Tradiciones argentinas · Unidad 99 de 252

Unidad 99 · 150 TRADICIONES ARGENTINAS

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mando del primer regimiento de la división 3 1/ de caballería del imperio.

Las últimas noticias que del general Villanokoff recogimos en nuestro primer viaje á Rusia^ treinta años ha, fueron de haber marchado hacia el Afghanistán en vísperas de la insurrección del Kan de Kiva.

Tal es compendiada á grandes rasgos la curiosa tradición de un soldado argentino cuyas hazañas le hicieron célebre en distintas regiones, tan distantes de la playa natal^ donde esfumada entre lejanas brumas se desvanece su marcial figura.

LA CONSPIRACIÓN

DE LOS FRANCESES

Los franceses contemporáneos se enorgullecen de que ellos han enseñado la libertad al mundo, declarando los derechos del hombre bajo el lema Liberiad, Igualdad, Fraternidad, escrito en todos los muros de París, siquiera para conservar estas cosas escritas. Algo olvidadizos, no recuerdan que todas ellas les vinieron de América, que los tan decantados principios de 1789 ya se habían hecho carne, cantándose por plazas y calles con la hbertad americana, repiqueteándolos la gran campana que llamó al pueblo á la Independencia en 1776, la misma que á su cumplesiglo tuvimos ocasión de besar en Filadelfia, reverenciada en la^Casa de la Patria, y en cuya minúscula reproducción mojamos la pluma con que trazamos estas páginas.

Sin embargo de ponerse en duda si en esta capital del virreinato actuó la Inquisición, por más que el general Mitre acaba de obsequiar á nuestro celebrado numismático Rosa el mismísimo sello del Santo Oficio, relieve en hierro de fray Pedro de Arbués, gran Inquisidor, y agregar el historiador Domínguez que los instrumentos de tortura fueron mandados quemar en la plaza pública por manos del verdugo, no fué el Sr. Antonini el único que declaró haber recibido tormento. De una á otra referencia deducimos para nuestro coleto, que, si no hubo Inquisición aquí permanente, fué porque el ensayo dio fiasco. Expresó, sí, su cariño la madre patria, enviándonos, después de los potros que descuartizaron al cacique Tupac-Amarú,

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el Santo Tribunal, que entre las numerosas víctimas sacrificadas en el Perú, algunas de ellas eran de estos barrios.

Vino, pues, la Inquisición con todos sus adminículos de tortura: ruedas, embudos, perchas, tirantes, braseros, rondanas, cabrias, inquisidor mayor, y corte infernal de familiares, crucifixeros, denunciantes, y aunque contradictoria aparezca esta inmediación de la libertad al potro de tortura, explícase que si no en un mismo barco vinieron, por un mismo acto aparecieron. También podría esta tradición denominarse: «La libertad en camisa, en medias ó enaguas,» entre las que se introducía la libertad en América, medallita revolucionaria con su efigie, que tanto encocoró á ministriles, alcabaleros y alguaciles, trayendo muchas noches al Excmo. Sr. Arredondo sin que le llegara la camisa al cuerpo.

Saltaba de su lecho un buen día este virrey, en mañana de poco frío, tiritando, no de éste, sino por el sinapismito recién llegado de la corte (i 8 de mayo de 1791) en que reprendía el conde Lorena su incuria y poco tino, advirtiéndole que el rey estaba noticioso de que entre los géneros comerciales de mercería fina, como en relojes, tabaqueras, medallas y monedas, grabado en ellas había el busto de una hermosa mujer con el cabello suelto (la Libertad) y el gorro frigio. Lo más horripilante era que la mujer en camisa venía hablando sola cosas nunca oídas y frases tan subversivas como la leyenda que de su boca cerrada salía: Libertad Americana.

Y á medio vestir, pues si la Libertad se introducía en su aposento con toda libertad, casi desnuda, el virrey la recibió en gorro de dormir, tomando la de ganso se puso á escribir precipitadamente al señor Gobernador, Subdelegado de la Real Hacienda en Montevideo, para que «estreche su Providencia los puertos del. distrito de su mando, cele con la mayor vigilancia se mtroduzca ninguna especie de moneda, dijes ó medallas que tengan alusión á la Libertad de la Independencia Americana, cuya propagación pudiera ocasionar muchos perjuicios á la tranquilidad pública, haciendo recoger y reembarcar cualquier cosa que represente tales objetos, recogiendo con prudencia y sin dar á entender el motivo las que se hallaren esparcidas en monedas, alhajas y relojes, que contengan señales alusivas.»

Bien creía haber desempeñado su vigilancia el Sr. de Arredondo, cuando, á poco de recibirse su sucesor Aviles, sacando una medallita del bolsillo que obtuviera al pasar por Montevideo, le dijo: «A pesaj- de tan decantada vigilancia, se las han pasado por l^s narices de Su Excelencia, igual su efigie á la tapa interior del reloj que me envió el Sr. Alzaga á la Colonia.»