Tradiciones argentinas · Unidad 34 de 252
Unidad 34 · 6o TRADICIONES ARGENTINAS
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6o TRADICIONES ARGENTINAS
do. Antes que aparezca el sol debo anunciar al patriarca cuál es la elegida.
— Salga el sol por Antequera (nuestro cicerone era el cónsul de España en Moscow), tras el Volga ó sobre el Neva, antes ó después de su salida, puedes anunciarla. Mi elección es irrevocable.
— ¡Hijo amado! Mira á lo que te expones; sólo has visto doncellas á media luz. Que ésta se aumente, abre bien los ojos, y también las ventanas, al aclarar el día.
— Aunque se abran todas las cortinas, holandas y muselinas, no desisto. He obedecido á la voluntad de Dios y á la tuya en aceptar una corona que con asaz frecuencia curva bajo su peso la cabeza que la lleva. No osaré ir contra tu deseo; siempre fuiste mi consejera y mi sostén. Obraré según tu voluntad, pero sobre el corazón no se manda, y jamás el mío consentirá en amar á otra. Es mi destino ser siempre desgraciado. Perdí mi primera esposa al mes de serlo, y hoy se me aleja la de mi elección. No es la más hermosa, pero sí la que tiene cara de más buena, la belleza del corazón. Siempre he dado oídos al mío; nunca me engañaron sus presentimientos. No es de alto rango, lo soy yo. Es pobre, yo soy rico: nos complementamos. Ella es desgraciada, y en esto somos iguales. Recuerda, madre mía, cuánto he sufrido y cuánto he sido perseguido desde la cuna — exclamó llorando.
¡Qué corazón de madre puede resistir ante las lágrimas del ser querido!
— ¡Oh, mi hijo bien amado! — contestó la czarina. — ¿No he sufrido yo también? Mi marido se extinguió en tierra extraña. ¡Cuántas veces he visto levantadas las armas sobre ti! La Providencia te ha protegido reservándote para gobernar esta tierra. ¡Que la voluntad de Dios se cumpla! No iré yo contra tu deseo. Toma por esposa la que tu corazón eHja.
Informándose sobre ésta, resultó parienta, aunque lejana, de la noble doncella que acompañaba, hija de gentilhombre venido á menos y retirado á labrar la tierra en la de su nacimiento.
A la mañana siguiente, Eudosia, la elegida, ya con las reales vestiduras, fué introducida al departamento del czar, donde éste le llamó su novia ante Dios, y la futura suegra su hija muy querida. El clero de todas las Rusias elevó plegarias al Rey de los reyes, que abate el orgullo de los hombres y eleva la virtud desconocida.
Sobre la plaza roja los habitantes de Moscow aclamaron entre vítores y aplausos la real pareja, y después del Tedeum, en esta misma iglesia de cuya torre cayó la campana que referimos, las hijas de los príncipes y bo-