Tradiciones argentinas · Unidad 100 de 252

Unidad 100 · DOCTOR P. OBLIGADO 1 53

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

DOCTOR P. OBLIGADO 1 53

Siendo éste alcalde de primer voto, seguía el hilo del sumario, pidiendo autorización para trasladarse con los miembros del Cabildo que iban á saludar al nuevo virrey, y no consiguiéndola por sospecharse á lo que iba, le envió un obsequio del que poco caso hizo Aviles. Pretendía congraciarse, pues que el anterior no dio importancia á su requisa inquisitorial, si bien, por no aparecer más tibio que el cabildo, había tolerado que se paseara en burro y con un sambenito, en contorno de la plaza, al francés Barbarín, sin aclararse más en el motín de los franceses, del que se creía precursora la temible medallita revolucionaria.

Pero como no era cosa que se amojosaran los flamantes instrumentos de tortura en subterráneos tan próximos á D. Santiago Antonini (francés y relojero), entre cuyas mercancías aparecía la caja de rapé secuestrada por un negro esclavo de Alzaga, si no le puso sobre el potro de tormento para arrancarle confesión, sí le hizo dar de mano, le tomó los dedos, las uñas, y poniendo sus yemas bajo el torniquete, ensayó el primero de los grados de tortura sin obtener nada del torturado bajo el subterráneo.

Y aquí viene de molde parrafito histórico de lo que era la Inquisición, que si no llegó á funcionar más entre nosotros no fué por falta de penitenciados en el Virreinato, sino porque el tribunal del Santo Oficio, instalado en Lima, comprendía su jurisdicción desde Santa Fe de Bogotá hasta Buenos Aires, incluso Chile. Así la monja Carranza, doña María de la Cerda y Badillo, por hechicera, como el infeliz juijeño D. Agapito, no fueron los únicos argentinos penitenciados en Lima. Todos caían, hasta obispos y arzobispos, pues Luna Pizarro también fué denunciado, y hasta el mismísimo rey de todas las Españas fué citado, que no tuvo la previsión del astuto virrey del Perú, quien al comparecer ante el tribunal entregó su reloj al gran inquisidor, saludándole con estas palabritas: «Queda rodeado el convento de cañones con la orden de que si antes de cincuenta y nueve minutos no salgo, arrasen toda la manzana, sin dejar uno vivo.»

Parece que después de la chamusquina del Inca Tupac apremiaron las requisas por todas partes, á punto de que cada dedo se les antojaba revolucionario, y apetito erótico tal despertóse de pronto en nuestras marisabidillas de las provincias de arriba, que sólo en Tarija de una docena pasaron, denunciadas por habérseles encontrado las Cartas de Abelardo y Eloísa, Voltaire en camisa, ó Venus sin ella, estampas al natural, con el traje de Eva antes de pecar. Por guardar libros prohibidos eran condenados los más, comprendido en ellos hasta la Historia de Federico de Prusia, secues-