Sevilla y Cádiz · Capítulo real 6 de 18

CAPITULO XII

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 16 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO XII

El cristianismo bajo la paz de Constantino : período de transición

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OS Últimos hechos de la vida pública del politeísmo se suceden rápidamente. Galerio, Licinio y Magencio ^^ ¡¿-* V ,^ intentan en vano alimentar la llama que se extingue ^ S '^ en los altares de los falsos dioses : sus mismos edictos . sancionan la tolerancia de la religión de Cristo. Como ellos, Constantino promete la paz á la Iglesia, y el prodigio que acarrea su conversión le asigna un puesto de honor en la historia. Conságrase este príncipe á la reorganización del poder supremo y encuentra en los cristianos francos y decididos cooperadores. No miran éstos con celo sombrío su título de soberano pontífice; comprenden por el contrario que este título, que dio á los augustos el politeísmo, es providencial y pone en sus manos el derecho de destruirlo. En efecto, al establecer Constantino una nueva religión, no obra como príncipe, cónsul ó tribuno perpetuo, sino como pontífice supremo. Como tal, le estaban sometidos los flámines, los augures, los sacerdotes de todo el Imperio así en Europa como en Asia y en la Pentápolis del África. Como

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tal, distribuía los cargos sacerdotales entre los príncipes de su familia y entre los patricios acaudalados, que, lisonjeados con este vano honor, se olvidaban ó se consolaban de su impotencia política. Sólo los emperadores-pontífices presidían en las ceremonias, disponían los sacrificios, autorizaban la erección de los templos, juzgaban, castigaban á las vestales, y por último (y esto era lo más esencial) proscribían ó adoptaban á su arbitrio las religiones extranjeras. Así fué cómo después de haber condenado, proscrito y perseguido la llamada stcperstición de los cristianos, acabaron por tolerarla, confirmarla y aun entronizarla por el mismo derecho y en virtud de aquel mismo poder.

Los cristianos no tenían interés en disputar al poder civil, al menos por entonces, una prerogativa tan ventajosa á los progresos de su fe. La adhesión imperial era para la Iglesia un trofeo, no una cadena. Los obispos se agrupaban en torno de Constantino y se apoyaban en su diestra con santa alegría. El grande enemigo del Imperio , formado y crecido en las entrañas del Egipto y de la Siria, era el arrianismo. Convenía fijar la unidad religiosa y administrativa del cristianismo, y fué convocado el Concilio de Nicea. Grande y encarnizada lucha presenció el Oriente, donde sin mxás diferencia que el potro y el eculeo, recibió la ortodoxia de parte de los arrianos el mismo trato que antes había recibido del paganismo. En aquella vasta región, madre singular de todas las verdades y de todos los errores, cerráronse los templos de los católicos, ocuparon los sectarios de Arrio las principales sillas, y el símbolo de Nicea fué condenado al par de la idolatría. Sesenta años rige el arrianismo el Oriente : él solo asume la responsabilidad de los largos y desastrosos reinados de Constancio y de Valente.

Sube al trono Teodosio, encargado de pulverizar la herejía arriana, y á pesar de las intrigas del Estado y de la Corte que obligan al legítimo obispo de Constantinopla, Gregorio Nacianceno, á dejar su silla, un concilio general celebrado en la misma Metrópoli pone el sello á la ortodoxia.

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Pero en el Occidente era muy diversa la misión de los Emperadores : nadie por entonces predicaba aquí el arrianismo ; la

ALCA/.AK. — Ángulo del SalcW de E.mbajadores

mente recta y el espíritu práctico de los pueblos latinos, ó simplemente latinizados, se oponían al progreso de aquella filosofía harto sutil. Por otro lado, la herejía no había aquí alcanzado ni la protección de los príncipes ni los honores de la persecución.

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Joviano y Valentiniano I la tuvieron condenada á un olvido sistemático; Graciano intentó proscribirla, Justino quiso rehabilitarla , pero el fanatismo de ambos se estrelló, el uno contra San Ambrosio, el otro en la helada muerte.

Además, fuerza es confesarlo, en Italia, en las Galias y en España, antes de la invasión de los Bárbaros, el verdadero antagonismo existía entre Jesucristo y Júpiter, y Arrio no tenía puesto ni voz en aquel gran debate. En Oriente los dioses vencidos yacían en el polvo, pero en Occidente el politeísmo, aunque herido de muerte, no había aún lanzado su postrer suspiro. La restauración ó sea el renacimiento de los dioses, suscitado por Juliano, no fué cosa imprevista, ni menos inexplicable: lo mismo que la conversión de Constantino, fué un resultado necesario, pues como acertadamente observa un moderno escritor antes citado (i), el triunfo ó el vencimiento del cristianismo no dependían del capricho de los Césares, y si bien el vencimiento fué pasajero, la victoria de la verdadera fe en aquella época tampoco fué definitiva, ó, si logró carácter de universalidad y perpetuidad, fué para el porvenir, no para el presente. El cristianismo, en suma, no logró entonces el fruto, sino sólo el germen de su estabilidad.

El renacimiento pagano en verdad no fué más que un frivolo y fugaz intermedio ; en la abortada tentativa del emperador apóstata sólo vio el mundo un vano esfuerzo del paganismo puerilmente encolerizado ; sin embargo, lejos de declararse vencido por la fe nueva, trató con ella largo tiempo de igual á igual, y las dos religiones se repartieron el dominio del Occidente. Las opiniones se hallaban divididas en el Senado mismo : por más que Prudencio se esfuerce en pintarnos á aquellos padres conscriptos como prefiriendo la vestidura blanca del neófito á la toga romana; por más que nos muestre agrupados en las iglesias y sobre la sagrada fuente de los Apóstoles á los problemáticos descendientes de Evandro y de Eneas, de los Ouintios, de

(i) El conde de St. Priest en su Historia, de la potestad real, tomo I, lib. II.

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los Olibrios y de los Paulos, y señaladamente á los hijos de los Gracos, todavía dudaremos de su fe, celebrada por el poeta como unánime y ardorosa. Este mismo entusiasta escritor desmiente á veces sus propias ilusiones (i): «La peste nos invade »de nuevo,» exclama; «ya vuelve amenazante sobre los hijos »de Rómulo. Imploremos al padre de la patria! ¡Oh Roma! » despójate de tus antiguas preseas: te cubres con la púrpura » del triunfo, descuella tu cabeza erguida y coronada con el oro »que has arrebatado al universo; pero ese brillo sin igual oscu- »rece ya una nube funesta, la sombra cubre tu diadema, densos » vapores te cercan, larvas asquerosas, espectros lívidos giran á »tu alrededor! ¡Roma! alza tus ojos al cielo-, y ahuyenta con » una mirada todos esos fantasmas!»

Esos fantasmas que Prudencio reviste de una forma repugnante y monstruosa, ya habéis presumido lo que eran: eran nada menos que el armonioso coro délas divinidades del Olimpo, cantadas y celebradas por Virgilio y por toda la corte de Augusto. Cierto que no figuraban ya esas divinidades como las protectoras del Capitolio, pero para muchas inteligencias de alto linaje eran todavía como una especie de fórmula de la exquisita civilización romana.

Aun después de incendiados y demolidos los templos, después de asolado el espléndido santuario de Júpiter Olímpico y de estremecerse Alejandría con la caída del templo de Sérapis, y mientras retumbaban en todos los confines del Imperio los golpes del hacha y de los picos, todavía se conservaban las estatuas de los dioses como productos del genio griego y de la magnificencia de Roma; todavía duraban los gérmenes del politeísmo en el palacio de los Césares y en las principales familias latinas. Geoérido, el hijo de Honorio, arrojó con despecho su espada por no obedecer el decreto de su padre que hacía obligatoria la fe de cristiano para obtener empleos y car-

(i) AuREL. Prud. Clem. lib. prior., p. 409. — Edición de Magdeburgo de i 739.

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gos públicos ; y no bastó para acabar con la antigua religión que los Padres de la Iglesia, los poetas y los oradores cristianos, la abrumasen con las flores del sarcasmo y de la ironía, ni que á esto se agregase el ridículo haciendo pedazos Teodosio los rayos de oro del Júpiter que se adoraba en el campamento de Eugenio, distribuyéndolos entre sus soldados; porque una religión como la politeísta, que ejercía sobre todos los afortunados de la tierra la triple seducción del pensamiento, de la imaginación y del sentido, no podía perder su prestigio sin un verdadero milagro de la Divinidad. Hoy ya apenas nos es dado concebir la suma de placeres que arrancaba violentamente el cristianismo del corazón del romano, ni la inmensidad del sacrificio que hacían los convertidos al abandonar por las austeridades de la nueva doctrina su antigua manera de vivir. Seamos justos, si á nosotros nos parecen hoy bienes dignos del mayor aprecio las raquíticas delicias de la vida moderna, ¿podrá nunca causarnos maravilla la desesperación del magnate romano, que lo perdía todo, después de haber sido su historia nacional la obediencia del universo, su teatro el Coliseo bajo el cielo de Roma, y sus actores las naciones todas del mundo vencido? Su dolor, y hasta su cólera, al descollar la religión nueva que venía exigiendo el menosprecio y la abdicación de tantas maravillas, eran harto naturales. Así su rencor fi.ié implacable, atroz, más criminal aún que todas las aspiraciones de su raza grande y odiosa.

¡Cosa singular! la conversión del Imperio al cristianismo fué principalmente obra de las damas romanas, de las Paulas, Eustoquias y Marcelas; no de sus hermanos y maridos. Ellas con sus manos blancas, ostentando anillos senatoriales y camafeos hereditarios, fueron las que plantaron la Cruz sobre la Rotonda del Panteón y sobre el techo de oro del Capitolio! A pesar de sus inmensas riquezas y de un lujo que las invasiones apenas habían mermado, entre la turba de sus esclavos, abrazaban con ardor una pobreza que, sólo por ser voluntaria no

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era para ellas imposible, y dejaban de grado sus palacios de mármoles y jaspes para humillarse en el tugurio del menesteroso. No eran todas en verdad cristianas según un mismo espíritu: unas, severas hasta el más extremado rigorismo, hacían en medio de la pompa y fausto que las rodeaba una vida enteramente cenobítica, suspirando por el martirio negado á sus ardientes votos; otras, sólo reprobaban de la vida romana el vicio y el delito, y unían al fervor positivo y sincero del neófito la magnificencia y el orgullo del patricio. No faltaban entre aquellas, viudas ilustres y vírgenes, descendientes, merced á los genealogistas, de los Atridas por la línea paterna, y por la materna de los Escipiones y de los Gracos, y revestidas por consiguiente con todo el prestigio de la mitología y todos los blasones de la historia; y mientras no pocas abandonaban el lujo y los placeres, y, cosa más difícil aún, los resabios de su casta, y ahogando en su corazón los recuerdos de la infancia y del cielo de Roma, de las literas llevadas en hombros de eunucos, de las marmóreas terrazas de Ostia, del triremo dorado y del tibio baño, insensibles á las quejas de sus hermanos y de sus hijos, se precipitaban alegres é intrépidas en las naves que las habían de conducir á Siria, al Egipto, á la Palestina, al solitario seno de alguna desierta Tebaida, para entregarse allí á un trabajo sólo propio de esclavos al pié de los antiguos sepulcros del Oriente; otras, más sensibles á las amonestaciones de los malos sacerdotes que á los preceptos de la nueva ley que habían abrazado, eran cristianas sólo de nombre y no acertaban aún á posar el muelle y delicado pié sino sobre el mármol ó el marfil, semejantes á las diosas labradas por los eximios escultores del politeísmo.

Porque tenía el cristianismo su tercer partido, casi diríamos su partido moderado, compuesto de aquellos sacerdotes y diáconos nacidos en Roma ó en Italia á quienes principalmente repugnaban las asperezas y austeridades de los ascetas, y que creían que podía ganarse el cielo sin grandes sacrificios ni

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privaciones, sin romper del todo con las muelles costumbres de la vida pagana. Eran éstos los que san Jerónimo llamaba relajados ó tibios: los cuales decían: ¿habremos de tolerar nosotros que esos falsos clérigos, abortados de los antros y cavernas de Siria y Egipto, vengan á enseñarnos una perfección quimérica contraria al verdadero espíritu del Evangelio? ¿Es justo que así se metan ellos á turbar la paz de las familias, arrancando á las madres sus hijos, las hijas á sus madres y á la patria sus matronas, para poblar con ellos las soledades del Oriente? ¿Por ventura ha juntado Roma los tesoros consulares para enriquecer al Asia y al Egipto? ¿Quién ha dicho que no recibe Dios las plegarias de sus criaturas más que entre el estruendo de las cataratas ó en el pavoroso silencio de los yermos? Roma es por cierto templo digno de su grandeza, y la Omnipotencia recibe mayor y más grandioso culto en la cumbre de estas siete colinas que fueron en otro tiempo bosque de ídolos y ahora son planteles de cruces (i).

No eran ciertamente los cristianos acomodadizos los llamados á regenerar el mundo. Y sin embargo, las almas enérgicas que comprendían la necesidad del inmenso sacrificio pedido al orbe romano, eran tan pocas! De los nobles que aún permanecían obstinados en las antiguas costumbres, casi sería excusado decir nada: éstos oponían la más tenaz resistencia al triunfo del Evangelio, masera su resistencia puramente pasiva. Los dudosos descendientes de los Mételos y de los Apios, conservaban aún ingentes patrimonios á pesar de las confiscaciones y de las expoliaciones, convertidas en medida de gobierno, regularizadas y sistematizadas desde Julio César: porque aquellas rara vez pasaban de mero secuestro, y éstas, limitadas á lo más selecto de los ciudadanos romanos, no se extendieron á las provincias sino muy tarde (2). Pero habiendo dejado de ser para ellos lu-

(i) RuFF., in Hyer. passim.

(,2) La poderosa familia etrusca de los Cecinas conservó hasta la invasión de los Bárbaros su patrimonio, que databa desde antes de la fundación de Roma.

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crativos los negocios públicos, y disgustados de la política imperial, suspicaz y sombría con la aristocracia, abandonaron del todo su intervención en las cosas del Estado y emplearon su actividad, reconcentraron toda su energía en los asuntos privados y en los goces íntimos, egoístas é individuales. En la primera época del Imperio, toda la Italia había sido un inmenso jardín, poblado de árboles y plantas exóticas, de palacios de jaspe, de estatuas griegas, sin una espiga de trigo, sin un olivo. La Sicilia, África y España eran las provincias que alimentaban á Roma [iiutrices Romeé). Tardó una vez la flota de Sicilia en llegar á Ostia, y esta tardanza ocasionó á Nerón su ruina. Mas en el sexto siglo, ya toda la Italia estaba cultivada: la Apulia, la Lucania, el Brucio, la Calabria, la Campania, la Toscana y la Istria abundaban en cereales, aceites y exquisitos vinos. La aristocracia romana, pues, vivía consagrada á la agricultura, á la industria y al comercio. Los inmensos gastos que en otro tiempo había hecho para monopolizar los honores y las distinciones, no se repetían ya nunca: no llevaba ya ella á la sangrienta arena de los anfiteatros y circos gladiadores y panteras, no solicitaba ya las aclamaciones de las turbas: no pudiendo ni queriendo dominar la sociedad de su época, limitábase á deslumhrarla con la pompa y magnificencia de sus caprichosas modas y tren de vida. El lujo de los carros y de las mesas rivalizaba con el de los trajes : había senadores que llevaban bordadas ó pintadas en sus ropas colecciones enteras de feroces alimañas (i). Las calles Esquilina y Suburra retemblaban con las numerosas cabalgatas de los jóvenes patricios, olvidados ya del cultivo de la filosofía y de las letras, y sólo atentos á los goces físicos y groseros. Las matronas vagaban de la mañana á la noche llevadas en sus basternas, arrollando á la gente menuda sin compasión, precedidas y seguidas de un tropel de eunucos y

(i) Am.m. Marcel. XIV. ó. — V. también á Muller De genio, moribus el Lu.xii divi Theociosii.

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bufones (i). Dos pasiones ocupaban la vida entera de esta aristocracia infiel á su antigua gloria: la vanidad y el bienestar material. No tenía ya ambición, porque esta pasión generosa es impropia de las existencias materialmente satisfechas. Desde la cumbre de las jerarquías sociales, veía ella aniquilarse la patria sin una lágrima, sin un suspiro, y no tenía generosidad suficiente para consagrar á su regeneración ni un grano de oro de su caudal, ni un minuto de su tiempo. Una parálisis funesta, una lepra incurable y sórdida se iban insensiblemente apoderando de todas las clases elevadas, y la aristocracia, que sólo vive cuando impera, y que muere cuando deja de dominar, se iba convirtiendo en una vana sombra.

Además del grosero materialismo de los nobles, concurrían otras causas á perpetuar el paganismo, sólo en el terreno oficial condenado. Los recuerdos de las antiguas teogonias duraban enérgicos y elocuentes en la vida campestre, lejos de la acción de la ciudad. Allí las creencias eran impresiones, no doctrinas. En tiempo de Honorio, mientras la parte oficial del Imperio caía prosternada al pié de la Cruz y el famoso edicto del año 396 prohibía las libaciones en los festines, las teas fúnebres, las guirnaldas de Himeneo y hasta los dioses Lares, tan cantados por los poetas y tan caros á los descendientes de los Árcades y Pelasgos, la náyade indígena habitaba todavía en su fuente, la hamadriada permanecía en su bosque de olivos ; y ni el hierro ni los edictos fueron bastantes á destruir el prestigio encantador de aquel panteísmo rural inmortalizado por Hesiodo y Virgilio. El ager romanus, los valles de la Arcadia y de la Sabina, conservaron por largo tiempo las graciosas fiestas en que el dios Pan, á la sombra de los plátanos y al rumor de las fuentes murmuradoras, recibía la oveja manchada de cinabrio y la flor de trigo. Á la joven desposada siguió acompañando la flauta campestre, al alejarse de la morada paterna, y aunque en las aldeas de Italia,

(1) Amm. Marcel., /oc. Cí7.

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ALCÁZAR. — Parte superior del Salón de Embaladores

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de Grecia y de España, los prados y los caminos llenos de cruces indicasen desde luego que las poblaciones rurales eran cristianas, y aunque sus groseros habitadores acudiesen en bandadas á los oficios divinos de las basílicas convertidas en iglesias, todavía sin embargo en lo profundo de los bosques, á la orilla de algunos arroyos ó algunos lagos, se espejaba tranquila en el agua la gruta de las ninfas poblada interiormente de náyades ó napeas de piedra y arcilla, y allí acudían en las horas de ocio y de vagar los mancebos y las doncellas á coronar de flores aquellas figurillas, si no ya por religión, al menos por maquinal instinto (i). La sementera, la siega, la vendimia, todos los trabajos de la vida del campo, estaban presididos, como antiguamente, por Ceres, Baco y Pomona.

Las provincias en general, sobre todo en el Occidente, resistían con tenacidad el desarrollo completo del cristianismo (2). En ellas los pontífices y flámines habían tenido la habilidad de utilizar el espíritu de autonomía en favor del culto. Cada ciudad tenía su divinidad particular, y la devoción á ésta había venido á ser la religión única de la comarca : de manera que habituados sus moradores á no dirigir sus plegarias y sus miradas mas que hacia aquel simulacro, ni sus ofrendas mas que á aquella ara, la suerte de las otras divinidades extrañas era para ellos cosa en cierto modo indiferente. De aquí resultó que cuando dejó de ser el Capitolio el verdadero centro de la religión greco-romana, el politeísmo aún subsistía en una porción de pequeños centros repartidos por todas las provincias. Las leyes restrictivas del antiguo culto apenas tenían aplicación en el Occidente, merced al espíritu de localidad que el régimen municipal y de descentralización había desarrollado. He aquí la explicación

(i) \'éase en el conocido poema de Da/«is v Cloe, escrito en el iv siglo, la comprobación de lo que decimos.

(2) En el mismo Oriente, donde era más perseguido el politeísmo por hallarse más directamente bajo la acción de los Emperadores, tenía defensores acérrimos y tan distinguidos como los Claudianos, los Eunapos, los Zosimos y los Libanios.

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de un hecho atestiguado por San Agustín que parece de pronto increíble: durante los primeros años del reinado de Honorio, en toda España era general esta queja : no llueve, los cristianos tienen la culpa.

Un escritor del quinto siglo nos refiere que las gentes que habitaban la Isla gaditana y su territorio adoraban cum máxima religione una estatua de Marte, que entre aquellos naturales llevaba el nombre de Neton. Añade que esta estatua era radiada, con lo cual nos da á entender suficientemente el origen fenioio que hemos asignado á la divina protectora de la antigua Cotinusa. De tal manera había encarnado el politeísmo en las ideas y costumbres de los pueblos todos de Europa, que á pesar de los inauditos esfiíerzos de los Padres de la Iglesia primitiva para que repudiasen esta triste herencia del pueblo romano, jamás lo consiguieron, y una multitud de creencias absurdas, de prácticas ridiculas y de errores peligrosos , evidentemente dimanados de las antiguas supersticiones, permanecieron hondamente arraigados en las nuevas sociedades cristianas... Y aún duran todavía.

Admira la sabiduría con que la Providencia dispuso el remedio para salvar al mundo, entregado á una dolencia al parecer incurable. La gran revolución que había de hacer al hombre de las sociedades modernas condenar el placer y amar el propio sacrificio, no podía verificarse sino por grados y paulatinamente. Comienza la singular transformación abdicando voluntariamente los Emperadores el supremo Pontificado en el Pastor de la ciudad eterna: reúnese un día el colegio de los pontífices para ofi-ecer á Graciano las vestiduras, de Sumo-Sacerdote, y el emperador rehusa aquel alto honor como un sacrilegio, y manda publicar á poco tiempo un edicto que confiere al obispo de Roma el examen de los otros prelados^ para que no sean jueces profanos los que conozcan de las cosas de religión, sino tm pontijice de la religión misma asociado de síis naturales colegas (i). He aquí

(i) Fleurí. Hisl. ecl.^ XVIL 42.

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descollando por la vez primera con carácter á un mismo tiempo religioso, político y profano, la figura colosal que va á dominar en el teatro de los siglos venideros : he aquí al auxiliar formidable de los grandes reyes, al poderoso antagonista de los grandes tiranos. He aquí al Papa.

Pero, obrando tan enérgicamente las causas que dejamos apuntadas, no bastaba que desaparecieran las fórmulas y el rito para que desapareciera también el paganismo : podían acabar las antiguas ceremonias, los quince pontífices, los quince augures de linaje patricio, los quince conservadores de los libros sibilinos, los siete épulos, el rey de los sacrificios, el flamen de Júpiter, los de Quirino y Marte, los lupercales y todos los que componían la turba jerárquica de las antiguas procesiones, que hacían estremecer el aire con sus clamores y levantaban en los caminos nubes de polvo al batirlos con sus danzas furibundas; podía, repetimos, acabar todo esto sin que dejara de mantenerse la antigua, tradicional y por entonces necesaria costumbre, de que las inteligencias escogidas para regir el sacerdocio y el pontificado saliesen de la aristocracia urbana. La elección de los obispos, en Roma lo mismo que en el resto del Imperio, se verificaba por principio y en apariencia por el clero y la plebe reunidos, pero en Roma principalmente la clase de los patricios dominaba á todas las demás. La conexión de las dos ideas de episcopado y aristocracia despunta en Roma hasta sobre las hogueras de los mártires (i). La elección de obispo era en la ciudad de los Césares ocasión frecuente de luchas terribles entre las diferentes familias senatorias y consulares, y tal el ardor que estas poderosas familias desplegaban en el triunfo, que el prelado electo se veía involuntariamente colmado por sus parientes de inmensos donativos. No es otro el origen del gran lujo desplegado por el poder episcopal desde el cuarto siglo. Las

(i) Durante la persecución de Diocleciano se atribuyó al papa Cayo un supuesto parentesco con este príncipe.

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riquezas de los más opulentos pares de Inglaterra no nos dan hoy mas que una leve y muy lejana idea de la opulencia de aquella aristocracia territorial romana (i) de que nos hablan Ammiano, Claudiano y Casiodoro, dueña de los palacios, de los campos, de las deliciosas quintas de Roma y de poblaciones enteras en Italia, Grecia y Asia. De estas donaciones y larguezas, y del patrimonio privativo de los electos, se formó el primer núcleo de la riqueza de los pontífices. Glaphira, patricia ilustre, fué como la precursora de la célebre condesa Matilde; ella fué la fundadora de la Basílica de San Pedro (2), y las liberalidades de que á imitación suya hicieron alarde los emperadores y los particulares poderosos, y que se extendieron hasta Grecia, Sicilia y África, fueron la base del inmenso patrimonio que muy en breve juntó la Santa Sede.

Ahora bien, en esta misma riqueza de la Iglesia de los siglos IV y V se ve la manera cómo va utilizando la mano de Dios las inclinaciones, y hasta los defectos, de los hombres, para hacerlos producir aquellos resultados que de pronto aterran y confunden á las naciones , y después , andando los siglos, las hacen admirar y adorar los caminos por donde dirige la eterna Sabiduría el progreso de la errante humanidad. La riqueza, el lujo, el fasto de aquellos papas, superiores ya de hecho al prefecto de Roma (3) y á la autoridad pública; de aquellos grandes hombres « doctores vírgenes de la Iglesia virgen i según la expresión de San Jerónimo, eran á los ojos del

(i) Según el aserto de Olimpiodoro, escritor del siglo ui, citado por Phocio, eran muchos los senadores que disfrutaban una renta de 14 á ló millones, sin contar sus provisiones de granos y vinos, que podían valuarse en otra tercera parte más de la referida suma.

(2) (.^Glaphyra illustris faciens de proprio fundamento Dasilicam Beato Peiro.y> (Liber pontif. in S. Symm.)

(3) Esta superioridad quedó de hecho establecida en tiempo del papa Dámaso, cuya elección como candidato de la aristocracia (sin faltarle el apoyo, á la sazón incontrastable, de las fervorosas damas romanas) se verificó sin intervención ninguna del partido oficial y de los magistrados. De sus resultas el prefecto Juvencio, no atreviéndose ni á castigar los desórdenes de que Roma fué teatro, ni á hacer pesquisas entre sus motores, se salió fuera de la ciudad.

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pueblo, de los magnates y de las matronas, la muestra ostensible y auténtica de su supremacía ; y al propio tiempo aquella magnificencia, aquel fasto (i) eran á los ojos del partido popular y democrático que en el seno de la Iglesia misma se iba ya desarrollando, la manifestación elocuente de una necesidad nueva, á saber, la de que viniese la frámea de los bárbaros á romper la unión de la idea cristiana con la forma pagana cuando empezara á ser perjudicial este consorcio, sin que pudiera acusarse de ingratitud al Pontificado, en cuyo beneficio se había la ostentosa antigüedad despojado de su prestigio. La Iglesia no hubiera civilizado, ni menos gobernado al mundo en aquellos siglos de general corrupción y desaliento, si los papas se hubiesen ceñido á la pobreza y simplicidad de los apóstoles. Pero por otro lado, tampoco la Iglesia hubiera llegado á ser lo que ha sido en los siglos posteriores, si hubiesen continuado sus regidores llevando el peso de la autoridad política abandonada por los patricios, y siendo de hecho príncipes del Senado, cónsules y prefectos del pretorio. No, era menester que estas inútiles y embarazosas reliquias de la Roma antigua fuesen pulverizadas en su manos... Ya las instituciones de los Césares habían producido su fruto: consumada la abdicación del supremo Pontificado en el Vicario de Jesucristo, quedaba un peligro inminente que conjurar, y era el de que el Pontificado y el episcopado se adormeciesen en las doradas y reverenciadas sillas senatoriales.

Es muy de notar la circunstancia de que los auxiliares más poderosos de la regeneración del Occidente salieron de entre los presbíteros ascetas y de entre aquellos espíritus varoniles afiliados en las legiones del monacato plebeyo, que por primera vez se habían aproximado al trono imperial bajando de las montañas

(i) Nada les falta, escribía Ammiano Marcelino hablando del episcopado romano, ni las ofrendas de las matronas, ni carros suntuosos, ni vestiduras magníficas: las mesas de los obispos de Roma están espléndidamente cubiertas y servidas, y su lujo oscurece al de las mesas de los Augustos (adeo ui eortim convivid regales siiperant mensas).

y manifestándose al pueblo con su cabellera cana, sus miembros extenuados y cubiertos con el saco de la penitencia, después de

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ALCÁZAR. — Detai.les del Salón de Embajadores

las sangrientas ejecuciones de Tesalónica y de Antioquía. Un simple presbítero de las Galias (i), que ha merecido de la posteridad el nombre de segundo Jeremías por la elocuencia con que pinta y llora los males y la corrupción de su siglo, escribió

(i) S ALViAN'o. y. SU obra Ds f^ubdvnaiione Dci.

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con el título de Gobierno de Dios, bajo el disfraz de un mero tratado de religión y moral, un nervudo y contundente folleto político contra los obispos y los patricios, reliquia viviente de la antigua y degradada Roma. Traza de ellos el más repugnante cuadro : arrastra por el fango sus más gloriosos recuerdos, y renueva contra la aristocracia de su época la oposición que el cristianismo naciente había hecho á la oligarquía senatorial. Siguiendo el ejemplo de Tertuliano y de Justino, escarnece el espíritu transfundido del senado pagano en el senado episcopal. No es Salviano como el galo antiguo, que venera la sombra del Capitolio proyectada sobre el anfiteatro de Nirries y sobre los templos de Tréveris; es una especie de druida cristiano, que recuerda ó que adivina que corre por sus venas la sangre germana, y así, rebosando en hiél contra el universo romano, cuyo odioso esplendor descubre oculto detrás de la Cruz, vuelve á blandir la tea mal extinguida de Breno, y en nombre de Dios, de la Providencia y de Jesucristo, trepa lleno de ímpetu sobre la techumbre de las basílicas, y desde allí con voz de trueno llama á los Bárbaros y los excita á la conquista y al exterminio de Roma. « Sólo en los Bárbaros, exclama, podemos hoy tener espe- »ranza: Dios los ha marcado con su sello; ellos crecen y Roma «sucumbe! Saúl maldecido y destronado, esa eres tú, Roma! » David bendecido y triunfante, esos son los Bárbaros! Qué dife- »rencia entre sus costumbres y las vuestras! Qué monstruosa «impudicicia por una parte; qué respeto á la fe conyugal, qué «aversión á los desórdenes y á los vicios por la otra! Decís que «ellos son herejes: es cierto; pero lo ignoran, y viven tan con- » vencidos de su ortodoxia, que nos dan á nosotros en cara con «ese mismo apodo infamante.» Y añade en otro pasaje: «El «número de los fieles aumenta, pero la fe se entibia: los hijos «crecen, pero la madre está enferma. Tu misma fecundidad, oh «madre Iglesia, te ha enflaquecido y extenuado: te vemos decaer «en tus mismas conquistas y perder en ellas tu primitiva robus- »tez y energía. Has diseminado por el universo los miembros

>de tu cuerpo sagrado, pero son miembros sin vigor, y si gozas »de opulencia por la muchedumbre de los creyentes, eres pobre >en la fe. Eres rica de gentes y necesitada de verdadera devo- »ción: inmensa de cuerpo, menguada de espíritu: grande por de » fuera, dentro pequeña: creces por un prodigio inconcebible, y »al propio tiempo degeneras.» Para completar su pensamiento, bosqueja Salviano por último el cuadro espantoso de la miseria del pueblo, y nos descubre á los esclavos, á los simples ciudadanos y hasta á los mismos hijos de familia, prefiriendo á tan las timoso estado de cosas la deserción á las tribus bárbaras, y encontrando entre los germanos y los godos la seguridad que la patria les niega. No era Salviano el único que emitía estas ideas: los simples presbíteros, los solitarios eran todos en general favorables á los Bárbaros. Odoacro, al invadir la Italia, fué antes á visitar al famoso cenobita San Severino, retirado en las orillas del Danubio, y allí le dijo el santo: «Vé á Italia: te vistes hoy de pieles de animales, pero no las llevarás mucho tiempo» (i).

Á tal punto había decaído la santa y sencilla moral cristiana de los tres primeros siglos (2). El mal era universal: por eso Dios extendió á todo el Occidente la inmensa plaga de que había de nacer el remedio. En España, finalizaba apenas el siglo cuarto y tanto había languidecido la pureza de las costumbres, que el Concilio I de Toledo tuvo que tratar el concubinato con una lenidad que contrasta singularmente con las severas prescripciones del Concilio de Elvira. ¡Gran mengua para los cristianos de aquella época, que al cabo de cuatro siglos de promulgado el Evangelio, hubiese que amoldar los cánones al patrón de las leyes gentílicas! Tanto habían enervado la virtud de los cristí-

(i) Vita S. Sever. Noric. apud. Boíl. 8. jan.

(2) Las costumbres de muchos cristianos eran ya peores que las de los paganos mismos. El Pontificado, dice con verdad suma el Sr. D. Vicente Lafuente en su Historia, eclesiástica, de España^ no era ya la senda del martirio. Las costumbres del clero de Roma daban ocasión á S. Jerónimo para escribir una epístola con todos los rasgos de una punzante sátira.

S K V I I, L A Y CÁDIZ

colas de España la herejía de los priscilianistas, el orgullo y ambición de algunos prelados, y sobre todo los casamientos de los clérigos, las ordenaciones viciosas y la incontinencia de los ordenados.

CAPITULO XIII

Los Bárbaros en la Bética. — Situación de las iglesias bajo su dominación

OS vengadores de la Providencia vagaban ya, muchos años había, entre las brumas del norte, cual anduvo el pueblo de Dios por el Desierto esperando por espacio de cuarenta años que se colmasen las iniquidades de Canaán para exterminar su raza y apoderarse de la tierra mancillada con sus vicios (i).» Los godos, que tanto por sus victorias como por sus reveses se habían ido iniciando en los secretos del mundo antiguo, que habían recibido la nueva fe, aunque desfigurada, por la predicación de Ulfilas, y que en gran parte se habían ya despojado de sus feroces costumbres primitivas, iban á precipitarse con todas sus fuerzas, y con un ímpetu nunca hasta ahora desplegado, sobre el cuerpo palpitante de la gran Roma moribunda. Los vemos, no obstante, y este es un

(i) Historia ecles, arriba citada, t. I. p. 114.

28o

rasgo muy característico de la invasión de los Bárbaros, acercarse, detenerse, retroceder, llegar de nuevo para cejar nuevamente, y fatigar al Imperio con el flujo y reflujo de su amenazante

furia, hasta desbordarse SEVILLA por fin para cubrir el sue-

lo que con fanático asombro habían respetado.

Descarga primero el terrible azote en el Oriente. « La mente se horrori- »za, escribe un santo doc- »tor contemporáneo (i), » recordando los desastres > ocurridos en nuestro si- »glo. Hace ya más de » veinte años que la sangre » romana baña la tierra «desde Constantinopla » hasta los Alpes Julianos. »E1 godo, el sármata, el »quado, el huno, el ván- »dalo y el marcomano «asuelan, destrozan y sa- »quean la Escitia, la Tra- » cia, la Macedonia, la Dar- »dania, la Dacia, la Tesalia, la Acaya, elEpiro,laDalmacia y las »Panonias. ¡Cuántas matronas y vírgenes, cuántas criaturas no- »bles y puras han sido escarnecidas por semejantes fieras! Heamos visto á los prelados gemir entre cadenas, presbíteros y » diáconos inmolados, iglesias derribadas ó convertidas en esta- »blos inmundos! Cunden por do quiera el luto, los gemidos y la

Detalle del Salón de Embajadores

(i) S. Jerónimo.

» muerte. El mundo romano se desploma; sin embargo, no per- » demos la esperanza!»

Las mismas espantosas escenas se reproducen luego en el Occidente y al lado de acá de los Alpes. Los vándalos, los alanos, los suevos y silingos, tremendos precursores de los godos, vanguardia furibunda de otras gentes menos feroces que ellos, invaden las Gallas y la España desde los primeros años del siglo v. Aprovechándose del desorden que fomentan las mezquinas rivalidades de los Augustos, empiezan desde el año 409 sus correrías por la Península en ademán y son de triunfadores, conducidos por sus caudillos, á quienes dan el nombre de reyes (i). Eran los vándalos los más poderosos: saltearon la España por el Pirineo llevándolo todo á sangre y fuego: intentaron algunas ciudades defenderse, pero en vano, porque la desesperación y el desaliento habían llegado al colmo. La muchedumbre de los Bárbaros, su ferocidad y vigor en la guerra, lo superaban todo : españoles y romanos, caían igualmente bajo sus frámeas; no se sabe si fué más rápido el pánico al cundir de una en otra población, de una en otra provincia, ó la ruina y la desolación al consumarse. Las ciudades asaltadas, saqueadas, destruidas; los lugares y caseríos incendiados ; los campos devastados y cubiertos de cadáveres; la peste y el hambre completando el estrago

(i) El conde de Saint-Priest en su ///s/ozVe rfe /ji Roy aidó (lih. IV. i) observa que Ulfilas debió proponerse sin duda la abolición de la monarquía hereditaria entre los godos, ó lo que es lo mismo, el aniquilamiento de su sanción religiosa. La verdad es que la gran familia visigoda perdió desde muy temprano el instinto monárquico-hereditario. Es un robusto indicio que justifica la citada observación, el hecho de haber suprimido Ulfilas en la traducción que hizo de la Biblia para los godos, no sólo el libro entero de los Reyes, sino hasta la palabra rey, sustituyéndola con la de íhiiidan que sólo equivale á jefe ó caudillo. No era en efecto la voz ihiiidan la verdadera equivalencia del hastieos griego ó del rex latino. El sabio Grseter, tomando por fundamento este hecho singular, concluye que el título de rey no ha sido conocido hasta el 4.° ó el 5.° siglo, y hasta supone que Clodoveo fué el primero que hizo cambiar el título de thiiidan por el de rey (Icing ó kong). El Inglinga-Saga destruye la consecuencia de Grteter, porque atestigua que el título de kong estaba en uso desde el siglo 11 por lo menos : y de consiguiente hay que convenir en que la supresión de la palabra rey en la versión de Ulfilas fué voluntaria y premeditada.

282 SEVILLA Y CÁDIZ

de la invasión, eran los tristes pregones de la justicia divina que empezaba á cumplirse en la infeliz y prevaricadora España, pagana y cristiana. Refiere un autor contemporáneo y testigo ocular de aquel gran desastre, que llegó á tal extremo el hambre, resultado natural de la continuación de tan inhumana guerra, que fué necesario comer carne humana (i). Otra cuarta plaga, añade San Isidoro, fatigaba entonces áesta miserable nación: los animales fieros, principalmente los lobos, se multiplicaron terriblemente, y acostumbrados á la carne de los cadáveres, se hicieron más bravos contra los hombres, y nubes de cuervos se precipitaban sobre los campos de batalla ensordeciendo el aire con sus graznidos. Hízose sentir principalmente este implacable azote en Asturias, Galicia, Lusitania y parte de la Bética.

No se desdeñaban los reyes ó caudillos de estos pueblos bárbaros de acudir á la maña de las negociaciones para asegurar sus conquistas : en cuanto lograban arrancar un girón al Imperio, al punto solicitaban la paz con los romanos. El vándalo Gunderico (2) la obtuvo del débil y apocado Honorio, basada en el reconocimiento de su presa, sin más condición que la de no molestar con extorsiones de ningún género á los antiguos pobladores de España: sine veterufu incolarwn maleficio. Pero de las alianzas de los vándalos con los romanos se originaron nuevas y sangrientas guerras. Los alanos, en quienes era la ferocidad el principal distintivo, acometieron á los vándalos y á los silingos que con ellos iban como entrelazados y confundidos, y los obligaron á evacuar la Bética retirándose á vivir en Galicia con los suevos. Los romanos-españoles conservaban cierta superioridad nominal y de hecho en la España asolada y despoblada:

(i) Paulo Orosio. Otro escritor lo confirma. Gimdericus, filius Modi¡^isilU, regis Vandaloriim, per hccc iempora cum Alanis et Sitevis Ilispanias occitpaverat. Qiti, UT REFERT Divus ANTONiNus, iid laiitam misertam íncolas dedxixerunt ittjamis indigcntix luimcinas cantes edcrení. (Francisci Taraphaí, de Regibus Hispanice, in Scott., Hisp. lllust., t. 1.)

(2) Este nombre le dan los más autorizados historiadores : otros le llaman Godigiso, y aun algunos Giserico.

SEVILLA Y CÁDIZ 283

SU valimiento hizo á los vándalos recobrar la tierra del Betis que acababan de perder; mas luego su perfidia les arrebató aquella misma provincia que les habían ayudado á recuperar, para dársela á otras gentes que iban á figurar de nuevo en el ensangrentado teatro de aquende el Pirineo. Estas gentes eran los godos, cuyos hechos se enlazan con la historia de la dominación vandálica, sirviendo de eslabón el gran escarmiento de la toma y saco de Roma por Alarico.

Vencida Roma por éste, su cuñado Ataúlfo, al sucedería, creyó preciso dar una sanción solemne á su título de rey, y recibió la investidura imperial. La monarquía goda se resintió luego siempre de tal origen. El pensamiento de Ataúlfo fijé empero más atrevido que el brazo de Alarico: quería que el mundo romano no llevase en lo venidero más nombre que el de Gocia (i); pero el genio de Roma en el semblante de la hermosa Gala Placidia fué el freno de su audacia; el rey de los godos no fué desde entonces más que un mero general de la milicia romana prosternado ante una hija de los Césares, y esta amorosa humillación le perdió para con sus guerreros. Creían éstos ver en la pasión de Ataúlfo la debilidad del hombre, y se engañaban, porque aquella pasión era el flaco, era la dolencia de toda su nación : la gente goda en masa, dice un historiador moderno arriba citado (2), estaba prendada del Imperio, lo mismo que Ataúlfo de la hija del gran Teodosio.

En este ciego amor de los godos á Roma está el secreto de su inferioridad respecto de otra raza que, estando en la época sobre que discurrimos mucho más atrasada que ellos, llegó en los siglos posteriores á ejercer una poderosa iniciativa en los destinos y en la civilización de Europa. Aludimos á los francos.

Heredero Ataúlfo de las conquistas de Alarico, se estableció en la Galia Narbonesa, donde desplegó al desposarse con

(i) P. Orosio. (2) St. Priest.

Placidia una pompa del todo imperial, llevando su exagerada afición á las costumbres romanas hasta el punto de cubrirse de púrpura y oro, como renegando de los antiguos usos de su nación. Obligóle á pasar á España la misma perfidia romana,

siempre activa y nunca escarmentada, porque queriendo Honorio recobrar la parte meridional de la Galia, cuyas pingües provincias no había sabido conservar y defender cuando hubiera sido honroso hacerlo, mandó con instrucciones secretas á Constancio que combatiese y estrechase álosgodos; y Ataúlfo, viendo cerrados los puertos y bloqueadas todas sus costas en el Océano y en el Mediterráneo, temiendo el hambre, se vino á Barcelona y dilató sus armas hasta muy dentro en el país que ocupaban los otros pueblos bárbaros. Hizo aquí cruda guerra á los vándalos, auxiliado por los hispano-romanos, cuyo sistema político se reducía ahora á hacer siempre liga contra el que más visos presentaba de poderse establecer sólidamente, para declararse luego contra el sucesor en las mismas aspiraciones: y de resultas de sus victorias logró algunos años de paz, odiosa á las indómitas tribus constituidas bajo su mando. Los españoles, oprimidos por el yugo de los vándalos, que eran en su mayor parte gentiles, y fatigados de otro yugo no menos pesado

Detat.le del Salón de Embajadores

SEVILLA Y CÁDIZ 285

y más antiguo, cual era el romano pagano, debieron hallar ventajas en la dominación de los godos occidentales (visigodos), más humanos y racionales, amantes de la cultura y de sus artes, y por último cristianos, aunque contagiados con los errores del arrianismo. Bien hubieran querido los imperiales contrastar el poder de los visigodos y restablecer en toda la Península su dominio por medio del mutuo aniquilamiento de los invasores; pero se les frustraron sus intentos, porque en el último esfuerzo que hizo Honorio enviando á España á Castino, fué este comes do7nesticoruiit derrotado con más de veinte mil romanos en las cercanías de Tarragona, y de entre los godos surgían ya reyes á propósito que de victoria en victoria los condujesen al ansiado puerto de la paz y de la justicia, fundando en España una gran monarquía, con exclusión completa, si bien paulatina, de todas las demás razas infecundas. Pero antes de lograr este feliz estado, cuánta desolación y estrago se apareja para la hermosa provincia objeto del presente estudio!

Suponen muy autorizados historiadores, que compadecidos los mismos Bárbaros de la ruina que con sus mutuas hostilidades causaban en las provincias de España, resolvieron repartírselas de común acuerdo en tiempo de Ataúlfo. De resultas de esta distribución, mostráronse en el quinto siglo mas bien acampados que con plena seguridad constituidos, en Galicia los vándalos y suevos, los alanos en la Lusitania y Cartagena, y los vándalos silingos en la Bética, abandonando á Galicia y después de devastar las islas de la Tarraconense (i). Estas islas quedaban en poder de los naturales y de los romanos, juntamente con Cartagena y la Carpetania. Poco sin embargo debió durar este concierto, porque vemos á Walia muy en breve celebrar

(i) Refiérenlo Idacio y San Isidoro, aquél en su Chronicón, éste en su Historia délos Vándalos. Wandali autem, cognomine Silinoi, (dice) relicta Gallcvcia et postquam Tarraconensis provincice Ínsulas devastariint^ regressi Bxticam sortiiintitr. Hispani autem per civitates et castella residuapiagis afflicii Barbarorum dominaniium sese servituti subjiciunt.

286 SEVILLA Y CÁDIZ

alianza con el Imperio y debelar á los vándalos silingos, expulsándolos de toda la Bética (en el año 419). No bastó esta victoria á libertar para siempre á la hermosa región del Betis del yugo de los Bárbaros más feroces : los vándalos de Galicia hicieron nueva irrupción en ella (año 420) triunfando de los esfuerzos unidos de godos y romanos, recorriéronla de un cabo á otro, robando y asolando, y en Híspalis causaron tanto daño que la dejaron medio destruida (i).

El rey Gunderico, depredador y soberbio, dirigía la terrible incursión: descollaba en Híspalis una basílica dedicada á un insigne mártir de la persecución de Diocleciano: la piedad de los fieles la había enriquecido con donativos, y la iglesia de san Vicente, que tal era la advocación de la santa casa á que nos referimos, servía de catedral, cuyo clero gobernaba el prelado Marciano (2). El vándalo impío y codicioso, resuelto á llevar la guerra y las depredaciones á las costas africanas, quiso antes recoger en la Bética todo el botín posible, y puestos los ojos en el tesoro de aquella insigne iglesia, intentó arrebatarlo usando de la fuerza (año 428). Pero Dios volvió por el honor de su casa, y al salir de ella le quitó la vida (3). El lugar donde acaeció este notable escarmiento de las justas iras del cielo, debió ser, según las razones que en su España Sagrada expone el P. Flórez, el mismo que hoy ocupa la catedral. Nada se sabe de las particulares circunstancias de semejante hecho, que, á pesar de la brevedad con que lo refieren Idacio y san Isidoro, debió ser muy ruidoso por lo mismo que ellos lo consignan en sus diminutas historias. Nada tampoco puede colegirse acerca de la conducta que en tan críticas circunstancias siguió el obispo Marciano, de quien asimismo son tan escasas las noticias, que

(i) Giindericus rex Wa)i..ialorinu... Carlhagine Sparlaría. cversa.... ,t.i Bx'licciin transit, Hispalim diriiil, etc. S. Isid. Wandcilúium historia.

(2) Flórez. Esj). Sa;^r.

(3) Ciim jr>-everenter in hasilicam S. Viuccntii mariyris manus exiendíssel, mox Deijudicioinforibus icmpli dxmonio corrcplus inleriit. S. Isid. Ibid.

SEVILLA Y CÁDIZ 287

sólo se sabe el desgraciado tiempo en que ocupó la silla hispalense. Cumple observar, sin embargo, que los cristianos españoles, enervados antes con la paz, se fortalecieron con las tribulaciones de la persecución vandálica, y que muchos de aquellos prelados que en los años anteriores á la irrupción de los Bárbaros se habían mostrado tan ambiciosos y turbulentos, al sonar la hora de la adversidad fueron enteramente dignos de sus altos puestos. San Agustín, que ya en lo último de su vida hubo de llorar iguales desastres en su país pocos años después, cuando aquellos mismos vándalos de Gunderico, capitaneados por su hermano el apóstata Genserico (i), pasaron el Estrecho, presentaba á sus coepíscopos de África la conducta de los obispos de España como un modelo que debían imitar (2).

Fué tal la turbación y el desorden ocasionado en la Bética por los vándalos, que apenas queda memoria de los mártires que hicieron. Eran estos Bárbaros, paganos unos, arríanos la mayor parte, católicos algunos: de Genserico dice san Isidoro, que de católico se volvió arriano, y cuéntase (3) que persiguió encarnizadamente á los verdaderos fieles: no conservándose ni siquiera el nombre de una noble doncella á quien mandó decapitar por no querer rebautizarse según el rito arriano, de resultas de no haberse podido guardar en aquella general matanza las fórmulas romanas, ni escribir las actas de los mártires como era antigua costumbre. Pasó este cruel azote al África abandonando el tirano voluntariamente la Bética el año 429. Sus muelles habitantes, suaves de condición y dóciles casi siempre al yugo extranjero, según vimos al bosquejar el cuadro de la Bética desde que la hicieron asiento y emporio de sus florecientes colonias los fenicios, griegos y cartagineses, hasta que se

(i) Lleva este varios nombres en los antiyuos escritores : unos le llaman Gisericiis^ otros Gessericiis ó Gaisericus. Gensej-zciis es el más usado, según Flórez.

Giseríciis, dice S. Isid., ex Catholico eff'eclus afosiaia^ in arianam f>rimus fertur transisse ■perfidiam.

(2) Epíst. 228, tomo II de sus obras — edición de S. Mauro, i 72Q.

(3) Gregor. Turón. Ilist. Francor. lib. 11, n. 2.

convirtió en provincia la más devota del Imperio romano, no habían sabido resistir, como otros pueblos de la Península, ni el halago del sensualismo pagano, ni las duras vejaciones de los Bárbaros. Igualmente dóciles con los maestros y con los tiranos, se amoldaron sin repugnancia á las leyes de todos sus dominadores, y cada vez que fué menester cambiar de usos, de religión y de modo de vivir, lo hicieron casi sin violencia, pasado el primer momento de la contradicción y de las protestas. En esto se diferencia esencialmente la Bética de los pueblos septentrionales de la Península, más sensibles á las ideas de independencia y por lo mismo rebeldes al yugo extranjero (i). No se sabe quiénes gobernaban en estos calamitosos tiempos las iglesias de Itálica, de Astigis y de Asido, ni si fueron numerosos ó escasos los fieles que en ellas sufrieron el martirio por la fe. En Gades probablemente se habría extendido muy poco el culto de la Cruz, dado que era todavía en el siglo v el antiguo rito fenicio la única maravilla de Cádiz. La sede episcopal, establecida en ella en el siglo xiii, residía antiguamente en Asido (MedinaSidonia.

Ocuparon la Bética los silingos y los vándalos cerca de diez y ocho años, desde el 411 hasta el 429, sin más interrupción que el corto espacio que la señoreó Walia. Se ha supuesto infundadamente que de su nombre le vino á la provincia el de Andalucía que hoy lleva; ya veremos, según la más probable conjetura, cuándo empezó á llamarse así.

Días de gran consuelo debieron ser para los moradores de todas las comarcas que fecunda el Betis en su curso, aquellos en que el terrible Genserico, sus vándalos y las familias de éstos, desde la Isla gaditana se entregaron en tropel á las ondas del

(i) En la época á que nos referimos, los españoles del norte, abandonados de los romanos y vejados por los Bárbaros, se juntaron para repeler á estos últimos y á los indolentes imperiales que no sabían defenderlos, y formando numerosas y temidas partidas de bagaiidas, salieron al campo contra unos y otros dominadores. V. á Salviano, De gubern. Dei. lib. V.

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Estrecho con dirección á la Mauritania (año 429). Pero mientras ellos se disponían allí á comenzar una nueva carrera de sangrientas incursiones contra la Iglesia de África y las más florecientes provincias mediterráneas, los suevos, defraudando las lisonjeras esperanzas de los naturales, se aprestaban también por su parte á ocupar la región que dejaban desocupada aquellos. Semejante á una turba hambrienta, que se disgrega para apoderarse en sucesivos turnos de los restos de un opíparo banquete, las gentes bárbaras se precipitaban, divididas en tribus, sobre los despedazados miembros del Imperio romano, y hubo provincias que sufrieron tantas invasiones sucesivas cuantas eran las razas. Había ocasiones en que dos ó más de éstas, en su premura por llegar antes al codiciado festín, chocaban entre sí y ferozmente se degollaban. Así sucedió á la de los suevos con la de los godos, de quienes eran auxiliares los romanos. Fué uno de sus más sañosos encuentros en el Singilis [Genil), donde el caudillo de la milicia imperial, Andevoto, salió derrotado dejando en manos de Recchila un inmenso botín y cantidad considerable de plata y oro (i). El mismo Recchila se apoderó después de toda la Bética, haciendo en ella grande estrago: entonces padeció aquella tierra, tanto más desgraciada cuanto había sido más floreciente, las alternas depredaciones de unos y otros contendedores: cuando no la envilecían los suevos, la agobiaban los godos y romanos coligados. Recchila, que era gentil, depuso de su sede al obispo de Sevilla, Sabino; los priscilianistas, enconados enemigos del santo prelado, lograron del rey Bárbaro este triunfo (año 441); mas no por eso se abatió la constancia del virtuoso defensor de la fe católica, antes por el contrario redobló su celo, y combatió á aquellos herejes por espacio de veinte años, según refiere un autorizado testigo de las turbaciones de tan calamitoso tiempo (2). Tal vez la noble entereza con que

(i) S.lsiT). Siievor. hist.

(2) Idacio, Chron. abreviado, sub sera DCXCV. Sabinits episcopus lusf>alensis fost annos XX quam certaverat expulsus^ etc.

2qo SEVILLA Y CÁDIZ

este digno prelado dio testimonio de la verdad de su creencia en medio de la persecución, pudo contribuir para que el hijo y sucesor de Recchila abjurase el paganismo en que había nacido: lo cierto es que Recchiario abrazó la fe católica (año 448) en cuanto heredó el mando de la gente sueva (i), si bien esto no fué obstáculo para que continuase saqueando la España ulterior (2) y para que, con mengua de la justicia y de la lealtad generalmente observada entre los bárbaros, permitiese asesinar en Sevilla al conde Censorio, que repetidas veces había sido legado de los romanos cerca de su nación (3). Por otra parte, este mismo Recchiario, logrando dar ciertos visos de reinado á su potestad al amparo de la Iglesia católica, y favorecido por el gran acontecimiento de la irrupción de los hunos, que absorbía por completo la atención y las fuerzas reunidas de visigodos y romanos, obtenía de Teodoredo una hija por esposa, sin que esto tampoco fuese impedimento para que, después de vencido Atila y vueltas las ambiciones momentáneamente distraídas á su curso natural, una vez conjurada la común ruina, su mismo cuñado Teodorico moviese contra él sus ejércitos, favorecido de los imperiales, lo derrotase junto al Orbigo y, descubierto en su fuga y entregado, lo mandase decapitar como á un enemigo cualquiera (año 456). A este acontecimiento refiere Idacio la conclusión del reino de los suevos : tradentibus se Suevis, aliquantis nihüominus interfedis, regmim destructuin et Jinituní est Suevorum. Su instintiva y característica perfidia (4) los precipitó, y la religión católica que por algún tiempo afectaron profesar sus capitanes ó thmdancs no fué parte para que se despojasen de tan infame vicio. El arriano Teodorico fué para ellos el azote de Dios que no habían sufrido por mano de Atila;

(1) Filhis smis CAinoLicus Recchian'iís sitccecíil i'n reí^tíinu, etc. Idacio Chron.. año 448.

(2) Óblenlo rcgno, si'ne ¡ñora, ullcriores regiones invadil ad frccdam. Ibid. (^) Ibid.

(4) Remissis Legalis, atque onini juris ralionc viólala. Suevi Tarraconensem ftrovinciam, qiuv Romano Imperio deserviebal invadunl. Ibid., año 456.

S EV ILLA

A L C A Z A R Kei ABLO V Altar de i. a Capilla de los Revf.s Católicos

292 SEVILLA Y CÁDIZ

si bien los romanos de España que habían escapado con vida en los campos cataláunicos, lo padecieron duplicado, porque la terrible venganza del godo no perdonó las casas ni los templos, ni á los sacerdotes ni á las vírgenes consagradas á Dios (i).

Una circunstancia muy notable de esta incursión, que la hace de índole especial digna de ser considerada al estudiar la historia de la irrupción de los Bárbaros, es que los visigodos de Teodorico manifestaron en su campaña contra los suevos y los hispano-romanos una pudicicia con el sexo débil hasta entonces inusitada (2), haciendo con esto un noble alarde de la pureza de costumbres en que libraba la contristada Iglesia católica la esperanza de su regeneración futura. Desgraciadamente en nuestra España no correspondieron siempre los efectos á este generoso anuncio, y tal vez por esta relajación de sus primitivas virtudes no duró la monarquía visigoda más que dos siglos y medio, cuando parecía deberse perpetuar indefinidamente.

Evacuada la Bética por los suevos, quedó la provincia á merced de las huestes de Teodorico, que sin embargo, después de haber combatido á sus enemigos en Galicia y Lusitania, regresó á la Galia y se instaló en Narbona. Solos Cyrila y Sunierico, sus capitanes, la ocuparon accidentalmente en dos distintas ocasiones, y no nos dicen los antiguos escritores quiénes la dominaron ni con qué régimen se gobernó hasta los tiempos de Theudis (del 531 al 548), rey godo sucesor de Amalarico, que al parecer estableció su corte en Sevilla (3) obligado por el rápido crecimiento de la monarquía que en la Galia había fun-

(i) Idacio Chron.

(2) Sanctorum basilicce effractce, altaría siiblata aique confracta, Virgines Dei exin quidem abduclce, sed integritate servata, dice Idacio.

(3) Aunque digan Mariana, Morgado y el autor del Memorial -por la Santa Iglesia de Sevilla, que Amalarico estableció su corte en esta ciudad, no parece sostenible atendidas las noticias que suministran los antiguos escritores. Lo más probable es que reinara en Narbona, según afirma Greg. de Tours, ó bien en Toledo, como suponen otros. V. Gesta Reg. Franc. apud Du Chesne. t. i, p. 707.

Quien seguramente fijó su residencia en Sevilla fué Theudis, primero de quien afirma S. Isidoro que reinase en España, porque todos los reyes anteriores residieron en la Galia Narbonense.

SEVILLA Y CÁDIZ 293

dado el gran Clodoveo. Theudis manejó las riendas del gobierno con gran prudencia y no escasa gloria : aunque arriano, desplegó la mayor tolerancia concediendo la paz á la Iglesia católica y permitiendo á los obispos que se juntasen en concilio en la ciudad de Toledo y que decretasen cuanto juzgaran conveniente á la disciplina de la misma Iglesia (i). Grandemente debió prosperar la Iglesia hispalense con esta feliz tolerancia, que haría sin duda alguna florecer el terreno ya convenientemente preparado por los obispos Sabino, Oroncio, Zenón, Asfalio, Maximiano y Salustio; porque desde la expulsión de los suevos habían ya transcurrido setenta y cinco años cuando Theudis fué elegido rey, y aprovechando aquellos venerables prelados el descanso en que dejaban á la España meridional las rivalidades de godos, suevos y francos, en la Galia, en la Tarraconense, en Galicia y Lusitania, gobernaron sus diócesis con tanta justicia, de tal modo fomentaron el culto y se dedicaron á hacer desaparecer las huellas del pasado estrago, que merecieron ser citados por los pontífices romanos como lumbreras y modelo de la Iglesia universal (2): gubernator Ecclesice prcecipíius ínter mundi turbines, piloto sobresaliente de la nave de la Iglesia entre las borrascas del siglo, llamó el papa Félix al obispo de Sevilla Zenón.

(i) ... dtwi esset hcereticus, pacetn iamen concessít Ecclesia; : adeó iit licentictm Catholicis Episcopis daret, iniínum apud Toletanam Urbem convenire., et qucecumque ad Ecclesice disciplinam necessaria extiiissent , liberé licentérque disponere. S. IsiD. Hist. Goth. sub sera DLXIX.

(2) Alcanzaron principalmente este señalado honor los obispos Zenón y Salustio, de los papas Simplicio, Félix y Hormisdas, cuyas epístolas gratulatorias publicó Flórez en su Esp. Sagr. El obispo Zenón mereció ser nombrado por Simplicio su Vicario apostólico, y fué el primer prelado español elevado á tan alta dignidad. .... Terentius ad llaliam diidum veniens, dilectionis tuce singularis extüit prcedicator, talemque ie esse vulgavit, qiii ita Christi gratia redundares, ut inter mundi turbines gubernator Ecclesice prcecipiius appareres. Así empieza la carta que publica Flórez del papa Félix á Zenón.

Los vicarios apostólicos en nada invadían los derechos de los metropolitanos. Sus atribuciones eran convocar los Concilios de dos ó más provincias reunidas, cosa que el metropolitano no podía hacer por no tener jurisdicción sino sobre las sillas sufragáneas ; informar á la Santa Sede acerca del estado de la fe y disciplina ; por último, conocer de las causas mayores en grado de apelación.