Sevilla y Cádiz · Capítulo real 10 de 18
CAPITULO XVII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 8 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XVII
Irrapción agarena. — Rota de Guadalete
OMO si no fuera causa bastante para el rápido sometimiento del Estado visigodo á la conquista sarracena, el vicio que llevaba en sí aquel Estado con el funesto sistema de la monarquía electiva, se han buscado otras explicaciones á tan sing-ular fenómeno histórico: unos han creído hallarla en los mal extinguidos rencores de unas clases contra otras ; no pocos, en el antagonismo de las razas hispano-romana y goda; bastantes, en la depravación del clero y en la lucha de opuestas religiones. En cuanto á la situación del clero bajo los últimos reyes visigodos, es muy de reparar que graves publicistas consagrados en nuestro país á dilucidar el singular fenómeno del derrumbamiento de la monarquía de Rodrigo, dejándose llevar de injustificadas antipatías hacia lo que impropiamente se denomina teocracia, se hayan desatado en censuras contra quiméricas invasiones del poder episcopal que los documentos con-
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temporáneos no comprueban. Lo más común es atribuir la repentina desaparición de un Estado que á tanta altura había subido, á una supuesta corrupción de costumbres en que cayeron los españoles todos, amollecidos por el lujo y enervados por la sensualidad hasta el punto de carecer de brío para defenderse de sus terribles invasores (i).
Todas estas son fábulas : lo que hay de cierto es que siempre que por la muerte de un rey se armaba el país en bandos para disputarse el trono los pretendientes, renacía el peligro de que un extraño poderoso, al amparo de aquella funesta lucha intestina, viniese á saltear nuestra península. Las ambiciones estaban siempre alerta: las conspiraciones, las sediciones, la guerra civil, eran preciosos elementos para el extranjero astuto que, sabedor de la frecuencia de aqu-ellas crisis, espiase los períodos de su renovación y aprovechase el más oportuno para caer sobre el país desprevenido.
Iban á ser los árabes y bereberes para los hispano-godos lo que habían sido los bárbaros del septentrión para el mundo romano. Una religión nueva cuyo objeto principal parecía ser la milicia y la conquista, que proclamaba la guerra al nombre cristiano como plena justificación de las almas, y prometía á los que cayesen en ella goces futuros capaces de exaltar hasta el delirio la imaginación de sus adeptos, había hecho surgir de las arenosas llanuras del Yemen enjambres de escuadrones, que al ^rito de guerra santa llevaron en pocos años el exterminio y la desolación á todas las naciones y pueblos del Asia menor, de la Siria y del litoral africano, desde los embalsamados verjeles del Eufrates á las peladas cumbres del Atlas. La ocasión para que la tremenda correría de los secuaces del Profeta salvase la profunda sima del Estrecho que separa la Libia de la Europa, la suministró el destronamiento de Witiza, suceso tristemente fecundo
(i) Véase la brillante vindicación que del estado de las costumbres en las postrimerías de la monarquía visigoda hace el sabio P. Tailhan S. J. en su opúsculo Espagnols el Wisio^olhs avant linvasiojí árabe. — París, 1881.
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porque él dio origen, primero al advenimiento del usurpador Rodrigo, luego á los odios y deseo de venganza de los hermanos é hijos del destronado, y por último á la división del reino
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en partidos, preponderando el del vencedor y fomentándose en el del vencido el ansia del desquite. Para lograr éste, bastaba cualquier circunstancia propicia, y fué esta circunstancia, según testimonio concorde de la tradición y de las historias, un hecho
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preparado por la tiranía y la lascivia y consumado por la venganza y la apostasía.
Enviado Muza Ben Nosseyr por el gobernador de Egipto y África, hermano del Califa Abdulmalek, á sojuzgar á los bereberes, gente aguerrida é indómita de las antiguas provincias de Numidia y Tingitania, y viendo cuan próspera le era la fortuna en su difícil empresa; después de haber agrupado bajo las banderas del Islam los pocos cristianos de aquella tierra, las numerosas tribus que aún vivían en la idolatría y la multitud de gentes que allí profesaban el Judaismo, se dirigió á expugnar á Ceuta, plaza importante que con otros pueblos de la costa dominaban los godos y defendían con fuertes presidios. Mandaba la guarnición cristiana de Ceuta el conde D. Illán (i), vulgarmente llamado D. Julián, en quien reconocían los árabes relevantes dotes de guerrero. Puso el gobernador sarraceno sitio á la plaza y la estrechó con el ímpetu propio de un ejército numeroso y siempre vencedor; pero el conde hizo una vigorosa salida, y matándole mucha gente lo repelió, obligándole á retirarse hacia Tánger, que sojuzgó fácilmente (2). Mientras el gobernador godo atendía con los refuerzos que se le enviaron de la Península á librar para lo venidero aquella importante plaza de nuevas acometidas de los alárabes y africanos, cuyo poderío
(i) Illán y no Julián le llama la Crónica general atribuida á D. Alonso el sabio, que se cree ser obra de árabes y judíos convertidos. S. Pedro Pascual, que escribió estando prisionero en Granada y á quien por consiguiente no le faltaron ocasiones de oir la pronunciación árabe de este nombre, le llama también D. Illán. Por último Illán y no Julián escriben todos los historiadores árabes que cita el erudito D. Pascual de Gayangos en su nota 4 al cap. I. Lib. IV de la Historia de Almakkári.
(2) Es de creer que la ciudad de Tánger fuese también de los dominios de los visigodos en África. Que lo había sido juntamente con Ceuta y todo el distrito montuoso de Gomera, no hay duda alguna, y claramente lo dan á entender el Pacense y el monje de Silos. Esas ciudades fueron siempre consideradas por nuestros monarcas godos como la llave del Estrecho. Pero al propio tiempo conviene no olvidar que ya en los días de Witiza y Rodrigo debió estar muy debilitada su autoridad en África, pues según el testimonio de algunos escritores árabes, los muslimes avanzaron bajo el gobierno de Muza contra las ciudades de la marina que habían sacudido el yugo de los reyes de Andalus y cuyos gobernadores se habían enseñoreado de ellas. Esto explica porqué en muchas historias árabes de las que cita el Sr. Gayangos se llama á D. Illán Señor de Cenia y Rey de los Bereberes.
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acababa de recrecerse con el sometimiento de las últimas colonias que en África habían mantenido los bizantinos, preludiaba en la corte de España el desdichado drama cuyo desenlace iba á ser la explosión de la cólera del cielo, manifiesta en el derrumbamiento de aquel trono católico tan laboriosamente afianzado y enaltecido por los Leovigildos y Sisenandos, y en el vilipendio de la Cruz por el Corán tras la paciente y gloriosa obra de los Concilios.
Era costumbre entre los godos, dice el historiador árabe Alkhozeyní, que los príncipes de sangre real, los nobles del reino y los gobernadores de las provincias, enviasen á la corte de Toledo sus hijos, para que, educándose en los ejercicios propios de la milicia y del mando, pudieran adelantar en el favor de su soberano y hacerse acreedores al regimiento de los ejércitos y provincias. Del mismo modo que los hijos varones, enviaban á la corte sus hijas, que criándose en el Palacio en compañía de las hijas de sus reyes, se enlazaban en la edad nubil con los jóvenes aventajados de la corte y llevaban al establecerse pingües dotaciones proporcionadas á la categoría de sus respectivas familias. Illán el gobernador de Ceuta, tenía una hija de sin igual hermosura é inocencia, y siguiendo la referida costumbre, la llevó á Toledo, corte y capital del reino de Rodrigo. Así que la vio el monarca, se enamoró de ella locamente, y en cuanto se ausentó Illán, empezó á poner por obra el torpe proyecto de seducirla, empleando la violencia después que vio salirle frustrada la persuasión. La infeliz doncella se quejó secretamente á su padre de la barbarie de que había sido objeto, y éste, sintiendo en lo profundo del alma aquella afrenta, juró lavarla con sangre y tomar de ella una ruidosa venganza. Embarcóse inmediatamente para Andalus (i) á pesar de hallarse ya muy adelantado
(i) Andalus (Andalosh) aspirando ligeramente la A inicial, llamaban los árabes á España, con lo cual aplicaban por sinécdoque á toda la Península el nombre de aquella parte donde habían residido los Vándalos. Es, pues, la palabra Andalus una mera corrupción de Vandalucia ó Vandalicía^ lo cual se explica satisfactoriamente
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el invierno, pues corría el mes de Enero, época de grandes temporales, y se presentó de improviso en Toledo. El rey, que no le esperaba tan fuera de sazón, le reconvino por haber abandonado su gobierno en aquellas circunstancias, y le preguntó: ¿Qué te trae aquí? ¿qué vienes á buscar á la corte en esta estación tan inoportuna? Illán se disculpó diciendo que su esposa se hallaba peligrosamente enferma y deseaba tener el consuelo de ver á su hija antes de morir, por lo cual le había suplicado que fuese por ella. Rogó al rey que diese las órdenes oportunas con objeto de que la joven pudiera sin demora emprender el viaje: otorgólo Rodrigo, no sin intimar á la hija de Illán en secreto que ocultase á su padre lo que entre ellos había mediado, y cuando llegó el momento de la despedida, dijo el rey al gobernador de Ceuta: Espero, Illán, que pronto tendré noticias tuyas, y que procurarás traerme algunos buenos halcones: sabes cuánto me entretienen y deleitan haciendo presa en las aves y trayéndolas á mi mano.^ — A lo que Illán respondió: No dudes, oh rey, que pronto estaré de vuelta, y te prometo á fe de cristiano, que no me daré por satisfecho hasta que pueda traerte halcones cuales nunca en tu vida los has visto: — haciendo alusión con esto álos alárabes, á quienes tenía ya pensado abrir las puertas de su patria. Pero Rodrigo no comprendió el significado de sus palabras (i).
por la supresión de la F inicial, convertida en la aspiración hamza, y la omisión de las dos letras finales para conformar el vocablo al genio de la lengua arábiga, opuesto á palabras de muchas sílabas. De los mismos vocablos Vandaliicia y Andalvs hemos sacado los castellanos Andaliicia y Aiidaluz.
( 1 ) Esta que tienen por fábula los modernos críticos, y que en realidad de verdad no suena en nuestras historias hasta la época del monje de Silos, cronista del siglo XI, debió sin embargo hallarse consignada en escritos de los cristianos contemporáneos, perdidos luego. Porque si el Silense, como parece incuestionable, la tomó de los escritores árabes, éstos sin disputa la recibieron antes de nuestros escritores, ó al menos de nuestras tradiciones orales, pues en la narrativa de aquellos se advierten rasgos que visiblemente acusan su origen español. Así v. gr. el citado Al-khozcyní, al fijar la época en que D. Illán vino de Ceuta en busca de su hija, no usa, como los escritores de su nación en general, de la denominación de los meses arábigos, sino que emplea la latina, diciendo que fué en el mes de Ydnir (Januarins).
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No bien se vio D. Illán en tierra africana, comenzó á ejecutar su abominable propósito : fuese á Cairwán, donde el Gobernador de África tenía su residencia; otros dicen que fué á verse con Muza Ben Nosseyr. Muza que espiaba la ocasión de una discordia intestina, y que estaba ya preparado para utilizarla, conoció que era llegado el momento de que la excisión estallase, y se decidió á hacer una tentativa, dirigida por el mismo conde traidor y por un capitán sarraceno, arrojado y codicioso, llamado Tarif el Beréber. Con una pequeña hueste formada de berberiscos y unos cuantos árabes, transportados en naves mercantes para mejor disimular el objeto de sus aprestos, desembarcaron junto á la codiciada costa de Andalus en una isla que tomó de este hecho el nombre del caudillo africano y se llamó Jezirah-Tarif {T's.ú'íd.') (i). En esta primera incursión hallaron poca resistencia : robaron y asolaron la tierra circunvecina; hicieron numerosos cautivos, y cargados de botín, regresaron al África, sirviendo sus despojos y la belleza de las esclavas de incentivo para una segunda expedición. Verificóse esta por los mismos capitanes, pero poniéndolos Muza bajo las órdenes de su liberto Tarik, guerrero ya distinguido en otras arduas empresas, á quien algunos historiadores árabes hacen natural de Hamdan en la Persia. Cuéntase que mientras iba Tarik cruzando el Estrecho, tuvo un sueño en el cual se le apareció el Profeta rodeado de ángeles revestidos de fulgentes armaduras con las espadas desenvainadas y los arcos tendidos, y oyó que le decía: «¡Ánimo, Tarik, acaba la empresa que te ha >sido confiada!» Miró él al rededor y vio al mensajero de Dios que entraba en Andalus acompañado de árabes del Muhajirín y del Anssar. — Despertó de su sueño, y comunicando á los guerreros que le seguían la visión milagrosa con que acababa Dios de favorecerle , todos se llenaron de júbilo y confian-
(1) Ad insulam cura mare quce ab ejus nomine dicilur Gelziral Tarif. Roderic. toletan. (lib. III, cap. XX).
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za. Desde aquel momento no dudó ya Tarik de la victoria.
Aportó la pequeña escuadra que los conducía al pié del monte de Calpe, que tomó el nombre de este esforzado general i^Jeb el- Tarik ^ ó Gibraltar); así que los dejó en tierra, volvió á cruzar el Estrecho en busca de otro cuerpo, y repitiendo los transportes hasta desembarcarlos á todos, puso en el suelo de Andalucía un ejército de doce mil combatientes, berberiscos la mayor parte y árabes de varias tribus los demás, con que comenzó en seguida la invasión llevándolo todo á sangre y fuego. La época de esta terrible incursión varía en los escritores árabes: los más autorizados la fijan en el año 92 de la Egira (711 de J. C); los historiadores españoles difieren más que los mahometanos, pues al paso que unos, siguiendo el cómputo de Morales, la asignan el año 714, otros, aceptándola opinión de Masdeu, la refieren al año mismo de 711 que señalan Ben-ElKhattib, Ben-Hayyán, Adh-dhobí y otros.
Rodrigo, noticioso del peligro por cartas que le envió Teodomiro, el cual había intentado en vano resistir al torrente con que el África asolaba la hermosa región de la Bética, abandonó la guerra que á la sazón le tenía ocupado en el norte de España, y reconociendo al punto la mano de donde le venía el golpe, se dispuso á resistirlo como hombre de corazón. Allegó lo más prontamente que pudo numerosas tropas de todas sus provincias, conducidas por sus magnates, condes y prelados; escribió á los hijos de Witiza, retirados de la corte desde la traición de que su padre había sido víctima; conjuró á sus partidarios y valedores á que depusiesen sus deseos de venganza ante la magnitud del común amago, y con un inmenso ejército, en el cual desgraciadamente no mandaba ya las voluntades, acampó en las llanuras de Sidonia [Shidhúuah) llevando en pos de sí todos sus tesoros y los carros de sus pertrechos y provisiones. Aquel grande ejército, por su desventura, era casi extraño á los trances de la guerra ; la paz que España había disfrutado bajo los últimos reyes, tenía á la monarquía goda desprevenida y sin
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buenos capitanes : los muros y fortalezas por otra parte estaban quebrantados ó derruidos ( i ).
El rey Rodrigo fué al campo conducido en una basterna ó litera de marfil, llevada por dos blancas muías, bajo un toldo ricamente bordado y cuajado de perlas, rubíes y esmeraldas (2),
( t ) El conocido romance de Gabriel Lobo Laso de la Vega á la rota de Rodrigo en la batalla de Guadalete, recuerda en estos versos la postración en que los modernos historiadores han supuesto que vivíala gente goda.
Roban, destruyen y talan la fértil Andalucía, sin hallar defensa alguna, que ya olvidado tenían el militar ejercicio, porque derribado habían las murallas y castillos por orden del rey Bectisa, indigno de que se tenga de que fué godo noticia.
Y explica así la causa de la funesta medida tomada por Witiza :
Hizo también de las armas de los godos, tan temidas, hacer azadones, rejas, y herramientas infinitas para cultivar los campos, temiendo que su malicia y abominables pecados los reinos levantarían.
(2) Así .\lmakkari. Pero la antigua litera ó basterna era cerrada (Am.mian, XIV. 6, 16), de manera que no se concibe la necesidad de que llevaran además á Rodrigo bajo un quitasol ó toldo (dhollo en árabe). Nos inclinamos, pues, á creer que la litera en que iba el rey era una especie de trono cubierto con una rica y suntuosa cúpula recamada de oro y pedrería, y esta opinión se robustece con lo que añade más adelante el mismo historiador de quien seguimos la narración : « el rey «Rodrigo, dice, iba en un trono y le preservaba de los rayos del sol una cúpula »{kubba,h) de seda, vareteada.» (Al.makkari, lib. I\', cap. IV.) Es creíble que los árabes, lo mismo que tomaron de los persas y de los romanos del Bajo Imperio la cúpula, tomasen de éstos el vocablo con que se denota la cúpula portátil ó toldo, y de la voz latina íholus formasen la suya dhollo. Con la explicación antecedente, ya se concibe que pudiera el rey ser conducido al campo de batalla, como dice el autor de las Cartas para ilustrar la historia de España, muellemente recostado en una especie de lecho, ó en un lecho de marfil, como refiere la Crón. general. ca asi era la costutnbre de andar los reyes de los godos. En efecto, podía el lecho ó trono ser de marfil y su forma la de un templete abierto por los costados, con su cúpula en la parte superior, de modo que el monarca, sin abandonar su cómoda postura, registrase con la vista el campo en todas direcciones.
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como hubiera podido ir á una fiesta una dama romana. Iba escoltado de guerreros cubiertos de lucientes armas, con pendoncillos ondeantes y multitud de estandartes y banderas. Los soldados de Tarik llevaban muy diferentes arreos: sus pechos revestidos de malla, las cabezas ceñidas con turbantes, el arco árabe á la espalda, las espadas pendientes de la cintura y empuñando descomunales lanzas. Es fama que en cuanto los divisó Rodrigo se sobrecogió de espanto, reconociendo en ellos las terribles figuras que había visto pintadas en la misteriosa cueva ó palacio encantado de Toledo, que desdichadamente había osado abrir (i). Antes de venir á las manos los dos ejércitos, el general agareno procuró infundir aliento en los suyos con palabras capaces de encender en sus corazones la llama del entusiasmo : dio gracias al Todopoderoso por las victorias hasta entonces conseguidas, impetró su auxilio para la grande empresa que iban á acometer, y les pintó al rey cristiano como viniendo en persona á entregarles vergonzosamente sus castillos, sus ciudades y su corona con indescriptibles tesoros: avivó por último en ellos la codicia de los placeres con que les brindaban las hermosas españolas, seductoras y amorosas como las mis-
il) La leyenda de la famosa cueva ó torre de Hércules es harto conocida para que sea necesario trasladarla aquí: el ser fábula además nos autoriza á suprimirla por completo. El arzobispo D. Rodrigo y la Crónica general la refieren, pero más como conseja que como verdadera historia. Los autores árabes concuerdan en lo sustancial con lo que de ella cuentan nuestros cronistas y romanceros. En el romance de Lorenzo de Sepúlveda que empieza con aquel mal verso,
De los nobilisimos godos.
puede ver el lector la descripción de los alárabes pintados en el lienzo de la torre encantada, en todo semejante á la que hacen los historiadores árabes de los soldados de Tarik.
Los rostos muy deneoridos,
los brazos arremangados.
muchas colores vestidas,
en las cabezas tocados :
alzadas traerán sus señas
en caballos cabalgando.
en sus manos largas lanzas
con espadas en su lado.
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mas hurís, con sus cuellos circuidos de perlas y joyeles y sus gráciles cuerpos envueltos en preciosas estofas de seda y oro, reclinadas blandamente en mullidos lechos en los suntuosos palacios de sus coronados príncipes y magnates. — Rodrigo por su parte ordenó sus haces, pero en sus capitanes no se advertía el ardimiento y el brío que hacía prorumpir en gritos de júbilo á los deTarik: había entre ellos numerosos descontentos, y no pocos que traían ya en sus almas la traición urdida. Comenzó la gran batalla al amanecer el día 28 de Ramadhán del año 92 (Domingo 19 de Julio del año 711 de J. C): el teatro de este tremendo choque fué muy vasto, porque habiendo durado la pelea siete días, ó de domingo á domingo, comenzó junto á la costa del mar, orillas del Wada Bekkeh ó Wada Leke (río Barbate ( i ) entre la Laguna de la Janda y Medina-Sidonia, y concluyó en los campos que se extienden entre Medina-Sidonia y Jerez. Toda aquella tierra se hallaba comprendida en la diócesis de Asido; mas con ser tan grande la escena donde pasó aquel sangriento drama, aún no era proporcionada á la épica catástrofe con que plugo á Dios desenlazarlo.
Supónese en algunas de nuestras más acreditadas historias, que los hijos de Witiza mandaban las alas derecha é izquierda del ejército godo, y que en lo más crítico de la batalla abandonaron trai.doramente al rey pasándose con otros muchos nobles al campo de Tarik; pero es evidente que esta fábula se desvanece con sólo observar que los hijos de Witiza eran niños cuando D. Rodrigo usurpó el trono en 709, y que á los dos años de aquel acontecimiento no serían reputados todavía muy aptos para mandar un ejército tan numeroso y en momentos tan supremos. Defecciones durante la batalla no hay duda que debió haberlas, como que los partidos del rey y de Witiza ali-
(i) Kl Sr. (jayangos en sus notas al Almakuari ha esclarecido con grande erudición todas las cuestiones relativas al paraje donde comenzó y terminó la batalla que vulgarmente denominamos de Guadaleie ó de los campos de Jerez. V. principalmente las notas 63 y 67 al cap. II, lib. IV.
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mentaban la discordia intestina en el país; y á esto se debió que las haces de Rodrigo fuesen lastimosamente vencidas, cediendo el campo que regía el rey en persona al séptimo día de una obstinada resistencia, digna en verdad de los buenos tiempos de la milicia goda. Pronunciada la derrota en el cuerpo principal del ejército, las demás haces emprendieron una desordenada fuga : en la refriega se vio flotar en alto entre una muchedumbre de apiñados cascos y turbantes, como una vistosa góndola asaltada de hirvientes y empinadas olas, la lujosa basterna de Rodrigo, y hundirse después como bajel que se sumerge, sin que al concluir la pelea y al bajar sobre aquel campo de carnicería la solemne y misteriosa pareja del duelo y del silencio, fuese posible averiguar qué se había hecho de aquella majestad real y de la soberbia pompa de su cortejo. No pareció allí entre los muertos el cadáver del rey. — Tomó su caballo mientras los árabes de Tarik, engañados por el señuelo de la litera, le buscaban en ella : pero sin duda sucumbió en las ondas del Guadalete, ó bien al peso de su desventura quitándose desesperado la vida, ó á las heridas que tal vez recibiría lidiando con fuerzas desiguales para ponerse en salvo, porque cuentan los árabes que su corcel favorito (i) fué hallado medio hundido en el cieno del río con su silla de oro y rubíes, y á su lado una sandalia del rey adornada de rubíes y esmeraldas, sin que fuese posible encontrar la compañera (2).
(1) La crónica de D. Rodrigo da ciertos pormenores que no se encuentran en los escritores árabes, y que parecen inventados sin que sea ya hoy dable rastrear su origen. Del caballo del rey dice que se llamaba Orclia: eqtius qui Orelia dicebaliir (De Reb. Hisp., lib. III, cap. 23.)
(2) Acerca del paradero del rey Rodrigo corren en nuestras historias especies evidentemente falsas aunque muy novelescas. El llamado Isidorode Beja y el continuador del Biclarense, únicos contemporáneos de aquel hecho, dicen sencillamente que murió en la batalla, y esto en cierto modo no está en contradicción con la narración que hemos tomado de los varios autores árabes que compiló Almakkari. Pero en el siglo xi empezó á introducirse la fábula, piadosa sin duda pero destituida de fundamento, de que D. Rodrigo se salvó de la derrota y huyó á Portugal, donde pasó el resto de su vida en la oración y la penitencia. Á los autores de esta especie sirvió de fundamento la noticia de otro cronista del siglo x. de que en
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Fué tan grande el número de los godos que perecieron en la batalla, que por muchos años estuvieron sus huesos blanqueando aquellos campos. Así acabó el 26 de Julio del año 71 1 aquella gran monarquía visigoda, que dilatándose primero desde el Ródano, y luego desde el Pirineo hasta el Estrecho de Hércules, dio á Europa por espacio de dos siglos el espectáculo deslumbrador de una civilización cual no la había conocido el mundo desde la caída del Imperio romano. Entre los personajes de esta escena última, figura cierto arzobispo de Toledo intruso, como uno de los más execrandos de la historia de España. El tristemente célebre D. Oppas es quizás el personaje más odioso de nuestra patria : mucho ganaríamos si se llegara á probar que es un personaje quimérico, como se ha supuesto y en el día se pretende.
El botín que recogieron los infieles en el campo cristiano fué inmenso : sólo los anillos de oro y plata que llevaban en las manos los magnates y nobles godos y la demás gente de condición libre, sumaban gran caudal. Dividió Tarik el despojo en cinco porciones: tomó una de ellas, y repartió las demás entre los nueve mil muslimes que le quedaron además de los eslavos y otros secuaces. En cuanto se esparció la fama de la gran rota y la de las riquezas recogidas por los vencedores, todas las tribus africanas se pusieron en movimiento, y armando buques de toda especie y tamaño, juntaron nuevas y poderosas huestes, que pasando el Estrecho, engrosaron considerablemente el ejército de Tarik. Mientras los cristianos desamparaban despavoridos las llanuras y se refugiaban en sus fortalezas y montañas.
cierta Iglesia de Viseo se había descubierto en su tiempo, y había él mismo visto, una lápida sepulcral que contenía esta inscripción:
Hic. Requiescit. Rudericus. Ultimus. Rex. Gothorum.
Desde entonces comenzó la poesía popular á apoderarse de esta leyenda, y de aquí nacieron los conocidos romances sóbrela penitencia de Rodrigo, y entre ellos aquel que copió Cervantes: Ya me comen, ya me comen, etc.
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los sarracenos avanzaban sobre Jerez, Morón y Carmona, que sucesivamente expugnaban sacando de ellas nuevos despojos y tributos, y atravesando el Corbones se pusieron sobre la antigua y poderosa Astigi (Astijah, hoy Écija), y estrechamente la cercaron. Estaba la ciudad bien defendida por sus fuertes pobladores y por las reliquias del ejército de Rodrigo, y prolongábase la resistencia con gran daño de los sitiadores, cuando su gobernador, hombre esforzado y sagaz, pero demasiado confiado, por salir á bañarse á la huelga del Jenil cayó en manos de Tarik, que astutamente se metió á esperarle en el agua, con lo cual, desanimados los cristianos, se rindieron haciéndose tributarios. Viendo los godos tan internado en lo más floreciente de la Bética al ejército mahometano, aumentó su desaliento, y desparramándose en todas direcciones, buscaron unos en la aspereza de los montes, otros en la fortaleza de las ciudades principales de aquella y de las demás provincias, la seguridad que no habían sabido hallar uniéndose en un supremo esfuerzo. — Cuéntase que para aumentar el terror de los vencidos, el sagaz Tarik empleó la estratagema de hacer asar y repartir entre sus tropas, en presencia de los godos cautivos, los cuerpos de sus compañeros muertos en la batalla, dando entre tanto suelta á los prisioneros, los cuales huyeron asombrados divulgando por todas partes la terrible noticia de que los sarracenos se alimentaban de carne humana (i).
(i) Trae esta anécdota el historiador Ben Kutiyah, y la reproduce S. Pedro Pascual que escribió á principios del siglo xiv, y que, como es notorio, estuvo cautivo en Granada y consultó allí las narraciones arábigas. El arzobispo D. Rodrigo, un siglo antes, había también hablado del pánico que aquel hecho produjo en las poblaciones: audientes qitod ^ens cidvcnerat qux Gothortim gloriam siia muliitudine siiperarctt, et licetjalso humanis vescehanttir carnibus.