Tradiciones argentinas · Unidad 248 de 252
Unidad 248 · 384 . TRADlCiG^ES ARGENTINAS
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gler, ya testigos únicos de las hazañas de su jefe, á quienes has oído la admiración con que le recuerdan.
Pero, entre todos los discípulos de Brown, descuellan como dos verdaderos lobos marinos los coroneles Espora y Rosales.
En cierta ocasión tuvieron, acaso por simple cuestión de amor propio, un resentimiento que, como las rencillas de á bordo, más se enconan por el reducido espacio en que se concentran, y cual la mancha de aceite, va creciendo, extendiéndose. Tras altercado de palabras fuertes se retaron á duelo. Brown, valiente y cristiano, á pesar de haber pasado la mayor parte de su vida combatiendo en defensa de la patria de su adoración, jamás se batió por cuestiones personales. Nacido en una gran nación, donde no se conoce el duelo, siempre lo prohibió en la escuadra de su mando. Creía que la patria no cuelga la espada al cinto de cada uno de sus defensores sino para defenderla; que el hombre no debe hacerse justicia por sí mismo, y que, excepto el caso de propia defensa, no es dable andar á sablazos, menos entre compañeros.
Tal vez lo contrario se piensa hoy en ciertas esferas, sin ser extraño entre los más jóvenes y principio corriente que, al primer pisotón, bien sea casual, deba contestar un sablazo. Al respecto limitóme á aconsejarte aprendas todas las armas, te adiestres en toda esgrima, no para alardear ó desafiar á nadie, sino para saberte defender en todas circunstancias. Observa el lema que leíste en la espada de tu abuelo:
«No me saques sin razón ni me envaines sin honor.»
El caso fué que, con razón ó sin ella, concertado un duelo entre dos de los más valientes oficiales, por el cariño que tenían á su jefe, creyeron deber no llevarlo á efecto sin despedirse de él. El comodoro, ya al corriente de lo proyectado, al solicitársele venia para bajar conjuntamente á tierra, les dijo no se le ocultaba el objeto de la licencia, y extrañaba que, distinguiendo á ellos entre compañeros de gloria, no le hubieran designado para dirimir su contienda. Que si ambos querían corresponder á su aprecio, no dudando tendrían razón para el duelo, excepcionaría lo reglamentado, si le confiaban dirigir el encuentro.
Gustosos ambos, se sometieron anticipadamente á todas las condiciones que quisiera imponerles su jefe, tan competente en cuestiones de honor.
— Pues bien: por de pronto — dijo, — preciso es aplazar un momento el lance; hay algo más importante que á todos nos interesa. El enemigo no