Sevilla y Cádiz · Capítulo real 9 de 18
CAPITULO XVI
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 14 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XVI
Recaredo y sus sucesores. — Actitud del clero. — Leandro é Isidoro. La escuela isidoriana. — Cuadro de la civilización visigoda
ECAREDO, aleccionado por S. Leandro, abrazó el Catolicismo y exhortó á su corte y á sus subditos á que siguieran su ejemplo: así nació la armonía que por primera vez desde la irrupción de los Bárbaros unió en una misma fórmula las aspiraciones de la nación y de su gobierno. En efecto, la nación era en su mayoría católica; del paganismo quizá no quedaban reliquias; los antiguos simulacros forjados por el politeísmo, no había quien los recordase apenas (i); pero los arríanos que constituían una evidente minoría, veían con despecho escapárseles el poder.
(i) El canon i ó del Concilio III de Toledo da claramente á entender que ya la idolatría había caído en desuso. Quoniam pené per omnem Hispaniíim, sivé Galliam ídolatrice sacrilegiiivi inolevit, hoc cum consensu gloriosissimi Principis Sancía Synodus ordínavit, ut omnis Sacerdos in loco suo^ una cum jiidicc territorii sacrilegium memoratiim perqiiiral.
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Entre las convulsiones del arrianismo espirante, vaciló por breve tiempo el trono de Recaredo. El inocente Liuwa perece asesinado por el traidor Witerico, y paga éste después su atentado á manos de los enfurecidos toledanos, que arrojan su cadáver á un muladar, sepultando con él allí el último respiro del arrianismo godo, la barbarie septentrional, y el regicidio.
Ciñe la corona el arrebatado aunque sabio Sisebuto, que exagera el celo religioso y santo de los Concilios, y arrostrando la prudente censura y la reprobación de los Padres de la Iglesia (i) fulmina contra los judíos, con desdoro de sus egregias prendas morales y de su sensibilidad exquisita como rey y padre de su pueblo (2), penas inauditas y medidas de la más atroz persecución. No procedamos sin embargo de ligero, condenando el espíritu que dictó estas medidas por reprobar el exceso que en ellas hubo. Cierta represión era indispensable aun en el sim pie interés político, porque la raza judaica, raza que no sólo constituye una secta, sino una nacionalidad distinta en toda nación, y un estado de sorda y paciente invasión dentro del Estado que la tolera, crecía pujante y ominosa desde la época del gran comercio de nuestra patria con Roma y á pesar de las prohibiciones del Concilio de Elvira. Un escarmiento doloroso manifestó, aun antes de la invasión sarracena, que estas medidas no habían sido tan inmerecidas como algunos las pintan hoy (3). De todas maneras, tengamos por seguro que desde la conversión de los Baltos al catolicismo, nuestros reyes marchan con los prelados á la cabeza del progreso intelectual y moral, y que ninguna nación de las fundadas por los Bárbaros rivaliza en los siglos VI y vil con España en el decoro y prestigio de la potestad real. Sisebuto, sobre profesar un grande amor á las letras,
(1) V. el Concilio 1\' ele Toledo.
(2) Dícese, en efecto, de Sisebuto, que era un príncipe tan humano, que derra maba lágrimas después de los combates al ver heridos sus soldados, y rescataba de su propio bolsillo todos cuantos prisioneros podía.
(3) Aludimos al levantamiento general que maquinaron en tiempo de Egica y de que dan testimonio los cánones del Concilio XVI de Toledo.
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escribió de su puño una crónica de los Visigodos. Chindaswintho, más adelante, cultivó el estudio de la Sagrada Escritura y la poesía.
< Prestaban á las letras en España grande utilidad — dice un docto escritor moderno ( i ) — así la estancia de los imperiales en la costa del Sud-este de la Península, como los viajes de los españoles á la corte de Oriente, pues ninguno de aquellos, y particularmente siendo obispos, dejaba de traer manuscritos, que luego eran reproducidos en las iglesias y monasterios. Así llegaron á formarse aquellas colecciones canónicas tan puras, multiplicadas por los monjes y clérigos en las extensas provincias en que se dividía la Península. Así pudieron reunirse aquellas librerías españolas del siglo vii, depósitos muchas de ellas de rarísimos códices. Así les fué dado adquirir pluralidad de conocimientos á los sabios que tanta gloria dieron á España en la primera mitad del citado siglo, en cuya época ninguna otra nación de Europa, si exceptuamos el poderoso imperio romanogriego, pudo competir con nuestra patria en el estudio y conocimiento de las ciencias.» — Con estos poderosos auxilios se formaron aquellos famosísimos prelados, honor de la silla metropolitana hispalense, los Leandros é Isidoros ; y de ellos á su vez recibieron las iglesias todas de la España visigoda inmensos beneficios. Cuanto de S. Leandro pudiera decirse para retratar su semblanza moral, lo dejó dicho su hermano S. Isidoro llamándole varón de dulce palabra, de ingenio maravilloso., preclaro en su vida y stt doctrina. — De este último, bástenos recordar por ahora que el concilio VIII de Toledo le aclamó Doctor esclarecido de szi siglo, postrer ornamento de la Iglesia católica, y digno de ser citado con reverencia.
Á Sisebuto sucede el enérgico Suinthila, que emprende la gloriosa obra de arrojar de España á los imperiales. Esta em-
( T ) D. José M." de Eguren, Memoria descriptiva de los códices notables conservados en los archivos eclesiásticos de España. — Parte 1 ." — Origen de los archivos del clero resular.
presa, que había sido superior á las fuerzas de los más grandes monarcas arrianos, la lleva á cabo el rey católico dejando apenas á Sisenando lauros que ceñir como émulo de la civilización de Bizancio. Como rey tuvo éste la gloria de mandar á una nación libre de todo yugo extranjero: como cristiano logró otra gloria mayor todavía, la de haberse sabido humillar, á despecho de las poderosas instigaciones del más disculpable orgullo (si es que en los más grandes soberanos puede el orgullo disculparse), ante las recriminaciones de la propia conciencia, compareciendo en el Concilio IV de Toledo á pedir con lágrimas ser absuelto del pecado de usurpación del trono. Presentóse en aquella santa y venerable asamblea con toda su corte , cuando , quieto y pacífico en el solio, nada tenía que temer de la nación que le había ayudado con sus votos á derribar al pervertido Suinthila, y se postró en tierra con la más edificante humildad, rogando á los dignos Prelados, á cuyo ft-ente descollábala santa y gloriosa lumbrera de la Iglesia y de la literatura goda, S. Isidoro, que intercediesen para con Dios en su favor. Público había sido su pecado: pública también ¡pero cuan heroica y meritoria! era su reparación.
Ventana del Patio de las Doncellas
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Va afianzándose la moral católica en la monarquía visigoda, y prosperando con ella esta misma monarquía identificada con la Iglesia, su maestra y tutora. Sólo la religión podía preservar al trono de las ambiciones y de los atentados. Convoca Chintila el V concilio de Toledo (VI de los nacionales) temeroso de las maquinaciones de los magnates, y el Concilio se interpone entre el puñal y la corona, excomulgando á los que intenten contra la vida del rey, sancionando el derecho electivo, y prescribiendo que sólo puedan ser elegidos los nobles de sangre goda. ¿Y eraii por ventura los prelados los que se arrogaban el derecho de dar una constitución política á la monarquía? No: eran el rey y su corte los que se la pedían. ¿Y quién la había de dar si no la daban ellos? Ellos, pues, al cubrir la paz, el orden y los capitales intereses de la sociedad civil con su manto pastoral, proclamaban el reinado de las ideas y de la ley sobre la fijerza brutal y la prepotencia militar. La Iglesia legislaba porque era el único poder capaz de hacer respetar la ley y el derecho.
Pero si desde los primeros pasos de la conversión de la gente goda al catolicismo, los obispos se colocan entre el rey y el pueblo defendiendo al primero del puñal de los rebeldes, también defienden á los subditos de las demasías del monarca. Cupo principalmente en suerte al glorioso prelado de Sevilla, Isidoro, al dar este ejemplo de valerosa imparcialidad y justicia, haciendo en el Concilio IV resonar á los oídos de la suprema potestad terrena estas austeras palabras : Para los reyes fuhiros pronunciamos esta sentencia: si alguno de ellos por soberbia ó fausto real, e7i contra de la reverencia de las leyes, ejerciere en los pueblos un poder despótico y cruel^ por maldad ó por codicia, sea condenado por Cristo Señor nuestro con la sentencia de ajiatema, y sea separado y juzgado por Dios, por haber tratado de obrar mal y de pervertir su reino (i). ¿Y quién más autorizado que él para pro-
(i) Canon Ty... Sané de fíiturts reQtbus hanc sententiam f>romulgamiis, u i sigáis ex eis contra i-everentiam legum superha dominatione eí JastuRegio, in flagilüs eifacinore, sive ciipiditate. crudelissitnam polestatem in populos exercuerit, anathe-
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ferirlas? San Isidoro era sin duda alguna el hombre más eminente de su siglo : él fué en la Iglesia gótica el restaurador de las humanas disciplinas: sus Etimologías, de que todos los archivos eclesiásticos y monacales poseían copias, fueron la preciosa enciclopedia de aquella edad. San Isidoro verdaderamente fué el Plinio cristiano del séptimo siglo: el mundo sabio le apellida hoy todavía el gran etimologista. Y con sobrada razón: porque siguiendo el ejemplo de los Padres de la escuela de Alejandría y de las lumbreras de la Iglesia griega, Basilio el Magno y Gregorio Nazianceno, educados en Atenas, é imitando á los grandes maestros de Occidente, Agustín y Jerónimo, logró fomentar el estudio de las ciencias profanas, sin exceptuar ninguna, para apoyar y defender el dogma católico con el testimonio de todas ellas, y tan verdadero y fecundo fué el amor al estudio que con su celo supo inspirar á los clérigos y á los monjes benedictinos y agustinianos de su tiempo, que llegaron éstos á rivalizar con los monjes y clérigos más ilustres del Oriente. A S. Isidoro y á los institutos monásticos á quienes él comunicó tan ardorosa sed de ciencia, se debe el haberse salvado del gran naufragio del Imperio romano infinito número de documentos del saber antiguo: de ellos procedió aquella prodigiosa actividad literaria y científica de las escuelas de Sevilla, de Toledo, de Oviedo, de los scriptoria de Juan Biclarense, de S. Martín Dumiense, de Sta. María de Obona, de S. Millán de la Cogolla, de Liébana, Celanova, Albelda, Ripoll y tantos otros, merced á la, cual en los primeros siglos de la Edad media, y luego, en sucesivas restauraciones de la grande escuela isidoriana, durante la dominación agarena primero, y bajo la reconquista después, fué nuestra España la nación más adelantada del Occidente en toda clase de conocimientos, sagrados y profanos. Las Etimologías y la regla de San Benito eran entonces los primeros elementos de cultura con que renacían á la vida de la inteligencia las humanas asocia-
matis sententia á Chrislo Domino coudemnetuí ci habcat a Deo separationem, etc.
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ciones libertadas del caos de la barbarie. Agregábanse luego los tesoros de la ciencia, de las letras y de las artes de la antigüedad, que traían á España los prelados y eclesiásticos de vuelta de sus frecuentes peregrinaciones á Jerusalén y Constantinopla, y que, reproducidos por los copistas, pasaban á enriquecer las bibliotecas monacales y eclesiásticas. Por este medio llegaron á generalizarse en toda la Península multitud de obras de literatura griega y romana, selectas producciones de los más grandes poetas y oradores antiguos, preciosos manuscritos bíblicos, litúrgicos, conciliares, obras de jurisprudencia civil, de ciencias físicas y naturales, de historia, etc., y era de ver cómo aquellos monjes escribas, á fuerza de vigilias, de tiempo y de trabajo, y aun á costa de muchas molestias y dolencias corporales, preparaban en el silencio del scriptorium ^ entretejiendo las rosas con las espinas, y asociando á Aristóteles y Cicerón con Prudencio y Juvenco, y á los SS. Padres con Virgilio y Ovidio, el copioso verjel de las bibliotecas, donde habían de libar los jóvenes doctores de la Iglesia visigoda la sana doctrina destinada á triunfar en el palenque de la herejía y de la controversia. — La escuela que S. Isidoro fundó en Sevilla adquirió tal celebridad, que á ella acudía la juventud desde remotas provincias, ansiosa de beber la doctrina que fluía de sus labios, y pronto sirvió de modelo á otras escuelas de la Península. No se sabe dónde la estableció, aunque es de suponer que fué en la iglesia de S. Vicente catedral á la sazón, donde, por ser conventual la vida de los canónigos en aquel tiempo, puede creerse que á la escuela irían anejos el scriptoriit7n ó salón de los escribas y copiantes, y la famosa biblioteca de que conserva recuerdo nuestra historia eclesiástica (i). — Como escritor sagrado, hizo el nombre de Isidoro
(1) Consérvase una memoria de la gran biblioteca de S. Isidoro en los títulos ó inscripciones en verso que mandó poner en aquel recinto, y que, tomados de un códice gótico de la Biblioteca Nacional, publicó el P. Flórez en el tomo IX de su Es-paña, Sagrada, y reprodujo D. José M." de Eguren en su precitada Memoria ác\os códices notables de nuestros archivos eclesiásticos. Decía así el segundo de dichos títulos :
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inolvidable la colección de cánones antiguos que regularizó añadiendo las disposiciones de su tiempo; colección que es una de las más preciosas fuentes de nuestro Derecho canónico ; el arreglo y redacción del Oficio gótico^ y multitud de obras que le acreditan como el primero entre los maestros de las ciencias eclesiásticas de la España goda. La importancia de la escuela de S. Isidoro y su inmensa trascendencia en bien de las letras y de la civilización , ha sido muy atinadamente apreciada por uno de los escritores más juiciosos é imparciales de nuestros días (i).
Wamba es el último rey visigodo que mantiene el lustre de la corona: después de él, será ya en vano buscar en la nación española prosperidad, justicia, cultura y poder. ¡Tan rápida será su decadencia, que en solos treinta años descenderá de la cúspide de la grandeza al abismo de la abyección y de la ruina! ¿A qué bosquejar tan triste y doloroso cuadro? Recordemos más bien las glorias de aquel Estado en la época de su prosperidad, desde Recaredo hasta Wamba, y sírvanos de lección provechosa la tremenda catástrofe que amaga ya á toda una nación pervertida y prevaricadora.
Modernos escritores, á quienes seguramente nadie tachará de parciales en favor del Catolicismo, consignan de este modo, impulsados por la necesidad de reconocer y confesar lo que es á todas luces manifiesto, la superioridad de la civilización de los hispano-godos, obra casi exclusiva de los obispos, respecto de todas las demás naciones del siglo vii, y las ventajas que España reportó de la conversión de Recaredo. «En esta nación, dice »Mr. Guizot, es la fuerza de la Iglesia la que emprende restau- »rar la civilización. En lugar de las antiguas asambleas germá-
Sunl hic pliircí sacra, sunt el mundalia plura
Ex his, si qua placenl carmina, tolle, lege. Prata vide plena spinis, el copia floris, Si non vis spinas sumere, sume rosas. ( I ) J. CiiRiSTiAN Eknf.st Bolmu<e 1". L'ccole (Zhrétienne de Séville. sous la monarchie des Visi^oUis.
ALCÁZAR. — Paiio de las Doncellas
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» nicas, de las reuniones de los guerreros, son los Concilios «Toledanos los que surgen y echan raíces, y si bien concurren »á ellos los grandes del Estado, siempre son los eclesiásticos »los que tienen su dirección y primacía. Ábrase la ley de los «visigodos y se verá que no es una ley bárbara: evidentemente »la hallaremos redactada por los filósofos de la época, es decir, »por el clero, abundando en ideas generales, en verdaderas teo- »rías, completamente ajenas de la índole y costumbres de los » Bárbaros. Sabido es que el sistema legislativo de éstos era un «sistema personal , en que cada ley sólo se aplicaba á los «hombres de un mismo linaje. La ley romana gobernaba á los «romanos, la ley fi-anca regía á los francos: cada pueblo tenía «sus reglas especiales, aunque estuviesen sometidos á un mismo «gobierno y habitasen el propio territorio... Pues bien, la legis- «lación de los visigodos no es personal, sino que está fundada «sobre aquel. Visigodos y romanos están sometidos á la misma «ley. — Pero no es esto solo. Continuemos examinándola, y ha- « liaremos señales de filosofía aún más evidentes. Entre los Bár- «baros cada hombre tenía, según su situación, un valor deter- » minado y diverso: el Bárbaro y el romano, el hombre libre y «el feudo, no eran estimados en un mismo precio; había, por «decirlo así, una tarifa de sus vidas. En la ley visigoda sucede « todo lo contrario : se establece el valor igual de los hombres «ante ella. Considerad por último el sistema del procedimiento: «en vez del juramento de los compurgadores y del combate «judicial (i), encontraréis la prueba por medio de testigos, y el «examen racional de los hechos, como puede practicarse en «cualquier nación civilizada. En una palabra, la legislación visiígoda lleva y ofrece en su conjunto un carácter erudito, siste- «mático, social. Descúbrese bien en ella el influjo del mismo «clero que prevalecía en los concilios toledanos, y que influía «tan poderosamente en el gobierno del país (2).»
(1) En esto se equivocó el eminente publicista.
(2) Hist. general de la civilización europea: lección 3."
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Pues el testimonio que sigue es, si cabe, todavía más precioso por su carácter de generalidad. « La España de los godos, »dice Mr. Romey, nos ofrece un gran progreso respecto de la «España romana... En su administración interior observamos el » mismo fenómeno. Cierto que su legislación prescribe algunas «penas de índole bárbara; pero ¿qué código moderno está exen- »to de esta mancilla? Entre nosotros mismos (los franceses) sin »ir más lejos, ¿no estaban ayer vigentes el tormento y la muti- »lación? En el largo transcurso del período gótico que acabamos »de estudiar, pocas crueldades y asesinatos en verdad hemos «tenido que consignar: sólo en los primeros tiempos vimos inmo- » lados algunos reyes. Aquel pueblo, tan violento en un princi- »pio, se amansa y dulcifica desde Recaredo : cambian sus cos- »tumbres; la vida del hombre se hace para él cosa sagrada, al «menos entre las altas jerarquías. Nada más moderado que la «pena aplicada por Wamba al usurpador Paulo y sus compañe- »ros. Todos los hechos sangrientos que pueden imputarse á las «familias de los reyes durante el período de 300 años que corre «desde Ataúlfo hasta Rodrigo, se reducen á dos fratricidios, «ocurridos en la familia de Turismundo, y un parricidio determi- «nado por un concurso de circunstancias verdaderamente fatales. «¿Y qué es esto comparado con aquella interminable cadena de «homicidios, acciones crueles, cabalas atroces, fratricidios sin «cuento, inmolaciones y ejecuciones militares desenfrenadas, que «acompañan á la instalación de la monarquía merovingia en las «Gallas.'' El suplicio de Brunechilda es por sí solo más horroro- «so que todas cuantas maldades hemos podido presenciar en la «historia de los reyes godos.»
La España del siglo vii ofrecía en verdad un espectáculo sorprendente respecto del resto de Europa, donde las continuas guerras y revoluciones habían acabado con los escasos restos de la civilización y del saber antiguos, quedando el clero en la ignorancia. En las Gallas se promovía al sacerdocio á personas que apenas sabían leer. En Italia se quejaba el papa Agathon
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de no tener una sola persona á quien encomendar una embajada á Constantinopla. La Iglesia toda no hubiera podido mostrar á la vez tantos prelados y abades eminentes como presentaba la España sola.
Hasta hace pocos años, nos formábamos generalmente una idea muy pobre de la cultura visigoda. Preocupados con el desprecio que de los cristianos refugiados en Asturias hacían los sectarios de Mahoma, nos imaginábamos que los subditos de Recaredo y Wamba habían sido como salvajes para las artes del lujo y de la ostentación. Pero se han hecho luego exploraciones más detenidas y concienzudas en el campo de la historia y de las antigüedades. Hemos visto á Ataúlfo vestido de púrpura y oro después de desposado con Gala Placidia (i), y á la corte de Eurico, trasladada de Burdeos á Tolosa, brillar con todos los resplandores de la magnificencia imperial : y hemos pensado que sin la ostentación de que se rodeaba este Bárbaro, cuyas epístolas de estilo levantado y correcto celebró la misma Italia, en vano hubiera pretendido el poderoso Garona dispensar su protección al Tíber empobrecido (2). Los viejos libros y los antiguos monumentos nos conducen hoy á las siguientes conclusiones :
Los tesoros de Toledo en tiempo de Amalarico eran sin duda grandes : los escritores franceses encomian la riqueza que de esta ciudad se llevó Childeberto, cuando vino á España á vengar los sangrientos ultrajes hechos á su hermana Clotilde. Entre las alhajas en que cebó su rapacidad el rey franco, había
(1) Refiere Olympiodoro que las bodas de Ataúlfo con Placidia se celebraron en Narbona, á la usanza de Roma, en la casa de Ingenuo, uno de los principales de aquella ciudad. En la parte más elevada de un pórtico, decorado al efecto, estaba sentada la hermana de Honorio, con todo el aparato de una reina, y á su lado Ataúlfo enteramente vestido á la romana. Entre los presentes que ofreció á Placidia se hicieron notar cincuenta adolescentes, vestidos de seda, cada uno de los cuales llevaba dos discos ó bandejas, una llena de piezas de oro, y otra de piedras preciosas de inestimable valor, procedentes del saco de Roma por los godos. Entonó el epitalamio Attalo, y lo cantaron Rustacio y Phitbadio. Después de la boda hubo juegos que deleitaron grandemente á bárbaros y romanos.
(2) SiD. Apolin. 1. VIH, epíst. cj.
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sesenta cálices y veinte patenas de oro puro : prueba de la magnificencia con que se sostenía el culto aun antes de la conversión de Recaredo.
En sus personas y en los objetos de su uso cotidiano, empleaban los magnates godos el mismo lujo. Las mujeres se cubrían de ricas sederías y lanas finísimas, que ya en tiempo de los romanos gozaban de grande estimación por sus bellos colores naturales : tenían espejos y palanganas de plata, bebían en copas de oro incrustadas de diamantes y otras piedras preciosas, y se llenaban las manos de anillos de diversas formas (i). Puede asegurarse que el lujo que tanto se había arraigado en la Bética durante la dominación romana, no llegó á desaparecer en esta provincia ni aun en los años calamitosos de las irrupciones de los Bárbaros, porque éstos se mostraron desde luego tan apasionados de la riqueza y de la molicie como los mismos vencidos.
Es curioso leer en Procopio el género de vida que los vándalos sacaron de la Bética, y que siguieron haciendo en el Áft-ica entre los infelices pobladores de la Mauritania sojuzgada (2). Sus mesas, espléndidamente servidas, abundaban en los más exquisitos productos de la Libia. Vestíanse de seda y llevaban ropas de fabuloso precio. Pasaban el día en cacerías, corridas de caballos, teatros y toda especie de diversiones. Su afición á la música, al canto, al baile y á todo entretenimiento deleitable, no tenía límites. Gustaban de pasar las calurosas horas del estío en amenos jardines, matando el tiempo en magníficos banquetes á la sombra de los árboles cabe murmuradores arroyos. Diez y ocho años escasos de permanencia en el mediodía de nuestra España habían bastado para inspirar á aquellos Bárbaros tan feroces, tal pasión hacia las artes del lujo y del deleite.
Los contratos matrimoniales se celebraban con tal esplendidez, aun entre los simples particulares, que las leyes tuvieron
(1) S. Isidoro: Etimolog. 1. XLX. cap." 2 3, J4, 2 s , 28, 3 1 y 3 :
(2) De bell. vandálico, 1. IV.
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que moderar los gastos que en ellos se hacían. Nadie había de poder dar en dote más de la décima parte de sus bienes, y los sejiiores no podían regalar á la desposada más de diez esclavos, otras tantas mujeres, y veinte caballos; y el valor de los objetos de uso personal no había de exceder de dos mil escudos de oro. Tenían nuestros visigodos telares de seda, fábricas de hilos y cordones de oro, de vidrios de color, y otras manufacturas que indican también un notable desarrollo industrial y artístico (i). De Bizancio vino á la España goda su primorosa orfebrería, tan admirada de los francos merovingios. Nuestros antiguos escritores y cronistas no nos han conservado en verdad los nombres de aquellos excelentes orífices, plateros y joyeros que hicieron, por ejemplo, la soberbia espada, de puño de oro y pedrería, y el magnífico talabarte, ofrecidos por los hijos de Gaddón al rey Childerico como digno rescate de su crimen; la lujosa cruz que sacó Childeberto de Toledo y que colocó en el lugar principal de la famosa iglesia de S. Germán de los Prados de París, erigida expresamente para ella; y por último las hermosas coronas de Suinthila, Receswintho y otros personajes, descubiertas no hace muchos años en un desierto prado de la provincia de Toledo, junto á la fuente de Guarrazar, y que lucen hoy con admiración de los aficionados y arqueólogos en la Armería Real de Madrid y en el museo de Cluny de París. Los franceses han sido más cuidadosos que nosotros con las memorias que ilustran y engrandecen su historia; pero, aunque ellos conserven con religioso cuidado los títulos que recomiendan al respeto de la moderna Europa á sus Mabuinos y Eligios, y nosotros, pródigos temerarios de nuestros antiguos timbres, demos al olvido tan preciosos datos, siempre será fundado creer que nuestros orfebres sobrepujaron á los suyos y emularon con los del Bajo hnperio (2).
(i) Lo atestigua S. Isidoro en sus Etimologías.
(2) Entendemos por orfebrería el arte de labrar objetos de plata y oro. no va-
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Sostenemos nosotros, sin embargo, la tesis de que, si bien los visigodos de los siglos vi y vti se aventajaron á todos los otros pueblos llamados Bárbaros, en verdadera civilización, la cual estriba en las buenas leyes é instituciones sociales, no florecieron mucho en aquellos ramos de la cultu7^a artística que más consideración merecen hoy de los amantes, un tanto sensualistas, del humano progreso. Creemos que si en letras sagradas y profanas pudo la España visigoda de la época isidoriana ofrecer á las demás naciones modelos dignos de ser imitados, en el cultivo de las artes plásticas — en escultura y pintura especialmente— produjo poco bueno. Mas no así en arquitectura.
Interesa en verdad saber, qué aspecto presentaban, verbigracia, el templo de S. Geroncio de Itálica, visitado por san Fructuoso en 641, la iglesia de S. Justo y Pastor de MedinaSidonia, también de la primera mitad del séptimo siglo, el monasterio de Sta. Florentina, la admirable é interesante hermana de S, Leandro y S. Isidoro, que descollaba á orillas del Genil
ciados ó fundidos, ni empicados en la decoración arquitectónica, que entran en el dominio de la estatuaria y escultura de relieve. Son también obras de orfebrería las chapas de cobre esmaltado, los cobres de Dinant, los jarros de estaño de Briot, los bronces y hierros cincelados de Cellini y los célebres esmaltes de Limoges.
Los antiguos empleaban la orfebrería muy en grande, y las obras de este género que aún nos quedan de griegos y romanos, atestiguan la perfección que alcanzaron. Sobre la orfebrería clásica nos suministran preciosos datos Plinio en el lib. 38 de su Hisi. nat.. Cicerón en su tratado T>e Signis, .ateneo en el lib. XI de sus Deipiiosopliislas, y Pausanias en su conocido Viaje histórico. Después de la caída del Imperio romano, el centro principal de la orfebrería íué Constantinopla. Es de creer que en las Galias floreciese también mucho este arte: de otro modo no se explica cómo pudo aventajarse tanto en él la nación francesa desde la época merovingia. Colonia, Nuremberg, Florencia y París siguieron á. I.imoges. Todas estas ciudades citan nombres de orífices famosos; pero S. Eligió, ó S. Eloy, ios oscurece á todos. Y sin embargo, ¡ qué distancia entre sus obras y las de los artífices visigodos ! Compárese el tan celebrado sillón de Dagoberto,de París, con las magníficas coronas de líeceswintho y de Suinthila expuestas al público en el musco de Cluny y en nuestra Armería Real: brilla en éstas toda la gala, la gracia y la nobleza del arte bizantino en su buena época, con algo privativo del arte ornamental visigodo, que no se encuentra en las producciones de la orfebrería oriental. — En la magna obra de los Monumentos arquitectónicos de Eshaña, hemos publicado una extensa monografía sobre la, orfebrería visigoda., tomando por base el detenido estudio histórico, arqueológico é industrial, de las coronas y cruces de Giiarrazar.
en las cercanías de Ecija, y aquella célebre iglesia de S. Ambrosio, cerca de Vejer de la Miel, que al mediar el siglo vii fué consagrada por el obispo Pimerio.
ALCÁZAR. — Salón di;i. Riíy moro
La gente goda, dijimos arriba citando la expresión de un historiador moderno justamente célebre (i), estaba prendada del Imperio, lo mismo que Ataúlfo de la hija del gran Teodosio.
(i) El conde de St. Pricst.
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Esta pasión no se amortiguó nunca, ni aun en las épocas en que los Leovigildos, Suinthilas y Sisenandos pugnaban con las armas por ahuyentar de sus dominios las tenaces colonias del Imperio de Oriente. Ouer/an aquellos monarcas la cultura de Constantinopla, no sus soldados, ni su violencia, ni su perfidia y traiciones. Querían sus artes, no sus costumbres : su ciencia y su doctrina, no sus apostasías y herejías: sus basílicas y sus palacios, no sus circos, teatros y espectáculos públicos. Aquellos sabios prelados de nuestros concilios, insignes promotores de la civilización española en todos sus ramos, mantenían un comercio demasiado frecuente con los Padres de la Iglesia de Oriente y conocían demasiado el camino á la opulenta Bizancio, para que pudieran permanecer indiferentes á lo que allí hacía el arte en servicio del culto. Mármoles, jaspes, taraceas, metales preciosos, vidrio de colores, pedrería, esmaltes, pinturas, todo lo prodigaban en sus templos los Justinos, los Mauricios y los Heraclios; ¿porqué no habían de prodigarlos en los monumentos de más acendrada piedad los reyes visigodos? Y los prodigaron en efecto. Léanse las descripciones que de las basílicas deS. Román de Hornija, de S. Félix de Córdoba, de S. Martín de Orense, de S. Juan Bautista de Mérida, de Sta. Eulalia de la misma ciudad, del Palacio episcopal de esta diócesis y de las construcciones religiosas que llevaron á cabo en Toledo Sisebuto y Wamba, nos han dejado S. Ildefonso, S. Isidoro, S. Eulogio, Paulo Diácono y Gregorio Turonense; y nos persuadiremos, contra el sentir de Ceán Bermúdez, de que «donde se erigen » atrios sostenidos de columnas, encumbradas torres, muros cuíbiertos de bruñidos mármoles y baptisterios á la manera de la » primitiva Iglesia, adornados de pinturas, no se halla el arte re- »ducido al simple mecanismo de levantar toscas paredes (i).»
En lo que no estamos conformes con el erudito escritor que hace esta vindicación, es en que las fábricas de los godos no
f i) Caveda, Ensayo histórico sobre la cirquileclura española, cap. III.
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presentasen vislunibi'es de orientalismo (i). Creemos, por el contrario, que difícilmente se podrán citar en las construcciones de los otros pueblos contemporáneos del Occidente caracteres más visiblemente bizantinos que los que nos ofrecen los edificios y fragmentos de arquitectura visigoda descubiertos en los últimos treinta años. Y ¿cómo había de ser de otra manera cuando todo en la corte de Leovigildo, Recaredo y sus sucesores era reflejo directo del astro fascinador que brillaba sobre el Bosforo? De casta bizantina son todos los elementos de la ornamentación arquitectónica de aquellos tiempos que empezó á recoger, desde que escribió su Albutn artístico de Toledo, don Manuel de Assas : los que posteriormente siguió allegando el mismo erudito é infatigable anticuario (2); los que la comisión del ministerio de Fomento encargada en 1859 de explorar el campo de Guarrazar, cerca de Toledo, recogió entre las ruinas de la capilla contigua al abandonado cementerio de donde fueron extraídas las coronas góticas arriba mencionadas; la iglesia de 6*. Juan de Bafios, edificación de Receswintho, que fuimos nosotros los primeros en dar á conocer como construcción visigoda, subsistente y casi íntegra, en el seno de la Comisión encargada de publicar los Momunentos arqziitectlmicos de España; \2.cisterna próxima á dicha iglesia de S. Juan, que construyó el mismo rey; la iglesia de ^. Millán de Suso, en la Rioja; y por último los infinitos fragmentos decorativos de los templos visigodos de Extremadura, Córdoba, Sevilla y otras provincias, que nuestro querido colega don José Amador de los Ríos reconoció, ya en las postrimerías de su laboriosa y fecunda vida, y publicó en la precitada obra de los Monumentos de España. ¿Cómo es posible dudar que sean de origen oriental los bisantes, los impages^ los arciones, los circtilos com-bÍ7iados y sus intersecciones, \os funiczclos, los rombos^ las escamas, las postas con palmetas^ las cruces
(i) Así lo entendió el citado Sr. Caveda: loe. cit.
(2) Citados con exquisita y loable diligencia en el n.° 38 del Semanario pintoresco español del 20 de setiembre de 18^7.
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griegas^ los ctiadrif olios, los contarios facetados (i) y demás adornos que se advierten en los mencionados edificios y fragmentos? Pues más concluyente prueba de linaje neo-griego presentan, si se quiere, los capiteles cúbicos y de pirámide truncada inversa, que tradicionalmente se perpetuaron en las construcciones de la naciente monarquía asturiana y en la ornamentación de los manuscritos desde el siglo ix ; los fi.istes de columnas con funículos y grecas ; las ventanas gemelas y los ajimeces, que abundaron en nuestros edificios visigodos (2) ; los arcos vulgarmente llamados de herradura, que se observan en un precioso códice anterior á la irrupción agarena (3) ; y por último las cúpulas, ya sobre pechinas, ya sobre trompas, que constituyen, digámoslo así, la facción más característica de la arquitectura bizantina, y que nos atrevemos á afirmar que no fueron tampoco desconocidas en España antes del siglo viii (4).
(i) Para el significado de todas estas voces puede consultar el lector el Glosario del Sr. Assas al fin del Álbum de Toledo, ó su artículo sobre el Estilo bizantino del n.° 36 del citado Semanario.
(2) Existe uno desmontado, pero muy curioso, en Toledo, en el jardín que fué solar de la basílica de S. Ginés.
(3) Es el marcado en el archivo de la Real Academia de la Historia con el n.° 22 entre los procedentes del suprimido monasterio de S. Millán de la Cogolla. Este monumento es precioso por más de un concepto. V. Flórez, t. 26 de su España Sagrada.
No titubeamos en creer que la decoración de arcadas que este códice ofrece puede señalarse como una muestra auténtica de la ornamentación arquitectónica de los visigodos: i.° porque el arco de herradura existía en las construcciones anteriores á la venida de los sarracenos, como lo prueban los templos de S. Juan de Baños y de S. Millán de Suso, que dejamos citados, y multitud de fragmentos de Toledo, Extremadura, Andalucía, etc.; 2.° porque se citan monumentos del Oriente anteriores á la conquista árabe que presentan asimismo arcos de herradura: tales son la antigua iglesia de Seleucia y la catedral de Dighour en la Armenia; 3.° porque aun cuando resultara plenamente probado que el códice es posterior á la irrupción sarracena, todavía sería repugnante suponer que el buen monje del monasterio Emilianense á cuya diligencia se debe la conclusión de la obra de Quiso, prefiriera tomar por modelo para su exornación los edificios de los árabes, que quizás ni habría visto, á copiar lo que de continuo tenía ante los ojos.
(4) Los ostrogodos la usaron, y lo prueba el mosaico de la iglesia de S. Apolinar de Ravena en que está representado con pequeñas cúpulas el palacio de Teodorico de Terracina. Cúpula tenía también la iglesia de S. Miguel de Lino, en Asturias, edificada en el siglo ix, la cual debe considerarse como reminiscencia del arte de los visigodos.
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En vista de los ejemplos aducidos, en que se ven desde luego hermanadas una ornamentación de origen puramente oriental y una ejecución algo torpe y poco sentida, no podemos abrigar la más leve sombra de duda acerca de su procedencia visigoda. No necesitaríamos en rigor de los sólidos y prolijos argumentos empleados por el Sr. Assas para demostrar que los fragmentos que él antes que otro alguno discernió en Toledo, pertenecieron á fábricas de los cuatro primeros siglos del cristianismo libre; la sola ejecución de los adornos contenidos en estas reliquias es una prueba concluyente de que fueron godos los que los labraron. Hay en las artes del diseño un signo inequívoco para reconocer la mano del artífice, que es el modo de acentuar lo que se ejecuta. El escultor visigodo, imitador del arte del Bajo Imperio, no sabía comprender la belleza de lo que copiaba, y así en su obra se traducía la huella de la aplicación servil, no la del sentimiento.
Establecemos, pues, que la arquitectura de los godos no fué otra que la latino-bizantina, y que los templos que ellos erigían eran, por lo general, en su planta y disposición latinos, como muchos que desde los tiempos de Constantino se construyeron en el mismo Oriente, y como los de los ostrogodos y longobardos; y en su ornamentación, bizantinos, esto es, decorados de mármoles y jaspes, pinturas, mosaicos y taraceas de ingeniosas combinaciones de líneas y colores, y todos los caprichosos adornos que arriba dejamos enumerados: los cuales se esculpían en la piedra, con muy escaso relieve, cuando no había medio de trazarlos con pinturas y mosaicos, que eran la gala y el arreo predilectos de los artistas de Bizancio.
Una observación capital debemos consignar, y es, que después de la conversión de Recaredo, y cuando verificada la fusión Jv' razas por las elevadas miras políticas de Receswintho que hizo lícitos los matrimonios entre los godos y los hispano-romanos, se verificó la unión civil y religiosa española, siendo toda la península una en la fe, una en la lengua y una en el derecho,
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el arte presentó la misma maravillosa unidad desde el Pirineo hasta el Estrecho gaditano y desde el Mediterráneo al Océano. En virtud de esta grandiosa uniformidad, que nunca luego ha vuelto á repetirse, á orillas del Ebro y del Pisuerga se erigieron durante el séptimo siglo construcciones idénticas á las que reflejaron en sus corrientes el Tajo, el Guadiana y el Guadalquivir: de manera que aunque no subsistan en pié en Toledo , Extremadura y Andalucía, los templos que fueron un día testimonio de la acendrada piedad de los Suinthilas, Chindaswinthos y Wambas, y de los Ildefonsos, Fideles y Masonas, deducimos con toda seguridad su estructura por las inapreciables reliquias monumentales que aún duran en Castilla y la Rioja del tiempo de alcázar
Receswintho y sus SUCe- Detalle del Salón del Pey moro
sores.
De los templos de S. Vicente de Sevilla, de S. Geroncio de Itálica, de S. Justo y Pastor de Medinasidonia, de Sta. Florentina de Écija, de S. Ambrosio de Vejer, ¿qué queda hoy? El recuerdo solamente.
Hemos dicho que su planta más general fué de forma latina. Esta forma es la de las antiguas basílicas; su fisonom^ía genérica, el rectángulo, dividido longitudinalmente en tres ó cinco na-
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ves, la del centro más elevada, y las laterales disminuyendo en altura sucesivamente. Esta diferencia de alturas se manifestaba al exterior, proyectándose la parte superior de la imafronte ó fachada en ángulo á manera de frontón: porque los arquitectos cristianos tomaron además de la antigua basílica romana la techumbre de madera. Muchos se imaginan que esta disposición fué privativa de las iglesias primitivas del Occidente; pero se engañan, porque aunque en el Oriente se introdujo desde la época de Constantino la costumbre de edificar iglesias y baptisterios de planta poligonal ó circular, sin embargo, allí mismo fué esto una excepción, y continuó la práctica general de erigir templos de naves paralelas; ni se necesitaría en caso de duda más prueba de este aserto que la forma de las primitivas mezquitas edificadas por los árabes en Siria, África y España, y la de las iglesias más antiguas de Asturias, continuación evidente de la arquitectura visigoda : todas uniformemente de planta latina.
Mas no por esto hemos de negar que pudieran construirse bajo los reinados de los Baltos edificios sagrados de aquellos otros tipos puramente orientales, como el Sajito Sepulcro de Jerusalén y el San Vidal de Ravena. Lejos de eso, en la época en que más florecía la cultura visigoda, ya la arquitectura que nos atreveremos á llamar citptdar iba en cierto modo avasallando á la latina. Generalizábase y prevalecía en Oriente, merced á la creación de los insignes templos de Santa Sofía y de los Santos Apóstoles de Constantinopla, debidos á la piedad y munificencia de Justiniano, y juzgamos imposible que su fama, juntamente con el deseo de imitarlos, no llegasen á nuestra Península teniendo nuestros Flavios fija su envidiosa mirada en el brillo de Bizancio, y principalmente á la Bética que había sometido las ciudades de su marina á las armas de aquel glorioso Emperador. Si esta conjetura no es infundada, descollarían las cúpulas bizantinas alternando con las techumbres latinas en las poblaciones españolas, y los discípulos de Antemio de Trales é Isidoro de Mileto verían prohijada la gallarda innovación de es-
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tos atrevidos constructores por los industriosos artífices del lado de acá del Estrecho. — Consistía principalmente la famosa novedad arquitectónica en haber levantado la cúpula de la rotonda romana sobre cuatro arcos triunfales, sin dar á su espacioso anillo más que cuatro puntos de apoyo, cubriendo con otros cuatro segmentos de esfera los espacios comprendidos entre las curvas del mismo anillo que quedaban al aire, y las curvas de los arcos que le servían de descanso. Estos segmentos, que nosotros denominamos pechinas, y la media esfera, que sobre ellas se levantaba, se cubrían de vistosas pinturas ó mosaicos sobre fondo de oro. La planta del templo, emancipada de su primitiva forma latina, era una cruz formada por la intersección de dos naves; pero no como generalmente se cree una cruz griega de cuatro brazos iguales (i), sino una especie de representación de la cruz en que murió el Salvador, esto es, con el brazo de occidente más largo que los otros y como sirviendo de pié. Tal era la planta de Santa Sofía ,■ tal asimismo la de los Santos Apóstoles: testigo Procopio (2).
No siempre descansaba la cúpula directamente sobre los cuatro arcos torales: muy á menudo se elevaba aislada de sus sostenes llevando en su parte inferior un tambor ó cuerpo de luces, perforado, por donde penetraba la claridad al crucero. Ni
(r) V. la interesante obra de M. Félix de Verneilh L' archileclure tyzantine, p. 14, donde se explica con toda claridad la planta de Santa Sojia.
(2) De Edificiis Jiistiniani, t. II, p. 13. «Templum omnium apostolorum : » — «Deindc hoc etiam pcrstitit, summa erga omnes apostólos pietate impulsus. Erat Byzantiis vetusta qucedam a;des, cunctis dicata apostolis. quam a;vi longinquitas sic labefecerat, ut collapsura prope dicm viderelur. Hanc Justinianus imperator íunditus demolitam non solum instaurare studuit, sed majorem etiam faceré et pulchriorem. Porro consilium hac ratione explicuit. Rectoe linse designatae sunt ducc, quse se medias invicem secant, commissaj in formam crucis ; altera ab occasu ad ortum directa, altera ad meridiem transversa á septentrione. Proeter exteriorem parietum ambitum, interioribus columnarum ordinibus supra sunt infraqúe circundata. In commissura harum lincarum, utriusque fere médium obtinente, conditum inauguratumque cst sanctuarium : sic locum mérito appellant, eorum vestigiis interdictum qui rei divinse non operantur. Hinc inde procurrcntia transversi spatii latera, inter se sequalia sunt: spatii vero in directum porrecti /la/'s illa, quce vergü ad occidentcw, allcram siiperal qiianhnn salís esl til Jiginam cnici's efficiat.
siempre tampoco era una sola la cúpula del templo: el temerario arrojo de encumbrar sobre cuatro pilares una semi-esfera de I 20 pies de diámetro estaba sólo reservado á los arquitectos
ALCÁZAR. — Salón de la Sultana
de Justiniano, los cuales, hecho este inaudito esfuerzo, podían legítimamente renunciar á levantar en Santa Sofía más cúpulas que aquella. Los artistas menos hábiles ó atrevidos prefirieron aplicar el nuevo sistema con más seguridad y facilidad, y lo que
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hicieron fué, según la feliz expresión del arqueólogo arriba citado, en vez de dar la inmensa cúpula en una sola pieza, dar su cambio en cinco piezas menores. Así se construyó el templo ya mencionado de los Santos Apóstoles ^ así, cuatro siglos después, el famoso templo de 5. Marcos de Venecia. Algunas veces, á cada uno de los arcos torales que llevaban la cúpula central, se adaptaban semi-cúpulas ó cascarones en dirección de los cuatro brazos, que daban á estos templos por la parte superior la semejanza de las plantas bulbosas. Déjase colegir cuan radical sería el cambio introducido en el aspecto general de las iglesias con este nuevo modo de cubrirlas. Las cúpulas y las terrazas sustituían á las antiguas armaduras y caballetes: las imafrontes horizontales á las fachadas angulares de las basílicas latinas. — La cantería de estas construcciones era, como en la arquitectura latina, el aparejo, mediano y pequeño, de los romanos. Los artistas visigodos sobresalían en esta especie de edificación con sillares cúbicos: los francos salían apenas del estado de barbarie cuando ya los nuestros eran célebres por su pericia en todo el Occidente. Aquellos hacían sus edificios principalmente de madera, que tal era la costumbre de los galos (fitos ga/lzcaniis); el aparejo romano fTnos í^omaiuis) les era punto menos que desconocido, y entre todos los pueblos Bárbaros sólo la gente goda conservaba su tradición. Así vinieron ellos á nuestra España en muchas ocasiones en busca de artífices para llevar á cabo sus • obras de más empeño (i). En las fábricas de estilo bizantino combinaban en las cornisas, archivoltas y tímpanos, las piedras
(i) En la vida de S. Ouen. obispo de Rúan, escrita en Francia hacia la mitad del siglo VIII, se lee lo siguiente: Illa vero basílica in qiia sancta ejiís membra quiesciint (los del citado obispo), mirtim opiis, qiiadris lapidibiis, gothica manu aprimo Clotbario Francoriim rege olim nobilitcr conslriicta fuil. anno, pltis mimis, quario et vigésimo regni ejus^ sedem Rhotomagciisem obtinente Flavio episcopo. Recueil de Duchesne, tomo I, p. 638.
Este mismo hecho cita Batissier refiriéndose a las actas de S. Ouen, ó S. Audeno, publicadas por Wiltheim, Dypticon Leodiense, en Lie ja, 1659, folio p. 22. líActce ...Aiidceni^ quce in Bibliothecá Ccenobii D. Maximini sunt, in membranis exarala^ sic habent: miro fertiir opere coiisíructa ab artificibus Gothis, e/c.»
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de diversos colores y el mismo ladrillo para imitar las incrustaciones y mosaicos. Para las cúpulas y cascarones empleaban, ya los tubos de barro vidriado, ya la mezcla de guijo, cascos de ladrillo y mortero. — El ornato exterior era escaso: las puertas, cuadrangulares, solían llevar sobre sus dinteles arcos de descarga de archivoltas labradas; pero estas archivoltas no presentaban nunca los toros ó cordones que distinguen á las del estilo románico : se componían de molduras planas, ó platabandas más ó menos exornadas. La gala de la decoración se prodigaba principalmente en el interior, pero ni se reproducían en los capiteles aquellas fantásticas imágenes de seres animados que luego fueron tan comunes en los siglos xi y xii, ni dejó de prevalecer en las columnas el coríntianísmo, á pesar de la invención de los capiteles cúbicos y de pirámide truncada inversa, que fueron principalmente destinados á los parajes donde era mayor la carga y menor el lucimiento.
Lejos de nosotros la ilusión de que fueran tan ricas y de tan gallardas cúpulas como las de Constantinopla y del Exarcado las de nuestras iglesias visigodas. Queremos todavía suponer que nuestro comercio con el Oriente en aquellos tiempos, que la visible manía bizantina de nuestros reyes godos, que la permanencia de los imperiales en las ciudades mediterráneas de la Bética, hayan sido infecundos para nuestro arte de construir. De todas maneras resulta inevitable la inoculación del gusto oriental en nuestra arquitectura, atendidas las descripciones que de nuestras basílicas y baptisterios hicieron los antiguos escritores eclesiásticos ya citados, y reconocidos los fragmentos que vamos paulatinamente reuniendo. En suma, aun negando el influjo directo de Bizancio, nos veremos precisados á reconocer que este influjo llegó hasta nosotros por la tortuosa vía de las tradiciones del arte romano, ya adulterado con vislumbres de orientalismo desde antes de Diocleciano, de que fueron depositarios los dóciles visigodos.
Del estado lastimoso á que se hallaban reducidas las artes
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que, como la escultura, la pintura, el mosaico y el grabado en piedras duras, tienen por base el conocimiento de la forma humana, mientras florecían la arquitectura y la orfebrería, dan evidente testimonio la infeliz estatua de Sta. Eulalia de Mérida; varios bajo-relieves de la misma ciudad — señaladamente el que figura un ágape de los primitivos cristianos; — el mosaico alegórico de las Estaciones existente en el sótano de una casa de la plaza de la Compañía de Córdoba; los códices góticos iluminados procedentes de S. Millán de la Cogolla, y la gema con el misterio de la Auíinciacicín^ grabado en hueco, encontrada con el tesoro de Guarrazar: monumentos preciosos, aunque bárbaros, del arte visigodo, que pueden consultarse en esmeradas y lujosas publicaciones de todos conocidas (i).
Estimamos como verdaderas excepciones á la regla general de triste postración de las artes plásticas en el período á que nos referimos, la estatuilla de ¿". Juan Batitista de la iglesia de Baños, y la peregrina imagen de la Virgen del Coral que con religioso esmero se conserva en la parroquia de S. Ildefonso de Sevilla: obras ambas de artistas bizantinos.
(i) Principalmente en los Monumentos arquitectónicos de España y en el Museo español de Antigüedades.