Sevilla y Cádiz · Capítulo real 8 de 18

CAPITULO XV

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 8 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPITULO XV

Leovigildo y Hermenegildo

VANZABA España á pasos de gigante hacia su unidad política. Los bizantinos, acorralados en las playas del mar, estaban ya amenazados de exterminio : la rebelde Córdoba, la fuerte Asidona y la raza independiente del Orospeda, vivían sumisas y tranquilas ; las reliquias de los suevos esparcidas por Lusitania y Galicia no daban indicios de querer turbar la paz del Estado civil visigodo: finalmente, los antes indomables vascones no oponían ya resistencia á que del mar Cantábrico al estrecho apareciese en la vasta monarquía de Leovigildo la espléndida muestra del genio bárbaro sujetando en un solo cuerpo muchas cabezas dominadas por una diadema, como sujetaba el lazo romano las diferentes varas del haz del lictor sombreadas por una afilada segur. Ibase verificando una transformación completa en el derecho político de los dominadores.

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El afianzamiento y prestigio de la dignidad real era uno de los más ardientes anhelos de Leovigildo : los tristísimos efectos del derecho de elección eran tan palpables y frecuentes, que un hombre de sus elevadas miras tenía que verse forzosamente conducido á sustituirlo con el sistema de la herencia. No podía sin embargo el animoso rey rasgar del código de las antiguas costumbres y borrar de la memoria de sus gobernados la tradición de la potestad electiva, y esto le sugirió la resolución de imitar la política de su hermano Liuwa, que había resucitado la costumbre de los Césares de asociar á su trono en vida á los que habían de sucederles después de muertos. Consecuencia de esta reforma, derivación lógica y necesaria de ella, y no pueril vanidad ó capricho que no tendrían explicación en el elevado carácter de Leovigildo, fueron las innovaciones de forma y aparato que para hacer más respetable la dignidad real tomó este monarca de los emperadores de su tiempo. Primer príncipe de la gente goda en quien el título de rey significa algo más que el derecho de ejercer la primera magistratura política sobre su pueblo, Leovigildo se distingue de todos sus antecesores y de todos los magnates de su reino en el traje de que aparece revestido. No toma la púrpura como el ostrogodo Teodorico en Italia, pero se cubre con el manto real, y adopta además las mismas insignias reales usadas en otros países, señaladamente el cetro y la corona. Con asombro de los partidarios de la antigua igualdad, preséntase en pública asamblea ceñida la sien con la regia diadema. Sólo desde el tiempo de Leovigildo se ven coronados los reyes en las medallas de la España gótica (i): sólo desde esta época dejó de ser para nuestra nación una mera figura el hablar del trono de sus reyes. Mandó erigir en su palacio de Toledo un soberbio trono, y sentado en él recibía en las más solemnes audiencias á los optimates, á los prelados y al pueblo. Sobresalió aparte de esto como administrador sabio

(i) Flórez. Medj,llas de España, t. III.

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y prudente ; estableció en el ejército la más rigorosa disciplina; manifestó contra sus enemigos un fondo de sagacidad y solercia, no raro en verdad entre los capitanes de aquellos siglos, merced al cual supo sembrar entre ellos la división, seducir á los jefes más temibles, y hacer á veces grandes preparativos contra una nación para celebrar paces con ella en el momento más inesperado, y caer de improviso sobre otra desprevenida y desarmada.

Hizo poco como legislador, reservando este lauro para el católico Recaredo, en quien era misión de la Providencia dar á España la unidad religiosa y civil y vigorizar con el nuevo espíritu de la verdad católica á la gente visigoda, desterrando los imperfectos embriones de la legislación personal, formados por Eurico y Alarico mas que para una gran nación, para un incoherente agregado de razas distintas. Un paso dio no obstante con su misma conducta hacia la apetecida fusión de las dos naciones goda y romana, que por sus leyes especiales se regían. Pero Leovigildo, que como simple particular había contravenido á la ley prohibitoria de los matrimonios con mujeres de distinta raza, estaba destinado á ver bajo su dominación los azares y las desgracias á que su ejemplo podía dar origen, mezclándose á la reforma política el fermento religioso.

«Casado con Teodosia, de linaje romano, hija de un antiguo » gobernador de Cartagena y hermana de Leandro, obispo á la » sazón de Sevilla, había tenido de ella á Hermenegildo, con » quien acababa de compartir el trono, y á Recaredo, que le su- » cedió después de su muerte. Uno y otro joven se habían edu- »cado en la fe arriana, que no era el carácter de Leovigildo para «permitir que sus hijos profesasen distinta creencia que la suya. »No será con todo aventurado el creer que los ejemplos diarios »de la madre y las conversaciones con el hermano de ésta, lum- »brera de la Iglesia de España y el hombre más instruido de la » nación, labrasen hondo efecto en el corazón de aquellos prínci- »pes y los predispusiesen en favor del dogma católico, que les

«ofrecerían como más santo y más elevado. Añádase á esto el » matrimonio de Hermenegildo con una princesa franca, católica » también, y su residencia en Sevilla, desde donde gobernaba »una parte del reino al lado de Leandro, en provincias menos » ocupadas del linaje godo que las del norte; y se comprenderá » fácilmente su pública abjuración del arrianismo y su conversión »á la fe católica. Mas al adoptar el hijo esta resolución, no había » tenido en cuenta el enérgico, el duro carácter de su padre. Ni »la política ni el orgullo consentían á Leovigildo que mirase con » indiferencia semejante paso; cualquiera que fuese el grado y la «intensidad de sus convicciones, era padre y era rey, y no con- »cebía ni que se desairase, ni mucho menos que se burlase su » autoridad. Amonestó, pues, suavemente á Hermenegildo para »que retrocediese de su error; y acudió después á las armas, »para cortar el daño con ellas, cuando se convenció de que la «persuasión era absolutamente inútil. Hermenegildo, por su par- »te, si había sido puro é irreprensible en declarar regla de su »fe la que como tal le señalaba su conciencia, no lo fué segura- >> mente acudiendo á los medios de que se valió para resistir á »su padre y llevar adelante su propósito. Nunca debió levantar «contra él las espadas de sus subditos; nunca, mucho menos, «debió llamar á los griegos en su apoyo, ni introducir tropas «extrañas en el corazón de la monarquía. Todo ello, sin embar- «go, fué por el pronto inútil y aun perjudicial á la causa cató- «lica. La muchedumbre de los godos siguió con entusiasmo la « bandera de su rey : Córdoba y Sevilla se vieron precisadas á «abrir sus puertas á los vencedores. Hermenegildo murió en un «encierro: su esposa Ingunda huyó desolada á Constantinopla: «Leandro y otros muchos obispos fueron desterrados. El ilus- «trado y tolerante Leovigildo hubo de pasar en sus años últimos «por perseguidor. Mas entonces sucedió aquí lo que ha sucedido «muchas veces en el mundo; la fuerza divorciada con la razón »y vencedora en el orden material, en el orden moral quedaba «vencida. Puestos en lucha abiertamente el dogma católico y el

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»arr¡ano, saltó luego á la vista la inferioridad de este último, ya »en su propia valía, ya en la valía y en el número de sus defen- » sores. Espantado hubo de considerar Leovigildo en su alta » razón la disidencia, ó por mejor decir, el debate que legaba á »sus sucesores; y al observar la marcha de las cosas y de las » ideas, al contemplar la necesidad de constituir un verdadero «estado para que el poder gótico durase, no encontró otro recur- »so en su conciencia y en su patriotismo que el aconsejar á su »hijo Recaredo, cuando estaba ya próximo á morir, la abjura- »ción de la herejía de sus mayores y la proclamación de la fe «católica como religión dominante del Estado. Con tan insigne «prueba de abnegación personal, con esta sublime condenación »de sus propias obras, puso fin Leovigildo á uno de los más «interesantes reinados que se leen en los anales del imperio »gótico (i).«

La mucha autoridad que á las líneas que acabamos de transcribir da el nombre de su autor, nos obliga á ser menos sobrios de lo que quisiéramos en la exposición de un hecho tan capital como la rebelión y martirio de S. Hermenegildo. De la citada narración se desprende un juicio benigno con el padre, duro con el hijo, y un principio muy fecundo en errores, según el cual la razón de Estado es la ley suprema en la humana sociedad. Parécenos que al formular esta censura de la forma terrible que insensiblemente vino á tomar la conversión de Hermenegildo á la fe católica, se culpa á este príncipe de algo de que no era él responsable, y de que corresponde toda la culpa á la época todavía semi-bárbara en que se verificó el ruidoso acontecimiento. Los restos que aún duraban de la primera incivilidad de los godos, y no pocos resabios de sus antiguas creencias, ofuscaban visiblemente á Hermenegildo una vez enardecida su imaginación con el cuadro halagüeño, que sin duda entrevia, de la prospe-

(i) De la moitarquia visigoda y de su código el Libro de los Jueces, introducción al tomo I de Los Códigos españoles; por el E. S. D. Joaquín Francisco Pacheco. Cap. I al fin.

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ridad del reino purgado de la disolvente herejía arriana, y no le permitían comprender el espíritu de mansedumbre, resignación y humildad, que caracterizan el verdadero cristianismo, enemigo de sangrientas y enconadas luchas. Merece cierta disculpa en verdad el gravísimo yerro del que se levanta en armas en propia defensa (i) contra el autor de sus días, circulando por sus venas la sangre goda y viviendo en medio del contagio de los malos ejemplos. El homicidio, el parricidio, el fratricidio eran á la sazón secretos resortes de estado entre los mismos príncipes católicos que ostentaban el título de primogénitos de la Iglesia. Los nietos de Clodoveo observaban una conducta, no de católicos, pero ni aun de paganos. Prostituyendo y ensangrentando el tálamo de sus esposas, y siendo causa de que rabiosas venganzas precipitasen en un abismo de crímenes á las más ilustres princesas, habían dado á los anales de la gloriosa estirpe merovingia el interés de un drama que horroriza y cautiva á un mismo tiempo, y en este drama figuraban personajes de la propia familia de Ingunda. La criminal y desgraciada Brunechilda era madre de esta princesa. Conocidos son de todos sus horrendos extravíos; nadie tampoco ignora que entre los reyes bárbaros, de cualquier país y religión que fuesen, no había crimen, no había crueldad ni perfidia ante los cuales retrocediese el que se creía llamado por su fuerza á ocupar el trono. Sangre fresca y sangre de hermanos, de esposos, de sobrinos, de parientes de todos los grados, destilaban aún en tiempo de Hermenegildo los laureles de los reyes francos, que eran los llamados á marchar con su pueblo á la cabeza de la civilización del Occidente:

(i) Tratándose de juzgar con imparcialidad la rebelión de Hermenegildo, no es justo prescindir de una circunstancia tan capital como la de haberse armado este príncipe para repeler la agresión de su padre, que le había cedido el reino de la Bética, y que ahora, so pretexto de religión, quería despojarle de él. El acometimiento procedió de Leovigildo. Gregorio de Tours, que vivía en aquellos días y cuya autoridad por lo mismo es de gran peso, dice que habiendo entendido Leovigildo como su hijo era católico, trató luego de destruirle, y él se alzó para escapar de este peligro. Lo mismo refieren Adón, arzobispo de Viena del Delfinado en sus Anales, Paulo Emilio, Roberto Gaguino y Amb. de Morales.

de sano-re se había teñido la diestra de Clodoveo ; por excitación suya, Chloderico había sido parricida ; Clotilde, la viuda del rey cabelludo, creía cumplir un deber excitando á una venganza

ALCÁZAR. — Detalles del Patio de las Doncellas

cruel é implacable á sus hijos Chlodomiro, Childeberto y Chlotario, y Chlodomiro se mostró muy satisfecho de su obra después de haber arrojado á un pozo al malhadado rey burgundio Sigismundo, con su mujer y sus hijos; Chlotario asesinó barba-

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ramente á los inocentes hijos de su hermano Chlodomiro; luego, los hijos de Chlotario reprodujeron escenas de pasiones no menos brutales: el libertinaje de Chilperico asoció en un mismo tálamo á la feroz Fredegunda con la tierna y candorosa Galswinda, inmoló ésta á los celos de aquella, y dio ocasión á las épicas venganzas de Brunechilda. No es menos sangriento el teatro de las monarquías visigoda y ostrogoda : en la primera se fía al puñal la resolución de los grandes conflictos de la ambición de los señores ; la segunda nos ofrece iguales desenlaces desde el fratricidio consumado por Theodato en la noble y desgraciada Ámalasunta. En presencia de pasiones tan brutales, que sólo la Iglesia detesta y condena en la época infeliz en que se producen, ;qué mucho que los corazones más rectos y generosos se familiaricen con el delito cuando se cree que la política lo abona? Es bien seguro que los santos obispos, que más adelante recogieron en la conversión de toda la sociedad visigoda el fruto de las enseñanzas ahora sólo aprovechadas por Hermenegildo, deploraron y aun censuraron lo que hubo de bárbaro y exagerado en la defensa de la conciencia del hijo, y que nunca aconsejaron á éste desesperados arbitrios que redundaran en mengua y escarnio de la autoridad del padre. Claramente San Isidoro le acusa de rebelde (i), y otros piadosos escritores contemporáneos reprenden su conducta con palabras ásperas y calificaciones duras, que no está bien repetir hoy tratándose de un príncipe á quien la Iglesia colocó en sus altares. En los más grandes santos han podido á veces descubrirse grandes defectos, y si el levantamiento de Hermenegildo contra su padre merecía castigo (siempre menor que el de que hoy sería digno, tomando en la debida consideración la ignorancia y perversión de costumbres de su siglo), su entusiasmo por la verdad católica merecía por otra parte un premio ; y uno y otro se reunieron, como

(i) ... in auxilium Leiivioildi Goíhoriim rcois adverstis rebeldem filium ad expugnandam Hispcilim pergit, dice el Santo hablando de Miro, rey de los suevos.

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acertadamente observa un juicioso historiador moderno de nuestra Iglesia española (i), en el martirio que padeció, lavando con su propia sangre la mancha de la rebeldía.

Por lo que hace á Leovigildo, forzosamente habremos de afirmar que obró como tirano y parricida. Una razón política miope y estrecha puede atender sólo á la conservación del Estado presente á toda costa; pero es más elevada razón política la que, anticipándose á la actualidad, mira á lo futuro haciendo sacrificio de los propios intereses; y bajo este supuesto la razón de estado no es exculpación bastante para Leovigildo, que pudo prever como su hijo el adelantamiento y progreso prometidos á la sociedad gótica en la abjuración del arrianismo. Condújose, pues, como tirano, violentando la conciencia de su hijo, y poniendo por de pronto en la guerra intestina y parricida un insuperable obstáculo á la conversión y progreso moral y religioso de su pueblo. Obró además como padre desnaturalizado, cuando dirimió por mano del verdugo la contienda que en mal hora sostenía con las armas propias y extranjeras su arrebatado hijo.

Secundado éste por las ciudades más poderosas de la Bética, en que, sin duda por estar más romanizadas, se había propagado más la fe católica y era más impopular el arrianismo, peleó con varia fortuna en aquella generosa pero mal conducida empresa ; é interesa á nuestros lectores saber algo de lo que por su causa hizo el país que vamos estudiando.

Leovigildo conocía muy bien que la nación en general deseaba el cambio religioso inaugurado por Hermenegildo : si él por su parte no se juzgaba apto para la gran revolución que la gente goda demandaba, con sólo haber sido el gran político que sus panegiristas nos pintan, hubiera debido entregar las riendas del Estado al hijo, que podía satisfacer mejor aquella creciente necesidad. Pero codicioso de mando al par que obcecado en el

(i) El citado Sr. D. \'icente Laíuente.

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error, se imaginó poder burlar con la astucia las exigencias de las ciudades católicas, que ya se trocaban en amenazas á la noticia de los malos tratamientos que la princesa Ingunda recibía de su abuela Goswinda, actual esposa de Leovigildo. A este efecto juntó en Toledo un conciliábulo de obispos arríanos (año 580), «donde se dio muestra de querer enmendar algo el » error y quitarle lo que á los católicos más ofendía» (i). Ordenóse en él, para contentar al partido más numeroso, que no se obligara á bautizarse de nuevo según el rito arriano á los que abandonasen la fe católica por la religión del Estado, sino que bastara para ser tenido por verdadero arriano el participar del culto público que ellos usaban. Otro de los errores fundamentales de aquella secta era la desigualdad que suponían existir entre las Personas de la Santísima Trinidad. Ahora, para engañar á los católicos, fingían reconocer en cierto modo su herejía, innovando las palabras de su credo y dando á entender como si ya no hubiese diferencia sustancial entre arríanos y católicos. Con estos ardides, escribe el Biclarense, embaucaron á muchos fieles y quitaron numerosos partidarios al príncipe Hermenegildo. Pero debieron descubrirse pronto tales amaños, y aun es de creer que Leovigildo apelaría á otros medios para vencer la constancia de su hijo: lo cierto es que rompió la guerra con gran estrépito el año 583 sitiándole el rey en su misma corte de

Auxiliaba al padre el rey Miro con sus suevos, que llamados de Galicia por el hijo para esa violenta empresa, le fueron luego traidores (2): fué la ciudad fuertemente combatida y privada por

(i) Ambr. de Morales.

(2) Pacheco, en su conocida parcialidad por Leovigildo, nada dice de esta cooperación, al paso que afea mucho en Hermenegildo el haberse valido de los imperiales, que oran, aunque extranjeros, tan católicos y aun de más buena fe que los suevos, y que, como ellos, ocupaban una considerable parte de nuestras comarcas marítimas. Hay que notar además con el Biclarense que Hermenegildo no solicitó el auxilio de los imperiales de España sino después de verse sitiado y muy estrechado en Sevilla. La legacía de S. Leandro á Constantinopla ni fué para tal objeto, ni tuvo nada que ver con las cosas de aquella guerra: lo advertimos para

todas partes del preciso mantenimiento; duró el asedio todo un año, durante el cual llevó á cabo el sitiador la obra titánica de torcer el curso del Betis para que Sevilla no pudiera abastecerse ni recibir socorros por agua (i); y al siguiente (584) emprendió la reparación de los muros de Itálica para estrechar más á los cercados y quitarles toda posibilidad de defenderse. Hallábase esta ciudad medio destruida, pero su gran proximidad á Sevilla era para los sitiados estorbo á cuanto pudiesen acometer. En tan grande aprieto, logró el príncipe evadirse secretamente, y fué á verse con los imperiales que seguían dominando en algunas plazas marítimas. El poder de los bizantinos andaba ya muy reducido en la Bética, y como rara vez sucede que el valimiento de los decaídos sea provechoso, ya por su propia flaqueza, ya por la perfidia, que suele ser la única política de los menesterosos, aquellos ruines auxiliares se dejaron sobornar por Leovigildo, y de este modo se apoderó el rey de la ciudad cobrando en seguida casi todos los pueblos y castillos que llevaban la voz del hijo. Refugióse éste en Córdoba, y allí, por fuerza ó por engaño, le prendió el vencedor, y despojándole del título de rey y de las provincias que le había cedido, le envió desterrado á Valencia.

Sábese por S. Gregorio Magno, pontífice é historiador coetáneo, y á quien debemos suponer bien informado por las relaciones de estrecha amistad que mantuvo con S. Leandro, que todo el empeño de Leovigildo, una vez vencido el hijo, fué pervertirle, persuadiéndole á que abjurase la fe católica y ofreciendo perdonarle y restituirle su gracia con tal que volviese á abrazar

que no induzca en error cierta especie que se lee en S. (}reg. Magno (epíst. a San Leandro in lib. Job.) de la embajada de los visigodos áConstantinopla pornegocios de la fe : f>ro causis Jidei Wiseooihorum legatio. El P. Flórez aclara este punto reconociendo que ningún efecto en lo tocante á las armas produjo dicha embajada: de consiguiente, no tuvo más auxiliares entre los bizantinos S. Hermenegildo que los que permanecían apoderados de las costas de Cartagena y Portugal.

(1 ) Debió esto verificarse abriendo un gran canal desde la Algava hasta lo más bajo del campo de Tablada, de modo que vertiendo por allí el río dejase en seco la vuelta que di ciñendo á Sevilla desde la Barqueta hasta Santelmo.

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los errores de Arrio. A la guerra con las armas sucedían las seducciones, guerra aún más peligrosa, y en que no brilló menos la entereza de Hermenegildo. Córdoba, Sevilla, Osset, todas las

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ciudades y poblaciones que por él se habían levantado, habían vuelto á la obediencia de Leovigildo : los imperiales le habían sido traidores: no tenía el desgraciado príncipe de quien le viniese la más leve esperanza de recobrar el perdido reino;

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y sin embargo, cuánto más desfallecía su partido, más brío y energía cobraba su ánimo : porque eran la persecución y el martirio lo que cabalmente aceleraba la conversión del estado visigodo á la verdadera fe. No pudiendo el obstinado padre vencer la constancia del hijo ni con halagos, ni con castigos, redobló su rigor poniéndolo en una estrecha y horrible prisión, donde tenía las manos atadas á la garganta con cadenas. — Tarragona y Sevilla se disputan la gloria de haber prestado al Santo la escena donde le bajó del cielo la palma de los mártires. No nos parece probable que para la obra de seducción y de intimidación que alternativamente emprendía Leovigildo á fin de domar el corazón de su hijo, creyese más oportuno tenerle desterrado en Tarragona que reducido á prisión en la misma Sevilla, donde á todas horas podía sondear su ánimo y aprovechar las vicisitudes favorables á su intento. Seguimos pues la opinión de Morales, que, robustecida por la tradición más constante, le supone encarcelado en Sevilla, y designamos al lector como su prisión la torre sombría que se alza en el muro de la que fué ptierta de Córdoba^ donde la piedad popular, no interrumpida en doce siglos más que por la ocupación sarracena, ha venerado siempre el lugar de su glorioso martirio (i). Este se halla referido por el papa S. Gregorio, quien asegura tener cabal noticia del sangriento hecho por relación de personas fidedignas, que acudieron de España á Roma.

No dice S. Gregorio cuánto tiempo estuvo el príncipe en

(i) «Allí en lo baxo de la torre, por donde todos pasan, tiene de muy antiguo altares, con pintura y lámpara... Agora de pocos años acá se ha adornado con mucha riqueza... el santo lugar de la cárcel y martirio en lo alto de la torre: y macizando el callejón hasta quedar el suelo igual con las dos puertas altas de la entrada y de la covachita, y abriéndole una ventana, lo hicieron capilla, poniendo con devota consideración el altar encima la portecita del tabuco pequeño, así que alzando el frontal, se entra de rodillas á gozar enteramente el bendito Santuario, bañado con la real sangre... Todo esto hizo con harto gusto y mayor deseo Francisco Guerrero, armero de Sevilla, etc.» Así Amb. de Morales, lib. XI, cap. LXVII.

Existe todavía esta ermita en la parte interior del muro de la que fue puerta, de Córdoba, y hoy lleva el nombre de capilla de S. Hemiencoildo.

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aquella dura cárcel, pero prosigue que llegado el día de la Pascua de Resurrección, el malvado padre mandó á media noche á un obispo arriano que llevase la comunión á su hijo, para que recibiéndola de aquella mano infiel, fuese visto que dejaba de .ser católico, conforme á un decreto del conciliábulo celebrado en Toledo : con cuya satisfacción exterior pudiese el rey perdonarle y restituirle en su gracia. El santo mancebo, esforzado con el valor que Dios le inspiraba, y fija en el corazón la santa doctrina que S. Leandro y la princesa su esposa le habían enseñado, respondió al obispo con gran firmeza y echándole en cara su maldad. Duras debieron sonar las palabras del atormentado príncipe en los oídos del arriano: dura debió ser también la versión de éste, y más duro aún el corazón de Leovigildo... Arrebatado de furia diabólica, y trocando el amor natural en crueldad que rara vez se halla en bestias fieras, mandó ir luego algunos de sus más inhumanos ministros, y entre ellos uno llamado Sisberto, y que allí en su mismo calabozo lo matasen. Ejecutóse la bárbara sentencia quebrantándole la cabeza con una hacha (585). El lirismo popular se asocia tan oportuna y bellamente á la razón teológica en la historia del cristianismo para encadenar las almas á la creencia, que no parece sino que lo más elevado de la ciencia y lo más espontáneo del sentimiento coincidan y se robustezcan mutuamente en la exposición de toda verdad, siempre luminosa y fecunda. La poesía cristiana, que adivina sin reflexión los grandes misterios del cielo, descubrió al punto lo que la ciencia de Dios y de sus ángeles, la Teología, admitió luego como posible en la muerte de Hermenegildo: espíritus invisibles, con armonioso é inefable concierto, dícese que entonaron aquella noche himnos y salmos sobre el yerto cadáver del bienaventurado príncipe, y algunos afirmaron que habían aparecido allí sobrenaturales resplandores que ahuyentaban las tinieblas de aquel fiero calabozo, y no se desdeñó de consignar en sus graves y doctas páginas estos rumores una de las inteligencias más privilegiadas de la Igle-

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sia (i). Dejamos á los panegiristas de la antigua razón de Estado, apologistas de los Brutos y Catones, ver cómo pueden disculpar este horrendo parricidio ; los fieles católicos, sin aprobar la rebelión del hijo, miran al brillo de su aureola más que á las sombras cíe Sil fugaz corona (2).

Las ciudades que en la Bética se habían declarado por Hermenegildo, muerto éste, volvieron á quedar sometidas al rey padre. No se sabe á punto fijo cuáles fi.ieron, pero hallándose á la sazón la fe católica más arraigada en aquella provincia que en otra alguna de la Península, es de creer que todas las poblaciones principales abrazaron el partido del príncipe. Déjase colegir lo que padecería después toda aquella tierra durante la persecución que movió Leovigildo contra los católicos.

No volvió ningún otro rey godo á tener á Sevilla por corte, y sin embargo la Iglesia de Sevilla siguió siendo cada vez más famosa por sus sabios y virtuosos prelados. Comenzó á hacerse verdaderamente ilustre desde el orlorioso martirio de S. Herme-

negildo, por medio de los ínclitos Leandro é Isidoro. En Sevilla fué donde empezó la importante conquista del reino de los godos para la Iglesia : á ella debió la civilización aquel señalado triunfo : su gloriosísimo prelado lo alcanzó. Que si las armas de Hermenegildo hubieran prevalecido; si hubiera continuado allí el trono de los godos católicos, no hay duda, atendido el genio de aquellos príncipes, émulos del Imperio de Oriente en ilustrar la Iglesia de su corte, que hubiera subido Sevilla á ser la Metrópoli de España, pues se hallaba su Iglesia con más honores que otra alguna.

Alteróse la suerte quedándose la ciudad del Betis sin la residencia de los reyes; pero aun así y todo, no le faltó la prerogativa de otro honor singular, en que tampoco podían competir con ella las otras metrópolis. Fué este señalado honor el

(1) El citado S. Gregorio .Magno.

(2) Expresión feliz del ya citado Sr. D. Vicente Lafuentc.

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palio que S. Gregorio Magno envió á S. Leandro: honra de muy mayor prez en aquel tiempo que en el presente, pues no consta le fuese concedida á otro más que á aquel preclaro pastor.

La persecución contra los católicos dio ocasión á Leovigildo para saquear los bienes de las iglesias y monasterios, sin respetar los privilegios que la tolerancia de algunos de sus antecesores les había otorgado á pesar de su distinta creencia. Por desgracia, en medio del valor que los obispos españoles desplegaron contra el tirano, tuvo la Iglesia que deplorar algunas vergonzosas apostasías, que enflaquecían y acobardaban, sino vencían del todo, á muchos católicos con su mal ejemplo. Entre éstos lamenta S. Isidoro la miserable caída de Vicente, obispo de Zaragoza, segundo de este nombre en aquella sede. Dice el Santo que siendo á manera de lucero resplandeciente en el cielo, se derribó á ofuscarse en las tinieblas del abismo, apostatando de la verdadera fe y llevando tras sí á otros muchos como Lucifer. Indignado justamente contra su apostasía, le censuraron y condenaron Severo obispo de Málaga y Liciniano de Cartagena. Este, huyendo de Leovigildo, marchó á Constantinopla, donde dice S. Isidoro que murió habiéndose tenido sospecha de que émulos suyos le dieron veneno.

No expresa S. Gregorio las molestias que en particular padeció S. Leandro después que prevalecieron las armas del rey arriano en Sevilla ; pero sábese por su hermano S. Isidoro que fué desterrado juntamente con él S. Fulgencio, hermano de ambos, y que ni aun en el destierro desistió el sabio pastor de solicitar la salud de aquellos infieles cuyo encono padecía, pues compuso entonces dos libros llenos de erudición sobre las sagradas escrituras, en los cuales destruía con vehemente estilo las ceguedades de la herejía arriana, y además un Tratado sobre los institutos de sus sectarios proponiendo sus dichos y dando las respuestas. Créese que estos escritos contribuyeron poderosamente á que Leovigildo se doliese de haber quitado la vida

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á su hijo, llegando á reconocer por única verdadera la fe de los católicos; pero según el Santo Pontífice, no mereció profesarla, contenido del temor de su gente, si bien al verse al borde del sepulcro, hizo que S. Leandro, á quien en tal caso deberemos suponer vuelto ya de su destierro, se encargase de dirigir la conducta de su hijo Recaredo : hecho elocuente que explica por sí solo, mejor que todos los discursos en favor de la supremacía intelectual, moral y política de la Iglesia en aquellos siglos, quiénes eran en la sociedad española de entonces los verdaderos sabios, los verdaderos estadistas, los verdaderos maestros de la civilización. La personificación más grande de la razón de Estado que vio jamás la España descollar en su trono, y la personificación más enconada, más enérgica, más intolerante, cede y se humilla al prestigio de la verdad de la justicia y de la santidad : y en el momento supremo de abandonar la vida para ir á dar al Sumo Juez razón de sus actos, abdica de sus principios, y somete el mando y gobierno de la nación, escandalizada de su tiranía, á la dirección y tutela de la Iglesia. Los que acusan al episcopado visigodo de invasor y prepotente, no han meditado bastante en la alta significación de este hecho ; que no fué por cierto la Iglesia la que se apoderó de la dirección dé aquel Estado, sino por el contrario el Estado mismo el que, reconociéndose falto é impotente para fundar una sólida y próspera monarquía, solicitó de los únicos depositarios de verdades eternas, religiosas y sociales, la ciencia y la virtud de que carecía.