Sevilla y Cádiz · Capítulo real 11 de 18
CAPITULO XVIII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 31 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XVIII
Tarik y Muza. — Razas y tribus que se establecen en Andalus. — Constitución
del Califato
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fíÜ tSb^^Skí PROVECHANDo i ariK el pánico que sus armas JKy /g^^^5w| victoriosas habían difundido en la Bética, y W>«avKi^ W siguiendo el consejo de D. Illán, dividió su •^ ^K»z...nw^ ejercito en vanos cuerpos y se encamino a Toledo por la vía de Jaén. Despachó á Mugueith con setecientos caballos en dirección de Córdoba; envió otra división sobre Málaga, y un tercer cuerpo camino de Elvira. Fueron tan rápidas y fructuosas sus conquistas, que todo el mediodía de España hasta el Tajo quedó en pocos meses sujeto á su autoridad. Su señor Muza Ben Nosseyr, gobernador de África á la sazón, no bien tuvo noticia de las riquezas allegadas por el intrépido caudillo, envidioso de su suerte y de su gloria y temeroso de que se alzase con lo más granado de los despojos y con las mismas poblaciones sojuzgadas, le envió repetidas y severas órdenes para que no pasase adelante hasta que él le acudiese en persona con nuevas fuerzas. Tarik, cediendo á su ya excitada codicia.
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prosiguió sin embargo sus correrías, ganó á Toledo, se apoderó de los tesoros de la corte visigoda, y sabedor Muza de su desobediencia, juntó apresuradamente de doce á diez y ocho mil combatientes (i), y dándose á la vela en Ceuta desembarcó cerca de Algeciras; desde donde, guiado por gente de D. Illán, tomó hacia el interior una dirección distinta de la que habían llevado Tarik y sus lugartenientes. Acompañaban al gobernador de x4frica muchos árabes nobles de las más ilustres familias del Yemen y de los países conquistados por los musulmanes: entre ellos venían varios descendientes de los tabís ó primeros secuaces del Profeta, cuyos nombres eran venerados en toda la tierra obediente al Islam.
Condujeron á Muza con su poderoso ejército en dirección á Medinasidonia, ciudad que tomó por sorpresa dándosele á merced sus habitantes ; de allí pasaron á Carmona, que, aunque ya expugnada por Tarik, había sacudido el yugo muslemita y declarádose independiente á favor de su posición inexpugnable. Para entrarla ahora, se valieron los sarracenos de un engaño: los partidarios de D. Illán, fingiéndose amigos ahuyentados por el furor de los infieles, imploraron de los habitantes ser guarecidos en sus muros, y llegada la noche, abrieron las puertas á los soldados de Muza. De aquí pasaron á Sevilla (Yshbiliah), la mayor y más importante ciudad de Andalus, cuyos pobladores, después de un mes de resistencia, la entregaron huyendo á Beja (Bájah). Fueron los judíos reunidos en la ciudadela, y en la ciudad quedó de guarnición un cuerpo sacado de las tropas mismas del general, quien inmediatamente marchó sobre Mérida.
Mientras se verificaba la expugnación de esta importante ciudad, los sevillanos, asistidos por los de Beja y Niebla (Liblah) se rebelaron contra sus nuevos dominadores degollando parte
(i) Los escritores consultados por Conde y Cardonne refieren que Muza trajo a España 10,000 infantes y 8,000 caballos.
ALCÁZAR. — Salón del Príncipe
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de la guarnición; vino á reprimir la sedición Abdalasis, hijo de Muza: hizo sangrientas ejecuciones en Sevilla, castigó duramente á los de Niebla, que también redujo al imperio del Islam, y volviendo á la antigua Híspalis, estableció en ella algún tiempo después la capital del imperio muslemita occidental.
Omitiremos como ajenos á nuestro propósito los singulares hechos de Muza y Tarik aunados en la rápida conquista de las provincias desde el Tajo al Ródano y desde Lugo á Barcelona, y nos fijaremos en el forzado regreso á Sevilla de los dos impetuosos generales, llamados por el inexorable mandato del califa de Damasco Alwalid. Corría el mes de Setiembre del año 713: entraban en la antigua corte visigoda del Guadalquivir las haces belicosas de ambos caudillos cargadas de inmenso botín, y sus capitanes sin embargo inclinaban la frente al suelo como doblada al peso de la desgracia por el desagrado con que su supremo señor y arbitro miraba desde la recelosa Damasco la inaudita prosperidad de sus armas. La idea de la rebelión no había apuntado siquiera en la mente de aquellos sumisos aunque poderosos subditos : tanta era la fuerza del principio de autoridad y de su sanción religiosa en la infancia de aquella sociedad fanática y guerrera, que un mero precepto dictado desde tan lejos y por quien de seguro no hubiera tenido poder para hacerse obedecer, había sido bastante á cortar á esas dos águilas rapaces su terrífico vuelo, haciendo á la más fuerte de ellas retroceder al monte de Abila cuando más se jactaba de poder realizar su grandioso sesgo por Afranc, Italia, la Iliria y Macedonia, volviendo á Siria por el Adriático y Constantinopla y volando de cumbre en cumbre desde el Pirineo hasta los Balkanes. Este pensamiento había asaltado al fogoso Muza al verse dueño de Carcasona y Nimes y con su gente dispuesta á cruzar el espumoso Ródano (i); pero fuéle preciso renunciar á este hermoso
(i) Lo consigna Ben Khaldún como opinión muy recibida en la corte de los Califas de Oriente. V. Almak., Cap. IV, lib. IV.
sueño de su ambición ante la expresa orden comunicada por Mugueith y reiterada por Abú Nasr, enviado al intento desde Siria, y recoger los pendones desplegados en Narbona y Galicia encaminándose todos los expedicionarios reunidos la vuelta del Guadalquivir. Entraron pues en Sevilla precedidos de carros arrastrando lentamente el peso de inmensos y preciosos despojos, entre ellos riquísimos objetos del culto cristiano, lámparas, coronas, aras, vasos sagrados de plata y oro, utensilios de exquisito trabajo cuajados de pedrería, y la famosa mesa llamada de Salomón, de oro purísimo con profusión de perlas, esmeraldas y rubíes; despojos que según el dicho de los escritores árabes sobrepujaban todo cálculo por su cuantía y toda descripción por su belleza. Las huestes vencedoras y sin embargo no regocijadas, se repartieron desde allí por las fortalezas y fronteras aún no bien defendidas: dio Muza á Abdalasis las instrucciones convenientes para la conservación de la Bética y la propagación paulatina y segura del Corán por todas las otras provincias: nombró generales para los diversos cuerpos de operaciones, asignó guarniciones, y se encaminó con Tarik á la costa, desde donde juntos zarparon para el África. — Detúvose algún tiempo en Cairwán, y al dirigirse al Oriente á dar á su soberano cuenta de su cometido, dejó el gobierno de aquella especie de Principado á su primogénito Abdallah, el conquistador de Mallorca; el de Maghreb ó África occidental á su hijo menor Abdulmalek; y la defensa de la costa Tingitana con sus plazas y fuertes, á otro hijo suyo llamado Abdulalá. Llevóse los tesoros recogidos en su larga correría y treinta mil cristianos que había cautivado en la guerra; pero su corazón era presa de una profunda melancolía, presagiando el mal recibimiento que le esperaba en la corte del Califa. Su hijo Abdalasis, establecido en Sevilla, gobernó el Andalus por espacio de dos años sometiendo á la ley del Islam numerosas fortalezas y poblaciones que habían esquivado el yugo de Muza y de Tarik. Asegúrase que este Abdalasis fué asesinado por orden secreta del Califa Suleymán, hijo de
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Alwalid, que cedió en esto á pérfidas sugestiones de cortesanos envidiosos. Uno de los más graves cargos que le hacían era su casamiento con la princesa cristiana Egilona, viuda del rey don Rodrigo, mujer de singular hermosura, la cual, habiendo obtenido de los sarracenos permiso para vivir bajo su dominio en el libre uso de su religión y en el pleno goce de sus bienes, sin más que pagarles cierto tributo, permanecía tranquilamente retirada en Sevilla, donde el gobernador muslim se enamoró de ella ciegamente y obtuvo su mano. Suponían que por instigación de esta señora, tan bella como altiva, había intentado Abdalasis revestirse de cierto prestigio de soberanía obligando á sus subditos á inclinarse en su presencia como acostumbraban hacerlo los godos ante sus reyes. Fué guerrero valiente y experimentado, y administrador generoso y prudente. Después de asesinado en una sedición militar, su cabeza fué enviada á Damasco para que, satisfecha con su vista la venganza brutal del Califa, sirviese de torcedor al acongojado Muza, llamado á la presencia de Suleymán al recibirse el infando presente. — Sucedióle por de pronto en el gobierno de España un hijo de una hermana de Muza, por nombre Ayub Ben Habib Al-lakmí, hasta que llegó á Sevilla el designado por el soberano para desempeñar aquel cargo, que fué Al-horr. Uno de estos dos, no se sabe quién con certeza, trasladó la residencia del gobierno á Córdoba, con lo cual perdió Sevilla mucha importancia todo el tiempo que estuvo Andalucía regida por los doce gobernadores ó Amires que siguieron á Al-horr y por los Califas independientes, hasta la extinción de la dinastía de Merwán ó de los Beni Umeyas.
Cuando cundió por el oriente la noticia de que la rica provincia de la Bética quedaba definitivamente sometida á la ley del Corán, de todas las tierras habitadas por muslimes, y en particular de la Siria, acudieron á España muchos hombres ilustres de las diversas tribus árabes, dejando las tiendas y aduares de sus padres y estableciéndose luego con sus familias en las floridas orillas del Guadalquivir, del Genil y del Guada-
lete, donde fueron, andando el tiempo, origen de muy esclarecidos linajes. Las nobles familias árabes que se fijaron en la tierra cuya historia y grandezas venimos bosquejando, ya en la
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época de la conquista, ya en el período subsiguiente, fueron principalmente de las dos famosas progenies de Adnán y KahtTÁN. De la primera de ellas descendieron los Ben Umeyas y los Ben Hamud: los Umeyas, que adoptando el patronímico de
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KoreisJiís, fundaron el Califato Andaluz; y los Hamud, que á la caída de esta dinastía reinaron también por algún tiempo. De la misma sangre de Adnán fueron los Beni Zoráh, que residieron en Sevilla y alcanzaron los más encumbrados puestos; los Beni Makzum, que produjeron elegantes poetas y escritores, como Al-Makzumí el ciego, el famoso wazir Abu Bekr Ben Zeydún y su hijo Abul Walid, y hombres de estado eminentes. De la estirpe Koraishita era la familia de los Fehr, fecunda en doctores y teólogos afamados, y fué uno de sus vastagos más ilustres el gobernador de Andalucía Yusuf el Fehrí, en cuyo tiempo se fundó por el talento y el esfuerzo de Abderrahmán Ad Dákel el dilatado y prepotente Califato occidental. Este Yusuf, tan conocido en España, era descendiente del célebre conquistador de África Okba Ben Nafí Al-Fehrí; y según testimonio de BenHazm, verídico registrador de las genealogías de las tribus árabes establecidas en España, los individuos de la raza de los Fehr abundaron en los varios distritos de Andalus y casi todos alcanzaron riquezas y elevados cargos. La familia de los Kays Aylán, que reconocía asimismo por tronco á los Beni Adnán, estaba no menos difundida : en Sevilla y los distritos comarcanos llevaban el patronímico de Hawazeni, y otros de la propia familia que usaban el de Bekr se hallaban también diseminados en Sevilla y otras ciudades principales. Sábese que otros individuos de esta sangre usaron los patronímicos de Sadí, Kelabi, Kusheyri, Fezarí, Ashj'aí, etc., y que residieron en diversos puntos de España; pero no podemos asegurar que floreciesen en las poblaciones que la órbita de nuestro viaje comprende. Fueron muchas las familias que se formaron de la tribu de Ayad: una de ellas fué la de los Beni Zohr, distinguidos ciudadanos de Sevilla, la cual produjo tres excelentes médicos, confundidos en uno durante la Edad media bajo el nombre genérico de Abinzohar ó Avicena. Todas estas familias derivadas del tronco común de Adnán, se gloriaban de descender por línea recta, sin mezcla de extraños linajes, del mismo Ismael.
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En cuanto al otro gran tronco de los hijos de Kahttán, acerca de cuyo origen hay discordancia entre los genealogistas árabes, suponiendo algunos que no son de la progenie de Ismael, sino de la de Hud, también produjo numerosas familias, entre las cuales y las de la sangre de Adnán se perpetuó en España toda la animosidad y el ciego encono que las dividía en Oriente. Y aun fueron más numerosas en Andalucía que las de sus adversarios, debiéndose principalmente atribuir á la pugna constante de sus intereses y aspiraciones las guerras intestinas que estallaron en el Estado cordobés, y que después de ponerle repetidas veces al borde del precipicio, finalmente dieron con él en tierra.
Aunque en general las gentes venidas de Oriente antes y después de la fundación del Califato de Córdoba, se establecieron en las poblaciones del Oeste dividiéndolas en distritos, y ocupando éstos por tribus ó familias, las ciudades grandes sin embargo ofrecían en su vecindario una completa promiscuidad de todas las familias y tribus; y así en Sevilla, juntamente con los ilustres vastagos de la estirpe de Adnán que hemos nombrado, descollaron las familias descendientes de Kahttán que se distinguían con los patronímicos de Khaulanís , Laklimís^ Hawazenis y otros. A los Khaulanís perteneció un famoso castillo edificado en el camino de Sevilla á Algeciras, que andando el tiempo se supuso equivocadamente haber sido propiedad del conde D. Julián. Del nombre Khaulaní procede quizá la denominación de llano de Caulina que lleva todavía una dilatada extensión de tierra inculta entre Jerez de la Frontera y Arcos. De los Lakhmís salieron Muza Ben Nosseyr el conquistador de tantas provincias españolas, y los Beni Abbad que fueron Sultanes de Sevilla, y los Beni Albají y los Beni Wafid, poderosos también en la misma ciudad. No menos brillaron en ella los Hawazenis, morando con preferencia en los pueblos que caían á la banda de levante, y los Belayún y HadraJmtís ^ esparcidos principalmente en tierras de Murcia, Granada, Córdoba y Badajoz.
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La mayor parte de los nobles yemenitas y sirios que acabamos de mencionar, vinieron á España bajo el gobierno de Al-horr entre los años 717 y 719, si bien fué después, imperando Abderrahmán I, cuando principalmente acudieron á establecerse en Andalucía los parientes, deudos y allegados de la ilustre familia de los Umeyas. Las gentes de Siria que habían invadido la Andalucía en la época de la conquista, se distinguían de las que vinieron posteriormente con el esforzado Balaj cuando estallaron la disensiones entre los árabes y bereberes. Preponderaban los sirios cuando fué nombrado gobernador de España Abulkattar, quien, para hacer menos ominoso su ascendiente en la corte de Córdoba, los repartió del siguiente modo dándoles tierras en que establecerse : adjudicó la ciudad de Elvira y su comarca al pueblo Damasceno, que hallando en esta nueva tierra cierta semejanza con su país natal, le puso el nombre de S/iam (Damasco); al pueblo de Emesa, ó Henis^ dio por asiento Sevilla, que desde entonces empezó también á llamarse Emesa ; los de Kenesrín fueron enviados á Jaén (Jayyén), población que tomó asimismo el nombre de sus nuevos pobladores ; al pueblo de Al-urdán cupo en suerte Málaga; Medina Sidonia tocó á la gente de Palestina, denominándose de allí en adelante por el vulgo Filistin. Los egipcios fueron establecidos en Tudmir, que desde entonces llamaron Misr, y finalmente el pueblo de Wasit recibió á Cabra y su tierra circunvecina. — Advertíase desde luego en este repartimiento la consideración jerárquica que cada pueblo disfrutaba, porque así como el Damasceno, que había sido el preponderante mientras imperaron sin enemigos los Umeyas en Oriente, estaba ahora como oscurecido y relegado á la comarca de Elvira, el de Emesa, cuyo pendón seguía siendo siempre el segundo en las procesiones públicas de Medina, quedaba instalado en Sevilla, que, una vez trasladada la sede del gobierno muzlemita á Córdoba, era la segunda ciudad de la España árabe. Esta división de las comarcas andaluzas por razas ó tribus fué no pocas veces funesta á los gobernadores durante las guerras civiles entre
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yemenitas y modharitas, árabes puros y sirios, sirios y bereberes, porque sometidas las poblaciones á los jefes de las mismas tribus, la animosidad ó el interés de un solo hombre de prestigio y ascendiente bastaba á levantar toda una población. Así tuvo ocasión de experimentarlo el valiente y desgraciado Abulkattar, que por una ofensa hecha á un jefe de los Beni Modhar, halló su ruina en la mera alianza que hizo éste con un magnate de Ecija y otro de Moro, los cuales arrastraron consigo toda la población árabe de ambas ciudades.
Cuando el poder de los Umeyas empezó á decaer en Oriente, y los Califas de esta dinastía se vieron arrebatar todas sus provincias más apartadas, la España árabe quedó abandonada á sí misma sin tener quien la rigiese y administrase con autoridad universalmente reconocida. Decidió entonces el ejército que se dividiese el imperio entre las dos facciones rivales de los modharitas y árabes del Yemen alternativamente, de modo que cada una de ellas gobernase el país por un año, dejando al espirar éste, con toda paz y tranquilidad, el mando al partido contrario. Los de Beni Modhar, á quienes tocó gobernar primero, eligieron para el efecto á Yusuf Abderrahmán El Fehrí (año 746); pero cuando espiró el año convenido, rehusó éste entregar el mando á la facción rival. Los yemenitas, que residían en un arrabal de Córdoba llamado Secunda, se prepararon á apoderarse del gobierno con la fuerza; mas los modharitas, advertidos de sus intentos, los acometieron de improviso en sus viviendas y pasaron á cuchillo á la mayor parte de ellos. Muchos, defendiéndose heroicamente, vendieron caras sus vidas ; no obstante, sucumbió por entonces todo el partido, y el mismo Abulkattar que era su principal caudillo, cayó en manos de la facción vencedora, que inmediatamente le mandó degollar. Yusuf El Fehrí se mantuvo en el poder usurpado por espacio de nueve años, triunfando de las enemistades y asechanzas de los otros jefes que intentaron disputarle el mando, entre los cuales se señalaron el gobernador de Narbona, de cuyo poderoso brazo le libró el puñal de un
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traidor: el partidario Orwah Ben Walid, que auxiliado por los cristianos y otras gentes, levantó el estandarte de la rebelión en Beja y en Sevilla, y á quien derrotó y dio muerte ; el guerrillero Amir Al Abdarí, que se levantó en Algeciras, y á quien también rindió; otro caudillo árabe, Amrú Ben Yezid Al Azrak, que sublevó á Sevilla, en breve reducida á la obediencia ; y por último el guerrero Al Habab Azzahrí, que sin embargo de derrotar al gobernador de Zaragoza, fiel á los modharitas, fué ignominiosamente vencido por Yusuf en persona. El gobierno de este personaje duró hasta el año 755, época en la cual el famoso vastago de la dinastía de Merwán, huyendo del negro pendón de los Abassidas que habían usurpado el Califato de Damasco, vino á fundar el Califato de Occidente en la hermosa región del Guadalquivir,
Poco figuran los pueblos de las provincias de Sevilla y Cádiz en la guerra que los yemenitas , partidarios de Abderrahmán hijo de Moavia, sostuvieron con los secuaces de Yusuf hasta lanzar á éste del puesto supremo en que se hallaba. La gran transformación que había de verificarse se preparó en Elvira entre los árabes adictos á los Umeyas y los sirios damascenos, y se empezó á realizar con la memorable batalla de Músara cerca de Córdoba. Las historias árabes cuentan que las poblaciones del tránsito se fueron todas unas tras otras declarando en favor del noble y joven pretendiente, merced al influjo de los caudillos yemenitas enemigos de los Kays y de los Beni Fehr, y que Sidonia, Morón y Sevilla le fueron sucesivamente abriendo sus puertas, aprovechando esta última la ausencia de Yusuf que estaba entretenido en la guerra de Aragón. Añaden que el plan de campaña que dio por resultado la sangrienta batalla de Músara fué concertado en Sevilla en consejo de capitanes convocado por Abderrahmán, y que en los campos de Tocina (Toshinah), donde hizo alto la hueste invasora marchando sobre la capital, fué donde, por no tener todavía bandera el ejército que mandaba el predestinado Umeya, ocurrió por primera vez el pensamiento
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de prender un turbante en lo alto de una pica : enseña gloriosa que, aun después de hecha girones, se conservó en lo sucesivo con el mayor cuidado, y que, cual misterioso talismán, atrajo
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siempre á la fortuna hacia las armas de aquella dinastía en cuantos conflictos tuvo luego que sostener contra sus enemigos. Más adelante veremos que no fueron los modharitas los únicos que contrastaron la exaltación de Abderrahmán al mando supremo,
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sino que le suscitaron también obstáculos los mismos yemenitas, convirtiéndose de auxiliares en enemigos.
Uno de los más útiles partidarios del joven príncipe Umeya fué su próximo deudo Abdulmalek, hijo de Ornar y nieto del Califa Merwán. Honrado y distinguido por Abderrahmán con el gobierno de Sevilla, correspondió noblemente á la confianza de su primo y señor, así en la administración de la rica y populosa ciudad puesta bajo su mando, como en la guerra que volvió á encender el vencido Yusuf enarbolando la enseña de la rebelión. Cuentan que ofendido este antiguo caudillo de una sentencia, dictada por un magistrado de Córdoba en un juicio que tuvo que sostener con algunos de sus colonos, y temeroso del enojo del Umeya, á quien oficiosos y bajos cortesanos habían llevado la noticia de ciertas expresiones sediciosas que con aquel motivo había proferido, allegó sus numerosos partidarios en Mérida. Sabedor Abderrahmán de este acto de aparente rebeldía, resolvió marchar contra él : Yusuf entonces se apercibió á la guerra y avanzó hacia Córdoba ; pero viendo á su rey con numerosas fuerzas, torció la vuelta de Sevilla, cuyo gobernador le presentó la batalla y le derrotó. Huyó el rebelde del campo, pero un árabe, llamado Abdallah Ben Amrú Al-Ansarí, que le encontró en las cercanías de Toledo, le reconoció y le dio muerte llevando su cabeza á Córdoba. El Amir hizo también degollar al hijo del rebelde, Abderrahmán, y mandó que este acontecimiento fuese anunciado á los habitantes con público pregón, y que las cabezas de ambos, clavadas en sendas picas, fuesen puestas á la entrada de su palacio para escarmiento de sediciosos. No fué esta importante victoria la única que Abdulmalek proporcionó al Umeya. En el año 763, Alala Ben Mughiz Alyassobí zarpó desde el África oriental con intento de restablecer en España el negro pendón de los Abbassidas. Desembarcado en Andalucía, se apoderó de Beja, donde se hizo fuerte. Publicó la guerra contra Abderrahmán, y juntando en breve numeroso ejército, estableció sus reales cerca de Sevilla. Marchó sobre él el impetuoso
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gobernador, trabóse una encarnizada batalla, y el invasor mismo cayó en sus manos con gran número de sus oficiales. Refieren los escritores árabes que el Amir, para dar una lección terrífica á sus enemigos los Beni Abbas, por cuyo impulso había traído á Andalucía la guerra el malhadado Mughiz, ordenó que las cabezas de los jefes vencidos, envueltas en las banderas negras de aquella estirpe odiosa, fuesen enviadas á la Meca en sacos cuidadosamente cosidos y sellados, dando las convenientes instrucciones á un mercader de su confianza á fin de que el Califa Abú Jafar Almansru, á la sazón reinante, no dejase de ver el contenido de aquellos bultos. El mercader se dio tal maña, que habiendo llegado á la Meca durante la peregrinación del Califa á la ciudad santa, consiguió depositar su nefando cargamento á la puerta misma de su tienda: advirtiéronlo las guardias por la mañana, dieron parte del suceso á Abú Jafar, y éste con grande impaciencia, sin sospechar el contenido de los sacos, los hizo abrir, exclamando lleno de horror al presentarle la ensangrentada cabeza de Mughiz: «¡Oh maldecido Abderrahmán, harto »me descubre la suerte de este infeliz guerrero tus depravadas » intenciones! ¡Bendito sea Alá que entre nosotros dos ha puesto »la mar de por medio!»
Los enemigos interiores no desistían : llegaron á levantarse dentro de Sevilla los mismos yemenitas. Dos jefes descontentos, Abdul Ghaffar y Haywat Ben Mulamis, se rebelaron aprovechando la circunstancia de hallarse Abderrahmán ocupado en una campaña contra Shakiá el beréber. Los sediciosos de Sevilla, unidos con los de Córdoba, formaron un grueso ejército, y el gobernador Abdulmalek salió contra ellos, confiando á su hijo Umeyyah el regimiento de la vanguardia, mientras el otro hijo, Omar, gobernador de Morón, permanecía en el distrito de mando apercibido contra cualquier desgraciado evento. Al venir á las manos las huestes de ambos partidos, cedieron los del Amir al imponente número de los contrarios, casi sin trabar combate, y aterrado Umeyyah volvió grupas hacia el cuartel de
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SU padre, quien, al verle huir, lleno de enojo y de estoica severidad, le hizo prender mandándole degollar en seguida.
Dado este horrible ejemplo de disciplina, arengó á sus capitanes, y poniéndose á la cabeza de su hueste, cargó al enemigo con ímpetu tan tremendo, que completamente lo derrotó, dejando en el campo treinta mil cadáveres ambos ejércitos. El mismo Abdulmalek salió gravemente herido, y aseguran que al llegar al campamento Abderrahmán después de la batalla, viéndole cubierto de sangre y empuñando aún su diestra la espada rota en la refriega, le colmó de elogios en presencia de todos y le concedió para él y sus hijos una remuneración espléndida. Pidióle una de sus hijas para su heredero Hixem, y le promovió en el acto á la alta dignidad de Wazir ó Visir, título que por primera y única vez concedió aquel Amir.
Abdulmalek Ben Omar era un poeta excelente; á inspiración suya, durante su residencia en Sevilla, atribuye Almakkari aquellos conocidos versos á una palmera solitaria, que aplica Conde á distinto personaje y distinta localidad, si bien á una situación análoga, y que comienzan :
Tú también, insigne palma, eres aqm' forastera, (i)
(i) Los versos que pone Almakkari en boca del gobernador de Sevilla Abdulmalek difieren en gran parte de los atribuidos por Conde á Abderramán I, por lo cual no creo incurrir en imperdonable osadía ensayando su traducción de la manera siguiente:
Como yo, palmera hermosa, vives aquí solitaria : á ti también de los tuyos te aleja la suerte infausta. Lloras, ay, y de tus flores el blanco cáliz desmaya : lacios penden sus racimos, que aura extranjera no halaga. Pesares hondos anuncias : ¿lamentas acaso, oh palma, que tu simiente arrebaten
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No le fueron á Abderrahmán tan fieles los gobernadores que á éste sucedieron en aquel importante distrito. Hayyat Ben Mulabis Al-hadhramí que desempeñaba el mismo cargo durante la rebelión de otro jefe yemenita llamado Abussabáh, se levantó contra la autoridad del Sultán secundándole los gobernadores de Niebla, Beja, y un beréber fatimita que se le declaró enemigo en el Puerto de Santa María. Siguió el movimiento de éstos en Algeciras Hasán Ben Abdilaziz. El escritor Annuwayrí, diligente historiador de todas las sediciones ocurridas bajo el reinado de Abderrahmán, refiere otros levantamientos de caudillos de cuenta, la mayor parte yemenitas: así, por ejemplo, el de Zoreyk Alghosaní, que, rebelándose también en Algeciras, comunicó tal empuje á su obra, que tomó á Medinasidonia y á Sevilla, dando mucho que hacer al Sultán para recuperarlas ; el de Hisham Ben Adhráh, cuyo pronunciamiento se verificó en Toledo, y por lo tanto no entra en el cuadro de nuestro actual estudio; el de Saíd Alyahssobí, que desde Niebla llevó denodadamente la rebelión á Sevilla, donde, después de tomar la ciudad, estrechado por la fuerzas del Amir, tuvo que recogerse á un castillo llamado Raghuk, sin valerle la asistencia de su afiliado Alkama-Alakmi, el cual, reuniendo en vano en Medinasidonia tribus y caudillos, marchaba en su socorro, y antes de llegar á la fortaleza sitiada, cayó en manos de Bedr, liberto favorito del príncipe Umeya. — No nos detendremos más en estas conspiraciones, todas felizmente abortadas; diremos para concluir, que siendo inextinguibles los odios entre yemenitas y modharitas, y convencido el príncipe, que por su sangre pertenecía á
los vientos de la montaña?
— ¡ Lloro, sí, porque aunque prenda
en suelo que riegan aguas
cual las que el Eufrates lleva
de Siria á las vegas caras,
menguados serán mis hijos,
no verán aquí su patria :
que crueles Abassidas
quieren que extranjeros nazcan !
estos Últimos, de la imposibilidad de tener á raya á las tribus árabes rebeldes con sólo el prestigio de la justicia y de la buena administración, echó mano del único medio de gobierno eficaz
ALCÁZAR. — Salida al Vestíbulo
en los pueblos semibárbaros, como lo eran á la sazón los musulmanes, que fué confiar la guarda del Estado á gente mercenaria y probada. Cortó todo trato y comunicación con los altivos é indómitos jefes de las tribus, y se rodeó de eslavos y secuaces
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fieles de todas las provincias de España y de la misma África. Envió emisarios para alistar bereberes en su servicio, y á éstos, voluntariamente enganchados, dio tan excelente trato, que luego les siguieron otros muchos. De este modo, cuenta Ben Hayan, llegó á juntar Abderrahmán un ejército de más de cuarenta mil hombres, todos eslavos y mauritanos, que le dio la victoria en lo sucesivo en las civiles contiendas.
Después de la muerte de Abderrahmán, y cuando ya se habían producido en la España musulmana nuevos intereses de resultas de la ñjsión de los hispano-godos con los vencedores, se formaron otros dos partidos poderosos que pusieron el reino fundado por aquel ilustre Umeya en inminente peligro de ruina. Fueron estos dos partidos los árabes de raza pura y los Muwallacís ó gente de sangre mezclada; sus enemistades ensangrentaron la Península bajo el reinado de Abdallah, especialmente en las provincias menos sujetas á la acción del gobierno central, como el Algarbe, Toledo y Zaragoza. En las ciudades de Andalucía era mayor la vigilancia de los agentes cordobeses, y menos de consiguiente el espíritu de sedición. Sin embargo, el tantas veces citado Ben Hayan, que escribió unos anales muy completos de las rebeliones ocurridas contra la exaltación de Abdallah al trono, nos describe á un magnate de Sevilla, nombrado Ibrahím Ben Hejaj, muy prepotente en esta ciudad y en Carmona, viviendo en una independencia casi absoluta, escoltado siempre por un cuerpo de quinientos jinetes, rodeado de poetas y parásitos, nombrando y destituyendo á su antojo á los cadís y oficiales públicos de aquel territorio, y usando finalmente, con afrenta de la suprema autoridad residente en Córdoba, la vestidura llamada tiraz que ostentaba en la orla estampado su nombre, y que era insignia exclusiva de los Amires.
CAPITULO XIX
Los mozárabes. — Los normandos. — Antagonisnno entre cristianos y muslimes. — Monumentos del Califato en las provincias de Sevilla y Cádiz.
L poder de los Umeyas en Andalucía no fué contrastado solamente por las tradicionales enemistades de raza y por las sediciones de los ambiciosos ; tuvo también que resistir invasiones de gentes extrañas, y pujantes acometidas de los nuevos Estados cristianos que se formaban en España, animada del noble deseo de su restauración. Desde este punto de vista, ofrece el Califato Andaluz un cuadro complejo del mayor interés durante los siglos ix y x. Resalta por un lado la gran prosperidad material de los árabes conquistadores, que á pesar de sus disensiones intestinas alcanzan bajo la autoridad enérgica y tutelar de los Abderrahmanes y Alhakemes, de los Mohammad y de los Abdallahs, un grado de cultura cual no lo habían soñado los pueblos septentrionales y occidentales reunidos bajo el cetro de Carlomagno: un esplendor científico, comercial, industrial, militar y artístico, sólo comparable con el
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que habían dado á Damasco y Bagdad los Califas de Oriente, herederos y émulos de la sabiduría del Bajo Imperio. Presenta en esta época la cultura islamita en nuestra España un carácter singular de tolerancia filosófica, por cuya virtud las Iglesias de la Bética conservan sus prelados, la grey cristiana de sus poblaciones mantiene sus templos, su culto y sus monasterios, y estos mozárabes viven en el goce de su religión y de sus leyes privativas, bajo la jurisdicción de sus obispos en lo eclesiástico y de sus condes en lo civil, en una paz sólo interrumpida á veces por las exigencias de la inexorable razón de estado, que produce mártires insignes como Adulfo, Juan y Áurea, apóstatas execrables como el metropolitano Recafredo, y pontífices preclaros como Juan Hispalense (i).
Adviértense en el mismo cuadro por otra parte infatigables esfuerzos debidos al espíritu que el Evangelio ha infundido en la España cristiana, la cual lejos de ceder al prestigio de la cultura islamita, la combate como contagiosa lepra, haciendo prodigios de incontrastable fe y de santa destructora saña contra la prepotente y bien organizada milicia de los amires. Dibújanse aquí las grandes y aún no bien caracterizadas figuras de los Alfonsos, Ramiros y Ordoños, y de aquellos ínclitos condes de Castilla que en gloriosas campañas aniquilan con el rayo de la cruz á los sectarios del Corán, y cayendo sobre ellos desde sus enriscados campamentos, los llevan arrollados como maleza que arrebata el torrente hasta las fértiles y viciosas campiñas del Tajo, del Guadiana y del Guadalquivir.
Últimamente en la agitada escena de esas dos centurias, aparecen amenazantes sobre las risueñas costas de Andalucía, si bien á largos intervalos, pero con el periodismo de ciertos
(i) Quien desee pormenores acerca de estos personajes históricos, puede consultar la España sagrada, trat. 29, tomo IX. {^3
Habiendo escrito latamente en nuestro tomo de Córdoba sobre la cultura árabe-hispana y sobre la condición de los cristianos muzárabes de Andalucía en los siglos IX y X, creemos conveniente omitir en el presente trabajo noticias circunstanciadas en ambas materias.
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metéoros, los terribles hombres del Norte^ ó escandinavos, enemigos tan implacables de la cristiandad como los mismos sarracenos. Estos formidables invasores, á quienes los árabes daban el nombre de majús (í), para significar que eran idólatras, adoradores del fuego, pasaban por intrépidos navegantes, y el Occidente, aterrado á la vista de sus dragones (2), los apellidaba reyes del mar. Sus bajeles se abrían paso al interior de las naciones por toda clase de ríos: navegando contra las corrientes más impetuosas, sobrecogían á las poblaciones de sus orillas ; embestían de golpe las populosas y ricas ciudades de la marina y de los estuarios, y después de saquearlas lo llevaban todo á sangre y fuego. Estas temidas invasiones habían dado mucho que hacer á Carlomagno, el cual para contenerlas había mandado fortificar los desembocaderos de los ríos de Francia; pero la muerte del grande emperador fué como la señal de una invasión general para todos aquellos piratas, y desde la primera mitad del noveno siglo hasta muy entrado el décimo estuvieron incesantemente estrasfando las más florecientes naciones. No se limitaron estos estragos á las costas del Báltico y del Atlántico: participaron de la triste suerte de Alemania, Inglaterra y Francia, España y otras tierras mediterráneas, sin exceptuar la misma África, donde dejaron un formidable presidio. El autor del libro árabe titulado Kitábiílgiarajiyya que describe la famosa torre de Cádiz y su ídolo, habla de estas invasiones de los normandos, y es curiosa la siguiente narración : «Es fama entre los muslimes andaluces y africanos que aquel ídolo ejercía sobre el mar una especie de sortilegio, que no desapareció hasta que fué derribado por el almirante Alí Ben Isa Ben Maymún en el
(i) De mx¡üs^ derivación del griego mxgos, vienen \os voca.h]os almafuces, almozudjs y ahnoiu'des con que designan á los piratas escandinavos nuestras antiguas crónicas. En las historias extranjeras se los señala generalmente con la voz de Nortlimxnos ó Normindos. y esta es la que ha prevalecido entre los escritores modernos. — Acerca de sus invasiones periódicas, consúltese la excelente obra de Uepping, ¡íistorij, de las expediciones de los Normandos, tom. I, p. q6.
(2) Nombre que daban á sus bajeles. Los árabes llamaban á estos karákir, de donde se deriva tal vez la palabra carraca.
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año 540 (A. D. 1 145) al principio de la segunda guerra civil. Desde muy antiguo aparecían en el Océano unos anchos bajeles que los andaluces llamaban karakires y llevaban una vela cuadrada en la proa y otra igual en la popa ; gobernábanlos los llamados 'r7iajús, hombres fuertes, determinados y buenos mareantes, los cuales en las costas donde arrimaban sus proas lo llevaban todo á sangre y fuego cometiendo destrozos y crueldades inauditas. Los pobladores huían á su presencia llevándose á las montañas lo que podían salvar de sus haciendas y dejando desamparada la marina. Las depredaciones de estos bárbaros se repetían periódicamente cada seis ó cada siete años: sus naves nunca bajaban de cuarenta, y algunas veces llegaron á ciento : durante su derrotero apresaban y destruían todo lo que encontraban al paso. La torre de Cádiz les era familiar, y tomando la dirección que les marcaba el ídolo, penetraban en el Estrecho siempre que les convenía, pasaban al Mediterráneo, asolaban las costas de España y de las islas cercanas, y muy á menudo llevaban sus depredaciones hasta los mismos confines de la Siria. Pero cuando el ídolo fué derribado, no se volvió más á oir hablar de aquellos temibles piratas, ni volvieron á aparecer sus kai^akires en la estensión de aquellos mares (i).»
En el año 230 de la egira (A. D. 844), siendo amir en Córdoba Abderrahmán II, los majús ó normandos bajaron desde sus altas regiones sobre las tierras de los muslimes de España. Aparecieron en las aguas de Lisboa primeramente : permanecieron en esta ciudad algunos días, en cuyo intermedio pelearon varias veces con los musulmanes. Avanzaron de allí á Kayis (Cádiz?) y luego á Sidonia [Shzdúnah)^ donde sostuvieron con las tropas del Sultán una gran batalla. De Sidonia se corrieron á Sevilla, adonde llegaron el día octavo de Moharram (24 de Setiembre de 844), y acamparon á doce leguas de la ciudad. Cuatro días después los musulmanes les salieron al encuentro,
/i) Almakkari. Lib. I, cap. VI.
pero fueron batidos con gran matanza. Acercáronse entonces más los invasores y establecieron su campamento á unas dos millas de la población. Los habitantes de Sevilla salieron por
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segunda vez á oponérseles, y volvieron á ser vencidos con gran pérdida. Quedó el campo cubierto de cadáveres y heridos, y el insaciable hierro de los majús se cebó en los hombres y en los animales del campo hasta penetrar en la misma Sevilla. Dobló la rica Emesa su cerviz al yugo de aquellos feroces depredado-
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res; pero éstos, después de cargarse de botín por espacio de un día y de una noche solamente, se volvieron á sus dragones. En el intermedio fueron alcanzados por las tropas del Sultán, con quienes tuvieron un sangriento choque: lograron sin embargo alcanzar sus naves ; mas otro cuerpo de tropas reales se presentó á su vista, y saltando de nuevo en tierra los normandos, le acometieron con inaudita furia. Los soldados de Abderrahmán tuvieron que replegarse escarmentados : entonces levantáronse en armas indignadas y resueltas á pelear varonilmente contra los detestables piratas muchas poblaciones de la costa : acudieron provisiones de todos los distritos comarcanos, y los majús fueron acometidos y derrotados con pérdida de 500 hombres y varios bajeles, que después de despojados de las riquezas que contenían, entregaron los muslimes á las llamas. El historiador An-nuwayrí dice que de allí se encaminaron á Leslah y tomaron por sorpresa á Shineba (poblaciones que nos son desconocidas): desde donde fueron á aportar á una isla cercana á Cádiz. Estando en ella ocupados en repartir su botín, cayeron sobre ellos los musulmanes y les hicieron algunas muertes. Los majús volvieron sobre Sidonia: la asaltaron de noche, se apoderaron de sus bastimentos y cautivaron á sus habitantes. Permanecieron en ella dos días, y oyendo que la escuadra de Aderrahmán había llegado á Sevilla, se encaminaron á Niebla, que también sorprendieron y saquearon. De allí fueron á Ossonoba, luego á Beja, y por último á Lisboa. Esta plaza fué la última que maltrataron, porque se dieron á la mar y no se volvió á oir hablar de ellos hasta muchos años después. El sultán visitó una por una todas las poblaciones que habían padecido en la invasión de aquellos bárbaros, reparó las devastaciones cometidas en ellas, y aumentó sus guarniciones para ponerlas á cubierto de nuevos golpes de mano.
A los quince años sin embargo volvieron á presentarse á vista de las conturbadas poblaciones de la costa andaluza los odiados dragones. Remontando el Guadalquivir, llegaron hasta
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Sevilla: pegaron fuego á su mezquita mayor y desaparecieron. Invadieron la costa de África, y después de robar sus ciudades, volvieron á España y tomaron tierra en Murcia. La escuadra de Mohammad los atacó después que asolaron la tierra de Tudmir y se apoderaron del castillo de Orihuela: les apresó dos bajeles y les echó á pique otros dos. Los maj'ús con los restantes se encaminaron á Barcelona (i).
Las invasiones de estos piratas en el décimo siglo debieron ser ya menos formidables. La Escandinavia, abrazando la fe cristiana, había entrado en los senderos de la verdadera civilización, y los normandos, antes tan aventureros, se hallaban ya regularmente constituidos como nación en tierras septentrionales. Dueños de la Neustria por abandono de Carlos el simple á su duque Rollón, dueños también de toda la tierra que se extiende entre el Rhin y el Mosa inferior por cesión de Carlos el Gordo al duque Godofredo, ellos eran ya los que servían de dique á la Europa central contra otros piratas más rezagados aún en el llamamiento sucesivo de los pueblos á la luz de la civilización cristiana. Las historias árabes no registran en este siglo x mas invasiones de normandos que la que sufrió la comarca de Lisboa en el año 354 de la Egira (A. D. 965) siendo sultán ó amir Alhakem II. En esta ocasión, aunque saquearon y estragaron aquella tierra, los moradores se armaron contra ellos y los obligaron á refugiarse en sus naves. El amir en persona acudió al paraje de la incursión y proveyó á la defensa de la costa mandando á su almirante Abderrahmán Ben Romahís que los aco-
(i) De esta expedición de los normandos, que corresponde á los días del victorioso D. Ordoño I, hacon mención el Albeldense, Sebastián de Salamanca, el autor anónimo De gestis normamtorum^ el arzobispo D. Rodrigo y otros, cuyas noticias resume Masdeu en estas líneas: «La armada normanda, que en el año de 859 intentó un desembarco en la misma provincia (Galicia), como en tiempo de Ramiro, experimentó con la pérdida de algunos buques el valor del conde Pedro, gobernador de Galicia, y se fué desde luego á tentar la suerte en otros dominios, pasando el Estrecho, y saqueándolas costas mahometanas y francesas del Mediterráneo, juntamente con las Islas de Mallorca, Menorca y Tormentera, que eran entonces de moros.»
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metiese en la mar; pero fué inútil, porque ya habían dado cuenta de los piratas los intrépidos naturales (i).
Cuando se considera el estado de Europa, y el de España en particular, en ese décimo siglo, en que las alternativas de la disolución y de la reorganización se confunden sin dar tregua apenas al espíritu para distinguir con claridad sus efectos; cuando se piensa que el Imperio occidental, tan trabajosamente constituido por Carlomagno, estaba hecho pedazos y entregado á las dilaceraciones de la ambición y de la perfidia ; que la necesidad de la defensa había introducido en los estados católicos, franceses y germánicos, la más deplorable indisciplina, creando en los monasterios abades-condes, seglares y guerreros, que gozaban de sus rentas y llevaban á los claustros los tristes hábitos de la guerra, de la caza y del libertinaje, convirtiendo los refectorios en salas de banquete, las silenciosas bibliotecas en cuadras para sus hombres de armas y caballos, y los templos en fortalezas; que la cristiandad en las naciones centrales de Occidente, estrechada como por un anillo de fuego con los sarracenos al Mediodía, los normandos al Norte y los esclavones y húngaros al Este, parecía condenada á perecer en las llamas de la prevaricadora Babilonia, y el vago terror del fin del mundo se cernía sobre los descendientes de Japhet como la nube que lanzó sobre la antigua Pentápolis la ira de Dios y el exterminio; no sabe uno qué admirar más, si la rápida decadencia de la grande obra llevada á cabo por la Santa Iglesia de Jesucristo y su auxiliar Carlomagno, ó la heroica perseverancia de la España católica, que, luchando á un mismo tiempo con la barbarie de
(i) No sabemos de positivo si debe asimilarse con esta irrupción de los normandos, que las historias árabes refieren al año 965, la que Masdeu, guiado por nuestros antiguos cronistas, asigna al año 968, reinando en León D. Ramiro 111, que mantenía paces con Alhakem, amir de Córdoba. Nuestra duda nace, no tanto de la fecha, cuya variedad es de poca importancia atendido que la divergencia no pasa de tres años, cuanto de la versión en que se supone que los normandos fueron completamente derrotados en los Estados de la España cristiana, sin que pudieran pasar adelante en su incursión. V. á .Masdeu, lib. I de la Espilla árabe, n.° CCI.
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SUS propias pasiones, con el materialismo invasor de la brillante cultura musulmana, y con las tremendas incursiones de los paganos del Norte, va lentamente sacudiendo la lepra de tan calamitosa edad, va gradualmente domando los feroces instintos de sus magnates, organizando su Estado, dando cohesión á sus dislocados miembros, fortaleciendo la potestad real, preparando los caminos al espíritu de noble independencia y de racional libertad que en lo sucesivo ha de constituir nuestra más duradera gloria, y dando por fin á la Europa entera, envuelta de nuevo en las tinieblas de la barbarie, el ejemplo de una civilización incipiente basada en las imperecederas tradiciones de sus concilios y en la nunca olvidada escuela de su piedad munífica y fastuosa.
No es esta la ocasión oportuna de narrar las glorias del arte cristiano bajo la benéfica tutela de los reyes de León y de los condes de Castilla: las frecuentes y costosas construcciones que ellos promovieron no entran en el cuadro de nuestro actual estudio. Cúmplenos sólo observar que si no rivalizaron en belleza y magnificencia con las famosas fábricas erigidas por los califas de Córdoba, aventajaron notablemente á las que, con afrenta de la fugaz restauración carlovingia , veían levantar las ciudades de Francia, Alemania é Italia. Mostrábase en estas fiero y altivo el feudalismo acompañado de la más espantosa ignorancia. — La nación que había sido cuna predilecta de las artes desde la época de Augusto hasta la extinción del reino longobardo, se hallaba en la mayor decadencia, limitada la arquitectura en ella á satisfacer, no los caprichos de los poderosos, sino las necesidades de un pueblo ignorante y grosero, y reducidas sus prácticas á un puro mecanismo cuando por ventura lograba la ocasión de ejercitarlas. Apenas había en Italia en aquella época arquitectos ni escultores, ni quien supiese construir una bóveda: volvíase á las rudas prácticas de los francos merovingios, y se construían de madera la mayor parte de las iglesias. Esta endeble y mezquina construcción, dice Batissier, era la más acomodada al desaliento
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y miseria de una sociedad donde se anunciaba muy próximo el fin del mundo, y donde le hacían creíble, tanto como la grosera rudeza en que se hallaba sumergida, la ruina y desolación que por todas partes la cercaban. — En la España cristiana, por el contrario, el arte de construir se practicaba con nobleza, con ventajas y con honra, y quizá ninguna nación del Occidente podrá jactarse de haber legado á la posteridad en aquella triste y azarosa época más fábricas insignes y más nombres de arquitectos afamados. Los Tiodas, los Vivianos y Ginos, emulaban la gloria de los más insignes alarifes y maestros del Califato andaluz, y las galanas preseas del arte bizantino, del que había hecho su irresistible talismán la cultura árabe-hispana, pasaron en el siglo de oro del arte cordobés á las cortes de Asturias, León, Galicia y Castilla, como prisioneras de guerra, tan dóciles y halagüeñas en verdad entre los sencillos y rústicos pobladores de aquellos húmedos valles, como lo eran en las doradas campiñas del Guadalquivir y del Genil. Ya fuesen mirados como mera continuación de gratas tradiciones antiguas, ya como innovaciones acomodadas al genio de la arquitectura heredada de sus padres, es lo cierto que los varios elementos de la rica decoración y ornamentación árabe, fueron muy bien hallados por los arquitectos de los Alfonsos y Ramiros, los cuales los usaron con toda profusión en las iglesias de que son tipos marcados S. Miguel de Linio, S. Miguel de Escalada, Sta. Cristina de Lena y San Salvador de Valdedios. Basten estas ligeras indicaciones para recordar la fecunda rivalidad que el genio cristiano sostenía en nuestra Península con el genio árabe, creador de tantas maravillas como realizaron en el espacio de tres siglos los arquitectos del Califato.
En nuestros estudios sobre la cultura del Estado cordobés (i), hemos dado noticia de las más afamadas construcciones de los califas y de la prosperidad que bajo sus diferentes reina-
(i) V. el tomo de Córdoba.
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dos alcanzaron las principales ciudades andaluzas. No repetiremos aquí lo que entonces debimos referir con mayor oportunidad. Las actuales provincias de Sevilla y Cádiz fueron parte de aquel Estado, y aunque nuestro trabajo tuvo por principal objeto el territorio comprendido en la moderna circunscripción de la provincia de Córdoba, todo lo que en aquella ocasión escribimos acerca del arte mahometano es extensivo á las construcciones erigidas en las comarcas que ahora recorremos. — La arquitectura sarracena de la época del Califato se distingue por el carácter uniforme que reviste en todos los países : es aquella la época en que el arte se presenta más grandioso y monumental, y por esa misma uniformidad, semejante en cierto modo al arte romano. En los siglos VIII, IX y X se construía en Córdoba lo mismo que se construía en Damasco ; lo mismo que en Toledo y en Zaragoza. Con más razón, pues, serían iguales las prácticas y las formas arquitectónicas en las ciudades y distritos de una misma tierra y de un mismo clima. Añádase á esto que no existen noticias circunstanciadas de las mezquitas y alcázares edificados en las grandes poblaciones donde residían los walíes ó gobernadores nombrados por los amires, y que los vestigios de arquitectura musulmana que hoy excitan el interés del arqueólogo én la tierra que vamos recorriendo, pertenecen casi todos al arte mauritano desarrollado desde el siglo xi hasta principios del xiii, ó bien al que siguieron los alarifes moros practicando después bajo la dominación cristiana y que se designa hoy impropiamente con el nombre de mudejar.
Son sumamente escasos los vestigios de la arquitectura del Califato en dichas poblaciones: así que apenas podríamos citar una construcción íntegra de esa época en el trayecto desde el límite de la provincia de Córdoba hasta el Estrecho de Gibraltar. Es presumible que antes de la invasión de los Almorávides hubiera allí construcciones de arquitectura religiosa, civil y militar, de grande importancia: inducen á creerlo el examen de algunas de las partes más antiguas de la mezquita, hoy catedral,
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de Sevilla, y otros monumentos que ligeramente vamos á reseñar sin orden determinado.
En Lebrija {Nebi'ishaJí) hemos creído reconocer dos construcciones notables de la época del Califato. Es la una la parte antig-ua del castillo que domina la población. En este hay una capilla que conserva todos los caracteres de las mezquitas del noveno siglo. Es de tres naves: sepáranlas columnas que sostienen por cada lado tres anchos arcos de herradura. — El otro curioso monumento es la parte también antigua de la Iglesia mayor. Es este templo asimismo de tres naves, separadas por pilares, á cada uno de los cuales están adosadas cuatro columnas coronadas de capiteles bizantinos, sobre los que cargan arcos ultrasemicirculares. Debió formar esta mezquita en su planta primitiva una cruz griega perfecta y nueve compartimentos iguales, cubiertos por otras tantas cúpulas de diversas formas, y presentando en cada una de sus cuatro bandas al que se situase en su centro ó crucero, tres soberbios arcos de herradura. Hoy mismo, á pesar de la reforma hecha por el arte moderno, presenta desde el castillo la Iglesia mayor de Lebrija una fisonomía enteramente musulmana, porque se ven asomar sobre su techumbre las seis cúpulas de piedra con que se coronan las seis bóvedas antiguas que la restauración ha respetado ('i). — El castillo de Lebrija fué edificado por el famoso Suleymán Ben Mohammed Ben Abdelmalek, magnate de Sidonia, cuando estallaron las sediciones de los potentados de Niebla, Carmona,
(i) No siendo probable que volvamos á hablar del pueblo de Lebrija, parecenos esta la ocasión oportuna de manifestar lo más curioso que la mencionada Iglesia mayor encierra. La parte árabe antigua no pasa más allá de su crucero: desde este al ábside, todo es moderno, no distinguiéndose en él más que el altar mayor, trazado por Alonso Cano, en el cual hay muy notables pinturas. Tiene esta iglesia una fachada lateral gótica muy buena : su arco en ojiva, su archivolta de nervios, las pequen is columnas que la sostienen y las puntas de diamante que la decoran, están acusando el influjo del siglo xiii en su principio. La imafronle nada de particular ofrece : sólo se lee con interés sobre el dintel de su puerta, en una losa de mármol bl.inco de fines del v siglo, la inscripción sepulcral siguiente : Alexadkia
CLARISSIMA FEAIINA VIXIT ANNOS XXV, RECESSIT IN PACE DECIMONONO KLS. JANUARIAS, ERA DXXXMl. — PrOBUS FILIUS VIXIT ANNOS DÚOS, MENS...
Sevilla y otros distritos contra el amir Abdallah, en el siglo ix. En esta época fueron muchos los castillos y fortalezas que se edificaron en la provincia, ya por los amigos del poder real para
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robustecer la autoridad del sultán y tener á raya á los caudillos rebeldes de las diferentes tribus y razas, siempre propensas á disturbios, ya por esos mismos caudillos que en los distritos apartados de la corte mantenían vivo el espíritu de rebelión. Mohamed Ben Ghalib, el mulado de Écija, solicitó permiso del
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sultán para edificar un castillo con objeto de reprimir á los bereberes Beranís que estragaban aquella tierra y habían invadido la provincia de Sevilla sorprendiendo á Tablada y talándolo y destruyéndolo todo como fieras. Pero Suleymán Ben Mohammed al propio tiempo, encastillado en Lebrija y rodeado de aventureros y gente perdida comprada á vil precio, hacía sus incursiones en las cercanas islas del Guadalquivir, donde Almundhyr el tío del sultán tenía sus yeguadas, y después de apoderarse de sus mejores caballos, se retiraba á Korah, cuya vasta fortaleza á la extremidad del Axarafe, á unas diez millas de Sevilla, le prometía la impunidad.
Es curioso y entretenido leer en Ben Hayyán (i) la historia de las guerras intestinas de este tiempo, entre los árabes y los mulados ó mestizos, asistidos ó vendidos alternativamente por los terribles bereberes. Del estudio detenido de esta y otras narraciones podrían sacarse preciosos datos para la corografi'a de las provincias de Sevilla y Cádiz en la época del Califato, porque son en ellas continuas las citas de ciudades, poblaciones y fortalezas de que no conservamos noticia. Sólo en una relación de pocas líneas, refiriendo los sucesos del año 282 (A. D. 895) y la expedición que las tropas reales verificaron este año contra Sevilla y Sidonia, nombra el citado historiador una porción de parajes hoy de todo punto ignorados. Nada sabemos por cierto del sitio que ocupó Beni Barsis, punto cercano á Carmona, donde acampó el ejército del sultán mandado por Al-mutref: nada tampoco del lugar llamado Tarbil y del fuerte de Montefique, ambos en la margen del Guadaira. His7i- Amarina á orilla del Guadalete, Kalsánah, lugar situado cerca de Sidonia, Bixter, pueblo de aquella misma tierra, Medma Ben Selim, Kámirah en las cercanías del río Belón y el castillo nombrado de Kalat Ashath, son parajes cuya reducción creemos ya casi imposible
(i) Véanse las ñolas é ilustraciones que ha agregado el Sr. de Gayangos á su traducción inglesa del Almakkari.
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hacer. Quizás se conserven todavía reliquias de sus construcciones sepultadas en la arena en soledades inhospitalarias, de donde sin embargo se desvía con pesadumbre el pié del afanoso anticuario. ¡Hay tanto atractivo para el alma en los desiertos campos de la Bética! El recuerdo de Hisn-Amarina y de Kalsánah y de las guerras civiles del Califato nos asaltó repetidas veces en las melancólicas llanuras de Lebrija á Sanlúcar de Barrameda. Triste es en verdad aquella comarca, pero grandioso y poético el horizonte que la imaginación descubre en todos los puntos de aquel silencioso sepulcro de tantas memorias. No hay poder humano que restituya á esa tierra, entregada ya como otros grandes teatros históricos del África y del Oriente á la inercia de la muerte, la animación y la vida que alcanzó cuando los carros de guerra y las huestes romanas, godas y sarracenas, cursaban incesantemente ambas orillas del Guadalquivir y hacían estremecer sus bosques, y cuando sabían hacer aprecio de su belleza los prepotentes magnates por cuyos esfuerzos llegaron á ser florones de la corona castellana las fértiles vegas andaluzas. Hoy quedan sólo en la dilatada comarca que se extiende á la izquierda del majestuoso río desde Sevilla á Utrera hasta Jerez y Sanlúcar, arenales infecundos, descollando en ellos á trechos silvestres pinos en cuyo oscuro ramaje gime tristemente la brisa. Nopales, cañaverales y zarzas son allí toda la gala de los caminos, y los purpúreos celajes del sol poniente reflejándose por entre los pinares en la superficie del agua lejana, hacen creer al que avanza hacia la marina con la impresión reciente de las cúpulas de Utrera y de Lebrija, que viaja por las orillas del Eufrates ó del Nilo.
Continuando la reseña de los vestigios de arquitectura árabe de la primera época que hemos reconocido en nuestro viaje, mencionaremos varios trozos de la muralla de Jerez; — una fortaleza cuadrangular de curiosa estructura que cortaba en dos la calle principal de Arcos de la Frontera, y por dentro de la cual se pasaba para subir del primero al segundo tramo de la men-
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donada calle: monumento que vimos con dolor convertir en escombros, causando nuestra pena burlona sonrisa á alguno de los civilizados autores de semejante acto de vandalismo; — y algunas partes de los castillos é iglesias de Morón, Coronil, Osuna, Utrera, Marchena, Alcalá de Guadaira y Carmona. — Los castillos de las poblaciones todas inmediatas á la sierra de Leita, merecerían un estudio particular, al que no nos ha sido posible consagrarnos. Esta comarca de dehesas y despoblados fué en todo tiempo receptáculo de salteadores y bandidos de alto coturno : el rebelde Omar Ben Hafsum que tanto dio en que entender al califa Almundhyr, cursó mucho todas sus veredas: era el José María de la España árabe del noveno siglo, y semejante á Viriato que pasó á ser ex ¿atroné Dux, tuvo en jaque con un puñado de bandoleros al gobierno de su país. aP^ñmo avulso non déficit alter.y> — Morón es como el cuartel general de estos terribles campeadores, guerrilleros excelentes en nuestras contiendas con los extranjeros, ladrones execrables en tiempos normales y pacíficos, y émulos de los de la vecina Sierra de Ronda, entre quienes vive inmarcesible el sangriento lauro de los Muley Aben Hassán y de los Diego Corrientes. — Osuna ostenta en su Colegiata arcadas árabes de muy elegante forma. — Marchena [Ma^^sénaJí) lleva en sus muros de argamasa, fortalecidos á pequeños trechos con gruesos cubos y torreones, la marca evidente de haber sido, entre Osuna y Carmona, defensa poderosa de los árabes del Califato antes de lucir en la corona ducal de la casa de Arcos, aunque se haga poca mención de ella en las historias que han llegado á nuestras manos. Entre las puertas antiguas que en su muralla conserva, se hace notar la del Arquillo de la Rosa, medio escondida entre dos altísimos torreones cuadrangulares almenados. Forma la entrada un gallardo arco ultrasemicircular, ó de herradura, de piedra, con su correspondiente arrabá, encima del cual se colocó, en época asaz posterior á la de su construcción, una losa blanca con tres escudos.— En Carmona {Karmunah) tenemos menos escasa cosecha
de recuerdos de la época que vamos considerando; pero no iremos por ahora á buscarlos á su famoso alcázar, ruina gigantesca que fué en otro tiempo mansión ostentosa del rey D. Pedro, dorada prisión de sus concubinas: en otra ocasión quizá lo describiremos. La primitiva Carmona árabe dura en el aspecto oriental de sus murallas y de su posición pintoresca, y principalmente en el curioso patio de su parroquia de Santa María. Hay en este un hermoso arco de herradura encerrado en su arrabá, al cual acompañan por un lado tres arcos ultrasemicirculares y dos por el otro, sostenidos por pequeñas columnas sin más capiteles que unos abacos sencillos. Otro arco árabe tapiado ha dejado en el muro la huella de su elegante cimbra y lleva encima dos aberturas alfeizaradas. — Alcalá de Guadaira {Alkal'ak)^ la ciudad de los arroyos, recuerda en los más sólidos muros de su castillo y de su cinto de torreones, así como también en sus graneros subterráneos y en sus aljibes, que fué la llave de Sevilla desde antes de la guerra civil entre yemenitas y modharitas, renovada con inaudito encarnizamiento por los partidarios de Ibrahím Benilhejáh y sus contrarios los secuaces de Koreib Ben Khaldún (durante el reinado de Al-mundhyr y de su hermano Abdallah). En aquella implacable guerra cayeron desplomadas las torres de la soberbia fortaleza, y yerma la ciudad, sucedió en su recinto el silencio á la bulliciosa zambra guerrera ; y Alcalá no volvió á levantar su murada frente hasta que la reedificaron los almohades.
Los árabes habían dividido el Andalus en tres grandes distritos, central, oriental y occidental. Comprendía el distrito central las provincias de Córdoba, Granada, Toledo, Málaga, Almería y Jaén; componían el oriental Zaragoza, Albarracín, Valencia, Murcia y Cartagena; entraban en el occidental Sevilla, Jerez, Gibraltar, Tarifa, Beja, Badajoz, Mérida, Lisboa y Silves. De consiguiente todas las ciudades más notables de las actuales provincias de Sevilla y Cádiz se hallaban comprendidas en la parte más oriental del gran distrito de occidente. Entre todas
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ellas descollaba Sevilla [YshbüiaJí); Cádiz y Algeciras {yeziratu-Kadis) contaban para los geógrafos árabes entre las islas que rodeaban á la península.
Era el principal ornamento de aquella gran ciudad la mezquita edificada sobre la basílica de S. Vicente, insigne por sus memorables concilios. Pero ¿quién sería capaz de describir hoy aquel edificio.? Nada queda de él más que el recuerdo del lugar que ocupó. Otras construcciones más amplias y majestuosas se le sobrepusieron cuando bajo los Almorávides y Almohades recobró Sevilla la categoría de reino independiente, y entonces, juntamente con las fábricas de la ciudad subieron á mayor importancia las naturales bellezas de su privilegiada situación y suelo. — En breve hablaremos de las magnificencias que la naturaleza y el arte acumularon en la hermosa Yshbiliah desde el undécimo hasta el decimotercio siglo; — por ahora nos contentaremos con recordar que la mezquita principal, edificada tal vez á semejanza de la de Córdoba, aunque con menos suntuosidad y de menores dimensiones, estuvo en el sitio en que hoy se levanta la Iglesia mayor, y que fué en el noveno siglo incendiada por los normandos: de consiguiente es hoy imposible discernir si los grandes arcos de herradura que en algún trozo que otro del claustro de la catedral se advierten hoy, son obra anterior ó posterior á aquel suceso. No parece probable que en tiempo de los Califas tuviese la mezquita de Sevilla la considerable extensión que se colige de la línea septentrional del actual patio de los naranjos. Siendo esta línea de trescientos treinta pies castellanos, le correspondería á la mezquita, tendida de norte á mediodía, una longitud casi doble, comprendida en ésta la anchura de su atrio ó pensil: dimensión exagerada para un templo que, comparado con la Aljama de Córdoba, era indisputablemente de segundo orden. Nadie sabe quién mandó construir la primitiva mezquita sevillana: pronto veremos si nos es posible dar razón cabal de la forma que tuvo bajo el reinado de los Almohades.
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Otro de los edificios notables en aquel tiempo, dado que no lo hubieran destruido los agarenos en el ímpetu de la primera invasión, sería el palacio en que había vivido San Hermenegildo, de cuya situación no se tiene la menor noticia. Por lo que hace á la morada de Abdalasis mientras fué lugarteniente ó gobernador de Andalus, sábese sólo que la estableció en una iglesia que había consagrado Santa Florentina, la hermana de S. Leandro y S. Isidoro, á la virgen sevillana Santa Rufina, situada junto á un prado, que tal vez sería denominado de las Vírgenes. Allí, según dice un verídico historiador árabe, se instaló cuando contrajo matrimonio con la noble princesa á quien nuestras historias llaman Egilona, designada por el escritor citado con el nombre de Omm Aásini: y añade que á la puerta misma de dicha iglesia de Santa Rufina edificó una mezquita, donde después fué su muerte (i).
En tiempo de los califas florecieron en Sevilla las escuelas mozárabes en competencia con los estudios de artes liberales y matemáticas que fundaron los sarracenos. «En aquellos tiempos, esto es, en los siglos ix y x, los que tenían bastante inteligencia para descubrir entre las tinieblas de su patria lo que podían alcanzar fuera de ella, volvían los ojos y los pasos á nuestra Península, porque la única nación culta entre todas las del continente era sin duda la española, por el conato con que se aplicaban á los estudios así los moros como los cristianos...
(i) El historiador árabe citado es Ben Alcutiyya, de quien el Sr. Gayangos, con su acostumbrada generosidad literaria, tradujo para nosotros el pasaje que contiene las noticias que acabamos de dar. Alcutiyya, pues, no sólo nos descubre la situación del palacio de Abdalasis, sino que nos revela además la existencia de la iglesia llamada Rubina, (ó de Santa Rufina), bastando esta mera advocación para indicarnos bien claramente que el prado al cual miraba dicha iglesia era el conocido con el nombre de Prado d^ las Vírgenes Justa y Rufina, fuera de las puertas del Osario y del Sol, hoy destruidas, hacia el convento de la Trinidad.
Es también interesante la relación que aquel escritor hace de la muerte de Abdalasis. « Una mañana al amanecer, dice, se dirigió á la mezquita, y entró en el mihrab. Leyó la primera asora del Corán, y en seguida la intitulada ala desgracia,» y al acabar, los conjurados que estaban ocultos cayeron sobre él y le asesinaron. Cortáronle en seguida la cabeza y se la enviaron á Suleymán.»
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Los primeros reyes de Córdoba fueron generalmente cultos y amantes de las letras; pero no comenzaron á protegerlas con verdadero ardor hasta que subió al trono Alhakem II después de la mitad del siglo x. Este príncipe fué, según todas las probabilidades, el que abrió, juntamente con otras de varias ciudades principales, la escuela pública de Sevilla, donde suponen algunos historiadores que aprendió las humanas disciplinas aquel célebre Pontífice (i) que, por aventajarse en conocimientos á los más grandes ingenios de Francia é Italia, fué tenido por brujo y nigromante. Continuó Almanzor el impulso dado por Alhakem, y á fines del décimo siglo había en todas las capitales universidades de estudios generales, colegios de facultades particulares y numerosas bibliotecas públicas, en que abundaban las obras de los autores cordobeses, sevillanos, murcianos, pranadinos, lusitanos v valencianos.
La gloria de la cultura árabe-hispana en los dos mencionados siglos pertenece' en gran parte á la España cristiana, que fué la verdadera maestra de sus conquistadores. Nuestra nación era en muchos ramos del saber culta y letrada cuando los árabes aún no lo eran. No dieron éstos prueba de amor á las ciencias y á las letras desde que pusieron el pié en nuestras provincias ; al contrario, en el siglo primero de su establecimiento se mostraron rudos é ignorantes, al paso que nuestra nación jamás perdió el concepto de su antigua sabiduría. Tinieblas densísimas de ignorancia cubrían todo el continente europeo cuando nuestras catedrales y monasterios mantenían viva la llama de la inteligencia, consagrándose, ya que no á producir obras nuevas, al menos á conservar las antiguas renovando los archivos y librerías quemados por los sarracenos; nuestros obispos y abades mantenían seminarios para clérigos y niños; nuestros eclesiásticos y doctores ejercitaban la pluma en tratados
(i) El monje francés Gerberto que llevó en el pontificado el nombre de Silvestre II. El Dr. Illescas en su Pontifical, y otros, suponen que estudió en Sevilla.
Útiles. — Sin salir del terreno de las presentes investigaciones, podemos citar entre los más aventajados escritores eclesiásticos del si^lo nono, á Pedro, sacerdote de Écija; á Juan, teólogo
SEVILLA. — San Román
sevillano, que sostuvo contiendas literarias sobre teología, metafísica y retórica con el célebre Paulo Alvaro; y al obispo Juan hispalense, varón de gran santidad y doctrina, venerado de los mismos mahometanos, que comentó en lengua arábiga las Sa-
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gradas Escrituras. En letras y artes quizá no produjo la Andalucía cristiana de los tiempos del Califato obras que pudieran considerarse dignas rivales de las de los árabes; pero es posible que la falta de memorias respecto de lo que en estos ramos alcanzó, no nazca tanto de la escasez de escritores y artistas, cuanto del descuido de los encargados de conservar las obras profanas en los archivos de las iglesias y monasterios, únicos puertos de salvación para los monumentos literarios de aquella edad, y de la indiferencia de los antiguos historiadores en consignar los nombres de los buenos arquitectos. En vista de lo que los nuevos descubrimientos arqueológicos nos permiten presentir, mas bien que asegurar, de la arquitectura practicada en España al consumarse la irrupción agarena, ¿habrá alguno capaz de afirmar que fuesen enteramente obra de musulmanes las grandes mezquitas erigidas por los califas, y que las manos de los artífices cristianos no tuviesen largo empleo en la traza y ejecución de sus elegantes columnatas y cúpulas bizantinas?
CAPÍTULO XX
Tracto del siglo XI al XIII.— Reinos independientes.— Almorávides
y Almohades.
^[RA verdaderamente lastimoso el espectáculo que ofrecía el Occidente en el año mil. Al ver cómo las más grandes instituciones se disolvían en el caos de la anarquía y cómo la Iglesia misma se iba haciendo mezquina y esclava ; al ver cómo la trataban los príncipes y barones, cualquiera hubiera temido por su existencia no teniendo bien presentes las promesas de inmortalidad de que se hallaba asistida. La ambición y los vicios triunfaban en la sociedad civil; la avaricia y las malas costumbres mancillaban la sociedad eclesiástica y religiosa. Todo al parecer era corrupción y desolación... Sin embargo, la fe subsistía, y ella iba á ser el áncora de salvación de los estados cristianos.
Ella fué en efecto la que en el penoso é interesante período del siglo XI al xiii reconstituyó las nacionalidades perdidas en las tinieblas de la centuria precedente: ella la que levantó y ar-
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mó en ambos extremos de Europa aquellas numerosas avanzadas de gentes esclavonas y españolas, que con su heroico denuedo sirvieron de valladar á la cristiandad, oponiendo á la barbarie asiática en oriente montañas de cadáveres, y á la barbarie africana en el mediodía el incontrastable y santo empeño de la reconquista.
En el siglo xi, en efecto, es cuando realmente empieza á tomar grandes proporciones esta noble empresa: esa centuria es la que trae al occidente la voz misteriosa de su regeneración, y la que hace sonar á los oídos de los sectarios de Mahoma la hora formidable en que principia la larga serie de sus derrotas.
El terrible Almanzor, aquel rayo del Islam ante cuyos victoriosos estandartes se humillaron tantas provincias cristianas, y cuya alianza y amistad solicitaron emperadores y reyes, había arrastrado á su tumba la grandeza y el decoro de los Umeyas. El afeminado é inútil Hixem permanecía bajo la tutela de Abdulmalek, el hijo del difunto hagib, dejando á éste en libertad absoluta para seguir las huellas de su invencible padre. Pero no hay poder humano que contraste los designios de la Providencia: la España cristiana, la protegida de Santiago, la hija del trueno, crecía impetuosa é incontrastable recobrando cada año nuevas ciudades y territorios, nuevas comarcas y provincias, y todos los esfuerzos del nuevo hagib fueron inútiles para contener la gangrena que rápidamente invadía al Califato. Supo el guerrero islamita conquistar el renombre de victorioso (al-mudhfer), pero no alcanzó á dominar los corazones indómitos y rebeldes de sus rivales, y la corrosiva caries de las discordias interiores halló bajo su gobierno alimento más que remedio. A Abdulmalek sucedió en 1009 su hermano Abderrahmán, á quien el pueblo dio en llamar Sanjúl ó el loco^ por razón de sus prodigalidades y mala vida. Exigió éste juramento de fidelidad de todos los ciudadanos de Córdoba, como si fuera su soberano legítimo, y después de publicada la muerte de Hixem, de quien se suponía sucesor y heredero, tomó el título de Wali ahdi-l-
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isláin Ó heredero presiinto del trono. Los Bení Ume\'as, exasperados con su tiránica conducta, tramaron contra él una conspiración, por cuyo medio fué preso y condenado á morir crucificado.
Cuando llegó la nueva á los gobernadores de las provincias, todos tremolaron el estandarte de la rebelión, alzándose cada cual con el territorio á cuyo regimiento había sido prepuesto. Zeyrí Ben Menad con sus secuaces se alzó en Granada y en los distritos adyacentes ; Ismael Ben Dhin-nún se levantó en Toledo, que gobernaba por mandato y delegación de Almanzor; siguieron inmediatamente el ejemplo Yusuf Ben Hud, el gobernador de Zaragoza, y todos los otros gobernadores, ó cadíes, ú hombres de calidad que tenían autoridad y tropas de que disponer, no titubeando ninguno en declararse en abierta insurrección contra el nuevo califa de Córdoba Mohammad ben Hixem ben Abdil-jabbar. Ben Al-aftas se proclamó independiente en Badajoz; Ben Samadeh en Almería; Mujahid, el esclavón, en Denia; Ben Tahir en Murcia; y por último el cadí Mohammed Ben Abbad hizo lo mismo en Sevilla.
Suponían algunos historiadores que el califa legítimo, el menguado Hixem, no había muerto, sino que el usurpador Sanjúl lo había tenido encerrado, haciendo con él lo propio el otro intruso Mohammed ben Hixem ben Abdil-jabbar que reinaba actualmente en Córdoba. Levantóse á vengar la desastrada muerte de Sanjúl otro individuo de la familia de los Umeyas, llamado Suleymán Ben Alhakem, por sobrenombre Alnmstain^ y durante la guerra que los dos rivales sostuvieron, apareció un día el califa Hixem, que había estado oculto en un paraje retirado del palacio de Córdoba. Por aquel mismo tiempo se presentó también en público con otro fingido Hixem el astuto usurpador de Sevilla, Ben Abbad. Diose éste tan buena maña, que el pueblo se dejó engañar por su superchería; toleró que Ben Abbad le gobernase en nombre de aquel supuesto rey y figurón mercenario, y cuando el ambicioso vio sólidamente establecida su autoridad, y su poder temido, hizo correr la voz de
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que Hixem había muerto y le había designado como su sucesor. «Así vino á extinguirse, exclama el autor árabe del libro de la *sujíde?icza acerca de la historia de los Califas (i), el glorioso » Califato de Andalus. La instable rueda de la fortuna marcaba > mudanzas de dolor y perdición; la corrupción y los vicios do- > minaban los corazones de ricos y pobres, de nobles y plebeyos, »de señores y vasallos. La abyección y la bajeza erguían la > frente en todos los puntos del imperio; el fuego de la discor- »dia se cebaba en las provincias mahometanas, y los cristianos, » aprovechando la oportunidad, acometían á los musulmanes en » todas partes, y éstos, debilitados y divididos, no pudiendo » oponer una eficaz resistencia, cedían el campo á los implaca- »bles enemigos del Corán, que avanzaban apresuradamente por >las tierras de Aragón y Castilla.»
Era en verdad la época en que los monarcas cristianos de España, conociendo por fin cuánto les interesaba acabar con el común enemigo, habían resuelto unir sus fuerzas, recobrando todas las plazas usurpadas y entregando al pillaje parte de los reinos de Toledo y Córdoba, D, Alfonso V de León, rompiendo por la Lusitania, había obligado á los mahometanos á repasar el Duero, y á no haber perecido en el sitio que puso á Viseo, los hubiera arrojado de la otra parte del Tajo. El conde de Castilla, don Sancho, había dejado al morir casada una de sus hijas, doña Muña Elvira, con el de Navarra don Sancho II ; doña Jimena, hermana de doña Muña, casó con el rey de León don Bermudo III, hijo de don Alfonso; el nuevo conde de Castilla, don García, se enlazó con la hermana de don Bermudo, doña Sancha. Así las dos coronas reales de Navarra y León, y la condal de Castilla, feudo de la última, pero ya de hecho independiente, se prestaban mutuo apoyo, y á pesar de la infame
(i) Abú Jafar ben Abdi-1-hakk Alkhazrají Al-kortobí. El Sr. Gayangos publica bajo el Apéndice C del tomo 2.° de la Historia de las dinast. muzlimicas en España, un largo extracto de este autor, que comprende desde la muerte de Alhakem Almustanser-billah hasta la llegada de los .almohades.
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traición de los Velas y de la desapoderada ambición de don Sancho de Navarra, vinieron á formar para la frente de don Fernando el Magno la nueva y prepotente corona que había de figurar en lo sucesivo la primera entre todas las de los reyes de España. Por aquella traición, en efecto, recayó en el rey de Navarra, como esposo de doña Muña Elvira, el condado de Castilla; por la ambición de dicho rey, se movieron entre el navarro y el leonés aquellas diferencias que luego, mediando virtuosos y pacíficos prelados, se transigieron casando el hijo de don Sancho II de Navarra, don Fernando, con la hermana viuda del rey de León, en la cual recaía esta corona falleciendo don Bermudo sin sucesión: de modo que juntándose en la persona de don Fernando los derechos de la madre y de la esposa, vino Castilla sin la menor violencia á erigirse en reino, quedando el Estado de León subordinado á ella como las circunstancias de la época y las necesidades actuales de la reconquista lo exigían. Iba de esta suerte avanzando de grado en grado sus baluartes la regenerada gente hispano-goda, y triunfando en la ofensiva contra las ya desunidas fuerzas de los sarracenos, hostilizados en las mismas ciudades que por espacio de tres siglos habían poseído.
Era el rey de Sevilla Ben Abbad el más grande de toda la Andalucía, y en España sólo el de Toledo emulaba su poder. El de Zaragoza, BenHud, acosado incesantemente por las armas de otro hijo de don Sancho de Navarra, el belicoso don Ramiro, á quien cupo el reino de Aragón en la división de la herencia paterna, pidió auxilio al sevillano, que inmediatamente se lo envió bajo el comando de un experimentado general. Con este socorro pudo el rey de Zaragoza derrotar á los cristianos; mas esto no estorbó para que los pendones de la cruz, conducidos por el mismo Ramiro y por su hermano don Fernando, avanzasen poco tiempo después por una parte hasta las vegas granadinas, y por otra hasta los confines de Badajoz, quitando á los bereberes y al rey Ben Al-aftas numerosas fortalezas, y anun-
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ciando así á los consternados agarenos la próxima venida del sexto Alfonso, de Alvar Fáñez y del Cid.
Debe suponerse que entre el sultán Abbadita y el rey don Fernando el Magno no existía grande enemistad; de otra suerte, no hubieran mediado entre ellos tratos como el que vamos á referir. — Deseaba el rey de León y Castilla llevarse á León algunos cuerpos de santos que yacían sepultados en Sevilla, y con este propósito envió á la corte de Almutámed Ben Abbad á los obispos don Alvito y don Ordoño, y al conde don Ñuño, con una buena escolta de gente armada dirigida por los dos esforzados capitanes don Gonzalo y don Fernando, á pedirle aquellas preciosas reliquias. El amir dijo á estos encargados que no sabía dónde yacían tales cuerpos y que los buscasen. Estando en su investigación, aparecióse á Alvito san Isidoro, que era uno de los santos cuyo cuerpo reclamaba el rey don Fernando, y le dijo donde estaba sepultado, y que le llevase á León, pero que dejasen en Sevilla el cuerpo de santa Justa (reclamado también por el monarca cristiano). Comunicada y divulgada la noticia, el rey islamita se afligió grandemente: acompañó á los enviados á Itálica, yendo todo el camino taciturno y turbado; hallaron el sepulcro, lo abrieron, y pusieron al descubierto el santo cuerpo, que estaba dentro de una caja de enebro, obrándose en el acto en los circunstantes insignes milagros. Al tiempo de colocarlo los cristianos en unas andas para llevárselo, el rey árabe le echó encima un riquísimo paño de seda, exclamando con entrañable afecto : / Oh venerable hermano^ vaste de aquí! Tú sabes lo que hay entibe tí y mí, y cuánto amor te tengo. ¡ Yo te mego que no me olvides nunca! Dícese que el santo, después de trasladado su cuerpo á León, se le apareció varias veces; sin embargo no hay noticia cierta de que x\lmutámed Ben Abbad se convirtiera á la fe cristiana (i).
(i) Tomamos esta narración de Morgado, que condensó lo más sustancial de las crónicas manuscritas que hablan de este suceso : su versión está por otra par-
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«En este tiempo, dice el escritor árabe arriba citado, eran >>mu3/ contados entre los muslimes los hombres de virtud y sólidos principios; la generalidad empezaba á beber vino y á en- »tregarse á todo género de disolución. Los conquistadores de »Andalus no pensaban más que en proporcionarse esclavos y » cantatrices, pasando el tiempo en la embriaguez y los placeres, «gastando en fruslerías los tesoros del Estado y oprimiendo á »los pueblos con tributos y exacciones para mandar costosos »presentes al tirano Alfonso y granjearse de este modo su amis- »tad. xA.sí continuaron las cosas entre los indóciles caudillos mu- »sulmanes, hasta que postrados conquistadores y conquistados, »y degenerando los reyes y capitanes de su prístino valor, los «guerreros se hicieron cobardes y viles, el pueblo vegetó en la «miseria y la abyección, la sociedad entera llegó á corromperse, »y el coloso del Islam, sin alma y sin vida, fué solamente un es- «pantoso cadáver. Los musulmanes que no se sometían á Al- «fonso, consentían en pagarle tributos anuales, constituyéndose »de este modo en colectores de las rentas del monarca cristiano »en sus propias haciendas. Al propio tiempo los negocios de los í muslimes estaban administrados por judíos, que se cebaban en » ellos como el león en un animal indefenso, y que obtenían los «cargos de Wisir, Hagib y Katib, reservados en otros tiempos »á los más ilustres personajes del Estado. Los cristianos ron- » daban codiciosos la hermosa tierra de Andalucía, y hacían en «ella botín y cautivos, incendiando los pueblos y asolando la «comarca.» — Era ya notable en verdad el contraste que hacían las costumbres islamitas en el undécimo siglo con las de los Estados de la España cristiana, donde se iban gradualmente proscribiendo los hábitos de molicie oriental heredados de los bizantinos; y sin embargo, los adeptos de la Cruz tenían aún que purgarse de muchos resabios de paganismo antes de merecer
te conforme con las actas de la traslación del santo cuerpo que se leen en el ms. gótico de la Biblioteca Nacional de. Madrid, que publicó el P. Flórez en los apéndices al tomo IX de su España, Sa<j^rada.
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del cielo la gracia de un rey santo que dilatase los confines de la España restaurada hasta las columnas de Hércules.
El rey Don Alfonso VI, el invicto conquistador de Toledo, aquel insigne monarca tan singular en sus hechos, en cuyos días abundó la justicia y tuvo fin la dura servidumbre, y cesaron las lágrimas y sucedió el consuelo, y la fe recibió aumento y la patria dilatación, y el pueblo cobró osadía y el enemigo quedó confuso y afrentado, y la espada de los cristianos prevaleció, y cesó el árabe y temió el africano ; aquel rey que fué favor de la patria, defensa sin temor, fortaleza sin perturbación, amparo de los pobres y esfuerzo de los mayores; que tuvo por arco y armas principales la confianza en el Señor, que fué por Dios engrandecido y fortalecido, y multiplicó las Iglesias, y restauró las cosas sagradas, reparó y restituyó lo perdido á honra y gloria del Omnipotente (i): aquel rey, pues, cediendo á la codicia y á otra pasión no menos indigna, había admitido en su tálamo real, en vida de su legítima esposa Doña Constanza, y á título de cuasiesposa (2), á la bella Zayda, hija del rey moro de Sevilla Ben Abbad Almutamed. Llevóle en dote todas las ciudades que el rey su padre había conquistado en tierra de Toledo, á saber, Cuenca, Huete, Ocaña, Vélez, Mora, Valera, Consuegra, Alareos 3' Caracuel, lo cual facilitó grandemente la expugnación de la antigua y fuerte capital visigoda. Esta alianza sin embargo no impidió que, andando el tiempo, estallase un ruidoso rompimiento entre Almutamed y su yerno el rey castellano ; pero antes de referir al lector el motivo de esta contienda, justo será que le iniciemos sumariamente en el conocimiento de los reyes de la esclarecida dinastía de los Beni Abbad, que gobernaron á Sevilla desde la caída del califato de Córdoba hasta la conquista de Andalucía por los Almorávides.
Esta dinastía, tan celebrada de los poetas é historiadores
(1) V. á Sandoval, Alabanzas del rey Don Alonso.— Escrituras de su tiempo.
(2) Quasi pro uxore, ut prcemissum est, dice el Tudense.
árabes, que la comparan con la de los Abbasidas de Bagdad por el esplendor y la magnificencia que desplegó en su corte de Sevilla, tuvo por fundamento á Mohammed Abul-kasim, cadí de la Aljama ó Juez Supremo de dicha ciudad. Este personaje descendía de Ittaf el Sirio, uno de los primeros conquistadores,
SEVILLA. - Vista de la Catedral
establecido en Andalucía en una ciudad del distrito de Tocina perteneciente á la jurisdicción de Sevilla. El cadí Mohammed Abul-kasim fué uno de los tres consejeros que para la gestión de los públicos negocios nombró la población de Sevilla cuando resolvió sacudir el yugo de los Idrisitas y declararse independiente, y después desplegó tanta astucia, que se erigió en supremo arbitro de los destinos del nuevo reino, triunfando de las rivalidades que le suscitaron el señor de Carmona y sus auxilia-
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res los bereberes. Al morir este dictador, le sucedió en el mando su hijo Abú Amrú Abbad, llamado por antonomasia FakJirii-ddaiilah ó gloria del Estado^ y, después de posesionado del trono, Almutadhed billah {^el qite iniploi^a el faiwr de Dios). Fué éste un príncipe poderoso y cruel : ganó á Córdoba expulsando á los Beni Jehwar, é hizo buenas conquistas en el Algarbe. El poeta Ibnu-1-lebbánah dice de él que su vida era para los enemigos del Islam lo que los grillos para el prisionero, y que su espada no cesó un punto de derramar sangre infiel y de enviar almas al infierno. Hizo tantas víctimas, añade, que delante de la puerta de su palacio tenía un valladar lleno de cráneos de enemigos muertos, que contemplaba siempre que entraba y salía con indecible deleite de su corazón. Este formidable verdugo era sin embargo un buen poeta, y fueron muy celebrados los versos que compuso cuando tomó á Ronda. Murió el año 461 de la Egira (A. D. 1069) y sucedióle su hijo Abul-kasim Mohammed, denominado Alinutamed ala-illad (¿'/ que confia en Dios), natural de Beja y de veintinueve años de edad. Era éste el padre de Zayda, la hermosa mora que fué primero concubina y luego esposa de Don Alfonso el VI. El sabio teólogo y cadí Abú Bekr Ben Khamís hizo de él singulares elogios, diciendo que sus alabanzas estaban en boca de todas las gentes, y retratándonosle tan erudito literato como exqelente poeta. Prosperó el reino bajo su gobierno, hasta que llegó el día en que plugo á la Providencia entregar aquella hermosa provincia á nuevos señores.
Volvamos ahora al rompimiento ocurrido entre este rey y su yerno don Alfonso. He aquí cómo cuenta una crónica árabe (i) la ocasión de esta enemistad.
El amir de Sevilla era tributario del monarca castellano. — En este tiempo, pues, habiendo el rey Alfonso enviado un embajador á Sevilla, juntamente con un judío llamado Aben Galib,
(1) La que tuvo presente Don José Antonio Conde al redactar este pasaje de su Historia de los Árabes.
privado y tesorero suyo, para encargarse de cierta cantidad de doblas que Almutámed le debía, sucedió que el embajador y el judío se aposentaron fuera de una de las puertas de la ciudad en sus propias tiendas, adonde acudió Abu Zeidún, tesorero de Almutámed, con el tributo, acompañado de otros visires. El judío del rey Don Alfonso no quiso recibir las doblas que le presentó el sarraceno, so pretexto de que no eran de buena ley, y dijo que sólo las admitiría á prueba de fuego y cendra. Hubo entre ellos réplicas y reconvenciones, y como el embajador propusiese que en vez de las doblas se le diesen unos bajeles que allí tenía el rey Almutámed, dado que el hebreo no quería sin quilatar aquella moneda recibirla, la propuesta exasperó el ánimo del rey, y dijo que de ninguna manera se pagase el tributo, que ya no podía él aguantar tanta soberbia de aquella gente vil. Aquella misma noche entraron unos esclavos en las tiendas del enviado de Don Alfonso y del judío, y matando á éste á puñaladas, maltrataron á los cristianos de la comitiva del embajador. Ignórase si esto fué licencia y desenfreno de los esclavos, ú obra aconsejada por los visires por complacer á Almutámed: lo cierto es que el amir no mostró sentimiento por aquella maldad cuando el embajador se quejó al siguiente día y se alejó de Sevilla jurando venganza de parte de su rey (i).
(i) Así Conde. Almakkari trae tres versiones distintas de este hecho. La primera difiere poco de la que acabamos de copiar: su autor, el historiador lbnu-1- lebbánah, supone que el judío enviado por Don Alfonso, al rehusar la moneda que le presentó el tesorero del Sultán, le amenazó con que al año venidero no se contentarían los cristianos con nada menos que la riqueza toda del reino de Sevilla; y añade que Almutámed mandó prender al judío y clavarlo en una estaca, sentencia que se llevó á cabo despreciando las sumas que el hebreo ofreció por su rescate. El autor de la segunda versión, que es el Alfaquíh Abú Abdillah Ben Abdillah Ben Abdi-1-muanem Al-himyarí, cuenta que el rey de Castilla tuvo la insolencia de pedir al rey Almutámed, además del tributo que le debía, cierto número de fortalezas, y permiso para que la reina su esposa, que se hallaba á la sazón en cinta, se estableciese en el palacio de Medina Azahra con objeto de poder visitar diariamente la mezquita mayor de Córdoba y tener su alumbramiento en este sagrado lugar. Habiendo Almutámed rechazado con indignación este torpe y afrentoso propósito, é insistiendo en él con gran descaro el emisario judío, no pudo el Sultán refrenar su ira, y cogiendo un tintero que tenía á la mano, se lo disparó con tal acierto y tanta fuerza, que se lo metió en el cráneo, cayendo en tierra el judío
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Esta violación del derecho de gentes exaltó el ánimo del castellano, que juró reunir un ejército de tantos soldados cuantos pelos tenía en la cabeza y capaz de extender sus conquistas hasta las mismas aguas del Estrecho. Esto sucedía mientras un hombre extraordinario, procedente de la tribu de Lamtah en los confines del gran Desierto de Sahara, llamado Yusuf Ben Texfín, dotado de cualidades eminentes para la guerra y el gobierno de un Estado, conquistador de las provincias del África occidental y fundador de las ciudades de Marruecos y Tremecén la nueva, sometía á su invencible hierro todas las tribus berberiscas, y precedido del eco de sus victorias y formidable saña, se aprestaba á fundir en un solo Imperio el Maghreb africano y el Andalus. Pintábale la fama como regenerador del Islam, y á sus soldados los almorávides como hombres fanáticos, impetuosos, enemigos de los placeres, y tan sobrios de militares arreos, que sólo llevaban una ligera coraza, una larga y bien afilada lanza, y un escudo cubierto de piel de hipopótamo, impenetrable á las espadas y á las flechas. Bien necesitaba el Islamismo un sacudimiento como el que se proponía este terrible caudillo para sacar á los muslimes de Siria, del i\frica y de España del marasmo en que los tenían sumidos los degenerados descendientes de los Umeyas y Abbasidas ; porque se acercaba una de las épocas más críticas para el mahometismo : los turcos Selchukidas habían domado la arrogancia y barrido las impurezas de Bagdad;
con los sesos de fuera. Por último el historiador Ibnu-1-athir en su Kámil ó historia. completa, refiere, que habiendo el rey Don Alfonso expugnado á Toledo, el poderoso Almutámed Ben Abbad le envió su acostumbrado tributo, que el cristiano no quiso recibir. Escribió éste al amir una carta altanera requiriéndole a que le abandonase todos los castillos y fortalezas, reteniendo los muslimes sólo la llanura y las ciudades abiertas, y amenazándole con que de lo contrario enviaría sobre Córdoba su ejército y la tomaría. El que llevaba este mensaje iba acompañado de quinientos jinetes: Almutámed le dio alojamiento conveniente, repartiendo aquella fuerza por las viviendas de los oficiales de su ejército, y dio á éstos órdenes secretas para que cada cual diese muerte al huésped que tuviera en su casa. Cumplióse puntualmente el mandato, envió por el embajador, y asiéndole fuertemente por el cuello, le sacudió y golpeó hasta que los ojos le saltaron fuera. Escaparon de su venganza sólo tres hombres, que huyeron consternados á contar al rey Alfonso lo ocurrido.
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pero ellos á su vez padecían también el cáncer de las excisiones, y la Europa se aprestaba á descender al Asia con sus barones y caballeros cubiertos de hierro, con las cruces en los escudos, y los veintiocho omraJis ó amires que se repartían la conquista de los turcos iban á agruparse inútilmente en torno del estandarte del califa para desparramarse después, como aristas que dispersa el viento, ante el glorioso estandarte de los cruzados. Tenía Dios reservada la herencia de los abbasidas para los bárbaros mongoles ; el califato de Oriente ya no existía, y de todos los sucesores del Profeta no quedaba en Asia mas que el insignificante Imam de Bagdad. El África no reconocía su autoridad y prefería obedecer á los descendientes de Fátima, la hija predilecta de Mahoma. En la España árabe era igual la ruina de las familias predestinadas: Toledo acababa de sucumbir al esfuerzo de Castilla; Zaragoza estaba estrechamente combatida; los amires de Andalucía alzaban clamores de espanto y volvían los ojos al x\frica demandando auxilio.
El amir de Sevilla, Almutámed Ben Abbad, temeroso de las amenazas de don Alfonso, é interpretando los secretos pensamientos del general beréber y de los otros régulos de la España árabe, como el más poderoso y respetado de todos, congregó á éstos, y les propuso le diesen su opinión sobre lo que debería hacerse en situación tan crítica. El resultado de la deliberación fué escribir á Yusuf Ben Texfín ofreciéndole reconocerse sus tributarios si les consentía permanecer en sus respectivos dominios y se abstenía él de invadir la península. Merece notarse la pintura que en esta carta le hacían del estado de las pequeñas monarquías en que se había dividido el Califato andaluz. «Nosotros los árabes de Andalucía, decían los régulos á » Yusuf Ben Texfín, no conservamos en España distintas nuestras »cabilas ilustres, sino mezcladas unas con otras, y esparcidas en » diversas partes de ella, mezcladas nuestras generaciones y
> familias, de manera que poca ó ninguna comunicación tenemos
> tiempo há con nuestras cabilas ó familias que moran en África;
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>así que esta falta de unión ha dividido también nuestros inte- »reses, y de la desunión procedió la discordia y apartamiento, »y la fuerza del Estado se debilitó, y prevalecen contra nosotros » nuestros naturales enemigos, y estamos en tal estado, que no » tenemos quien nos ayude y valga, sino quien nos insulte y > destruya: siendo cada día más insufrible el encono y rabia del »rey Alfonso, que, como perro rabioso, con sus gentes nos entra »las tierras, conquista las fortalezas, cautiva á los muzlimes y »nos trata de pisar debajo de sus pies sin que ningún Amir de «España se haya levantado á defender á los oprimidos, mirando »con descuido la ruina de sus parientes, amigos y vecinos, sin «siquiera ejercitarse á ello por defensa de nuestra ley; y en «verdad que lo pudieran haber hecho si hubieran querido, como «debían, sino que ya no son los que solían, que el regalo, el «suave ambiente de los aires de Andalucía, las recreaciones, los «delicados baños de sus aguas olorosas, y frescas fuentes y con- «ficionados manjares, los han debilitado, y ha sido causa de que «teman entrar en guerra y padecer fatigas, sin moverlos á «ello causas tan justas; así es, que ya no osamos alzar cabeza, etc. (i).» Si realmente se envió á Yusuf esta carta, fuerza es reconocer que su contexto era más á propósito para estimular su ambición que para inspirarle otros sentimientos. Dícese que el conquistador africano, ignorante de la lengua árabe, tuvo que valerse de un intérprete para leer la misiva de los nuevos vándalos, y que por el pronto mandó se les contestase protestando miras pacíficas y hasta fraternales : que los amires de Andalucía se regocijaron al recibir su respuesta y casi se lisonjearon de poder tener á raya en lo sucesivo al terrible monarca castellano contando con la poderosa amistad de Yusuf Ben Texfín ; pero que viendo al fin que ni de este modo intimidaban á los cristianos, sino que por el contrario recrecían las hostilidades y depredaciones de éstos, se decidieron á enviar á África
;i) Conde: Historia de los Avahes, etc. Tomo II, cap. XIV"
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una segunda embajada llamando en su socorro á los almorávides. Llamados ó no, invadieron éstos la España el año 1086, y fué inmenso el terror de la nación entera, cristiana y musulma-
SE\"ILLA
Catedral. — puerta lateral
na, al ver holladas sus llanuras por aquellos salvajes bereberes, negros y beduinos del Atlas, medio desnudos, que con su extraño aspecto, sus clámides de antílope, sus largas picas y descomunales espadas difundían por todas partes el espanto. De
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todos modos, más estimaba el sultán de Sevilla verse de pastor del rey de Marruecos guardando sus camellos, que ser tributario de los perros cristianos y guardar sus puercos (i).
La expedición se hizo con el mayor orden, habiendo dispuesto Yusuf en Ceuta todo lo necesario para el pasaje. Habíansele allí incorporado los ejércitos y tribus convocados para el aljihed ó guerra santa y procedentes de las cabilas y familias de Sahara, de las tierras meridionales del África, del país de Zab, de Magreb y del Awsat. Había hecho preparar naves, revistado sus tropas y reconocido las tiendas, armadas en las dilatadas llanuras que se extienden entre Tetuán y Tánger. Había por último ordenado el transporte sucesivo de cada cuerpo de ejército, y fueron tantos los hombres armados que en unos cuantos días puso en la ribera occidental de la bahía de Gibraltar, que sólo el Criador podía contarlos. Cuando hubo pasado tpdo su ejército y éste trasladó sus infinitas tiendas á la campiña que riegan el Guadalmecí y el río de la Miel, cuyas aguas bastaban apenas para tan gran número de combatientes y para abrevar sus caballos y camellos, se embarcó Yusuf para cruzar el Estrecho, con su hijo Ibrahím á la cabeza de un cuerpo de generales y capitanes de los más distinguidos entre los morabitas, levantando las manos al cielo é implorando el favor del Todopoderoso para la empresa que iba á acometer. Fué hasta la misma costa á recibirle el sultán Almutámed, y después de haber el africano fortificado á su placer á Algeciras, dejando en ella una guarnición de confianza, toda de gente de su tribu, fueron ambos la vuelta de Sevilla procediendo en todo de concierto y recibiendo Yusuf en las poblaciones del tránsito los agasajos que de antemano le estaban prevenidos por los andaluces. El ejército africano halló asimismo en su marcha comodidades y tiendas bien abastecidas, mas por efecto de la solicitud del sultán y de los gobernadores, y del temor de los habitantes, como es fácil supo-
(i) Proverbio con que los árabes del Califato andaluz justificaban el triunfo de los almorávides.
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ner, que por la simpatía que pudieran despertar en ellos los mal agestados bárbaros.
En cuanto don Alfonso tuvo noticia de la venida de los africanos y de los aprestos militares que se hacían en Andalucía, convocó para la guerra todas sus huestes, con las de los ricoshombres y las mesnadas de los concejos, y partió al encuentro de Yusuf llevando por su general á Alvar Fáñez, no sin mandar al propio tiempo al famoso Rodrigo de Vivar, llamado el Cid, que acudiese por la parte de Toledo para echar á los infieles que se le entraban por aquella tierra. «El rey don Alonso, dice Sandoval, llegó á toparse con los moros africanos y españoles que con ellos venían, que eran innumerables: rompió con ellos, y la batalla fué sangrienta, porque eran muy desiguales, y los cristianos muchos menos en número. Fueron desbaratados, pero el rey don Alfonso con un escuadrón de su gente estuvo firme, y rompió hasta las tiendas del rey de Marruecos, pero no pudo entrar el lugar donde estaba fortificado, ni sacarle del, antes se vio allí muy apurado, y que iba faltando el día. Estando en esto, llegó aviso que los enemigos le saqueaban ya como victoriosos el Real y las tiendas. Voló á defenderlo, picándole siempre los moros, que se trataban como vencedores; hizo el rey cuanto pudo por sostenerse y defender sus alojamientos, cerróse la noche, que valió para no ser el rey don Alfonso de todo punto vencido; recogió su gente como pudo para fortificarse y salvarse, ó esperar cuando más no pudiese otro día al enemigo; fué su buena ventura que el de Marruecos no pudo ejecutar la victoria. Dicen que porque tuvo aviso que en África se levantaban contra él, y le convino volver luego á asegurar su reino, y no perder lo cierto por lo dudoso.» Esta rota del rey don Alfonso VI fué el 30 de octubre de 1086: perdió el monarca castellano mucha gente, y salió mal herido de la batalla (i). Ocurrió ésta en Zalaca, cerca de Badajoz.
fi) La compilación de historias árabes de Almakkari, que con tanta frecuencia citarnos, trae pormenores curiosos sobre esta batalla de Zalaca. Hace mención de
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Algunos historiadores árabes dan distinta explicación á la retirada de Yusuf Ben Texfín. Después de permanecer cuatro días en el campo de batalla recogiendo los despojos, y de haber demostrado su gran generosidad cediéndolos todos al ejército andaluz, Almutámed le invitó á pasar á Sevilla, donde entraron juntos los dos príncipes acompañados de una numerosa y brillante escolta. Alojó el árabe al africano en su propio palacio, edificio magnífico que, lo mismo que el de su padre Almutádhed, llenó de sorpresa á Yusuf y á su comitiva por las delicias de todo género de que allí se hallaban rodeados; y agregándose á los regalos de una existencia cual hasta entonces nunca la habían conocido, la hermosura, fertilidad y riqueza del país, y los primores que á cada paso en la ciudad descubrían, es fama que entre los generales de Yusuf nació el pensamiento de destronar á Almutámed; pero el sagaz amir de Marruecos juzgó más prudente aplazar esta empresa para cuando el trono sevillano estuviese aún más minado por la carcoma de los placeres y la disipación. Volvióse al África después de haber tomado secretos informes acerca de la conducta del sultán, prenda la más segura del futuro desamor de su pueblo, confiado en que muy en breve tendría ocasión de volver á buscarle, no como aliado, sino como émulo y mortal enemigo.
Así sucedió en efecto. Privadas las armas agarenas en España del socorro de los Almorávides, la monarquía cristiana alcanzó grandes creces : la Iglesia de Toledo estaba sabiamente gobernada por sus ilustres arzobispos; los ejércitos de don Alfonso conquistaban todos los años plazas y castillos importantes en Valencia, Murcia y Portugal; Castilla se repoblaba, las ciu-
los obispos, clérigos y religiosos que iban en la hueste del castellano, y de cómo exhortaban á los soldados levantando en alto las cruces y presentándoles abiertos los Evangelios. También los teólogos muzlimes, y los demás varones distinguidos por la santidad de su vida que iban en los dos ejércitos mahometanos coligados, hacían lo mismo por su parte ; llenando las funciones de los katibes ó predicadores, erigieron en el campo multitud de pulpitos, y desde allí amonestaban á los soldados á pelear con valor y resolución.
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dades de Segovia, Avila y Salamanca renacían de sus ruinas; fortalecían el brazo del castellano nuevas y dichosas alianzas con la preclara sangre de Borgoña ; los religiosos de Cluni reformaban la disciplina de nuestros monasterios un tanto relajada de resultas de las pasadas turbulencias; el Cid se hacía dueño de la hermosa ciudad del Turia, y amanecían por último para la cristiandad los días gloriosos de las Cruzadas por obra del santo y virtuoso Urbano II. En todas partes se anunciaba para el mahometismo un supremo conflicto.
Corría el año 1095: don Alfonso tenía puesto sitio á Zaragoza, asistido de cuatro obispos y otros tantos abades y los principales magnates del reino : algunos de nuestros historiadores suponen que para esta guerra había el re}- traído de África los moros Almorávides (i); pero los escritores árabes refieren que Yusuf había ya vuelto á España en dos ocasiones anteriores á esta, una en 1088 para socorrer al rey de Murcia estrechado en Aledo, y otra en 1090 para expugnar á Toledo, tentativa que se le frustró por haberse negado á cooperar á sus designios los mahometanos andaluces. Añaden que el amir africano, ofendido de la punible indiferencia de los reyes de Andalucía, mandó á su general Seyr Ibnu Abí que fuese declarándoles la guerra á todos y reduciendo unas tras otras sus ciudades y fortalezas, pero comenzando por los estados más inmediatos á los dominios del castellano: lo cual fué ejecutado puntualmente. Avanzando Seyr contra Ben Hud, rey de Zaragoza, tomó á Roda por estratagema; luego destronó á los reyes de Murcia y Almería; puso en cadenas á Abdullah, rey de Granada, el fundador de la dinastía de los Zeiritas, y al Gobernador de Málaga; dio muerte al rey de Badajoz, Ben Al-aftas, ahogando en su sangre su descendencia; y por último sitió á Almutámed en Sevilla. Acudió éste á la defensa de su reino enviando sus hijos mayores á atajar el paso al invasor : uno de ellos pereció bizarramente en
(i) V. á Sandoval: Reinado de don Alonso el VI. Era i M^.
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Carmona, y otro cerca de la capital en un reñido encuentro: el padre hizo en aquel trance crítico prodigios de valor en el cerco que sufrió la capital ; pero todo fué inútil ; el general beréber arrolló toda resistencia, y Sevilla cayó en poder de los Almorávides, los cuales mandaron á Almutámed y su familia á África cargados de cadenas. Murió este rey en Aghmat aquel mismo año 1095, después de haber ocupado por espacio de veintisiete el trono de Sevilla.
Hallábase á este tiempo don Alfonso pobre de gente y de dinero con las pasadas guerras, y falto de salud en la ciudad de Toledo. Los Almorávides, criados en las armas y soberbios, muerto Ben Abbad, se levantaron contra su yerno el rey cristiano, y aun se asegura que Seyr Ibnu Abí se declaró en Andalucía independiente del Miramamolín de Marruecos. Los moros españoles, cediendo á su preponderancia, se alzaron también contra el Castellano, y los mahometanos de ambas razas, llevándolo todo á sangre y fuego, preparaban para la cristiandad en España nuevos días de luto y desolación. Los mozárabes, que hasta entonces habían disfrutado de largas épocas de paz entre los agarenos, fueron casi todos pasados á cuchillo. Asaltáronse los templos, y esta vez no hubo iglesia ni monasterio que quedara incólume en Andalucía, ni en la tierra de Extremadura, Murcia y Valencia. Don Alfonso, impedido por su enfermedad, no pudo salir á campaña: envió en su lugar al infante don Sancho, su hijo único, niño de unos once años, acompañado de los condes y de toda la nobleza de Castilla, y encontrándose en Uclés ambos ejércitos, trabóse sangrienta batalla, en que los castellanos se desconcertaron. Metióse el infante á pesar de su tierna edad más de lo que debía en la refriega: matáronle el caballo, cayó en tierra, y á pesar de la heroica fidelidad del conde de Cabra que trató de salvarle la vida escudándole con su cuerpo, fué allí miserablemente hecho pedazos con siete de sus condes. Traspasado de dolor el rey de Castilla al saber la muerte de su hijo, trató de vengarla: viendo que en sus caballeros no
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había las fuerzas y ánimo que eran menester, consultó con médicos sabios la causa: dijéronle que sus nobles usaban mucho de los baños y se daban demasiado á los placeres, regalos y vicios, en vez de ejercitar con asiduidad las armas; y entonces el rey mandó derribar todos los baños y reformar los trajes y regalos excesivos. Por lo visto duraban todavía reliquias de la molicie oriental funesta á los visigodos. Para satisfacerse de la afrenta recibida en Uclés y recobrar los lugares que en aquella mala jornada había perdido, hizo el mayor aparato y leva de gente que pudo. Sacó de las fronteras los más lucidos y honrados caballeros: enviáronle los concejos á porfía la mejor y más brava parte de sus mesnadas: los ricos-hombres y señores acudieron con sus huestes, y juntó entre todos don Alfonso hasta siete mil lanzas y cuarenta mil infantes. Con este poderoso ejército se puso sobre Córdoba, y la sitió; la ciudad, temerosa, se dio á partido, entregándole los cristianos cautivos, y puso á su disposición los bienes de los Almorávides, que eran muchas joyas y caballos.
Yusuf Ben Texfín había muerto, y reinaba en Marruecos su hijo Abulhasán Alí. Había mandado á éste su padre, al fallecer, que no hiciese la guerra á las tribus del Atlas, que celebrase alianza con el rey de Zaragoza para poder hostilizar provechosamente á los cristianos, y finalmente que estableciese su corte en Sevilla. Noticioso el nuevo Miramamolín del insulto hecho al Islam por el castellano en Córdoba, pasó á España: don Alfonso recibió aviso oportuno y fué en su busca. Habían pasado para los Almorávides aquellos afortunados días de Zalaca y de Uclés en que la espantable presencia de sus soldados medio desnudos y el sordo trueno de sus tambores bastaban á producir la consternación en los corazones cristianos: fortalecidos éstos en la dura escuela del incansable don Alfonso, desafiaban ya con halagüeño semblante la furia de la morisma. Así el campo cristiano avanzó tanto ahora, que estragando toda la tierra entre Córdoba y Sevilla, se metió como desbordado torrente en la capital de
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Alí Abulhasán, el cual salió de ella huyendo y volvió á embarcarse para África.
Los últimos años del rey don Alfonso fueron una serie de victorias : los árabes y moros de Andalucía por una parte, viéndose sin caudillo, se le rindieron haciéndose sus tributarios; Cuenca y Ocaña fueron entradas después de una obstinada resistencia, si bien comprando los cristianos la victoria con la muerte de muchos nobles caballeros; puso don Alfonso en el trono de Sevilla á un nieto de Ben Abbad su suegro, y coligados ambos, armaron galeras y naves que hicieron grandes estragos en las costas africanas, corriéndolas todas hasta Túnez y apresando en esta campaña de mar muchos bajeles al enemigo. Por otra parte en África « permitió el Todopoderoso, dicen las historias árabes, que Mohammed Ben Tuimarta, por otro nombre Al-mahdí, fundador de la dinastía de los Al-muwahedán ó Almohades, se levantase contra la dinastía de los Lamtunitas ó Almorávides, arrebatándoles extensas provincias ; con lo cual quedó el poder de Abulhasán tan debilitado, que tuvo que pedir paces al cristiano.
Murió en esto don Alfonso de Castilla (A. D. 1109); pero contra los sectarios de Mahoma se había alzado ya formidable en el reino de Aragón otro Alfonso, hijo del rey don Ramiro, cuyas brillantes campañas en los dominios muzlemitas no referiremos por ser ajenas al cuadro de nuestro actual estudio. Alí Abulhasán, ocupado principalmente en la guerra de África contra los Almohades, no volvió á España : dejó de gobernador en Sevilla á su hermano Abú Táhir Temín, y á la muerte de éste, ocurrida en 1 126, recayó la corona de Marruecos y de Sevilla en su hijo Taxefín. Alí no murió hasta el año 1 143 ; reinó treinta y seis años y siete meses. El mismo año que falleció en Sevilla Abú Táhir, dio fin á sus días en Castilla doña Urraca, la hija de don Alfonso VI, y acabaron con ella sangrientas calamidades que habían mancillado los lauros de la monarquía castellana. Con el advenimiento al trono de Taxefín coincidió, pues, en
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CATEDRAL. — Puerta del Perdón
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Castilla la proclamación de don Alfonso VII, de sangre borgoñona por parte de su padre el conde don Ramón. Pero Taxefín no llegó siquiera á ver sus Estados de Andalucía, porgue huyendo de Wahrán donde le tenían estrechamente sitiado los Almohades, tuvo oscura muerte en un precipicio, al cual le arrastró galopando de noche su predilecta yegua Rihánah (i). No alcanzó mejor suerte su hijo Abu Isac Ibrahím, á quien degolló Abdulmumen en Marruecos después de conquistar á Tremecén. Fez y Salé (A. D. 1 147).
El pueblo andaluz, viendo que el imperio de los Almorávides caía hecho pedazos, arrojó la máscara del disimulo y rompió en abierta rebelión contra sus regidores de África. Reprodujéronse las divisiones que habían acompañado á la caída de la dinastía Umeya: cada gobernador, cada general arrojado se llevó un trozo del poder lamtunita en Andalus, y llegó el caso de haber tantos sultanes cuantas ciudades y castillos. Este período de confusión y anarquía lleva entre los árabes el nombre de segunda guerra civil. Proclamáronse independientes, en Córdoba Ben Hamdín; en Cádiz y los distritos circunvecinos, Ben Maymún, repartiéndose con él Ben Kasí y Ben Wazir el dominio de toda esta tierra, antes patrimonio de los Beni Alaftas. Alzóse en Granada un jefe arriscado y temido, llamado Maymún Al-lamtuní; y se enseñoreó de Valencia y de una gran parte del Levante, Ben Mardaniah Aljodhamí. Pero todos, menos este último, se disiparon ante los victoriosos estandartes de Abdulmumen que sometió á su yugo la España musulmana. Sevilla y Málaga estaban en poder de los Almohades desde el año 11 46: tres años después les entregó Ben Ghaniyyah la soberbia Córdoba, la famosa ciudadela del Islam.
Abdulmumen no llegó á entrar en Sevilla: la única vez que vino á Andalucía, se contentó con permanecer dos meses en Gibraltar (Jebal Tarik), edificando allí un fuerte castillo para
(i) V. á Almakkari, lib. VIII. cap. II.
el cual dio él mismo la traza. Murió cubierto de laureles, ganados por sus lugartenientes en Almería, Granada, Badajoz, Beja, Ebora y Alcázar do Sal, el año de la egira 558 (A. D. 1163), cuando se disponía á hacer una entrada formidable en España, para la cual había reunido trescientos mil hombres de las tribus árabes y zenetes de la secta de Mahdí, y ciento ochenta mil voluntarios de Marruecos, ganosos de morir en guerra santa por la causa del Profeta. — Todo anunciaba que quería Dios fiar la suerte futura de la cristiandad en España á un conflicto supremo. Mientras más se robustecía el poder de los Almohades, más crecía también la pujanza de las monarquías castellana y aragonesa. Yusuf, el hijo de Abdulmumen, recibía en Sevilla la sumisión de los hijos del temido rey de Valencia y Murcia, Ben Mardanish: todo lo mejor de la península era ya suyo, y su ánimo varonil le impelía á la conquista de Toledo amagando ya á Calatrava : y la España cristiana, bajo sus reyes don Sancho el Deseado y don Alfonso VIII, se armaba de nuevas defensas revistiendo la loriga los heroicos monjes cistercienses y los canónigos de San Eloy, fundadores de las inmortales órdenes miÜtares de Calatrava, Alcántara y Santiago. Cristianos y Almohades, cada cual por su parte, eran gobernados por grandes reyes: al valiente y piadoso Yusuf, contraponía Castilla su don Sancho III; al hijo de aquél, Yakub Almansur (el victorioso en la gracia de Dios), triunfante en Alarcos (1195), y á Annasir Lidin-illah, opuso Dios el prudente y bizarro don Alfonso VIII, triunfante en las Navas de Tolosa (año 121 2).
Esta memorable batalla, designada por los historiadores árabes con el nombre de rota de Al-akab, hundió en España el imperio de los Almohades. Fué tan grande la pérdida de éstos, que los distritos y ciudades del África occidental quedaron casi despoblados. « Seiscientos mil combatientes, dice Almakkari, puso Anna- »sir en el campo de batalla; todos perecieron, á excepción de »unos cuantos que quizá no llegaron ámil. Esta batalla fué una » maldición, no sólo para Andalus sino para todo el Magreb.»