Sevilla y Cádiz · Capítulo real 14 de 18
CAPITULO XXVII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 23 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XXVII
Construcciones de vario carácter del mismo periodo. — El Alcázar
ERÍA prolija tarea la de enumerar todos los establecimientos piadosos, institutos benéficos, colegios y demás fundaciones útiles que existían en Sevilla j,,, en el período que vamos recorriendo. Sábese que '^ anejo á cada parroquia había un hospital, y que solo en la parroquia de Omnium Sanctorum se contaban ocho de estos piadosos asilos. Mencionaremos los principales. — Hospital del Rey. Fué fundado por san Fernando, ó por el rey Sabio, para los militares. — Hospital de san Bernardo. Gozaba fama de ser de muy remota antigi-iedad y se hallaba contiguo á la parroquia de San Martín, pasada la plazuela de san Juan de la Palma. — Hospital del Amor de Dios. Lo fundó don Alonso el Sabio en 1284 para los enfermos de calenturas, cerca de la Alameda, en la parroquia de san Andrés (i). — Hospital de san
(i) Á este y al del Espíritu Sanio se incorporaron en i 587 todos los pequeños hospitales que había en la ciudad.
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Lázaro. Era el hospital general más antiguo de Sevilla : su fundador el rey don Alonso X confió su cuidado á los monjes de san Lázaro, de quienes tomó el nombre, destinándolo en los estatutos que para esto les dio, á los ciegos, heridos y enfermos. Este mismo rey, por una carta fechada en Sevilla en 1322, lo recomendó muy particularmente á su hijo don Sancho. Fué costumbre por mucho tiempo que los religiosos de san Lázaro saliesen diariamente de cuatro en cuatro á pedir limosna para su establecimiento, montados en sendas muías, y duró también largos años el privilegio del rey fundador de que pudiese el hospital emplear hasta 100 hombres en hacer cuestaciones para el mismo por todo el distrito, gozando de ciertas franquicias y libertades. — Hospital Ermita de santa Bárbara. El repartimiento de Sevilla lo llama Hospitalillo de Rocamador . En una de sus paredes estaba pintada en tiempo de don Alonso X la bellísima imagen de esta advocación que hoy se venera en la parroquia de san Lorenzo. — Hospital y Ermita de san Roque, llamado después de la Estrella. Supónese que databa también desde la época del citado rey Sabio. Hallábase en la propia parroquia del anterior. — Hospital de san Cosme y san Damián. Fué establecido á mediados del siglo xiv para curación de los atacados de la terrible plaga de tumores ó bubones, que tanto afligió á España en aquella centuria. Créese que su primer establecimiento fué en la parroquia de san Salvador. En el año 1500 quedó incorporado al hospital de las Siete Llagas. — Hospital de santa Marta. Estuvo inmediato á los Venerables, y lo fundó en 1395 Fernando Martínez de Ecija, uno de los principales instigadores del pueblo sevillano contra los judíos. El venerable Contreras vivió y enseñó teología en esta santa casa. — Hospital de san A^itonio abad. Se fundó en la parroquia de san Miguel, frente al paraje donde vino á establecerse en el siglo XIV el Colegio de los Ingleses, dando para ello permiso don Enrique de Trastamara en 13 66, mientras ocupaba temporalmente á Sevilla contra el partido de su hermano el rey don
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Pedro. — Hospital de Demerites, en la parroquia de san Marcos. Debía ser anterior al año 1436. supuesto que en esta fecha fue incorporado al de san Cosme y san Damián, al cual concedieron los reyes católicos don Fernando y doña Isabel muchos privilegios. En 1670 don Carlos Ramírez de Arellano, gobernador de Sevilla, reedificó la antigua casa de los lunáticos, abriendo al efecto en la ciudad una suscrición. — Hospital de nifios de la Doctrina^ ó de nifios expósitos. Lo fundaron los condes de Bailen en 1450 en la propia parroquia de san Marcos. Manteníase }• educábase en él á los niños hasta la edad de siete años, y se los disponía para el comercio ó la industria. — Hospital de san Hermenegildo, ó del Cai'denal, fundación del cardenal arzobispo don Juan de Cervantes en 1453, año de su muerte. Dio á este establecimiento una casa principal, herencia de sus antepasados, en la parroquia de Santiago (i), aplicándole ciertas rentas y nombrando sus patronos perpetuos á un prebendado de la Santa Iglesia y á los priores de san Jerónimo y de la Cartuja de las Cuevas. — Hospital de la- Misericordia, que estuvo en la parroquia de san Andrés, frente al solar que ocupó en el siglo xvii el del Santo Cristo de los Dolores. Lo fundó en 147Ó Antonio Ruíz. inspirándole san Isidoro, según es fama, que instituyese una hermandad para casar doncellas pobres y huérfanas. — Hospital de las ánimas, que existía á fines del siglo xv en la parro quia de Omnium Sanctorum, cerca de la Feria, y que fué suprimido en el siglo xvi. Solo se conservó de él una capillita cuya campana sonaba á la hora de las ánimas.
Si la piedad de los antiguos sevillanos atendía al alivio de los males corporales, no por esto desatendía la pública instrucción. La primera casa de pública enseñanza que conoció Sevilla en la Edad-media, fué el Coleno de san Isidoro, erigido en el convento del mismo nombre, en Santiponce, bajo el protectora-
(() Creemos que se equivocó Züñiga al situarlo en la parroquia de San Ildefonso.
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do del arzobispo. Dedicóse á san Isidoro por haber sido este insigne prelado y doctor el primero que fundó colegios en la España gótica. Dirigían en él los estudios cinco eclesiásticos, y mantenía diez y seis colegiales y seis seises, los cuales cantaban en las sagradas ceremonias de la festividad del Corpus. A la muerte del arzobispo don Alonso Manrique, en 1538, el colegio de san Isidoro fué trasladado por el cabildo de la Santa Iglesia cerca del edificio de la catedral, á un pequeño santuario subterráneo adonde concurrían los cristianos durante la ocupación de Sevilla por los sarracenos, y en cuyo muro estaba pintada una imagen de san Miguel, la cual desde entonces dio nuevo nombre al antiguo colegio. — Colegio de Maese Rodrigo, antigua Universidad. El pensamiento dé fundar colegio para los estudios de teología, leyes, filosofía, medicina y artes liberales, que puede llamarse la primera Universidad de Sevilla, fué del obispo electo de Zaragoza y canónigo de esta catedral don Rodrigo de Santaella, que comenzó en el año 1472 la fábrica del edificio destinado al efecto. Murió este esclarecido varón el año 1509 sin haber logrado ver planteada una institución tan útil, y dejando al canónigo don Alonso de Campos la realización de su idea. Inauguráronse las cátedras en 15 16, y el colegio se abrió por fin con el título de Mayor de Santa María de Jesús. El canónigo Santaella fué enterrado en la capilla, que dejó concluida, y se le puso un epitafio que termina con estas piadosas palabras: Discite mortales císlestia qucerere, nostra iii ciñeres laudem gloria prima redit (i). Esta Universidad fué en rigor creada por los esfuerzos reunidos del mencionado don Rodrigo de Santaella y del cabildo secular de la ciudad, pues consta que este había ya impetrado de los reyes don Fernando y doña Isabel en 1502
(1) V. la lámina que representa el interior de esta capilla. Es notable esta construcción por la elegante sencillez de sus líneas, y muy digno de estudio el bellísimo retablo de su altar, cuyo autor se ignora, y cuya buena conservación hace mucho honor á este establecimiento.
El rey don Felipe IV en i 62 ■; concedió á los escolares de este Colegio el privilegio de nobleza.
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una cédula autorizándole para fundar Estudios generales. Su casa, en frente de donde estuvo la puerta de Jerez, es de todos conocida. Duraron aquí los estudios generales hasta el año i 769, en que Carlos III los trasladó á la gran casa de los Jesuítas, expulsados dos años antes.
Fundaciones de pública utilidad fueron también las Atarazanas ó Azacanes, y por otro nombre Arsenales, que construyó el rey Sabio en el Arenal, á las cuales dio principio el año 1248, y se componían de diez y seis anchurosas naves, cerradas con fuertes bóvedas sobre robustos pilastrones de ladrillo, capaces para fabricar y guardar en ellas muchas galeras y bajeles y para almacenar amipctente copia de todos peltrechos (i); — la Casa de moneda, establecida por don Fernando el emplazado en 141 1 en aquella parte del antiguo Alcázar que se llamaba el Adarve del Infante de Molina, junto al postigo de las Atarazanas (2); — el Pósito de la i-¿z/ procedente de las salinas de Sanlúcar de Barrameda y de Utrera, que dejó á la ciudad aquella piadosa matrona digna de perdurable memoria, doña Guiomar Manuel, de quien dice con razón el analista Zúñiga que, á nacer entre los romanos citando sus gcntilicos ritos carecían de la Inz de la fe, la Juihieran erigido estatuas y consagrado templos: pósito que se hallaba contiguo al postigo del Aceite ó de las Ata-
(i) N'ada ha quedado de esta grandiosa fábrica, pues se fueron construyendo después en el solar que ella ocupaba, la .Aduana, la casa y almacén del Azogue, el Hospital de la Caridad y la maestranza de Artillería. Conservábase no obstante poco há, y aún quizá subsiste todavía, en la fachada de la iglesia de la Caridad, la inscripción siguiente que en rudos caracteres góticos se leía en una de sus torres:
Res. Ubi sii ñola, domus hxc et fabrica tola,
qiiam non ignarus Alfonsits, sangidne clariis,
rex Hispanianan Jecil : JuH isle siiorum,
aclus in austrinas vices servare carinas,
arte micans plena: fiiit hic injormis arena.
Era millena vicentena nonagena.
(2) Hasta este año no tuvieron los oficiales monederos de Sevilla casa tija, y la acuñación de la moneda estaba á cargo de los Tesoreros mayores de Andalucía. Después hubo oficina propia, y la casa de moneda del Alcázar desde el descubrimiento de las Indias acuñó inmensos tesoros. — V. á Zúñiga. año i ^ i i. n. 7.
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razanas; — la Cárcel áe la calle de la Sierpe, que la misma ilustre señora reedificó á su costa, mejorando sus condiciones en beneficio de los pobres presos, llevando á ella agua de pié por medio de cañerías y fijentes, y erigiendo su devota capilla en que se dijo la primera misa en el año 141 8 (i); — y por último la Alhóndiga, cuya primera fijndación ignoramos en qué año tuviese lugar, pero cu^^a reedificación fué anterior á la terrible hambre que afligió á Sevilla en 1506. Con motivo de esta reedificación se hicieron amplísimos y fuertes graneros, capaces de contener varios cientos de millares de fanegas, como se verificó por loable prevención de la gran república sevillana en el siglo XVI para acudir al socorro de calamidades semejantes á la experimentada en el año referido. En aquella triste ocasión brilló el generoso desprendimiento del Adelantado don Francisco Henríquez de Ribera, cu3'a memoria permanece grabada en una lápida que la pública gratitud le puso en la casa de la Albóndiga (2).
Debemos terminar el cuadro que ofrece la obra de la civilización cristiana en Sevilla desde el siglo xiii hasta principios del XVI, haciendo mérito del Palacio arzobispal primitivo, dado por san Fernando á su confesor el obispo de Segovia don Raimundo, que estaba situado al sur de la Catedral, hacia donde está ahora la Lonja, y en comunicación con la primitiva capilla de la Antigua; de los Alcázares reales^ que por su importancia requieren una descripción aparte y detallada ; y de otras edificaciones de carácter puramente civil y privado, como el palacio
(i) Esta cárcel se ensanchó en i 563 y en 1 569 : modernamente fué trasladada al suprimido convento del Pópulo en la parroquia de la Magdalena, extramuros de la ciudad.
Heíiriendo Zúñiga las generosas acciones de doña (luiomar en el mencionado año 1418. añade que por este mismo tiempo dio un cuantioso socorro á la ciudad en beneficio del público para que enladrillase sus calles, y que los auxilios que distribuía ordinariamente entre los pobres y los conventos de todas las religiones eran crecidísimos. Ya vimos, narrando la obra de la Catedral, las crecidas limosnas que dejó á su fábrica.
(3) Publícala Zúñiga, año i^oO. n. 2.
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de los Pinedas de la calle de las Dueñas, que en los años subsiguientes pasó á poder de los duques de Alba, los cuales lo engrandecieron con el arte del renacimiento; — la llamada casa de Olea; — \2i casa morisca de la calle de Abades (i); — y e\ palacio del mismo estilo de los condes del Montijo en la plaza de la Feria.
No encontramos por desgracia dato alguno sobre la estructura del primer palacio arzobispal. — La parte antigua del palacio de los Pinedas, hoy de los duques de Alba, cedió el puesto á una edificación en grande escala que llevó á cabo el siglo xvi poniendo en consorcio los tres artes gótico, mauritano y plateresco (2). — De la casa morisca de la calle de Abades solo existe un salón embovedado al uso africano. — El palacio de Montijo en la plaza de los Abastos ó de la Feria, junto á la parroquia de Omnium Sanctorum, muestra de su antigua arquitectura partes visiblemente ejecutadas por artífices mudejares : tales son la faja de entrelazos con bellísimos alicatados que corre sobre la cornisa de la puerta, y el espacioso ajimez que lleva encima — abierto en medio de una pared de ladrillo perfectamente labrado— formado de dos arcos angrelados sostenidos en una esbelta columnilla, y decorado también de preciosos alicatados en sus tímpanos y antepechos. — Por último, la casa de doña María Olea en la calle de la Botica de las aguas (hoy de Gnzmán el Bueno) conserva de su original disposición como vivienda labrada por alafires moros un magnífico salón bajo, de unos 30 pies en cuadro, con corredores altos que se revelan por las escuchas ó celosías que tiene en su parte superior, decorado con arcos ciegos de herradura, y exornado con peregrinas ajaracas y atauriques de estuco, de tanto garbo y finura como los que revisten las paredes del mirador de Lindaraja de la Alhambra.
(i) Conviene no confundir esta casa de la calle de Abades con otra que hay en la misma calle, más conocida de los aficionados á las artes, que lleva vulgarmente el nombre de casa Carasa: la cual pertenece á la arquitectura del renacimiento, según diremos describiéndola en su capítulo respectivo.
(2) Describiremos este palacio en su capítulo correspondiente.
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Desgraciadamente no existe el precioso artesonado que cubría esta suntuosa tarbea : la ha reemplazado un cielo de bovedillas de yeso que causa grima (i).
Había sin duda en Sevilla muchos palacios y moradas, suntuosos en su interior al estilo oriental, por ser la población que más nobleza encerraba de toda España; y con razón dice el viajero Ford que esta ciudad es un museo de antigüedades moriscas^ si por esta palabra se entiende lo edificado, no precisamente para los moros, sino por los moros mudejares, que después de la reconquista fueron los principales arquitectos de los magnates andaluces y castellanos. Abundan por este motivo los artesonados de supuesto alerce, los alfarges y taraceas en las techumbres, los almocárabes, ajaracas y almizates en las paredes, los ajimeces de fino ladrillo y azulejos, con columnas de jaspe, en lugar de ventanas; y además de los edificios que hemos citado, se encuentran á cada paso en todas las calles de la ciudad, penetrando en las casas de más tosca y humilde apariencia, restos preciosos del arte de los árabes y berberiscos vencidos.
Pero según acaba de verse, las construcciones que principalmente descuellan en este período, las dos ideas dominantes en la vida de la ciudad cristiana, son la casa de Dios, templo ó cenobio, v el asilo abierto á la humanidad necesitada ó doliente;
(i) Hará unos 5 o años habitaba esta casa la familia Domine, dedicada á negocios mercantiles. En dicha época, haciendo obra en este salón, cayeron al suelo algunos ladrillos de la acitara que cubría sus labores, y se descubrió casualmente esta joya del arte morisco. — El señor Kíos en sus Inscripciones árabjs de Sevilla se ha tomado el ímprobo trabajo de traducir más de cuarenta y cinco leyendas que existen vaciadas en caracteres, ya cúficos, ya africanos, en los estucos que decoran las dos piezas que se conservan de este antiguo palacio morisco del siglo xiv. Nada absolutamente hay en ellas que ofrezca el menor interés local : todas son invocaciones y alabanzas de insoportable monotonía: dicha perpetua, gloria eterna, prosperidad continuada, la dicha proviene de Alláh, el imperio para Alláh, Lis gracias para Alláh, no hay vencedor sino Alláh, el creador es Alláh, loor á Alláh por su b^ndisión, etc. Una especie de jaculatoria, repetida dos veces en esta casa, y reproducida entre los arabescos del Alcázar, rompe estas soporíícras alabanzas expresando algo subjetivo; y dice así : ; Oh confianza mía! ¡ Oh esperanza mia .' ¡ Til eres mi confianza '. ¡ Tii miprotjctor ! ¡ Sella con la bondad mis obras !
PUERTO DE SANTA MARÍA. — I g le si A Mavok
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y consuela en verdad el considerar á los institutos de caridad y á las comunidades religiosas marchando á la par y tan estrechamente unidos, en aquellos tiempos en que sin la monástica influencia no se concibe en las humanas sociedades ni paz, ni justicia, ni prosperidad, ni ciencia, ni agricultura, ni milicia: ni tutela para el ignorante ó desvalido, ni consuelo para el desgraciado, ni seguridad para el poderoso.
El Alcázar. — Desdefines del siglo xii, en que los fastuosos Almohades daban ensanche á la lujosa vivienda de los reyes abbaditas, no ocurren en realidad hasta el reinado de don Pedro sucesos memorables en este alcázar. Solo merece recordarse que lo habitó el rey Santo después de la conquista de Sevilla, y que las torres del Oro y de la Plata que de él formaban parte robusteciendo su recinto, fi.ieron dadas al Infante de Molina y al Infante don Alonso. Pero desde que el rey don Pedro, personificación mixta de la nobleza y de la perfidia de su época, ocupa el trono, empieza á ser teatro de interesantes acaecimientos. En él vive prisionera la antes feliz y ya desgraciada doña Leonor de Guzmán, faltándose con ella á la promesa solemne que la hizo Alburquerque de respetar su libertad cuando voluntariamente dejó á Medina Sidonia. En él celebra su boda secreta con doña Juana Manuel el conde don Enrique de Trastamara, dando con esto ocasión á un nuevo rompimiento con el ofendido rey y á la traslación de doña Leonor á la sombría fortaleza de Carmona. Ejecútase desde el año 1353 hasta el 1364 su primorosa reconstrucción y ensanche bajo la dirección de arquitectos mudejares, y durante el curso de estas obras, es mudo testigo de ardientes amores, de violentos celos, de venganzas fratricidas y de justicias sangrientas. Después de don Pedro, los monarcas castellanos lo habitan con frecuencia, más como huéspedes pasajeros que como dueños, y algunos hacen en él nuevas obras: don Enrique II reforma algunas de sus habitaciones (i); don
( I ) No se sabe precisamente cuáles, aunque consta que hizo allí obras. Zúñiga,
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Juan II restaura el salón de Embajadores (i); los reyes don Fernando y doña Isabel construyen una hermosa capilla; Carlos I añade, con motivo de sus bodas, suntuosas salas, terrados, galerías, jardines y pabellones; Felipe II embellece á su manera uno de los principales salones; Felipe III hace el apeadero; Felipe V establece la Armería, y subdivide muchas cuadras con fríos y prosaicos tabiques; Fernando VI levanta las oficinas sobre los baños de doña María de Padilla. Pero ni los piadosos Reyes Católicos con su bella y devota capilla, erigida como homenaje de expiación en el antiguo aposento del caracol^ teatro de intranquilos amores, ni los fastosos reyes de la casa de Austria con sus loggias del cinquecento, sus estanques, sus calles de recortados mirtos y de naranjos matizados de pomas de oro, sus perfumadas y frescas grutas y sus saltadores (fistulcF.) remedando penachos de brillantes; en suma, ni la religiosa consagración de los unos, ni la voluptuosa amenidad debida á los otros, han podido desalojar del Alcázar á su verdadero dueño, al rey don Pedro el Cruel: y su aterradora sombra nos persigue dentro de aquel recinto bajo sus dorados y estucados alfarges, por entre las columnatas de sus terrazas y galerías, y en las mil revueltas embalsamadas y sombrías de sus jardines.
El rey don Pedro llena con su grande )' siniestra figura el recinto que habitó, y aun los otros que agregaron los monarcas que le sucedieron, como ocupa todo el edificio del sombrío Escorial la equívoca persona de Felipe II. ¡Triste privilegio de los
año 137;. dice : « á este tiempo había vuelto el rey á Sevilla, en la qual tenía gus- ))to de pasar los inviernos, y añadió algunas obras en el Alcázar para su más «cómoda habitación.»
(i) En 1842, al recorrer la media naranja de este Salón con objeto de asegurarla, aparecieron escritos en una tabla de pino, en que estaba clavado un rosetón, los siguientes renglones: «Maesiro mayor del Rey. D. Diego Roiz me fizo. — E fijo de Sancho Roiz, maestro mayor de los alcázares del Rey. — E fizóse este ramo en el mes de Agosto, año del Señor de mili e quatrocientos e beynte e siete años.» — Por este curioso é inesperado dato no solo sabemos cuándo se hizo la soberbia bóveda de alfarge morisco que hoy contemplamos, sino también que fué su constructor Diego Ruíz. hijo de Sancho Ruíz. maestro mayor de los alcázares reales en tiempo del rey D. Juan II.
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déspotas: el terror que inspiraron en vida, les sobrevive para helar la sonrisa de la felicidad en los labios de las generaciones libres de su acción maléfica, en los mismos parajes que ellos consagraron á sus placeres!
El Alcázar de Sevilla es en gran parte una reproducción de los encantos de la Alhambra, reproducción debida sin la menor duda á aquella escuela de arquitectos que embellecía para los reyes de la segunda dinastía Nazarita el suntuoso palacio de Granada. Vemos en él el recuerdo de los inofeniosos almizates de sus puertas y techos; de aquellas bóvedas estalactíticas que deslumhran y confunden : de aquellos lienzos de pared cuajados de almocárabe y ajaraca, de garbosos tallos bizantinos y geométricos lazos berberiscos, que aún hoy son la desesperación de los pintores de perspectivas ; de aquellos salones encantados en que parece reposar el genio de la armonía; de aquellos embalsamados jardines que convidan al descanso, á la meditación y á la melancolía. Vimos en su lugar correspondiente qué parte tan insignificante de este heterogéneo, singular y sin embargo sorprendente edificio puede atribuirse hoy á la dominación sarracena. Ahora, invadiendo algún tanto el terreno de las épocas sucesivas para no triturar demasiado la descripción, vamos á trazar con cierta libertad, pero sin faltar á la exactitud, las actuales líneas de esa soberbia morada, señalando principalmente, los dos tipos arquitectónicos que en ella dominan, el morisco de las obras llevadas á cabo desde el 1353 al 1364, y el renacimiento en los trabajos realizados bajo los monarcas de la casa de Austria.
Tenía el Alcázar, después de llevar á cabo su reconstrucción el rey don Pedro, varias entradas, pero eran las principales las dos abiertas en la antigua muralla árabe, que conducen á los patios llamados de Banderas y de la Montería. Los sencillos arcos ojivales que las constituyen están como escondidos entre los macizos torreones de la almenada cerca: nada al exterior revela la deslumbradora belleza que dentro de esos muros se atesora.
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El patio de Banderas tiene á la parte de mediodía dos salidas, una que conduce por un estrecho y tortuoso callejón á un postigo, y otra que sirve de ingreso al Aj>eaderú^ desde el cual se pasa, tomando la derecha, al patio grande donde se eleva la fachada principal^ y, siguiendo al frente, á los jardines de mediodía y su espacioso estanque. El patio de la Montería, así llamado por haber tenido en él sus habitaciones los monteros de Espinosa, guía directamente al mencionado patio grande, y el arco que los separa se halla en un mismo eje con el de entrada y con la puerta principal de la fachada del palacio. Pero no debemos penetrar en éste sin advertir que en una esquina, junto á la puerta de las Banderas, supone la tradición que tenía el rey don Pedro su tribunal, donde dicen que oía y fallaba los agravios de sus subditos; el cual consistía en una silla labrada de piedra, sostenida en columnas y levantada sobre un estrado de cantería con gradas, arrimado á la muralla. El viajero don Antonio Ponz asegura que vio subsistente una de las columnas de la memorable silla que ocupaba el monarca en aquellas famosas audiencias, remedo de los juicios de los reyes de Oriente y de los señores feudales ; audiencias que, granjeándole en la opinión irreflexiva del vulgo el concepto de justiciero, fueron para los hombres de buen seso un mero simulacro de equidad con que se enmascaraba su tiranía (i). — El lugar donde
(i) El Rimado de Palacio, atribuido á don Pero López de Ayala (ms. de la Biblioteca del Escorial), da cierta idea de lo que eran las audiencias que concedía el rey don Pedro. De su manera de oir y resolver las reclamaciones de sus subditos en la vía gubernativa, como diríamos hoy, puede colegirse su modo de proceder como supremo magistrado. Pinta en el siguiente curioso pasaje la desesperación de un infeliz vasallo que va á la corte á reclamar el pago de los servicios que prestó en la guerra, el cual, después de desengañado al ver que el rey, en vez de hacerle justicia, le vuelve la espalda, se aplica á granjearse la protección de sus privados, de sus oficiales y hasta de los mismos porteros, con dádivas en que consume su pobre peculio; siendo por último despedido con unas libranzas sobre una caja de provincia, que le protestan y tiene que vender á vil precio á un judío. Oigamos cómo refiere el infeliz postulante el recibimiento que le hace el rey :
(c llego á él así como á morir:
Señor, digo, merced, queredme ahora oir:
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la justicia se administraba en tiempo de los reyes almohades estaba en el patio de la Montería: allí se ve aún un vasto y hermoso aposento llamado la Sala de jííisticia, que es una de las construcciones más antiguas del Alcázar, y de fisonomía más
yo so vuestro vasallo, mandástesme venir aquí á la vuestra guerra, ora mandástesme ir. De sueldo de tres meses non puedo ser pagado, de la guerra de antaño dos tercios no he cobrado, he perdido mis bestias, mis armas empeñado, ha dos meses que yago doliente é lasdrado.»
El rey no se digna contestarle: ya antes le había sucedido lo mismo.
«Vó luego espantado por le querer fablar, é vuelve las espaldas : manda luego llamar vengan sus reposteros, que quiere él cenar.»
Un privado del rey le responde :
« los contadores han carga
de librar tales fechos, ca el rey nunca se embarga.»
Y añade el desahuciado pretendiente:
«Desque veo que mi fecho va así tan a la larga levantóme muy triste con boca muy amarga.»
Las audiencias a las puertas del Alcázar fueron regularizadas por los reyes don Juan I y su hijo don Enrique III según se desprende de la siguiente carta dada por este último en .Madrid el año i 397, y existente en el archivo municipal de Sevilla (tabla I . leg. 5, n.° 3."). «Don Enrique por la gracia de Dios, etc., á v'os los alcaldes é alguacil é veintiquatros é ornes buenos del concejo de la muy noble cibdat de Sevilla, salut, como aquellos de quienes mucho fio; fago vos saber que vi vuestras peticiones que me enviastes con Diego Fernandez de Mendoza cuatto alcalde mayor é Ruy López mi escribano é veintiquatro desa dicha cibdat, et á lo que me enviastes de quel rey mi padre é mi Señor que Dios perdone, entendiendo que cumplía á su servicio é á provecho desa cibdat que ordenó é mandó que se ficiese abdíencia en esa cibdat delante las puertas de los mis alcázares dos días cada semana, que fuessen martes é jueves, en la qual se acoestiesen los mis alcaldes mayores desa cibdat para oyr las querellas que les qualesquier personas dieren ó quisieren dar así de cualquier de los alcaldes mayores como del alguacil mayor ó de otros oficiales ó personas qualesquier que algunt agravio ó sin razón ficiesen, porque llamadas é oj'das las partes cumpliesen de justicia á los querellosos, et que agora quando algunos de vos otros vos ayuntades en la dicha abdíencia se dan y querellan contra algunos é son llamados para que vengan y que no quieren venir desiendo que non tenedes mi poderío para librar abdíencia, et que me pediades por merced que mandasse sobre esto lo que mi merced fuesse é entendiere que cumplía á mi servicio. E sabed que yo tengo por bien é es mi merced que sea guardada la ordenanza quel dicho rey mi padre fizo en esta razón : é que la dicha abdíencia que se faga en la dicha cibdat delante las puertas de los mys alcázares dos días cada semana, que sean martes é jueves, ó á lo menos un día dellos cada semana, é que se acoesten y los mys alcaldes mayores ó los dos dellos
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puramente mauritana (i). : Celebraban también aquí sus juicios los alcaldes cuando éstos, en unión con los veinticuatros, fueron constituidos en una especie de Tribunal de apelación en tiempo de don Juan I y don Enrique III- ¿Presidía esta especie de magistratura colegiada el Adelantado de Sevilla, que era el que resumía en ausencia del monarca la suprema potestad judicial' Estas investigaciones son ajenas de nuestro propósito. Bástanos consignar la tradición de que en esta sala se reunían los alcaldes y demás oficiales de justicia á librar los pleitos y causas según el fuero de la ciudad y con arreglo á las leyes generales del reino (que eran á la sazón, además de las Partidas, el Fuero Real, las Leyes del Estilo y el Fuero Viejo de Castilla), añadiendo que no nos explicamos cómo pudo verificarse en ella, no existiendo aún tribunales colegiados en tiempo del rey don Pedro, el terrible escarmiento que es fama aplicó este rey á unos jueces prevaricadores á quienes sorprendió deliberando sobre el fruto de su cohecho (2).
é los veinte é quatro que y vinieren, los quales ayan mi poder cumplido ¿ abastante para oyr qualesquier querellas que les fueren dadas así contra qualesquier de los alcaldes mayores ó del alguacil mayor ó de otros oficiales, como de qualesquier otras personas de qualquier estado ó condición que sean, et para librar sobrello lo que fuere derecho todavía guardando los privilegios é ordenamientos é buenos usos é buenas costumbres de la dicha cibdat. Et otrosy es mi merced que vengan y los letrados de la dicha cibdat para que con su consejo dellos se libren las cosas sobredichas, etc.»
(i) El Sr. Ríos en su citado libro Inscripciones árabes de Sevilla, entiende que el nombre de Sala de Justicia, que lleva esta pieza, no es menos arbitrario que los aplicados á otras partes del Alcázar, como el de Dormitorio de los reyes moros. Patio de las Doncellas. Patio de las Muñecas, Trono del tributo, etc., y que la tal Sala de Justicia no es construcción almohade. sino obra mudejar como toda la del alcázar de don Pedro I. Verdaderamente entre las inscripciones de su decorado no hay ninguna que particularmente aluda al destino que suponemos tenía la espaciosa y rica tarbea. En cuanto al estilo de su ornamentación ;será capaz de decirnos el Sr. Ríos si lo que él llama mudejar y nosotros morisco ó mauritano, es tan esencialmente distinto del estilo ahnohade. según nos lo ofrecen la Giralda, la torre de Santa Catalina, etc., que para confundir uno con otro sea menester dar al olvido (como dice el Sr. Gestoso, tan extraviado como ¿1) las mis elementales nociones que nos mitiistra la ciencia arqueológica?
(2) «Cuéntase que escuchando un día el rey una deliberación entablada en la )>sala de Justicia por cuatro jueces que acababan de oir la relación de cierta causa, »vino en conocimiento de que trataban de torcer la ley del lado de la dádiva, y
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Hemos dicho que el patio de la Montería conduce á otro patio grande. Es éste de figura más regular, y en él se alza deslumbradora y rica de ornato, toda pintada y dorada desde sus ajimeces hasta la última moldura de su saliente alero, la portada principal, del más puro estilo almohade. ¿Á qué describirla? El dibujo desempeña esta tarea mejor que la pluma, tanto más prolija y cansada cuanto más escrupulosa quiere ser enumerando los pormenores de la galana arquitectura árabehispana (i). Solo añadiremos para completar lo que no ha sido posible traducir en la lámina que representa esta creación fantástica de los alarifes mudejares asoldados por el rey don Pedro, que las columnas, no solo de la portada sino de la fachada entera, son todas de preciosos mármoles, que sus capiteles son del más elegante gusto mauritano, que la faja de arcos entrelazados que hay sobre la puerta ostenta escudos de castillos y leones, y que en torno de otra ancha faja que corre entre las dos zapatas sobre los ajimeces del piso principal, hay una leyenda en caracteres góticos que dice así : El imñ alto c mui Jioble é mui poderoso é mui conqueridor Don Pedro por la gracia de Dios rey de Castiella et de León, mandó fazer estos alcázares é estos palacios é estas portadas, que fué fecho en la era de mili et quatrocientos y dos (año 1364) (2). Descuella sobre
"del modo de repartirse las que en premio de su infamia les habían sido ofreci- »das. Presentóse el monarca indignado ante ellos, y haciéndoles cortar acto conotinuo las cabezas, dispuso colocarlas para eterno escarmiento en el sitio donde »hoy se ven las calaveras (en la pared de la pieza que le servía de dormitorio). «Andando el tiempo fueron quitadas de allí las cabezas, y sustituidas por las cawlaveras y la figura que parece llamar la atención hacia ellas, como indicando el ))fin reservado por la justicia del rey á los jueces prevaricadores.» Fernán Caballero.— El Alcázar de Sevilla.
(i) Véanselas láminas. — Fachada del Alcázar y Fachada del Alcázar. — CoiiJitnlo.
(j) Hace grande hincapié en esta fecha nuestro amigo el Sr. D. Rodrigo A. de los Ríos, en su citado libro, para probar que no puede ser obra de alarifes granadinos el Alcázar de Sevilla, como supusimos al escribir para los Recuerdos y bellezas de España nuestro tomo de Sevilla y Cádiz, dado que en i 364, en que terminaba la edificación del rey don Pedro de Castilla, aún Mohammad V el Xazarita no había construido su Al-Marestán ni el magnífico Cuarto de los Leones, ni la Puerta del vino, que son las que más fama dieron a los arquitectos de los Beni-
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esta fachada la cúpula cuadrada de la Sala del Principe adornada en sus paramentos exteriores de arquitos angrelados y labores de azulejos, rematando en forma piramidal y llevando en su vértice á la manera oriental una aguja con esferas, toda dorada.
Penetrando en el vestíbulo, ofrécense primeramente á la vista, como resultado de una reforma moderna malamente ideada, unas pequeñas salas ó retretes á derecha é izquierda, ya en gran parte desnudos de sus antiguas labores, y tomando el corredor que se presenta á mano izquierda en el fondo de una como antesala, casi cuadrada, se llega al gran patio principal interior, llamado de las Doncellas. Á este patio le hace una infundada tradición derivar su nombre del vergonzoso feudo de las cien doncellas impuesto por Mauregato y pagado á los Califas de Córdoba, suponiendo gratuitamente que en una pequeña pieza de este patio, cubierta de albohaire y frontera al Salón de embaj adolmes, se colocaba el trono donde los reyes moros recibían aquel tributo, cuando verdaderamente ni había tales reyes moros en España, ni era Sevilla la capital del Califato andaluz, ni puede asegurarse que en ella hubiese palacio sarraceno hasta el siglo xi en que un abbadita la erigió en reino independiente. Este patio fué, sin duda alguna, parte de la grande obra de reedificación del siglo xiv. — Su planta es un rectángulo con galerías de columnas de mármol pareadas y arcos ojivos angrelados: los arcos centrales de cada banda son más altos que los restantes, y en vez de descansar como éstos en los capiteles de las columnas, asientan en unos pilarcillos ó
Nassares. Pero nuestro erudito amigo olvida que antes de empezar la segunda dinastía Nasserita ó Nazarita, ya estaba edificado el Generalife., preciosísimo alcázar donde parecía haberse refugiado el más delicado instinto ornamental de los Almohades, cuyos ornatos restauraba en el año mismo de la gran victoria de Pinos Puente (7 1 g de la egira : i 3 19 de J. C.) Abul Walid Ismael, el primer rey de dicha segunda dinastía; y no recuerda tampoco que el nombre de este rey— tantos años anterior á don Pedro I de Castilla— figura en bellas inscripciones entre las ajaracas del palacio de la Alhambra, en que por cierto se le atribuye el plan de toda la obra.
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estilóbatos con que los capiteles aparecen sobrecargados, Estos pilarcillos así levantados en alto, llevan en sus ángulos esbeltas columnillas; á primera vista parece como que preludia en ellos el caprichoso Renacimiento, que tanto se ha complacido en encaramar unos sobre otros los órdenes; pero si bien se observa, éste es un accidente muy característico de la arquitectura árabe-granadina, según se advierte en la suntuosa Alhambra de los Alhamares. Dichos arcos centrales abren paso á otras tantas puertas abiertas dentro de las galerías, en el centro de los cuatro muros de la gran alfagia : una cierra el pequeño espacio del llamado Trono del Tributo; otra, enfrente, es la entrada al Salón de Embajadores ; otra, á la derecha, abre paso al llamado dormitorio de los reyes inoros, y otra, á la izquierda, comunica al Salón de Carlos V. Sobre las cimbras de estas puertas, profusamente labradas, corren anchos frisos con ventanas de celosías menudamente caladas, que dejan apenas entrever el ornato de aquellas suntuosas estancias, sus estucadas paredes, sus arcos sostenidos en marmóreas columnas: bellezas que veladas en parte por las sombras, aparecen todavía de mayor interés á los ojos impacientes del viajero entusiasta por esta aérea y rica arquitectura. Los entrepaños de las arquerías, formados de dos acitaras caladas, de ladrillo, madera y estuco, dan paso á veces á los rayos del sol, produciendo un efecto mágico en el vivido esmalte de los alicatados alizares de la galería en que abundan los azulejos de reflejos metálicos. Sobre esta primera zona de decoración, corre dando la vuelta á todo el patio un ancho friso cuajado de almocárabe, en que campean á trechos trofeos y escudos con las armas de don Pedro I, las de los Reyes Católicos, y las columnas de Hércules con el lema Plus Ultra, cuya invención se atribuye á Luís Marliano, médico del emperador Carlos V\ Esta divisa manifiesta por sí sola la reforma que sufrió la decoración del patio de las Doncellas en el siglo xvi. En efecto, toda la parte superior ó galería alta del mismo, de esbelto orden jónico, es obra de aquel tiempo, dirigida con
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gusto bramantesco por el clásico arquitecto Luís de Vega para perpetuar la memoria de las bodas de su majestad cesárea con doña Isabel de Portugal (i). Del propio artista, ó de su sobrino Gaspar de Vega que estuvo con él dirigiendo las obras de los alcázares desde el año 1550 hasta principios del 1552, son sin duda la parte moderna y la techumbre del salón de Carlos V, y las galerías y miradores que caen á los jardines á la parte de mediodía.
Hemos dicho que en el centro de una de las cuatro galerías del patio de las Doncellas, está la entrada á la suntuosa tarbea que lleva el nombre de Salón de Embajadores. Este salón viene á ser una gran pieza cuadrada con cuatro soberbios vestíbulos, uno formado por la misma galería del patio, y otros tres en los lados de norte, mediodía y poniente, con cada uno de los cuales comunica por medio de tres galanos arcos de estilo árabe puro. La pieza de poniente, que es la más larga y lleva el nombre de salón del techo de Felipe II ^ presenta en la entrada al salón de Embajadores una portada rica y vistosa, cuyos estucados revelan desde luego la época y la mano que los produjo. Abraza los tres arcos árabes referidos un gran arco ornamental de ancha ojiva túmida, encerrado á su vez en un recuadro ó arrabá de ajaraca y bovedillas estalactíticas, y lleva en sus aloharias ó enjutas y en las fajas horizontales de su tímpano, adornos de vastagos enrollados y graciosas aves de varia especie, signo evidentísimo del gusto morisco del siglo xiv. — El Salón de Embajadores es la estancia más espléndida y hermosa de cuantos palacios de arquitectura oriental posee en España la Corona. Las ajaracas y almocárabes, la pintura y el oro que los revisten, los primorosos alfarges que forman, ya artesonados, ya secciones de esfera, ya caprichosos poliedros en que juguetean la luz, las sombras y los reflejos; las cenefas de caracteres africanos;
(i) Véase á Llaguno Arquiteclos y arquitectura de Esparta, tomo II, art. Luis de Vega con las notas de Ceán.
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las ricas puertas taraceadas, orladas de inscripciones aljamiadas y arábigas, obra peregrina de artífices toledanos; las columnas de variados mármoles y jaspes; los capiteles de primorosa talla, ya primitivos, ya almohades, ya moriscos; los lustrosos alizares de los zócalos ; los veteados mármoles del pavimento ; los calados estucos de las acitaras y alfeizas ; las ingeniosas labores interpoladas de aves en las portadas ; el misterioso crepúsculo de las alhanías y albohaires, y por último esa misma asociación, en principio tan heterogénea y en la práctica tan armoniosa, de objetos de cinco artes diversos, como son el arábigo, el almohade, el granadino, el gótico y el renacimiento, que se advierte en muchos salones del Alcázar y señaladamente en este de Embajadores; son cosas que no puede pintar la pluma, que nunca se describen satisfactoriamente, y que es forzoso dejar á la impresión producida por el mismo original ó por su fiel imagen. Por esta razón renunciamos á describir técnicamente y por partes esta soberbia estancia, á cuya larga y paulatina composición arquitectónica contribuyeron alarifes y arquitectos de tan diversos tiempos. — Hicieron los abbaditas los galanos arcos de herradura de la parte inferior ; los decoradores de los almohades, y luego los formados en la escuela de los nazaritas granadinos para emular con ellos, echaron sobre esas paredes la riquísima vestidura de sus arcos ornamentales, caladas ventanas, fajas de arquitos entrelazados, cenefas, ajaracas y almocárabes, y cubrieron la estancia con un maravilloso artesonado (i) ; los arquitectos de los reyes Católicos harían probablemente el tercer cuerpo, de estilo ojival, formado de una serie de hornacinas treboladas orladas de flores de lis, en cuyo centro se divisan los retratos de los
( I ) Forma este artesonado una media naranja sostenida en ricas pechinas estalactíticas cuajadas de oro y una especie de corona de f^allardas tenas que le sirven como de cornisa. La lacería del maderamen se resuelve en vistosos casetones en forma de estrellas y triángulos, pintados y dorados. Bajo uno de los rosetones que hay en los puntos de intersección de los maderos del alfarge, se encontró en 1842 la inscripción que dejamos reproducida en una de nuestras notas anteriores.— \'éase la lámina Parte superior del Salón de Embajadores.
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reyes de España desde Chindasvinto (i); y por último los artistas de los reyes de la casa de Austria añadieron entre el segundo y el tercer cuerpo de la decoración cuatro balcones de gran v'uelo, que en lo antiguo serían probablemente ajimeces de una ó más columnillas, sustentándolos en grifos sobredorados de valiente perfil.
En este bello salón tendría quizá lugar aquella ceremoniosa y pérfida recepción de triste memoria hecha por el rey don Pedro al rey Bermejo de Granada, que presentándose al castellano bajo el incierto seguro de cuantiosas dádivas y de una completa sumisión á su deseo, obtuvo, por remate de una espléndida cena, la prisión y la muerte acompañadas del más afrentoso escarnio (2), Quizá son pocos los que saben el paradero de las joyas
(1) Kstos retratos de reyes están por lo general muy bien ejecutados y recuerdan un tanto la escuela purista de la Edad-media; pero el hallarse entre ellos los monarcas de la casa de Austria hasta Felipe III es una prueba iníalible de que la serie se continuó bajo el reinado de este último.
(2) Abu Said, llamado vulgarmente el 7-ey Bermejo, usurpador del trono de Ismael II de Granada, conocido con el nombre de Lagiis en nuestras crónicas, al venir a Sevilla á implorar del rey don Pedro la paz, trajo consigo muchas joyas de gran valor, y una guardia de 500 hombres, 300 de á caballo y 200 de á pié. Llegó con este cortejo al Alcázar, y puesto en presencia del rey de Castilla oyó éste la petición que se le hacía por medio de sus intérpretes, reducida á que si don Pedro insistía en restituir el cetro á Lagus, le permitiese pasar á Berbería. Respondió don Pedro que se holgaba mucho de la venida del granadino y que trataría de arreglar las cosas del mejor modo posible. Invitóle después á que se fuese á descansar con su gente á las posadas que les estaban prevenidas en el barrio de la judería, y aquella misma noche fueron convidados de parle del castellano á cenar con él el rey Bermejo y 50 de los suyos. Mientras les servíanla cena, fueron prendidos todos, y de allí á dos días sacaron al rey moro al campo de Tablada, vestido de escarlata, montado en un asno, y allí le dieron muerte poniéndolo de estafermo y jugándolo á las cañas, siendo el rey don Pedro, según es fama, el que le tiró la primera lanzada.
El rey como es tan cruel de crueldad había usado : tiróle al moro una lanza, él propio con la su mano : pasóle de parte á parte, lo que á rey no era dado.
Romance n." 977 de la Colección de Duran.
Esta estratagema de convidar á cenar sobre seguro al enemigo para deshacerse de él á traición, fué muy propia de las costumbres islamitas de la Edad-media, y por
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con que el malhadado rey Bermejo presumió candorosamente ganarse el corazón de su desleal enemigo ; el inmenso rubí que hoy luce en la corona de la Gran Bretaña, y que admiran los viajeros más que ninguna otra de las magníficas preseas custodiadas en la torre de Londres, era parte del botín que recogió el rey don Pedro terminada su proeza (i). Este se le regaló al Príncipe Negro después de la victoria de Navarrete, y aunque pasó á la corona de Escocia por regalo de la astuta reina Isabel á su víctima María Estuardo, volvió á la de Inglaterra, sin duda bajo el reinado de Jacobo I.
Si es bello y rico el salón de Embajadores, no lo es menos en su línea el afamado patio de las Mtiñecas, que constituye con algunas otras salas la gala restante del Alcázar que habitó el temido hijo de don Alonso XI, en su planta baja. No sabemos de dónde le viene al patio de las Muñecas esta moderna denominación : en las antiguas crónicas no suena semejante nombre. Ellas y la tradición nos han transmitido espantosas noticias, que hacen teatro de un sangriento drama toda esta parte del alcázar del siglo XIV, la más interesante por sus bellezas artísticas y desde el punto de vista histórico. Crónicas y romances nos hablan de un horrendo fratricidio : la imaginación, exaltada con su
lo visto no dejó de usarse en España en el siglo xiv. Un conocido romance de la época del rey don Pedro supone que el maestre de Calatruva, don Diego García de Padilla, aconseja al rey en secreto que para apoderarse del castillo de Consuegra convide á cenar á su señor el prior de San Juan, y lo haga matar allí.
Convídesle vos, el rey, convidédesle á cenare, y la cena que le diércdes sea como en Toro á don Juanc.
En efecto, el rey don Alonso XI, padre de don Pedro, se había deshecho de una manera análoga de don Juan el Tuerto, de quien recelaba que quería disputarle la corona. Atrájole á Toro con engaños, le convidó á comer, y le hizo matar por sus criados.
(i) Nuestro distinguido amigo y compañero el Sr. D. Pascual de Gayangos halló entre los mss. arábigos del Museo Británico una relación contemporánea del suceso, y en ella se hace mención de este inmenso rubí. — El erudito Ford en su Hand-book for travellers in Spaín es el que nos da la noticia de cómo pasó la joya á la Corona de Inglaterra.
JEREZ DE LA FRONTERA. - Casa llamada de Riquel.mi
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lectura, ve discurrir de una parte á otra las sombras de los personajes: ve al rey don Pedro, que tiene ya concertado su execrable proyecto, recibir en su palacio del Yeso con falsas demostraciones de interés á su hermano el maestre don Fadrique; ve á la hermosa Padilla, triste y azorada en su aposento, en las habitaciones del Caracol {i)^ deseando y no atreviéndose á revelar al maestre, que pasa á visitarla, la celada que se le tiene urdida; mira al bizarro infante, destinado á morir arteramente, despojado del auxilio de sus criados, á quienes los porteros obligan á salir con sus muías fuera del patio en que esperaban á su señor; contempla por último la vuelta de don Fadrique á la presencia del irritado monarca, que le llama, haciendo que en las puertas detengan á sus caballeros, y que manda á sus ballesteros que le prendan y le maten ; y la huida del desgraciado, que habiendo conseguido desasirse del ballestero mayor, Pero López Padilla, corre espantado de aquí para allá atravesando ya este patio, ya aquella sala, ya aquel zaguán, procurando evitar los golpes de los que le persiguen con las mazas levantadas, pugnando en vano por desenvainar la espada, fatalmente prendida por la cruz de la empuñadura á la correa del cinturón, y saliendo finalmente al patio en demanda del posti<^o del corral^ que creía abierto, para caer allí con el cráneo roto de un golpe que le asesta Ñuño Fernández de Roa (2). Pero hoy ya no se
(i) Dentro de lo que hoy llamamos Alcázar de Sevilla había en tiempo del rey don Pedro varias habitaciones, independientes unas de otras, que llevaban el nombre de palacios, y correspondían á lo que en las regias moradas de nuestra época denominamos cuartos; por ejemplo: el cuarto del rey. el cuarto de la reina, el cuarto de la princesa, el cuarto de la infanta, etc. No se sabe cuál era el palacio del yeso, ni cuáles las habitaciones del caracol: acaso debió aquél su nombre á alguna primorosa obra de yesería ó estuco, que adornara sus estancias.
(j) Hemos seguido en este brevísimo cuadro de la muerte del maestre don Fadrique la narración de la crónica de López de Ayala, que nos parece, después de cuanto se ha escrito en pro y en contra, el único guía seguro para la historia del rey don Pedro. El conocido romance anónimo que empieza Yo me estaba allá en Coimbra, y en el cual descubre el Sr. Duran vestigios de grande antigüedad bajo una forma evidentemente rehecha en el siglo xvi, pasa muy ligeramente sobre los accidentes que acompañaron al execrable fratricidio. En cambio, resume con bastante fidelidad las circunstancias que hicieron presentir al maestre su des-
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sabe de una manera positiva cuál era el palacio del Yeso, ni cuál el del Caracol; se sospecha que fuese el patio donde tiene su fachada principal el Alcázar, el que la crónica llama Corral^ y que la puerta que wovc^va, postigo fuera la lateral que conduce
gracia. Pero no contiene ningún rasgo gráfico que pueda darnos luz sobre la disposición del teatro en que nos coloca. He aquí su pintoresco relato, en que tan pronto es el poeta como el mismo don Fadrique el que habla;
Yo me estaba allá en Coímbra, que yo me la hube ganado, cuando me vinieron cartas del rey don Pedro mi hermano que fuese á ver los torneos que en Sevilla se han armado.
Di de espuelas á mi muía,
en Sevilla me hube entrado;
de que no vi tela puesta
ni vi caballero armado,
partíme para el Alcázar
del rey don Pedro mi hermano.
En entrando por las puertas,
las puertas me hablan cerrado :
quitáronme la mi espada,
la que yo traía al lado ;
quitáronme mi compaña,
la que me habia acompañado.
Los míos desque esto vieron
de traición me han avisado,
que me saliese por fuera,
que ellos me pondrían en salvo.
Yo como estaba sin culpa
de nada hube curado,
fuíme para el aposento
del rey don Pedro mi hermanf).
— Manténgaos Dios, el buen rey,
y á todos de cabo á cabo.
— En mal hora vengáis, maestre,
maestre, mal seáis llegado :
vuestra cabeza, maestre, mandada está en aguinaldo.
Venid acá, mis porteros, hágase lo que he mandado.— Aún no lo hubo bien dicho, la cabeza le han cortado.
Solo la crónica da razón del motivo con que pretendía justificar el rey esta rigorosa
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de este mismo patio al de Banderas. La tradición sin embargo se obstina en señalar como teatro del execrable fratricidio ora el patio de las Muñecas, ora el mismo Salón de Embajadores, sin curarse de la noticia, recogida por el historiador, de que don Fadrique, perseguido por los ballesteros, corrió en dirección del postigo, por donde le habían aconsejado antes que se salvase cuando fué á tomar su muía y halló que habían echado fuera á todos los de su escolta.
Es la arquitectura del patio de las Muñecas puramente granadina. Los arcos, revestidos en su intradós de un angrelado menudo, voltean entre esbeltos pilares de ladrillo sostenidos en columnas de mármol de delicado capitel ; las acitaras que componen el doble tabique, revestidas de caladas ajaracas, son de ladrillo, madera y estuco, y la pintura cubre los adornos de un armonioso velo que da al conjunto la apariencia de los preciosos tejidos de Persia. Este patio es un rectángulo de lados desiguales : en los que miran al Salón de Embajadores presenta un grande arco, algo peraltado, entre dos mucho menores y de la misma forma; en los otros dos lados, un arco mayor y otro menor, descansando todos ellos sobre diez delgadas columnas de diferentes colores, en cuyos capiteles, que creemos de la primera época por su semejanza con los de la parte primitiva de la mezquita de Córdoba, hay una delicadeza y una frescura de
medida, diciendo que don Pedro había averiguado que sus hermanos bastardos, don Fadrique y don Tello, seguían secretas negociaciones con el rey de Aragón su irreconciliable enemigo. Solo ella cuenta además, que cuando llegó don Fadrique con su comitiva al Alcázar, donde esperaba recibir albricias del rey por la toma de Jumilla (no de Coímbra, como dice el romance), halló á éste entretenido jugando á las damas: que don Pedro le preguntó con ungida amabilidad y semblante ledo si tenía en Sevilla buena posada, añadiendo que se fuese á descansar y luego volviese ; que el maestre se dirigió entonces á saludar á doña María de Padilla, que estaba en las habitaciones llamadas del Caracol ; y por último que al salir del palacio, y mientras advertía con sorpresa que habían hecho salir del patio donde se había apeado sus hombres de armas y sus muías, fué enviado á llamar por el monarca, y llegando á su presencia, deteniendo los porteros al paso á los caballeros que le acompañaban, halló la muerte á manos de los ballesteros de don Pedro al ir á tomar el postigo del corral para salvarse.
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líneas que cautiva. Los pilares que cargan sobre las columnas están bellamente decorados con cenefas verticales formadas de inscripciones cúficas (i). La parte alta de esta primorosa alfagía se halla adulterada con torpes restauraciones.
Así el salón de Embajadores como el patio de las Muñecas están rodeados de primorosas salas (2), que parten desde la
(i) V. la lámina Palio de las Muñecas.
(2) A fin de que esta descripción del Alcázar no resulte demasiado prolija, como lo es indudablemente la ornamentación de todos los edificios de este género, omitimos en el texto la enumeración de las partes que constituyen la riqueza arquitectónica de las salas secundarias, y reproducimos en esta nota los apuntes que en ellas tomamos durante nuestra visita al célebre palacio del rey don F'edro. — «Tiene el patio de las Muñecas en sus galerías diferentes portadas, entre las cuales la del norte conduce á una sala (llamada hoy Salón de los -principes) con una grande alhanía en cada uno de los extremos, despojada ya de sus alicatados y en gran parte de sus relieves de estuco, pero no menos interesante por las portadas de sus alhanías, sus variados, bellos y ricos techos y sus altas fajas de arabesco: todo pintado y dorado con cierta inteligencia, delicadeza y gusto. Los techos de las alhanías no son iguales al de la sala: éste, plano, ó quizá levemente combado, está sembrado de estrellas y triángulos de oro entre lacerías; el de la alhanía de la derecha es un polígono piramidal de entrelazos dorados; el de la alhanía de la izquierda, un tanto inclinado hacia los bordes, presenta compartimentos cuadrados ó cuadrilongos.— En uno de los ángulos del patio de las Muñecas hay otra puerta, que conduce á un angosto pasadizo con bóveda de cañón seguido, y este pasadizo es digno de observación, no ya por la ancha faja de sus alicatados, cosa común en todas las piezas de este monumento, sino por estar toda cuajada de arabescos su bóveda, la cual lleva un borde recamado de adornos estalactíticos y debajo de ellos una faja de figuras inscritas y circunscritas de buen efecto. La lindeza de este pasillo aumenta con el fondo de fresco verdor que le proporciona la galería abierta del jardín llamado del Príncipe. — Da también paso el mencionado patio por la parte de occidente á otra sala con hermosa portada y no feos alicatados, en cuyo techo de vistoso almizate figuran pintados y dorados los escudos de armas de Isabel y Fernando. — Pero salgamos ya de ese patio, crucemos la larga sala que corre al poniente del salón de Embajadores; dejemos á un lado la que le sirve como de vestíbulo al Sur, que conserva aún una bella portada y un ajimez, y vamos á recorrer el ala meridional del edificio, donde se nos ofrece una serie de tarbeas, todas perfumadas por el aliento de los deliciosos jardines que extienden al pie del vetusto alcázar morisco su rica alfombra de flores y sus bóvedas de frondosas enramadas. Tienen casi todas estas salas la misma decoración: alizares alicatados en la parte baja, en las alfeizas arcos ornamentales profusamente adornados, combinados de distintos modos según la extensión de las piezas, techumbres de alfarge en que figuran las armas de León y de Castilla, y puertas de arco con su arrabá y á veces con ventanas de menudo calado encima. La que entre todas principalmente se distingue es la que da al patio de las Doncellas, que lleva el nombre de Salón de Carlos V, la cual tiene en una de sus extremidades una alhanía grande de techo poliédrico, aunque apenas conserva ya en sus paredes nada de sus antiguos relieves.
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fachada principal del Alcázar, contornan el ángulo N. O. del edificio, y forman una serie de misteriosas y voluptuosas estancias, contiguas á las galerías de los jardines del Príncipe, de la Gruta y de la Danza, hasta terminar en el otro ángulo S. E. del patio de las Doncellas, donde está la capilla y donde se cree estaba el lujoso aposento del Caracol. Sería sin duda esta parte, la más rica de todo el edificio por sus preciosos estucados ó labores de yeso á la manera granadina, la que se llamaba el palacio del Yeso (i) según algunos manuscritos de la Crónica. Pero ;en cuál de estas salas estaría don Pedro jugando á las damas cuando se le presentó el maestre? ¿En cuál de ellas se pondría á comer teniendo delante el cadáver de su hermano revolcado en su propia sangre: (2) No hay medio seguro de averiguarlo.
Tampoco podemos señalar con fijeza el lugar que ocupaban las habitaciones de doña María de Padilla, llamadas del Caracol. Sospechamos, y en esto vamos acordes con la tradición, que caían á la banda de levante del patio de las Doncellas, donde está hoy la capilla baja: este recinto, en efecto, se halla contiguo por su ángulo de N. E. á los famosos baños que aún retienen el nombre de la célebre favorita, más digna de lástima que de odio, y además comunica por medio de una angosta y casi escondida escalera, la más antigua del Alcázar, con el dormitorio del rey don Pedro situado en el piso superior. Aquí tendría lugar de consiguiente aquel mismo infausto día de la muerte del maestre, la bárbara escena final de ese drama, en que el encolerizado rey, ciego y desatentado, mató por su propia mano á Sancho Ruíz de Villegas, que, para librarse de su furor, había tomado por égida á la inocente niña primer fruto de los amores de don Pedro con doña María (3). Nada resta de la lujosa vi-
(1) Otros manuscritos varían y Ic llaman del Hierro.
(_') \'. la citada crónica del rey don Pedro escrita por Pero López de Ayala. (O V. la misma crónica. Esta niña era doña Beatriz, nacida en Córdoba el año 13^3.
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vienda que el enamorado rey dispuso para la mujer que más amó en su contrastada y tormentosa vida.
Los famosos y regios baños de doña María de Padilla, que se supone lo fueron de las Sultanas mientras era Sevilla corte de los sarracenos, tienen su entrada en el jardín de la Danza, por debajo de unos grandes salones construidos en tiempo de Carlos V. En lo antiguo, según se colige de la descripción de Fernán Caballero (i), se hallaban rodeados de naranjos y limoneros que bebían sus aguas, y no estaban encerrados entre los gruesos muros que les dan el aspecto de una lóbrega mazmorra (2). Cuéntase, refiere la distinguida escritora, que mientras se bañaba la hermosa favorita, le hacían tertulia el rey y sus cortesanos. La galantería de aquellos tiempos había introducido la costumbre de que los caballeros bebieran del agua misma en que se bañaban las damas, y así lo verificaban en el baño de doña María el rey y aquellos otros personajes. Notó un día don Pedro que uno de éstos no lo hacía, y dirigiéndose á él le dijo: ¿Porqué no bebéis? probad esta agua y veréis cuan buena y fresca es. — No haré tal, señor, contestó el interpelado. — ¿Porqué.^ tornó á preguntar picado el monarca. — Para evitar, señor, repuso aquél, que si hallo agradable la salsa, vaya á antojárseme la perdiz.
Al pensar en las extrañas costumbres de la época del rey don Pedro, nos vemos insensiblemente conducidos al espacioso estanque que ocupa en el extremo de levante del jardín de la Danza un alto plano contiguo á la muralla. De este estanque se refiere, que hallándose muy preocupado aquel mismo rey con
(i) V. la bella descripción, ya mencionada, del Alcázar de Sevilla.
(2) El cañón de bóveda que los cubre y que hoy recibe escasa luz por las lumbreras abiertas en el patio que hay encima, llamado de doña María de Padilla, será probablemente el mismo que tenían en el siglo xiv á juzgar por las robustas ojivas en que se sostiene. El patio mencionado sufriría regularmente alteraciones cuando en tiempo de Carlos V se construyó el vasto pabellón con salones que está encima de los baños. El terremoto del año 1755, dice Ponz, arruinó el ^atio con sus adornos, y en i 766 se puso en él el enladrillado que hoy vemos, y se levantaron otras obras.
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la idea de á qué juez confiaría el sentenciar un pleito sumamente enmarañado y oscuro, cortó una naranja en dos mitades y colocó una de ellas sobre la superficie del agua. Hizo venir á un juez, y le preguntó qué era lo que sobrenadaba; contestóle el juez que era una naranja, y descontento don Pedro, le despidió, mandando llamar sucesivamente á otros varios jueces, de quienes, habiéndoles hecho la misma pregunta, obtuvo también la propia respuesta. Llegó por último uno que, al escuchar la pregunta del re}^ desgajó una rama de un árbol, y trayendo con ella hacia sí el objeto, lo sacó del agua. — Es media naranja, señor, contestóle. — Tú serás, dijo el rey, quien sentencie la causa; y la puso á su cuidado (i).
El singular carácter de este monarca y su manera de considerar la administración de justicia, nos llevan ahora al piso alto del Alcázar y al ángulo S. E., donde por remate de una poco interesante serie de salas con ricos artesonados y cornisas de almocárabe, hay un aposento cuyas paredes conservan su alto zócalo de alicatados, sus adornos de estuco con orlas de caracteres africanos, sus altas escuchas con espesas celosías, su fi*iso estalactítico, su techo medio decaédrico de buen dibujo y hermoso dorado, y una alhanía con arco angrelado y acitara cuajada de arabescos. Cerca de uno de los ángulos, hay en la pared á regular altura un bajo relieve, que representa sobre una repisa á un hombre sentado con el cuerpo torcido hacia la puerta de entrada y la cabeza vuelta hacia arriba, como contemplando una calavera que se ve en lo alto sobre una faja de caracteres africanos. Quieren que este fatídico y oscuro emblema haya sido mandado poner por el rey don Pedro para perpetuar la memoria del escarmiento que hizo con unos jueces prevaricadores. Ocúrresenos oponer, que si realmente la figura mencionada representa un juez, semejante alegoría hubiera sido más eficaz}- de más saludable efecto en la Sala de Justicia que en el dormi-
(i) Fernán Caballero, descripción citada.
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torio del rey; sin embargo, puede ser muy h'ien que e\ jus^üüj'o reuniese en ocasiones arduas á sus jueces y consejeros en la secreta estancia donde tenía la alcoba ó alhanía para descansar de sus azarosas empresas.
La Síi/a del Principe y el Oratorio son las únicas piezas de interés que nos falta examinar en la construcción anterior al Renacimiento (i); pero antes conviene que nos hagamos cargo de los objetos que al exterior nos rodean. El dormitorio de don Pedro cae al mediodía sobre los jardines: la Sala del Principe mira al norte y ocupa el piso alto de la fachada principal, por cuyos elegantes ajimeces se ilumina; el Oratorio se halla en la banda del Este. En el dormitorio hay un balcón que abre paso á una ancha galería con unas como glorietas rodeadas de asientos, al fin de la cual se encuentra un mirador con tres arcos semicirculares sostenidos en columnas pareadas de mármol con capiteles del más puro gusto árabe. Dilátanse á nuestros pies los espaciosos jardines, los cuales tendrían quizá un aspecto demasiado grave si la severidad de los naranjos y bojes que, unos contra las paredes, otros sirviendo de marco á los cuadros de flores y arrayanes, no discrepan de una augusta etiqueta, no estuviera paliada por el murmullo de las aguas rotas en los marmóreos tazones, las figuras mitológicas levantadas sobre columnas, los estanques de líquida esmeralda, la espléndida alegría del cielo, y la lontananza de unos horizontes perdidos al otro lado de los muros en el solemne silencio y en el apacible encanto de los campos. Desde la Sala del Príncipe se descubren, por encima de los almenados torreones del Alcázar, las innumerables agujas caladas que coronan la Catedral, sobre cuyo erizado remate de arcos, botareles, estribos y pináculos, descuella como un gigante puesto de vigía la berberisca Giralda con la sagrada enseña de su conversión á la fe de Cristo. — De la Sala
(i) Un horrible incendio destruyó en el año i 762 muchas estancias y techumbres del piso alto.
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del Príncipe y del Oratorio ¿qué pudiéramos decir que alcanzase al efecto de su fiel reproducción en líneas, sombras y luces? Examínese el caprichoso recorte de los ajimeces de aquella, y se verá cuánto ha influido el gusto ojival en las formas de la arquitectura de oriente; repárense los arcos del Oratorio y su esbelto sostén, y los pilarcillos que cargan sobre las columnas del centro, y saltará á la vista la influencia que á su vez ejerció la arquitectura morisca en la ojival del tercer período. Las columnas de la Sala del Príncipe y de los demás cuartos adyacentes, son de mármol, con capiteles en general riquísimos (i): hay en torno de dicha sala divanes de alicatados, y todo presenta riqueza menos el techo, ya destruido, y el pavimento, pobre y medio roto. El Oratorio fué construido por orden de los Reyes Católicos en 1504: su retablo contiene en el centro un cuadro que representa la Visitación, firmado N^icidoso Fraiicisco Italiano me fecit, notable por la mezcla de purismo italiano y realismo flamenco en su dibujo, por su expresión y por sus bellos ropajes. Los azulejos platerescos de este Oratorio son de trazos enteramente perugmescos, y quizá la muestra más bella de esta clase de ornamentación cristiana en toda Andalucía (2).
Cuenta Ford que en este oratorio se desposó Carlos V con doña Isabel de Portugal: pero la noticia es inexacta; Sandoval, mejor informado, relata aquel fausto suceso de la manera siguiente: «Ocho días después que la emperatriz fué recibida en » Sevilla, entró el emperador, haciéndole el mismo recibimiento »y fiestas... Vino derecho á apearse á la Iglesia mayor, y de »ahí pasó á los Alcázares, donde la emperatriz le estaba espe- >rando, acompañada de la duquesa de Medina-Sidonia doña »Ana de Aragón, y de la marquesa de Cénete mujer del conde »de Nasau, y de otras grandes señoras: la emperatriz y todas
(i) Según Jerónimo Zurita, estas columnas estuvieron en el Palacio de Valencia que llamaban el Real, el cual fué despojado de este y de otros adornos después de haber sido vencido el rey don Pedro de Aragón por el de Castilla.
(2) Véase la lámina Retablo y altar de la Capilla de los Reyes católicos.
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í ellas vestidas riquísimamente. Luego como el emperador llegó, » aquella misma noche los desposó por palabras de presente el » cardenal legado, en la cuadra grande que llaman media natranja (que es el Salón de Embajadores), en presencia de todos >los prelados y grandes que allí habían venido. La emperatriz apareció á todos una de las mujeres más hermosas del mundo, »como á juicio de los que la vieron lo era, y se muestra en sus >retratos. Llegada la hora de cenar, el emperador y la empe- >ratriz se pasaron á sus aposentos, y después de media noche, > (queriéndolo así el emperador por su religión) fué aderezado >un altar en una cámara del Alcázar, y el arzobispo de Toledo >que para este efecto se había quedado, dijo allí la misa y los >veló (i).»
Este casamiento, dice con razón M. de Latour, es la última página memorable de la historia del Alcázar. También las obras que llevó á cabo el emperador son las últimas mejoras notables hechas en este monumento. Queda ya indicado que los arquitectos Luís y Gaspar de Vega hicieron en él obras de importancia, y hemos mencionado, la galería alta del patio de las Doncellas y las que miran al mediodía sobre los jardines y sobre los baños de doña María de Padilla. Edificáronse entonces nuevas habitaciones donde brilló el arte del Renacimiento, enlazándose á los adornos árabes los del gusto plateresco. Pero no se limitó el emperador á restaurar, reformar y edificar de nuevo en el antiguo Alcázar, ni fueron los mencionados arquitectos los
(1) Historia, del emperador Caerlos I', lib. XI\'. año 1 5 26.— Esta velación tuvo efecto, dice don Pablo de Espinosa, en domingo de Ramos, tiempo en que dicho acto está prohibido: pero el emperador se valió de la bula concedida al marqués de Tarifa, como deudo suyo. La Semana Santa suspendió las fiestas que se tenían prevenidas: pero la solemnidad religiosa fué tal. que causó admiración á todos. Desde la Pascua, y pasado el luto por la reina de Dinamarca doña Isabel, comenzaron las justas, en que el emperador salió en persona a la plaza de san Francisco, y hubo torneos, cañas y otras demostraciones, interpolándose la boda de la reina Germana, viuda segunda vez del marqués de Brandeburgo, con el duque de Calabria don Fernando, y duraron hasta el 1 8 de mayo en que partieron el emperador y la emperatriz para Granada. — Veáse á Zúñiga. año i ^ j6.
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Únicos que allí para él trabajaron, sino que también ensanchó y embelleció sus jardines, y en el que lleva el nombre del León mandó edificar por un tal Juan Hernández, en el año 1540, un elegante Cenador, de singular arquitectura entre italiana y morisca, que es sin disputa morada digna para una encantada princesa de los tiempos caballerescos. — Este cenador ó pabellón es de planta cuadrada y mide diez pasos en cada frente: rodéale una galería de cinco arcos por cada lado, los cuales descansan en delgadas columnillas de rarísimos mármoles con capiteles árabes. Luce al exterior un friso de arabesco formando cintas que se cortan en ángulos y dibujan estrellas, y toda la parte inferior está revestida de azulejos de Triana con los contornos de sus dibujos fuertemente realzados. En el interior hay otro friso plateresco, despiadadamente encalado, y un zócalo de azulejos con orla en que brillan las armas de Castilla y las águilas imperiales. En el centro se alza una hermosa fuente con tazón de mármol blanco; en torno gira una cenefa de azulejos que imitan un mosaico alicatado, y entre sus labores se leen la fecha de la construcción y el nombre abreviado del artífice. El artesonado que cubre esta deleitosa glorieta es de gusto decadente.
El muro que ciñe estos jardines por la parte de levante está decorado á la manera vignolesca, con robustos pilastrones de tosco almohadillado, un frontispicio de dos cuerpos sobre el estanque del jardín de la Danza, y ligeras arquerías que forman una prolongada loggia de bellísimo efecto. Mucho contribuye esta decoración á la majestuosa al par que risueña escenografía que presentan los jardines desde el elevado plano donde tienen su entrada los baños, y donde descuella el mirador de Carlos V,
Mas ¡ ay ! aquellos pensiles no he pisado un solo día sin ver {¡ sueños de mi mente !) la sombra de la Padilla
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lanzando un hondo gemido, cruzar leve ante mi vista como un vapor, como un humo que entre los árboles gira : ni entré en aquellos salones sin figurárseme erguida del fundador la fantasma, en helada sangre tinta (i). ■
No nos ocuparemos mucho en las obras que hicieron los Felipes III y V y Fernando VI. Construyeron aquellos el departamento que se halla al frente de la puerta de Banderas, donde están el Apeadero y la Armería. El Apeadero es un pórtico de treinta y ocho varas de largo y quince de ancho, con dos órdenes de columnas de mármol pareadas, y con un poyo para montar á caballo. La Armería es un espacioso salón que hay encima, destinado al objeto que indica su nombre. La época de ambas construcciones consta en una lápida embutida en su fachada, que dice así: Reinando en España Phelipe tercero se
EDIFICÓ ESTA OBRA, AÑO DE MDCVII : REPARÓSE, AMPLIÓSE Y APLICÓSE Á LA REAL ARMERÍA REINANDO FeLIPE V, AÑO DE
MDCCXXVIII. Fernando VI hizo solo las oficinas que caen sobre los baños de doña María de Padilla, reparando de este modo las ruinas de las construcciones anteriores causadas por el espantoso terremoto del año 1755 (2).
(i) El Alcázar de Sevilla, romance del duque de Hivas.
(2) Hacia esta época puede decirse que comenzaron para el Alcázar los días nefastos que le condujeron al triste estado en que lo vimos durante nuestro primer viaje en el año 1853. Duró por consiguiente cerca de un siglo su época de desventuras, solo interrumpidas desde el año 1833 acá por algunas medidas reparadoras de que conviene hacer mérito para justo, aunque muy pequeño, galardón de sus celosos promovedores. Increíble parece que en tan largo tiempo de abandono no se haya venido al suelo la heterogénea mole.
En el voraz incendio del año 1762 perecieron la mayor parte de las techumbres de alíarge de las salas del piso alto que caen á los jardines, y el ministro don Ricardo Wall, temeroso sin duda del costo de una restauración en regla, mandó por real orden de abril de 1763 que todos los techos devorados por el fuego fuesen reparados según el modo de construir moderno. De resultas de tan funesta disposición, se echaron cielos rasos á dichas salas, y se rasparon las alfeizas que
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aún conservaban parte del arabesco antiguo.— tn el año 1805 se tomó el tristísimo acuerdo de variar el vestíbulo de la entrada principal y de enjalbegar con la antipática cal de Morón los magníficos estucados de la Sala del Príncipe y de otras antiguas tarbeas. Extendióse la malhadada reforma á sustituir al artesonado árabe de este salón un cielo de yeso que causaba grima, á abrir ventanas de traza moderna en el salón bajo de la fachada principal, llamado de los principes, contiguo al patio de las Muñecas y al jardín, y a poner en la techumbre del Salón de Embajadores pesadas alfardas y estribos que destruían la esbeltez de su esmaltada media-naranja.— Desearíamos saber quién fué el primero que volvió por el decoro del arte, maltratado en las épocas anteriores, emprendiendo por lósanos 1833 una racional restauración del patio de las Muñecas y del salón que le sigue al norte, arriba mencionado, y que ejecutó con plausible celo el profesor de pintura don Joaquín Cortés, secundado por el entendido alarife Antonio Raso y por el oficial Manuel Cortés.— Hacia el año de 1843 empezó verdaderamente la obra reparadora, merced á los loables esfuerzos del digno administrador del Real Patrimonio, don Domingo de Álcega. y de los que en su difícil empresa le ayudaron, a saber, el distinguido artista don Joaquín Domínguez Becquer y el maestro alarife José Gutiérrez y López. El Sr. Becquer trazó la cornisa árabe que hoy decora por la parte exterior el cuerpo de edificio que defiende la cúpula del Salón de Embajadores, cuya armazón había quedado medio desquiciada por efecto de la obra hecha en i 80 5 , y desde entonces no cesó en consagrar su útil talento á la conservación y restauración, ya parcial, ya general, del monumento más precioso de la arquitectura morisca del siglo XIV.— Durante los años S2 y 53 el Alcaide de los Reales Alcázares, Sr. Mesa, llevó á cabo la reposición de algunos ornatos de estuco en diversas estancias; y después el Teniente-alcaide don Alonso Núñez de Prado, fiel intérprete de los generosos deseos de nuestros reyes, con la cooperación del citado Sr. Becquer, condujo á íeliz remate una restauración total que si no era irreprensible á los ojos de la moderna crítica, no dejaba de ser meritoria atendida la época en que se emprendió.— En 1855 el Administrador del Alcázar solicitó la venia de S. .M. la reina doña Isabel II para ejecutar nuevas obras de restauración, y obtenido el permiso, se cubrió de cristales el patio de las Muñecas, se reedificaron los 36 arcos del palio de las Doncellas ; se repintaron las paredes y artesonados de sus galerías, se doraron sus puertas, y se hicieron otras herejías semejantes. Esta fué la última de las terribles pruebas á que sometió la Providencia la obra del rey don Pedro. — Hoy que se ve más claro, por lo que modernamente ha adelantado entre nosotros el conocimiento de la historia del arte, de seguro no volverán á cometerse desmanes como las llamadas restauraciones de 1805, 1815,1850 y 1855: pero creemos que hay insigne injusticia en acusar de bárbaros y vándalos, como lo hacen algunos jóvenes arqueólogos cuya ciencia data de ayer mañana, á aquellos celosos promovedores de las desacertadas reformas pasadas, sólo porque no alcanzaron del cielo el raro don de anticiparse al criterio de su tiempo.