Tradiciones argentinas · Unidad 56 de 252
Unidad 56 · DOCTOR P. OBLIGADO 9 1
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DOCTOR P. OBLIGADO 9 1
blo entre los premios de virtud al amor filial, recuerdan nuestras propias tradiciones el hijo que, loco de amor por su madre, vino desde Londres para darle el último abrazo, y encontrándola ya monja profesa, saltó las tapias de San Juan; bajo el disfraz de acarreadorde leña se introdujo en el convento, y al reconocer á la novicia al través del velo monjil, se desvaneció de ternura en los brazos maternales. También mencionamos ese otro pobre hijo demente que al saber la desgracia de su padre condenado al cadalso, del que escapó, recorrió toda la tierra argentina en su busca para llevarle el consuelo de su cariño; y que perdió la razón al entrar por una puerta en la casa de que los remordimientos hacían huir al padre por la opuesta, sin poder resistir la presencia de hijo tan amoroso.
Allá por los años de 1861, encontramos sentada sobre las ruinas de Cayastá la última charrúa, vieja como su tribu y deshecha como ésta. Pasando del Uruguay con las chusmas que D. Fructuoso Rivera hacía seguir á su ejército desde la provincia oriental al Entre Ríos, vadeó luego el Paraná por Punta Gorda, siguiendo desde el rincón de Coronda, Colastiné arriba. En aquel año le fué presentada al general D. Venancio Flores, á la altura de la capilla Guadalupe, sobre Santa Lucía, bronceada indiecita de un rubio sucio tirando á hilacha de choclo^ traída al campamento por los exploradores del coronel Carballo.
Allí llegó á reclamarla la Reina de los Guaycurúes, como llamaban cariñosamente á la hermosa santafecina Carmen Iturraspe por la generosidad con que protegía alas indias de la frontera de Santa Fe. Por más halagadoras proposiciones que se le hicieron, deshecha en lágrimas se desesperaba la joven indígena, exclamando en su aflicción:
— No quiero dejar de ser india. Vuélvanme á la toldería. ¿Quién va á cuidar de mi viejita? La abuela se va á morir, yo voy á morir, todos nos vamos á morir si no regreso pronto.
Siguiéndose escena tan patética dentro de la carpa del honrado general, que conmovido salió fuera, llamando al ayudante de servicio y ordenándole que la restituyera inmediatamente á la abuela en Cayastá, última representante de una raza desaparecida.
Algunos años después, el capitán de caballería que llegara allí el primero, avanzó la línea de fronteras plantando su carpa entre ruinas de antigua reducción jesuítica. El ojo previsor de estos misioneros fué siempre acertado en la elección de las mejores posiciones, y alrededor de la caída cruz se esparce un pueblo floreciente, habiéndose fundado Reconquista, donde el capitán de antaño levantó su tienda. De allí prosiguió empujan-