Tradiciones argentinas · Unidad 69 de 252

Unidad 69 · DOCTOR P. OBLIGADO IC9

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DOCTOR P. OBLIGADO IC9

mer protomédico, tan alto y esbelto como el canónigo O'Gorman. Prudente y tolerante como él, desde su sillón de baqueta claveteada interrumpía la murmuración con cortes á éste semejantes:

— Pues si la currutaca del traspié referido se halla en el salón, calumnia ha de ser de alguna envidiosa de su donosura. En sociedad tan reducida todos nos conocemos, y el señor virrey ha venido á redimir cautivas y no Magdalenas.

Frente á la puerta de entrada colgaba un cuadro de Santa Cecilia, y á los lados dos consolas de pie de cabra sostenían largos espejos venecianos. Una araña central, de plata maciza, esparcía la luz de seis velas de cera hacia los estrados que á una y otra cabecera alzaban su grada.

A la derecha el de las señoras, y á la izquierda para los caballeros. De peluquines empolvados y con largas coletas éstos, lucían zapato de hebilla de plata sobre media de seda blanca, estirada y adherida al calzón corto, deslumbrante charretera, corto y largo chupetín bordado, como el casacón.

De cortos y encarpados vestidos de brocato y tisú de seda ellas, en sus ceremoniosos saludos y pausados movimientos parecían tiesas imágenes de palo, con amplios guardainfantes que las ahuecaba tanto como su vanidad; anchas mangas, cinturas de avispa, altísimos peinados blancos, daban, no la mano, sino apenas dos dedos, como quiere el empresario Querubini en la parodia de Africana, para contradanza tan solemne y muda como pasos de los conventuales de San Bruno.

La medida conversación en voz baja adolecía de parsimonia y monotonía, pues nadie se hubiera atrevido durante la danza á dirigir la palabra á su compañera, exponiéndola á perder el compás ó equivocar una figura, cosa más grave que mayúsculo lapsus lingua entre vascos y andaluzas.

Grupos de hombres á un lado departiendo á media voz y murmurando menos que en la actualidad, y señoras sentadas en el opuesto. Apenas se aproximaban á éstas, cuando el maestro de ceremonias ó bastonero oficial nombraba parejas.

Por su lujo y elegancia, por su belleza y esprit, tuvieron en aquel primer baile del virreinato digna representación, entre otras antiguas familias, las de Gainza, Agüero, Olavarría, López, Perdriel, Maciel, Balcarce, Uriarte, González, Rocamora, Aguirre, Ibáñez, Marín, Lezica, Acasus, Igarzábal, Rodríguez, Pereyra, Lucena, Laja-Rota, Arroyo, Irigoyen, Urien, Larrea, Seguróla, Leiva, Salas, Gómez, Gauna, Fernández, etc.

Alguna de nuestras amables críticas, que suele meter sus naricitas ó pasar sus ojos por estas tradiciones antes de publicarse, asegura que no fué este el primer baile, pues leyó en Corcolorcobo que poco antes concurrió á un baile donde contara ochenta carruajes.

Tenemos para nuestra capota que sea este uno de sus ochocientos pecados contra el octavo.

Insistimos en creer que el primer baile en el Alcázar de los virreyes no pudo tener lugar antes de la invención de los mismos.

De rama en rama, entre las de los manzanos del paraíso, huyendo de la astuta serpiente y á salto de mata, ó brinco de contradanza, se deshacía en muecas y contorsiones, saltando la primera mona: Eva de todas las monadas que luego llenaron bosques y salones.

Por más que suele repetirse que es la mujer la más dada á engaños, fingimientos ó imitaciones, resultando, á pesar de ello, la obra más perfecta, como postre ó coronamiento de todas, antes de ella, debió bailar la mona.

Pero la verdad verdadera es que el autor de la pirueta coreográfica no fué un orangután, smo la kangurú, que nació bailando.

Más antiguo que la familia humana es el abolengo del arte de hacer piruetas; pero limitando éste á los que andan siempre bailando en un pie, si hubo cortesanos antes de haber corte, sólo pudo celebrarse el primer baile real ó virreinal después que estos adminículos de gobierno (virreyes) se introdujeron en la tierra.

Muy noble ciudad habíase desde años atrás declarado, que aún no contaba noble alguno, como elevada fué á virreinato la colonia sin que virrey hubiera.

Más de catorce meses tardó en llegar el primero, que poco calentó la silla; pues antes de siete meses, un mal día nublado, gris de diablos azules, nos dijo buenas tardes, despidiéndose á la francesa.

Verdad es que á la misma moda entró, y cuenta la crónica que sólo tres ó cuatro pilluelos de plaza que hacían la rabona, le encontraron por casualidad, quienes en demasiada confianza le recibieron, y en familiar conversación, subiendo la barranca, acompañaron al general Zeballos hasta el Fuerte, una vez dentro del cual, recién se dio á conocer como primer virrey de una de las pequeñas colonias de la grandeza de España, dentro de cuya miniatura cabe veinte veces la España entera.

Y así acabó la fiesta sin accidente notable, más que el coronamiento

de Zeballos por la más hermosa hija de la tierra, doña Mariquita Rospillosi, que puso sobre las sienes del vencedor de los portugueses corona de laurel y rosas.

La verdadera inauguración del virreinato ya la había anticipado Zeballos arrojando á cañonazos á estos intrusos de la otra banda.

El fuerte de la Colonia del Sacramento en 1 8 1 o