Sevilla y Cádiz · Capítulo real 7 de 18
CAPITULO XIV
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CAPITULO XIV
Influencia benéfica de la Iglesia gótica
ii RA el clero en aquella revuelta edad el que marchaba al frente de la civilización de los pueblos: los obispos, los presbíteros y los monjes, depositarios de las reliquias de la clásica antigüedad, únicos conocedores de las ciencias y de las artes, hacían germinar, con la moral y la reforma de las costumbres, la industria y todas las aplicaciones útiles de sus conocimientos, en las tierras aún empapadas con la sangre mezclada de cristianos y de infieles, de romanos y de bárbaros. Lo mismo que un prelado había hecho grande á Clodoveo, hacían ahora otros prelados grande y prepotente la nación que el cielo había reservado para asiento de la monarquía más identificada con la civilización del hnperio romano.
Grandes iban á ser en los siglos vi y vii las monarquías fundadas por los reyes Bárbaros: en Italia y España, en armas, en letras, en artes industriales, en ciencias eclesiásticas, en el
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comercio, la industria y la agricultura, la segunda principalmente iba á poder emular con el Imperio de Oriente. Los ostrogodos de Italia tenían á su devoción los Casiodoros, los Boecios, los Simmacos, que hacían renacer bajo el suave cetro del más ilustre vastago de los Ámalos (i) muchas de las antiguas formas de la administración romana. Pero los visigodos de España, extendidos desde las márgenes del Ródano hasta la parte meridional de la Mauritania tingitana, constituían ya la nación más poderosa y formidable del Occidente al comenzar la época conocida con el nombre de Edad media. Ellos tenían ilustres guerreros, legisladores sesudos, sacerdotes ejemplares, controversistas agudos, poetas y escritores elocuentes, en los Theudiselos, los Montanos, los Idacios y Toribios, los Draconcios, los Merobandes y los Orosios.
Porque la Iglesia en España, lo mismo que en todos los países del Occidente que habían sido provincias romanas, si bien en el período del cuarto siglo á la primera mitad del quinto atendió principalmente á consolidarse y robustecerse con el auxilio de sus grandes doctores; de la segunda mitad del quinto hasta fines del séptimo, se consagró á civilizar á los Bárbaros y á fecundar su naciente nacionalidad. Menos guerrear y derramar sangre, la Iglesia lo hacía todo: porque ella era la única que todo lo sabía y de todo podía dar lecciones. Verdaderamente admira la actividad que desplegó en este segundo período, sobre todo si se consideran las dificultades inmensas que tenía que superar. Vemos literalmente renacer el apostolado de los primeros días del cristianismo, con sus mismos obstáculos y contradicciones ; porque no se trata solamente de predicar el Evangelio y de padecer por la verdad, sino que es necesario además defender á los vencidos (el título de defensor civitatis ya sólo pertenecía á los obispos), desarmar la ira de los vencedores y convencer á aquellos feroces y adustos paganos y arríanos, y
(i) Tcodorico, el rey de los ostrogodos.
esto no en el Areópago de Atenas ni en el foro de Corinto, sino en los mismos campos de batalla, en las poblaciones tomadas por asalto, tal vez entre las humeantes ruinas de los templos y cindadelas, y dirigiéndose á hombres llenos de saña y sedientos de sangre. Además , la
Iglesia es la que en esta Sevilla
época pone el arado en manos del rústico y le enseña á trazar los surcos de donde luego saca el sustento: ella pone la escuadra y el compás en las manos del albañil, y el martillo en las del menestral, y la pluma en las del alumno consagrado al estudio; ella educa en los claustros que abre á la silenciosa y casta vida monástica, entusiastas al par que modestos iluminadores, que desarrollando sus ideas al santo calor de la oración y de la contemplación,
encuentran un nuevo ideal más adecuado que el del arte pagano para la manifestación de su ardorosa fe: ella en suma convierte los monasterios en otros tantos focos de civilización donde encuentran puerto de salvación las obras maestras de Grecia y Roma, ciencia clara y copiosa las inteligencias que apetecen la luz, refugio seguro todos los infortunios, consuelo eficaz los grandes decaídos y los débiles agobiados, albergue los pobres, los extranjeros, los peregrinos, y todas las criaturas de buena
fe la mansión de la verdadera libertad y de la felicidad verda-
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dera. En aquellos días de turbación y general desorden, no hay más historia que la de la Iglesia: por más que se repita, nunca será bastante.
¿Queréis saber en qué emplean su vida los Zenones y Salustios y los demás obispos hispalenses de aquel tiempo? Pues, básteos que os diga en lo que la ocupan todos los otros prelados sus coetáneos, porque del Estrecho de Hércules al Pirineo nunca ha de ver la península ibérica más completa y sorprendente unidad en lo social, en lo político y en lo religioso. « El obispo del siglo VI bautiza, confiesa, predica, impone penitencias públicas ó privadas, fulmina anatemas ó levanta excomuniones, visita los enfermos, asiste á los moribundos, entierra los muertos, redime los cautivos, sustenta á los pobres, á las viudas y á los huérfanos, funda hospicios y enfermerías, administra los bienes de su clero, pronuncia como juez de paz en las causas civiles ó decide como arbitro las diferencias de unas poblaciones con otras: al propio tiempo compone tratados de moral, disciplina y teología, escribe contra los heresiarcas y los filósofos extraviados, cultiva la ciencia clásica y la historia, dicta puntuales respuestas para los que le consultan sobre materias de religión, mantiene correspondencia epistolar con las iglesias y los otros obispos, asiste á los concilios y á los sínodos, concurre á los consejos de los Emperadores, dirige las negociaciones, desempeña arduas y peligrosas legacías cerca de los usurpadores ó de los príncipes bárbaros con el fin de aplacarlos ó contenerlos : en una palabra, los tres poderes religiosos, político y filosófico, están concentrados en el obispo católico (i).»
Pero tratándose de la Iglesia gótica española, ocurre una reflexión consoladora que resume todas las glorias de nuestra nación en los siglos cuyos horizontes vamos registrando. Las únicas herejías que la afearon fueron el arrianismo, que no era la religión de los españoles, sino la de los godos y suevos que
(1) Riancey, Hist. du monde: Ere nouvelle: troisiéme fériode. Chap. V.
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ocuparon el país por derecho de conquista ; el Priscilianismo, de importación extranjera y reducido al territorio de Galicia; y algunas ligeras chispas de Nestorianismo, que no llegaron á producir incendio formal por ser meras opiniones aisladas. La doctrina ,de la Iglesia de España permaneció pura en general durante aquella misma época de sujeción de los siglos v y vi en que todavía no habían abjurado el arrianismo los monarcas godos. Por lo demás, no hay elogio dirigido con justicia á los grandes hombres que produjo la Iglesia de Italia y de las Galias bajo los reyes ostrogodos y merovingios, que no pueda aplicarse con igual fundamento á otros grandes personajes suscitados por nuestra Iglesia, ya en la Tarraconense, ya en la Cartaginesa, ya en la Lusitania, ya en Galicia ó ya en la Bética. De nuestros obispos españoles puede principalmente decirse lo que en alabanza de todo el clero de los siglos v, vi y vii en general dice el elocuente H. Riancey: toda la fuerza moral, toda la actividad intelectual se había reconcentrado en ellos... Ellos ejercían el poder que la desorganización de la sociedad civil había dejado caer en sus manos, y si el decoro y la dignidad humana se hallan interesados en citar nombres de escritores, sólo en los claustros ó bajo el sagrado palio podrán encontrarlos. A no ser por los escritos de San Gregorio de Tours, de San Fortunato de Poitiers y de San Isidoro de Sevilla, nada absolutamente sabríamos de la historia occidental. Los grandes genios de la antigüedad habrían perecido en el olvido si no hubieran venido al mundo un San Martín y un San Benito (i).
Con sólo tener presentes estas observaciones, sabemos ya, sin que los cronicones nos lo refieran, cómo vivieron los prelados de Híspalis, de Astigis, de Asido, de Itálica ; cómo se conducían con aquellos dominadores que apenas se atrevían á ensayar una nueva forma de sociedad civil, así el metropolitano como sus sufragáneos; quién regía, administraba y civilizaba aquella por-
(i) HiST. Du MONDE. 2.f>te parUe — iroisiéme -t^criode.
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ción de la Bética en el largo interregno de casi una centuria que precede á la definitiva instalación de los visigodos en Sevilla. Más aún : con estas solas nociones, de carácter tan universal, sabemos y discernimos el espíritu y la marcha de la civilización que crea la Iglesia desde que empieza á coexistir con el Estado^ gótico hasta la ruina de este mismo Estado. Porque toda la historia de España en los tres siglos desde la irrupción de los Bárbaros hasta el gran desastre de Guadalete se compendia y resume en la de sus Iglesias y Concilios, y los hechos memorables de los reyes, sus guerras, sus triunfos y reveses, sus costumbres, sus virtudes y sus crímenes, son meros rasgos biográficos, son meros accidentes que si alguna tinta reflejan en la historia de la sociedad española de aquellos días, no hace mas que poner de relieve la dicha que lograron los monarcas dóciles á los consejos y doctrina de la Iglesia, y los desastres que sobre su nación atrajeron los príncipes rebeldes á las amonestaciones del único cuerpo entonces adornado de ciencia y de virtud.
Decayó la monarquía visigoda mientras no abandonó la tortuosa senda de la herejía. El arriano Theudis, á pesar de su ánimo belicoso, íué derrotado en Áfi-ica por el ejército de los imperiales: y nada tiene esto de sorprendente, ¿cómo había de prevalecer la pujanza del godo arriano contra la superioridad de la espada griega manejada por los generales de Justiniano ? ¿No hubiera sido una inexplicable contradicción en la lógica de la Providencia, que mientras se consumaba una de las más portentosas restauraciones que vieron los hombres; cuando el genio griego católico reconquistaba todas las provincias que el Capitolio había perdido, y en tanto que el Imperio reconciliado con la verdad vengaba en Áfi-ica y en Italia el vilipendio sufi-ido en Roma por los excesos de los invasores, se humillara ante la deforme arrogancia de la barbarie en una de las tierras bendecidas del occidente la esplendorosa majestad de Constantinopla, de los Belisarios y de los Tribonianos? — Theudiselo, que se había distinguido en la guerra contra los francos, es elegido rey
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á la muerte de Theudis. El vulgo, para significar con su acostumbrada energía su tenacidad en el error, inventó acerca de él una fábula, que la tradición ha perpetuado y que de buena fe han acogido muy respetables cronistas é historiadores (i). Cuentan que había cerca de Osset (hoy campo de Chadoya, hacia San Juan de Alfarache) una piscina ó alberca pequeña, de aguas milagrosas, donde los cristianos habían labrado un hermoso bautisterio. Conferíase el bautisterio en las épocas de Pascua y Pentecostés según los antiguos cánones tenían establecido. El Jueves Santo juntábase allí todo el pueblo y gente comarcana con el obispo: difundíase de repente una suavísima fragancia celestial: hacían todos oración, y al retirarse el obispo cerraba con gran diligencia las puertas y sellaba las cerraduras. Al tercer día, Sábado Santo, juntábase otra vez el pueblo para bautizar todos los niños nacidos aquel año. La pila ó piscina en que esto se verificaba carecía de aguas naturales : no había manantial alguno ni caño subterráneo que allí las condujese: el terreno era enteramente seco, y estando por otra parte cerradas y selladas las puertas, nadie podía furtivamente introducirlas. El obispo reconocía los sellos que había puesto, y con la seguridad de hallarlos intactos, abría las puertas. Llegando á la piscina, que habían dejado vacía, la hallaban llena de agua, y tan colmada, que se derramaba por todas partes con grande abundancia. Bendecía el obispo la fuente milagrosa mezclando en ella el santo óleo, y bautizados los niños, se permitía á los demás fieles llevarse á sus casas de aquella agua para reliquia. Acabada la administración del Sacramento, «las aguas que tenían invisible principio se 3> volvían á ocultar con fin menos entendido (2).» Theudiselo, á fuer de arriano, no creía en el milagro ; atribuía el supuesto prodigio á ficción y engaño de los católicos ; resolvió hacer por sí mismo la experiencia, y mandó, venida la Semana Santa, poner
(i) Greg. Turonense, S. Ildefonso, el ven. Beda, Ambr. de Morales y otros varios.
(2) Ambr. de Morales, Crón. general ^ lih. IX. cap. 54.
en las fuentes del bautisterio de Osset sus propios sellos. El milagro sucedió de la misma manera que solía. Al año siguiente se repitió el experimento, y con el mismo resultado portentoso. Ya al tercer año, quiso el rey en su obstinada infidelidad, que se abriese al rededor del bautisterio un foso muy hondo para atajar cualesquiera manantiales por donde pudiera correr el agua á la piscina. El foso llegaba ya á la profundidad de veinticinco pies, sin que se encontrase ningún manadero, cuando los magnates asesinaron al rey en un banquete que se celebraba en su misma corte de Sevilla. Le quitaron la vida los mismos godos por no poder sufrir las demasías de su desenfrenado libertinaje (año 549). Así consignó el pueblo en una misma leyenda los formidables juicios de Dios sobre este príncipe por su incontinencia y su perfidia arriana, haciéndole pagar en una desastrada muerte los dos feos borrones que oscurecían todas sus dotes y calidades de rey. A Theudiselo sucede en el reino Agila, por elección sin duda, como ya entre los godos se usaba. También á éste le pintan las abreviadas narraciones de Jornandés y de S. Isidoro como odioso á sus subditos, y aunque no declaran la causa que brevemente le condujo á perecer bajo el puñal regicida, con facilidad se colige que entre el poderoso partido católico fué impopular y antipático, y que quizás los arríanos mismos se creyeron mejor gobernados por su sucesor Athanagildo. No fueron los católicos los que le asesinaron en Mérida: lo único que éstos hicieron en afrenta á su memoria fué consignar que movió guerra contra los fieles de Córdoba, que les profanó el amado templo de su santo mártir y patrono Acisclo, metiendo en él sus caballos, y que, lanzado del trono á impulso de una rebelión en la Bética, subió á él en brazos de los amotinados y de las tropas auxiliares que envió Justiniano capitaneadas por el patricio Liberio, el valeroso Athanagildo (año 554), católico en lo secreto de su corazón (i). En tiempo de este príncipe queda mili-
co Afirma esto último el obispo D. Lucas de Túy.
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tar y políticamente confirmada la superioridad del Imperio de Oriente respecto de la monarquía visigoda. No pudiendo Athanagildo con sus solas fuerzas contrastar el poder del legítimo rey, apela á un arbitrio harto frecuente por desgracia en las naciones entregadas á las luchas intestinas , que al par que satisface la ambición de los usurpadores, pone á merced de los extranjeros la patria común. Invoca el intruso en su auxilio la cooperación de un vecino poderoso: era este á la sazón el Emperador de Bizancio , cuyas armas acababan de recobrar todo el territorio que habían señoreado los vándalos desde su emigración al África. «La ocasión de poder volver á meter los romanos el pié en España era mucho de estimar, y para esto doblarían las fuerzas, dando de buena gana aún más gente de la que se les pedía (i).» Por otra parte, el ejército imperial del África estaba ocioso después de las cumplidas victorias de Belisario... Athanagildo por fin hace su concierto por escrito con el emperador Justiniano, muy á ventaja de éste. No ha llegado á nos-
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(i) Ambr. de Morales. /oc. cz7.
Otros este pacto (i), pero dice Jornandés, que no daría el emperador este socorro sin buena recompensa de ciudades y tierras en lo mejor de España. Verificado el triste concierto, desembarcan con poderoso ejército los Imperiales en la Bética, desparrámanse por las dos costas del Mediterráneo y del Océano, establecen en ellas sus presidios, avanzan tierra adentro, y deja Athanagildo á sus sucesores el vergonzoso legado de un condominio que los obliga á tener que empuñar de continuo la espada para refrenar los instintos de dominación de los que fueron costosos cooperadores y son ya huéspedes intolerables.
Escasísimas las noticias eclesiásticas de Sevilla referentes á los reinados que acabamos de bosquejar, cumple sin embargo á nuestro propósito consignarlas para manifestar que los godos arríanos, mientras en ella tuvieron su corte, no causaron molestias ni vejaciones de ningún género á los fieles católicos. Aparecieron por los años 1366, según refiere un diligente historiador de Sevilla (2), en el lugar donde se cree hubo un cementerio de cristianos, desde las cárceles de las Stas. Justa y Rufina (3) hasta la colación de S. Bernardo, dos sepulcros, «en cada uno de los cuales había una especie de redomita de vidrio blanco y colorado, cuyo licor se había ya consumido por la mucha diuturnidad de los tiempos.» Halláronse abriendo unas hoyas para trasplantar unos naranjos. Las losas que cubrían estos sepulcros tenían esculpidos por su haz interior los monogramas de Cristo y María con las letras Alfa y Omega. Empezaron cabalmente á usarse estas durante las persecuciones de los arríanos, que ne-
(i ) El rey Recaredo, después de su conversión al catolicismo, escribió al papa S. Gregorio rogándole le enviase la escritura de concierto que se había celebrado entre el emperador Justiniano y Athanagildo. S. Gregorio respondió á esta carta que no la podía enviar por haberse quemado en tiempo de aquel emperador el archivo donde estaba. Da también el Santo Padre otra razón para no enviar la referida escritura, y es, que cualquiera que atentamente la leyese, encontraría que era muy contraria al rey godo. — Aaibr. de Morales. Crón. general^ lib. Xll, capítulo 4. Esto es cuánto se ha podido traslucir acerca de tan notable documento.
(2) Morgado en su conocida Hi'sl. de Sevilla.
(3) Hoy ex-convcnto de la Trinidad.
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gabán que el Verbo de Dios hubiese existido de toda eternidad como el Padre, para dar testimonio los católicos de no haberse contaminado con semejante error. Las inscripciones grabadas en estas lápidas decían así; la una, Paula, clarissima femina,
FÁMULA ChRISTI; VIXIT ANNOS XXIIII MENSES DÚOS. ReCESSIT IN PACE, XVI KAL. FEBRUARIAS, ERA DLXXXIL La Otra: CeRVELLA CLARISSIMA FEMINA, FÁMULA ChRISTI ; VIXIT PLUS MINUS, ANN. XXXV.
Recessit IN PACE, III KAL. FEBRUARIAS, ERA DC. Corresponde la primera sepultura al año 544, reinando Theudis; la segunda al reinado de Athanagildo, año 562. Pero la única circunstancia por la cual hacemos mención de estos sepulcros es la de las ampollas ó lacrimatorios hallados en ellos. Ya hemos indicado que continuaron los cristianos de los primeros siglos en la costumbre orentílica de ung^ir con esencias aromáticas los cadáveres de sus parientes y amigos queridos, y que muy á menudo dejaban dentro de las sepulturas los frascos que las contenían, que los cristianos modernos han denominado vulgarmente lacrimatorios, y en Italia ampollas de sangre (ampolle di sanguej. Esta sencilla explicación bastará para que no se vea en las vasijas halladas dentro de los dos sepulcos referidos el falso indicio de una persecución arriana que no existió, al menos por aquellos tiempos. Esas vasijas no contuvieron sangre, ni esas dos ilustres damas, de quienes las citadas lápidas conservan la memoria, fueron mártires. Ambas debieron pertenecer á muy distinguidas y acomodadas familias hispano-romanas, de las infinitas que se perpetuaron en las principales ciudades de Andalucía, y la existencia de esas ampollas de perfumes no es sino una prueba más de lo mucho que se habían arraigado en la tierra del Betis las prácticas de la gentilidad. La lápida del sepulcro de Cervella ofrece otra particularidad de carácter también muy latino : después de las palabras recessit in pace lleva esculpido un corazón atravesado poruña saeta. El corazón traspasado ^'s, una cifra muy común en los epitafios de las Catacumbas de Roma. En los de España es menos frecuente: en cambio, apenas hay inscripción
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funeraria de estos siglos v, vi y vii, en que no se advierta la otra santa cifra de Jesucristo, principio y fin^ indicada con la Cruz, el Alfa y la Omega (i).
¿Qué parte de la Bética ocuparon los romanos del Imperio de Oriente desde el reinado de Athanagildo hasta el más glorioso de Suinthilá? No lo expresan con claridad, ni quizás lo supieron, los escritores que nos sirven de guías para la historia de aquellos oscuros tiempos. San Isidoro y Gregorio Turonense dan á entender que Athanagildo sólo cedió á los Imperiales cierta extensión del territorio de la costa, pero que éstos, una vez apoderados de ella, se dilataron á mucho más de lo que el pacto les aseguraba. Debió favorecerles en sus miras invasoras la antipatía que aún conservaban hacia los godos muchas de las principales ciudades de aquella tierra, y quizás al favor de este sentimiento de hostilidad para con los actuales señores de España, lograría el patricio Liberio (2) hacerse dueño de toda la costa desde Gibraltar hasta los confines de la tierra de Valencia. Con algunas poblaciones de la marina emplearía el gobernador imperial la fuerza, con otras le bastaría usar de la intimidación; con otras finalmente no tendría que valerse de lo uno ni de lo otro, porque voluntariamente se le entregarían. Acostumbradas de tantos siglos atrás á vivir bajo el yugo extranjero, y no pudiendo, á fuer de romanizadas, considerar sino como muy extraños á los godos; viendo por otra parte en los enviados de Justiniano hombres que fraternizaban con ellos en costumbres, en religión y en odio á los que todavía apellidaban Bárbaros, nada de extraño tiene que acudieran espontáneamente á echarse en brazos del Imperio de Oriente, que veían restau-
(i) Amb. de Morales cita otra lápida del tiempo de Athanagildo con el sagrado monograma: pertenece á la sepultura de un siervo de Dios llamado Culfino, descubierta en Alcolea, á siete ú ocho leguas de Sevilla.
(2) Este nombre de Patricio no significaba ya ahora lo que entre los romanos de la república y del imperio ; era título de cargo y dignidad, que llevaba en España el que gobernaba la tierra sometida al emperador de Constantinopla, como en Italia el de Exarca.
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rarse con nuevo brillo, y del cual podían prometerse un gobierno menos ocasionado á azares y turbulencias. Otra circunstancia favoreció también á los imperiales para dilatarse en la provincia donde habían sido recibidos como meros auxiliares. El patricio Liberio no había necesitado dejar guarnición alguna en las ciudades marítimas que en un principio ocupó, cuando Athanagildo reclamó su auxilio para libertar á Sevilla del asedio que intentaba ponerle Agila. De este modo todas sus fuerzas habían quedado disponibles para las campañas, y es muy de creer que no permanecerían ociosas en los presidios, en que tan devotos les eran los habitantes, al llegar la excelente coyuntura de quedar como desamparado el timón del Estado gótico con la muerte de Athanagildo (año 567). Los optimates de la corte no acertaban á ponerse de acuerdo acerca de la persona que le había de suceder. Duró este interregno cinco meses (i), y aprovechando tan buena ocasión los imperiales, adelantaron sus conquistas subiendo por el Betis hasta cerca de los montes Marianos. Ocuparon á Asido y á Córdoba: los cordobeses habían procurado siempre vivir emancipados respecto de la monarquía goda. La antigua Colonia patricia, la más romana quizá entre todas las ciudades de la Bética, se gobernaba por sí misma, y había vuelto desde su victoria sobre Agila á tomar el movimiento y compás de sus antiguos usos municipales del tiempo del Imperio. Sentábale en efecto mucho mejor la toga romana que cualquier otro arreo, y se apresuró gustosa á hacer girones la pelliza bárbara con que la habían agobiado los vándalos y los suevos.
Pero concertados por fin los proceres godos ante el temor del levantamiento general de la provincia, eligen por rey á Liuwa: éste, por no abandonar á Narbona y la Septimania, donde hacían necesaria su presencia los conatos avasalladores de los feroces descendientes de Clodoveo, se asocia al reino á
(i) Según Lucas Tudense.
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SU hermano Leovigildo, príncipe animoso y de altos pensamientos, en quien verdaderamente empieza á vislumbrarse la época más gloriosa de la monarquía visigoda. Leovigildo, no bien sube al trono, levanta un formidable ejército y cae sobre los imperiales : pone cerco á Asido : opónenle los sitiados una resistencia vigorosa; pero uno de aquellos naturales tornadizos, llamado Framidanco, se la entrega traidoramente abriéndole de noche las puertas. Revuelve luego sobre Córdoba, que se le resiste con no menor energía: pero las mismas causas producen siempre los mismos efectos — los cordobeses también se habían envilecido á fuerza de llevar el yugo extranjero: — hubo entre ellos otro hombre meticuloso ó venal, y la antigua reina del Betis fué por él entregada al sitiador. Á estas conquistas siguieron las de otras poblaciones y comarcas en la misma Bética y en otras regiones de España. Los naturales de la cordillera del Orospeda habían resistido siempre la dominación visigoda ; pero esta vez no les valió su espíritu de independencia ni la áspera fragosidad de sus montañas, y tuvieron que doblar la cerviz al yugo de Leovigildo. En este reinado termina verdaderamente la ocupación de la Bética por los imperiales.
¿Dónde residía la corte visigoda mientras acaecían los hechos que tan rápidamente acabamos de bosquejar? Fredegario y Gregorio Turonense, al escribir las melancólicas páginas de la sangrienta historia de Galswinda y Chilperico, afirman que la corte de Athanagildo fué la ciudad de Toledo. Se equivocaron sin duda alguna: Athanagildo debió tener su corte donde la habían tenido sus antecesores, pues en Sevilla fué, y no en otra parte, donde se declaró por rey y émulo de su predecesor Agila, según se infiere de S. Isidoro (i), que, después de la fuga de éste á Mérida, dice envió ejército contra Athanagildo á Hís-
(i) Ipse vichis (habla de Agila) ac miserabili mclii J'ugatus Emeritain se recefit. Adversus qiiem interjecto aliquanti tc7nporis spalt'o, Athanagildus tyrannidem regnandi ciipiditate ar ripien s, dum ex ercitum ejus contra se Hispalim missum virtuíe mililari prostrcissei, etc. Sub aera DXXCVIL
ALCÁZAR. — Puertas del Patio de las Doncellas
palis. En Toledo sólo fué su muerte. Liuwa, ya lo hemos dicho, se quedó en Narbona. La duda principal ocurre respecto de su hermano Leovilgido, pues no se sabe si al hacer partícipes de su reino á sus dos hijos Hermenegildo y Recaredo, residía en Toledo, donde había muerto Athanagildo, ó si perseveraba en la ciudad del Guadalquivir. Pudo muy bien al asociarse al trono los dos hijos (año 577) hacer rey de la Bética á Hermenegildo, que era el primogénito, pasar él entonces su asiento y residencia á Toledo, y establecer á Recaredo en la nueva ciudad de Recópolis (i). Pudo por el contrario ser Hermenegildo el que se trasladase de Toledo á Sevilla: y ambas interpretaciones se compaginan con el único dato incontrovertible que acerca del origen de la rebelión del hijo contra el padre tenemos, á saber, que cuando el Santo se casó vivía con su padre y con su madrastra ; de lo contrario, no hubieran podido mediar entre ésta y la esposa de Hermenegildo aquellos malos tratamientos de que resultó la división y encono entre las dos cortes. En lo que no hay duda es en haber sido Sevilla la corte de Hermenegildo, pues en ella se hallaba, y no en Toledo, el metropolitano San Leandro, que fué quien acabó de decidirle á abjurar el arrianismo.
Y llegamos á la época más interesante de la monarquía goda, que es también la más calamitosa por la persecución que sufre la verdadera fe y la más gloriosa para la Iglesia hispalense por la calidad de los Santos que produjo.
(1) V. á Amb'. de Morales, obra citada, lib. XI, cap. 63.