Tradiciones argentinas · Unidad 150 de 252

Unidad 150 · DOCTOR P. OBLIGADO 233

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DOCTOR P. OBLIGADO 233

distinguió á dos abnegados ciudadanos del mismo nombre, á tan larga distancia de tiempo y lugar.

No fué la única recompensa que D. Mariano Benítez, hijo de Córdoba y avecindado en Salta, recibiera por su heroica acción. Si nadie puso en duda ésta, y Belgrano lo recomendó á la consideración pública; si él nada pidió, creyendo sólo haber cumplido un deber al dar cuanto tenía á la patria, los que luego la dirigieron estrecháronla de tal modo en sus mezquinas ambiciones, que la condujeron al borde de su ruina. Nacido en Córdoba, los cordobeses lo malquerían por haberse trasladado á Salta, y los sáltenos tildábanle de extranjero, en estrecha política de barrio. Y hasta en ello resalta doble coincidencia en ambos Benítez: que sin ser militares sabían tomar banderas. También al Dr. Benítez, hijo de Entre Ríos, llegó á llamársele extranjero en Corrientes. Habían pasado los tiempos de la patria grande, y los politicastros de nuevo cuño no se convencían que los nacidos en Córdoba, Salta, Entre Ríos y Corrientes tenían por patria la de todos los argentinos.

En la época en que cada caudillo de provincia se creía soberano y absoluto dueño de casa, Güemes empezó á perseguir con ahinco á los que en su provincia no eran sus comprovincianos, y poniendo en práctica la máxima «el que no es mi amigo es mi enemigo,» emprendióla vivamente contra el cordobés Benítez, declarando que «no contentos con tener el pandero en su tierra, por toda endija pretendían introducir baza los cordobeses, sempiternos ergotistas, cucharitas de botica, que en todas partes se meten.» Cuando encarceló á unos y persiguió á todos los que á su estrecha política se oponían, sacrificó á Benítez, creyendo cortar de raíz la oposición, cortando su cabeza.

Así, en una ocasión, salía de la ciudad de Salta escoltado por cuatro tiradores, y al cruzar el campo de la Cruz^ iluminado por la luna llena que asomaba tras el Castañar, dijo Benítez al oficial conductor de la partida:

— Como no sé dónde me llevan, permítame echar pie á tierra y hacer mi último rezo ante esta cruz, cuyo letrero: «Aquí yacen vencidos y vencedores,» me trae á la memoria que aquí mismo quité la primera bandera á los españoles, cuyas trepas todavía nos rodean.

Al poco rato de persignarse se levantó á besar la cruz negra. En el mismo sitio se alza hoy sobre blanco basamento otra en substitución de la que, plantada por Belgrano, arrancó Tristán. Saltó luego en su muía, agregando al oficial que le conducía: