Tradiciones argentinas · Unidad 148 de 252
Unidad 148 · EL QUE ARREBATÓ LA BANDERA
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EL QUE ARREBATÓ LA BANDERA
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El general Belgrano, político más hábil que militar, tuvo el don de atraer mayores simpatías á la causa de la Independencia con su palabra y su ejemplo que con su espada.
Ya al regreso del Paraguay venía derramando buena semilla á lo largo del camino, si bien caídas en terreno poco propicio para la libertad, que más lozanos retoñaron allí, posteriormente, los arbustos de Francia, López y el último tirano. Su propaganda, resultado semejante dio al de las invasiones inglesas; que, si rechazaron la conquista los hijos de la tierra, no hicieron oídos de mercader á sus advertencias:
— Ya ustedes son grandecitos, y á los trescientos años no deben estar esperando les llegue desde dos mil leguas distante el último alcalde. En todo caso, entre seguir siendo colonos de la última nación ó de la primera del mundo, prefieran coleccioríar libras inglesas.
Todavía hay quien piensa que hicieron mal en no aceptar consejos tales; pero nuestros buenos padres, siguiendo sus nobles aspiraciones, presintieron algo mejor y se hicieron independientes. Desde que salió Belgrano de Buenos Aires, prolijo agricultor, continuó la sementera. En el Rosario inauguraba la bandera nacional, distinguiendo en esa solemnidad al santafecino Maciel, que izó la primera bandera. En Córdola predicó la Revolución, atrayéndose la juventud más entusiasta, y militares, sacerdotes,
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doctores y hacendados coadyuvaron con gusto, siguiéndole entre otros vecinos el Sr. D. Mariano Benítez, acaudalado comerciante de aquella plaza. En Santiago, como en Salta, sedujo con sus caudillos locales todo el gauchaje, como en Tucumán no fué Helguera, su ayudante predilecto, el único de la dorada juventud que le acompañó hasta lo último.
De Benítez, ejemplo digno de recuerdo, recibió en Córdoba trescientas onzas; en Santiago, numerosa mulada; en Tucumán, dentro de ordinario pañuelo de hierbas (no quedaba otro), atadito que vale lo que pesa, no sólo por contener todas las alhajas de su mujer, sino por la abnegación con que arrancaba ella las últimas arancadas de sus orejas, predestinadas á oir luego tantas cosas malas, celos, envidias, despecho, emulaciones y calumnias, y hasta chismes de viejas vecinas, en que tan entusiasta patriota tildado fué de felón..
Pero ¡cómo ha de ser! Tal es el pago de la ingrata humanidad. Hacer bien para sólo recoger ingratitudes, ¡Cuan cierto que todo el que se mete a redentor sale crucificado! ¡Qué extraño que aconteciera igual al ayudante, si su mismo general Belgrano murió por la ingratitud de sus conciudadanos! Cuando llegó á Salta, habiendo Benítez ofrecido á la patria su dinero, haciendas y alhajas, no teniendo más que dar, se dio á sí mismo, con un esclavo y su persona para todo servicio. A ese negro Perico, su último siervo, la casualidad le convirtió en su salvador.
Conociendo como pocos todas las entradas y saHdas, cuestas y serranías, caminito al Alto Perú, por sendas desconocidas guió al ejército de Belgrano entre desfiladeros tan inaccesibles, que cuando Tristán vio descolgándose las tropas argentinas á su retaguardia, exclamó admirado:
— Preciso es que sean águilas para desfilar por tales cerros.
Y águilas había en el ejército de los patriotas, por la majestad de su vuelo y lo escudriñador de su mirada, como probó ser ese mismo señor Benítez.
A eso de las dos de la tarde, el 20 de febrero de 181 3, Benítez, que hacía veces de ayudante del cuartel general, en el crítico momento de la batalla indecisa, se aproximó á Belgrano, advirtiéndole en voz baja que parecía flaquear el ala derecha.
— Vaya usted á todo galope y transmita mi orden al comandante de ese batallón, que cargue inmediatamente. Si trepida, pegúele un tiro y haga cargar usted.
No poco trabajo costó dar con el susodicho comandante, que se mos-