Sevilla y Cádiz · Capítulo real 5 de 18
CAPITULO IX
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 43 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO IX
Continuación: Urso ó Ursao, Colonia Genetiva Julia y Genetiva Urbanorum.— Astapa. — Ventipo. — Calentura. — Maxilua. — Cartela. — Julia Transducta.— Mellarla. — Belone. — Bessipo. — Promontorium Junonis. — Erytheia. — Gadira. — Menesthei portus. — Turris Capionis. — Lucendubia.
RSONA, Urso, Ursao, Gemina urbanorum {Ostina). De todas estas maneras escriben el nombre de esta población los autores antiguos, Apiano, Estrabón, Plinio y Tolomeo. Esta fué la ciudad donde invernó Gneyo Escipión cuando Publio Escipión trasladó sus cuarteles de invierno á Cazlona. Aquí vino también Fabio Emiliano enviado por el Senado de Roma contra Viriato; de lo que se infiere haberse mantenido Urso siempre fiel á los romanos. En las guerras civiles de César y Pompeyo siguió el partido de este último, y le fiaé fiel hasta el trance postrero ; no quedaba en toda la Andalucía mas lugar que Osuna que sostuviese á Pompeyo después de tomada Munda, y púsola cerco Quinto Fabio. Agregábanse á la fortaleza natural
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del sitio los grandes preparativos de los pompeyanos para hacer la resistencia más formidable. Los cercados además habían talado todo el término á la redonda, de modo que los sitiadores no encontraban víveres ni leña, ni césped para las trincheras; ni agua siquiera tenían, por hallarse el arroyo más cercano á dos leguas de distancia, mientras los sitiados tenían dentro pozos y fuentes abundantes. No dice Hircio qué lances ocurrieron en este cerco de Osuna, y el lector queda frustrado en su espectativa cuando más crecía el interés de la narración. Dion asegura, en términos generales, que acabó con gran derramamiento de sangre de los soldados de César.
Fundó éste colonia en Ursao con el nombre de Ge^ietiva yulia, y á ella envió sus moradores después de haberlos despojado de sus tierras en castigo de su obstinada defensa; pero la ley que les dio, ignorada hasta hace pocos años, y felizmente descubierta en las cinco tablas de bronce que llevan entre los eruditos el nombre de bronces de Osíina (i), prueba que no duró mucho en el corazón del gran dictador el vulgar sentimiento de la venganza. No es nuestro intento entrar en la exposición del derecho público ni en el de las leyes de procedimiento, ni siquiera en las prescripciones de derecho administrativo que establece este interesantísimo monumento jurídico. Nos limitaremos á una idea general y sumaria de la existencia legal que por él se dio á la colonia, y terminaremos con algunas curiosas leyes relativas á la moralidad de los funcionarios públicos, al espíritu de igualdad que las informa, y á la administración y policía municipal; y nos servirán de guía en la interpretación de este precioso código político y administrativo, escrito para la nueva colonia en los primeros meses después de la muerte de César, y por su mandato, los trabajos de los doctos Berlanga y Mommsen, que nos ponen de manifiesto la organización de la colonia Genetiva Julia,
(i) Fueron descubiertos estos bronces, según cree el señor Berlanga, en el camino de la Via, sacra,, á la falda del cerro donde estuvo la antigua L'rso.
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SU conformidad, en lo general, con la ley común y^u/m agraria, los puntos en que de ella se diferencia, y los horizontes que nos descubre, cerrados hasta ahora á la contemplación de los estudiosos.— De la ley dada á nuestra colonia se deduce, en primer lugar, que todas las de la Bética fueron sometidas á la obligación de proponer ó aceptar públicamente sus respectivas leyes, digámoslo así, constitucionales. — Ahora bien, su sustancia se reduce á lo siguiente. La colonia Genetiva estaba regida, en lo civil, por duunviros, decuriones y ediles; en lo religioso, por sus colegios de pontífices y augures. Los magistrados superiores, esto es, los duunviros, eran nombrados por los pobladores de la colonia en los comicios ; los decuriones, acaso también por el voto popular, si bien esto no aparece del todo claro por existir un vacío en el texto legal; y los ediles, de la misma manera que los duunviros. Estaban estos magistrados asistidos de sus correspondientes ministros: los duunviros, por dos secretarios, un alguacil, dos lictores, un arúspice, dos mensajeros, un pregonero, un copiante ó escriba, y un tibicen ó flautista; los ediles, por un secretario, un arúspice, un pregonero y un flautista. Tenían además siervos ó esclavos públicos. Eran los duunviros, como su nombre lo indica, dos, y los decuriones ciento, sin que se fije el número de los ediles. Los libertos podían aspirar á todos los honores y cargos públicos, y de consiguiente ser nombrados decuriones y ediles (especie de que hasta hoy no se tenía noticia, y que de por sí establece un progreso extraordinario hacia la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley).
Los ministros ú oficiales de los magistrados gozaban la exención del servicio militar, privilegio que terminaba con el año de su empleo. Las insignias de los magistrados eran la toga pretexta y las antorchas ó cirios, que los acompañaban cuando se presentaban en público. — Correspondía al duunviro el derecho de nombrar su delegado ó prefecto, para que le supliese en su ausencia ó en caso de hallarse impedido, y el de dar á su arbitrio jefe á los soldados en armas. Pertenecíale también la contrata-
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ción Ó arrendamiento de las rentas é impuestos; y era su atribución más importante la de ejercer la jurisdicción militar en tiempo de guerra y la judicial en tiempo de paz. — Los decuriones, sobre decretar el armamento de los colonos en casos de incursión hostil, y las obras públicas ó de defensa, á que estaban obligados todos los colonos é íncolas^ y además de regir por decreto las cosas sagradas, tenían el derecho de decretar la forma de elección de los patronos y huéspedes de la colonia, y el de permitir á determinadas personas sentarse entre ellos en los juegos públicos, é imponer su arbitrio á los dueños de los juegos escénicos en la distribución de las localidades. Cuidaban además de las aguas públicas, del tesoro y rentas públicas ; y para evitar pretextos á la maledicencia y ocasiones de cohecho y captación, estaba severamente prohibido que se recompensase con dinero, ó con otra dádiva cualquiera á costa del Erario, al magistrado que costease ornatos ó erigiese alguna estatua ; y recibir merced ó regalo por razón de arrendamiento de cualquier edificio ú obra pública. Un capítulo especial sobre el soborno prohibía expresamente el hacer regalos á los magistrados, y á éstos el dar banquetes públicos durante las elecciones. Los convites sólo eran permitidos en privado, y no pasando de nueve los comensales. Al mismo fin de la pública moralidad conspiraba otra prescripción, en cuya virtud no podía ser xíQ)Ví^x2.Ao patrono de la colonia ningún senador romano, ó hijo de senador, durante su cargo. Eran patronos de la colonia, no sólo todos los que habían cedido ó asignado tierras á los colonos, y estos por derecho propio, sino también sus hijos y descendientes, y los que los decuriones nombraban tales por decreto, hallándose presentes á la votación cincuenta cuando menos. — Entre los deberes de los colonos y de los simples íncolas, figuran como principales el de la milicia, siempre que la colonia estuviese en peligro, y el de concurrir á la ejecución de las obras públicas. Los decuriones decretaban sobre estos servicios, contra lo que pasaba en las demás partes, donde jamás disfrutaron de tal derecho los magistrados de las
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colonias y municipios. Lo relativo á las obras de defensa, nos revela un espíritu de igualdad que contrasta con la antigua legislación: aquí todos, ciudadanos é íncolas, aunque no sean propietarios, como los simples poseedores no ciudadanos ni íncolas, todos, están obligados á concurrir con sus personas, sean libres ó esclavos, desde los 14 hasta los 60 años de edad, y con sus bestias de tiro y carga, á la ejecución de las obras públicas por cierto número determinado de días. — Los íncolas ó indígenas, que no habitaban dentro de la ciudad, eran equiparados para el goce del fuero latino con los colonos, y en los espectáculos públicos estaban mezclados con ellos, á su vez, los huéspedes y forasteros (adventores).
Recopilaremos ahora brevemente el derecho que regía para la clase sacerdotal. Todos los años nombraban los duunviros, por decreto de los decuriones, y en los comicios, los ministros que habían de cuidar del culto en cada templo: el nombramiento de los pontífices se hacía, pues, como el de los duunviros, con el asenso del pueblo. Los colegios eran dos, y para cada colegio había tres pontífices ó sacerdotes. Para ser nombrado sacerdote, ó augur, sólo se requería pertenecer á la colonia. Ellos tenían el cuidado de los lugares sagrados, templos, santuarios y capillas: ellos ordenaban los juegos circenses y los sacrificios, y disponían las andas de los dioses. — Las ceremonias religiosas eran las conocidas de antiguo: los sacrificios, los banquetes de los dioses {ledisternid), las procesiones en los circos, llevando las imágenes de las divinidades en andas [pulvinares] , etc. Los privilegios de los sacerdotes eran: llevar la toga pretexta cuando celebraban sacrificios públicos y cuando los magistrados de la colonia daban públicamente juegos escénicos; sentarse en los juegos públicos entre los decuriones; estar exentos del servicio militar y de todo cargo público, incluso el de juzgar, ellos y sus hijos.
Los augures ó arúspices no juzgaban tampoco, ni administraban justicia; pero consultados, fallaban. — Las fiestas reli-
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giosas eran ordenadas por los duunviros y decuriones al principio de cada año.
De los juegos públicos, diremos lo más esencial. Los del circo debían ser celebrados por los curadores de los templos; los escénicos habían de ser inspeccionados por los magistrados de la colonia. Se mandó, andando el tiempo, por una ley del Código Teodosiano, que los magistrados de las colonias y municipios celebrasen juegos todos los años ; pero este precepto rigió para la colonia Genetiva Julia desde el principio de su constitución. — Había varios días destinados á los juegos: cuatro de los duunvirales, y tres de los edilicios, estaban destinados á los dioses mayores : Júpiter, Juno y Minerva. El cuarto día edilicio estaba consagrado á Venus; por donde se confirma la idea de Otto Hirschfeld de que nuestra colonia tomó el nombre de la madre Venus, numen tutelar de la gente Julia. — La colonia daba á cada duunviro 2000 sextercios anuales para los juegos públicos, y 1000 á cada edil; pero la ley mandaba que cada magistrado gastase de su peculio otros 2000 sextercios por lo menos. También á los curadores de los templos ó sacerdotes les mandaba gastar cierta suma. — Los juegos eran ó escénicos, ó circenses, pero sin gladiadores los que ordenaban los sacerdotes en el circo. Los gladiadores luchaban por lo común en el foro. — En los espectáculos públicos tenían derecho á sentarse entre los decuriones los magistrados, y los que habían recibido ó conservado el uso legal de las insignias decurionales; y todo Senador ó ex-Senador, ó hijo de Senador del pueblo romano; y todo tribuno militar ó comandante nombrado por el pueblo; y cualquier legado del procónsul. — En la colonia Genetiva los decuriones no tenían asientos fijos en el circo, pero en los juegos celebrados por causa pública, se les asignaba y reservaba el que habían de ocupar. En los juegos escénicos, lo mismo en Roma los Senadores, que aquí los decuriones, tenían señalada la orquesta como puesto de preferencia.
En cuanto á disposiciones administrativas y de policía urba-
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na y rural, contiene este precioso código algunas muy notables. — Ninguno, dentro del territorio de la ciudad ó de la colonia por donde pase el arado, transporte ningún hombre muerto, ni allí lo sepulte, ni lo queme, ni le edifique monumento ó sepulcro. Los duunviros ó los ediles cuiden de que sea demolido cuanto con este objeto se edificare. — Ninguno haga íistrina nueva, donde no haya sido quemado hombre muerto, á menos de 500 pasos de la ciudad. — Ninguno en la ciudad de la colonia Julia desteje, demuela ni destruya un edificio, si no diese garantía ó arbitrio de los duunviros de que habrá de reedificarlo. — Ninguno tenga en la ciudad de la colonia Julia alfarería de más de trescientas tejas, ni tampoco tejar. Si algún duunvir ó edil quisiese dentro de los límites de la colonia Julia hacer, prolongar, variar, construir, reforzar vías, acequias ó cloacas de uso público, séales lícito hacerlo sin perjuicio de ningún particular. — Se respetan los límites, vías y caminos públicos que existían antes de fundarse la Colonia, y las servidumbres de paso, senda, etc., según se hallaban establecidas ; se respetan asimismo los aprovechamientos de los ríos, arroyos, fuentes, estanques y demás aguas públicas, conforme estaban de antiguo constituidos. — Mándase finalmente que nadie venda ni arriende por más de cinco años los campos, las selvas ni los edificios que fueron dados y atribuidos á los colonos de la Genetiva Julia.
Batió Ursao monedas con el símbolo de la esfinge, y algunas de estas se conservan con la cabeza laureada de Augusto, de bastante buen dibujo. Hizo dedicaciones de estatuas: una de ellas cita Ambrosio de Morales, en cuya basa leyó
SOCERO FORTISS. niPERATORUM,
designando sin duda á alguno de los Antoninos ; y de otra hacen mérito el P. Flórez, Grutero y Muratori, con la inscripción
RES P. URSONENSIUM D. D.
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AsTAPA {Estepa). Hacia los altos de Camorra y Camorrillo, allí inmediatos, se distinguen todavía con el nombre de Estepa la vieja, y en paraje llano que cuadra con la descripción de T. Livio, reliquias de aquella heroica población, émula de Sagnnto y de Numancia, que testificó su fidelidad á Cartago suicidándose en una gran pira de fuego con sus mujeres, hijos y tesoros, por no entregarse á los romanos (i). Confijndíase antiguamente á AsTAPA con OsTipPO, despoblado de Teba la vieja en la provincia de Málaga (2).
Sorprende que habiendo sido la ciudad de Astapa tan insigne por su desesperada braveza, sólo Plinio entre los cosmógrafos antiguos haya hecho mención de ella. Ignoramos por lo tanto cuándo fué destruida; mas por algunos fragmentos de escultura en su antiguo asiento descubiertos, y llevados luego á Estepa la moderna, colegimos que todavía existía en la buena época del arte romano, esto es, en el siglo i de nuestra Era. Cita Morales como la más insigne antigualla de las que allí se encuentran, un Hércules de mármol, que está en la plaza, el cual, aunque mutilado, manifiesta bien la grandeza y gentil arte con que fué esculpido. La basa de este coloso se guardaba en tiempo del citado historiador en una casa particular, asaz maltratada, deduciéndose tan sólo de su rota inscripción que Annia Lais había costeado la obra y hecho su dedicación con juegos circenses á caballo y con banquete público.
En la iglesia de S. Sebastián conserva Estepa la memoria de un joven romano, llamado Lucio Cesio Maximino, que fué violentamente muerto, y este monumento es doblemente curioso, porque expresa ser aquel desgraciado natural de Cedripo, y por haber aparecido en una heredad entre las dos Estepas vieja y nueva. Morales reduce este lugar de Cedripo á lo que se llama
(i) Refiérelo Tito Livio diciendo con su admirable laconismo: ita Astapa, sine prceda, militiim ferro, igniqíie absumpta est.
(2) Débese al señor don Aureliano Fernández-Guerra la más acertada reducción de esta mansión de la vía-romana desde Híspalis á xMalaca.
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hoy la Alameda, sitio distante unas 2 leguas de Estepa, muy fresco y ameno, donde hay grandes muestras de antigüedad, y entre éstas, una inscripción notable esculpida en una gran basa que sirvió á las dos estatuas de bronce de Cayo Memmio Optato y de un hijo suyo.
Ventipo, Ventispontem (cerca de Pítente Genil ?) (i). De este pueblo hay memoria en el comentario de Bello hispaniense^ donde leemos que César le tomó antes de llegar al campo de Munda... Cerca de Puente Genil, ó Puente de don Gonzalo (como se decía antiguamente), en un sitio que llaman Vado García, se encontró años há una lápida sepulcral con inscripción en que se nombra á Quinto Equitio, de edad de 60 años, y á Equitia Tusca, de 9 años, ventiponeses ambos, allí enterrados.
Las medallas de este lugar son interesantes : tienen por un lado una cabeza de guerrero con galea, y por el otro la figura en pié de un gladiador de los que llamaban reiiarii porque luchaban con aparato piscatorio, á saber, tridente y red, del cual usaban para sujetar al competidor y darle luego la muerte. El gladiador reciario llevaba, dice san Isidoro, la red oculta, echábasela al contrario á modo de lazo, y enredándole en ella, le hería, ya con el tridente, ya con el puñal que tenía al costado. Este género de lucha estaba dedicado á Neptuno, cuyo imperio simbolizaba el tridente.
Calentum [Cazalld). Menciónale Plinio entre los pueblos del convento jurídico de Híspalis; era país de montaña, situado en aquella parte de los montes Marianos que cae hacia el río Anas ó Guadiana. Una particularidad muy notable era la calidad de su tierra, de la cual se hacían ladrillos tan ligeros y esponjosos, que después de secos sobrenadaban y no los penetraba la humedad. Vitrubio reconoció la grande utilidad de estos ladrillos para las construcciones (2).
(i) Contradice esta reducción el señor don Adolfo de Castro : los lundamentos de su oposición pueden verse en su Ob. cit., Lib. I, cap. III, p. 58. (2) Lib. II, cap. 3.
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Maxilua (acaso en la misma sierra, sin reducción conocida). Nómbrala Plinio unida con Calentó, atribuyendo á los ladrillos hechos con su tierra la misma propiedad que tenían los de aquella otra (i). Tolomeo pone á Maxilua en Sierra Morena al mediodía de Aracena (antigua Lelid).
No son menos dignas de notarse las ciudades y otras poblaciones con que contaba la Bética romana en la actual provincia de Cádiz. Hemos hecho ya mención de los establecimientos de los fenicios y de los griegos en la costa desde las columnas de Hércules en el monte Calpe, hasta la desembocadura del Betis. Siguiendo el derrotero de los antiguos geógrafos Estrabón, Pomponio Mela y Marciano, de oriente á occidente, en cuanto penetramos en la magnífica entrada del Estrecho por donde rompió el mar en remotos tiempos el gran eslabón de granito que unía á España con el África, descubrimos á nuestra derecha, en un espacioso golfo (hoy golfo de Gibraltar), como saliendo de las seculares y venerandas ruinas que descubre la baja mar en Rocadillo, la renombrada ciudad de Carteya (2).
Fué esta ciudad arsenal de los iberos: señoreáronla luego los fenicios; fué después una de las pocas factorías griegas que toleraron en la Bética aquellos; los griegos le dieron el nombre de Tartesso, sin duda después de destruida la antigua ciudad turdetana de este nombre que existía entre los dos brazos ó bocas del Betis. Los romanos la llamaron Carteia, y la hicieron colonia, aunque de libertinos, con motivo de que más de cuatro mil hombres hijos de soldados romanos, habidos en mujeres españolas cautivas, pidieron al Senado lugar en que habitar, y les fué señalada aquella ciudad, según explica Tito Livio. Son muchas y varias las medallas de Carteya que andan en
(i) In uUerioris Hispanix civiiatibus Maxilua et Calentó, fiíiiit lateres, qiti siccati non merguntur in aqua. Edición de Harduino, lib. XXXV, cap. 14.
(2) M. Ford dice que aún se observan entre estas ruinas los restos de un anfiteatro, pudiéndose además trazar una parte de la ciudad.
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poder de los aficionados (i), y entre ellas las hay muy notables por la belleza del cuño romano, que presenta unas veces una cabeza de mujer torreada y un pescador en el reverso, otras una cabeza de hombre laureada y un delfi'n, otras un delfi'n y una proa (2), etc. Pasadas las ruinas de Rocadillo (cerca del paraje donde hoy descuella Algeciras)^ existió hasta el tiempo del emperador Claudio una ciudad denominada:
Julia traducta ó transducta. Habitáronla africanos de Zeles, ó tingitanos, trasladados á nuestra costa cuando por muerte de su rey Boceo quedó la Mauritania incorporada al imperio romano viviendo Augusto. Añádese que después de traspasar Augusto á España esta población, terminada la guerra de Cantabria, le dio el nombre de yulia Joza (3), y Bochart explica que esta segunda palabra es púnica y equivale á Transciucta, ó trasladada. En esta ciudad, que primitivamente se llamó Tingeniera, nació el célebre Pomponio Mela, elegante escritor latino, y sin duda alguna florecieron allí las artes, porque las medallas de Julia Traducta batidas en tiempo de Augusto ofrecen excelente dibujo y muy bella disposición. El P. Flórez publica una muy notable, en cuyo reverso están figurados el simpulo ó vaso con que se hacían las libaciones en los sacrificios, y el albogalero ó bonete que usaban los flámines, sacerdotes de Júpiter. Este bonete tiene la figura de una mitra cerrada, con una cruz en la parte superior. Á Julia Joza sigue
Mellaría (cercana á Tarifa). Había varias Mellarías en España; ésta se distinguía de las otras en hallarse situada en la costa del Estrecho, habiendo en ella una de las célebres almadrabas ó pesquerías de atunes que establecieron los antiguos en toda aquella ribera desde Algeciras hasta el Guadalquivir.
(i) Un caballero inglés de Gihraltar, M. Kent, poseía hace algunos años un rico monelario de Carteya y otras antigüedades extraídas de sus ruinas. — La Real Academia de la Historia tiene en su gabinete de antigüedades muy curiosos objetos de la misma procedencia.
. (2) Pueden verse en el P. Flórez. Tomo i o, pág. 48.
(3) Véase ú Estrabón.
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La pesca y arte de salar el atún, introducido desde los tiempos más remotos, según se colige de las medallas gaditanas en que está representado aquel pescado, era de gran rendimiento para todos los pueblos de almadraba. Hacíase la pesquería en los meses de mayo y junio, siendo todavía tan puntuales los atunes en acudir por este tiempo, que puede decirse lo tienen de naturaleza.— No es poco interesante en verdad que desde el mar de Noruega vengan estos animales en boles de más de mil atunes en busca de las grandes corrientes del Estrecho para desovar en ellas, guardando en el caminar el mayor orden y concierto, huyendo de las aguas turbias, regalándose con el templado y fresco viento, y para gozar más de él, arrimándose á la costa, donde los esperan las redes y el cuchillo de los javegueros.— Pasado el pueblo de Mellarla, que es el punto de la costa más cercano á África, empieza á abrirse la gran valla de los dos continentes y se entra en el Océano. El puerto de la Bética romana más inmediato es
Belón, Bellone Claudia {despoblado de Bolonia). De esta población, no lejana de un río del mismo nombre {Belona^ hoy Barbate), sólo se deduce el sitio por los textos comparados de Antonino, Plinio y Solino, los cuales convienen en que era el puerto donde generalmente zarpaban las naves para pasar á África. Era de origen fenicio, y hubo en ella templo consagrado á Baal ó Bel (i). Sigue
Bessipo (en las inmediaciones de los Caños de Meca). De los antiguos geógrafos se colige que estaba este pueblo entre el río Belona y el promontorio de Juno (Cabo de Trafalgar).
No se divisan en toda la costa más que desiertos arenales: ¡ni una ruin palmera, ni una mata de yerba que destaque sobre el blanco sudario de calcinada tierra que cubre las ruinas de tantas poblaciones, centros risueños de prosperidad y vida en otros tiempos! Y sin embargo, ¡cuan grandiosa es esta soledad;
(i) V. la obra Iberia, Phcvnicea, del Dr. Villanueva. Dublin, 183 i,
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cuan fecunda la melancolía que del alma se apodera á la vista de estos dos océanos, uno de azules ondas, otro de secas arenas, disputándose mutuamente por espacio de miles de años los olvidados desperdicios de las hechuras de los hombres! Allí se descubren, cuando el Océano retira sus aguas, dos moles informes cubiertas de algas, que la tradición llama sepulcros de los Geriones. Son probablemente restos de túmulos célticos que duran aún atestiguando la nada de las humanas grandezas y el misterioso algo de las humanas aspiraciones.
Promontorio de Juno [Cabo de Trafalgar). Aquí, según Tolomeo, no hubo población, sino sólo un templo dedicado á aquella diosa (i). Cruzando este promontorio, costeando al noroeste, y pasando por una población antigua cuyos vestigios aún subsisten en Conil, aunque su nombre se ha perdido, y dejando á un lado á Melgabro, se llegaba á una mansión llamada Ad Herctdem ó templo de Hércules. Llegábase después á la isla
Erytheia (hoy Santi-Petri .'^), separada de Gadira, dice Estrabón, por un pequeño estrecho. Era tan feraz y hermosa esta isla, que los gaditanos la prefirieron á la suya propia, y atraídos por sus naturales halagos, fundaron en ella otra ciudad en contraposición de Gadira. Habíanla dado el nombre de Erytheia los tirios, progenitores de los cartagineses: este nombre se hizo extensivo á la Isla gaditana, y desde entonces empezaron á llamarse ambas Erytheias. Aphrodisias las denominaron luego los griegos por la feracidad de su terreno y por el regalo y placeres que en ellas disfrutaban sus moradores; é islas de y uno ó Junonias sus mismos habitantes.
En esta isla, y no en la de Gadira, sitúan algunos eruditos el famoso templo de Hércules, que nosotros hemos colocado en las cercanías del puente de Zuazo. Nos habríamos equivocado si pudiera probarse que eran de dicho templo las ruinas que dice Flórez se descubrieron en la orilla de la isla de Santi-Petri (2)
(i) Promontorium a qiiofreiíini, in qiio Jiinonis templum.
(2) Sancii-Petri, debería escribirse; pero seguimos el uso común.
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durante la baja extraordinaria de la mar en el año 1730, ruinas que luego volvió á cubrir el agua sin que conste hayan sido exploradas nunca; pero la noticia que este anticuario nos transmite es harto vaga para excluir la idea de que aquellos restos hayan podido pertenecer á cualquier otra construcción (i). Por cierto no repugna que los griegos focenses, que tanto construyeron en estas costas y sus islas, dejasen allí algún templo como los que habían erigido en honor de la diosa Juno; y así parece indicarlo el nombre de yunonia aplicado á esta pequeña isla.
CoTiNusA, Tarteso, Gadira (hoy isla de Cádiz). El nombre de Cotinusa se le dieron, según Timeo, sus naturales, tomándolo sin duda de los fenicios : los griegos el de Tarteso, y el de Gadira los cartagineses. Los mismos nombres, con otros más, llevó la ciudad de Cádiz, pues sobre ser comunes á ambas los de Erytheia, ApJirodisia y yunonia, que llevaba más propiamente la isla de Santi-Petri, se decoró en los tiempos de Balbo y bajo el Imperio con los dictados de Dydima y de Augusta yulia. Este último nombre fué el que prevaleció entre los romanos. Plinio la llama población de ciudadanos romanos (2) : honor que le fué concedido por Julio César, y que confirmó luego Roma. Ya antes había otorgado Pompeyo á Lucio Cornelio Balbo ese mismo honor de ciudadano romano, por los muchos servicios que á la República había prestado desde el tiempo de Q. Mételo y C. Memmio hasta las batallas Sucronense y Turiense (3), y el Senado lo había aprobado en el consulado de Léntulo y Gelio. Fueron los Balbos para Cádiz lo que algunos siglos después para las repúblicas italianas tantas otras familias en la historia
(i) Admira en verdadque el buen criterio del P. Flórez haya dormido en esta ocasión hasta el punto de querernos persuadir como que el referido Templo existe debajo del agua todo entero, manteniendo, ni más ni menos, la forma misma con que nos le representan las antiguas medallas, sus cuatro columnas, su frontón y su escalinata. Véase Esp. Sagr., trat. 31, cap. 2.
(2) Oppidiim civiiim romanorum, quod apellatur Augusta, urbs Julia Gaditana,.
(3) Véase la oración 36 de Cicerón en favor de L. Cornelio Balbo; á quien se disputaba esta concesión.
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ilustres, que, debiendo al comercio sus riquezas, llegaron á ejercer en ellas una saludable aunque omnímoda autoridad, haciendo refluir su prosperidad sobre el suelo en que se había mecido su cuna. Aquella hermosa Gadira, escala del comercio del Océano, emporio de los más codiciados productos del Occidente, mercado donde compraban las gentes de Asia, África, Italia y Grecia el estaño de las Cassitérides y el ámbar del Báltico, voluble é inconstante con todas las razas, atenta sólo á sus ganancias, se había siempre puesto de parte del más poderoso: infiel á los fenicios al preponderar los cartagineses, traidora con éstos al verlos vencidos por los romanos, sólo al sólido poderío de Roma guardó lealtad no desmentida, y entonces fueron sus más esplendorosos días, porque logró ser la ministra de muchos goces del pueblo rey y de sus señores. Lo que fué Venecia y es hoy París, llegó á ser Cádiz para la estragada juventud romana: allí encontraban las viviendas marmóreas de sus mercaderes convertidos en príncipes, allí las delicias de la gastronomía, del baile, de los espectáculos, disipaciones de todo género en lo más clásico y selecto del vicio. Y no sólo los bulliciosos jóvenes, sino hasta los mismos filósofos adustos, acudían á Cádiz á gozar de los atractivos de la naturaleza, porque su sol y sus brisas eran reputados en lo antigfuo como maravillosamente benéficos: todos los escritores decantaban sus incomparables ventajas, y mientras los unos se recreaban, como Petronio y Marcial, con las improbes gaditance que ejecutaban las orientales danzas lascivas, los otros, como Apolonio, Solino y Artemidoro, se abstraían en conjeturas acerca de las periódicas pulsaciones del poderoso Atlántico (i).
Con las mercedes y privilegios que de Roma alcanzó la rica abastecedora de salazones y bailarinas, creció tanto su vecindario, que dice Estrabón llegó á tener quinientos équites romanos (2),
(t) Apolonio creía que las aguas eran periódicamente absorbidas por vientos submarinos; Solino suponía que hacían lo mismo con ellas los grandes animales que el mar alberga en su fondo ; Artemidoro entendía que el disco del sol aumentaba cien veces de volumen al hundirse en el gran depósito de las aguas.
(2; Entraban en éstos sólo los principales y nobles.
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número que, fuera de la gran corte del Tíber, ninguna otra ciudad mas que Padua podía ostentar.
Habiendo los romanos repartido el gobierno de la Bética en cuatro conventos jurídicos, cúpole á Gades ser uno de ellos, y su jurisdicción se extendió á la Mauritania Tingitana por concesión del emperador Otón, sucesor de Galba. Tenía los mismos ministros y oficios de justicia que Roma, y es de presumir que ninguna ciudad de España se le acercase tanto como ésta en el esplendor de los edificios, pues vio erigir palacios, fortalezas, altas torres, ricos y espaciosos templos, comicios, erarios, trofeos, plazas, arcos, pórticos, pirámides, estatuas, columnas , agujas y obeliscos , acueductos , teatros , anfiteatros, y cuantas construcciones pueden hacer famosa una ciudad.— Deben mencionarse como de las más notables entre estas: el arrecife ó calzada que desde la ciudad iba hasta Roma, pasando por Sevilla, Mérida, Ciudad-Rodrigo, Salamanca, León, Francia é Italia, con ramales que le unían á otras poblaciones no menos importantes ; y el gran acueducto del Tempul, que desde las sierras de Ronda, distante más de trece leguas de camino peñascoso y áspero, de altos cerros y valles profundos, ya formando caños sobre pilares fortísimos, ya taladrando peñascos y colinas, ya corriendo por lo llano sobre un lecho de dura argamasa en cauces de piedra para que no adulterasen el cristalino raudal las corrompidas humedades de la marisma y lagunas intermedias, venía hasta la Isla, y antes de entrar en ella era recibido por un macizo puente gallardamente tendido sobre el brazo de mar que hoy llamamos de Santi-Petri (i). — Era este
(i) El acueducto del Tempul llegaba hasta tocaren el arrabal de Gades, vaciándose en siete grandes albercas, de donde se repartía el agua por toda la ciudad. Horozco atestigua haber visto algunas de estas albercas, que permanecían en su tiempo tan enteras como si hubieran pasado por ellas muy pocos años. No sabemos si hoy existen. Hallábanse junto al lienzo de la muralla y donde estaba la puerta llamada del muro, hoy Puerta de tierra. Tenía cada alberca 200 pies de largo y 70 de ancho. Ocampo y otros autores afirman que se edificó este soberbio acueducto á costa de Cornelio Balbo, á propósito de lo cual opina el ya citado Horozco, que no lo pagaría precisamente de sus fondos particulares, sino que man-
puente el que hoy en parte aún dura con el nombre de Puente de Zuazo. Supónese su primera edificación obra de fenicios ó de cartagineses: su fábrica era de muy grandes losas, trabadas unas con otras sin mezcla alguna de cal ó mortero ; su longitud de trescientas varas, su anchura de diez ; corría el agua por tres ojos solamente, dos de ellos tan anchos, que pasaban por allí las naves de mayor porte. — Horozco asegura que cerca de las albercas en que vertía el acueducto del Tempul se descubrían en su tiempo todos los cimientos y paredes de un teatro enteramente circular, de 120 pies de diámetro y 360 de circuito, con muros de fortísima mampostería de tres varas de espesor. Añade que la gente decía que sus mayores habían conocido este edificio casi entero, con muchas gradas, algunas columnas, y una torre allí cerca, y que todo inconsideradamente se había desbaratado para aprovechar sus piedras en otras construcciones modernas. No sabemos si sería este el teatro que supone Flórez edificado por Balbo, y que en tiempo de Dión mantenía este nombre : teatro ilustrado con la presencia de Augusto en el año 741 de Roma, y dedicado con públicos y magníficos espectáculos á la poderosa metrópoli á quien tanto encumbramiento debía aquel desinteresado varón.
Otra grande obra de los romanos en Gades fué el anfiteatro y naumaquia, cuyas ruinas aún subsistían en el siglo xvi, manifestando la forma y tamaño de su planta , desde la ermita de Sta. Catalina hasta la isleta de S. Sebastián. Divisábanse entonces sobre la Caleta los cimientos en pié, al paso que al otro lado de la mar, hacia el mediodía, todo aparecía gastado y deshecho hasta la arena de la gran mole. Según las noticias que en aquella época se consignaron , esta soberbia construcción era oval, de 450 varas de longitud y 150 de anchura: exce-
daría él hacer la fábrica durante su consulado, ó alcanzaría del Senado, ó de los emperadores en cuyo tiempo fué cónsul, que la mandasen hacer, y él daría al efecto la industria y la traza, y aun ayudaría quizás en parte con su propia hacienda.
día en magnitud y en importancia á los anfiteatros de Sagunto, de Itálica, de Toledo, de Mérida, de Cartagena y de otros puntos, y aventajábase además á todos estos respecto de la comodidad para los juegos á que estaba destinado, pues servía á un mismo tiempo para las lides en la arena y los combates en el agua: espectáculos que en ocasiones solemnes se entremezclaban y alternaban, como se verificaba en Roma con asombro del pueblo y recreo de los emperadores.
Al hablar del anfiteatro de Itálica, indicamos sumaría y ligeramente la disposición general de estas construcciones. Con la misma brevedad la completaremos ahora. Por lo que fijé el Coliseo de Roma, edificado por Vespasiano y Tito con el propio objeto sobre las ruinas del famoso anfiteatro de Nerón, puede colegirse que si el de Cádiz tuvo realmente la magnitud que se supone, no dejaría de estar decorado interior y exteriormente con arquerías, pórticos, columnas, epistilios, zóforos, coronas, pinturas, estatuas y cuanta donosura ostentó el arte en aquel admirable modelo, y en las imitaciones que sugirió la identidad de gustos y costumbres en Verona, Capua, Puteólo, Alba, Istria, Arles y Nimes.
El pueblo gaditano es como el romano, caprichoso : le cansan á veces los espectáculos sangrientos ; denle representaciones grandiosas y de maravilloso efecto. Conviértase de repente en enmarañada selva la descampada cavea, abriéndose por medio de ingeniosas combinaciones subterráneas y brotando como por encanto centenares de árboles corpulentos y poblados; retiemble la improvisada floresta con los ecos de las trompas, los gritos de los cazadores y los rugidos de las fieras; salgan éstas de sus antros y cúbrase la escena de toda clase de alimañas en que la singularidad de las especies excite la curiosidad del espectador indiferente; trueqúese de súbito en laguna la seca arena ó el silvestre bosque, y sucedan á las lides terrestres de los hombres entre sí y con los voraces animales, fieras acometidas de monstruos marinos; ó poblándose el agua dé voladoras galeras, trá-
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bense combates navales y sangrientos abordajes, ó danzas marítimas, nuevas y apacibles, de nereidas y tritones (i).
Como edificado junto al mar, tenía el anfiteatro de Cádiz la ventaja de ofi'ecer cómoda vista cuando se celebraban grandes fiestas navales en la Caleta, pues presentaba también varios órdenes de asientos hacia aquella parte.
Aunque tan hecha la fenicia Gades á los usos y costumbres de los romanos, nunca perdió del todo su carácter oriental primitivo, haciendo de él ostentoso alarde en tiempo del mismo César, que la declaró municipio, y bajo los emperadores que enseñorearon la España, como lo prueban sus medallas selladas con los tipos y caracteres de los antiguos cuños greco -fenicios. Perseveró siempre en Gades la religión y culto de esta misma procedencia, de que hicimos ya mención describiendo su famoso templo de Hércules, puesto que escritores del siglo iii, como Filóstrato y Eliano, nos refieren que veneraban los gaditanos de su tiempo á la senectud y á la mtierte, y que en aquel histórico templo tenían aras separadas el héroe egipcio y el tebano, ambas de bronce, aunque ninguna con estatua, añadiendo Silio que los trabajos de Hércules estaban allí representados en figuras de relieve.
Frontero á Gades, en lo más retirado de la curva costa que-
(1) El Excmo. Sr. D. Juan Gualberto González, elegante traductor y comentador de las Églogas de Calpurnio (Véase el tomo II de sus recomendables Obras en verso y prosa. Madrid, i 844) ilustró con eruditas y oportunas notas la descripción que en la égloga séptima hace Coridón á Licotas de las magníficas fiestas que en tiempo de Carino se dieron en el anfiteatro de Vespasiano, conocido vulgarmente con el nombre de Goloseo ó Coliseo. Justo Lipsio, Onufrio Panvinio, Bulengero, el marqués MalTei, le han suministrado curiosas noticias, de las cuales resulta que los emperadores trataron de aventajarse unos á otros en la magnificencia de los espectáculos; que Nerón dio el de una gran" cacería, después de la cual se cubrió la arena de agua, bastante para sostener una escuadrilla de buques de á cuatro bandas de remos, que trabaron un combate ; que después quedó en seco y combatieron en ella gladiadores, acabado lo cual, volvió á inundarse, y continuó así durante el magnífico banquete que dio el emperador á todos los espectadores; que finalmente hubo naumaquias en tiempo de Augusto, de Calígula, de Domiciano y otros emperadores, espectáculos amenizados con lluvia de aguas olorosas que por conductos secretos rociaban al público durante la función.
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ciñe al nordeste su espaciosa bahía, bañándose en las aguas de esta y del Guadalete, alzábase como uno de los más codiciados ingresos á las risueñas poblaciones de tierra adentro, el Min Asta (puerto de Asta), ó
Puerto Menestheo (hoy Puerto de Sta. María) , cuyo nombre púnico estropearon los griegos, guiados más que de su significación, de su sonido, dando margen á que se le creyese fundado por un heleno que probablemente ni existió (i). Saliendo de este puerto y siguiendo la costa de la bahía al sur, se llegaba á la boca de otra bahía interior, donde fondearon Magón con su escuadra y Julio César con sus veloces galeras.
Si los estuarios del Chryso ( Gtiadiaro F) tenían sus vigías y sus defensas, ¿cómo no había de tenerlas el sacro Betis? Éralo de este, al mismo tiempo que benéfico faro para los que saliendo de la bahía gaditana buscaban la entrada del Guadalquivir, la que llamaron los fenicios roca del sol [Cap EonJ; nombre que, corrompido por los griegos y los romanos (2), siempre desdeñosos con las lenguas extrañas, se convirtió en
Torre de Capión ó Turris Capionis (hoy la Salmedina). Esta torre se hallaba, según testimonio de Estrabón, fundada sobre un peñasco batido por el agua ; era su fábrica admirable, y servía como de faro á los navegantes. Algún antiguo geógrafo la llama sepulcro de Ccepion (3), y la sitúa más sobre tin peñasco que sobre u?ia isla. No es esta propiamente hablando, como algunos han supuesto, la situación que hoy presenta Chipiona, que ocupa por el contrario en la playa del mar un llano y agradable asiento; Chipiona fué la Ara yunonis de Pomponio Mela, llamada así por un templo famoso que allí tenía la diosa Juno. Supónese también que donde descuella hoy Chipiona asentó en los
(i) El nombre de Meueslheo parece por otra parte un compuesto de Menes y íhis ó Menes y teut., y en tal caso, queda campo abierto acerca del origen de dicha población á otras suposiciones.
(2) Tou KaTiíOjvor Tiupyo^: Ccepionis íiirrís.
(3) Mela, lib. III, cap. i .
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remotos tiempos la ciudad de Eubora, que Mela llamó simplemente castillo, y que los cosmógrafos modernos denominan Eóoj^a de los Tai^tesios para que no se confunda con otras Eboras que había en la península. Pero esto es erróneo, porque los vestigios de Ebora se encuentran, con su propio nombre, en el mismo lugar que señaló Estrabón, junto á la orilla del Betis.
Á un cuarto de legua de Chipiona, el santuario de Regla lleva en su rico enlosado de mármoles un irrefragable testimonio de que no estuvo despoblada esta parte de la ribera bajo la dominación romana. «En el mes de noviembre de 1694 (léese en un viejo manuscrito del P. S. Clemente), habiendo batido la mar con desusada furia la arenosa playa cercana al promontorio de Regla, dejó descubiertos varios sepulcros de mármol de forma de cofre. Contenía cada uno de ellos dos urnas de mediana magnitud, la una llena de cenizas, la otra vacía. Había allí también monedas. Hallábame yo á la sazón enfermo en Sanlúcar y no me fué posible ir á reconocerlos; pero los PP. Agustinos de Regla me enviaron las monedas con todas las noticias necesarias y me preguntaron á qué época y nación podían pertenecer aquellas sepulturas. Contesté que todas eran romanas y de época anterior al nacimiento de Jesucristo.» De estos sepulcros se hicieron losas para solar la iglesia de Regla. ¿Quién sabe si aquellas mismas urnas funerarias no eran una anterior transformación de otras reliquias, ruinas quizá de los antiguos templos de Venus y Juno que en aquella costa habían existido (i)?
LucENDUBiA ó Lux DUBiA, Ó Fanum Lucifer^ [Safilúcar). En el brazo occidental del Betis y en su desembocadura en la mar, alzábase el templo del Lucero ó de la Lucífera Venus, llamado también Lttz dudosa. Existen medallas que autorizan todas estas denominaciones: presentan unas una grande estrella dentro de una corona de mirto; otras la cabeza de Vulcano; otras un
(i) Afírmalo, aunque no sabemos con que fundamento, F^r. Pedro de Molina en su crónica de la casa de Medina Sidonia.
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busto de frente, cercado de rayos; — símbolos todos de la estrella de Venus, 'Wd.viVdiád. phosphoros ó Lucifer cuando antecede al sol, y héspero por la tarde : estrella de luz dudosa en la hora del crepúsculo.
Hemos nombrado las poblaciones principales que conocieron los cosmógrafos romanos en la costa de la provincia de Cádiz. Pasemos á dar razón de algunas ciudades notables del interior.
CAPÍTULO X
De otras poblaciones en lo interior de la provincia romana: Asta. — Asido. — Ceret. — Arci. — Carissa. — Lastigi
AS marismas ó estuarios de la Bética proporcionaban fácil comunicación á estos pueblos entre sí. Hoy con las inundaciones, guerras y olvido de los naturales, están lastimosamente cegadas y perdidas las marismas abiertas por los antiguos; pues es de notar que no eran solamente estas las tierras bajas y palúdicas que suele cubrir la mar en su creciente, sino que además se facilitaba la entrada á sus aguas con obras artificiales, como fosas y caletas, con lo cual quedaban á una gran distancia tierra adentro accesibles á las naves muchos centros de población que de otro modo habrían carecido de las ventajas del comercio marítimo. Navegábanse unas y otras marismas como si fueran ríos, con barcos pequeños y grandes, de manera que todas las ciudades mediterráneas eran en cierto modo puertos, formando aquellos estuarios una exten-
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sa red de canales (i). Comunicaban además estos canales con los ríos, y entre unas y otras aguas descollaban las florecientes moradas de los fabricantes, mercaderes, extractores y traficantes de todo género. Aún se reconocen en todo el término que corre desde el Guadalquivir al Guadalete al mediodía de las Cabezas de S. Juan y de Lebrija, reliquias de aquellas útilísimas comunicaciones, á las cuales da la gente del país el nombre de Cafios. « He visto con observación el sitio de Jerez y su comarca, dice un erudito anticuario del tiempo de Felipe III;... consultáronse á instancia mía el maestro mayor con los demás diputados por orden de su majestad para la fábrica de las torres que en esta costa de nuevo se han hecho y fortificado para su defensa, y que para dicho efecto una y muchas veces han corrido esta tierra, y más particularmente la de Lebrija y Sanlúcar hasta Jerez y Guadalete por orden de la ciudad, para considerar cómo y dónde se podría llamar el río Guadalquivir al Guadalete, restituyendo la oportunidad de la navegación antigua de tanto interés, no más desta comarca que de todo el reyno. Y todos ellos afirman que Jerez está situada en medio de los esteros y cercada dellos por todas partes, así de los que del Guadalquivir vienen por Lebrija y la Mesa de Asta, como de los que desde Sanlúcar y Rota entran por aquella marina hacia Jerez y Guadalete hasta el Portal, y los que de Medina y Chiclana corren del mar y de Guadalete (2).» De manera que el viajero que se dirige á Jerez, de cualquier parte que vaya, atraviesa esteros y marismas cegados, y se puede con fundamento presumir que así como en los Países-Bajos están las poblaciones unidas entre
( I ) /Eshiciria hxc vocanl, ubi cavííatcs nuxri impida: fhiiuinum instar Jacultatem naveoandt in mediain ierram, el urbes in ea sitas ■prxbenl. Naveoalionibus aittem non flumina modo inservtunt sed et cestus effiísiones amnium símiles, per quas eodem modo navigaíur á mai i non exigiiis tantum sed inagnis quoque lembis ad urbes mediterráneas. Adjiívant fossce quibusdam locis actcv, per quas multis de locis bine inde merces trahuntur, et inter íncolas et ad exteros. Estrab., lib. III.
( j) Nombre, sitio y antigüedad de Jerez de la Frontera, por el P. Martín de Roa; cap. IV.
SEVILLAYCADIZ iq".
SÍ por medio de canales y ferro-carriles, estaban en tiempo de los romanos enlazadas unas con otras las ciudades de las tierras bajas fertilizadas por el Guadalquivir y el Guadalete desde Nebrissa hasta más allá de Asido. Entre las que disfrutaban de esta ventajosa situación, se distinguían Asta regia, Asido, Ceret y Arci.
Asta regia (hoy Mesa de Asta) (i). Era sin disputa la más célebre de cuantas descollaban en los esteros del Betis. Hallábase por el agua en comunicación con Nebrissa (Lebrija) y el Betis hacia el norte, con Jerez y el Guadalete hacia el mediodía. Por otra parte, los restos de canales cegados que se descubren en la dirección del Portal á Sanlúcar y á Rota, y en la línea del Guadalete á Medina Sidonia y Chiclana, manifiestan que desde Asta se podía navegar á cualquier punto de la costa sudoeste de la Bética. En Asta era donde celebraban sus juntas ó asambleas los turdetanos (2). Mela la llama Colonia Asta; Plinio la numera en el convento de Híspalis y la denomina Colonia regia.
Ocupaba un llano sobre un pequeño collado, que hoy retiene su nombre y sus ruinas (3): sus campos eran fértiles, aunque
(i) Estrabón fijó claramente su situación con sólo decir que las crecientes del mar eran tales en sus marismas, que llenándolas de ríos, permitían desde ella navegar hasta las poblaciones inmediatas, pues esto se verifica en el terreno donde está la Mesa, de Asía.
Morales la coloca equivocadamente entre Jerez y el Puerto de Sta. María. Mariana hace la misma reducción. El P. Hierro la reduce á un sitio llamado el Cortijo de Ébora. Caro en su Convento jurídico la sitúa con el P. Flórez más acertadamente entre Jerez y Trebujena. El P. Roa se esfuerza en probar que el asiento de la antigua colonia de Asta no es otro que el de Jerez de la Frontera; pero rebate esta opinión el P. Flórez patentizando el error en que incurrió aquel erudito historiógrafo sobre el Itinerario de Antonino. Don Adolfo de Castro manifesta que sólo en la Mesa ie Asta concurre la circunstancia que señala Estrabón.
(2) Ad cvstuaria autem Asta, vi qtiam Turdetani conveniunt, dice el geógraío griego.
(3) En I I de mayo de i 870. el distinguido bibliófilo y anticuario D. Adolfo de Castro dio cuenta en el seno de la Comisión de monumentos históricos y artísticos de la provincia de Cádiz, de haberse descubierto, con motivo de unas obras que se estaban haciendo por cuenta de la provincia en los contornos de la Mesa de Asta, dos grandes leones de piedra, de los cuales uno había desaparecido y otro se hallaba en poder de un sujeto que lo había adquirido. Entabláronse negociaciones
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sólo tenían abundancia de buen agua en lo bajo del sitio. Ilústrala el recuerdo de la gran derrota que en su campo sufrieron los lusitanos por Cayo Atinio, gobernador de la España ulterior, en el consulado de Albino y Filipo (año 190 antes de Jesucristo). El general victorioso, vencidos y ahuyentados los enemigos, tomó la ciudad, pero fué á costa de la vida, porque herido de muerte al escalar el muro, falleció dentro de Asta de allí á pocos días. Durante la guerra civil entre César y los partidarios de Pompeyo, hubo entre los caballeros romanos de Asta una gran conspiración para pasarse todos al campo del afortunado dictador; pero fueron descubiertos por un esclavo, y presos la mayor parte de ellos; sólo tres, Aulo Bebió, Cayo Flavio y Aulo Trebelio, lograron fugarse, y ricamente ataviados ellos y sus caballos, cubiertos todos de plata, se pasaron al real de César (i).
Asido [Medina Sidonid) Es muy común atribuir la fun-
con éste á (ín de que lo cediese para aquel .Museo arqueológico, á la sazón en proyectó; el gobernador de la provincia, animado del mejor deseo, se brindó á comprarlo; el dueño del león se mostró moderado en sus exigencias: pero no sabemos qué término tuvo aquel asunto.
(i) Hircio, De bello hisf., cap. 26.
La familia de los Bebios fué de las más ilustres y poderosas de aquellos tiempos dentro y fuera de España. Supónese que el primero de esta familia que vino á nuestra península fué Marco Bebió Panfilo, con el cargo de pretor (190 añosantes de J. C). Además del Aulo Bebió que en Asta se pasó á César, sobresalieron en España dos Publios Bebios, padre é hijo, que hicieron un hermoso puente en el río Javalón; L. Bebió Pardo, de quien habla en sus Auiioüedades el maestro Ambrosio de Morales por el epitafio que puso en Morvedre á Gemina Mirsina; Bebió Probo, andaluz, que fué ministro de Aulo Cecilio Clásico, procónsul en la Bética y con él condenado en Roma por varios cohechos; Marco Bebió Astigitano, patrono de muchos libertos, padre de Sabina y de Crispina, hombre de gran caudal, de quien hace memoria una inscripción que publica el P. Roa; y por último, Lucio Bebió Hermes, uno de los seis varones del colegio augusta!, cuya lápida funeraria existente en Cádiz dice así :
L. B.KBIVS. MERMES
lililí. VIR. AVi;VSTAl.IS.
ANN. IIII. K. S. II. S. E.
L. B^BIVS. HERMA II
VR. OPTVMO. PATRONO
D. F. D.
SEVILLA. — Fachada del Alcázar
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dación de Asido á los fenicios de Tiro y de Sidón, sin más razón al parecer que la analogía entre los nombres Sidó?i y Asido ^ sin embargo, como el nombre antiguo que por las medallas nos consta no es Sidón ni Sidonia, sino Asido^ lo único que con certeza se puede afirmar es que esta ciudad debió su existencia á las gentes de Oriente que trajeron á España el culto de Apis, de Isis y de Osiris. Así lo acreditan sus antiguos bronces, en algunos de los cuales claramente se descubren el buey, el sol y la luna, ídolos famosos entre los turdetanos después que admitieron las teogonias egipcia y fenicia. El nombre, recuerdo de la Sidón fenicia, pudo deberlo á los árabes palestinos que ocuparon esta región militar, llamada por ellos Füistín ó de los filisteos.
Cuando los romanos dominaron la Bética, concedieron á Asido el honor y categoría de Colonia, añadiéndole el adjetivo de CcBsariana después de la guerra de César con los hijos de Pompeyo.
Aun rodeada por todas partes de canales y marismas, no era Asido propiamente hablando ciudad de los esteros del Betis. Como ciudad colocada en alto, no tenía corriente que bañase sus muros; pero serpenteaban las aguas al pié de la mesa en que está fundada, y su posición era favorable por preservarla de los vientos del norte la cortina de la sierra, y militarmente ventajosa atendido el sistema de fortificación de los antiguos, sin que fuera posible batirla con catapultas y máquinas arrojadizas por la considerable distancia á que tiene sus montes. Descúbrense con frecuencia en el terreno donde está asentada Medina Sidonia lápidas, fragmentos de estatuas, y otros vestigios que demuestran hubo allí una ciudad romana de importancia.
Nuestros historiadores de los siglos xvi y xvii, tan dados á consignar como realidades sus fantasías, suponen que los andaluces aborígenes ó turdetanos tenían en esta ciudad, construido por los fenicios, un famoso templo consagrado á Hércules, anterior y rival en maofnificencia del de Cádiz.
S E V I LL A Y CÁDI Z iQf)
Ceret [^Jerez de la Fi'ontera). No hicieron mención de ella los geógrafos antiguos, pero que hubo población de este nombre anterior á los godos, se evidencia con las medallas. El Padre Flórez tenía en su colección una muy singular, que presenta entre dos espigas batido en cobre el nombre de Ceret. — Las que el vulgo llama ruinas de Cera y torre de Sera, si bien caen á cierta distancia de la actual ciudad de Jerez, no pueden tomarse como indicio de haber sido otro el asiento de la Ceret romana, porque pudo ser aquello una aldea de la población principal y llevar su mismo nombre.
Otras ruinas sin nombre determinado se registran por aquella comarca en una y otra banda del río y hacia el paraje donde le entrega su modesto caudal el Majaceite. La exploración de tales vestigios sería empresa digna de un gobierno ilustrado, y en que ciertamente no se fatigarían en vano los anticuarios españoles, porque es tal la abundancia de esos preciosos restos, que muy en breve se recogería el fruto de las investigaciones. Hace ya un siglo que una autorizada pluma dio aviso de esta abundante cosecha de noticias preciosas para la historia y para el arte allí lastimosamente abandonada, y nadie que sepamos se ha acercado á explorarla. Sin embargo, en aquel territorio hoy casi desierto han debido abundar las poblaciones, justificando la provincia de Cádiz mejor que otra ninguna el distintivo de nación de mil ciudades (i) aplicado á España.
Un erudito é ingenioso escritor gaditano cree indudable que el nombre de Ceret, corrompido en CeritiuTn ó Seritium, y más tarde en ^erez, viene de la voz Ceres {Ceretis)^ nombre de una ciudad de Toscana, célebre por sus excelentes vinos. El vino ceretano, dice, fué cantado por Marcial. «Los llanos de Caulina ¿por qué se llaman así sino porque en una parte de ellos, y en sus contornos, hay viñedos, que producirían un vino semejante
(i) Spania, qiiam imus e\ philosophís chiliopolim esse asscriiit. Anón. Raven. libro 4, cap. 42.
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al caulino, que se criaba en un campo junto á Capua y que tanto elogia Plinio?... (i) »
Arci [Arcos de la Frontera). Esta era la famosa colonia de los arcenses nombrada en la dedicación de los barqueros de Híspalis á Sexto Julio Posesor, tribuno de la legión fulminatrix, de que hicimos mérito al hablar de cierta lápida existente en la Giralda de Sevilla. En tiempo de Plinio, cuando todavía no era colonia, llevaba el nombre de Arci. Situada esta población sobre la alta mesa en que termina un estribo de la sierra de Jibalbín que se prolonga hasta tocar en la corriente del Guadalete, presentaría en los tiempos antiguos, cuando la embellecían los edificios públicos propios de toda colonia, el aspecto de una hermosa leona al acecho, trepando cautelosamente hacia el tope de la montaña para registrar la campiña y lanzarse de un salto sobre la descuidada presa. Vista por el lado del río, en efecto, todavía conserva Arcos una posición imponente y amenazadora : el declive que le sirve de base, y que por el norte comienza de un modo insensible en la rasa campiña, termina al mediodía en un tajo perpendicular de elevación inmensa. Desde arriba se hunde la mirada con involuntario pavor en un profundo abismo, donde más que murmurar parece gemir serpeando el lóbrego Guadalete, cuyas desiertas y secas márgenes contrastan con la exuberante gala de la vecina llanura. Mirada por el ocaso, por donde no presenta agujas ni campanarios y sí sólo una larga y undosa línea de muros y robustas torres cuadrangulares, parece la esfinge tebana echada de pechos al borde del precipicio, desenvuelta la cola por la sinuosa pendiente. Hoy toda la ciudad viene á quedar reducida á una sola y larga calle, porque con el tiempo se ha ido insensiblemente desmoronando la montaña por sus dos costados ó vertientes, y de la antigua y bella esfinge queda, digámoslo así, sólo el esqueleto, sólo la prolongada columna de sus vértebras.
(i) D. Adolfo de Castro. Obr. cit.. lih. I, cap. I.
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En medio de la halagüeña y poética soledad que reina en torno, se escucha la misteriosa voz de las carcomidas piedras proponiendo al viajero el insoluble enigma de su origen. ¿Quién me hizo? dice la vetusta reina del collado; y el anticuario la mira de hito en hito, registra con ávidas miradas aquella especie de acrópolis, los cimientos de sus muros, sus inscripciones, sus monedas, los fragmentos de sus esculturas (i), sus antiguas minas y canteras, los inmediatos cerros donde en otro tiempo todo debió ser vida y bullicio (2), y donde ahora todo es silencio como el que reina entre los despojos de un campo militar al día siguiente de una sangrienta batalla; y vienen los historiadores fabulistas y dicen que Arcos se llamó antiguamente Arcobriga y fué fundación de aquel famoso rey Brigo (3), hijo del rey Idubeda, que no contento con haber edificado en España innumerables poblaciones, castillos y fortalezas, derramó sus gentes por el Asia, por la Italia y por la grande isla que tomó el nombre de Hibernia ; y llegan los historiados crédulos y fáciles de contentar, y aseguran que Arcos fué poblada por los fenicios, que le dieron el nombre de Tiro (4): y preséntanse por último los historiadores de mejor
(i) « Hanse hallado en esta ciudad y en su término muchas inscripciones de «diversas formas en varias losas: unas por estar quebradas, otras por estar las lewtras muy gastadas, se ha hecho poco caso de ellas. ídolos y monedas de plomo, «bronce, plata y oro, siempre se han descubierto muchas y se hallan hoy.» D. Pedro Gamaza — Descripción de la muy noble y leal ciudad de Arcos de la Frontera^ virtiidy esjuerzo de sus pobladores : obra inédita, que forma el tomo 5."' de la Colección mss. de Gíisseme, en la Real Academia de la Historia.
(2) Hay vestigios de haberse trabajado en el término de Arcos muchas minas en la antigüedad. El cerro del Tesdrillo es todo él de escorias de plomo, y haciendo allí exploraciones se han encontrado tres hornos de fundición de ventanillas en muy buen estado. En el cerro de la Horca se trabajaban minas de oro y plata: en el año I 84 I se encontraron en él caños obstruidos, monedas de cobre gastadas, candilejas de barro con caracteres desconocidos y figuras bien trazadas. En Sierra Aznar hay tradiciones de encontrarse ricas minas, y supónese que existió allí antiguamente, ádos leguas de Arcos, una población llamada Aznicar, cuyos vestigios puede aún reconocer el viajero.
(3) Ocampo, siguiendo á Juan de Viterbo y su Beroso : Crón. gral., lib. i, capítulo vil.
(4) Guillermo de Choul, traducido por el P. .Mtro. Baltasar Pérez del Castillo dice en sus discursos sobre la religión de los antiguos romanos, que éstos acrecentaron la ciudad de Arcos, la cual había sido poblada por los fenicios y recibido de ellos el nombre de Tiro.
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crítica y explican que aun cuando Arcos hubiese llevado antiguamente el nombre de Arcobriga, lo cual no puede probarse (i), esta denominación sólo podría ser á lo sumo, indicio de su origen turdetano ó ibérico (dígase si se quiere céltico ó pelásgico); que briga en el idioma primitivo de los españoles equivale al burghy borough y bzwrow de los pueblos germánicos y al Trjpyor de los griegos, todo lo cual quiere decir ciudad, población, burgo; que aunque Arcos haya sido fundada en los tiempos más remotos, no es fácil averiguar á qué gentes debió su primera edificación y su nombre, y por último, que lo único que con certeza puede establecerse acerca del origen de tan interesante ciudad es que de todo punto se ignora.
Los historiadores fabulistas creyeron muy natural el atribuir á un rey Brigo y á sus gentes la fundación de todas las poblaciones que llevan el nombre de brigas en el mundo. Pero los clásicos griegos y latinos, y Estrabón entre ellos, nos dicen con bastante claridad que los iberos en su idioma nativo llamaban brigas á todas las ciudades y poblaciones principales. En nuestros días no faltan para solaz del viajero en las antiguas ciudades de provincia eruditos encastillados en las patrañas del siglo xvi, los cuales sostienen con el más- ardoroso entusiasmo las heredadas de sus abuelos. Uno de estos sabios de lugar me quiso convencer en Arcos de que no era fábula la tradición que supone á esta ciudad fundación del rey Brigo, y para confundir mi incredulidad, me invitó á reconocer la campana de nona de la iglesia de Sta. María, fundida en tiempo de aquel esclarecido monarca con la inscripción latina del escudo de armas que traía en su bandera. Era muy peregrino hallazgo una campana del año 2064 del mundo, y con una leyenda en latín: excuso, pues, decir que
(i) La Arcobriga romana se halla equivocadamente reducida á la actual ciudad de Arcos de la Frontera: así lo observó el juicioso anotador de Ocampo en la edición de Cano. No hubo en Andalucía ningún pueblo que llevase el nombre de Arcobriga. Arcos se llamaba antiguamente Arci ó Colonia Arcensiuití. Arcobriga era otro .\rcos que cae junto á Medinaceli.
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acepté la cita de mi doctor y fui al punto á evacuarla. Subí á la torre de Sta. María, no sin peligro de caer precipitado á la plaza por el impetuoso viento que en aquella elevación reinaba, y entre las varias campanas que allí había, vi una en que realmente resultaba concedido el honor de la fundación, en caracteres de bronce, al nombre del fantástico rey Brigo. Pero mi candoroso informante había tomado como una especie de auténtica del mismo Brigo el sello moderno de la ciudad de Arcos, cuya leyenda, dictada sin duda en el tiempo en que prestó Ocampo su autoridad á las especies del falso Beroso, consigna efectivamente que fué aquel rey ideal el que la fundó. El escudo y sello de Arcos es conocido : consiste en una fortaleza con arcos de medio punto, y lleva en la orla esta inscripción: Sigillu7n civitatis Ai^cobricensis qucB fitndavit Brigíis 7^ex. Este mismo sello aparecía en la campana, cuya forma y fundición revelan desde luego ser obra del siglo XVI. Yo, que me había prometido descubrir una antigualla, de la fecha por lo menos de la campana del abad Sansón, vi con dolor burladas mis esperanzas, y para vengarme del anticuario de Arcos, que como todos los sabios de esta raza será probablemente aficionado á oir sonar su nombre, he resuelto callarlo y condenarle á que busque otro conducto por donde introducirse en la bocina de la fama.
Del tiempo en que Arcos fué municipio se conserva una inscripción votiva en la iglesia de Sta. María, pegada al muro de la fachada y sirviendo de poste al finalizar la balaustrada de su escalinata.
Conocidas son las inscripciones que se refieren á la época en que ya Arcos era Colonia : una es la de la dedicación de los barqueros de Híspalis, de que queda hecha mención; otra, y no menos interesante, es la que copió Flórez de D. Pedro Gamaza, referente á una estatua que por decreto de los decuriones y del pueblo se erigió á Calpurnia, hija de Quinto, haciendo el gasto del monumento y dedicación su madre Clodia, llamada por sobrenombre Optata; inscripción de basa de estatua que existe toda-
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vía, aunque ilegible, en la casa arruinada de D. Gabriel de Prado.
Carissa (hoy despoblado de Carija). Tolomeo ponía esta población en triángulo con Nebrissa al occidente y Saguncia al mediodía : el P. Flórez, siguiendo á Caro y á Gamaza, hace una reducción conforme con este dato y sitúa á Carissa cerca de Bornos en lo que es hoy despoblado con el nombre de Cai'-ija^ vocablo que representa muy bien el primitivo y cuya corrupción se explica satisfactoriamente observando con cuánta frecuencia vemos desde la irrupción sarracena trocada la s de los nombres propios en y.- de resultas de lo cual por Nebrissa leemos Nebrija; por Setabis, Játiva; por Salón, Jalón, etc.
El despoblado de Carija está á unas dos leguas de Arcos, hacia el norte: vense todavía allí ruinas y trozos de murallas, de donde se han sacado algunas lápidas con inscripciones y medallas. Plinio incluye á Carissa en el convento jurídico de Gades y la aplica por sobrenombre el de AtLrelia{\). Cuándo lo tomó, no se sabe : puede ser le viniese de alguno de los esclarecidos varones del linaje de los Aurelios, tan difundido en la Bética.
Este lugar batió moneda, y en sus medallas, que pueden verse en Caro, en Flórez y en una obra inédita que dejamos citada, se advierte por un lado un caballo corriendo con su jinete armado de lanza, casco y escudo, y por el otro, ya una cabeza de Hércules cubierta con la piel del león, ya una cabeza armada, ya otra con corona sacerdotal. No lejos de su despoblado se halló una inscripción, que vertida al castellano dice así: <iA L2ÍCÍÓ Fabio, hijo de Lticio de la tribu Galeria, llamado Severo, consagró después de su muerte cuatro cipos Lticio Posturnio Silón (2).»
(i) Gaditani conventus civiiim romanoriim regina, latinorum regid Carissa cognojnine Aurelia. Lib. III, cap. I.
(2) Ms. de D. Pedro Gamaza, cap. 5 , tomo \' de la Colee, de Gússeme. Real Academia de la Historia.
L. FABIO. L. F. GAL. SEVERO. POST. MORT. L. POSTVMIVS SIL. CIPPOS SVA IMPENSA IIII D.
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Lastigi {Zahara .-'). Esta ciudad, de origen céltico, descollaba sobre una peña escarpada, en situación muy conforme al genio estratégico de los antiguos. Usaban sus habitantes los ritos y el lenguaje propio de aquel origen: diferenciábanse de los turdetanos, sus vecinos, en su grande apego á las costumbres de Grecia, pues mientras aquellos vivían enteramente á la romana, los lastigitanos merecían de Ephoro el dictado de amantes de los helenos ('f:>-sA>-^/'ar), y Estrabón los distinguía como hombres rebus groecorum studentes (i). La figura representada en las medallas que acuñó este pueblo comprueba lo acertado de esta calificación en cuanto al g-usto artístico.
En el ligero bosquejo que acabamos de trazar de la Bética romana, ciñéndonos sólo á la parte á que hoy se extienden las dos provincias de Sevilla y Cádiz, hemos registrado cerca de cincuenta poblaciones importantes. Calcúlese cuál sería la prosperidad de este territorio bajo la administración de los pretores, prefectos, gobernadores y demás magistrados delegados del imperio, por el estado en que le hallaron Estrabón y Plinio, todo cubierto por una vasta red de vías ó calzadas y canales, con una agricultura y una industria florecientes, estimuladas por un gran comercio de exportación, con fábricas, talleres y factorías: con populosas ciudades, asiento de una aristocracia poderosa y amante de las artes y del lujo, con numerosos puertos accesibles al trato y comunicación de todos los pueblos cultos del orbe, y con medios de comunicación directos y rápidos entre los pueblos y mansiones del interior y los desembocaderos de la costa.
La población de la Bética, numerosa ya durante el período de la conquista, creció sobremanera bajo los Césares. Introduciendo éstos un sistema tributario muy preferible, aunque complicado, á las irregulares y caprichosas exacciones impuestas en los dos primeros siglos por derecho de conquista, favorecieron
(i) Strab., Hb. IV, pág. iqq, edic. París.
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el desarrollo de la riqueza y del bienestar público. Los tres conventos jurídicos de Astigi, Híspalis y Gades sobresalían á competencia : el comercio entre unos y otros era rápido y fecundo: los tres á porfía ostentaban producciones codiciadas en Roma, talentos rivales de los más privilegiados de Italia, familias de la más selecta aristocracia romana, establecidas en sus ciudades: capitanes ilustres, soldados valientes, artistas ingeniosos, filósofos profundos, poetas sublimes. Las grandes vías que llevaron á cabo los Antoninos, Marco Aurelio, Trajano y Adriano, unían las principales ciudades de la Bética con la capital misma del Imperio: eran como las venas por donde corría hasta el corazón del coloso la sangre de sus pingües provincias lejanas, y las arterias por donde se derivaba hasta estas la vida intelectual y moral del pueblo dominador del mundo. Por ellas se trasladaban velozmente de unas comarcas á otras aquellos temidos legionarios que defendían las conquistas de las águilas y al propio tiempo mantenían la seguridad y el orden en los territorios que recorrían; por ellas marchaban las numerosas cohortes de hijos del país que, siguiendo el vuelo de esas mismas águilas altivas, iban á sellar con su sangre una heroica fidelidad al yugo romano desde las Islas británicas á las fronteras de la Persia, en las orillas del Rhin, en la Iliria, en Tracia, en Capadocia y en Armenia. Por ellas también transitaban en pacíficas conductas los metales extraídos de nuestras minas, las copiosas mieses de nuestros campos, los preciados productos de nuestras fábricas, los cuales se encaminaban á los puertos y juntamente con los vinos y los aceites, las frutas secas, el kermes y el cinabrio, la lana, la cera, la miel y las salazones, encomendados á los gremios de barqueros, pasaban á surtir los depósitos y almacenes de Italia. La Bética era no solamente una de las principales nutrices de Roma, sino también la introductora de sus modas y caprichos, pues además de que los naturales, por su carácter, diferían notablemente de aquellos adustos iberos del norte y de toda la Tarraconense que apete-
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cían más la guein^a que el reposo (i) y entonaban el himno de Pan mientras los crucificaban (2), la agricultura y las artes hijas de la paz habían tomado entre ellos mucho vuelo. Su amor al lujo y á los placeres, fomentado por su trato con los pueblos de Oriente y por el ejemplo de la aristocracia romana, para quien era la Bética lo que es hoy la risueña Italia para los hijos de la nebulosa Albión, y combinado al mismo tiempo con los otros instintos primitivos de la raza turdetana, debió producir en las costumbres una mezcla muy digna de ser observada. Fáltannos por desgracia documentos destinados á conservar una noción exacta de la vida pública y doméstica de los andaluces de aquellos tiempos, y así ignoramos hasta qué punto pueden considerarse extensivas á ellos las descripciones que de las austeras costumbres de los iberos, en general, nos legaron los clásicos griegos y latinos.
Al contrario, todo nos induce á creer que el lujo y la sensualidad del Oriente y de Roma triunfaron de los primitivos instintos, y que en la edad de oro de Augusto á Marco Aurelio aún duraban éstos en el corazón de los que bebían las aguas del Tajo, del Duero y del Ebro, mientras los de la cuenca del Betis y los habitantes de Gades yacían sumidos en el sueño letal de una vida puramente materialista. Lisonjeros y condescendientes con sus dominadores, halagaron su voluptuosidad poniendo ante sus ojos las lascivas danzadoras (3) aleccionadas por los vaga-
(i) Justino, lib. XLIV, cap. 2.
(2) Strab., lib. III.
(3) Las bailarinas gaditanas fueron las más celebradas y buscadas de los poderosos. De éstas habla Juvenal (Sdíi'r. II, v. i 62), donde á cierto convidado suyo le dice que no espere que su banquete se asemeje á los de los magnates, amenizados por mujeres gaditanas que con su lascivo baile entretienen y deleitan á los comensales:
«Forsitam expectes ut gaditana canoro incipiat prurire choro...»
Quien más menciona las danzas gaditanas es Marcial en sus epigramas. Había una cuya principal gracia consistía en el concertado movimiento de los brazos (lib. III, epigr. 63). Allí reprende á Cotilo porque traía rizado el cabello, y con tal aire los brazos, que imitaba á las mujeres gaditanas:
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bundos colonizadores asiáticos: los cautivaron con lujosos artefactos, manjares suculentos, vinos fragantes y generosos : dieron á sus arrogantes cohortes vistosas túnicas de color de púrpura como las que los españoles habían lucido en Cannas, morriones de bronce con triples penachos encarnados, petos de lino, cotas de cuero, botas de cerda, cubiertas de pieles á sus naves para defenderse de los tiros de las hondas; y les enseñaron las animadas danzas marciales de los fenicios y griegos (i). Para más identificarse con Roma, se hizo la Bética su proveedora de artículos de lujo y capricho, con lo cual, sea dicho de pasada,
«Cántica qui Nili, qui gaditana susurrat, qui movct in varios brachia volsa modos.»
Había otro baile de muelles movimientos de cuerpo, al cual aludía Marcial al llamar á Cádiz desho7iesta (lib. V, epigr. 79):
«Nec de gadibus improbis, puellas vibrabunt sine fine prurientes lascivos docili tremore lumbos.»
Deshonestos llama también (lib. I, epigr. 42) á los maestros gaditanos de estos bailes.
Hubo finalmente otro que tenía acompañamiento de castañuelas, como el que menciona en el epigr. 7 i , lib. VI, donde un ciudadano romano que había despedido á una criada llamada Thelesina, la volvió á recibir sólo por lo bien que bailaba al son de las castañuelas.
«Edere lascivos ad Bsetica crusmata gestus,
et gaditanis ludere docta modis,
tendere quse tremulum Pelian Hecubseque maritum
posset ab Hectoreos sollicitare rogos.
Uxit, et excruciat dominum Thelesina priorem;
vendidit ancillam, nunc redimit dominara.»
(i) Seguimos la opinión de Rui Bamba que cree deberse entender de todos los iberos en general estos pormenores consignados por Estrabón, Livio,Diódoro, Varrón, Polibio, Plinio, etc. Suponemos, pues, á los romanos y andaluces de las cohortes destinadas á la guarda y defensa de la Bética, uniformemente equipados, á la usanza hispano-latina, unos con broqueles ligeros á manera de los galos, otros con escudos redondos, revestidos con sacos, petos y coletos, cascos, botas, y armados con espadas cortas de doble filo y punta, hondas, venablos y lanza. En tiempo de paz, para conservar la agilidad del cuerpo, se ejercitaban en una especie de danza muy ligera que requería una gran flexibilidad en las piernas (Diódoro, lib. 5). Era probablemente ésta la danza pirrica ó danza de las espadas que dura todavía entre los vascongados. Inventada en Grecia, fué introducida en España, y habla de ella Silio Itálico (lib. III, vers. 101): iempore quo Bacchus^ etc., y más adelante: Niinc fedis aüerno, etc.
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rescataba parte de las riquezas que le habían robado los procónsules; los navieros de Híspalis y de todo el litoral en los tiempos corrompidos de Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón, llegaron á hacerse célebres en Roma, y si hemos de creer á Horacio, hasta las más nobles damas cedían á la fascinación que les causaba el lujo de nuestros traficantes. En cambio, aceptaba de la señora del mundo la lengua, las leyes, la religión, la literatura, las artes y no pocas de sus costumbres. Rivalizó con ella en producir poetas y escritores: los Sénecas, Lucano, Floro, Silio Itálico, Columela y Pomponio Mela, mantuvieron dignamente el puesto al lado de los escasos aunque elevados genios del siglo de Augusto ; erigió edificios sagrados imitando el Panteón, el templo de Júpiter Stator, el de la Concordia, foros á la manera del de Julia y del de Augusto, capitolios como el reconstruido por Domiciano, anfiteatros como el de Flavio, circos como el Máximo, termas como las de Diocleciano; tomando por último del pueblo-rey aquella hermosa religión del agradecimiento que algunos definen memoria del corazón, y que nosotros llamaríamos única religión de Roma, consagró magníficos sepulcros de mármoles de España y de Numidia á los hombres que habían merecido bien de sus respectivos municipios y colonias.
CAPITULO XI
Principios del cristianismo en las provincias de Sevilla y Cádiz. Las iglesias de los tres primeros &iglos
A civilización romana, brillante bajo muchos aspectos, sancionaba la esclavitud: en el gran círculo del politeísmo la caridad no tenía cabi- /, da; la dignidad humana no existía para los \\/7; adoradores de la fuerza. Fuerza y virtud eran (. para los romanos una cosa misma. El hombre 1 de por sí nada era si no ostentaba el título de
ciudadano: la ciudad, el Estado lo era todo. El cristianismo, doctrina de libertad y de emancipación, de candad y de igualdad, trasladando al corazón y á la conciencia, al hombre interior y moral, sin distinción de clases, la cadena de hierro que sujetaba á las naciones vencidas y á los esclavos, pugnaba de frente con las antiguas instituciones, base de la servidumbre legal, en virtud de las cuales no era digno de la libertad el que no fuese romano, ni era otro su destino en la tierra que servir y proporcionar placeres á los Césares, al Senado y al pueblo-rey.
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Mientras el Imperio deificaba el orgullo y propagaba el culto de los sentidos, la religión del Crucificado, predicando la humildad y el propio sacrificio, iba haciendo numerosos prosélitos. Llegó la época de que el coloso nacido en el Capitolio y la modesta Esposa de Jesucristo se encontrasen en las naciones más poderosas y florecientes, profesando doctrinas enteramente contrarias, con aspiraciones y tendencias opuestas; y el romano altanero, desconociendo en la Santa Iglesia á la que había venido al mundo para regenerarle, la miró unas veces con desdén, otras con odio, dejándola hoy en libertad como indigna de perturbar su serenidad terrible, persiguiéndola mañana cruelmente como persigue tal vez el rey del desierto al insecto que con su zumbido le importuna.
Crecía el Imperio: crecía también la hermosa religión de Cristo. Pero la divina inspirada clamaba por boca de sus apóstoles y nuncios con tanta elocuencia, con tan irresistible poder, que en el mismo palacio de los Césares hallaban eco sus eternas verdades: y al tiempo que esto sucedía, los ídolos de los falsos dioses se bamboleaban próximos á una espantosa caída, los flámines y magos y agoreros se miraban unos á otros riendo de su propia incredulidad; y el esclavo á quien azotaban, retenía en su corazón con esperanza aquella voz consoladora que le decía: tu alma es libre é imperecedera; y el dueño que le maltrataba, oía en su conciencia aquella otra verdad humillante: toda carne es vileza y corrupción. La revolución estaba hecha en las ideas.
Pero sucede que por virtud de la ley de inercia que á la humanidad domina, desde que una institución se desacredita hasta que los hombres la condenan, transcurren siempre largos años, y no es de extrañar que la ruina del politeísmo no fuese inmediata á la desorganización moral é intelectual que se apoderó de Roma al morir Augusto, y que pasaran cerca de cuatro siglos desde la providencial constitución del Imperio hasta el día en que, dócil éste al mandato del gran Teodosio, tendiese
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SUS brazos decrépitos á la Fe regeneradora que por tanto tiempo se le había estado brindando llena de amor. Era ya viejo el mundo romano cuando se decidió por el feliz consorcio ; la verdad, que nunca envejece, brillaba en la ley de Cristo, fecunda, joven y activa: aún halló fuerzas el magnánimo emperador para levantar en peso el Oriente y el Occidente y ponerlos bajo las copiosas aguas de la puriñcación que corrían del seno de la Iglesia: el mundo romano se vio regenerado ; pero los Césares, en castigo de su larga obstinación, no engendraron reyes cristianos para las naciones en que habían dominado, y la Fe recibió el encargo de santificar á los impetuosos conquistadores del destrozado Imperio.
La Bética, como provincia tan principal, y tan identificada con Roma por el gran número de familias senatorias que habían venido á poblar sus municipios y colonias, por el gran comercio que con ella entretenía y por la multitud de vías que facilitaban sus comunicaciones con la metrópoli, podía en cierto modo jactarse de ser su directora desde que la había dado emperadores como Trajano y Adriano, cónsules como Balbo, oradores como Porcio Ladrón, filósofos como Séneca y Lucano.
En la lenta y simultánea marcha de las dos civilizaciones, al paso que la antigua camina de conquista en conquista asolando la tierra y llenándola de pavor con el vuelo de las águilas romanas desde el Báltico hasta el mar de la India, la nueva se apodera de los corazones, va paulatinamente extendiendo por el mundo de la voluntad y de la inteligencia el imperio del amor, crucificando las malas pasiones, penetrando en el cerebro del filósofo y del niño, en el alma del siervo y de su señor, y disponiendo al universo desde la bárbara Panonia hasta la disoluta Corinto á pedir á voces la santa libertad de la Cruz. Y esta civilización admirable ¿no había de hallar dignos y elocuentes intérpretes en la sosegada provincia cuyos ingeniosos hijos mantenían el decoro intelectual de Roma, hallándose por su posición apartada del teatro de las guerras y tan dispuesta, por el influjo
de las doctrinas estoicas, á la discusión racional de las orrandes verdades morales?
Los halló en efecto, y una de las mayores glorias de la Bética consiste en que, á pesar del odio que á la nueva religión profesaba la prepotente aristocracia senatprial, recibió la semilla del Evangelio con tanto amor y entusiasmo, que fructificando en ella desde luego, produjo iglesias cuyos pastores figuran entre los primeros luminares de lá cristiandad. Erigían templos y aras los andaluces á Isis y Sérapis, á Venus ó á Salambo, á Marte, Hércules, Pantheo, la Piedad, el Evento, la Victoria, etc., y al mismo tiempo, al pié quizás de los muros consagrados á las falsas divinidades, humeaba el puro incienso quemado en honor del Dios verdadero por los fieles discípulos de aquellos siete Varones apostólicos enviados por S. Pedro y S. Pablo á evangelizar la España meridional.
No entran en nuestro cuadro las conversiones hechas por éstos en el territorio accitano, ni el conjeturar los interesantes pormenores ocurridos en la de la afamada dama Luparia, que supone la tradición construyó una iglesia cristiana, la primera tal vez que existió en la Bética. Tampoco podemos extendernos á sacar del caos de nuestra historia eclesiástica primitiva fantasías verosímiles y probables acerca de las iglesias fundadas por S. Cecilio en Iliberi, S. Indalecio en Almería ó Urci, S. Eufrasio en Iliturgi y S. Ctesifón en Berja. Pero nos es dado presentar como uno de los frutos más tempranos del cristianismo en la provincia de Sevilla la predicación del santo mártir Geroncio, primer obispo de Itálica, cuya voz persuasiva hacía ya estremecer los ídolos más de dos siglos antes de sepultarlos en el fango el edicto de Teodosio (i). Esicio, varón santo en-
(i) La autenticidad del Oficio propio de S. Geroncio y de su Himno en el Misal godo, está sólidamente probada por el P. Flórez. Esp. Sagr., trat. 38, cap. 4. Opinamos que el martirio de este santo, alumno y compañero de los Apostólicos, puede referirse á los tiempos de Domiciano, aun cuando carecemos de pruebas de que esta segunda persecución se extendiese á España.
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viado de Roma, fundaba hacia el mismo tiempo la iglesia de Carteya en la costa del Estrecho, y estos dos prelados fueron como los ángeles diputados por el Eterno para anunciar la buena nueva en la hermosa región que se extiende del Betis á Calpe (i). Se explica, aunque nos faltan comprobantes históricos, que la predicación de estos insignes varones fuese recibida por las almas sedientas de fe y de justicia como la voz misma de aquel Dios desconocido á quien presentía y no acertaba á comprender el mundo antiguo (2): tan monstruosa era la transformación que el paganismo había sufrido presentando á la adoración de los pueblos la inmundicia y las torpezas de sus dueños, sustituyendo á los dioses desconceptuados y escarnecidos las personas de los emperadores ; tan irritante era la tiranía de éstos; tanto imperio iban paulatinamente tomando las ideas de las sectas estoica y neoplatónica, refugio de la razón contra el libertinaje intelectual de Roma. El cristianismo, único faro de salvación, único amparo y esperanza de la parte mayor de la humanidad, á quien otra parte mínima subyugaba, oprimía y envilecía, no podía menos de ser recibido aquí como en todas las otras provincias del Imperio, aun cuando se opusiesen tenazmente á su propagación los interesados en la perpetuidad del estado antiguo, los Césares y sus favoritos, el Senado, la clase sacerdotal, la curia y los legistas. El quebrantaba las cadenas del esclavo, reorganizaba la familia, santificaba el matrimonio, rehabilitaba á la mujer, ennoblecía la patria potestad... No era sistema político el cristianismo, ¿pero cómo había de durar el Imperio con sus deformidades y sus execrables excesos, cuando
(i) Los dos, Esicio y Geroncio, fueron sin duda obispos regionales sin silla determinada al principio de su misión, pero finalmente la fijaron el uno en Carteya y el otro en Itálica. Véase al citado Flórez, el Breviario gótico y el Martirologio romano.
(2) Refiere Estrabón que los españoles adoraban aun Dios innominado, á quien festejaban en el plenilunio ; en lo cual sin duda se apoyó S. Agustín [De civit. Dei, libro VII, cap. 9) para contar á los españoles entre los pueblos antiguos que adoraban á un solo Dios autor de lo criado. S. Pablo también halló en Atenas un altar consagrado al Dios desconocido (ignoto Deo).
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la luz evangélica hubiese esclarecido y elevado los espíritus? De aquí que la nueva religión, lisonjera al pueblo, favorable á la mujer y á todo ser oprimido, grata á las personas de ánimo justo y recto, pero contraria á la aristocracia romana considerada como cuerpo colectivo y privilegiado, fuese alternativamente tolerada, menospreciada, exaltada, perseguida, según las fluctuaciones de los que pugnaban por su triunfo ó por su extinción.
En los tiempos de tolerancia, cuando á los mismos Apóstoles era accesible el palacio de los Césares y cuando los propagadores de la verdad hallaban prosélitos entre los mismos presidentes y procónsules, ¿qué mucho que en las naciones del Occidente se fuesen erigiendo templos al Crucificado, aquí humildes y pequeños, si allá grandes y lujosos, ora sombreando las venerandas tumbas de los mártires, en forma de modestas capillas, cabe los cementerios, ora rivalizando en belleza arquitectónica con los templos de los ídolos?
Créese generalmente que hasta la paz dada á la Iglesia por Constantino no tuvieron los cristianos en los países sujetos al Imperio Romano edificios de uso público consagrados al culto. Supónese que sus reuniones sólo se verificaban en las casas particulares de los fieles y en los cementerios y catacumbas, y que en estos lugares celebraban secretamente los Divinos Oficios y recibían los Sacramentos. Este es un error. Mientras el cristianismo no salió del estrecho ámbito de la Judea, y en aquella época de su infancia en que las oblaciones de los escasos poderosos convertidos se consumían en el sustento de los pobres y de la naciente grey, no era posible que erigiese templos, ni aun capillas. Harto hacían los hijos espirituales de un S. Pablo, que en Corinto ganaba el sustento ayudando á Aquila á hacer tiendas de cuero para los soldados, con ceder á sus hermanos sus reducidas viviendas y convertir sus cenáculos en oratorios.
Pero cuando el rebaño de Jesucristo fué creciendo é ingresa-
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ron en él prefectos, senadores, procónsules, hombres acaudalados, ni siquiera se concibe que no se erigieran iglesias por do quiera que fuese cundiendo la luz del Evangelio. No faltaba por cierto la necesidad de ellas habiendo instituido Cristo sacrificio y sacramentos, oración y predicación. Tampoco faltaba el arte de construir: ni faltaba por último libertad para edificar desde que Tiberio había propuesto al Senado se colocase al Salvador en el número de los dioses del Imperio, y amenazado con pena de muerte á cualquiera que osase inquietar á los cristianos. ¿Qué se opone, pues, á que los primitivos fieles tuviesen sus edificios sagrados, no sólo privados, sino también públicos y comunes.^ Que no todos los emperadores se condujeron con ellos como Tiberio y otros igualmente tolerantes, sino que desde muy temprano empezó la Iglesia á experimentar los sangrientos rigores de un Nerón^ de un Domiciano, de un Septimio Severo, etc.; mas esto no obsta, porque, en los días aciagos de la persecución, los que sustraía Dios al brazo de los ejecutores se congregaban secretamente ya en las casas particulares, ya en los lugares desiertos, en los cementerios, en las minas y subterráneos que en Roma tomaron el nombre de cataczunbas ; y cuando volvía á serenarse el cielo, volvían ellos á levantar sus capillas y oratorios. Sobre los mismos cementerios, ó cerca de su recinto, era donde principalmente construían los cristianos aquellos pequeños edificios que llevaban el nombre de altares^ confesiones, memorias y aun 7nar¿irios, los cuales, transcurriendo el tiempo y en las épocas de tolerancia, se ensanchaban y convertían en basílicas é iglesias espaciosas.
No escasean por cierto los documentos que prueban que los cristianos erigieron iglesias públicas en todas las provincias romanas desde la instalación de los apóstoles S. Pedro y S. Pablo en la ciudad de los Césares. De conformidad con estos documentos, vemos á los inmediatos sucesores del Príncipe y Cabeza de la Iglesia prescribir reglas acerca del culto y su disciplina, de la división de las parroquias y de la consagración de las basíli-
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cas; hallamos en las Constituciones Apostólicas la descripción detallada del edificio de la iglesia con la designación y explicación de cada una de sus partes ; y leemos finalmente entre las respetables tradiciones de la antigua Iglesia española, que pocos años después de la muerte de Cristo, vieron con asombro y con edificación los habitantes de Acci levantarse un templo y un baptisterio al Dios crucificado en el Gólgota.
. . . Christi fámula adtendens obsequio sanctorum, statuit condere fabricam, quo Baptisterii undíe patescerent, et culpas omnium gratia tergeret (i).
Tuvieron de consiguiente los cristianos en la Bética edificios sagrados, verdaderas iglesias desde los tiempos apostólicos. Y que no fueron solamente oratorios privados, es cosa manifiesta, dado que hasta la persecución de Nerón no hubo motivo para que ocultasen sus creencias los convertidos al Dios deNazareth, que seguramente no serían tan pocos como el moderno escepticismo supone (2). Luego tuvieron largos años de paz hasta la persecución de Valeriano y Galieno, ocurrida á mediados del siglo III, sólo interrumpidos tal vez por las feroces humoradas de Domiciano ; y aun parece racional la conjetura de que al entrar
(i) Himno del Oficio gótico de los siete Apostólicos.
(2) El historiador Romey es uno de los que más insisten en esta equivocada idea, á la cual oponemos nuestras más antiguas y veneradas tradiciones. El verso
heec prima fidei est via plebium
del himno de los Siete Apostólicos da bien á entender que no fué estéril para la conversión del pueblo accitano el milagro que obró Dios en favor de aquellos santos varones ; además de que, en el exordio del § i .° de la misa de los mismos Apostólicos, conforme se halla en el antiguo Códice Emilianense, sacado sin duda del Leccionario Complutense, anterior á S. Julián y al siglo vii, se leen estas memorables palabras sobre el fruto que aquellos evangelizadores recogieron en la 'Qética : In qtiíbtis urbtbiis com»io)\iiites ceperiint de inicio vite inmortalis f>redicare. Sicque factum est, iit diim Jctmuli Dei celestia, dona impertiiint, magnum sanctce ecclesice credentiiimjriictum adquiriint. Adque itct siciit ab apostolis missam doctrinamque acceperiint, per ¡spaniam ordinaiis episcopis supradictis urbibus tradiderunt (sic).
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en el siglo iv, cuando fué enviado á España Daciano con el encargo expreso de exterminar el cristianismo, hubiese ya alcanzado la Iglesia de la Bética un desarrollo y una estabilidad precursores de segura ruina para el decadente politeísmo. — Comenzó esta cruel persecución, última de las diez que fuera de España afligieron á la Esposa de Jesucristo, hacia el año 303, y ya tres años antes se había celebrado en Ilíberis (provincia de Granada), un concilio de diez y nueve obispos, de la Bética la mayor parte, á los que se agregaron muchos presbíteros en representación de otras iglesias cuyos prelados no pudieron asistir, probando la reunión de este concilio, considerado con justa razón como nacional, que la Iglesia en aquella época se hallaba en casi toda España completamente constituida en la parte territorial y en su jerarquía, á tal punto que podían temer los partidarios del Imperio como muy próxima la subversión de la república (i). Es digno de estudio desde el punto de vista de las costumbres en el período á que ahora nos ceñimos, el choque y la coexistencia de la vida pagana con la vida cristiana, deducidos de las prescripciones de ese mismo concilio de Elvira. Había cristianos de poca fe que, después de recibido el bautismo, apostataban presentándose en los templos de los gentiles y dando culto á los ídolos. Algunos, por el hecho de ser el sacerdocio de \o^ flámines una verdadera carga patrimonial de la que no podían excusarse, no teniendo la suficiente fuerza de ánimo para renunciar los honores y las prerogativas que llevaba consigo el sacerdocio entre los romanos, solían, aunque bautizados, ejercer aquellas funciones : otros se prestaban á desempeñarlas por ambición ó por miedo. Mas en los municipios, á diferencia de lo que se acostumbraba en Roma, eran los flámines los que presidían los juegos circenses y ofrecían los sacrificios con que se inauguraban estos: y como entre los andaluces, educados en
(i) De estos temores del gentilismo espirante dan fe las conocidas inscripciones publicadas por Masdeu en el tomo V, pág. 373 de su Hisl. crit.
ALCÁZAR. — Patio de las Muñecas
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esta parte por los feroces cartagineses, era muy frecuente ofrecer á los dioses sacrificios humanos, y aun sacrificios de doncellas, especialmente á Saturno y á Diana, verificábase á menudo en la Bética que algunos de aquellos apóstatas, excediendo en maldad á los mismos sacerdotes de la India, cometían en esos actos gentílicos los tres nefandos crímenes de idolatría, homicidio y mequia (i). Los había que retrocediendo ante esta abominable y triple maldad, se limitaban á hacer sus donativos redimiendo con dinero la infamia de la idolatría exterior: llamábanse éstos libeláticos, porque recibían de los codiciosos magistrados, en cambio de su flaqueza, ciertos libelos en que se les declaraba exentos de ofrecer públicos sacrificios. Ni faltaban por último hombres á un mismo tiempo dignos de lástima y de desprecio, que, no atreviéndose á declararse cristianos, en el momento de ir á sacrificar se fingían locos ó acometidos de algún súbito accidente, con objeto de que el magistrado los dejara ir libres.
Rígidos y severos los obispos de la Bética con todos estos cobardes soldados de la milicia de Cristo, fulminaron contra ellos excomuniones, ya temporales, ya perpetuas, según la mayor ó menor gravedad de su pecado (2). No toleraban aquellos celosos pastores vínculo ninguno con el sacerdocio pagano (3) : los simples catecúmenos sufrían penitencias si aceptaban el cargo de flámines, aun absteniéndose de sacrificar (4) ; los que casaban sus hijas con los sacerdotes de los ídolos, quedaban privados de la
(i) Canon j.° de Elvira. Acerca de los sacrificios feroces de los lusitanos y andaluces puede consultarse á Dionisio de Halicarnaso y Estrabón. Suetoniohabla de la costumbre de sacrificar a las doncellas jóvenes haciéndolas estuprar antes de inmolarlas a los dioses.
(2) Cánones 2.° y 3.° de Elvira.
(3) El justo rigor del Concilio se extendía hasta prohibir que llevasen coronas los sacerdotes, aunque no sacrificasen ni tributasen dones á los ídolos, pues no parecía regular que los que se habían alistado en las banderas de Cristo se vistieran y adornaran como los gentiles. No eran solos los sacerdotes paganos los que llevaban coronas, sino todos los que acudían á sus fiestas.
El canon 59 manda que los fieles no vayan al Capitolio á sacrificar ni á verlos sacrificios.
(4) Canon 4.''
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comunión aun al fin de su vida (i). El temor de que los fieles mal robustecidos en la fe recayeran en la idolatría, transpira en otras varias disposiciones del propio concilio: no eran sólo los flámines, sino todos los paganos en general, los que la Iglesia reconocía como de trato peligroso para sus hijos, y así prohibía que ningún padre, por muchas hijas doncellas que tuviese, pudiera casar ning-una de ellas con un Qrentil. Era en efecto la idolatría el mal cardinal que debía extirpar la Iglesia, y para contribuir por todos sus medios á arrancarla de las costumbres, que son los vínculos más tenaces, obligó de un modo ingenioso á los hombres acaudalados é influyentes á convertirse, como diríamos hoy, en propagandistas contra los ídolos, en verdaderos iconoclastas. Con prohibir sencillamente á los dueños que abonasen á los colonos en sus cuentas las prestaciones y tributos que hubiesen ofrecido á los ídolos (2), bien fuera para los sacrificios externos, domésticos, convites ó fiestas, bien para cualquier otra cosa del culto idolátrico, dieron un gran paso: porque los colonos, por no sostener á sus expensas el culto de los ídolos, habían de ir forzosamente abandonándole. El cebo del interés hacia fácil la empresa con los colonos.
No así con los siervos. Había ocasiones en que por causa de éstos, ni conseguían siquiera los convertidos ver á Apolo, Venus, Baco ú Esculapio desterrados de sus propios lararios (3). Los siervos y otras personas de humilde condición, no habían enteramente abjurado la idolatría al principiar el siglo iv de la Iglesia en que se celebró el concilio Iliberitano, y retenían de consiguiente los ídolos contra la voluntad de sus dueños. Muchas veces se verificó que los tales domésticos entregaron á sus mismos señores á los magistrados de los gentiles para que los obligasen á sacrificar, y la Iglesia con gran prudencia, teniendo
(i) Canon 1 7.
(2) Canon 40.
(3) Era el larario el oratorio donde privadamente daba cada cual culto á los dioses. Los príncipes solían tener dos, uno mayor y otro menor.
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presente la violencia de los siervos, se limitó á amonestar á los señores que los temían, que si no podían arrojar enteramente los ídolos de sus casas, al menos no se contaminasen con ellos (i). No debe sorprender esta indulgencia: los romanos acaudalados solían tener gran muchedumbre de siervos, que vivían con ellos y los seguían á todas partes cuando no estaban ocupados en los trabajos de las minas, y por consiguiente si aquella turba se amotinaba, no había contra ella resistencia posible. Pero téngase muy presente que esta condescendencia sólo se tenía con los seglares, porque en cuanto á los señores eclesiásticos, se observaba la regla, poco después establecida como canon en el concilio I .° de Cartago, de que nadie se ordenara obispo, presbítero ni diácono, hasta tanto que fuesen cristianos todos los que habitaran en su casa.
Convenía sin embargo poner un freno al celo indiscreto de los que, más por espíritu de oposición que movidos de un verdadero espíritu cristiano, corrían sin provocación de los gentiles á destruir sus ídolos, excitando más de este modo el furor de los magistrados contra la Iglesia, sus ministros y sus templos. A este saludable fin se encaminó la prohibición de que fueran incluidos en el catálogo de los mártires aquellos que, sin ninguna necesidad de la confesión católica, destrozaran los ídolos y murieran en este acto ó empresa (2). Con esta medida se atajaba también otro daño, pues había algunos, pobres y mendigos, que no tanto por celo de la religión cristiana, cuanto por la pérdida de sus bienes temporales, se exponían al martirio, con el objeto de que mientras estuvieran encarcelados los alimentara la Iglesia á sus expensas y pagara sus deudas. La temeraria ambición del martirio exigía un prudente correctivo, y los Padres de la naciente Iglesia deseaban que los cristianos resplandecieran por su ciencia, modestia, mansedumbre y humildad.
(i) Canon 41 . (2) Canon 60.
SEVILLAYGÁDIZ 22^
La pugna de la ley nueva con la antigua no se limita á la esfera de lo religioso, sino que trasciende al orden político y civil. Prohíbese al magistrado ó duunviro convertido al cristianismo, que entre en la iglesia durante el año en que ejerce sus funciones (i). Diferenciábanse apenas los cristianos de entonces de los gentiles en lo exterior, y no parecía bien que un discípulo de Cristo fuera vestido de púrpura ó con la toga pretexta como un gentil, y que llevase delante de sí las fasces, se ligara con los juramentos de los paganos, cuidara de los espectáculos, prestara su autoridad á los sacrificios de los ídolos, administrara los caudales destinados á su culto, y últimamente tratara de la hacienda, honor y vida de los cristianos. Atendiendo, pues, á aquella prohibición, los fieles no sólo no solicitaban la magistratura, sino que la renunciaban si se les ofrecía. — El desprecio con que los Padres Iliberitanos miran todas las pompas gentílicas, es origen de otra prohibición ocasionada también á colisiones y contiendas entre las dos opuestas familias cristiana y pagana. Desean los obispos que ni aun las ropas de los fieles se contaminen sirviendo para adornar y decorar los lugares donde se celebran los juegos públicos, y siendo costumbre antigua entre los romanos el alquilar ó pedir prestados trajes vistosos y colgaduras para los circos, los teatros y demás espectáculos, prohibe el Concilio que las matronas y sus maridos den ropas para que sirvan de adorno en las pompas seglares, decretando la pena de excomunión durante tres años si lo contrario hicieren (2). Los aurigas ó conductores de los carros en los circos, los pantomimos, los cómicos en general, eran mirados, aun entre los romanos, como gente infame y vil, á lo que sin duda contribuía la obscenidad de sus costumbres. No es, pues, de extrañar que el Concilio se muestre severo con ellos. Uno de sus cánones quiere que el auriga ó pantomimo que desee hacerse cristiano,
(i) Canon ^6. (2) Canon 57.
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renuncie primero á su oficio, y que sea despedido de la Iglesia el que después de convertido volviese á ejercerlo (i). En otro se dispone que ninguna mujer fiel ó catecúmena se case con cómicos ó gente de escena (2). No toleran aquellos celosos Padres á los cristianos trato alguno con semejante clase de gentiles : y no era sólo el temor del mal ejemplo lo que les movía á dictar estas prescripciones, sino también la poderosa consideración de que en los espectáculos de los gentiles casi siempre se mezclaba la idolatría.
Había un punto de moral pública en que el espíritu de caridad del cristianismo chocaba todavía más de fi'ente con la razón de estado del orgulloso mundo pagano, y era el relativo á la potestad de los señores sobre sus siervos. « Si alguna mujer, » dicen los PP. Iliberitanos, instigada por el furor de los celos, » azotare á su esclava, de modo que ésta llegue á morir dentro »de tercero día de resultas de los golpes, se distinguirá si la »mató con intención, ó por casualidad. En el primer caso, sea » admitida á la comunión después de hacer penitencia legítima »por espacio de siete años, y después de cinco si por casualidad. »Pero si la señora enfermare antes de concluir este tiempo, recisbirá la comunión (3).» Es de notar que aquí la Iglesia Bética señala la misma penitencia que al homicida á la mujer que descubrió el ánimo de matar á su esclava en el castigo que la impuso. ¡Cuánto distaba ya este modo de considerar la potestad fpoíestas), del antiguo derecho de vida y muerte concedido por las leyes romanas á los señores de esclavos (4)! Es verdad que ya antes de Antonino Pío se había mitigado notablemente el rigor del derecho antiguo sobre esta materia. La teoría filosófica de la esclavitud cuando vino al mundo Séneca, se resumía en
(i) Canon 62.
(2) Canon 67.
(3) Canon ¡j.
(4) Véase la excelente Historia del Derecho Romano, de G. Hugo. Períodos i.°
y 2.°.
SEVILLA Y CÁDIZ 227
esta breve fórmula: nuestros esclavos son nuestros enemigos (i). Pero (k. qué se debe sino al cristianismo y á su naciente influjo, aquel espíritu de caridad con que los estoicos se erigen en defensores de los esclavos, descubren la vanidad de la supuesta diferencia original entre el dueño y el siervo, revelan á la sociedad, ya menos inhumana, la monstruosidad de los abusos de los señores, y proclaman en fin la igualdad nativa de todos los hombres (2)? ¡Qué inconsecuente fué la razón humana sobre esta gran cuestión de la esclavitud, una de las más capitales del mundo antiguo! Por una parte la antigua barbarie se perpetúa en las costumbres abusivas del dueño, como si se creyese todavía que la esclavitud es de derecho natural, y tan útil como justa; por otra parte la filosofía del Pórtico se modifica tan profundamente, las ideas estoicas y cristianas se identifican de tal manera, que en los mismos días de Nerón tienen que escandalizarse los apegados á las doctrinas de Platón y de Aristóteles (3) al ver aparecer una ley que prohibe severamente á los dueños exponer sus esclavos en los anfiteatros á la voracidad de las bestias fieras (4).
(1) Dicho de Catón. Séneca le impugna. Cart. 47. •
(2) ¿Quid esl eqiies romaniis, aut liberiiniis, aiit servus? Nomina ex ambilione. aiit ex injuria, nata; subsilire in coeliim ex ángulo potest; decía Séneca con su nervuda elocuencia (Cart. 32). Y añadía en otras de sus admirables Cartas morales: Servi suni; imó homines (C. 47). — lisdem seminibus ortum {C. 47). — ¡Servus est! fortasse liber animo (Ibid.). — Inservos superbissimi, criidelissimi ^contiimeliosissimi sumus (Ibid.). — Sic cum inferióte vivas, qucmadmodum tccum su-periorem velles vivere (Ibid.). — Y en otros escritos: Eadem ómnibus principia, eadem origo (Benef., lib 111, 28). — Corpora obnoxia suní et adscripta dominis : inens quidem sui juris (Benef., III, 20), etc.
(3) «Si un ciudadano mata á su esclavo, la ley declara indemne al matador siempre que se purifique con expiaciones; pero si un esclavo matare á su dueño se le impondrán todas las penas que se juzguen convenientes con la condición de que no se le deje con vida.» F^latón, Las leyes, lib. q.
Aristóteles va aún más lejos. :^«Hay poca diferencia, dice (en su Política, lib. I, cap. 2, v:^ 14 y I 5), entre los servicios que prestan el esclavo y el animal. La misma naturaleza lo ha dispuesto así... Es, pues, evidente que unos hombres son naturalmente libres, y otros nattiralmente esclavos, y que en cuanto á estos, la servidumbre es tan iitil como jiisia.f>
(4) Ley Petronia. Véase en Pothicr y Godefroy la explicación de la ley 11, § 2. D. ad 1. Juliam. Cornel. de Sicariis. Aunque los eruditos Hugo y Haubold la creen del tiempo de Augusto, lundados en que ya no había en tiempo de Nerón leyes ni plebiscitos, parece más plausible la opinión de los que la atribuyen áeste
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No era este en verdad sino el primer paso hacia las nuevas doctrinas de Florentino y de Ulpiano : no se cortaba con la ley Petronia más que uno de los mil abusos de Xz potestad. Pero pronto se verá germinar la flor que ha de producir el nuevo fruto. Son llamados á regir el Imperio un Adriano, un Antonino, y el derecho de vida y muerte pasa del dueño al magistrado (i); quédale tan sólo á aquel el de corrección, pero no omnímodo, sino limitado : el prefecto de la ciudad es el encargado de vigilar que no traspasen el círculo de sus legítimos derechos (2).
Eran los romanos de la Bética de los menos piadosos con los siervos. Á una de las más famosas disposiciones de Antonino Pío en favor de éstos había dado origen cabalmente la crueldad excesiva de los andaluces, pues el rescripto fué dirigido á Elio Marciano, procónsul de esta provincia, y para proteger á los siervos del español Juliano Sabino (3). Pero sin duda en España habían sido las leyes protectoras de los míseros esclavos tan poco eficaces como en Italia, cuando aun entre las damas convertidas al cristianismo descubrían los PP. Iliberitanos, en los mismos días de Constantino, tan vivas las costumbres del orgulloso mundo antiguo, que creían preciso decretar penas contra la mujer bautizada que matase á su esclava por celos.
Examinemos ya las prescripciones del concilio de Iliberi relativas al culto público ; pero consignemos antes algunas conjeturas sobre la forma de las iglesias en que este culto se celebraba.
Las Constituciones Apostólicas, que la opinión más probable y piadosa considera como tradiciones derivadas á la Iglesia de
emperador. La palabra lex no debe tomarse bajo el Imperio en su acepción primitiva. En tiempo de Tiberio se expidió la ley Norhana; en tiempo de Claudio la ley Claudia. Tácito, por último, da el mismo nombre de ley (lex) al senado-consulto macedoniano.
(i) Véase á Godefroy sobre el C. Theod. lie e/nííni. Sí?ryo;- y á Pothier, Pand., t. I, p. 19, núm.° 3. Á Gibbón además, t. i , p. 151.
(2) Véase el D. de officío -prcej. urbis. • - (3) L. 2, dt; his qui sui vel alienijtiris sunt.
ALCÁZAR. — Parte superior del Patio de las Muñecas
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Oriente del labio mismo de los Apóstoles, aunque su compilación sea muy posterior, contienen una minuciosa descripción del edificio destinado al culto cristiano y de lo que en él debe practicarse.
Según estas Constituciones, los primitivos edificios religiosos debieron presentar en su interior una disposición muy análoga á la de las basílicas que más adelante y después de la paz de Constantino se adaptaron al culto cristiano. No es fácil decir qué distribución ofi-ecían por dentro aquellos pequeños recintos en que se reunían los fieles por tolerancia del emperador Adriano, del cual tomaron el nombre de Adrianeos (i): ni la de algunos otros lugares destinados con diferentes nombres, ya á honrar y venerar las reliquias de los mártires, ya á la mera oración en asamblea general de todos los convertidos (2) ; es de creer que mientras duraron las persecuciones se aplicarían indistintamente á estos piadosos objetos cualesquiera edificios. Pero cuando se construía de nuevo por excepción alguna iglesia, que propiamente hablando era el lugar destinado al Sacrosanto Sacrificio, á la predicación y lectura de la palabra de Dios y á la administración de los Santos Sacramentos, era casi forzoso adoptar la forma de la basílica, única que se acomodaba á las necesidades del culto en su manifestación más solemne. Entonces se hacía parte por parte todo lo que las Constituciones Apostólicas requerían: la iglesia en forma longitudinal, á manera de una gran
(i) Es sabido que el emperador Adriano, después de haber leído la apología de S. Quadrato, obispo de Atenas, de que habla la Historia eclesiástica, de üusebio, permitió á los cristianos reunirse en unos pequeños edificios que tomaron el nombre de Adrianeos.
En el siglo iii, según Optato (Contra Parment. 1. I), había en la sola Roma más de 40 iglesias cristianas. Véase á Ciampini Veteka monimenta: De sacris oedificiis.
(2) Sobre estas diferentes denominaciones según los diferentes usos, véase á Bellarmino {De Culi. Sanct., t. II, lib. III): uPrimó ad sacrificandum Deo appellari et hinc dicuntur templa; secundó ad orandum, et hinc dicuntur oratoria; tertió ad martyrum reliquias honorifice conservandas, et hinc basilicce, seu memorice., seu martyria; quartó ad populum verbo Dei et Sacramento pascendum, et hinc dicuntur ecclesicv.»
nave; galerías laterales, en uno ó en dos pisos diferentes, para colocar con la debida separación de edades y sexos la grey de los fieles (i); un recinto principal, en sitio dominante y reservado, para colocar la silla del obispo y los asientos de los presbíteros; otro recinto intermedio donde se erigía el ara para la ofi'enda del Sacrificio, y á ambos lados los pulpitos ó ambones para leer desde ellos los diáconos y lectores las Santas Escrituras y cantar los salmos de David ; finalmente, á uno y otro lado del recinto reservado al obispo ó pontífice, y en la extremidad del eje de las galerías laterales ó naves menores, \os pasto for ios ^ que venían á ser unos pequeños aposentos amanera de celdillas, ó tabernáculos (2), ó armarios en que se custodiaban la Eucaristía, los vasos sagrados y los ornamentos sacerdotales. Generalmente el pastoforio de la derecha, que solía llevarlos nombres de paratoriunty oblation'arium^ secretariwrn, vestiarium y thesaurus, servía para guardar las ofi-endas de los fieles, los vasos preciosos y los ornamentos; y el de la izquierda, llamado evaugelhcm y diaconicu'm mintts, era el sitio en que se preparaba el Santo Sacrificio y donde se depositaban los Libros Sagrados. Á estas partes esenciales, que en rigor no constituían más que dos secciones importantes, á saber, la gran nave accesible á todos los fieles, y el santuario reservado á los ministros de Dios, se agregaba un pórtico exterior; y de esta manera venía á ser la primitiva iglesia en su disposición general semejante al templo de Salomón. También se ha comparado al templo pagano vuelto del revés, es decir, pasando sus columnatas y su decoración á la parte interior del edificio. Y esto se explica muy naturalmente: el culto pagano era puramente exterior, y en la iglesia cristiana, por el contrario, las ceremonias religiosas se celebraban
(i) «... etiam mandrce habet ecclesia similitiidinem.n Constit. citada.
(3) In Ezechielis extrema parte in visione civitatis, in veteri Iranslalione habettir pastophoria^ tn nova gazophy lacia, id est cellulas parvas. Glosario de DucanGE, voc. pastopiioriiim.
Las piezas ó ábsides laterales, dice Hope en su Historia de la arquitectura, podían servir de sacristía y de lugar de purificación.
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interiormente en presencia de los fieles reunidos. Los cristianos además, no sólo por no prestarse á su culto el templo pagano, sino también por la instintiva aversión que tenían á todo lo que era recuerdo del politeísmo, repugnaban convertir en iglesias los templos de los ídolos. Pero por lo tocante á la decoración arquitectónica interior de los nuevos edificios, no era posible que los artistas cristianos descartasen por completo los bellos motivos introducidos por los gentiles en el ornato externo de sus construcciones religiosas, mientras no fijesen verdaderos símbolos de ideas contrarias al cristianismo.
No se crea, á pesar de lo dicho, que no pudieran convertirse en iglesias absolutamente ninguno de los templos del gentilismo, pues ni eran todos estos como aquellas diminutas celias de que habla May, en las cuales desaparecían los ídolos en la pequeña nube de un solo grano de incienso, ni sería fácil negarse siempre á estas transformaciones, en cierto modo gloriosas para el cristianismo. Lo único que creemos poder asegurar es que en los tres primeros siglos de la Iglesia no tuvieron lugar semejantes adaptaciones (i).
El uso de orientar las iglesias, esto es, de hacer que el Santuario mirase á Oriente, aunque recomendado por las Constituciones Apostólicas, no estuvo siempre en observancia en los primeros siglos. Hubo desde muy temprano herejes que identificaron á Cristo con el sol, y entonces el respeto á la antigua regla cedió ante el peligro de ofrecer un nuevo pretexto á tan disparatada superstición (2). Cuando cesó este error, prevaleció el antiguo mandato apostólico, y todos los templos cristianos, por lo general, se construyeron con la orientación indicada. Porque no era única razón para hacerlo así la que mencionan las
(i) Más adelante, no sólo las hubo, sino que fueron frecuentes. Basta citar las dedicaciones del Panteón, del templo de Minerva, del de la Fortuna viril, de los baños de Docleciano y de una sala de las Termas de Agripa.
(2) Sobre este punto tan interesante puede consultarse al erudito abate Cahier en los Anales de filosofía cristiana, t. XIX. Véase también á Baronio de mystíco respectit veter. chrisli.xnor. in condendis temf>lis: ad aniium ^14.
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Constituciones Apostólicas, á saber, que se hacía en memoria de la antigua posesión del Paraíso, sino que la piedad había hallado otros motivos más: Jesucristo al espirar, se decía, miró al oriente; en su gloriosa Ascensión álos cielos, se dirigió también hacia el oriente; Oriens iio^nen ejtis, dijo de él Zacarías.
Á pesar de lo que llevamos dicho respecto de la forma general de las iglesias de los tres primeros siglos, sin distinción entre las orientales y occidentales, por cuanto el cisma que dividió á la gran congregación cristiana aún no había nacido, debemos suponer que no faltaron en la Bética edificios religiosos de otras formas y acomodados á otra clase de plantas. La confusión consiguiente á las persecuciones introduciría, como en Italia, una gran variedad de prácticas artísticas cuya observancia se prolongaría hasta las épocas mismas de paz y tolerancia. No está bien averiguado si los cristianos en España se refugiaron alguna vez para celebrar los divinos misterios en minas análogas á las catacumbas de Roma , Ñapóles , Agrigento , Siracusa, Catania y Palermo ; parece probable que nunca los fieles españoles hicieran en los subterráneos ni en las canteras construcciones importantes como las que labraron sus hermanos en aquellos países. En la montuosa España, el refugio natural de los perseguidos debió estar siempre en las quiebras de sus sierras y en la espesura de sus bosques. Las basílicas de Probo y de Basso en las criptas del Vaticano ; los pequeños templos gemelos de los Santos Silvano y Bonifacio en las catacumbas de la antigua vía Salaria; la iglesia de San Hermes en el cementerio del mismo nombre y el templo circular de los Santos Marcelino y Pedro en los subterráneos de la vía Labicena: estos edificios, excavados en parte en la toba ó piedra volcánica y concluidos con materiales llevados de otras partes, no tienen en España semejantes. Sin embargo, en estas mismas construcciones excepcionales de las catacumbas se observa el esfuerzo hecho para adaptarlas á las prescripciones apostólicas : de trecho en trecho hay en estas galerías subterráneas salas ó
2^4 S L V I L L A Y C Á IJ 1 Z
cuhíctdos^ á veces bastante espaciosos, y de forma más ó menos regular, que sin duda alguna estaban destinados á las reuniones llamadas en las Constituciones sinaxis^ y á la celebración de los divinos misterios y de los ágapes. Aunque labradas en la toba, suelen tener alrededor asientos corridos, á manera de escalones, destinados á los fieles, y en el testero uno ó dos poyos para los pontífices ó prelados que presidían la asamblea. La catacumba tomó esto de la Iglesia descrita como modelo por los Apóstoles, y ésta después tomó á su vez algo también de la catacumba, porque sus cámaras sepulcrales fueron las que trataron de imitar en sus criptas las iglesias latinas; que por lo tocante á la primitiva Iglesia apostólica, no se hace mérito de esta parte en su descripción (i).
Debe suponerse que al cesar la última persecución existirían en la Bética notables construcciones religiosas erigidas ya en forma de iglesias, ya como simples capillas, oratorios y baptisterios, con notable variedad de formas y plantas, durante los tres primeros siglos del cristianismo, y que el mismo contraste que en la familia y en la vida pública ofrecían las costumbres dimanadas de las dos opuestas religiones, se advertiría en la fisonomía monumental y artística del país, donde, por ejemplo, al lado de los templos levantados en honor de Mamea (2) y del emperador Marco Aurelio, de fábrica aún reciente (3), descollarían el insigne baptisterio accitano de Luparia y la iglesia en que los PP. Iliberitanos celebraban su concilio.
Así como los cristianos y los gentiles vestían de una misma
fi) Una de las primeras iglesias con cripta que se citan entre los monumentos de Roma, es la en que se venera la tumba de S. Pancracio, colocada en una confesión subterránea, sobre la cual se construyó en el siglo iv haciendo que el enterramiento del santo mártir cayese exactamente debajo del altar mayor. Señala entre otros este ejemplo, en su Historia del arte, el caballero d'Agincourt, para probar que estas cámaras sepulcrales sirvieron de modelo á las criptas de las iglesias latinas de los siglos posteriores.
(2) Erigió este templo á Mamea, madre del emperador Severo, la misma ciudad de Acci, donde comenzaron su predicación los Apostólicos.
(3) Fué construido en lUiberi á expensas del público en el año 280.
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manera, y los primeros sólo se diferenciaban de los segundos en cuanto al traje exterior por el palio que llevaban los varones más religiosos, y el velo con que se cubrían las vírgenes consagradas al Señor, así también se asemejarían mucho en su forma externa las basílicas paganas, los templos idolátricos y las iglesias cristianas; y hasta los baptisterios, ya octogonales, ya cuadrados, ya circulares, se aproximarían en el aspecto general de su construcción por de fuera, á las rotondas de los romanos y á sus baños de planta poligonal (i). La principal diferencia residiría en lo interior, y aun en esta parte los motivos de la decoración y su disposición general serían paganos, como se observa en las catacumbas de Roma. No era este un inconveniente á los ojos de los primitivos fieles; hay por el contrario motivos para creer que, contentos los Padres de la Iglesia con que los prosélitos de la fe nueva atribuyesen á aquellas representaciones figuradas una intención y una significación desconocidas al viejo politeísmo, semejante concesión respecto de las ideas y usos antiguos era para ellos un medio de conciliación entre los partidarios de una y otra creencia (2). Era, pues, el arte decorativo cristiano en todos sus modos de representación, puramente romano: las pinturas de las capillas sepulcrales, los bajo-relieves de los sarcófagos, eran una imitación, aveces exacta y escrupulosa, de los modelos de la antigüedad. Ni se contentaban los primeros fieles con reproducir numerosas alegorías del paganismo, supuesto que en las épocas de bonanza se apo-
(1) V. á Batissier, pág. 375.
(2) Así lo dan á entender S. Paulino de Xola. S. Gregorio Magno y S. Gregorio de Niza.
S. Clemente de Alejandría en su Pcedcig., 1. V, c. II, al señalar los símbolos que debían emplearse por los cristianos, confiesa que eran de origen pagano.
Buonarrotti, Mamachi y Alegranza, piadosos anticuarios cuya ortodoxia está al abrigo de toda sospecha, reconocen que los cristianos procuraban popularizar las ideas más abstractas por medio de los símbolos que habían usado los idólatras.
Finalmente, basta echar una ojeada sobre los monumentos de las catacumbas de Roma, para convencerse de que si bien los primitivos cristianos usaban de formas y emblemas propios del paganismo, era atribuyéndoles una significación espiritualista y moral. .
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deraban hasta de sus mismos monumentos, consagrándolos al Crucificado. Pero hay que distinguir de tiempos en cuanto al desempeño artístico de las construcciones religiosas y su decoración. Obsérvase en Roma que á medida que las producciones de pintura y escultura se acercan al siglo iv, el arte cristiano se desvía más de las prácticas y tradiciones del arte pagano, haciéndose más original, pero también más grosero y rudo, mientras que, cuanto más se retrocede en la escala de los siglos hacia el origen del cristianismo, más notables son las reminiscencias que el arte nuevo conserva del antiguo, más estrecho el lazo que los une, menos bárbara y tosca la ejecución. — Pues si esto sucedió en Roma, es regular que el mismo fenómeno artístico se reprodujese en España : de donde colegimos que las iglesias erigidas en tiempo de los siete Apostólicos, aunque pequeñas y humildes, nos ofrecerían, si alguna felizmente llegara á descubrirse medio conservada, más belleza en su arquitectura y decoración que las edificadas en los tiempos cercanos á Constantino, en que ya el arte iba cayendo en una visible postración.
Entre las imágenes y emblemas figurativos de los cristianos dominaban los de la paz, la unión, la dicha y la esperanza; nunca en aquellos primeros siglos se les vio hacer la menor alusión á la crueldad de sus tiranos y verdugos. — Iguales alegorías se verían representadas en los monumentos sagrados de la Bética; pues aunque el canon 36 del concilio de Elvira prohibió que hubiese en la iglesia pinturas, á fin de que no estuviese retratado en las paredes lo que se reverencia y adora (i).
f i) Placuii fíicturas in ecclcsia, esse non deberé, ne quod colitiir el adoraiur in fiarietibus depingcitur, dice el canon citado. Comentándolo Albaspinco, dice, que en él sólo se prohiben las pinturas inmobles, pero no los signos ó estatuas, y que no se condenan tampoco las imágenes de los Santos mártires, sino las que representan á Dios ó á la misma Trinidad. Belarmino, con más juicio á nuestro entender, supone que esto se hizo para que las sagradas irriagenes no se estropearan con la humedad de las paredes, y porque en aquellos tiempos andaban muy perseguidos los cristianos. Por esta causa, añade, estaban muy expuestas las tales pinturas a recibir escarnio y afrenta d,e parte de los gentiles: pero como este peli-
Entrada al Salón de Embajadores por el Patio df, las Muñecas
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es opinión muy fundada que esta prohibición fué tan sólo relativa á las imágenes de Dios, y dictada bajo la inminencia de nuevas persecuciones por el prudente temor de que fueran profanados y destruidos tan santos y venerandos objetos. Los argumentos ó asuntos más usados, además de las imágenes de Jesús, la Virgen y los Apóstoles (con que desde el tiempo de Alejandro Severo comenzaron los Papas á decorar las catacumbas) han sido enumerados y descritos en multitud de obras, y excusamos molestar al lector recordándolos de nuevo (i).
Hemos dicho que escrupulizaban poco los cristianos primitivos respecto de los emblemas usados por los gentiles : esta tolerancia se extendía hasta el punto, hoy para muchos incomprensible, de hacer á veces inhumar los cuerpos de sus mártires y confesores en los mismos sarcófagos antiguos adornados de bajo-relieves paganos (2). Maravillosa fuerza de la costumbre: no acertaban los discípulos de Cristo á renunciar á los usos antiguos de sus perseguidores, y si bien trocaban ó modificaban la significación de muchos símbolos heredados de sus padres, dejaban otros con su significado primitivo, juzgándolo inofensivo
gro no existía para las tablas y demás pinturas portátiles, no debe entenderse con ellas la prohibición del canon de Elvira.
(i) Quien desee una descripción cabal de estas representaciones alegóricas tomadas de la antigüedad pagana, puede consultar la Roma Sotterraitea de Bosio, su traducción latina añadida, con el título Roma stibterranea, de Arringhi, la obra de M. Raoul Rochette Tabican des Calacombes, y la de M. Perret sobre las mismas Catacumbas. San Clemente de Alejandría declara de una manera positiva esa procedencia, de la cual no creía debieran avergonzarse los fieles. Sintvobis signacula, dice en su Paedag. lib. III, cap. X, columba^ piscis, vel navis quce celericursu a vento fertur^ vel lira música qua vsus est Polycrates, vel anchova quam insculpebai Seleucus.
(2) Boldetti en sus Osservazioni. etc., p. 466, habla de un magnífico sarcófago descubierto en el cementerio de Sania-Agnese^ en que á pesar de estar esculpido el dios Baco rodeado de amorcillos desnudos y genios de las estaciones, había sido sepultada la Sierva de Dios (ancilla Dei) Aur. Agapetilla.
La concha de pórfido que cubría la urna funeraria del emperador Adriano, servía primero de tumba al cuerpo del papa Inocencio II, y después ha servido para la pila bautismal, que aún se conserva, de S. Pedro de Roma.
La misma libertad se usó en Francia: el cuerpo de S. Honorato fué depositado en un sepulcro todo adornado de figuras de personajes romanos en su haz exterior.
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al espíritu de la nueva religión. Y ¿qué más? en cuanto al uso de amueblar, digámoslo así, las cámaras sepulcrales, introduciendo en ellas las alhajas, las armas, los instrumentos, amuletos y demás objetos que el difunto había tenido en más estima durante su vida, lo continuaron con toda puntualidad; sin omitir el requisito, tan indispensable entre los paganos, de las esencias y perfumes, que, lo mismo que aquellos, esparcían sobre los cadáveres dejando en el sepulcro los frascos (i), las cazoletas y las cucharillas. Esta tolerancia de los cristianos con las prácticas antiguas fué luego recíproca en los gentiles para con ellos: muchos personajes de Roma, después de la paz de Constantino, se tuvieron por honrados mandándose enterrar junto á las sepulturas de los mártires dentro de las catacumbas (2).
Debemos suponer, atendida la grande uniformidad que llegó á establecerse entre los usos y costumbres de los españoles dé la Bética y los de los romanos, que cuanto hemos indicado acerca del arte cristiano en Roma, tuvo aplicación en las provincias que son objeto de nuestro actual estudio. La planta y disposición de sus edificios religiosos variaría constantemente según las circunstancias de los tiempos, de las localidades y de los edificadores, acomodándose las Iglesias unas veces á la modesta sencillez y regularidad de las escuelas públicas, otras á la grandiosidad de los salones de los Césares; hoy desnudas de todo ornato, mañana ricamente decoradas; alguna vez quizá ajustadas á las prescripciones de las Constituciones apostólicas que
(i) Asegura Batissier que estos frascos ó ampollas, llamados comunmente lacrimatorios, y entre los anticuarios italianos ampolle di sangue, porque se creyó por mucho tiempo que habían contenido sangre de los mártires, sólo contuvieron perfumes. Por lo que hace á la costumbre de los primitivos cristianos de esparcir sobre los cadáveres esencias aromáticas, parece que dan testimonio de ella aquellos versos de S. Paulino de Xola (Natalia. \\).
et medicata fiio referent ungüenta sepulchro, martyris hi tumiiliim studeanl perfuiidere nardo.
(2) De aquí el haberse encontrado en las catacumbas inscripciones gentílicas y estatuillas de falsas divinidades.
2^0 SEVILLA y CÁDIZ
hemos recordado. I^as sagradas ceremonias del nuevo culto lo mismo podían celebrarse en el alto cenáculo que en la cámara subterránea, lo mismo en el cubículo de la catacumba que en la espaciosa sala de la escuela. Una cruz, un ara, una fuente bautismal podían colocarse en cualquiera parte. Ora sirviese de secreto redil á la nueva grey la morada particular de algún recién convertido, ora explayase la augusta santidad de sus ritos bajo la tolerancia de un procónsul humano y generoso, en un edificio construido al intento, ora perseguida y vergonzante, ora consentida y llamada á sacar de la oscuridad de los escondrijos la majestad de sus misterios, la verdad persuasiva de sus dogmas y la belleza de su moral, siempre en la Iglesia de Jesucristo brilló aquel divino carácter de universalidad que la hizo desde su nacimiento adaptable á todas las circunstancias y situaciones. Pero es evidente que si bien la forma del edificio religioso pudo variar hasta lo infinito, y varió en efecto de una manera radical, ya en el oriente respecto del occidente (i), ya en el mediodía respecto del septentrión, no así el lenguaje figurado que servía de arte decorativo, no así los emblemas y alegorías, el simbolismo en suma, que entrañaba verdades uniformemente promulgadas en todas partes. Menos aún podía la Bética separarse en este punto de Roma, que era su modelo y su maestra, y con la cual conservaba su Iglesia las íntimas y frecuentes comunicaciones de que nos da irrecusable testimonio
(i) El que desee adquirir las escasas noticias que suministran los librosáfalta de monumentos sobre la forma de las iglesias del oriente anteriores á la paz de Constantino, debe acudir á las descripciones, desgraciadamente truncadas é incompletas, de los historiadores y escritores sagrados contemporáneos. Eusebio de Cesárea hace mención de algunas construidas en Constantinopla, Antioquía, Jerusalén y otras ciudades importantes. Sus plantas eran de todo punto singulares, ya circulares, ya poligonales, ya paralelógramas : sus cubiertas, de bóveda ó cúpula. Las formas macizas del arte romano no hallaron cabida en estas construcciones, notables particularmente por la ligereza, esbeltez y gracia propias del genio oriental.
Es curioso investigar la inlluencia del arte de la Siria, Persia y Jonia en las obras de los primeros cristianos del oriente ; pero este asunto no entra en el cuadro de nuestros estudios actuales.
el ver á los prelados reunidos en Elvira seguir siempre en los casos de discordancia ó duda los ritos y usos romanos. Además, todo debe suponerse común y uniforme en la Iglesia católica de aquellos tiempos, anteriores al Cisma, en que las dos comuniones griega y latina eran una sola, en que el grande Osio preside los concilios de Nicea, de Arles y de Sárdica, y en que la denodada hueste de tantos obispos y diáconos españoles, gloriosos defensores de la verdad contra los errores de los arríanos y donatistas, acude presurosa de occidente á oriente y del mediodía al septentrión para pelear en aquellas memorables trincheras de la Iglesia universal.
Respecto del culto público, los cánones de Elvira nos revelan una circunstancia que bastaría por sí sola, á falta de otras, para probarnos la acrisolada fe de los cristianos de la Bética, y es, que aun en aquellos períodos de recrudescencia en que los emperadores gentiles perseguían con tanto encarnizamiento la religión de Jesucristo, se celebraba el sacrificio en las iglesias. Asistían á él todos los fieles, y el que dejaba de acudir al templo tres domingos consecutivos, quedaba privado de la comunión por cierto tiempo. Esto manifiesta que los cristianos vivían tan adheridos á sus iglesias, que no se separaban de ellas sino por muy pocos días cuando les era absolutamente indispensable.
El sacrificio se celebraba diariamente, pero aconsejaba la prudencia que no se obligase á los fieles á la asistencia diaria al templo : reputábase sin embargo término suficiente para esquivar las persecuciones, el de tres semanas. Los prelados además indicaban el día y el lugar para la celebración de las reuniones extraordinarias, y para esto se valían del ministerio de los diáconos, los que uno á uno iban avisando á todos.
Sobre la existencia de las parroquias en estos tiempos no cabe la menor duda. Ya antes, por los años 290, el papa Dionisio en su epístola 2.^ había mandado al obispo Severo que hiciese en la provincia Cordobesa la división de iglesias parro-
2.\2 SEVILLA Y CÁDIZ
quiales y las constituyese (i): de modo que debe creerse que la asistencia á la misa y la comunión habían de verificarse precisamente en iglesias determinadas. Parroquias había muchas; faltarían quizá obispos ; mas no por esto quedaban las diócesis abandonadas, pues á falta de prelados y presbíteros, era lícito dar á los simples diáconos el gobierno de la plebe (2). Si no fuera ya considerable el número de las iglesias en la época que venimos examinando, juzgamos que el canon en que se permite al lego bautizar al catecúmeno en peligro de muerte (3) habría sido concebido en términos muy diferentes: Yendo en una nave lejos de tierra^ ó si no hubiere á corta distancia una iglesia, dice el concilio, puede un fiel qiie tiene integro sti bautismo, y no es bigamo, bautizar al catecúmeno que se halla gi^avemente enfermo. Dé aquí parece deducirse que si bien no habría iglesias en todas las aldeas y lugares de España, no faltarían en casi ninguna de las poblaciones principales. Pruébase asimismo por estos cánones de Elvira que ya los obispos y clérigos tenían audiencia ó jurisdicción forense, entendiéndose ésta no sólo del foro penitencial, sino del exterior judicial (4).
Acerca del orden con que se celebraban los divinos oficios, parece fuera de toda duda que perseveraba el introducido por los siete Apostólicos , en lo principal conforme con el prescrito por S. Pedro para Roma y para todo el Occidente. Uniforme en toda la Iglesia católica (5) en cuanto á la sustancia,
(i) Que había parroquias establecidas en tiempo del concilio de Elvira, lo prueban también las firmas de los presbíteros que asistieron á él como párrocos.
(2) Can. 77. Sí qitis diaconus regens flebcm sine cpiscopo vel presbyiero, etc.
(3) Can. ^8.
(4) Can. 74. Falsus iestis, proiit est crimen, abstinebitur, etc.
(^) Como ya en el siglo iii había infinitas herejías, para diferenciar á sus secuaces del gremio de la Iglesia verdadera, dieron á esta los PP. Iliberitanos el nombre de Iglesia católica. Por la misma razón en todos los antiguos concilios suscriben los obispos fieles como obispos de la Iglesia católica, para distinguirse de los que no lo eran, como los novacianos. los donatistas, etc. En la ley 2 del Cod. Theodos. de fide catholica. se dice que deben llamarse cristianos católicos los que abrazan la religión que siguen Dámaso, romano Pontífice, y el Patriarca .Ye' Alejandría.
S E \' I Ll. A Y CÁDIZ 243
Ó en cuanto á la consagración de la materia (i), variaría quizás en las diferentes localidades respecto del modo, número y orden de las oraciones de la misa. Cuando instaba la persecución, sería la liturgia breve y reducida á lo puramente indispensable, con la oración dominical, el ofertorio y la consagración; cuando había paz y sosiego, el oficio se explayaría en preces y se dirían las siete acostumbradas oraciones que según S. Isidoro se derivan de la evangélica y apostólica doctrina. Consta en efecto por testimonio de Santos Padres inmediatos á los apóstoles, que al tiempo del sacrificio se usaban varias preces, darse la paz, ofrecer, dar gloria á Dios, hacer gracias, bendición, etc.; lo cual pide diversas oraciones, y además una' liturgia ya escrita : no pareciendo probable ni conveniente que se fiase todo á la memoria. Consta asimismo que había lecciones del Nuevo y Viejo Testamento. Nada se opone en suma á que lo sustancial de la liturgia estuviese escrito, sin que tuviesen las partes todo el complemento que con el tiempo se les fué acrecentando; porque empezar, crecer y perfeccionarse, es la condición natural de todas las cosas.
No era permitido á los catecúmenos asistir á las oraciones y ceremonias propias de los bautizados. Antes del concilio de Orange celebrado en tiempo de Teodosio el menor, ni aun siquiera se les consentía oir la lectura de los Evangelios. Podían los que se instruían y preparaban para recibir el agua regeneradora del bautismo asistir en la iglesia á ciertas oraciones, así en maitines y vísperas como en la misma misa ; pero en los rezos de aquellas horas, al dar él obispo la bendición debían apartarse ó desviarse de la grey cristiana, para que no creyeran que la bendición de los fieles les pertenecía á ellos ; y en igual ocasión durante la misa debían retirarse de la iglesia. La bendición que se daba á los catecúmenos constaba de otras palabras y rito que la de los iniciados.
(1) V. al Carel, de Bona, R¿y. ¡ilurgic. lib. I. cap. 7, núm. V.
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Después que los catecúmenos y penitentes evacuaban la iglesia, comenzaban las ofrendas. Avergonzábanse los cristianos de acudir al templo para pedir á Dios mercedes, y hasta la misma vida eterna, sin llevarle algo de las cosas perecederas de la tierra. En muchos de los primeros concilios este generoso sentimiento se convierte en precepto, y se manda que no se presenten los fieles sin ofrenda. Llevábanse estas ofrendas al altar, señaladamente los domingos, durante la solemnidad de la misa; pero no podían ofrecerse indiferentemente todas las cosas. Unas se consideraban como convenientes á la majestad del altar y santidad del templo, pero otras los profanaban; y no solamente se condenaban las ofrendas profanas, sino además las supersticiosas (i). Reducía generalmente á pan y vino sus ofrendas la gente común: recibíanlo los sacerdotes, repartiéndolo entre los fieles y los clérigos pobres: otro tanto se hacía con el dinero que otros ofrecían por medio del diácono, el cual se quedaba para los mismos fines en el gazofilacio.
Este pan ofrecido á la Iglesia por la piedad de los fieles era el mismo que la Iglesia les devolvía consagrado y convertido en cuerpo de Jesucristo, en cuyo amor se consumaba con fraternal reciprocidad el santo comercio de caridad cristiana que tanta fortaleza comunicaba á los fieles para merecer la corona de mártires y confesores. De los panes presentados en el altar, sin reparar en su clase y figura, aunque procurando elegir el más blanco, tomaba el sacerdote para la consagración uno solo, de tal magnitud que todos los que comulgasen pudiesen participar de él. Porque la Iglesia en su antigua disciplina, para imitar más á Jesucristo y recordar su pasión, hacía pedazos el pan consagrado á fin de que los cristianos comiesen del mismo que consumía el sacerdote. Podía esto verificarse en la iglesias reducidas de aquellos tiempos, porque habiendo de comulgar de un solo pan todos los fieles ó iniciados que asistían al sacrificio, se concibe que si era
(i) Cuáles fuesen unas y otras puede verse en los cánones apostólicos 3.° y 5-°
el pan de gran tamaño, alcanzase para todos dividido en pequeñas partículas. Así la comunión y unidad católica se significaba y traducía hasta en la forma material y exterior: así el divino alimento que santificaba al clero y al pueblo era más visiblemente uno para todos, y todos miembros de un solo cuerpo , iguales delante de Dios, sujetos á una xabez-a que se identificaba con ellos en el sustento y en la gracia.
A los energúmenos no se les admitían las ofi'endas, y por lo mismo no se los mencionaba en el altar (i).
La iluminación de los templos, aunque no espléndida en aquellos siglos como en los posteriores , no era sin embargo escasa. No fué sólo la necesidad la que la introdujo en las tenebrosas catacumbas, y el célebre Muratori ha demostrado de una manera incontrovertible que no se debe á la mera tradición de un uso establecido por aquella necesidad la costumbre de iluminar la iglesia
hasta en las reuniones diurnas (2). Fué esta una de las prácticas que la Iglesia al nacer encontró establecidas, y que
(i) Can. 29.
(2) MuRATOiu, Anécdota (latina), ló.-'' disertación in S. Paiilín. nai. XL
Puerta del Patio de las Muñecas
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conservó, y aun consagró por el uso que de ellas hizo, como una de tantas costumbres que deben su origen no á creencias determinadas, sino á ciertos sentimientos de la naturaleza humana que se han abierto paso en todas las religiones del mundo. La antigüedad pagana nos suministra innumerables ejemplos de las iluminaciones de toda especie, con teas, antorchas, hachas, hogueras, etc., y durante el día, como muestra de regocijo ó ceremonia de honor. Por lo tocante á la época cristiana, nada nos sería más fácil que aglomerar autoridades sobre el empleo de las lámparas y cirios en las ceremonias eclesiásticas. En el hervor mismo de las persecuciones, vemos á los fieles de Cartago acompañar en cortejo ñínebre, con sendas hachas, el cadáver de S. Cipriano después de su martirio (i), á pesar de su intención de sustraerlo á la vista de los paganos. Prudencio, que floreció en época muy cercana á los mártires, cuyas alabanzas canta su ardiente é inspirado plectro, pone en boca del perseguidor de S. Lorenzo, que pide al santo diácono le entregue los tesoros de la Iglesia, estas palabras: «Sabemos que en vuestras «reuniones nocturnas os alumbráis con cirios puestos en cande- » labros de oro (2).» — No era el único objeto de las luces honrar la presencia real del Señor en el Sacramento Eucarístico, el cual no se conservaba siempre ni en todas partes según hoy es costumbre entre los católicos; encendíanse también para las reliquias y las sagradas imágenes, ante las cuales ardían como perennes testigos de la piedad del pueblo.
Pero sobre la iluminación de los cementerios hay entre los cánones de Elvira uno muy notable, que descubre algo de peculiar á la Iglesia de la Bética (3). Mandan los PP. del Concilio « que no se enciendají de día cirios en ¿os cementerios, porque no
(1) RuiNAHT, AA. Marlyriim: S. Ciprian., n." 5.
(2) Peristeph. II. 7 i y siguientes.
Aitroque uociurnis sacris adstare /ixos cercos.
(3) Can. 34. Céreos per dicmplcicuitín cd-menteriú non incendi, inguíetandi envn sctnctorum spiríius non sunt.
S E V I L L A Y CÁ D I Z 2A^']
■s> deben inquietarse los espíritus de los Santos. >•> Los expositores del derecho eclesiástico difieren sobre la interpretación de este canon. Juzgan unos que lo que prohibe es aquel residuo de la antigua magia pagana, que aún duraba en España en los primeros siglos del Cristianismo, y mediante el cual se encendían luces para hacer las evocaciones de los espíritus pronunciando ciertas palabras misteriosas: superstición justamente condenada y anatematizada. Antiguamente, en efecto, se jactaban los magos y nigrománticos de poder evocar ó inquietar los manes de los Santos para consultarlos sobre las cosas futuras, haciéndolo así con objeto de poder con más facilidad separar á los cristianos, poco seguros en la fe, del verdadero culto de Dios (i). No es de extrañar que los cristianos primitivos conservasen algunos de los groseros errores del gentilismo, cuando tantos hombres de privilegiado entendimiento, honra y decoro de la clásica antigüedad, habían incurrido en ellos, como se lee en Plinio, Cicerón y Horacio (2). No sólo pues se encendían luces en los cementerios
(i) Obsérvase para robustecer esta interpretación, que en el lenguaje délas Sagradas Escrituras inquietar los espíritus de los Santos es lo mismo que intentar sacarlos del descanso en que están, restituyéndolos á la luz presente: á lo que otros llaman solicitar, sacar, educir, llamar ó invocar los manes. Así, en efecto, cuando Saúl, consultando á la pitonisa de Endor, obtuvo por castigo del cielo que se le apareciese Samuel, le preguntó éste ¿-porqué me has inquietado haciéndome aparecer? Á este arte de la nigromancia llamó con justicia Tertuliano st!02/;7afa idolairia.
(2) Recomendamos al lector principalmente la sátira 8.' de Horacio, lib. I, donde se hace la más chistosa y entretenida burla de las brujas del paganismo y de sus conjuros.
Scalperc terram
unguibus, et pullam diveliere mordicus agnam cseperunt; crúor in fossam confusos, ut indc manes elicerent, animas responsa daturas.
Así evocaban los espíritus aquellas asquerosas mcdiuins de la antigua Roma: las miss Brown de nuestros días no recogen para sus evocaciones las drogas infernales y las ossa herbasque nocentes de que habla el poeta, ni emplean para disfrazarse Canidix dentes y el altum Saganx caliendrum; hácenlo todo sencilla y limpiamente con el magnetismo, y lejos de intimidar con su aspecto y sus tremendas operaciones, atraen con el buen tono y la exquisita elegancia de sus casas y personas. Pero todo es igual en el fondo : la forma sólo ha cambiado. Y lo más doloroso es que en este cambio queda la civilización moderna muy por debajo de la cultura de los
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por verdadera religión, sino que también las usaban los mágicos y adivinos. Pues como después de comer no era lícito celebrar sin causa necesaria, y los sacrificios que solían hacerse para evocar los espíritus de los Santos y de los difuntos en general no se hacían por la noche, explicaron los PP. del Concilio que la prohibición se concretaba á las iluminaciones diurnas (per diem): para que no se creyera que las vigilias nocturnas, entonces muy comunes, habían de celebrarse á oscuras.
Entienden otros anotadores este canon de muy diferente modo: D. Fernando de Mendoza interpreta la palabra santos por los mártires y confesores; pero Loaisa dice que por santos deben entenderse los fieles devotos, cuyo espíritu se inquieta ó distrae con la concurrencia y con el cuidado excesivo de encender los cirios y mantener las luces. — Suponen algunos finalmente que el motivo de la prohibición de poner luces en los cementerios fué el deseo de ocultar á los gentiles los parajes en que reposaban los cuerpos de los mártires, y de evitar al mismo tiempo que sufrieran malos tratamientos de parte de los perseguidores los clérigos diputados para la custodia de las santas reliquias. Por lo demás, las iluminaciones nocturnas de los cementerios no sólo no eran prohibidas, sino que estaban muy especialmente recomendadas y preceptuadas las vigilias en ellos.
Era costumbre de los cristianos desde el nacimiento de la Iglesia (i), pasar en oraciones la noche que precedía al día festivo (2); pero las vigilias, instituidas santa y religiosamente para celebrar la memoria de los Santos y meditar sobre los ejemplos de los mártires y confesores, alguna que otra vez dieron ocasión á escenas torpes por la simultánea concurrencia de los dos sexos.
gentiles, porque entre aquellos eran las pitonisas ó hechiceras gente tan despreciada y baladí como Sagana y Canidia, y reputaban los hombres superiores castigo suficiente para sus farsas la ventosidad de un Priapo de madera.
(1) Atestigúalo Plinio el joven.
(2) Era tal la piedad de los antiguos respecto de los cementerios, que se reunían y pasaban en ellos las noches enteras, cantando alabanzas á los mártires. V. las
Constituciones Apostólicas, lib. VI, cap. último.
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Por esta razón los PP. Iliberitanos, tan celosos guardadores de la pureza de las costumbres, juzgaron conveniente que las mujeres no pernoctasen en los cementerios (i), donde, por no poderse quizá establecer cómodamente la separación que se observaba en las iglesias, era más fácil y peligrosa la promiscuidad. Las leyes romanas, á que España estaba sujeta, prohibían enterrar los cadáveres dentro de las poblaciones, de modo que los mártires, y en general todos los fieles difuntos, eran sepultados fuera de los muros en parajes subterráneos y oscuros; circunstancia que podía favorecer á las torpes intenciones de los hombres de malas costumbres. Fuerza es reconocer que los mismos paganos se mostraron en esta parte igualmente celosos del pudor y de la honestidad, porque ya en tiempo de Rómulo las vigilias de mujeres y hombres juntos estaban vedadas, no sólo en los campos, sino en las mismas ciudades, y después se mandó que los hombres no pernoctasen en los templos de las Vestales.
Terminaremos este bosquejo sobre el culto público de los cristianos de la Bética en la interesante época de transición que nos ocupa, mencionando una disposición del mismo concilio de Elvira acerca de la bendición de los campos. Venía ya admitido antes de este concilio, tanto por una constitución del papa Eutiquiano (2) cuanto por la costumbre, que todo lo que pertenecía en esta provincia al uso de los hombres, los campos, los frutos, las casas, la familia, fuera bendecido por los sacerdotes, á cuya morada se llevaban todas las cosas semovientes, sin que fuera lícito servirse de ellas antes. Desde el tiempo de los Apóstoles bendecían los sacerdotes las nuevas mieses, las uvas y otras cosas (3), y si bien estaba prohibido que se ofrecieran en sacrificio sobre el altar las legumbres y demás frutos, á excepción de las espigas y uvas, no se vedaba que fuera del sacrificio se bendije-
(i) Can. 35. Nefcemine in ccemenleriis fiervigüeni.
(2) Dirigida á los prelados de la Bética.
(3) Can. apost. III y IV.
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ra en el altar mismo lo que había de servir de alimento á las personas. El concilio, pues, aceptó esta antigua costumbre, confirmó este piadoso y laudable rito; pero sabiendo é inculcando que toda bendición que se da fuera de la comunión de la Iglesia es maldición, cuidaron de que los fieles ignorantes no ñiesen damnificados haciendo bendecir sus casas y haciendas por los judíos.
Para terminar este capítulo, haremos mención de un hecho que acredita cómo las dos sociedades pagana y cristiana coexistían en la Bética en cierto pié de necesaria y mutua tolerancia, y cómo, en cuanto un hecho cualquiera impremeditado venía á alterar esta costosa é insubsistente tranquilidad, al punto se procuraba calmar la efervescencia popular, satisfacer al partido ofendido y restablecer el equilibrio. El carácter personal de los príncipes nada ó poco influía en estas oscilaciones : al paso que un Marco Aurelio y un Decio figuraron entre los más iracundos perseguidores, hombres como Caracalla y Alejandro Severo se distinguieron como protectores de los cristianos. Vemos en suma que con la misma facilidad pasaron de la persecución á la tolerancia y al contrario, los tiranos que los políticos indecisos é irresolutos: lo mismo Adriano, Probo y Tácito, que Eliogábalo y Cómmodo.
« Sz alguno quebr abitare los ídolos y en aqziel mismo sitio •D fuere m,uerto; como qite en el Evangelio no se maiició tal cosa, » ni se hizo jamás en tiempo de los Apóstoles, Juzga7)ios que no y>debe ser contado en el número de los mártires (i).» De esta manera procuraban los sabios y prudentes PP. Iliberitanos, penetrados de la necesidad de mantener la paz con el Estado, refrenar el celo indiscreto y las provocaciones de los que buscaban el martirio, arrastrados más de una efervescencia iracunda que de un verdadero espíritu cristiano. Aprobaban aquellos santos prelados, y aun veneraban, la constancia y heroica fir-
(i) Can. 60.
meza de los que se mantenían fieles cuando con amenazas se los quería obligar á sacrificar ó dar culto á los falsos dioses; pero no querían que el cristianismo sirviese de pretexto para provocar sediciones fijnestas á la Iglesia, ni que el pueblo tributase á los meramente fanáticos el nombre, honor y dignidad de mártires.— Por otra parte, era necesario evitar que se hiciese con el nombre cristiano una especulación: porque entre los llamados fieles había antiguamente muchos pobres y mendigos, los cuales, no tanto por celo de religión cuanto por su absoluta desnudez y desamparo, se exponían al martirio con objeto de que mientras permaneciesen en la cárcel los alimentara la Iglesia y pagara sus deudas. Pero lo que principalmente se deseaba era que los gentiles no tuviesen pretexto para ensañarse contra los cristianos y sus templos.
La Iglesia incipiente no podía menos de aceptar la paz transitoria que la tolerancia del politeísmo romano le ofrecía. No era pequeña concesión para la arrogancia romana el puesto que algunos personajes de la familia de los Césares daban á Jesucristo entre los otros dioses de su larario. Sabían los santos prelados de la grey naciente que el cristianismo es esencialmente exclusivo; mas aguardaban resignados á que se convenciesen de esta verdad los paganos, aun á costa de ser entonces el blanco de la pública animadversión y declarados enemigos irreconciliables de las divinidades del Imperio. Roma daba con la mayor facilidad carta de naturaleza á todas las religiones del universo: imitadora en esto de la Grecia de Alejandro Magno y de sus sucesores, había reunido é identificado con sus divinidades á los dioses que adoraban todas las naciones del oriente y del occidente sometidas á su potestad. Si el cristianismo hubiera podido amalgamarse con esta religión tan expansiva y cosmopolita de los dueños del mundo, ninguna variación hubiera ocurrido en las instituciones del Imperio ; toda la novedad se habría reducido á tener Roma un dios más en su Panteón. La sociedad pagana no rechazaba pues la nueva
creencia de una manera absoluta; al contrario, sus tendencias le eran hasta cierto punto favorables; pero quería, si posible fuese, conciliar el culto del verdadero Dios con las costumbres del politeísmo.
La propensión del pueblo pagano á cristianizarse, si es lícito usar de esta expresión, unida á aquella especie de misión providencial que la mujer desempeña en la familia, y en cuya virtud esta privilegiada mitad del linaje humano venía siendo la égida de los perseguidos y el motor de los más afortunados cambios verificados en los hombres y en los acontecimientos (i), trajo á la sociedad romana al punto de una inminente abjuración de su antigua y relajada fe, que indudablemente se hubiera verificado á pesar de las interesadas resistencias de la oligarquía senatorial, si Diocleciano hubiera sido un hombre de carácter menos débil.
Las catacumbas parecían cerradas ya para siempre : las iglesias, adornadas de flores, se alzaban rivalizando con las aulas imperiales: la nueva fe había conquistado su libertad, y con esta el influjo y el poder. Diocleciano no era ya el emperador sujeto con los grillos ocultos de las tradiciones republicanas, sino un verdadero rey: un rey á la manera de los del Asia, ceñido con su diadema, cubierto de seda y oro, custodiado exteriormente por sus scholcE y en lo interior por sus eunucos; inaccesible, silencioso, severo, servido de hinojos y adorado como un semidiós en su palacio de Nicomedia. Y este rey, absoluto como los de
(i) El que desee profundizar en este interesante argumento puede consultar, además de las obras del abate Greppo sobre la historia eclesiástica de los primeros siglos, el curioso trabajo de J. de Witte publicado en el tomo 3.° de la Miscelánea de arqueología, etc. (Mélanges d'archéologie, etc.) de Cahier y Martin.
Merced á estas concienzudas investigaciones, tenemos documentos suficientes para establecer de una manera incontrovertible el cristianismo de varios personajes de las familias de Nerón y de Domiciano, y de algunos emperadores anteriores á Constantino.
Las notables obras del abate Greppo que dejamos arriba citadas, son: Trois inémoires relatifs a l'Hisioire ecclésiastique des premii^rs siécles, Lyon, i 840 ; y Notes historiques, biograplüques, archéologiques et lütéraires, coticernant les -premiers siécles clirétiens, Lyon, 1841.
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ALCÁZAR. — Salón de Embajadores
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Oriente, rodeado de oficiales palatinos y altos ñ.inc¡onarios que jamás había conocido el Capitolio, no sólo protegía á los cristianos, sino que les tenía entregados su confianza, su casa, su patrimonio y el mismo gobierno. Dorotheo y Gorgonio, cristianos ambos, manejaban todos los negocios públicos. Frisca y Valeria, la esposa y la hija del emperador, profesaban el cristianismo: Diocleciano en verdad no llegó á abrazarlo ; pero todo induce á creer que tuvo tratos muy confidenciales con los cristianos (i). Dice Chateaubriand hablando de este emperador (2): «Su genio »era grande, poderoso, atrevido; pero su carácter, con harta »ñ-ecuencia débil, no sostenía el peso de su entendimiento.» Y tiene sobrada razón : Diocleciano concibió el gran proyecto político de defender el mundo romano contra los embates de la barbarie invasora haciendo división metódica lo que era ya desmembración y desquiciamiento, constituyendo cuatro grandes monarquías con los restos del coloso antiguo, como cuatro inexpugnables barreras ó antemurales en que se estrellase la furia de las hordas incultas que espiaban el momento de lanzarse sobre el Imperio y hacerlo pedazos. Como complemento y clave de esta gran confederación y de la revolución administrativa consiguiente, ideó un poder supremo pleno y absoluto, el cual, por la oposición forzosa que había de encontrar en las formas republicanas si llegaba á ensayarse en la misma Metrópoli, debió llevarse á efecto trasladando á otra parte la silla imperial. Con estos elementos, si Diocleciano hubiera persistido firmemente en su sistema de tolerancia, que era ya la ley del Imperio y el ardiente anhelo de todo el orbe, su puesto en la historia hubiera sido el que después ocupó Constantino. Pero, como hombre de poco carácter, se dejó arrastrar por las sugestiones de sus colegas Galerio, Constancio Cloro y Maximiano, y haciendo trai-
(i) Esta aseveración, que sorprende al pronto por su novedad, se halla sólidamente fundada por el conde de S. Priest en su notable trabajo liistoire de la royauíé, tomo i.°, lib. II, cap. 111.
(2) Mártires. L. III.
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ción (i) al partido más popular, decretó contra los cristianos la sangrienta persecución á que los historiadores sagrados dan el nombre de era de los mártires. Los resultados de la debilidad de Diocleciano pueden adivinarse: al ceder á la exigencia de sus colegas, abdicó de su proyecto de restauración monárquica; al entregar los cristianos á la furia de la aristocracia romana, al someter á esta terrible prueba las fuerzas de la nueva religión, el triunfo fué para Jesucristo, el porvenir quedó asegurado á la Cruz.
Sería injusto culpar á Diocleciano por todos los martirios que los cristianos padecieron mientras ocupó el trono: ya hemos dicho que en muchas ocasiones hubo mártires sin que el nombre cristiano en general fuese perseguido, y que esto se verificaba cuando una circunstancia cualquiera, imprevista y fortuita, venía á destruir el equilibrio artificial que descansaba en la tolerancia del Imperio y en los progresos clandestinos del cristianismo. Es de suponer que ni siquiera llegarían á noticia del emperador las crueldades de vez en cuando cometidas por los Presidentes de las provincias, más que con el carácter de persecución religiosa, con el de castigos por delitos de subversión y sublevación.
Esta significación y no otra tiene el martirio de las dos santas patronas de Sevilla, Justa y Rufina. Fué cabalmente al año segundo de haber ascendido al Imperio aquel príncipe y al mostrarse más favorable á los cristianos, cuando el Presidente de la Bética, Diogeniano, decretó el martirio y la muerte de aquellas dos incontaminadas doncellas. Acaeció esto en el año 287 de Jesucristo, disfrutando la Iglesia de la Bética de la misma tolerancia que gozaban todas las otras religiones, ocupando públicamente la sede hispalense el dignísimo Sabino, que algunos años después asistió al concilio de Ilíberi, y durando aún en aquella tierra algunos de los antiguos cultos de los pueblos orientales
(1) St. Priest, loe. cit. Diocléíien.—Son pLxn. — Sa trahison. Etc.
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que tanto la habían cursado, como lo manifiesta el hecho mismo que dio ocasión á aquel doloroso martirio.
Las santas Justa y Rufina eran dos hermanas que vivían en Sevilla vendiendo vasijas de barro y haciendo mucho bien á los pobres. Se habían criado en la fe cristiana y no se mezclaban en ninguna de las prácticas religiosas de los gentiles. Llegó la fiesta en que se celebraba á la diosa Salambo : acertó á pasar el cortejo que acompañaba al ídolo por el lugar donde ellas tenían su puesto de cacharros, y habiendo sido requeridas las dos hermanas á dar ofrendas para la diosa, respondieron con inspirada y santa indignación que ellas no reconocían ni adoraban más que á un solo Dios, creador de cielo y tierra, despreciando aquel simulacro que no tenía vida ni sentido. Sobresaltadas al oir esta contestación las mujeres que llevaban la imagen en andas, sostenidas en sus hombros, la dejaron caer, destrozando con ella toda la hacienda de las dos pobres cacharreras. Estas, movidas de su horror al ídolo, y sin reparar en aquel detrimento, le arrojaron con menosprecio haciéndole pedazos. Los gentiles escandalizados las trataron de sacrilegas, y á voz en grito las declararon reas de muerte. Diogeniano, que gobernaba en Sevilla, las mandó comparecer ante su tribunal, y viendo su entereza, las atormentó de varios modos. No pudiendo vencer su constancia, las encerró en tenebrosa cárcel, en la cual sucumbió Justa, de hambre. Su hermana Rufina fué expuesta en el anfiteatro á un fiero león, mas no habiendo querido el animal dañarla, la quitaron la vida los verdugos quemando en el mismo anfiteatro su cuerpo. — Es pues evidente que aún perseveraban en nuestro suelo por aquel tiempo reliquias de la religión y ritos de los babilonios y sirios; pero otra consideración más se desprende del lamentable caso de las dos santas doncellas, á saber, que el martirio de éstas pudo muy bien ser causa de que algunos cristianos poco prudentes, presumiéndose igualmente llamados por el cielo á recibir la palma de mártires, trataran de concitar contra el paganismo oficial los ánimos de los convertidos : en cuya
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situación, no es de extrañar que los piadosos y sagaces prelados se vieran precisados á contenerlos, dictando medidas que más tarde tuvieron su fórmula concreta en el canon arriba citado, donde se prohibe venerar como mártires á los que fuesen muertos quebrantando los ídolos.