Tradiciones argentinas · Unidad 70 de 252
Unidad 70 · EL SEÑOR DE LA ÚLTIMA ESPERANZA
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
EL SEÑOR DE LA ÚLTIMA ESPERANZA
(tradición quiteña)
Un buen padre honrado, cargado de familia y de miseria, salía con las primeras luces del día de su pobre casita en los arrabales de la ciudad de Quito, dirigiéndose á sus ocupaciones, que eran todas en las que conseguía ganar un pan para sus numerosos hijitos,, cuando al dar vuelta á la esquina fué detenido por los alguaciles, que le condujeron á chirona.
Aunque la justicia por aquellas tierras de tanta altura suele andar pacata y lenta como en los valles más bajos, por excepción sin duda, siendo la ciudad más cerca del cielo, crimen que clamaba al cielo habían comprobado rápidamente miopes ministriles, y al séptimo día de su prisión fué puesto en capilla, en medio de la cual, calándose sus gafas el cartulario ante el reo de rodillas, leyóle la sentencia de muerte.
Si bien el mísero padre afligido, menos lo estaba por salir de esta vida tan perra para él, que por dejar á sus hijos sin un pan, se quejaba de su mala suerte; pues que, como última burla de su destino, al día siguiente de sonreirle la fortuna le condenaban al suplicio. No había vuelta: si no estaba confeso, la convicción era evidente.
¿No había ido á vender una de las sandalias de oro del Salvador, robo sacrilego á la imagen de más devoción en el Ecuador? Más, como el
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crimen dejaba la huella, ¿no se había encontrado en la suela de su alpargata mancha de sangre, cuya medida ajustaba en la marca quedaba dentro del charco de la misma, al lado del cadáver de una mujer, encontrada á la puerta de su casa con un puñal en el corazón?
Asesino y ladrón, con una sola de estas máculas, suficiente era para ascenderle á tan alto puesto, donde bien pronto se balancearía como racimo de horca.
Ya el reo, con un sambenito, mustio, cabizbajo y atortolado, seguía caminito al otro mundo, cuando llegó á pasar cerca del umbral de la iglesia de San Agustín, frente á cuya portería se le iba á colgar.
Aconsejado al arrepentimiento de tantos crímenes por el monje de la Buena Muerte que le acompañaba, mirando hacia la imagen de cuya profanación se le acusaba, como inducido por ella, contestó:
— ¡Padre, me arrepiento de todo lo malo que he hecho en mi vida, pero no puedo confesar crimen que no he cometido! Pido se me permita hacer mi última oración ante la imagen del Señor de la portería.
El monje se acercó al oficial de la escolta, recordándole la antigua costumbre de conceder la última gracia.
Cargado de cadenas y rodeado de guardias, imposible era su íuga, y sólo un milagro podía salvarle, milagro que bien deseara el piadoso padre, convencido de la inocencia de quien aparecía culpable.
Con paso vacilante entró el reo en la portería, sonando sus cadenas al caer de rodillas.
Mientras queda elevando el alma á Dios en sus oraciones, al compás de los últimos martillazos del verdugo terminando su patíbulo, subiremos á paso de muía á la ciudad más alta en la tierra.
Antiguas crónicas cuentan que allá por los tiempos en que flotando sobre las pacíficas aguas del Pacifico los cajones en que luego aparecieron «El Señor del Milagro» reverenciado hoy en Salta, y «Nuestra Señora del Rosario» en Córdoba, cuando se empacaban los bueyes que conducían la Virgen del Lujan sin querer pasar el río de su nombre, en el mismo lugar donde se alza hoy la hermosa basílica nacional, se paraba también en el pretil de la iglesia de San Agustín (Quito), la mulita postrada bajo el peso de la imagen del Señor de la Buena Esperanza.
La hora exacta no podemos fijarla, pues no embargante haber llegado á la ardiente tierra ecuatoriana, más que á toda prisa tuvimos que dejarla, menos por su calor excesivo, que por la excesiva devoción del fa-