Tradiciones argentinas · Unidad 47 de 252
Unidad 47 · DOCTOR P. OBLIGADO 77
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DOCTOR P. OBLIGADO 77
rotta), Aramburu, Stagno, Gayarre, en los mismos teatros en que la Dusse y la Judie fueron aclamadas.
En 1895, el maestro Berutti hacía subir á la escena su aplaudida ópera Taras-biilba. Tres años antes, otro eximio compositor argentino, el señor Bemberg, cosechó aplausos con su original Helena en el Teatro Real de Londres.
Y por fin de fiesta, ¿tendréis curiosidad, queridas lectoras, de saber quiénes acostumbraban ocupar los palcos en el primer teatro, parecido á galpón, como el de la Alhambra?
Aunque ha llovido algo desde entonces y no eran de moda los cronistas de teatro ni de vida social, si bien ella más íntima, sencilla y de confianza, sin los estiramientos y lujo de estos tiempos, que, desde bajar del lecho, exige prenderse grandes dormilones ó brillantes, por si llega visita fuera del día de visita; la casualidad, en un librero de viejo judío y anticuario, puso ante nuestros ojos al dorso de un listín de toros, sin duda escrito por alguno de los bisabuelos muy dados á sus corridas, la siguiente nómma:
¡Cuan distantes nos encontramos de aquella primera tentativa de teatro en el de cuatro tablones, cerrando un hueco, respaldado por el paredón del fondo sobre la plaza; del corral improvisando con balumbas sobre pipas vacías su tablado en 1747; del que veinticinco años después tablones alzados sobre estacas formaban bancos y bretes más estrechos que los de actual caballeriza, á los costados como palcos, con sillas, cuando el negrito esclavo las llevaba á sus amos, separados de mirones que no dejaban ver, amontonados sobre palenque ó la valla de los parados!
A la trasera de ellos, la mulatita del coscorrón servía el mate, ó traían de la casa vecina humeante chocolatera de plata, como toda la vajilla de casas donde contrastaban cortinajes de damasco bajo viejos techos de caña y teja.
Ya en la época del tercer teatro, que Olaguer inaugurara, frente á la Merced (Teatro Argentino), á cuyo patio de doscientos asientos rodeaban veinte palcos altos, no fueron tan en boga tonadas y seguidillas como el fandango en los entreactos; pero todavía el negro del farolito anunciaba por calles y plazas, desde la de Toros hasta el barrio de la Ranchería, en su media lengua bozal. Siripa y Maratón, El Tartufo y la Camila, repi-
tiéndose como la pieza más en boga la que más entradas hacía vender en la reja; y tan aplaudidos como años antes, al anunciarse con estrellas de velas, lo habían sido Las anuas y la hermosura, Efectos de odio y amor, al compás de las ocho guitarras por toda orquesta.
Siglo y medio más tarde de ese primer embrión de teatro, no ha terminado el magnífico de Colón, que alza sus techos soberbios sobre el mismo solar de que salió silbando la primera locomotora que anunciara con su estandarte de humo y llamas el progreso que ha esparcido á uno y otro lado de las veinte mil millas de su recorrido. En el Teatro de la Opera^ improvisado en espera de la anterior, si bien todo forrado de terciopelo, adornando sus palcos más espejos que cuantos había en la ciudad en la época de un real la entrada, cuesta cien mil reales un palco por temporada.
A todo esto se dirá: ¿la lista anunciada se quedó en el tintero? No; pero publicada cuando esta crónica apareció como folletín en La Nación, la suprimimos para curiosidad de lectoras y no incurrir en la vanidad criticada, rememorando quiénes arrastraban más la enagua por aquellos buenos tiempos de Mari-Castaña.
Teatro de la Opera
POBRE EN ESPAÑA, RICO EN BUENOS AIRES (crónica del año 1737)
Es la sencilla historia de cómo un pobre se hizo rico y cómo seguir pueden hacerse ciento.
Antonillo, Antonio, D. Antonio, el Sr. D. Antonio de así fué creciendo y creciendo su nombre como su fortuna, sin milagro de ésta, ni privilegiado ingenio de aquél, ayudado el trabajo por su tesón, actividad y honradez; emprendedor cual pocos y activo como el que más. Como la receta es de la más sencilla aplicación, sin pedir privilegio la entregamos al que quiera practicarla.
De honrados padres, pero pobres, nació en Calañas el 22 de enero de 1737, en el solar de su bisabuelo, sobre el que aún existe con el número 14, bajo su balcón, calle de la Quemada, vieja casa de fachada color chocolate.
Doce años contaba apenas, cuando, huérfano de padre y no queriendo servir de peso á la madre, con la bendición de ella y de Dios salió á correr tierras en busca de fortuna; que si más de un tropezón halló en el camino, anirfioso y testarudo, topó al fin con señora tan esquiva, prendiéndose á su cola, que no largó á dos tirones.
Bajando iba de Calañas, caminito á Sevilla^ cuando fatigado y mientras arbitraba medio de pasar el río, cuyo vado no daba paso, entró á encomendarse y rezar la oración del caminante en el pequeño oratorio de la Coronada.