Sevilla y Cádiz · Capítulo real 16 de 18
CAPITULO XXXI
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 10 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XXXI
De las demás poblaciones importantes de ambas provincias durante la Edadmedia y el Renacimiento
AMOS á terminar nuestro estudio sobre el arte monumental en las provincias de Sevilla y Cádiz recorriendo las poblaciones que mayor interés ofrecen en una y otra provincia fuera de sus dos ipitales. Y puesto que para viajar con la fantasía á nuestro albedrío no tenemos necesidad de sujetarnos á las condiciones comunes, y no siempre gratas, de la locomoción por mar ó por tierra, en carruaje ó ferro-carril, dispondremos de la manera que nos sea más cómoda nuestras excursiones. Sin que nos arredren ásperas sierras ni hondos barrancos, ni los impetuosos torrentes, ni los caudalosos ríos y brazos de mar, iremos visitando castillos, palacios, templos, seculares ruinas de construcciones de todo género, empezando por las risueñas poblaciones que contornan la bahía gaditana, y encaminándonos luego á todos los otros puntos donde la historia del arte ó la de núes-
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tra antigua civilización cristiana tengan alguna obra notable ó algún recuerdo halagüeño que registrar.
Inclinado un tanto al nordeste respecto de Cádiz, y en una punta de piedra que entra en la mar, se halla sirviendo de fortaleza avanzada al Puerto de Santa María, y marcando por un lado la boca de la hermosa bahía, el castillo de Santa Catalina. Álzase allí como el espectro de un gigante descabezado á quien es inútil interrogar acerca de su origen y vicisitudes. La primera población importante que, penetrando en la espaciosa ensenada, hallamos á nuestra izquierda, es el mencionado
Puerto de Santa María, antiguo puerto de Menestheo. — Esta ciudad, cuyo caserío lame el Guadalete para desaguar en la bahía formando en su desembocadura una peligrosa barra, es más célebre por sus corridas de toros y sus bodegas que por sus antiguos monumentos. En el comercio de vinos compite con Jerez y excede á San-Lúcar, pero en antigüedades queda muy inferior á ellas. Es fama que cuando el rey don Alonso el Sabio restauró este puerto de los moros por los años 1264, lo encontró todo destruido y asolado, y lo reedificó en honor de la Virgen María, con cuyo sagrado nombre pretendió borrar el recuerdo gentílico de la diosa Juno, que en él tuvo un famoso templo. Fundó el propio rey su iglesia parroquial y prioral, que lleva la advocación de Nuestra Señora de los Milagros^ y dice Horozco que mandó pintar en sus puertas la persona del grande y fortisimo san Cristóbal con la divina carga de Dios sobre sus hombros, costumbre originada de la que tenían los gentiles de poner á la entrada de los templos consagrados á Juno, á Hércules con el mundo á cuestas, ó con la muestra de cualquiera otra de sus hazañas. — Parecióle esta iglesia al citado historiógrafo muy semejante en su exterior á la Catedral de Sevilla; ¡qué candorosa alucinación! La recuerda algún tanto en la disposición del pretil ó lonja que la circuye al occidente, con marmolillos que quizá son antiguas columnas ; en el atrio que conduce á su imafronte; en el muro de cerramiento de dicho
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atrio, fortalecido á trechos con estribos, en el cual duran todavía dos lindas ventanas con sus columnillas y baquetones que están claramente indicando la primera construcción del siglo xiii (i); recuérdala, por último, en su fachada gótica, que aún está sin concluir después de haber habido dinero bastante para levantar á la entrada del atrio en el siglo xvii una portada barroca; pero ciertamente, y por fortuna, nada hay en el exterior de la Catedral de Sevilla que se parezca á esta portada, en que la afición á las columnas de balaustres y palitroques raya en manía.
Fué el Puerto cedido por el rey don Sancho el Bravo por juro de heredad al almirante genovés Micer Benedicto Zacarías; vendido por éste á doña María Alonso Coronel, la esposa de don Alonso Pérez de Guzmán, á quien hizo merced el rey de toda la tierra que abraza la costa desde la desembocadura del Guadalquivir hasta el Guadalete, y de todas las almadrabas desde el Guadiana hasta la costa de Granada; convertido luego en dote de doña Leonor Pérez de Guzmán al casarse ésta con el duque de Medinaceli, don Luís de la Cerda; erigido en cabeza de condado por los reyes Católicos en favor de sus poseedores; incorporado por último á la corona por Felipe V para padecer durante la guerra de Sucesión con la mayor lealtad la . invasión y el saqueo de los aliados. Durante los siglos xiii, xv y xyi, se prepararon en él expediciones contra Marruecos, para la conquista de las Canarias y para invadir á Portugal, y los nombres de Zacarías, Pedro de Algaba y Pedro Fernández, Juan de la Cosa, Cristóbal Guerra y don Alvaro de Bazán, son entre sus naturales gloriosos y populares. — El siglo xviii comenzó aciago para el Puerto en 1702: mientras el animoso Felipe de Borbón guerreaba en Italia reivindicando sus derechos, la escuadra combinada anglo-holandesa, auxiliar del archiduque Carlos, sorprendía á Cádiz; y en tanto que el príncipe de Darmstadt que la mandaba promovía por medios secretos el levantamiento
(i) V. la lámina: Ptierío dd Sania María — íí^lesia mayor.
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de toda la Andalucía, sus tropas se dieron á saquear las poblaciones de la marina, adonde los consternados gaditanos habían mandado sus papeles y tesoros; y el Puerto de Santa María experimentó, juntamente con Rota y Puerto Real, los abominables excesos de una soldadesca desenfrenada.
Además de la iglesia parroquial, tiene el Puerto otros templos pertenecientes á conventos de regulares y de monjas y á institutos de beneficencia: el Hospicio , el Hospital de la Caridad, san yuan de Dios, la Casa de huérfanas, la Capilla de Jesús ^ la Erinita de la Sangre, San Marcos^ el Espíritu Santo, la Purísima Concepción, las Capuchinas, san Francisco, san Agustín, los Franciscanos Descalzos, los Mínimos de la Victoria: todas iglesias desnudas de bellezas artísticas, así en su arquitectura como en sus retablos y altares. Entre los conventos que fueron de regulares, solo los de san Francisco , san Agustín y la Victoria, existían á fines del siglo xvi ; entre los de religiosas solo pertenece á buena época el del Espíritic Santo; pero todos eran pobres, á excepción del de Mínimos de la Victoria, fundación de los duques de Medinaceli, que todavía muestra en los robustos pilares y en la gentil bóveda artesonada de piedra blanca de su iglesia, y en los suntuosos claustros y escalinata del convento anejo (i), la piadosa liberalidad de su patrono. Los de San Agustín y San Francisco contenían sin embargo, el primero un Jesús Nazareno con la cruz á cuestas, del Praxiteles andaluz , Martínez Montañés , y el segundo una Sacra familia del Caravaggio setabense, Jusepe Ribera, repetición de otro que existió en la iglesia vieja del Escorial (2).
( 1 ) El convento de la Victoria, antes de la revolución de i 868 fué cedido á los laboriosos Jesuítas, que tuvieron en él un Noviciado.— Después de la revolución, ya en pleno período republicano, se pensó en hacer de este convento una penitenciaría política. Dictóse la medida por el ministerio de la Gobernación, pero consta que en 1876 ya estaba este proyecto dado al olvido, porque con fecha del 3 i de agosto de dicho año proponía el Sr. D. Adolfo de Castro, en el seno de la Comisión de Monumentos de Cádiz, que fuese destinado á panteón de hijos ilustres de la provincia.
(2) \'. á Ceán, Dicción, arl. Ribera.
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Hermosa es la situación del Puerto, espaciosas y limpias sus calles, alineadas y alegres sus casas, que lucen como las de Cádiz el lujo de sus revoques y tersos cristales; grato solaz ofrece el paseo de la Victoria con sus perfumadas y sombrías alamedas de naranjos y acacias; y las famosas bodegas, rivales de las de Jerez, en que tiene el dios Libre templos en forma de basílicas, brindan con deleites epicúreos de la índole más aristocrática;— pero nada de eso nos interesa á nosotros, humildes y sobrios peregrinos en la tierra de las artes y de la historia, solo codiciosos de bellezas que hablen al alma más que á los sentidos (i). — Crucemos, pues, la mansa corriente del Guadalete por el elegante y ligero puente de hierro con que la moderna industria ha suplido la falta del antiguo puente de fábrica: allí quedan anegados los arranques de los robustos pilares de éste, atestiguando la verdad con que se dolía el buen Horozco de que no había estómago para reedificarle: atravesemos el río de San Pedro y las marismas de la lengua de tierra que se prolonga para formar el estrecho paso que defendían en otro tiempo el Puntal y Matagorda, nuestros Dardanelos en la bahía gaditana, y hagamos una breve parada en la villa de
Puerto-Real. — Fundaron esta población los reyes Católicos en 1488, asomándola al seno más interior ó segunda ensenada de la bahía, sobre las ruinas del antiguo puerto gaditano que construyó Balbo. Su historia es enteramente moderna, porque no empieza á adquirir importancia sino en la guerra de Sucesión, ni á inspirar interés sino cuando la señorean en el mencionado año 1702 las tropas del Archiduque, y la dejan entregada á su triste desolación al abandonar el intento de expugnar á Cádiz. Los franceses durante la guerra de la Indepen-
(i) Durante nuestra breve visita al Puerto, vimos restos poco interesantes de un castillo acerca de cuya historia y vicisitudes no hemos podido adquirir datos. El edificio se hallaba enteramente arruinado y no encontramos en él accidente alguno arquitectónico que nos permitiese columbrar su época. Por esta razón no lo hemos incluido entre los monumentos notables de esta ciudad.
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dencia hicieron de esta villa su cuartel general, reiterando aquel propósito, no más afortunado, y entonces le destruyeron más de 900 casas.
Han sobrevivido á aquella gran ruina: su Iglesia parroquial, con título de prioral, consagrada á san Sebastián mártir, edificada sobre una cantera, de arquitectura dórica del siglo xyi y tres naves en su interior, con un atrio al cual se sube por dos rampas y escalinatas de cierta majestad; — su moderno convento de san Francisco (parroquia castrense desde el 1768); — su convento de Mínimos de san Francisco de Paula, también moderno, cedido al Ayuntamiento para establecer en él el Hospital de la Misericordia; y todo lo que no ha podido destruir en su iracundo y rápido curso la ominosa invasión extranjera, á saber, el elevado muelle que defiende en las más altas mareas el frente de la población, con su espacioso embarcadero, plateas y escalinatas; sus alegres plazas, todas provistas de fuentes; y sus incomparables vistas que registran en contorno los pueblos de Cádiz, Rota, Puerto de Santa María, la Carraca y San Carlos, San Fernando, Chiclana y Medina- Sidonia, formando el más variado y encantador panorama azules aguas y blancos caseríos, lejanas y aplomadas sierras y verdes campiñas. Las alturas de Buenavista, que caen al norte, nos impiden divisar desde Puerto-Real las pintorescas revueltas del Guadalete y sus tributarios por entre los edificios de Nuestra Señora del Portal, Jerez de la Frontera, y su célebre Cartuja.
Ni el Trocadero con sus héroes y con la moderna empresa que beneficia sus careneros y sus salinas, ni la famosa Cortadura^ que apenas ha servido más que para llevar á la bahía las arenas del Guadalete y de San Pedro ; ni Matagorda, ni FortLuís, reducidos por el implacable Víctor á informes argamasones; ni LA Carraca, arruinado arsenal de Carlos III, que solo nos habla de nuestra pasada magnificencia y de nuestro lamentable decaimiento como potencia marítima — ¡vtagni nominis umóra! — ni nada de lo que pertenece á la moderna historia militar y
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naval de Cádiz y de España, es ocupación nuestra. ¿Y quién podrá complacerse en estos lugares? Triste silencio, tenebrosa desolación y vergonzoso abandono imperan solo en aquellos diques, dársenas y caños, fábricas, almacenes, edificios de todo género, donde en otro tiempo fué todo vida, movimiento, actividad, trabajo continuo de armar y desarmar, carena, carga y descarga, construcción y reparación ! Los caños están obstruidos, los diques y fosos llenos de fango; ya no flotan en ellos aquellas numerosas naves mercantes de las compañías de Filipinas y de la Habana, ya no ondean sobre los terrenos anegadizos que circuyen la bahía los pabellones de aquellos majestuosos bajeles antiguos conocidos de N^elso7i (i).
Podríamos si quisiéramos atravesar de un vuelo de pluma el río Sancti-Petri que nos separa de la Isla gaditana, para trasladarnos á otra ciudad de las que vamos visitando de pasada; pero preferimos bajar por la orilla izquierda al puente de Zuazo, donde nos sale al encuentro el camino de tierra de Puerto -Real á Cádiz, y examinar ligeramente las obras de defensa que á su entrada y salida presenta esta especie de istmo, teatro de entretenidas y rancias leyendas (2).
Puente de Zuazo. — Y^sto. poiis asiiiortun de los franceses (3), lleva á su extremo oriental los reductos nombrados Daoiz y Velarde, una gran plaza de armas con cortina aspillerada, la batería principal llamada Cabeza del puetite, por medio de la cual pasa el arrecife, los reductos de San Pedro y San Pablo, tres cortaduras llenas de agua de los cafios^ con otros tantos puentes de tablones, y por último la batería del Portazgo, dividida en su centro por un puente levadizo y defendida con un foso que llena el agua del mar. — La defensa al extremo de po-
(1) Ford : The bxy of Cádiz. Téngase presente que nuestra descripción en este punto se refiere al año 1853.
(2) Véasela página 73, donde dejamos apuntada la fabulosa historia de la construcción de este puente por uno de los tres príncipes rivales aspirantes ií la mano de la hija del rey Híspalo.
(3) Expresión de Ford.
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niente ofrece más interés arqueológico: álzase allí el castillo arruinado de san Romualdo, antiguo y de estilo sarraceno, con muros y bóvedas de grande espesor y de dura argamasa. — Son alcaides de este castillo los duques de Arcos. — Cuando el rey don Alonso ganó la Isla gaditana, dio á Cádiz el dominio del puente con su castillo y todo el terreno de sus inmediaciones. Cerca del castillo había un lugar que se reedificó entonces, llamado en los privilegios de Cádiz el lugar de la Puente. Vino á despoblarse, según unos, al comenzar el siglo decimosexto, de resultas de haber adjudicado á la villa de Puerto -Real las alquerías y heredades de Rayhana (i); según otros, en tiempo del rey don Enrique III, por causa de una gran peste que padeció la isla. El rey don Enrique II había cedido el castillo á su criado García de Vera; muerto el donatario sin sucesión, volvió á la corona. Reinando don Juan II, el puente, que á la sazón no tenía por lo visto nombre especial, se hallaba casi arruinado, de manera que había que atravesar en barca el brazo de mar llamado río Sancti-Petri, v el monarca comisionó al doctor don Juan Sánchez Zuazo para que lo restaurase. Ejecutó Zuazo la obra á sus expensas, y obtuvo en 1408 el señorío del puente, que desde entonces lleva su nombre. — Pero sin duda volvió á amenazar ruina al siguiente siglo, porque vemos en 1509 al maestro mayor de las obras de la catedral de Sevilla, Alonso Rodríguez, comisionado para reconocer, medir y presuponer los trabajos que habían de ejecutarse en el puente (2), y después, en 1565, nos hallamos al arquitecto Esteban de Guillisástegui encargado de reedificarlo (3). — Siguiendo ahora la carretera hacia el oeste, tenemos enfrente, cercada de caños de agua sa-
co HoROzco, obra citada.
(2) Tenía el puente á la sazón 14 arcos, 13 pilares dentro del agua, 777 pies de longitud y dos muestras (fachadas) una á cada parte. Véase Documentos •pertenecientes á Alonso Rodríguez, Apéndices al Llaguno, tomo I, n.° XXXII.
(3) Esto consta de una carta que el famoso don Alvaro de Bazán escribía a Felipe II desde Ceuta en 10 de marzo de dicho año i 565, parte de la cual publica Cean en sus citadas Adiciones, tomo II del Llaguno, pág. 99.
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lobre, y en medio de un laberinto de salinas, la ciudad de San Fernando, remedando en los días en que el sol se encapota en-
ARCOS DE LA FRONTERA
Ajimez df. la casa i>ei. Conde de:, Agi ila
tre nubes, á pesar de sus planos terrados y fantásticas celosías, el aspecto de una población holandesa medio anegada.
San Fernando. — Nació lentamente de las ruinas del luo-ar de la Puente, que aún se mostraban á fines del siglo xvii en unas cuantas casas sin orden ni concierto diseminadas en torno del arruinado castillo de San Romualdo. Los opulentos trafi-
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cantes de Cádiz fueron edificando hacia el oeste del castillo y dando principio á la población actual, que ya en 1686 llegó á contar unos 300 vecinos; y luego Carlos III, trasladando á ella el Departamento de marina, le dio nuevo y decisivo impulso. Desde entonces se denominó villa de la real isla de León. Los generosos esfuerzos que hizo durante la guerra de la Independencia española, le valieron el título de cituiad de San Fernando^ concedido por las Cortes de la nación que en 18 10 celebraron en ella las primeras asambleas constitucionales.
Solo un edificio de arquitectura greco-romana bastarda, que habiendo sido convento de Carmelitas Descalzos, se halla hoy transformado en parque y cuartel de artillería, nos presenta en San Fernando un templo del siglo xvii, por otra parte desnudo de interés. Todos los demás edificios religiosos y piadosos, el Hospital de San José (del año 1768), la Iglesia parroquial de San Pedro y San Pablo (del año 1 760 al i 767), la castrense de San Francisco (del 1744), pobre y deteriorada á punto de no discernirse apenas si es casa ó templo, son de mala época é insulsa arquitectura pseudo-clásica. La iglesia parroquial ofrece, no obstante, regular aspecto : está orientada, contiene tres desahogadas naves, y su fachada se ostenta flanqueada de torres. — Los aficionados de la ciudad muestran con preferencia al forastero las Casas Consistoriales: su estilo es el consabido grecoromano de mediados del siglo pasado; pero en la disposición y decoración de los miembros arquitectónicos hay cierta valentía y grandiosidad. Parécenos lo más digno de elogio en este edificio la ciencia que revela su construcción, en que se advierten soberbios cortes de piedra, y es lástima que esté su segundo piso sin concluir. Su autor fué el afamado don Torquato Cayón, á quien vimos dirigir en cierta época la obra de la catedral de Cádiz, y que al morir dejó á la Isla de León la casa en que vivía, para capilla de San Aiitojiio (i). — Carece la población de buenos edi-
(i) Otro arquitecto de gran reputación en la segunda mitad del siglo xviii,
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ficios privados : su caserío se construyó en gran parte con mucha precipitación, y más como pasajero atrincheramiento que como viviendas permanentes, cuando se refugiaron en la Isla durante nuestra guerra con los franceses todas las familias de las otras poblaciones, asediadas juntamente con el supremo gobierno y el ejército. Tienen la calle Real y la del Rosario regulares y bien alineadas fábricas ; la plaza de las Tres Cruces es un hermoso paseo; pero hay en San Fernando más de 500 casas en estado ruinoso, y el aspecto general revela con harta elocuencia el triste decaimiento de una ciudad que ya no tiene más riqueza que los plateados pilones de sus salinas.
Dejamos ahora á la derecha los caños de Herrera y del Arillo, la llamada Torregorda^ junto á la cual aún duran restos de un reducto levantado por nuestros aliados los ingleses, y la prolongada lengua de tierra del camino de Hércules [via Heraclea de los romanos), que, con su célebre Cortadura, compara el ingenioso Fernán Caballero (i) á un brazo con su pulsera extendido para asir el blanco nido de gaviotas tan denodadamente labrado entre las olas, llamado Cádiz. Dejamos enfrente, á la extremidad de la Isla de León y en la desembocadura del Sancti-Petri, el castillo de este nombre que sobre la dura peña combatida por las olas edificó don Alonso el Sabio; y emprendemos una segunda correría por los pueblos del sudoeste de la provincia desde Chiclana hasta el cabo de Trafalgar.
Chiclana. — En los tiempos en que Cádiz era el Rotschild de las ciudades, dice con su graciosa espontaneidad el mencionado Fernán Caballero, en aquellos tiempos en que hacían los comerciantes de dicha ciudad la vida de rumbo con la grandeza propia de embajadores, la mayor parte de ellos tenían casas de
don José Prats, autor de la suntuosa capilla de Santa Tecla de la Catedral de Tarragona, florecía también en la Isla de León en 1789 construyendo la iglesia y casa de los Guardias Marinas, en cuya obra le sorprendió la muerte al año siguiente. Véase el Apéndice al tomo IV del Llaguno.— Cap. LVIII. (1) En sn lindísima novela No transige la conciencia.
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campo en Chiclaija, que se labraban y amueblaban con extraordinaria riqueza y gusto. Los hombres dedicados á los negocios se holgaban de abandonar en algunas temporadas del año aquella estrecha cárcel cercada de agua, para ir á respirar las embalsamadas auras de los montes de Vejer y Medina-Sidonia y á refrigerarse en animadas partidas de campo con las saludables aguas minerales del pozo de Bi'aqne y de la Fneiite amai'- ga. Así la villa de Chiclana, que no figura en la historia de nuestro país hasta tiempos muy modernos (i), debe su actual existencia á la justificada predilección de las opulentas familias gaditanas que han hecho de ella su Capri, su \ ulturno, su Frascati; y esta predilección es la que la ha engalanado con sus dos mil casas blancas como la nieve, limpias y aseadas, sus espaciosos jardines, su deliciosa alameda de paraísos, sus numerosos y elegantes edificios de piedra sillería ordenados en anchas y bien alineadas calles, las cuales, divididas por el Lirio que corta por medio la población como un cuchillo de plata, se tienden en un florido llano entre las dos colinas de Santa Ana y del castillo de Tiro. Llámanse los dos barrios que el río divide la Banda y el Lugar ^ y la Alameda es la hermosa franja que los contorna á la vera de su corriente. — Pero como no hay sociedad posible sin aspiración al bien moral, y no hay progreso moral sin amor, dolor y sacrificio, y sin religión que los santifique, la alegre villa ha albergado en su seno templos para orar, monasterios en que llorar desengaños, casas de caridad en que aprender; y entre los primeros descuellan, en el Lugar, la iglesia de San JiLan (2), en la Banda, la de San Sedastidfi; entre los conventos, el de Frailes Agustinos de San Telmo, cuya casa ocupa hoy el Ayuntamiento, sirviendo su iglesia de parroquial cas-
(i) El primer acontecimiento memorable que registi-an sus anales, es la sangrienta batalla dada en su término el día 4 de marzo de 181 i entre las tropas españolas mandadas por el general La Peña, y las francesas á las órdenes del mariscal Víctor, duque de Bellune.
(2) Es obra del arquitecto j-a otras veces citado, don Torcuato Gayón de la Vega, pero su arquitectura no pasa de la línea de lo común.
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trense, y el de Monjas Agustinas Descalzas; y entre los establecimientos piadosos, la Casa de Misericordia, edificio magnífico, situado casi en el centro de la población, con extenso jardín y huerto, y el Hospital de yesús. Estas construcciones son modernas y sin interés para nosotros; no así la ruinosa torre morisca que hace pocos años dominaba la colina que lleva el nombre de Castillo; no así la linda capilla circular de SantaAna, que, despojada ya de la columnata circular que la rodeaba, descuella en la colina opuesta,
CoxiL. — Llégase á esta villa siguiendo los solitarios y silvestres pinares que cubren á trechos los arenales tendidos desde Chiclana á Trafalgar, y dejando á la derecha en la desierta costa la loma de Barrosa, de glorioso recuerdo para las armas de nuestros aliados en 1811 (i). Conil fué edificado por Guzmán el Bueno: era famoso por sus almadrabas, que atraían la animación de las poblaciones vecinas en los meses de Mayo y Junio, época de la pesca de los atunes. ^ — Aunque para sus veinte casas tiene tres barrios, y además de su iglesia parroquial de Santa Catalina tiene cuatro ermitas; lo único que en él nos interesa son las ruinas del pueblo de Conilete, que se descubren á cosa de un cuarto de legua hacia el Este, y los restos del palacio de su famoso poblador. Conilete conserva gran parte de la muralla que circunvalaba la villa, y dos baluartes evidentemente construidos para defensa de los pobladores contra los continuos desembarcos de los moros en esta costa. El palacio de Guzmán el Bueno ha perdido todo su carácter con la reedificación moderna de su torre. Otro palacio ruinoso, con su capilla, se divisa al norte de la huerta de Hardal: dícese que era el abrigo de los duques de Medina-Sidonia, marqueses de Villafranca, contra las repentinas algaradas de los infieles. — Otros vestigios de población mucho más antigua se advierten en aquellos contornos.
(i) El general Graham derrotó aquí con fuerzas muy inferiores á las divisiones de RufüTn y Laval. mandadas por el mariscal Victor en persona.
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Trafalgar. — El antiguo J>romonforio de ^uno (i), mudó su nombre en tiempo de los árabes por el de promontorio de la Caverna (Taraf-al-ghár) . La desolación y el abandono reinan en torno de este mudo testigo de la destrucción de nuestra marina en 1805: el suelo permanece sin cultivo bajo los rayos de un sol ardiente y vivificador, como llevando el luto de aquel gran desastre, y solo las plantas silvestres y los zumbadores insectos recuerdan al viajero que la poderosa naturaleza no abandona nunca la tarea prodigiosa de la reproducción.
Al Este del cabo Trafalgar, que vio correr la sangre de Nelson y de Gravina y hundirse en los mares el astro de la gloria marítima de España, ya decadente desde el año 1588, están los Caños ó Altos de Meca que han presenciado cómo se sepultaron en las arenas los restos de Bessipo (2). — Llegamos al río Barbate, y subiendo contra su corriente contornada por un ramal que la sierra de Medina-Sidonia envía al Océano, vemos adherida á la vertiente de una áspera colina, como el insecto de la grana á la coscoja, tan abundante en Conil y Chiclana, la morisca villa de
Vejer de la Frontera, — [Bekkeh de los sarracenos, y en el XVI Bejer de la miel). El término que desde su altura se registra, está todo poblado de naranjales, huertas y dehesas, y repartido en sierra, campiña y costa de mar. Apenas hay lugar en Andalucía que tenga mejor tierra. Nada más encantador que los vallecillos regados por las innumerables fijentes del río Barbate; nada más poético que las orillas, pobladas de extraordinaria variedad de pájaros, de la Laguna de la ^anda, donde se dice que comenzó la funesta y épica batalla terminada en el Guadalete. — Tiene Vejer una iglesia parroquial, Sa?i Salvador (3), y otros dos templos, San Miguel y Ahiestra Señora
(i) V. las pág." 81 y 182.
(2) V. la página 181 .
(3) Iglesia curiosa del siglo xv ó principios del xvi, románico-morisca en parte, y en parte ojival, no muy bien tratada en las restauraciones de que fué objeto hace unos i 5 años.
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del Rosario, y en sus afueras, más notables como atalayas que como edificios, las cuatro ermitas de la Oliva, San Ambrosio^ San Paulino y Santa Lucia. — Esta villa era señorío de los duques de Medina-Sidonia, que hacían en su término gran cosecha de miel, y tenían en la costa más cercana las famosas almadrabas de Zahara y Castelnovo. Su caserío conserva no pocos restos de construcciones sarracenas, pero el viajero que se hospeda en la miserable venta cercana al puente, cuando llega fatigado á lo alto de la colina bajo el sol abrasador de Mayo, no se detiene á dibujar y describir viejas portadas, patios, ventanas y cornisas. — En la salida del Barbate á la mar, duraba en el siglo XVII una fortaleza construida para defender á esta tierra de las galeotas de los moros.
Vamos ahora á visitar otras poblaciones del interior. Comenzando nuestra correría en Medina-Sidonia, pasaremos á Alcalá de los Gazules: de aquí, en línea recta hacia poniente, — que la imaginación no respeta montañas ni barrancos, — nos encaminaremos á Jerez por Paterna ; desde Jerez , siguiendo otra línea con dirección al nordeste, pasaremos á Arcos de la Frontera y Bornos, cruzaremos el Guadalete, é iremos á Zahara y Olvera; de este punto bajaremos en línea perpendicular á Gibraltar por Grazalema, Ximena y Campo de San Roque. Después costearemos la bahía de Algeciras, y por último, daremos una ojeada á Tarifa, desde donde zarparemos con dirección á Rota. Situados por segunda vez á la entrada de la bahía gaditana, nos prepararemos para otra excursión no menos variada y fecunda en recuerdos de los buenos tiempos pasados.
Medina-Sidonia. — Esta ciudad, célebre por sus dehesas y ganados, y cabeza del señorío ducal de los descendientes de Guzmán el Bueno, á quienes pertenecía toda la tierra entre el Guadalete y el Guadiaro, tiene una noble historia. Después de caer España bajo el yugo sarraceno, siguió siendo entre los cristianos y mozárabes la capital del Obispado. Tuvo prelados de gran sabiduría, como Esteban, tío y maestro de Juan
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obispo de Córdoba, en el siglo x. Huyendo de la persecución de los almohades, el obispo asidonense se vio en la precisión de refugiarse en Toledo, y quedó la grey cristiana sin su pastor, imposibilitando luego la restauración de la Sede las invasiones de los terribles normandos. Pero llegó la época del desquite. Don Alonso VII de Castilla y don Alonso VII de Aragón [el Batalladora^ hicieron en el primer tercio del siglo xii terribles incursiones por la tierra de Andalucía, hasta el punto de que el segundo, pasando por Guadix y Salobreña, tuvo el capricho de darse al mar, que nunca antes había visto, en un esquife, en el cual comió de su propia pesca. Creció el brío de los Estados cristianos: cayó en poder de Alfonso VIII la fortaleza de Calatrava, que defendía el esforzado caudillo sarraceno Abul-Hegiag-ben-Cáliz, y la muerte cruel é injusta dada á éste por el Amir almohade de tal manera le hizo odioso á sus subditos, que cuando llegó para el Islam el gran conflicto que lleva en la historia el nombre de batalla de las Navas de Tolosa^ en lo más recio de la refriega, los caudillos andaluces y sus valientes tropas, cubiertas de polvo y sangre enemiga, desampararon al Amir, volvieron riendas y se alejaron del campo. Pero Medina-Sidonia por su fuerte posición podía aún por algún tiempo sostenerse contra los embates de los ejércitos cristianos, aunque los acaudillasen paladines tan esforzados como el Infante don Alonso de Molina, Alvar Pérez de Castro y los Pérez de Vargas, vengadores de la honra de España en la memorable batalla de Jerez, junto á las márgenes de aquel mismo Guadalete donde la perdió Rodrigo ; si bien forzosamente había de rendirse al cabo, después que Fernando III hubiese ceñido los laureles de Córdoba, Écija, Carmona y Sevilla, y hecho tributarias á Jerez, Alcalá de los Gazules, Vejer, Puerto de Santa María, Cádiz, Rota, Sanlúcar, Trebujena, Lebrija y Arcos.
Conquistadas luego estas mismas poblaciones tributarias por el rey don Alonso X, entró Medina-Sidonia en la suerte común, y fué repoblada y favorecida con señalados privilegios, á
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los cuales debió sin duda la importancia que revelan sus Casas Consistoriales, su Pósito y sus templos.
Hállase situada sobre un cerro espacioso, á cuyo tope convexo se ajusta su blanco caserío como un turbante á una cabeza de musulmán, pero su antiguo castillo no domina ya en la cima que aún lleva el nombre de Mota de Medina. Fueron sus torres desmochadas y sus adarves demolidos por orden de Carlos V. «Desde allí, como dice el buen Horozco, es de mucha » recreación i gusto extender la vista, i ver á una parte ásperas »i grandes sierras que por Ronda entran en el reino de Grana- »da, i á otro lado el estrecho de Gibraltar i Tarifa, con lo que »de África está frontero, luego el espacioso i ancho mar, sus » riberas, la isla de Cádiz, la bahía i todos los demás lugares, »sus vegas, sus campos i heredamientos.» Pero hace Ford, hablando del aspecto de Medina, una reflexión muy exacta, aunque poco lisonjera: «esta ciudad (observa) es un sepulcro blan- »queado en que todo es decadencia y letargo. — Lo mismo puede » decirse de muchas de estas enriscadas y fortificadas poblacio- »nes, que, doradas por un sol ardiente y pintorescas por su » forma y posición, aparecen como moradas de felicidad y plaj>ceres vistas por el cristal engañador de la distancia: mas des- »vanécese toda ilusión cuando se penetra en sus, masque casas, » cavernas, donde imperan el desaseo, la pobreza y la ruina. La ♦ realidad, que sigue como la sombra á toda lisonjera perspectiva, » oscurece el hermoso y poético sueño de la sobrexcitada fanta- »sía (i).» — El arruinado castillo de Medina nos trae á la me-
(i) No hay mayor contraste, añade el citado viajero, que el que ofrecen los pueblos del mediodía de España según las variaciones del tiempo: lo mismo que en Oriente, son todo cieno y miseria durante las lluvias invernales; pero sale el sol, y todo aparece dorado. Igual efecto produce la sonrisa en el semblante de la mujer andaluza, por lo común melancólico, que lo aclara é ilumina. Felizmente en Andalucía la regla general es el buen tiempo, y no la excepción como en el norte. El sol bendecido ama la pobreza, y su acción estimulante y regocijadora vigoriza al hombre y le fortalece para sobrellevar los males morales á que, sin duda por compensación, parecen más afectos los países favorecidos por el clima que aquellos otros en los cuales el cielo está siempre nublado y los vientos son más fríos.
II-
moria sangrientos recuerdos: en él vivió retirada, huyendo de la venganza de la reina doña María y de don Pedro el Cruel, la hermosa favorita del caballeresco don Alonso XI; en él encerró el mismo don Pedro (en 1361) á la infortunada doña Blanca de Borbón, la María Stuardo de nuestro romancero, y en él la hizo dar muerte. Aún parece que vaga por entre aquellos argamasones cubiertos de yerba un eco perdido del triste lamento de la reina, recogido por la tradición y formulado en sentido romance por la musa popular :
¡Oh Francia, mi noble tierra ! ¡oh mi sangre de Borbón I Hoy cumplo decisiete años y en los deciocho voy : el rey no me ha conocido ; con las vírgenes me voy. Castilla, di, ¿qué te hice? yo no te hice traición. Las coronas que me diste de sangre y suspiros son ; mas otra terne en el cielo que será de más valor ! ( i )
Los restos del demolido castillo se emplearon, juntamente con piedra del Jardal, en la construcción de una de las iglesias parroquiales, la de Sajita María ¿a Coronada: al menos no se profanaron aquellas piedras santificadas por la sangre de una reina mártir! — La arquitectura de esta iglesia es una curiosa muestra del apego de nuestros arquitectos del Renacimiento á las antiguas formas del sistema ojival : siendo gótica su estructura, las bóvedas de crucería descansan en delgadas columnas istriadas. La torre y la portada son modernas: mide aquella 153 pies de altura; ésta, toda de mármol blanco, con métopas y otros ornatos de mármol negro, se compone de dos cuerpos, dórico el inferior, y el superior jónico. — Hay otra parroquia de-
(i) Romance n.' 972 de la Colecciónele Duran.
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dicada á Santiago en la plaza de este nombre; y en la plaza de las Monjas está la casa del duque de Medina-Sidonia, aquí con más razón que en Sevilla verdadero señor del higar. — La llamada Silla de pan decimal es una fábrica sólida situada en la plaza de San Francisco, que sirve de Pósito, capaz de contener veinte mil fanegas de trigo. — Las Casas Consistoi^iales, son un edificio greco-romano, construido también de piedra del ¡ardal, de dos órdenes, toscano y dórico, cuya fachada coronan las armas de la ciudad.
A unas dos leguas al nordeste, casi en medio del nudo que forman las sierras de Gazules. de Ubrique y de Medina con el puerto de las Suteras, tenemos la población que fué en la Edadmedia cabeza del ducado de Alcalá, perteneciente á los marqueses de Tarifa, y que lleva el nombre de
Alcalá de los Gazules. — La antigua villa estuvo sobre un elevado cerro rodeado de otros menores, donde aún se conserva parte de la muralla primitiva con las puertas que el vulgo llama hoy NiLcva y de la Imilla. Alcalá de los Gazules tenía en tiempo de la dominación sarracena su régulo independiente. De la pavorosa mansión donde éste se cernía como el águila sobre la presa, sólo queda un torreón medio destrozado, porque el castillo, que habían conservado los marqueses de Tarifa, fué habilitado )• guarnecido por nuestras tropas durante la guerra de la Independencia, y los franceses lo tomaron y lo volaron en iSii. — La población nueva está echada sobre la vertiente del cerro de los Arios, todo coronado de viñedos, como una pantera de líneas ondulosas recostada en el regazo de un sileno. — Esta población ofrece más vestigios del arte de los siglos xv y XVI que muchas ciudades de las que venimos recordando desde nuestra salida de Cádiz. En su plaza de San Jorge (vulgarmente llamada de la ConstituciÓTi) está la iglesia mayor, con su torre ceñida al pié por una espaciosa grada de mármol. Esta parroquia, que no conserva del siglo xv más que una portada ojival cuajada de lindas estatuillas, fué la iglesia en que, por
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concesión del Papa Clemente VII otorgada al primer marqués de Tarifa, se refundieron las tres antiguas parroquias, más bien ermitas, de Sa7i Vicente mártir, San Ildefonso y Sa7i yorge, que subsistían en el siglo xvi. Otra portada que tiene es corintia (del año 1739): dórico y toscano el interior del templo; de orden compuesto la sillería del coro; las gradas de éste y del altar mayor, de jaspe negro de Peña Jarpa ; la torre, elevada 37 varas, es de ladrillo, con un remate de azulejos del más pintoresco efecto. — El mencionado marqués de Tarifa fundó á principios del siglo decimosexto el convento de Dominicos de las Sagradas Llagas, edificio tan majestuoso como su templo, que el patriotismo pigmeo de nuestros días, con sus acostumbradas bufonadas vandálicas, destinó á cuartel de la milicia nacional. — La propia época-madre del Renacimiento vio erigir en Alcalá el convento de m,07ijas de Santa Clara (á mediados de dicho siglo xvi) ; y el convento de Minim.os^ fundado extramuros de la población por el beneficiado don Alonso Cárdeno, que murió en el 1 586, y trasladado luego al sitio que hoy ocupa con el nombre de la Victoria. — Merecen explorarse por la tradición de su grande antigüedad las construcciones de las ermitas de San Vicente 7nártir, de los Santos Mártires^ y de la Vera Cruz. Nosotros no tuvimos tiempo ni medios para verificarlo.
Saliendo de Alcalá de los Gazules en dirección al noroeste, hallamos la villa moruna de
Paterna, propia en los pasados tiempos de la casa ducal de Alcalá. Atravesamos las alturas que la separan de la cuenca del Guadalete, dejamos á la espalda, para volver luego á ella, una famosa Cartuja situada á la margen derecha de este río, y á cosa de tres cuartos de legua hacia el noroeste, vemos levantarse rodeada de cortijos, ranchos, dehesas, olivares, granjas y viñedos, y resguardada de los vientos boreales por una espléndida sierra, la aventajada rival de Xiraz de Persia.