocía más norma que las despiadadas máximas mercantiles. Los romanos entonces se guiaban por principios que no podían menos de seducir á los españoles: por principio y por espíritu patrio, sólo pedían á las naciones su influencia política, respetando su religión, sus leyes, sus costumbres, favoreciendo su industria y su comercio, de que ellos no se curaban. Este sistema despojaba á la conquista de toda dislocación material y tenía que ser aplaudido aun por los pueblos más atrasados, amigos siempre de su quietud y de sus tradiciones. Así se explica el rápido engrandecimiento del pueblo romano, haciendo en todas partes subditos que se figuraban ser meramente sus aliados, y tratándolos con tanta superioridad, que ni contacto tenía con ellos y los dejaba en posesión de los bienes de la vida con tal de que se resignasen á perder su nombre de nación.

La posesión de la Bética, sin embargo, era la más difícil de arrancar á los cartagineses : para conseguirlo fueron necesarias toda la solercia, toda la prudencia, pericia y buena suerte del joven P. Cornelio Escipión, de quien parecía enamorada la fortuna, tan versátil de suyo, y todo el desaliento que en los peños, encargados de la defensa de aquel territorio, infundieron los reveses de Aníbal y Asdrúbal Barca en Italia.

Ya hemos apuntado que las colonias de los cartagineses en

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la Bética eran emporios marítimos. Como por excepción, fundaron sin embargo algunas en el interior; tal venía á ser la población de Jaén (Oringis) cuando se apoderó de ella Lucio Escipión después de la fuga de Asdrúbal Gisgón á Cádiz. Por lo que hace á la región meridional, puede asegurarse que era. ya una verdadera provincia cartaginesa. Pero el poderío de Cartago en España tocaba á su término : las rápidas victorias de los Escipiones, la defección de Masinisa, las voluntades que forzosamente habían de granjearse entre los valientes iberos unos caudillos que en las poblaciones entradas á viva fuerza respetaban siempre las vidas y haciendas de los naturales, sin encarnizarse más que en los cartagineses, le redujeron en breves años al mero recinto de Gades. Llegó un día en que Asdrúbal Gisgón abandonó sus muros para ir á buscar en la corte del rey de Numidia un auxilio sin el cual no creía poder esquivar la completa derrota que le amagaba, y aquel día, encontrándose en la mesa del rey bárbaro con el mismo general romano ante el cual había huido en la Bética, comprendió que la república de Cartago iba á verse acometida en sus propias fronteras, y que ya para ella no había esperanza. Vuelve sin embargo el hijo de Gisgón á España á consumar el sacrificio que de él reclama su patria: vuelve también Escipión á consumar su próspera conquista; algunas poblaciones españolas, fieles á la alianza jurada, lUiturgis, Castulo, Astapa, Corduba, Ilípula, Hispal, caen á las embestidas del romano; la primera, excepción única á los ojos del generoso Escipión en su política de clemencia y olvido, pagó con su completo exterminio una antigua violación del derecho de gentes: sus habitantes, sin distinción de sexo ni de edad, fueron pasados á cuchillo, sus edificios todos entregados á las llamas: sus mismos escombros fueron removidos, y el suelo que había sustentado sus murallas fué arado y sembrado de sal (i).

(i) Se ignora el sitio donde descolló la antigua Illiturgis. Aquel tremendo castigo le iuc impuesto por Cornelio Escipión por haber degollado años atrás á los romanos rel'ugiados en ella después de la derrota de F'ublio Escipión.

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La tercera, Astapa (hoy Estepa la viej'a)^ creyó deber imitar el gran suicidio de Sagunto; sus pobladores, después de una desesperada defensa, juntaron en una pira todos sus tesoros y esclavos, pegáronla fuego, y se arrojaron á la inmensa hoguera con sus hijos y mujeres entregando á los vencedores legionarios de Marcio un repugnante montón de humeantes destrozos, cenizas y sangre. Durante las guerras púnicas, tendrá que consignar la historia atónita nuevos rasgeos como éste de resistencia hasta la muerte y fidelidad acrisolada en los heroicos hijos de Iberia : sólo ellos entre todos los pueblos de la antigüedad prefieren la muerte á la esclavitud. Castulo (hoy Cazlona) debió á la magnanimidad de Escipión el salvarse entregando prisionera la guarnición cartaginesa.

Gades, emporio de la civilización y del comercio cartaginés en España, y la primera de sus colonias desde la toma de Cartagena por los romanos, no ofreció la resistencia que de ella debía esperarse. El Senado de Cartago había resuelto abandonar definitivamente á España sacando de ella todos los recursos posibles para una última tentativa en Italia: el gobernador Magón recibió orden de salir de Gades con su escuadra dirigiéndose á Genova, enganchando á su servicio gente de las Galias y de la Liguria y marchando en seguida sobre Roma, y el primer preparativo de su expedición fué despojar á los gaditanos de cuanto oro y plata tenían, echando mano al tesoro público y saqueando los templos de los dioses, sin respetar siquiera el de Hércules. Encomendó la custodia de la ciudad á Masinisa, vendido ya secretamente á Roma, zarpó con dirección á Cartagena, intentó en vano recobrar este puerto, y repelido por los romanos, tuvo que retroceder. En su ausencia, como era de esperar, la población había sacudido el yugo cartaginés, así que, al presentarse de nuevo á ella, le cerró las puertas. Tomó tierra Magón en el pequeño puerto de Ambis, de la misma isla, manifestó á los gaditanos su deseo de tener una conferencia con sus magistrados, y aquellos se los enviaron confiadamente: cuando

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los tuvo en su poder, los mandó crucificar y desollar á fuerza de azotes, y hecho esto, volvió á darse á la vela. Así se despidieron los taimados cartagineses de la incauta España: así pagáronlos sacrificios que por su prosperidad había hecho fi'anqueándoles sus tesoros y su sangre.

Quedaba en poder de los romanos la España cartaginesa, esto es, las ciudades del litoral desde Cádiz hasta Tarragona. En las demás provincias, especialmente en la España interior y en la lusitana, se los trataba solamente como aliados ó como enemigos. Para sojuzgarlos tenía que hacer Roma inauditos esfuerzos y sacrificios, y esta grande empresa, que iba á durar cerca de dos siglos, empezaba ahora para no terminar sino bajo el cetro de Augusto. Pero los hechos memorables de los celtíberos y lusitanos no entran en nuestro cuadro.

En el horizonte de la Bética romana vemos figurar desde el momento de la expulsión de los cartagineses, poblaciones que ya existían en tiempo de éstos, y de las cuales sin embargo no nos daba noticias ninguna historia escrita. Vemos que el vencedor de España, Cornelio Escipión, antes de separarse de sus veteranos para ir á Roma á recibir los honores del triunfo que le concedió la república, los reúne en Sancios, población risueña de delicioso clima cerca de Hispal (Sevilla), para que recobren en ella su salud los heridos y mutilados; y para perpetuar la memoria de los solaces que presume ha de proporcionar á los valientes guerreros de Italia, le muda su nombre por el de Itálica, aumenta su población, é inaugura para ella una nueva vida de prosperidad y de honores. Los historiadores y geógrafos griegos y latinos son los que nos dan á conocer la Bética antigua, porque los pueblos que antes la dominaron, como meros traficantes, no se curaron de escribir los anales de su existencia social.

Pero admira menos el silencio de los antiguos pobladores de esta hermosa región respecto de sus fundaciones, que el ver de o-olpe aparecer en ella á la luz que difunde la cultura de los nuevos dueños, cerca de doscientas ciudades, de origen más ó menos

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antiguo, y florecientes la mayor parte de ellas á pesar de la ruinosa administración de los pretores.

La Bética, como toda la Península sometida, no tuvo hasta el tiempo de Julio César otro gobierno que el militar, el cual revistió en breve todo el carácter de arbitrario y despótico que esta clase de regimiento lleva consigo: por mejor decir, su único gobierno empezó á ser la voluntad y el capricho de los hombres prepuestos á la gestión de los públicos negocios por el vencedor. Así las ciudades españolas, á pesar de algunos decretos del Senado, siempre desobedecidos, no lograron tener parte en la pública administración : los mismos magistrados de las poblaciones de primer orden se veían coartados en sus justas quejas por la presencia de los déspotas armados, prontos á sostener la injusticia con la fuerza. Consideraban los romanos la España como una fuente inagotable de riquezas: era para ellos, dice con acierto un moderno historiador, lo que después vino á ser la América para los españoles. Hase escrito, aunque nos parece exagerado, que los tributos que pagaba la Península ibérica, por lo común en productos territoriales, fueron á veces suficientes para alimentar á la Italia entera. Agregúese á esto que los generales romanos, usando del derecho de guerra á su antojo, y los pretores con sus escandalosas depredaciones , esquilmaban el país sacando de él en beneficio propio riquezas infinitamente superiores á las que mandaban al Erario público de Roma. El fruto de la rapiña y de las injustas exacciones impuestas á los vencidos, engrosaba á las familias patricias que componían el Senado; ¿qué procónsul, qué pretor, qué general de la república no tenía en este elevado cuerpo parientes ó valedores? Lucio Léntulo sacó de España 2.450 libras de plata, con cuya suma compró una ovación, y por poco no logra que le decreten el triunfo! Cneyo Léntulo recogió 1.5 15 libras de oro, 20.ooodeplata, y 34.500 monedas de plata acuñadas. L. Stertinio sacó 50.000 libras del mismo metal, y á su vuelta á Roma obtuvo tres arcos de triunfo! No son menos célebres las depredaciones de los Galbas, Crasos

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y Lucillos, con las cuales no sólo pagaron sus triunfos, sus consulados, el poder y privilegios de todo género que adquirieron, sino que además les sirvieron para figurar entre los más poderosos ciudadanos de Italia. No se comprende en verdad cómo pudo florecer un país sujeto á extranjeros animados de semejante espíritu de rapiña, consagrados á desustanciarle y á considerarle como presa predestinada de su insaciable codicia. Verdad es que la España de aquellos tiempos abrigaba riquezas inauditas, y de esto tenemos numerosos testimonios. Amílcar Barca, el padre de Aníbal, halló á los turdetanos sirviéndose de pesebres y cántaros de plata, y Appiano consigna este hecho como notable en una época en que era muy común revestir de metales preciosos las vigas de los techos y las paredes de las casas: por donde podemos colegir que en la Turdetania el oro y la plata se empleaban con más profusión que en Persia y en Egipto. Plinio hace mención de las manillas y brazaletes celtibéricos que usaban á competencia con las damas romanas los tribunos, y es muy frecuente en la historia de Roma que entre las riquezas sacadas de España por los que han ejercido en ella algún cargo, figure un prodigioso número de coronas y aros de oro, de los que se usaban en Iberia como adorno común de las imágenes y de las personas en todas las ocasiones medianamente solemnes. Estos aros de oro se gastaban con tanta profusión como hoy los broches y alfileres: poníanse en la cabeza, en las manos, en el cuello, en el vestido. Eran además de plata y oro en algunos países de España los muebles y utensilios destinados á los usos más vulgares. Y si esto mismo sucedía en Roma, donde eran comunes entre la gente acomodada los vasos de plata de todas clases, las palancanas de ciento y de quinientas libras, y las camas del propio metal, dándose como se daba á la España en la antigüedad la prerogativa entre las naciones ricas en metales preciosos (i),

(i) Esto quisieron significar los íJ-riegos y latinos cuando dijeron que en España habitaba i^lutón. dios de las riquezas.

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no iremos descaminados en suponer que la parte mayor del oro y plata que en sus lujosas superfluidades consumía la orgullosa Roma, salía de las entrañas de nuestro suelo (i). Con la abolición temporal de la pretura el año 171 antes de J. C. debieron mitigarse un tanto las expoliaciones que sufrían los españoles. ¿Cuáles no serían estas cuando el mismo Senado, que por lo general patrocinaba á aquellos autorizados depredadores, no pudo oir sin indignación el relato de los robos y concusiones de Furio Philón, ladronazo cuya repugnante figura sólo encuentra en toda la historia romana una digna pareja en la colosal desvergüenza de Yerres ?

En este mismo año 171 antes de J. C. (582 de Roma) vio la Bética establecerse en Carteya una colonia romana, á petición de los hijos habidos por los soldados de los Escipiones en las mujeres españolas esclavas. Eligieron aquella ciudad semigriega en las cercanías del Estrecho porque era desde ella más fácil la comunicación con Roma por la vía marítima, y allí comenzó la infusión, digámoslo así oficial, de una sangre más en la raza de los tartesios (2), ya antes mezclada con la de los varios inmi-

(i) Á este mismo concepto alude aquel pasaje del lib. i, cap. 8 de los Macabeos : Et aiidivil Judas nomen romayiorum... quia, sunt potentes viribus... el guanta fecerunt in regione Hispanice^ et quod in potestaiem redigerunt melalla argenti et auri quce illic sunt.

Claudiano canta con entusiasmo la riqueza natural de España diciendo (Carm. 29, V. 50.):

¿Quid dignum memorare luis Hispania terris? Di'ves equis ^frugumfacilis, prefiosa metallis,

(2) Conviene recordar que los tartesios eran los turdetanos pobladores de la costa desde el Betis hasta el Estrecho, y que este nombre de Tarteso no particulariza tribu ó nación diversa de las otras gentes que poblaban á España, sino que expresa un concepto puramente geográfico, significativo de la posición occidental respecto del mundo antiguo.

Téngase también presente que el nombre de Tartesio era al mismo tiempo apelativo de todos los pobladores de la extensa comarca referida, y propio de los habitantes de Carteya, á quien los griegos mudaron el nombre en Tarteso después de destruida la primitiva ciudad así llamada entre las dos bocas ó brazos del Betis.

Finalmente bueno es advertir que, siguiendo á Estrabón, aclarado é interpretado por Bamba, no reconocemos en la Bética, comprensiva únicamente de las dos provincias de Sevilla y Cádiz, más nación que la de los turdetanos desde el Guadalquivir al Estrecho.

grantes á quienes había acogido. La sangre romana estaba destinada á prevalecer en la Bética : á la instalación de Carteya sigue la de otras colonias; todo lo invade la influencia de Roma en aquella hermosa provincia, la cual, en la tremenda guerra que mueven contra la prepotente dominadora los indomables lusitanos y celtíberos, permanece extraña á la formidable liga de las razas españolas del interior. Ni Púnico, ni Caro, ni Viriato, lograron con su ejemplo suscitar en ella caudillos que sacudiesen el yugo de los procónsules y pretores ; ni siquiera la heroica resistencia de la inmortal Numancia, prolongada por espacio de veinte años, la pudo mover á tomar parte en aquellas luchas épicas de España amante de su independencia, cuyo relato llena los libros de Tito Livio, Polibio, Appiano, Floro, Paulo Orosio y tantos otros.

¡ Cuántas veces resonó allende los montes Marianos el santo grito de independencia! Pero ella siempre lo escuchó con apatía: aquellos turdetanos tan amantes de su libertad en otros tiempos, parecen ya avezados al yugo, y en vez de secundar los nobles esfuerzos de los otros españoles, auxilian y dan cuarteles de invierno á sus enemigos. Ya vendrán de vez en cuando los ejércitos de Viriato á castigar su criminal apego á los extraños: ya caerán como bramador torrente sobre sus ciudades, cuando den asilo á los legionarios romanos vencidos en veinte funciones por los bandoleros lusitanos (i). Refúgiese en buen hora en Carteya el ejército disperso de Vetilio : acudan á reforzar al aturdido cuestor los mal aconsejados tartesios; pronto aquel intrépido caudillo los exterminará sin dejar uno solo que lleve á la ciudad la noticia del desastre. Pues cuando envíe Roma al cónsul Fabio Emiliano á España y éste acampe en Urso (2) reuniendo á sus tropas y á las de Lelio las que le mandan las ciudades circunvecinas

(i) Al principio de la guerra de los lusitanos, los romanos la daban el nombre despreciativo de guerra de bandoleros; pero cuando los triunfos de Viriato alarmaron y pasmaron al Senado, ya se la empezó á considerar de otra manera.

(2) Hoy Osuna.

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aliadas de la república, todos los holocaustos ofrecidos á Hércules en el templo gaditano no evitarán que su lugarteniente sea derrotado y puesto en vergonzosa fuga por ese mismo Viriato cuyo nombre hace ya fruncir el ceño al Senado romano. La infame alevosía de Cepión podrá privar á la Lusitania de su general invicto: el júbilo de la venganza prorumpirá tal vez en Ituca, Gemela, Escadia, Obulcula y Buccia (i), poblaciones de la Bética que han pagado con sangre el placer de vivir á la romana ; pero antes de dispersarse sus valientes soldados por las gargantas de su montuoso suelo nativo, huérfanos del que era á un mismo tiempo su padre y su caudillo, harán en aquel aborrecido teatro de tantas nacientes colonias de Roma, una incursión desesperada llevándolo todo á sangre y fuego en su triste y furibundo despecho. En el territorio de la Bética, como provincia declaradamente romana, han de descargar también por necesidad las implacables iras de todos los partidos beligerantes durante las civiles contiendas de Mario y Sila, de César y Pompeyo.

Sombra colosal que no llegó á tomar cuerpo, apareció dos veces en la Iberia como esperanza de salvación para sus pobladores, primero alzándose sobre las morigeradas y belicosas tribus de los celtíberos, luego tomando tierra en la desembocadura del Betis, al cabo de una obstinada lucha con las ondas del Mediterráneo, la grande y noble figura de Sertorio (2): genio fugaz que presumió con justicia poder hacer de España una nueva Roma más virtuosa que la que producía Crasos y Silas, y que, al desaparecer á impulso de aquella misma perfidia contra la cual se había armado, la dejó sumida en el abismo de la

(i) Es desconocida en rigor la situación que estas cuatro últimas poblaciones ocupaban, si bien Masdeu y Flórez las reducen á los lugares que hoy ocupan Martos, Escua, Porcuna y Baeza. En cuanto á la primera, Ituca, hay razones para suponer que estuvo entre Martos y Espejo, que fué la colonia denominada por Plinio Virtus Julia, y que otros autores antiguos la llamaron indistintamente liuca, Ituci, Ityci, Itiicci y Utico,.

(2) Fué muchos días juguete de la mar en una deshecha tormenta entre Ibiza y el Estrecho cuando vino por última vez á España. (Romey, t. i , cap. V.)

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esclavitud. Vedle en la España citerior, pretor proscrito por el dictador Sila, acogido y aclamado con entusiasmo por los pueblos que gimen bajo el yugo de los gobernadores, y por los romanos mismos: en su hermoso semblante melancólico, espejo de aquella alma grande y apasionada por el bien de la especie humana, pero al propio tiempo ocasionada al desaliento y poco segura del porvenir, ¿quién no descubre, permítasenos esta atrevida frase, una creación prematura de Dios, una especie de enigma de la Providencia que suscita fuera de tiempo un hombre capaz de hacer de la península ibérica la primera nación del universo? Su primer cuidado es disminuir la carga de los tributos que agobia á aquellas generosas tribus, á quienes sólo trata como aliados voluntarios; los celtíberos reconocidos corren á alistarse bajo sus enseñas: nunca se vio entusiasmo tal por un caudillo extranjero, jamás se levantó en armas con tanta uniformidad y acuerdo la indócil gente española. Han comprendido que Sertorio anhela su bien y su engrandecimiento, y desde el Pirineo al Tajo todas las tribus de Celtiberia y Lusitania se aprestan á recibir su ley. Frústrase esta primera tentativa por la mano aleve y cobarde de Calpurnio Lañarlo (i); el proscrito vencido piensa en su desaliento abandonar para siempre el país amado donde le son propicios los hombres y contrarios el cielo: tal vez, como consuelo en sus tristezas, acaricia la idea de ir á respirar en las Islas Fortunadas auras balsámicas que cicatricen su corazón ulcerado. Pero su genio belicoso y organizador le impele á probar nueva fortuna : las grandes reformas políticas y administrativas, las instituciones sociales que su mente ha concebido para la prosperidad de su patria adoptiva, ¿habrán de disiparse en proyecto sin intentar siquiera su ejecución.?... Los lusitanos, cansados del imperio de Roma y resueltos á sacrificarlo todo por su independencia, le llaman con instancias. Acu-

{\) Desbarató Cayo Annio, dice Mariana, la guarnición que Sertorio había puesto en los Pirineos, dando la muerte á su capitán Salinator por mano de Calpurnio Lanário, su grande amigo, que le asesinó alevosamente.

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de Sertorio: las fuerzas de Cayo Annio habían sido grandemente reforzadas con gente de mar y tierra: — no importa: el sueño del proscrito iba á adquirir esta vez líneas de realidad. Preséntale Cota una batalla naval, y vence el enemigo de Si.la: salta éste en tierra y desbarata orillas del Betis las huestes del propretor Lucio Fufidio matándole dos mil hombres (i). Ya los romanos empiezan á oir su nombre con espanto. Tan dichoso es ahora en sus expediciones militares, que en muy pocos días le contemplan Annio, Mételo y Q. Pompeyo dueño absoluto de la Lusitania y de la Bética: ¡Qué completa y maravillosa transformación! Turdetanos, celtíberos y lusitanos, son ya todos unos: por primera vez, desde que pisan el suelo español los hijos del Tíber, se declaran unidos en intereses con los habitantes del Ebro y del Duero los viciados naturales de las tierras que riegan el Síngilis, el Chryso y el Betis. Hirtuleyo, cuestor del ejército de Sertorio, derrota á Domicio y á Manlio. Los pesados legionarios del orgulloso Mételo, cargados de víveres y pertrechos (2), son vencidos por los ágiles y sueltos soldados españoles, que apetecen más la guerra que el reposo (3), que hacen sus campañas sin provisiones, sin fuego y sin tiendas, que caen sobre las ordenadas cohortes de Italia como nubes de langostas sobre las lentas caravanas, que en los trances peligrosos se dispersan y desaparecen por las gargantas de las montañas, y que sin embargo saben mantener el campo á pié firme cuando el caso lo requiere (4).

(i) Seguimos en esto á Mommsen. Véase su relato, Hist. cit. lib. V. c. t.

(2) Cada legionario romano llevaba sobre sí, además de sus armas ofensivas y defensivas, grano para quince días y todas las herramientas necesarias para los asedios de las plazas.

(3) Expresión de Justino: «Apetecen más la guerra que el reposo: si no tienen enemigos por fuera, los buscan dentro.» (Lib. 44, cap. II.)

(4) «Los soldados españoles, dice Mariana hablando de los de Sertorio, no mostraban menos valor que los romanos, por estar enseñados á guardar sus ordenanzas, obedecer al que regía, seguir los estandartes los que antes tenían costumbre de pelear cada cual ó pocos aparte, con grande tropel al principio; mas si los apretaban, no tenían por cosa fea el retirarse y volver las espaldas.»

Una observación análoga viene á consignar Julio César hablando de los sóida-

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A pesar de la inquietud continua en que por el estado de guerra viven, los iberos gobernados por Sertorio entrevén ya la iniciación de una halagüeña cultura. El caudillo que los hace triunfar en los combates, que los ha armado á la romana y repartido en legiones y centurias y confiado al mando de prefectos y tribunos militares; que, para hermanar los usos de su patria nativa con las tradicionales costumbres de los españoles, les permite armarse espléndidamente, sustituyendo á la severa sencillez del traje romano la lujosa túnica de color de púrpura con arreos sembrados de plata y oro; ese mismo guerrero, que rivaliza con los cartagineses en su lujoso atavío personal, se anuncia digno émulo de los Numas, Camilos, Decios, Escipiones y Gracos, como político y administrador. Evora y Osea (Huesca) se erigen á su voz en centros de civilización y gobierno, de donde parte el impulso para todas las artes de la paz, para la industria, la instrucción pública, el comercio. Evora ostenta su Senado, igual en atribuciones al de Roma; Osea es la grande escuela, la primera universidad española donde sabios preceptores, traídos de Italia, enseñan á la juventud indígena las letras griegas y latinas : admirable institución inspirada en el gran pensamiento de Cayo Graco y de los hombres del partido democrático romano, encarnizado enemigo de los silanos, de ir suave, pacífica y lentamente romanizando las provincias, es decir, convirtiendo á los provinciales en latinos. Sila acaba de morir en Puzol, y Sertorio se ve libre de su encarnizado enemigo: Perpena, que presumió alzarse con el supremo mando en España, se ve precisado á poner á sus órdenes el ejército de quien esperaba ser aclamado caudillo: Pompeyo, esperanza de la aristocracia senatorial romana, ha huido á vista de Lauro:

dos iberos de Afranio. «Tienen, dice, una táctica particular: lánzanse con ímpetu sobre el enemigo, apodéranse audazmente de cualquier posición, y sin guardar formación combaten por pelotones diseminados. Si se ven obligados á ceder á íuerzas superiores, retroceden sin bochorno y sin creer su honor interesado en resistir con tenacidad. Los lusitanos y demás gente bárbara los tienen avezados á este modo de pelear.» (C^esar, de Bell, Civil, 1. I.)

loq

¿qué importa que Mételo venza á Hirtuleyo bajo los muros de Itálica, y que recobre las principales poblaciones de la Bética, ya amansada y sin nervio á fuerza de incursiones y desengaños? Triunfe en ella en buen hora el vanaglorioso anciano, vieja ridicula según la enérgica expresión del despechado Sertorio (i)

Ruinas de Itálica. — Restos del anfiteatro romano

porque le impidió que azotase al nifio Pompeyo: hágase tributar inusitados honores en la 7nás romana de todas las ciudades de España, y celebre en todas las poblaciones que riega el Betis banquetes y fiestas públicas con vestiduras triunfales, coronado de laurel, incensándole y cantándole himnos de alabanza coros de niños y poetas lisonjeros. El resorte del amor patrio está gastado en la Bética, pero su auxilio no es necesario para triun-

(i) Dicho histórico.

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far en Contrebia, en Pallancia y Calagurris. El rey del Ponto se declara aliado del glorioso dictador de la Iberia: entrégale el Asia Menor, pone á su disposición cuarenta buques y 3,000 talentos; en las entradas triunfales preceden los lictores al lugarteniente de Sertorio, y el mismo Mitrídates, que le proporciona los triunfos, le respeta como subdito. ¡Qué sueño tan deslumbrador!...

¡Sueño fugaz es en verdad el encumbramiento del generoso proscrito! Cuando ya la Celtiberia y la Lusitania parecían libres del yugo romano; cuando iba á comenzar para los pueblos de España reunidos en cuerpo de nación una nueva era de prosperidad y grandeza, la cascada voz de Mételo, que ya no poseía en la España ulterior más tierra que la que pisaban sus caballos (i), manda pregonar la cabeza del encantado libertador, y la diestra de un vil asesino clava en su pecho el puñal pagado por el envidioso Perpena. Ocultan su sangre las flores y los despojos de un festín; el gigante ominoso á la reina del Tíber desaparece como una sombra, quedando sólo una memoria épica de su breve existencia en el admirable epitafio de la humana hecatombe voluntariamente consagrada á su irreparable pérdida (2). Ya pueden Mételo y Pompeyo recibir el triunfo que les prepara Roma: España parece consternada con la horrenda destrucción

(i) Expresión feliz de Mommsen, Hist. loe. cit.

(2) La guardia española de Sertorio, fiel al juramento que le había prestado de no sobrevivirle, resolvió perecer, dándose unos á otros la muerte hasta que no quedase ninguno. Ambrosio de Morales publica el epitafio que antes escribieron, en el cual se admiran las siguientes palabras, rasgo genuino del sublime carácter y entereza incomparable de los antiguos españoles: Dum, eo sublato, supehesse

TCKDERET, FORTITER PUGNANDO INVICEM CECIDERE, MORTE AD PR^SENS OPTATA JACENT. Estrabón, que sin duda no comprendía estos hechos de heroica constancia y sufrimiento, los refiere con menosprecio: así, por ejemplo, califica de locura el que los iberos cantasen el himno de Pan mientras los crucificaban. Este himno entonaban siempre al entrar en las batallas y en todos los trances peligrosos. Pero Justino salió á nuestra defensa (lib. 44, cap. 2) con estas memorables palabras: «Sus cuerpos están acostumbrados al hambre y al trabajo, sus ánimos dispuestos »á la muerte... Sufren morir en los tormentos por no violar el secreto que se les ))ha confiado, y prefieren á la vida el placer de guardarlo. Se aplaude la paciencia »de aquel siervo que en la primera guerra púnica se echó á reír en medio del tor- «mento, y con su tranquila alegría triunfó de la crueldad de sus verdugos.»

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de Calahorra, pero los ayes de las víctimas no atormentarán sus oídos, halagados por las estrofas laudatorias de los poetas cordobeses!

Sevilla y Cádiz quedan definitivamente inscritas entre las provincias romanas, sin conatos de independencia en lo sucesivo. La guerra civil entre César y Pompeyo las conmueve hondamente; pero si en medio de sus sangrientas vicisitudes suspiran alguna vez por la perdida libertad, la historia no llega á consignar este doloroso y tardío arrepentimiento. Viene César de cuestor á España, visita el famoso templo gaditano de Hércules, y al ver en él la imagen de Alejandro, una ardiente emulación, costosa luego á los pacíficos habitadores del monte Herminio, le arranca lágrimas que su ambición impaciente enjuga con el fruto de una indisculpable rapacidad. Ve Gades surgir en su puerto las engalanadas naves del ya codicioso pretor, cargadas de ricos des pojos, y cómo de allí dan la vela para Italia llevándose el botín cogido en las costas de Lusitania y de las dos Galicias hasta el puerto Brigantino, donde nunca había penetrado el fragor de las armas romanas. Aquellos tesoros iban á servir al futuro dictador para obtener del Senado la formación del peligroso triunvirato que tanta sangre había de costar al Occidente alterando las condiciones políticas del mundo romano. Una terrible rivalidad trae á César nuevamente desde las Gallas á la Bética, derrotando al paso á Afranio y á Petreyo que intentan defender la España citerior: Varrón, lugarteniente de Pompeyo, hace preparativos para defender la ulterior, mandando construir naves en Cádiz y Sevilla (i), reforzando la guarnición de aquel puer-

il) La ciudad de Sevilla, Híspalis de los romanos, debía ya ser muy importante en tiempo de Julio César. Que había arsenal en ella es indudable: vNaves loiigas decem gaditanis ut facer ent imperavit; comj)luresfrceiei-eci Hispali faciendas curavit,n dice el mismo César en sus Comentarios. También Casio Longino, pretor en ausencia de César, hizo construir en Sevilla loo naves. Consta asimismo que tenía ya Foro y Pórticos, por el siguiente pasaje: ((Altera ex II legionibus^ qiice vernácula affellabatur, ex casiris Varronis, adstante el insfectante ípso, signa sustiilit, seseque in Hispalim recepit. atqite in Joro et poriicibtis sine maleficio consedií.i)

to, custodiando en el palacio del gobernador (i) las armas y los tesoros del celebrado templo, é imponiendo enormes tributos en dinero y en especies á todas las ciudades romanas de la provincia. Pero César, acogido en Córdoba con solemne pompa militar, recibe el homenaje de casi todas las poblaciones del territorio: la Colonia patricia^ erizada de lanzas y espadas, cierra las puertas al legítimo gobernador; pronúncianse contra él Charmonia (2), Cades, Híspalis, Itálica, y viendo que ni siquiera le es dado retirarse á Italia con los parciales de Pompeyo, se entrega á César, y suÍKe la humillación de un juicio público en que se le condena á restituir á las ciudades las cuantiosas sumas que como contribuciones de guerra les había hecho satisfacer.

Recompensó César la fidelidad de Cádiz declarando ciudadanos romanos á sus hijos y devolviendo al templo de Hércules sus tesoros: hecho lo cual, regresó á Roma aprovechando la misma flota que Varrón tenía aprestada para Pompeyo. El acto de piedad de que ahora fué objeto el numen gaditano no impidió que más adelante el mismo César saquease su templo (3).

Muerto Pompeyo en Farsalia, continuaron la guerra civil en la Bética sus hijos Gneio y Sexto. César había dejado en la provincia de propretor á Casio Longino: aborrecido éste en breve por su tiranía y sus escandalosas depredaciones, toda aquella tierra, á excepción de alguna que otra ciudad, recibió á Gneio como su libertador. Al saber César el mal estado de su causa en la España ulterior, rápido como el rayo cayó desde el Capitolio sobre el sitiador de Ulia (4), y le obligó á levantar el asedio. Su flota, mandada por Didio, derrotaba al propio tiempo á

(i) Considerando nosotros á Cádiz como un rico emporio, fenicio ó cartaginés, semejante á cualquiera de los más florecientes de la costa africana, suponemos que el palacio del gobernador sería cosa parecida al palacio-almirante que descollaba en el gran puerto de Utica, y al que erigió Asdrúbal en Cartagena.

\2] Hoy Carmena: Tolomeo la llama Charmonia; Antonino y Estrabón Car7no.

(3) Cuando, consumadas sus victorias en la Bética, regresó por última vez á Roma para morir bajo el puñal de Bruto.

(4) Hoy Montemayor.

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la de Gneio en las aguas de Carteya. Ategua (i), Castra Posthumia (2), Ucubi (3), Ventispón (4) y Carruca (5), pagan los odios de los dos encarnizados y opuestos bandos. Ucubi y Carruca son fatídicas luminarias (6) precursoras del astro que se levanta sobre la gran carnicería de los campos de Munda. — Dejemos á Gneio refugiarse en la fuerte y torreada Carteya (7) y á César lograr el fruto de su peligrosa y sangrienta empre-

(1) Hoy Teba la vieja.

(2) Castro el Río.

(3) Ucubi, Acubi ó Atubi, hoy Espejo.

(4) Ventispón: Bamba reduce este pueblo á las inmediaciones de Puente don Gonzalo, sobre el Genil. Flórez, en su mapa de la antigua Bética, le da la misma situación con el nombre de Ventifo.

(5) Cárnica: el citado Bamba confiesa no acertar con la posición de este pueblo. «Carruca, dice Standish en su libro Seville and its vicinity, is by some supposed to be the present small Hamlet of Gandul, near to Alcalá de Guadaira.» Pero probablemente se engaña, porque si en realidad estuvo Carruca donde hoy la aldea de Gandul, apoca distancia de Sevilla, no se concibe que los ejércitos de César y Pompeyo se desviaran veinte leguas del teatro de sus primeros encuentros para volver luego á él, como se verificó en Munda. Munda era del convento jurídico de Écija, estaba situada según Plinio entre Martas y Osuna, y toda la campaña de que vamos hablando se ciñó á las poblaciones inmediatas á Córdoba y Écija, hacia las márgenes del Guadajoz y de los otros riachuelos que riegan aquella campiña. Es cierto que Hircio hace dar al ejercito de Pompeyo un enorme salto desde Ucubi ó Espejo hasta un olivar frente á Sevilla antes de la entrega de Ventispón y del incendio de Carruca, pero esto mismo prueba que su texto está corrompido, porque si Munda y Vestispón estaban en aquel territorio comprendido entre los ríos Genil y Guadajoz, era preciso que los dos ejércitos tuviesen las alas del aquilón para ir corriendo de Ulia (Montemayor) al olivar de Sevilla, volver luego á Ventispón (Puente don Gonzalo), orilla del Genil, bajar otra vez á Carruca CGandul), cerca de Sevilla, y por último tornar á Munda, ó lo que es lo mismo, á los campos del Guadajoz. El texto de Hircio, que suponemos corrompido, dice así: «Eo die Pompeius castra movit, et circa Hispalim in oliveto constitit. Ciesar priusquam eodem profectus est, luna circitcr hora VI visa est. Ita castris motis, Ucubim prajsidium, quod Pompeius reliquit, jussit ut incenderent, et deusto oppido, in castra majora se reciperent. Insequenti tempore Ventisponte oppidum cum oppugnare coepisset, deditione factá, iter fecit in Carrucam: contra Pompeium castra posuit. Pompeius oppidum, quod contra sua praesidia portas clausisset, incendit.»— Á pesar de los esfuerzos de muchos distinguidos historiadores y geógrafos, peritísimos en el conocimiento de la Bética romana, entre los cuales sobresalen nuestros doctos colegas los Sres. Hübner, Fernández-Guerra, Saavedra y Oliver, es todavía un desiderátum la noticia exacta del lugar que ocupó la antigua Munda.

(6) Véase el final del texto citado de Hircio en la nota anterior.

(7) Las medallas de Carteya representan una cabeza de mujer con corona de torres: pudiera ser la diosa Cibeles con su corona mural.

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sa (i) con la rendición de Córdoba, Sevilla y Osuna. La toma de Híspalis fué consignada en el calendario romano y celebrada como fiesta pública, y no es extraño, porque era la última conquista importante de César en la Península.

Entró en ella el arbitro del mundo romano el año 43 antes de J. C. Supónese que la batalla que decidió su entrega ocurrió entre la demolida puerta de Jerez y el arroyo Guadiana, que corre á una milla de distancia de la ciudad, ocupando la flota de César el espacio intermedio del Guadalquivir entre la torre del Oro y el palacio de Santelmo.

Tan radical transformación sufría la Bética por estos tiempos en sus gustos, sus usos y su lengua, que muchas de sus poblaciones trocaron sus antiguos nombres por el nombre de César: Illiturgis se llamó Foruní yuliu7n; Astigis, Claritas Jídia; Nertobriga. Fama Jidia y Concordia yídia ; Osset, Coiistantia yulia; Ulia, simplemente yidia^ como Gades; Joza, antigua Zeles, ciudad púnica, que por haber sido trasladada de África á la costa de España entre Mellarla y Carteya llevaba el nombre de Transduda, agregó á éste el de Julia y se denominó Jtdia Transducia; por último, la misma Híspalis se jactó del dictado de ytdia Ronndea. Era ya antes colonia romana, como Córdoba y casi todas las principales ciudades de la tierra del Betis. Córdoba y Sevilla fueron las primeras en esculpir en mármoles las hazañas del vencedor.

Hay que contemplar el estado en que el régimen oligárquico de Roma dejó á sus provincias, para apreciar todo el beneficio que recibían éstas con la caída del partido pompeyano y su desaparición de la escena política. Si una pluma menos respetable y autorizada que la del docto historiador filósofo que nos presta luz en esta materia (2), nos hubiese trazado el verídico cuadro de la situación en que se hallaba el mundo romano al reconsti-

(i) Cuando hablaba César de la jornada de Munda solía decir: nMuchas veces peleé ■por ganar honra y gloria; mas aquel diafué por salvar la vtda.n (2) Teodoro Mommsen, en su excelente Historia de Roma.

tuir César la monarquía, no le hubiéramos dado crédito. Poco diremos de la metrópoli, que no es objeto directo de nuestro estudio: acerca de ella omitiremos además el repugnante espectáculo que allí ofrecen las costumbres, la pública prostitución, el descomedido lujo contrastando con el hambre y la miseria, las enormes deudas de los patricios, efecto inevitable de colosales derroches, la sórdida é inaudita usura de los especuladores, la absoluta falta de policía, la inseguridad personal, el abandono del culto religioso, el ansia febril de los placeres y diversiones. Fijarán principalmente nuestra atención la administración de justicia, el estado del ejército, la situación de la hacienda y la gran despoblación de Italia.

La justicia, fundamento de toda humana sociedad, tenía velado su augusto semblante : los procesos criminales habían perdido su carácter exclusivamente judicial con los trastornos de los últimos tiempos, y el foro era abrasada arena donde luchaban los partidos con las armas del favor, del oro y de la fuerza: vicio común á todos, los magistrados, los jurados, los partidos y el mismo público. En el procedimiento civil sucedía lo mismo: la influencia de las pasiones políticas penetraba en el santuario de la ley, y según la preponderancia que alcanzaban Cinna ó Sila, así se decidía de la suerte de los litigantes. Las nociones positivas del Derecho habían quedado sofocadas bajo el parásito florecimiento de la elocuencia forense. — El ejército estaba en no menor decadencia: el valor cívico y el amor de patria habían abandonado á las águilas romanas : no era ya la milicia el brazo de la República; desprovista de todo pensamiento propio, se sometía dócil á la voluntad de su Jefe, hombre independiente del poder central en el orden militar y en el económico, y en la guerra, bajo el mando de oscuros capitanes, sólo era una masa vacilante y sin energía. Un ciudadano de distinguida familia, pero desconocido como guerrero, entra en las legiones, se alista para pasar su tiempo en Sicilia ó en cualquier otra provincia tranquila, donde si es posible no tenga que luchar con el enemigo, y lo natural

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es que carezca del valor y de la habilidad más vulgares, siendo esta la causa de que los contemporáneos de Pompeyo, verbigracia, haciendo de él un Marte, caigan prosternados en una peligrosa admiración. César describió, no sin ironía, las escenas que de resultas de tan viciosa constitución del ejército ocurrieron alguna vez en su campamento, y singularmente la víspera de marchar contra Ariovisto: todos allí le maldecían, todos lloraban; nadie pensaba en otra cosa que en hacer su testamento ó en pedir su licencia. — Base general de la Hacienda en Roma era la inmensa extensión de su territorio y no tener sistema alguno de crédito. Las crisis económicas reconocían como principal causa el inconsiderado aumento de los gastos ordinarios y extraordinarios y el desorden inmenso de los negocios. Por considerables que fuesen las cantidades extraídas del tesoro público, pues Pisón, por ejemplo, gastó de una vez para poner en pié de guerra el ejército de Macedonia, una suma equivalente á 4.668,000 pesetas, y Pompeyo gastó más de 6.000,000 de pesetas en el sostenimiento y sueldo del ejército de España, es más que probable que se habría podido atender á todo con los considerables aumentos que trajeron á las arcas públicas las nuevas provincias de Bitinia, el Ponto y la Siria; pero la administración económica de Roma, tan perfecta en lo antiguo, sufría la corrupción y decadencia general de la época, y los pagos se suspendían en las oficinas tan sólo por la negligencia de los agentes ó empleados, que no hacían ingresar los vencimientos. Eran jefes del tesoro dos de los cuestores, magistrados nuevos, reemplazados todos los años, los cuales solían estar en actitud pasiva; y aun llegaron á venderse estos cargos, originándose de aquí los más escandalosos abusos. Añádase á estos males la lepra de los llamados beneficiarios, turba de ciudadanos miserables que no bajaba en Roma de 320.000 individuos cuando César subió al poder supremo, los cuales tenían derecho á vivir de la aiinona ó lote gratuito de cereales: privilegio político creado por los Gracos, que se convirtió en fomento del pauperismo. — A un estado social de

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tal índole, acompañaba un terrible fenómeno, fruto inevitable de la exagerada extensión que tomó el mundo latino y de la decadencia del patriotismo en las clases que se habían enriquecido y elevado con la agricultura ó el comercio. En las feraces campiñas de Italia no había más que parásitos inmigrantes y tierras abandonadas, pues gran parte de la población indígena había pasado á países extranjeros, ora para desempeñar funciones en ellos, ora formando en las guarniciones itálicas diseminadas por las provincias del Mediterráneo, ora para entregarse á especulaciones mercantiles mucho más lucrativas que el cultivo de sus tierras. Á medida que el comercio y la usura proporcionan riquezas más colosales, el abismo déla miseria se hace más hondo. «La riqueza »y la mendicidad, dice Mommsen, coligadas para el mal, arrojan »á los italianos de Italia, y hacen que reine, aquí una bulliciosa »turba de esclavos, allá (en los campos) un silencio de muerte! » Veamos ahora el estado de las provincias. Al advenimiento de César había en el Imperio catorce provincias, que con los tres gobiernos de nueva creación, las dos Gallas y la Iliria, formaban un total de diez y siete. Las dos Españas, citerior y ulterior, eran de las más importantes entre las cinco provincias de Europa. Pero desgraciadamente la administración de las catorce provincias de la República, bajo la oligarquía romana, excedió en todo linaje de abusos á cuanto se había visto hasta entonces en el Occidente. No podía concebirse nada más odioso. Las dominaciones griega, fenicia y asiática, habían desterrado del corazón de los pueblos en casi todos los países los sentimientos elevados, la idea del derecho y los recuerdos de la antigua libertad y dignidad. Todo provinciano acusado tenía el deber de presentarse personalmente en Roma á dar sus descargos, si á ello era requerido. Todo procónsul ó propretor podía mezclarse á su antojo en los negocios de justicia y en la administración de las ciudades tributarias, y pronunciar sentencias de pena capital, y derogar los actos de los consejos locales; además, en tiempo de guerra disponía á su arbitrio de las milicias. Los procónsules y propre-

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tores de Sila habían sido en sus gobiernos verdaderos soberanos sin limitación de poder, y sin que se ejerciera sobre ellos vigilancia alguna. Los infelices contribuyentes vivían con ellos en continua zozobra: en cuanto oían la voz del pretor ó del cuestor, ya se consideraban en poder de ladrones destacados de la cuadrilla para hacer presa en sus arcas. Y no era para las naciones constituidas en provincias romanas menos ominosa la plaga de los traficantes latinos, menos vigilados aún que los gobernadores, y en cuyas manos se habían concentrado la mayor parte de las tierras, todo el comercio y todo el numerario. A favor de lo que llamaban niisio7ies lih'es senatoriales, que eran como unos títulos de encargados de negocios que fácilmente obtenían del Senado, ó con un simple título de oficial del propretor, y con una buena escolta, se echaban aquellos bandidos sobre los pobres deudores de las provincias, donde á fuerza de astucia, de engaño y de usuras, lo habían hecho todo suyo; y se dio el caso de que uno de aquellos distinguidos bandoleros protegidos por el poder público, habiendo exigido un día el pago de un crédito que tenía contra Salamina de Chipre, bloqueó de tal suerte al consejo que resistía dicho pago, que cuatro consejeros murieron de hambre (i). Las misiones libres eran verdaderas credenciales dadas á la especulación usuraria. No puede decirse quiénes eran más ladrones en las infortunadas provincias romanas, si los generales, los procónsules, los pretores, cuestores y demás empleados de la hacienda pública, ó esos funestos capitalistas y prestamistas que las recorrían como legados del Senado ó del pretor para hacer su negocio. Lo cierto es que estos capitalistas mataron en Italia la agricultura y luego esquilmaron las provincias romanas, donde, con la ruina que ellos y las guerras causaron, llegó el caso de que los salteadores y piratas se enseñorearon de las poblaciones é hicieron del bandolerismo como una enfermedad endémica. En África y en la España ulterior fué menester rodear de murallas

(i) Mommsen. — Hi'si., Lib. V., c. XI.

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y de torres todos los edificios situados fuera del recinto fortificado de las ciudades. Desde el Tajo al Eufi-ates <i. todas ¿as ciudades han perecido: » tal era la terrible declaración que hacía un escrito citado por muy grave autoridad refiriéndose al año 684 de Roma (i).

César que, siendo pretor, había mostrado á España una verdadera simpatía suavizando los tributos, mejorando la situación de los naturales agobiados por las crueles exigencias de los acreedores italianos, y reorganizando toda la administración interior de Gades, no podía menos de mirar con interés preferente, siendo supremo soberano, la suerte de la Bética, hacia cuyo engrandecimiento había de inclinarle por otra parte su favorito y tesorero el gaditano L. Cornelio Balbo. El poder supremo en España estaba confiado á dos procónsules, nombrados por primera vez en el año 557 de Roma, durante el cual fueron deslindadas las fronteras de las dos provincias idterior y citerior y se completó su organización administrativa. La ley Bebia había preceptuado que los pretores de España fuesen nombrados por dos años; pero el inmenso número de aspirantes á altos empleos hizo que este precepto quedase en la práctica inobservado, y así los pretores se veían inopinadamente removidos cuando apenas había transcurrido el primer año de su mando. Todas las ciudades sometidas eran tributarias; pero imitando los romanos lo que los cartagineses habían hecho antes que ellos, impusieron á las ciudades españolas cuotas fijas que habían de pagar en plata ó en productos naturales. Cuando el pago se hacía en cereales, los pretores no podían exigir más que la vigésima parte de la cosecha, y el Senado tenía prohibido desde el año 583 (171 antes de J. C.) que la recaudación de los tributos se hiciese por medio de requisiciones militares. En cambio, tenían los españoles que suministrar soldados para el

(i) Mommsen.— f/zs/., Lib. V., c. XI.

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ejército, lo cual no sucedía en la tranquila Sicilia. ¿Era por ventura que quisiese Roma hacer más dura la suerte de España? Al contrario: nuestra península era mejor tratada que otras provincias; pero los soldados españoles fueron siempre un elemento poderoso de resistencia para las guerras que sostenía la dominadora del mundo fuera de Italia. Nuestras ciudades marítimas de origen griego, fenicio, cartaginés ó romano, eran, dice Mommsen, como las columnas que sostenían el Imperio. Por lo demás, económicamente hablando, España costaba á Roma más de lo que le producía, y si no se desembarazó de tan onerosa conquista, fué sin duda por la utilidad que sacaba de nuestros soldados, tan excelentes cuando los mandaban buenos capitanes, cuanto indisciplinados y peligrosos hallándose entregados á sí mismos ó á caudillos sin mérito y sin prestigio; y quizá también, como sospecha el citado historiador alemán, porque no teniendo Roma en España una nación intermedia, como la república masaliota en las Galias ó como el reino númida en la Libia, abandonar la península ibérica á sí misma, hubiera sido ofrecerla á la ambición de otra familia de aventureros, como la de los Barcas cartagineses, que habría inmediatamente acudido á fundar en ella su imperio.

El ilustrado despotismo de Augusto acabó la obra de asimilación comenzada por el prepotente influjo de las ideas romanas, y antes de hallarse la Bética constituida en provincia senatorial, estaba ya tan completamente ro77ianizada, que el receloso triunvirato dominado por Octavio no había visto peligro alguno en nombrar cónsul y conceder los honores del triunfo al gaditano Lucio Cornelio Balbo.

Bajo la dominación de Augusto y sus sucesores hasta Claudio, la lengua, las leyes, la religión y las artes del Lacio se van posesionando de lleno de la España meridional. Los emperadores sucesivos la conocieron completamente identificada con la gran metrópoli, y á los turdetanos y tartesios convertidos en verdaderos romanos. El estudio de las letras latinas y griegas

promovido por Augusto, era entre ellos familiar (i), y en las escuelas donde se enseñaban se formaron algunos de aquellos genios que tanto lustre habían de difundir sobre la literatura la-

PuiNAS DE Itálica. — Entrada al Anfiteatro

tina: los Sénecas, los Lucanos, los Columelas, los Pomponio Melas. De las primitivas religiones no quedaba más que un pá-

(i) Á mediados del siglo vi de Roma se hablaba ya comunmente la lengua latina en toda la costa española de mediodía y levante.

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lido reflejo; de las tres teogonias fenicia, griega y cartaginesa, se había formado un todo confuso; la Bética no obstante admitió en su orden sagrado, como lo habían hecho Italia y las Galias, los pontífices, los sacerdotes y los augures: en sus templos, en sus monumentos, medallas y monedas, dio cabida á los mitos de Grecia y Roma (i); Roma en cambio acogió en su panteón á las divinidades que recibían culto de los andaluces. Florecían para éstos las artes que ennoblecen y civilizan á los hombres: no sólo la arquitectura civil y religiosa, que dotaba sus ciudades de grandiosos monumentos, sino también la escultura, casto deleite de las almas elevadas (2). Ni solamente embellecían las artes las ciudades principales, como Écija, Sevilla, Córdoba y Cádiz, donde puede la mente sin exageración figurarse grandiosos templos, ídolos colosales, anfiteatros, circos, curias, lonjas y pórticos, baños y otros edificios espaciosos y galanos; sino también las pequeñas poblaciones, en las que la piedad reconocida alzaba aras votivas, el amor filial ó conyugal consagraba elegantes dedicaciones, y no pocas estatuas á los emperadores, pontífices y gobernadores , la popular lisonja. Raros los fragmentos de esta riqueza artística, destruida por los vándalos, apenas podríamos conocer hoy el estado á que llegó el arte en la Bética romana, si no nos quedaran las curiosas medallas y monedas de Asta, Arua, Asido, Carmona, Carteya, Gades, Hipa, Ituci, Obulco, Osset, Sacilis y Urso. Nada

(i) Las divinidades de los indígenas recibieron culto juntamente con las de los romanos, y hay monumentos epigráficos que lo acreditan.

La misma promiscuidad de dioses de los dos cultos, indígena y latino, se observa en las medallas y monedas de aquellos tiempos, en las cuales aparecen Apolo con su arco y sus flechas, Mercurio con el caduceo, Baco, Castor y Pólux, Cibeles con su corona mural, el delfín consagrado á Apolo y Neptuno, el Júpiter capitolino, el hospitalario. Juno con su pavo real, y principalmente Hércules con sus atributos, etc. En las monedas de Asido (Sidoniaj, Carteya{RocadiUo) y Obulco (Porcuna) figuran con frecuencia el cuerno de la abundancia y otros símbolos de origen romano. En algunas monedas de Itálica se ve la loba de Rómulo y Remo. Las divinidades campestres, como Pan, Silvano, Silcno, recibían gran culto de los españoles.

(2) Según la feliz expresión de Hegel.

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ponderamos al afirmar que hay en estas medallas tanta regularidad, tanta elegancia de formas, como en las de la misma época acuñadas en Italia.

Sobre la fisonomía legal del país desde el advenimiento de Augusto al poder supremo, nos bastará echar una rápida ojeada; no necesitamos más para comprender toda la importancia de la transformación verificada bajo el influjo de Roma.

Á la gobernación puramente militar y omnímoda de los procónsules y pretores, había sucedido en la Bética una administración regularizada sobre las bases de la legislación romana. Además de las provincias en que estaba dividida España, habíase añadido otra subdivisión dentro de cada provincia, repartiendo el territorio en conventos jurídicos á fin de que con mayor comodidad se administrase justicia á cada pueblo. EstQs convcíitos equivalían á nuestras chancillerías ó audiencias. En la Bética, que formaba toda ella una sola provincia extendiéndose desde la marina hasta el Guadiana, había cuatro conventos jurídicos: Córdoba, Ecija, Sevilla y Cádiz. Los límites de esta división jurisdiccional no correspondían con los de la división actual: en lo que son hoy provincias de Sevilla y Cádiz, sin abrazar ni con mucho todo el territorio de sus antiguos conventos jurídicos, se comprende sin embargo una buena parte del convento de Ecija, al que correspondían los pueblos situados entre el Genil y el Corbones.

Las poblaciones en tiempo de Plinio, primero que da noticia de la organización administrativa del país que nos ocupa, estaban repartidas en colonias, municipios, lugares del fuero del Lacio antiguo, lugares libres, confederados y estipendiarios. No pudiendo entrar demasiado en estas diferencias del derecho civil y público romano, nos contentaremos con señalar principalmente la que existía entre la colonia y el municipio. Las colonias vivían bajo las leyes y reglamentos de Roma; los habitantes de los municipios, además de disfrutar de los mismos privilegios que los de Roma, unos con derecho de sufragio,

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Otros sin él, se gobernaban por sus propias leyes. El fuero de municipio era pues más apreciado que el de colonia, y sin embargo, la ciudad de Itálica, lo mismo que la de Uciese (hoy villa de Mar7iiolcjó)^ pretendió pasar de municipio á colonia. Esta aparente anomalía (i) dimanaba de la naturaleza especial de cada una de aquellas formas de administración y gobierno; pues si bien el municipio llevaba consigo la facultad de regirse por sus leyes privativas (2), con todo, con la categoría de colonia venía á ser una población una especie de imagen de la corte, vivía con las mismas leyes de Roma, observaba las mismas costumbres y era como una metrópoli en pequeño. El comercio y roce con los romanos, juntamente con la emulación y el deseo de imitarlos en todo, fueron poniendo en desuso las leyes municipales, á tal punto que los municipios llegaron á ignorar su antigua manera de gobernarse, y, como dice Aulo Gelio, hubo un tiempo en que todos aspiraban á convertirse en colonias. Los pueblos que gozaban solamente del fuero latino (noinen ¿atinum) tenían los mismos derechos que los italianos no ciudadanos; éstos, con los confederados (fcEderati y socii)^ ocupaban los grados intermedios entre los ciudadanos (cives) y los extraños (pcregj^ini). Las ciudades libres se regían por sí propias: su población, dividida en tres clases, patricios, simples habitan -

(i) El emperador Adriano, natural de la misma ciudad de Itálica, en la oración que hizo en el Senado con motivo de la pretensión de sus paisanos de pasar de municipio á colonia, no pudo menos de manifestar la extrañeza que esta petición le causaba, citando el ejemplo de los prenestinos, que habían por el contrario solicitado de Tiberio el pasar de colonia á municipio. <s\íirari se ostendit, qiiod ipsi Ilalicenses... cuín suts moribus legibusque ul¿ possenl. injus Coloniaritm mulare gestiverint, eíc.n Aul. Gel. lib. i ó, Not. .\tt. cap. i 3.

(2) No se entienda esto de una manera demasiado absoluta, pues si bien desde la reforma de César los municipios de las provincias ¿gozaron de los derechos de los municipios romanos, y estuvieron en igualdad de condiciones con las ciudades de Italia, sin embargo, su derecho jurisdiccional reconocía limitaciones por cuanto los procesos graves no se fallaban por el jefe de la provincia, sino por el magistrado romano. Era esto una reliquia de la organización anterior á Sila. Narbona, Gades, Cartago y Corinto, por excepción, tenían ilimitada su jurisdicción para fallar en último grado todos los procesos, comunes y graves.— Mommsem. Ohr. cit., lib. V. cap. XI.

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tes y artesanos, nombraba un consejo en quien residía la autoridad administrativa local. Este régimen municipal dejó tan honda huella, que aún duran sus efectos á pesar de los radicales trastornos verificados en nuestra constitución política y civil. Últimamente llamábanse poblaciones estipendiarlas (stipendiarice) las que se hallaban gravadas con tributos que debían pagar á otras.

Con la igualdad progresiva que inició César en las poblaciones latinas y las provincias, iba á desaparecer una de las principales causas del antagonismo entre Roma y las naciones europeas. En lo sucesivo no será ya Italia la reina de los pueblos vencidos, sino la metrópoli vivificadora del mundo ítalohelénico.

CAPITULO VII

Memorias y monumentos artísticos de la época romana. — Astigi. Hipa.

Itálica.

UNTÁBANSE en la actual provincia de Sevilla multitud de ciudades (i) notables, algunas de ellas pertenecientes á los conventos jurídicos de Astigi y de Gades, y aunque no andan muy conformes los anticuarios acerca de la moderna reducción de todas ellas, siguiendo las opiniones que creemos más fundadas, nombraremos las principales en una ligera reseña, abandonando á los doctos en epigrafía, numismática y corografía antigua, las detenidas disquisiciones á que abre campo la geografía de la Bética romana auxiliada de aquellas ciencias.

(i) Supone Estrabón que Polibio, por lisonjear á muchas poblaciones, les dio el nombre de ciudades siendo meras aldeas ó castillos; sin embargo, el mismo geógrafo griego reconoció, aunque con algún recelo, que había mil ciudades en la Celtiberia, añadiendo de los españoles que habitaban las riberas del Guadiana al mediodía, que eran innumerables sus poblaciones, y doscientas de ellas famosas. De Paulo Emilio dice Plutarco que sujetó doscientas cincuenta ciudades, y de Catón que cuatrocientas, solo en Andalucía.

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AsTiGi (Ecija). Pocas ciudades hubo en la Bética ni en todo el resto de la provincia de España, donde más hubiesen empeñado los romanos su ambición ó su vanidad. — «¡Qué soberbia de edificios! exclama en el estilo enfático de su tiempo uno de sus más eruditos historiadores (i):! qué variedad de ornamentos! ¡Cuánta muchedumbre de aras y estatuas! ¡Cuántas columnas y mármoles! ¡Cuánta de inscripciones galanas! ¡Cuántos monstruosos colosos ! Pudiera competir con su Roma si, á su imagen, lo más desta hermosura no estuviese envuelta en cenizas de sus ruinas. » . La fundación de esta ciudad debe atribuirse á los primeros pobladores de España: pudo ser que la acrecentasen los fenicios, los griegos, los cartagineses, y últimamente los romanos, que no sólo con el ilustre título de Colonia yulia Augusta Firma la ennoblecieron, sino con poner en ella uno de los cuatro conventos jurídicos de la Bética, y con los grandes y soberbios edificios que en opinión de Pomponio Mela la hacían acreedora al título de clarísima al par de Cádiz, Córdoba y Sevilla. En las guerras civiles entre César y los hijos de Pompeyo, permaneció Astigi fiel á la parcialidad del afortunado dictador: muchas familias notables florecieron en ella: la de los Optatos, conocida en toda la España romana, que debió ser una de las principales y más poderosas, dejó muchos monumentos en sus contornos, y aún dura en un caserío distante una milla, junto á la Torre de la vencida, una lápida borrosa, que, con aquel característico estilo epigráfico antiguo que tan solemne voz presta á los sepulcros, consigna el sentido recuerdo de una muerte causada por un individuo de esta familia en servicio de César (2).

Hablan todavía de la importancia de Ecija bajo la dominación romana los venerandos vestigios que en ella do quiera se descubren : centenares de columnas, enteras muchas, muchísimas lastimosamente quebradas, algunas de colosal magnitud (3),

(i) El P. Roa: Écijay sus sanios.

(2) Trae esta inscripción restaurada el P. Roa.

(3) Muchas hay que tienen i 2 varas de altura y 3 '/^ de circunferencia; otras

SEVILLA Y CÁDIZ 1 29

que debieron sustentar templos, basílicas, palacios ; fragmentos de estatuas, aras y pedestales, erigidos por aquellas insignes y honradas familias de los yElios, Numerios, Marciales, Trofimos, Primos, Bebios, Vivios, Rústicos y Emilios ; soberbios pavimentos (i); reliquias de sus baños públicos (2); memorias de su circo (3).

De casi todas estas familias ilustres de Écija hay en la ciudad curiosas dedicaciones de sepulcros, estatuas, ídolos, etc. Basas de estatuas, algunas de ellas ecuestres, se encuentran todavía, y aunque pudiéramos citar varias, nos contentaremos con remitir al lector al interesante libro citado del P. Roa, investigador celoso (si bien no siempre de fiar) de esta clase de monumentos. Nos limitaremos á consignar que en Astigi, como en casi todas las ciudades principales de la Bética, tuvo culto é ídolos el Sol, el cual quedó, andando los tiempos, por armas y distintivo de la ciudad, y que en sentir del citado anticuario debió ser parte de uno de estos ídolos el pié de coloso, sin san-

miden lo varas por 3: las mayores, con las basas enterradas, sustentan los templos de Sta. Bárbara y Sta. María, que son de los más antiguos. El famoso rollo de Écija, que hoy está sobre la ribera oriental del Genil pasado el puente donde arranca el arrecife, camino de Córdoba, es también una hermosa columna romana llevada allí desde una plaza de la ciudad. Tiene sobre el capitel un león de mármol blanco con el escudo de armas de Écija en las garras. La calle que enfila con el puente y puerta de Sta. Ana lleva aún el nombre de calle de los Mármoles^ por los muchísimos que en ella yacen soterrados y los grandiosos restos de edificios en aquel sitio descubiertos.

(1) Los hay enterrados en las calles de los Mármoles, del Sol y otras.

(2) En el año 1628, desbaratando el altar mayor de la parroquia de Santa María, se descubrió una gran losa de mármol de 3 '/.^ varas de longitud con esta inscripción en una sola línea: Pivs. M. F. PAP. longinvs. II. vir. bis. pr^f. ter. LAcvs. X. cvM. .cRAMENTis. DEDiT. (PÍO Lougino, hijo de Marco de la tribu Papia, que fué dos veces duunviro y tres prefecto, dio diez lagos ó baños con sus correspondientes instrumentos ó utensilios.) Esta losa estaría regularmente colocada sobre la puerta de entrada de dichos baños.-

(3) Que hubo circo en Astigi se colige de la siguiente inscripción que se descubría en los cimientos de una casa de la plaza, traducida por el P. Roa en estos términos: ídolo y Aliar del Buen-Suceso, el cual edificó Aponia Montana, hija de Cayo Montano, Sacerdotisa de las Sacras emperatrices, en la Colonia Augusta Firma, con gasto de 1^0 libras de plata, habiendo hecho fiestas publicas de caballos en el circo una vez en honra de su sacerdocio cuando le dieron este oficio, y otra cuatido dedicó esta ara.

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dalia, que en su tiempo se llevó de Écija á Málaga el caballero D. Luís de Torres, perteneciendo al propio simulacro la famosa basa de la puerta del Puente en que se leen las letras D. S. D. (Deo solt dicata, ó donum solí datum), y, entre otras palabras borradas, el nombre de Augusto. Al erigir este ídolo Écija romana, pudo muy bien haberse propuesto lisonjear á Augusto, como lo hicieron muchas ciudades de España agradecidas á sus beneficios, celebrándole como hijo del Sol, porque era fama — ¡tanto puede la adulación! — que al tiempo de su nacimiento, había visto en sueños su padre Octavio que del vientre de Accia, su mujer, salía el niño coronado de rayos de luz en carroza de cuatro caballos. Sabido es que el pueblo declaró haberle visto coronado del sol en forma de arco iris cuando hizo su entrada en Roma á la muerte de Julio César, y que de aquí provino la costumbre de coronarse de rayos los reyes y llamarse Soles, como los persas. Por otra parte el culto del Sol en toda España se pierde en la noche de los primitivos tiempos, y bien pudiera no haber tenido parte la adulación, y sí sólo la mezcla de cultos, indígena y latino, en la erección del monumento que nos ocupa. Y nótese que la adoración del Sol no fué privativa de España, sino que se extendió entre todas las naciones de la gentilidad. Pero en España estuvo tan generalizada la veneración de este planeta, que en toda la costa tenía aras desde el Promontorio Nerio hasta la Isla de Gades. En el templo de Cádiz, según Macrobio, se adoraba al Sol bajo la imagen de Hércules: Carmona tiene también por armas al Sol ; en Sanlúcar de Barrameda se le edificó templo consagrado al Lucero de la mañana.

También se erigieron aras en Ecija á Marte., á la Piedad y al dios PantJieo. El ara de Marte, descubierta en unos edificios muy antiguos de la parroquia de S. Juan, donde se supone que hubo baños, tiene esta letra: Deo. Marti. Sep. Timenvs. R. P. A. Ex. Voto. Posvit. Su objeto era ofrecer al numen de la guerra sacrificios humanos: costumbre bárbara introducida por los fenicios, griegos y cartagineses, que aún perseveraba en tiempo

de Nerón, como se colige de los cánones del Concilio Iliberitano. — El ara consagrada á la Piedad existe en el muro del ex-convento de S. Francisco, con una inscripción ya medio borrada, de cuya restauración por el P. Roa se deduce que tenía encima una estatua de la divinidad, hecha de plata, de peso de lOO libras. — La dedicación al dios Pantheo, existente en el mismo convento de S. Francisco, está concebida en términos muy explícitos en otra inscripción, referente á otra estatua del mismo metal y del mismo peso, que fué sin duda alguna erigida en honor de Augusto, á quien consta se tributó culto bajo el nombre de Pantheo. El P. Roa cita otra ara dedicada al mismo con esta letra: D. Pantheo. ex. V. (Divo Pantheo ex voto). En Sevilla se halló otra, donde está la fuente del Arzobispo, que L. Lucinio Adamante consagró á Pantheo Atcgiisto. A tal punto rayó el entusiasmo por este emperador, que la adoración se hizo extensiva á los individuos de su familia. Su mujer Livia, con el dictado de generatrix ordis, obtuvo aras en la misma ciudad de Sevilla. Se sabe también que Drusila, mujer de M. Lépido, fué decretada por diosa con título de Panthea y templo consagrado á su nombre.

I LIPA (C antillana). Aunque Morales y otros historiadores reducen la Hipa romana á Peñaflor y nosotros seguimos su parecer en otro trabajo anterior sobre la provincia de Córdoba, hoy, con mejor acuerdo, adoptamos la opinión de Flórez y de Rui Bamba, que interpretan más satisfactoriamente al único geógrafo antiguo que nos designa la distancia de dicha población al mar. Cuenta en efecto Estrabón, citando á Posidonio, que en cierta ocasión, con la creciente del mar, hizo el Betis un retroceso y llegó hasta Hipa inundando la guarnición á pesar de hallarse 700 estadios (cerca de 22 leguas) lejos de la costa; y esta distancia sólo conviene á Cantillana, que dista como unas 22 leguas de Sanlúcar de Barrameda. Hasta Hipa, según el propio Estrabón, llegaban las naves de mediano porte que hacían la navegación del Guadalquivir. El comercio marítimo hasta Cor-

1^2 SEVILLAYCÁDIZ

doba se verificaba con esquifes. En Tolomeo lleva esta ciudad el nombre de Hipa magna: las dos Ilípulas de que hace mención, nada tienen que ver con ella. Junto á Hipa fué aquella memorable victoria de Gneio Scipión sobre los lusitanos de que habla Tito Livio, en la cual 12,000 de estos últimos, pasados á cuchillo (i), contribuyeron á lavar la mancilla de Roma, envilecida en el Tesino y en el lago Trasimeno.

Las medallas antiguas de Hipa, dice Standish (2), ofrecen por un lado un pez, probablemente el sábalo, con una media luna encima, y debajo la palabra <i-Ilipenses;y> por el reverso una espiga.

Itálica (Santiponce). Marcan su antiguo asiento las escasas pero grandiosas ruinas que se encuentran en unos campos que llama el vulgo Campos de Talca y Sevilla la zñeja, sembrados á trechos de olivos, cerca del pueblecillo de Santiponce, á cosa de una legua al noroeste de Sevilla, de la otra parte del Guadalquivir. Fué pueblo sin importancia antes de la dominación romana, con el nombre de Sancios: Escipión el Mayor, en el año 548 de Roma, lo eligió para lugar de descanso y refrigerio de los fieles veteranos que le habían servido en su memorable campaña contra los cartagineses (3), y entonces empezó á sonar en la historia. Debió ser la primera ciudad de lengua latina fundada por Roma allende los mares. No erigió allí Escipión un verdadero municipio, sino una plaza de mercado, forum et conciliabulum civium Romanorum. Más adelante, cuando comenzó, con Cartago y Narbona, la era de las colonias de duda-

(i) «Tándem gradum intulerc Romani, cessitque Lusitanos; deinde prorsus terga dedit, et cum institissent fugientibus victoree, ad duodecim millia hostium sunt cíesi, capti quingenti quadraginta, omnes fere equitcs, et signa militaría capta centum triginta quator: de exercitu Romanorum septuaginta et tres amissi. Pugnatum inde haud procul liipá urbe est:» dice Tito Livio.

(2) Vicinüy o/Seville^ art. ¡lipa.

(3) «Relicto utpote pacata regione valido prixsidio, Scipio milites omnes vulneribus debites in unam urbem compulit, quam ab Italia Italicam nominavit, claraní natalibus Trajani et Adriani, qxti posteris temporibus Romanum Imperium tenuere», dice Appiano.

SEVILLAYCÁDIZ 1 33

danos transmarítimos , entonces fué una de éstas Itálica, después de haber sido municipio en tiempo de Augusto. Pero su principal título á figuraren la «Roma del humano entendimiento, (i)» consiste en haber dado á la Roma del Tíber emperadores, capitanes, poetas, mártires, y el haber recibido de los primeros los monumentos que, aun después de la fijriosa devastación de los hombres y de los tiempos, nos están atestiguando su pasada grandeza. Con razón puede concretarse á Itálica aquella conocida alabanza de Claudiano á España: «A ti deben los siglos al óptimo Trajano; de ti nació la fijente de los Elios que produjo á Adriano; tuyo es el anciano Theodosio, y de ti procede la púrpura de sus dos hijos; de suerte que cuando Roma recoge de todo el orbe abastos, caudales y soldados, tú la das quien lo gobierne todo (2).» Recibió esta ciudad su grandeza de la munificencia de los dos emperadores primero citados : á éstos deben atribuirse los edificios espléndidos que la embellecieron, el palacio allí descubierto y completamente arruinado con el terremoto del año 1755, su foro, sus templos, su acueducto, merced al cual bebían sus moradores las cristalinas aguas de Ptucci ; sus espaciosas termas, sus cloacas, sus teatros, y por fin, aquel vasto anfiteatro, ó por mejor decir, aquel despedazado anfiteatro que no pudo la elevada poesía de Rodrigo Caro hacer sagrado á los ojos del ciego utilitarismo, y que con las vandálicas profanaciones de que ha venido siendo objeto en el presente siglo, está para mengua nuestra atestiguando la permanente barbarie

(O Feliz expresión de M. Latouren su interesante obra: Séville et l'Andalousie. — Études sur I Espagne: «Itálica, dice, a aucune époque n'a joué un grand role; mais sa destinée fut liée pendant des siécles á celle de Rome; mais elle a donné le jour á plusieurs personnages illustres, et c'est assez pour lui mériter aussi le droit de bourgeoisie dans cette autre Rome de l'esfrit hiimain qu'on apfelle rhistoire».

(2) Tibi sa'cula debeni

Trajanum : series his Jontibiis .Elia fluxit. Hinc sénior paíer. hinc juveniim diademala fratrum.

Hcec general qui cuneta regañí.

134 S E V I L l. A Y C Á D I Z

de la moderna España. ¡Itálica! ¡Itálica! ¡Cuánto respeto infunde en el alma del historiador y del artista pasajero el mudo silencio de sus ruinas!

''<Por tierra derribado

yace el temido honor de la espantosa

muralla, y lastimosa

reliquia es solamente

de su invencible gente.

Sólo quedan memorias funerales

donde erraron ya sombras de alto ejemplo;

este llano fué plaza, allí fué templo;

de todo apenas quedan las señales.

Del gimnasio y las termas regaladas

leves vuelan cenizas desdichadas ;

las torres que desprecio al aire fueron

á su gran pesadumbre se rindieron.)^

Hay de Itálica numerosas medallas, que batió en tiempo de los emperadores (i), las cuales sirven también para probar cuánto se preciaban los italicenses de su segundo origen como descendientes de los veteranos de Escipión (2). Gozó, con el derecho de ciudadanía, de todos los privilegios propios de los municipios : tenía sus magistrados privativos, y era una especie de república calcada sobre la de Roma. Esto no obstante, fué una de las aliadas más fieles y generosas de aquella en España : presenció impasible desde sus almenas la rota de Hirtuleyo, lugarteniente de Viriato, cuando perdió éste veinte mil hombres al pié de sus muros, mientras el mismo caudillo lusitano se veía

(1) Véanse las que publica Flórez, Esp. Sai;r. tomo XII.

(2) Hay entre estas medallas una que representa á un sacerdote de Itálica en actitud de sacrificar al genio del pueblo romano, declarado no sólo por el epígrafe Gen. pop. ro.m. (Genio popiili romani), sino por el símbolo del globo que tiene al pié y que significa la estabilidad y universalidad del Imperio romano. Esta medalla lleva en el anverso la cabeza de Augusto contesta inscripción: per.m. Aug. MuNic. iTALic. (permissu Augusli, Mtinicipium italiccnse). En otra medalla se recuerda el origen romano de Itiilica por un soldado en pié con lanza en la diestra, á cuyo lado está el nombre Roma : en otra finalmente se presenta á Rómulo y Remo con la loba.

^35

de otra parte hostilizado por Cayo Marcio, hijo del municipio. Su flaco por los dictadores se mostró en las guerras civiles : el pres-

RuiNAs DE Itálica. — Galerías del Ankiteatro

tigio de los grandes nombres hacía latir su corazón con entusiasmo. Fiel aliada de César, cerró sus puertas á los partidarios de Pompeyo: uno de sus soldados fué aquel Pompeyo Niger que respondió al desafío altanero de Antistio y sostuvo contra

136 SEVILLA Y CÁDIZ

él, en presencia de los dos ejércitos, uno de aquellos combates personales como los que leemos en Homero y Tito Livio. Augusto la halló dócil, sumisa, lisonjera: viola acuñar moneda representando su cabeza radiata y sobre ella un lucero, dándole su inscripción el nombre de Divino: más aún, la vio erigir un templo á su genio.

Sobresalieron los hijos de Itálica en el amor de la gloria y en el culto generoso de los grandes talentos: Silio, la abeja de Virgilio, aquel Silio peregrino que cantó la segunda guerra púnica con los ecos de la lira del Mantuano, compró el campo donde reposaban las cenizas de éste, y la casa donde compuso Cicerón sus famosas Cuestiones académicas ^ Trajano y Adriano dieron á las artes un impulso prodigioso, y cubrieron de monumentos la vasta extensión del Imperio. No es de extrañar que el pequeño municipio italicense, tan dotado de instintos de verdadera grandeza y magnificencia, prefiriese á su independencia la identificación con la fastuosa Roma, y que al presenciar las huellas de deslumbradora cultura que el sabio Adriano iba dejando por doquiera que pasaba con su escolta de arquitectos, escultores, poetas y filósofos, resolviese sacrificar sus libertades municipales por imitar en todo, como colonia, las leyes, usos y costumbres de la floreciente metrópoli. Lo que verdaderamente nos causa extrañeza es que no comprendiese Adriano la causa filosófica de esta preferencia, si es cierto, como cuenta Aulo Gelio, que en la oración que pronunció en el Senado con motivo de la aspiración de sus paisanos de pasar de municipio á colonia, declaró que no podía menos de admirarse de aquella pretensión (i). Adriano sin embargo debía conocer bien la índole de sus paisanos.

Un ingenioso escritor inglés dice que las ruinas de la antigua Itálica asoman hoy de trecho en trecho, entre olivares y

( 1 ) D. Hacirianiis in oratione quam de Italicensibus, mide ipse orlus fiiii. in Senatu habuii, peritissinié disseruit : mirarique se ostendit. etc.

S E V I [. L A Y CÁDIZ

matorrales, como denegridos huesos de gigantes medio insepultos; y así es en efecto. Todo aquel espacioso «campo de soledad» que se recorre desde el miserable pueblecillo de Santiponce hasta el lugar donde asienta el arruinado anfiteatro, está lleno de argamasones y montículos artificiales que convidan al arqueólogo á fecundas exploraciones. Cree uno de pronto ver surgir de entre aquellos olivos rocas informes, y examinadas luego, se reconocen como trozos de antigua muralla, y el suelo que se pisa, como depósito de seculares ruinas. El mármol y el ladrillo romano de Qrran maonitud están revueltos entre los térrones, y el inculto labrador de Sevilla la vieja no sabe si al romper aquella tierra con su arado remueve cenizas de los Ulpios y de los Traios condenados á perpetua intranquilidad en expiación de lo mucho que inquietaron al mundo. Edificio antiguo que descuelle un estado sobre la haz de la tierra, ninguno queda, á no ser el mencionado anfiteatro: los que se supone fueron termas, foro, palacio, etc., no presentan hoy á los ojos del desconsolado anticuario más que alguna pequeña parte de su recinto inferior, la implantación de algunas paredes, y algunos trozos de fábrica, suficientes por la admirable calidad, magnitud y variedad de sus ladrillos, y por su soberbia construcción, para hacernos deplorar amargamente la inferioridad artística de la civilización que arrolló y sepultó á la antigua y que suponemos destinada á regenerar el mundo (i). — Del que se cree palacio de Trajano debió conservarse una gran parte hasta mediados del pasado siglo: el terremoto de 1755 acabó de arruinarlo, y de él se han extraído en nuestros días grandes fragmentos de estatuas, reducidas á poco más que los ropajes, y que dicen algunos ser las de Junio Bruto, Minerva y Trajáno; otros las de los tres emperadores Nerva, Trajano y Adriano. Estas preciosas reliquias, desenterradas por el ilustrado celo de los señores Bruna y Ar-

(i) Supone Ford que la casa llamada de baíws es el recipiente de un gran acueducto que mandó construir Adriano para llevar á Itálica las aguas desde Ptiicci ó Tejada.

:38 SEVILLAYCÁUIZ

joña, se conservan hoy, juntamente con los preciosos productos de otras excavaciones posteriores (i) en las galerías bajas ó patios del museo provincial, donde pueden los aficionados estudiar con mediana comodidad el carácter de la escultura procedente de Itálica (2). Entre estos fragmentos, llamaron singularmente nuestra atención una arrogante cabeza de Minerva, una pequeña Venus, uno ú dos bustos de emperadores de los mejores tiempos del arte romano, y sobre todo dos bellísimos torsos, rotos ambos por encima de la rótula, uno de los cuales parece una felicísima repetición del Antinoo, y el otro ofrece un manto admirablemente plegado que recuerda no poco el del Apolo de Belvedere. No por su belleza, sino por su carácter bárbaro, atrajo por largo tiempo nuestra contemplación una media estatua colosal que había en el patio primero ó de entrada, y que desde luego se nos representó como obra de rudas manos visigodas. No aseguraremos que lo sea; hoy, por el contrario, después de bien tamizado nuestro recuerdo, creemos que podría con mayor fundamento atribuirse esa curiosa reliquia á la época de Teodosio, tan infeliz y decadente para las artes: porque si bien en todos los tiempos de ignorancia, por más apartados que estén unos de otros, se reproducen los mismos fenómenos, no parece probable que después de la irrupción de las hordas del Norte,

(i) Los señores Bruna y Arjona fueron los primeros que extrajeron de las ruinas de Itálica en el presente siglo los restos preciosos que llenaban los salones bajos del alcázar. Posteriormente emprendió allí nuevas excavaciones D. Ivo de la Cortina, á quien se deben la mayor parte de los objetos expuestos en el piso bajo del Museo de la Merced.

No sabemos si fueron las ruinas de la ilustre Colonia objeto de alguna seria exploración arqueológica en los días de Ambrosio de Morales y de Rodrigo Caro; pero en el siglo pasado las estudiaron, principalmente en lo relativo al anfiteatro, el conde del Águila y el P. Flórez, quienes, auxiliados de entendidos dibujantes y arquitectos, nos legaron una puntual Ichnografía de dicho monumento con su correspondiente alzado. Publicó además el último una porción de inscripciones interesantísimas, y muy curiosas medallas en que perpetuó su nombre la insigne cuna de tantos laureados varones.

(2) Esta escultura, si hemos de juzgar por los fragmentos descubiertos, no pertenece toda á la época de la decadencia del arte, como asegura Ford. Hay objetos evidentemente producidos en su ¿poca más floreciente.

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conservase Itálica la importancia que se colige de la erección de tales estatuas en sus plazas ó monumentos.

De las referidas excavaciones se han sacado además columnas, capiteles, pedestales, cipos con inscripciones votivas y otra multitud de objetos (i), recogidos unos con amor y generosa codicia, desperdiciados otros por la grosera ignorancia, vendidos algunos á los extraños por el vil interés ; los cuales, ya ilustran las galerías del citado museo de Sevilla, ya excitan la admiración de los viajeros en las colecciones de Berlín y Londres, ya aumentan el prestigio del memorable convento de S. Isidoro del Campo, ya dan solemnidad á las miserables paredes del pueblecilio de Santiponce en que se hallan incrustados, ya finalmente volvieron á soterrarse, hechos menudos fi'agmentos, entre las escorias de los basureros, para no volver nunca á la luz. ¿Quién creyera que han podido en nuestros días descender hasta este último destino más de cinco ó seis preciosos mosaicos, no bien fueron allí descubiertos? Se comprende hasta cierto punto que haya desaparecido casi por completo el soberbio pavimento desenterrado en 1800 (2), preservado algún tiempo por el honroso celo del pobre monje que lo cercó para hacerle inaccesible

(i) Citaremos los más notables: en S. Isidoro del Campo se conservan varias columnas, algunas de ellas partidas: la más digna de mención es una de mármol de 2 5 pies de altura, que sostiene una cruz en el centro del vestíbulo que conduce á la iglesia. El P. Flórez señala en el propio convento dos pedestales con inscripciones que contienen una dedicación del teniente pretor y curador de Itálica, Aurelio Julio, al emperador M. Aurelio Probo, y otra de la república italicense al emperador Caro. En el patio del apeadero del mismo convento señala una inscripción sepulcral, muy singular por su forma. Otras dos memorias sepulcrales consignó en sus Antigüedades Ambrosio de Morales: délas lápidas que las contenían no queda ya memoria. En el patio grande del Museo provincial de Sevilla llamó nuestra atención, entre otros objetos interesantes, la dedicación de una ara á Valió Maximiliano por haber pacificado la Botica, y un pedestal, probablemente de estatua, dedicado á Baco bajo el nombre de padre libre, con tanta frecuencia usado en la antigüedad, por un edil de los juegos escénicos. Tiene esculpidos este pedestal, al costado derecho un vaso ó ánfora de elegante forma, y al izquierdo una pátera.

Estos objetos pertenecen á las excavaciones hechas por D. Ivo de la Cortina.

(2) Esta es la fecha que consigna respecto de este descubrimiento Ceán Bermúdez en su Historia de la pintura, ms. inédito que consérvala Real Academia de San Fernando.

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á los profanos (i), publicado en 1802 por el infatigable Laborde, y convertido luego en corral de cabras por los bárbaros guerreros de Soult ; pero no se comprende cómo los mosaicos hallados por D. Ivo de la Cortina en 1839 y 1840, que tanta impresión produjeron entre las corporaciones literarias y hombres entendidos de Sevilla (2), que dibujó con diligencia y guardó muchos meses con amor entusiasta un distinguido miembro de aquella Academia de buenas letras (3), y que por último fueron objeto de protectoras medidas de parte de un ilustrado ministro de la corona (4), vinieron á ser en brevísimo tiempo, después que la administración central retiró su mano amparadora, despojo de las piaras y miserable trofeo de la inclemencia de los hombres y de las estaciones. Á tal punto fué rápida su destrucción, que cuando visitamos nosotros por primera vez las ruinas de Itálica, en 1853, no existía de aquella antigua riqueza más que una pobre orla casi completamente destrozada, limitando detrás de la carcomida pared de un corral un espacio cuadrado cubierto de espesa yerba, entre la cual los muchachos de Santiponce recogían las piedrezuelas sueltas que comprábamos los

(1) Llamábase Fr. José Moscoso : debemos este dato á las curiosas investigaciones de M. Ford. Véase su Hand book, etc.

(2) Dice el citado Sr. Cortina en un comunicado sóbrelas minas deltálicci, que salió á luz en el periódico La Espajla hacia el año i 85Ó, que la Sociedad de amigos del país de Sevilla, la Academia de buenas letras de la misma ciudad y la de la Historia de Madrid fueron las inspectoras de su empresa.

(3) Fué éste el ya difunto Sr. D. José Amador de los Ríos, eminente arqueólogo, catedrático de literatura extranjera á la sazón en la Universidad central de esta Corte, en cuyo poder vimos algunos de los dibujos de que hacemos mérito, esmeradamente puestos en limpio y lavados por su hermano D. Demetrio de los Ríos, que le sustituyó en la meritoria y difícil tarea de publicar aquellas nobles ruinas. Entre los referidos dibujos hay figuras enteras cuyos lineamentos, propios sólo del mejor tiempo del arte romano, revelan hasta qué punto la fuerza expansiva de aquel gran pueblo hacía homogénea en todas partes la huella de sus ideas.

(4) El Ministerio de la Gobernación, que estaba á la sazón á cargo del Sr. marqués de Someruelos, prestó su apoyo al Sr. Cortina concediéndole para sus excavaciones 40 confinados. Mandóse a éstos desamparar aquel lugar después de la revolución de setiembre de 1840, y desde entonces, invadidos por las piaras ylos ganados los pavimentos descubiertos, empezó su destrucción, que vieron los señores Cortina y Ríos consumarse en pocos meses sin medio alguno en su mano para contenerla.

SEVILLA Y CÁDIZ I4I

viajeros. Séneca, que tanto se condolía de que los romanos de su tiempo no supieran andar sino sobre pavimentos taraceados, ¿qué hubiera pensado de sus paisanos los andaluces al verles defender de una manera tan brutal la causa del nihilisvio? (i). Un celoso é incansable profesor (2), heredero de la ardorosa pasión arqueológica de un ilustre colega nuestro, arrebatado á la historia de la literatura y del arte patrio cuando más sazonados parecían los frutos de su docta pluma, tiene tiempo há preparada una extensa obra sobre Itálica, la cual constará, cuando vea la luz pública, de cincuenta láminas prolijamente ilustradas, en que se comprenderán : las termas, según aparecen en sus cimientos ; varios fragmentos de mosaicos ; otros mosaicos con restaíir aciones de manos árabes ó moriscas ; otro gran m.osdico con sus detalles, en que se representan el Himeneo, la Primavera, el Invierno, una Biga y una Cuadriga, también con restauraciones; otro mosaico que perteneció á un tricliniíLm, en que está figurada una Nereida seíitada sobre un delfín; el mosaico de ¿as Musas que publicó Laborde; otras termas, vulgarmente denominadas/¿z/í^r/í?,- la perspectiva del Anfiteatro ; nuevas estatuas, torsos y otros fragmentos de escultura; una Victoria; dos capiteles corintios ; un ángulo del Foro donde fueron halladas las estatuas colosales rotas que se conservan en el Museo provincial de Sevilla; y por último la planta de un edificio italicense de carácter no aún determinado. Algunos de estos trabajos parciales han visto ya la luz pública en obras de importancia (3). —

(i) Debemos á la justicia el consignar honrosas excepciones á la funesta indiferencia del público. El trabajo de M. Laborde despertó, desde antes que abrazase la causa de Itálica el Sr. Cortina, la emulación de otros anticuarios. D. Justino Matute y Gaviria dio á luz en Sevilla, en 1837, un Bosquejo de aquella ciudad ó apuntes que juntaba para su historia, incluyendo en esta obra 19 grabados que representaban fragmentos de estatuas, ruinas del anfiteatro, arcos, inscripciones, ocho mármoles, también con inscripciones, y doce monedas con el cuño de aquel municipio. — Los estudios de Matute se extendían á las edades media y moderna.

(2) El Sr. D. Demetrio de los Ríos, erudito arquitecto, hermano del ya citado D. José Amador.

(3) Tales como los Monumentos arquitectónicos de Esfaña, cuadernos 48 y 57, y el Musco español de antigüedades, tomo I, pág.** 191 y siguientes.

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El eminente epigrafista Hübner hace mención (i) de dos de estos mosaicos, interesantes no sólo por su mérito, sino también por las leyendas que contenían: uno es el que publicó Laborde, el cual ya no existe, y al que dio Cean el nombre impropio de 7nosáico del carro triunfal y las ?nusas^ cuando el que realmente le corresponde es el de mosaico del circo y las ^nusas. Este mosaico representa nada menos que el circo romano de Itálica, con su spina completa: particularidad que sólo ofrecen otro mosaico de Barcelona y un tercer mosaico existente en Lyon (2). El otro mosaico que el sabio berlinés juzga también notable por sus inscripciones, es uno que descubrió el Sr, Cortina, y que ya tampoco existe, el cual representaba á dos jóvenes , hombre y mujer, á quienes unía la diosa Venus haciendo de prónuba. La desposada aparecía llamarse Protis , y el joven , Tulliamcs.

¿Qué diremos ahora del estado presente de aquel famoso anfiteatro, dádiva monumental de Adriano, encomiado por Justo Lipsio, cantado en sus ruinas por Rodrigo Caro, tan estudiado á mediados de la pasada centuria por insignes artistas y anticuarios, y á los pocos años tan profanado ya por esa misma Sevilla, que lo reducía á escombros y empleaba sus venerandos restos en los malecones y arrecifes de su río y en el camino de Extremadura? ¡Dichosos diques! ¡dichoso camino! ¡de entonces acá, cuántas veces se han tragado, desmenuzados y convertidos en guijo, arrogantes arcos y espaciosas graderías de aquel colosal cadáver de la gloria de los Césares! El siglo xix proclama en el mundo culto el respeto á los monumentos de las antiguas civilizaciones, y sin embargo, este siglo llegará en España á su decrepitud antes de que obtengan, de los ávidos propagandistas del progreso material, el respeto y la paz esos mudos é inofensi-

(i) En su magna obra Corpus inscriptionum latinarum, tomo II, bajo los números I I I o y I I I I .

(2) Publicado por x\lr. Artaucl, en i8oó.

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VOS testigos de la ilustración y de la barbarie alternadas de tantas generaciones (i)!

El aspecto de aquella gran ruina llena el corazón de melancolía: aun rotas las bóvedas que circunvalan el podio, desportillados los soberbios arcos de los vomitorios, melladas las graderías, borradas las escalinatas, convertidos en deformes pendientes los antes bien dibujados y perfilados cuneos, injuriada en suma por el tiempo y por los hombres la majestad terrible del monumento en que compendia la sociedad romana su supersticiosa religión (2) y sus sanguinarios placeres: todavía es grande é imponente la voz de aquel mutilado coloso; pero el alma donde ella resuena, embargada de admiración y espanto, no acierta á discernir si es aviso, si es amenaza ó si es lamento; y en esta incertidumbre, el viento que recorre la desierta campiña, al susurrar por entre las desmoronadas bóvedas, tan pronto remeda la lejana gritería de un pueblo bárbaramente entusiasmado á la vista de la sangre de los gladiadores y de los esclavos, como el misterioso gemir de las víctimas inmoladas á la ferocidad de los tigres y panteras.

No hay imaginación medianamente predispuesta á exaltarse ante el espectáculo de las grandes ruinas del mundo antiguo, que no se represente, al visitar el anfiteatro de Itálica, mentalmente restaurado aquel edificio insigne. — Un inmenso gentío, de todas edades y condiciones, va ocupando las espaciosas grade-

(1) La noticia más antigua de estos actos de vandalismo que consignan los que han escrito de Itálica se refiere al año 1774. Desde entonces este ejemplo de barbarie se ha venido repitiendo hasta hace pocos años, en que aquellas venerandas ruinas hallaron amparo en la ilustrada comisión de monumentos de Sevilla. M. Latour en su obra Séville et l'Andaloiisie escribía en 1855 que parte de los escombros de aquel monumento, machacados como despreciable guijo, acababan de ser transportados á la carretera de Extremadura; en el propio año de 5 5 un ingeniero solicitó del gobernador de Sevilla licencia para extraer de aquellas ruinas piedra para el mismo camino, y posteriormente algunos periódicos de la Corte han venido sosteniendo con energía la causa de la civilización, malparada en las venerandas reliquias del famoso anfiteatro de resultas de nuevas demoliciones.

(2) Atribuyese el origen de los anfiteatros á los etruscos, pueblo supersticioso y sombrío, que consagraba los gladiadores inmolados en ellos á la memoriadc los héroes que habían sucumbido en los combates.

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rías que rodean la cavea y descienden desde la última y más elevada galería hasta el aristocrático podio, reservado á los magistrados y magnates. Sale la apiñada gente como á raudales por las arcadas de los vomitorios: unos suben y otros bajan, derramándose por los cuneos en busca de sus respectivas graderías, pero con orden admirable y por las escalerillas construidas al intento, sin molestar los que llegan á los que ya están sentados. Luce sus vistosas togas el orden de los duunviros y decuriones: siguen á éstos los ediles, censores y curadores, todos ventajosamente situados, y defendidos de las acometidas de las fieras por la elevación del podio, el dorado cancel que le circuye, las puntas de que está armado, y los burladores rodillos de marfil ó de bronce de que está formada su barandilla. — La gente de distinción se acomoda en las graderías principales más próximas á los magistrados: el pueblo llena la parte superior del anfiteatro. Sólo á los personajes es permitido llevar cojines y á ciertos señores de distinción cátedras ó sillones, lo mismo que umbráculas ó sombreros para que el sol no los ofenda. — En ciertas ocasiones, cuando el viento no lo estorba, se cubre todo el anfiteatro con lonas ó velas de diversasestofasy colores, cuyo manejo está encomendado á gente experta sacada de la milicia de las flotas. Sujétanse estas velas por medio de cuerdas y anillos á las entenas y vigas empotradas en el cornisamento del edificio, y para aliviar su peso, se sustentan en fuertes mástiles fijos en la arena, como la arboladura de una gran nave. — Pero los lances del pugilato, la destreza de los reciarios y mirmiliones, la lucha de los animales unos con otros, los ingeniosos artificios de \z.s péginatas (i), son espectáculos inocentes que no hacen apre-

(i) Había máquinas de madera, llamadas /íé.í'wzaías, que, adornadas de pinturas, se movían por sí mismas, crecían, disminuían y mudaban de forma, mostrando en cada variación caprichos que arrancaban aplausos y risas, y despedían á los gladiadores, saliendo juntamente con ellos llamas y artificios de fuego.— Josei-o en el lib. VII, De bello jud.^ dice que con estas pégmatas se representaban también batallas, combates y expugnaciones de fuertes ciudades y otros memorables hechos de guerra.

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surar los latidos del corazón en ese anhelante gentío. Todo eso le cansa: necesita otras escenas que le conmuevan: los tremendos golpes de cesto que se descargan los atletas, las mortales estocadas que se dan los gladiadores ; ver cómo vacila y cae un cuerpo humano antes lleno de vida y hermosura, y cómo el hielo de la muerte le anubla los ojos y hace estremecer sus cárdenos músculos; y oir el ronco estertor del esclavo, del prisionero enemigo ó del cristiano devorado por la fiera; presenciar la tremenda prueba á que le plugo sujetar la constancia y fortaleza de los pobres mártires, y observar con protervo y feroz interés el espanto de la ruborosa doncella puesta en medio de la ensangrentada arena, sola, sin ningún auxilio, y teniendo enfrente abierta la oscura jaula del león ó del tigre entre cuyas garras va á perecer. Estas son las únicas peripecias dignas de la grandeza del pueblo romano!

El ceniciento velo del crepúsculo vespertino iba gradualmente bajando sobre aquella ovalada y desierta planicie en la última hora de nuestra visita al anfiteatro de Itálica. Parecía que de los picos de la despedazada fábrica pendía un inmenso velariuní expresamente tendido sobre nuestras cabezas para preservarnos de los rayos del sol, y que las nubes impelidas por el viento eran aéreas legiones de apiñadas sombras, que, á la hora en que se hace el gran silencio en los campos, venían á ocupar las desiertas graderías para padecer en ellas viendo triunfante del paganismo la cruz perseguida en los mártires, y para remedar con aullidos é infernales lamentos la vocería que en otro tiempo les arrancó el bárbaro placer de la cristiana sangre vertida.

CAPITULO VIII

Continuación. — Hispalis. — Osset.— Solia. — Carmo. — Hienipa.— Orippo. — Caura Betis ó Utriculum. — Searo. — Ugia.— Nebrijsa.

isPALis (Sevilla). De la fundación de Sevilla cuentan muy entretenidas historias los crédulos escritores que siguen al falso Beroso seducidos por las imposturas de Juan Annio de Viterbo. Bueno es saber un poco de todo, y en esta inteligencia daremos como una muestra de los tales cuentos, siempre curiosos atendidas las épocas y las autoridades que los sacaron á luz ; después vendremos á lo cierto ó verosímil.

La crónica general del rey D. Alonso el Sabio dice acerca del asunto que nos ocupa estas palabras : « Después que todo esto huvo fecho Hércoles (es decir, después que hubo vengado en los Geriones la traidora muerte dada á su padre Osiris, recogido los miembros dispersos de éste y dádoles honrosa sepultu-

SEVILLA Y C:aDIZ

ra), corriósse con sus naves por la mar, fasta que llegó al rio Bethis, que agora llamamos Guadalquivir, e fué yendo por el rio arriba fasta que llegó al logar do es Sevilla poblada, e siempre iba catando por la ribera a do fallarla un buen logar do poblassen una gran ciudad, e non fallaron otro ninguno tan bueno como

SEVILLA. — Caños de Carmona

aquel do agora es poblada Sevilla. Entonces demandó Hércoles a Alas el estrellero (el astrólogo) si faríe allí la ciudad. E él dixo, que ciudad avríe allí muy grande, mas otre la poblaría, ca non él. E quando oyó esto Hércoles, ovo gran pesar, e preguntóle, qué ome serie aquel que la poblaríe. E él dixo, que serie ome honrado, e mas poderoso que él, e de grandes fechos. Guando esto oyó Hércoles, dixo, que él faríe remembranza, porque quando viniesse aquel, que sopiesse el logar do avíe de ser la ciudad. E Hércoles, de que non pobló a Sevilla, puso allí seys

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pilares de piedra muy grandes (esto es, seis altas columnas), e puso en somo una muy grande tabla de mármol (sin dudaá manera de cornisamento), escripta de grandes letras que dezían assí: Aquí será poblada la gran ciudad. E en somo puso una imagen (ó estatua) que tenia la una mano contra Oriente, e tenia escripto en la palma: Fasta aquí llegó hércules. E otra mano tenia contra yuso (hacia abajo) mostrando con el dedo las letras de la tabla (i).»

(i) De esta narración parece tomado el romance de Lorenzo de Sepúlveda sobre las columnas de Hércules de Sevilla y predicción de las grandezas de César, que dice:

Hércules el esforzado, muchas lides ya vencidas, á Sevilla la nombrada hizo una nueva venida, que no era poblada entonces sino desierta y esquiva; y visto el sitio y postura, seis pilares le ponia por señal para adelante adonde se fundaria. Encima de los pilares una gran tabla muy fija,

de mármol muy transparente con letras que ansí decian: «Aquí será edificada la gran ciudad algún dia.» En ella estaba pintada una imagen á la antigua, con un letrero en la mano que hacia el Oriente mira, el cual decia desta suerte: «Hasta aquí llegado había Hércules el fundador, esforzado en demasía.»

Morgado, Pedro de Medina y Ortiz de Züñiga han dado pleno asenso á esta patraña, y como poco conocedores de los monumentos de las artes, han opinado que las dos famosas columnas de la Alameda, denominadas de Hércules, son una reliquia auténtica de la construcción mencionada. ( ! ) Rodrigo Caro, con mayor juicio y discernimiento, se expresa así sobre este particular: «es cosa ridicula y conseja de muchachos el decir que estos mármoles son los que Hércules puso cuando señaló el sitio de la ciudad.»

Ahora bien, el nombre de Virinius que lleva esculpido en su plinto una de estas columnas, y principalmente la elegante proporción y forma de ellas, prueban hasta no dejar sombra de duda que son romanas, y parte quizá de un templo consagrado á Hércules: de donde pudo originarse la tradición vulgar que supone á aquel semi-dios autor del monumento de seis columnas de que habla la crónica de don Alonso el Sabio.

Las dos columnas de la Alameda estuvieron en la iglesia de san Nicolás hasta el tiempo de don Pedro el Cruel, quien mandó trasladarlas al Alcázar que de su orden se estaba edificando. Dícese que por haberse roto, al extraerlas, otra tercer columna que debía hacer juego con ellas, se renunció á la idea de llevarlas á dichos palacios y quedaron junto al hospital de santa Marta, hasta que en el año de 1 5 74 el asistente de Sevilla don Francisco de Zapata formó el proyecto de hacer una grande y hermosa Alameda en el sitio pantanoso y mal sano, antes llamado de la Laguna., y de adornarla con dichas columnas. Este distinguido personaje fué el que hizo colocar las columnas de los Hércules en el sitio en que hoy las ve-

lío SEVILLA Y CÁDIZ

Los aficionados á las antiguas consejas pueden hacer acopio de disparatadas tradiciones relativas á la fundación de la gran ciudad del Betis en un curioso manuscrito que se conserva en la más afamada Biblioteca de España (i).

La fundación de Sevilla se pierde en la noche de los tiempos. La interpretación más autorizada de la voz Hispal ó Hispalis parece ser la que dan Arias Montano y Samuel Bochart (2) ; según estos insignes filólogos, es aquella voz fenicia, derivada de Sephela ó Spela, que significa llanura, lo que cuadra bien á Sevilla por la planicie de la campiña en que asienta (3). Hispal debió ser en su principio una factoría fenicia unida con Gadira y con Córdoba. Los griegos cambiaron su nombre en Ispola (b-o/x), del cual formaron los romanos Ispalis^ según escriben Mela y Tolomeo. — S. Isidoro, el gran etimologista, explica la voz Hispalis suponiendo fundada la ciudad en sitio pantanoso, donde se fijaron estacas ó pilotes para afirmar sus cimientos (4). Satisfaría esta etimología si la voz fuese conocidamente latina; pero debe ser más antigua que los romanos, dado que Silio Itálico la celebró con su primitivo nombre, y no con el de Roiimla que los dominadores del orbe le dieron :

« Et celebre Océano atque alternis oestibus Hispal. •»

mo^ poniendo sobre sus gallardos capiteles corintios las estatuas de Hércules y de Julio César, fundador el primero y restaurador el segundo de Sevilla, aludiendo con ellas al emperador Carlos V y á Felipe II su hijo, según se colige de las inscripciones latinas que ornan sus pedestales. No las reproducimos por estar ya consignadas en los Anales eclesiásticos y seculares de Zúñiga.

Á la elevación de i 5 varas en que se hallan las mencionadas estatuas, harto degradadas además por la injuria del tiempo, no es fácil juzgar de su escultura. El movimiento general de ambas figuras revela no obstante que son obra del

siglo XVI.

(1) M. S. de la Bibliot. del Escorial, ij h 2 i.— Fábulas que cuentan de la fundación de Sevilla: desde la página 387 en adelante.

(2) Véase su Cliatiaan. lib. I, cap. 34.

(3) Persuade también el origen fenicio de esta palabra la terminación en al (Hispal) que le da Silio Itálico.

(4) Hispalis á siiu cognominata est, eo quod in solo palustri, su^T'-'^'is in profundo palis, tocata sit. Etimol. lib. XV, c. i .

S E V I L L A Y C Á D I Z I í I

¿Quién presumirá saber su historia anteriormente al tiempo de los romanos ? Es probable que el. lustre de Itálica la tuviese en vida de los Escipiones oscurecida; Gades, por otra parte, era entonces la primera ciudad de Andalucía como puerto, y Córdoba la preeminente por su nobleza. Por haber abrazado esta última la causa de Pompeyo, fué por lo que César se esmeró en engrandecer á Sevilla (i). Conquistóla en el mes de agosto del año 43 antes de J. C, y aunque la hizo su capital y la cercó de muros dándole el título de Romtda ó pequeña Roma, siguió siendo Sevilla más fenicia y púnica que romana en cuanto á sus construcciones (2); no por lo tocante á las costumbres, lengua, traje y policía de sus pobladores, que, como los de los otros pueblos del Betis, eran ya casi romanos (3). Sólo hay duda sobre si era Sevilla colonia y convento jurídico desde antes de engrandecerla César, ó si debió á éste aquel título y categoría (4).

Por las inscripciones que han recogido doctos anticuarios, sabemos que estaba gobernada la colonia Roinulea hispalense por magistrados semejantes á los de Roma. Es de creer que residiese en ella un supremo sacerdote, porque desde los primeros tiempos del cristianismo vemos en Sevilla iglesia metropolitana, y es sabido que los primitivos cristianos, siguiendo ó conservando las circunscripciones jurisdiccionales de los gentiles, allí colocaban siempre una silla metropolitana donde había residido un flamen ó sacerdote superior. Como había en Roma un senado con sus cónsules y senadores, lo había también en Hispalis, lo mismo

( 1 ) Esto fué sin duda lo que San Isidoro quiso significar con el verbo condidit. porque decir con Fr. Alonso Venero, en su Enchiridion de tiempos, que la fundó el mismo J. César, es cosa de todo punto imposible. Á la altura en que hoy estamos respecto de estas averiguaciones, parece ya enteramente excusado citar las muchas autoridades que prueban la existencia de Sevilla como población importante desde los más remotos tiempos.

(2) Así lo da á entender Estrabón en su libro III.

(3) Id.,ibid.

(4) El P. Flórez se inclina á. creer que los tenía ya anteriormente, y se funda en que César, siendo cuestor, visitó los conventos de la Bética y Lusitania, y entre ellos á Sevilla, como escribe en su vida Suetonio; y además en que no consta que recibiese el honor de colonia después de ser convento.

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que en todas las colonias; pero por respeto á la metrópoli, éstas llamaban á su senado Ordo, á sus cónsules dítunviros, i. sus senadores decuriones. Por regla general los duunviros eran elegidos cada año, pero en ciertas y determinadas circunstancias permanecían en su oficio cinco años, y entonces tomaban el nombre de duunviros quinquenales (i). Había además ediles, censores, curadores de los caminos y otras dignidades. Los ediles cuidaban de todo lo que era orden y policía interior, de la limpieza, de los edificios, de los incendios, de las fiestas y diversiones públicas, de los entierros, provisiones, abastos, pesos y medidas. Los censores tenían á su cargo la tasa y padrón de las haciendas y el cobro de las contribuciones: era dignidad muy honrada; iban en carro de marfil precedidos de dos lictores. Acerca del cuidado y policía de los caminos, eran los hispalenses menos descuidados que sus descendientes los modernos sevillanos : personajes que habían sido nada menos que cónsules y procónsules, solían aceptar el cargo de mantener en buen estado todas las vías públicas (2). Los demás oficios civiles estaban al parecer calcados sobre los de Roma : había curatores que cuidaban de las rentas públicas y en el ejército tenían el cargo de comisarios; procuratores que inspeccionaban los trabajos de las minas y venían á ser en ellas como unos superintendentes; éstos eran elegidos entre los decuriones. Había también procuradores que recaudaban los tributos y como contadores asistían á los gobernadores. x4 uno de estos procuradores se refiere cierta inscripción notable que se conserva al pié de la torre de la catedral, llamada la Giralda, y tanto porque da idea cabal de otras calidades que solían concurrir en las personas investidas con este empleo, cuanto por hacerse mención en ella de la famosa legión duodécima

(i) Pueden verse en Rodrigo Caro varias inscripciones relativas á estas diversas magistraturas.

(2) Standish copia una inscripción de un pedestal de miirmol blanco con Orla de flores hallado en el jardín del duque de Medina, de la cual se colige que los censores de los caminos eran varios y que un cierto Cúrelo Balbino era uno de los cuatro que entonces había.

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fulminatrix^ ó sea de los lanzarayos, y de cargos administrativos hoy poco conocidos, debe esmeradamente conservarse (i). Trasladada al castellano, viene á decir: «Los barqueros de Híspalis hacen esta dedicación á la pureza y singular justicia de Sexto Julio Posesor, hijo de Sexto de la tribu Quirina, que fué prefecto de la 3.^ cohorte de Galos; prepósito del número de los Sirios flecheros ; prepósito también de la i .^ banda de los caballos españoles ; procurador de la ciudad Romulense y del municipio de los Arvenses ; tribuno de la legión XII ó de los lanzarayos ; procurador de la colonia de los Arcenses; agregado á las decurias de los jueces por merced de los excelentes y soberanos emperadores Antonino y Vero, Augustos; ayudante de Ulpio Saturnino, prefecto de los víveres y encargado del reconocimiento del aceite de África y de España, de la remesa de los socorros, y de hacer pagar sus fletes y portes á los maestros de las naves como procónsul de los emperadores en las riberas del Betis (2).»

Ni los griegos ni los romanos acostumbraban á dar el nombre de ciudades á las poblaciones donde no hubiese pretorio (3), gimnasio ó escuela pública, teatro, foro, baños y un río de cierto caudal. Todo esto había en Híspalis ; pero algunos anticuarios sostienen que además tenía su capitolio.

(i) Fué descubierta en tiempo de Ambrosio de Morales al componerlas gradas que hay junto á la torre, medio sepultada en los cimientos de ésta.

(2) Este monumento debió perderse de nuevo después que lo publicaron Ambrosio de Morales y Rodrigo Caro, puesto que el archivero del cabildo catedral don Antonio de San Martín y Castillo, al hablar de la torre mayor ó Giralda en los apuntes que reunía no há muchos años para escribir la Historia de la Iglesia antigua, y que hemos hojeado en aquel curioso archivo, trae la siguiente noticia: «Esta inscripción romana se halló en el año i 702 en la esquina de la torre de la santa iglesia de Sevilla, inmediata á la casa arzobispal, mirando lo escrito al Oriente, y aunque de ella tratan Rodrigo Caro (siguiendo á Ambrosio de Morales) en el folio 3 i , y Masdeu en el tomo 5 , folio 470, no están con arreglo al original que copié puntualmente lavando muy bien la piedra un peón de esta santa Iglesia por estar debajo y casi á la superficie del piso de gradas, y después cotejé la copia con el original á presencia de don Rafael Tabares, bibliotecario de dicha santa Iglesia, de modo que no quedó duda de la exactitud de la copia ni aun por lo tocante al mecanismo del escrito.» Nosotros también hemos hecho la confrontación de esta copia con el original, y, corrigiendo unas y otras lecciones, creemos poder restaurar su verdadero contexto del modo que lo dejamos consignado.

(3) Palacio y tribunal del comandante militar.

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Del estado del arte en la colonia Romulea nos dan las medallas algún testimonio. Uno de sus fueros en tiempo de los emperadores fué batir moneda con su nombre, por licencia obtenida de Augusto, según en las mismas medallas se expresa (i). El P. Flórez publicó en su España Sagrada una medalla de gran bronce en que se ve la cabeza de dicho emperador con corona de rayos, el rayo de Júpiter al lado donde mira el rostro, y encima de la cabeza, la estrella, símbolo de los Augustos (2). Al rededor está la leyenda perm. divi. Aug. col. rom. [Perniissudivi Augusti coLo7iia roimdenszs). Tiene en el reverso una cabeza de mujer, puesta sobre un globo y debajo de una media luna, con esta letra en el contorno: julia. augusta, genitrix orbis (Julia Augusta madre del orbe), adulación de los sevillanos á Livia, madre de Tiberio, que supera con mucho á la de los romanos, los cuales la llamaron madre de la patria (3). No es modelo de exactitud el dibujo que dio á luz el referido anticuario, pero la medalla descubre un arte muy maduro, así en la disposición general de los atributos que caracterizan á los personajes, como en el buen gusto con que están puestos la corona del emperador y el cabello de Julia ó Livia (4). — La misma observación hacemos respecto de otra medalla sevillana de Tiberio, de mediano bronce, que publicó también Flórez. La corona de laurel y el gran lazo que de ella pende adornan con gracia la cabeza del emperador, y los dos pequeños bustos de Druso

(i) En ellas leemos per.m. divi aug. (Permissu Dtvi Auq^usíí), por donde se ve que aunque la Bélica pertenecía al gobierno del Senado, con todo los sevillanos acudían al emperador para obtener la facultad de acuñar moneda. Conviene advertir que las medallas en que se da á Augusto el dictado de divino son posteriores á su muerte.

(2) Esta explicación da á la estrella el P. Harduino, añadiendo que de las Augustas lo es la media luna. Véase Hisi. Aug., p. 706.

(3) Invenli hciiid pauci qui mairem eam patrice. ac genitricem appellandam censerent, dice Dión (libro L\'1I) hablando de los aduladores de Livia.

(4) Sobre si es Julia la hija de Augusto, ó Livia su esposa, hay cuestión entre los anticuarios. Creemos que aquí se trata de la segunda, que, según testimonio de Dión y de Suetonio. en virtud del testamento de Augusto recibió el nombre de su marido.

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y Germánico que hay en su reverso, presentan en el estilo general del contorno y del cabello mucha elegancia y sencillez.

Era Híspalis ciudad murada y torreada : supónese que Julio César renovó y ensanchó su muralla, y el rey D. Juan II en su crónica asegura que la gran cerca romana perseveraba en su tiempo intacta. — Cuando aún no blanqueaba mi cabello, conservaba Sevilla trozos de su antiguo muro, y algunas de las i66 torres que robustecían aquel circuito de más de una legua de camino, especialmente entre las puertas de Córdoba y de la Macarena, donde al imponente aspecto de las torres y de la barbacana almenada se juntaba la aridez de la llanura vecina para hacer el cuadro más sombrío y producir en el alma la soledad que es indispensable para la evocación de los grandes recuerdos históricos. De la puerta del Sol á la de Córdoba corría también sin interrupción un alto muro fortalecido á trechos con torres cuadrangulares y defendido al exterior con parapeto de durísima argamasa, que, aunque no levantaba ya sino dos ó tres pies del suelo, aparecía desde luego como base ó arranque de la antigua barbacana. Estos eran los únicos trozos que conservaba Sevilla de su antigua armadura de gigante. La imaginación menos ardorosa se los representaba guarnecidos de lanzas y flechas, conmovidos á los tremendos golpes de los arietes y catapultas, y goteando en los fosos que los circuían la humeante sangre de sitiados y sitiadores durante las luchas intestinas de los romanos, godos y sarracenos. Pero aun aquel cercenado testimonio de su antigua grandeza mural se le hizo gravoso!

Para dar al lector una idea del estado en que se hallaba hace 30 años un trozo muy interesante de aquella antigua muralla y de los grandes progresos que de entonces acá ha hecho el vandalismo, que injuria á la moderna civilización usurpando su nombre, reproduciremos aquí algunos párrafos de nuestro diario de viaje, en que describíamos la parte interior de dicha fortificación desde la puerta de Córdoba á la Macarena, consignando fiel y sencillamente la impresión que su vista nos produjo.

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«La puerta de Córdoba representa grande antigüedad, aunque no parece fácil al pronto determinar la época en que pudo ser construida. Álzase sobre ella una torre sombría que se anuncia desde el primer golpe de vista como cárcel y teatro de un glorioso martirio. La historia y la leyenda se dan la mano en la solemne escena que estoy contemplando. A un lado la prisión deS. Hermenegildo; en frente, el famoso convento de Capuchinos. Por este pequeño espacio han pasado los más interesantes dramas de la historia de Sevilla. Donde está ese convento, estuvo la basílica que fundó, según tradición, el apóstol Santiago : allí cerca estaba el palacio de Diogeniano, allí el anfiteatro donde fué inmolada aquella casta y poética pareja de vírgenes tiernas y mujeres fuertes, las Stas. Justa y Rufina. Sobre este mismo raso horizonte que miro al nordeste se destacaron las nobles figuras de S. Isidoro y S. Leandro, y la no menos interesante del afectuoso Murillo, cuando venía á ese mismo convento de Capuchinos á realizar sus místicos y deliciosos sueños de artista cristiano. Aquellas paredes, hoy silenciosas y desnudas, publican que han desaparecido de estos contornos, quizás para siempre, las grandes figuras históricas, y el arte que perpetúa sus semblanzas en la tierra (i).

»E1 calabozo del santo hijo de Leovigildo estaba en esa maciza torre (2). Todas las que siguen hasta la puerta de la Macarena parecen prestarse al propio tristísimo servicio: las saeteras que se ven en su cuerpo alto indican que hay dentro capacidad bastante para encerrar y dejar morir en ellas á cualquier conde

(i) Tres de los santos citados, á saber, San Leandro y las Santas Justa y Rufina, figuraban en el famoso retablo que pintó Murillo para la iglesia de los Capuchinos. Este soberbio retablo corrió diversas vicisitudes: un amante d.; las artes lo salvó de manos de los franceses durante la guerra de la Independencia. El celo de otro aficionado lo salvó de la furia desamortizudora trasladándolo á la catedral, y de allí al Museo provincial, donde luce, aunque desarmado.

(2) Describe su interior minuciosamente el concienzudo y piadoso Ambrosio de Morales. «La torre, dice, tiene en lo alto una puerta pequeña y angosta por donde se entraba entonces á un hueco, sin que hubiese suelo, sino que luego, en entrando, se daba en lo hondo de una angostura, que es de solos s pies de ancho

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Ugolino. Verdaderamente personifican las murallas antiguas el derecho de la fuerza: su imponente aspecto nos consuela de no haber venido algunos siglos antes al terrible teatro del mundo. Estas torres sobresalen mucho, y presentan por el lado que mira á la ciudad un macizo sin más vano que una puertecita de medio punto en la parte superior. La inmediata á la puerta Macarena es mayor que las demás: consta de dos cuerpos altos, con dos arcos cada uno ; los arcos de abajo pertenecen á un pasadizo de bóveda, cuyos accesos, formando también arco, caen sobre el adarve de los lienzos ó cortinas. Por este adarve se comunican unas con otras todas las torres, y destrozado el lienzo de muralla intermedio, las torres quedan aisladas (i).»

Discuten los anticuarios sobre los nombres que tenían las antiguas puertas de Híspalis. Algunos creen que sus postigos estaban consagrados á Júpiter, Minerva y Juno, según la costumbre observada en todas las ciudades de alguna importancia. Caro añade que la puerta de la Macarena estaba dedicada á Macaria, la hija de Hércules Líbico : su nombre, en efecto, no puede ser más griego (¡j-azapo*:).

Entre las obras públicas de Sevilla romana debemos mencionar otro monumento de grande importancia, que subsiste en

y hasta i 5 de largo. Al cabo de este callejón en lo alto, frontero de la puerta, está otra mucho mas pequeña, así que no se puede entrar por ella sino de rodillas. Parece que cuando así se labró, se anunciaba ya cómo aquel lugar había de venir á ser de tanta veneración que se hubiese de entrar siempre en él con sentimiento y representación de ella. Quien entraba á llevar la comida al preso, no podía llegar á esta puerta sin bajar y subir con escalera levadiza... Dentro está un aposento ó más verdaderamente covacha;... este tabuquito tiene una saetera de hasta dos dedos en ancho y dos palmos en alto, que, pasando por siete pies de muralla, mete muy poquita claridad... Agora de pocos años acá se ha adornado con mucha riqueza de oro y azul y pintura el santo lugar de la cárcel y martirio en lo alto de la torre... y abriéndole una ventana lo hicieron capilla... Todo esto hizo con harto gasto y mayor deseo Francisco Guerrero, armero de Sevilla, por la singular devoción que con el ínclito santo tuvo.» Crón. gen. Libro XI, cap. 67.

(i) Eran bastantes en Sevilla las torres célebres por los dramas de esta especie: la de la puerta de Triana fué prisión de Estado para el infeliz conde de Agui lar, el Mecenas de Sevilla, que murió allí bárbaramente asesinado, casi en nuestros días. La torre del Oro fué prisión de los enemigos y mancebas del rey don Pedro.

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nuestros días, y cuya existencia es vital para la ciudad y sus pobladores. El Betis, que la contorna de norte á mediodía por el lado del ocaso, no podía con facilidad surtir de aguas á toda la gran parte de levante, y para obviar este inconveniente, se trajo á Híspalis por medio de un acueducto el caudal fresco y cristalino de los manantiales de la Alameda, que nacen en el término de Alcalá de Guadaira mirando á Carmona. Sale el agua de unas minas abiertas desde el tiempo de los fenicios ó cartagineses en un escabroso cerro, al pié de una antigua y arruinada fortaleza, y se recoge en la famosa fábrica que lleva el nombre vulgar de Cafios de Carmona. El acueducto recorre las dos leguas que hay desde Alcalá hasta la capital, desapareciendo á trechos bajo tierra, asomando en otros por entre los olivares, y encaramándose desde que llega á una milla de distancia de Sevilla sobre largas filas de sólidos y elegantes arcos de ladrillo, sobrepuestas unas á otras (i). No tiene este artificio la grandeza y majestad que el de Segovia, pero es de mayor extensión, y en algunos puntos ofrece escenografías encantadoras, combinándose sus líneas con la frondosidad de las alamedas y huertas que rodean la población hacia el Humilladero y la Cruz del ca^npo.

Dejamos ya dicho que bajo la dominación romana la religión de los pobladores de la Bética fué una fusión de cultos propios y extraños, en que se podía reconocer la huella de todas las teogonias de los pueblos que la habían sucesivamente señoreado. Uno de los cultos gentílicos practicados por los hispalenses, y de que se conserva más individual memoria, fué el de la diosa Astarte ó Venus. Celebrábase su fiesta en el mes de julio: el ídolo ó simulacro de la diosa era conducido en andas por la ciudad con gran pompa. La comitiva que le seguía, con grandes llantos y gemidos y con ademán doloroso, conmemoraba la aflicción de Venus en la muerte de su querido Adonis.

(1) Véase la lámina Caños de Carmona.

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Llamábanse por lo mismo Adornas estas fiestas y procesiones, y Venus llevaba el nombre de Salambo á causa del llanto con que se le daba culto: denominación siriaca y babilónica que cundió con este rito por las principales naciones de Oriente, señaladamente en Egipto y Grecia. En cuanto al mundo occidental, sólo de la Bética se sabe que lo adoptara: la Bética en verdad, por las incursiones de los pueblos que á ella vinieron, fué por espacio de muchos siglos como una gran colonia de todo el Oriente civilizado.

Este culto duró hasta la ruina del politeísmo y la paz dada á la Iglesia por Constantino, y no podemos asentir á la opinión del P. Flórez que supone terminase con la destrucción del ídolo á manos de las santas Justa y Rufina. Nuestra conjetura se fijnda en que este acontecimiento, que motivó el martirio de las dos referidas vírgenes, fué antes de la persecución de Diocleciano, y desde esa época hasta la guerra que se hizo á la idolatría no es verosímil dejaran de practicarse los ritos del paganismo.

Otra reliquia de las prácticas religiosas de los babilonios, que se ha perpetuado hasta nosotros atravesando la dominación romana y goda, son las verbenas y las luminarias. En Sevilla se celebra todavía la víspera de S. Juan, como se celebraba entre los antiguos, la entrada del sol en el solsticio de verano. Encendíanse los fuegos de Cibeles á media noche, y el ir saltando por encima de ellos no era sólo un ejercicio divertido, sino también una devoción meritoria, como lo atestigua Ovidio en sus Fastos (i).

Esta pagana costumbre de saltar atravesando el fuego de Baal ó Moloch, duró hasta que fué prohibida en el 5.° concilio de Constantinopla (A-D. 680).

OssET, llamada también Julia Constantia, (Chavoya;]\mX.o á S. Juan de Alfarache). Morales y Flórez convienen en esta reducción interpretando un pasaje de Plinio y apoyándose en

(I) IV, 727.

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unas ruinas romanas que en el indicado Campo de Chavoya se descubren. Las medallas antiguas de Osset son muy bellas; traen en su anverso un vendimiador desnudo con dos racimos de uvas en las manos, indicando la abundancia de viñas de su término. El escritor inglés Mr. Standish cree que Osset era un distrito, fundándose en una especie vertida por Marco Máximo, el cual, al hablar en su crónica del martirio de S. Gregorio, dice: «el siervo de Dios, Gregorio, murió gloriosamente en la España Bética en Aguas duras (hoy Alcalá del Río), tierra de Osset. » Según esto, la tierra de Osset comprendía efectivamente varias poblaciones, y el citado Standish opina que entraban en su término Castilleja, S. Juan de Alfarache y hasta Alcalá de Guadaira.

Solía (Sanlúcar la mayor). Llamóse antiguamente este lugar Ares hesperi (Aras del héspero). Así consta de un epigrama que por la elegancia de su estilo puede atribuirse al siglo de Augusto y que estuvo en la torre de Sanlúcar hasta que se hizo nueva obra en esta fábrica, según refiere el P. Flórez. Estaba escrito en una tabla de mármol, de donde lo copió el vicario Antonio Caro (i):

Así la población misma que en un principio se gloriaba llevando el nombre de la estrella del ocaso, se despide del antiguo patrocinio, cuenta con grata melancolía lo que fué hasta que la

(i) ílesperice niipcr nomen dedil ¡Icspcri/s Ar(V.

Solía dicta modo siim. llcspere amice vale.

NOMINE MUTATO nUHC Sol KOMANUS IBERO

NUMINE CUESCENTI CRESCERE TECTA FACIT. ARCE POTENS ARMIS FUERAM DECORATA MEORUM.

CUM CECIDI MARCI VIRIBUS ATQUE MANU, INFAUSTA AMISI SPLENDORIS QUIDQUID IIABEBAjM,

URNAQUE FATALIS PUUVERIS IPSA FUI. ASCENDÍ AD ClII-MEN MISERO REVOC;ATA SEPULCRO

ROMANI JURIS C.CSARIS AUSPICIO

sol favet igne tiovo: magno cede hesfere solí,

QUODQUE TUIS ARIS IlESPERE NO.MEN ERAT.

Restaurada la inscripción por ci referido Caro, hemos creído conveniente diferenciar con letra cursiva la parle que el suplió.

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dejó asolada y hundida en el sepulcro de sus ruinas el rigor de Marcio, y exulta luego cantando cómo renació de sus cenizas bajo los auspicios de Julio César, convirtiéndose en refulgente sol lo que antes fué para ella no más que lucero.

Mudó, pues, de nombre al cobrar nueva vida la antigua ArcB hesperi, y tomó el de Solía ó Soltuco, que equivale á luco ó bosque del sol, pues es de saber que todo el término de la villa de Sanliicar estaba en aquellos tiempos poblado de espesas selvas. Una de estas selvas ó bosques estaba consagrada al Sol, divinidad que tenía allí su templo y su simulacro. Los bosques además eran teatro de un culto particular entre los romanos: en conmemoración de haberse éstos salvado, después de vencidos por los galos, en un bosque que se extendía entre el Tíber y la vía Salaria, habían instituido las fiestas lucarias, que se celebraban todos los años el día 21 de julio. Últimamente, la palabra lucar, según Festo, significa el precio que se saca ó se invierte en el hico ó bosque. Todas estas nociones reunidas explican la etimología de los nombres de Solía, Solluco y Solucar con que se designó la población de que tratamos.

Debe Solia á las inscripciones halladas entre sus ruinas el que hayan pasado á la posteridad los nombres de algunos de sus preclaros hijos. Una lápida encontrada en el campo de Solucar cuya leyenda restauró Caro, y que cita Flórez con otro intento, consigna la dolorosa muerte de dos jóvenes guerreros, hermanos, que sucumbieron cuando la guerra de Marco, y á quienes su desolada madre enterró en un mismo sepulcro.

Carmo ó Charmonia fCarmonaJ. Tolomeo la llama CharMONiA y la coloca entre las ciudades mediterráneas de los turdetanos. Antonino individualiza más su sitio, pues en el camino décimo desde Sevilla á Mérida la pone distante de aquella veinte y dos millas, esto es, cinco leguas y media, ó seis leguas cortas, que son las que hay desde Sevilla á Carmona. Ni Mela ni Plinio hacen mérito de esta población, de lo cual se maravilla Rodrigo Caro ; pero en cambio César la llama la ciudad más

fuerte de ¿a Bélica (i). Dimanaba la fortaleza de Carmona no sólo del valor de sus hijos, simbolizado en la cabeza de Marte, su numen protector, sino también de su posición ventajosa, en terreno elevado, con que la favoreció la naturaleza para resistir

SEVILLA. — Antiguas murallas romanas

las embestidas de las armas enemigas. Prueba Flórez que los hijos de Carmona consagraban monumentos al impetuoso dios de los combates, padre de Rómulo y Remo, y publica una medalla en que este dios está representado con yelmo, de cuyo vértice sale un ramo de laurel, semejante al de la corona que rodea el busto en lugar de la gráfila. Por los restos notables de construcción romana que advirtió Ponz en las puertas, muros, alcázares alto y bajo de esta ciudad, y que nosotros aún hemos alcanzado, podemos colegir cuál sería su importancia durante

(i) De Bell, civ., Hb, II, cap. 19. Quce esl longe ftrmissima lotius provincice civil as.

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la guerra civil entre César y Pompeyo, y cuan noblemente llevaría el honor de municipio con que fué recompensada por arrojar de su seno al célebre pompeyano M. Varrón.

En el campo de Carmona, junto á la vía romana que conducía desde esta población á Sevilla {Hispalis)^ se descubrieron en estos últimos años muchas cámaras sepulcrales excavadas en la roca del subsuelo, suficientes á constituir una formal necrópolis romana. El Sr. D. Antonio Cantos, aficionado sevillano, regaló á la Academia de San Fernando de Madrid, por medio del Sr. D. Antonio María de Ariza, celoso correspondiente de ésta, los dibujos de una de dichas cámaras, aunque en pequeña escala, en los cuales se da razón, muy aproximada á la verdad, de la forma de aquel conditorium y de las pinturas, asaz bien conservadas por cierto, que adornan su bóveda y sus muros. La bóveda presenta, sobre fondo azul, palomas volando, y el curiosísimo zócalo que corre al rededor del muro ofrece una escena báquica campestre, pintada con gran libertad por mano muy experta. — El precitado señor Ariza, diligente investigador de antigüedades, posee una preciosa colección de piedras duras grabadas, — verdadera dactyliotheca, — muchas de ellas romanas, y aun griegas, encontradas en Carmona.

HiENiPA {Alcalá de Gztadaira ?). Las excavaciones y habitaciones descubiertas en algunas de las rocas sobre" que asienta esta población, la hacen aparecer como de grande antigüedad (i). Habitóla antes de la conquista romana una colonia griega, á la que debió el nombre de Hienipa (2). En una calle

(i) D. Vicente Mares en su geografía titulada Fénix íroyana, dice que la fundaron los cartagineses 1400 años antes de J. C. Las referidas excavaciones ó minas, á alguna de las cuales hemos oído dar dos leguas de longitud, parecen en su mayor parte obra de sarracenos. Conde nos refiere que las construcciones romanas fueron restauradas en 1172 por Jusuf Abu Jacub (t. II, p. 380).

(2) Parécenos aceptable la etimología que propone Standish formada de las voces yfj, //e?-?-», y vctitoj, lavar, atendida la abundancia de aguas que de sus peñascos brota surtiendo el famoso acueducto de los Caños de Carmona. Ford pretende que Hienippa en lengua púnica significa lugar abundante en manantiales^ y si esto es cierto, su etimología satisface aún más.

164 SEVILLA Y CÁDIZ

de Sevilla leyó M. Standish en 1833 una inscripción lapidaria procedente del castillo de Alcalá de Guadaira que hacía este sentido: <t.Patrice ordo Hienipensiuní populus et turba clypeum et statuam decrevit. » No es esta la única memoria monumental que puede citarse de Hienipa: sus historiógrafos modernos, entre los cuales descuella don Leandro José de Flores (i), hacen mención de otras, aquí y allá descubiertas, y nos dan noticia nada menos que de un templo de Ceres, cuyas ruinas suponen soterradas bajo las gradas del altar mayor de la iglesia del convento que fué de religiosas agustinas; pero desconfiamos del entusiasmo de localidad que suele engendrar visiones.

Hay quien supone que Alcalá de Guadaira no fué Hienipa^ sino Uciibi (2).

La tradición habla de una gran fortaleza de fábrica romana, cuyos cimientos aún se divisan al pié del castillo moruno de Alcalá de Guadaira. Hoy se descubren no más que las descoloridas reliquias de un delicioso paraíso en ese inclinado valle lleno de frondosas huertas, regado por un sin número de fuentes, y matizado todavía por la variada gala de los panes (3), de los viñedos y de los olivares.

Orippo (Dos hermanas? — Torre de los Herberos?). Tenía este pueblo su situación al oriente del Betis, como Híspalis, y á nueve millas de esta gran ciudad. Batía moneda usando del símbolo del racimo, para denotar la abundancia de viñas de su término, y era como su vecina Hienipa abundante en todo género de frutos. Las medallas de Orippo presentan por el reverso un toro con una media luna en la parte superior, y el nombre de la población al pié.

Caura [Coria). Nómbrala Plinio después de Orippo siguiendo su viaje río abajo, pero pasando de la izquierda á la dere-

(i) En su obrita titulada Memorias históricas de Alcalá.

(2) D. Adolfo de Castro, en su obra citada, lib. I, cap, 3.", pág. 4Q, nota 2.

(3) La elaboración del pan ha distinguido siempre á los moradores de Alcalá, la cual lleva todavía por antonomasia el nombre de Alcalá de los panaderos.

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cha. Asienta á la orilla del Betis, y á esta situación alude el sábalo que se vé en el reverso de sus antiguas medallas. En el anverso presentan éstas una cabeza de hombre con yelmo, cercada de laurel como en las medallas de Carmona, con una aspa además, que no llevan aquellas. Este mismo signo ofrecen otras medallas de la Bética, entre ellas la de Carula^ pueblo del convento jurídico de Córdoba.

Betis, Utriculum (Utrera). No hay plena seguridad de que haya existido una ciudad nombrada Betis: Estrabón es el único que hace mención de ella: ni Mela, natural de Andalucía, ni Plinio que fué en esta provincia cuestor, ni Tolomeo, ni Antonino, la conocieron. Presumen Casaubón y Flórez que el texto del primero haya sido corrompido y que deba leerse Becula por Betis. Sin embargo, Caro sostuvo (i) que este fué el nombre antiguo de Utrera^ y hay modernos críticos que suponen lo propio (2), dando por autores del nombre de Betis á los griegos y del de Utricuhim á los soldados de Augusto, procedentes de las colonias etruscas del mismo nombre, retirados á ese paraje de la Bética después de la guerra de Cantabria.

Concíbese en efecto la oportunidad de la denominación griega: el término de Utrera sostiene considerables rebaños, y produce por consiguiente grande abundancia de pieles de cordero, propias para vestir, á las cuales llamaban los griegos B(Eta (3);

Searo (Cortijo de Zarracatín, cerca de Utrera). Nombra Plinio el pueblo antiguo de Searo llamándole Siarum, y una inscripción que allí se conservaba en tiempo del P. Flórez hace mención del Ordo Siarensiunt; pero la ortografía Searo está más autorizada por ser la que se usa en las medallas que cita el mismo anticuario. Tienen estas, como las de Carmona y otras

(i) En su Convento jurídico.

(2) Entre ellos el citado Standish.

(3) Estas pieles eran también famosas entre los romanos, que decían: «Bceía ■pellis el in hyeme el in estáte boncí est.»

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ciudades de la Bética, las espigas que simbolizan la fertilidad de su suelo (i).

Ugia (Monttcja, cerca de Lebrija). Da mucha importancia el moderno historiador de Cádiz á este pueblo, cuya reducción equivocó Garibay poniéndolo en las Cabezas de San Juaíi. Entiende el señor Castro que estaba Ugia cerca de Lebrija y del arroyo Romanina, y que es el mismo Casirum Julium, por otro nombre Cansar is Salutariensis, recordado porPlinio; y que este nombre le fué aplicado por el gran servicio que prestó á César en la batalla de Munda, la cual, según sus conjeturas, debió ocurrir en aquel término (2).

Nehrissa {Lebrija). Grande es la antigüedad de esta población, no diferente de la Nebrissa Venena áe Plinio, que algunos, muy seriamente, han supuesto fundada por los sátiros compañeros de Baco durante las excursiones venatorias de éste por la Bética. Así lo sintió Silio Itálico, nombrándola, después de Cástulo y de Híspalis, de este modo (3) :

« Ac Nebrissa dionyseis conscia thyrsis, quam satyri coluere leves, redimitaque sacra nebryde, etc. »

De la voz nebris , que entre los griegos significaba la piel de ciervo, de que se vestían los sacerdotes de Baco ó Dionisio, viene naturalmente la de Nebrissa; pero no es necesaria esta etimología en abono de su antigüedad, pues el mismo Silio la cita como sobresaliente en las guerras de Aníbal. Tampoco falta quien explique con fundamento la formación púnica de su nombre, como corrupción de Ncepritza, que tanto vale como tierra que cubren las aguas crecientes (4), pues como pueblo de los estua-

(i) D. Adolfo de Castro ve en Zarracatín la antigua Sorzcarza, donde Pompeyo, perdida Ategua, tuvo un encuentro con las tropas de César. Ob. cil.^ Ibid.

(2) Véanse sus conjeturas en'la Ob. cit., lih. I, cap. 3.°

(3) Silio Itálico, De bell. piin., lib. III.

(4) Véase á Bocharten su Chanaan, lib. I, cap. 34. Según este sabio, el mismo nombre actual de Lebrí/a, es un comprobante de su origen púnico, pues Lepritza vale tanto como ad aquarum eruplioncm, esteres, á la salida de las aguas.

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rios del Betis, se inunda en las grandes avenidas de este río. En tal caso su fundación podría datar de los fenicios, que por la parte meridional de España dieron ser á tantas poblaciones, especialmente á las que podían contribuir al tráfico y á la navegación, como Nebrissa, mercado de importación y exportación para el comercio fluvial y marítimo. Como punto estratégico, no sería para los antiguos despreciable la eminencia que señorea la población, y según esto es probable que donde se levanta hoy el castillo moruno de Lebrija, dominando la espaciosa hondonada, descollase durante las grandes contiendas de cartagineses y romanos y de los romanos entre sí, alguna otra sólida y severa fortaleza.

No es raro encontrar en este pueblo notables restos del arte antiguo. El erudito Ceán Bermúdez dice haber visto en él suelos de taracea de mármoles de colores, de gusto romano, y cita como estatua romana, aunque sin cabeza, una que sirve de imagen de nuestra Señora con el caprichoso nombre de Mariquita del Marmolejo (i). Otro regular fragmento de escultura se ve empotrado en una esquina cerca de la plaza de árboles en que desemboca la calle de la Iglesia mayor.

(i) Hisi. de lapint. ms. arriba citado, t. I, cap. X.