Tradiciones argentinas · Unidad 71 de 252

Unidad 71 · 114 TRADICIONES ARGENTINAS

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

114 TRADICIONES ARGENTINAS

nático García Moreno, nada afecto al carácter independiente de los argentinos.

Fresca encontramos la sangre de Navarro Viola, por ese tirano sacrificado, como prontos á abrirse los calabozos en que Gutiérrez y otros de nuestros conciudadanos habían padecido, para cuantos se permitieron poner en duda la humanidad y honradez de tan cínico é hipócrita presidente del Ecuador.

Pero cuando salimos de la vieja casa (Guayaquil) del histórico abrazo entre San Martín y Bolívar, acompañados al puerto donde nuestro almirante Brown desembarcó un día envuelto en la bandera argentina tras cruento combate, el capitán del puerto Sr. Elizalde, y los Sres. Moncayo, Olmedo, Villamil, Sucre, Rocafuerte y media docena de Simones (de Guayaquil á Panamá son innumerables los Simonitos), seguíamos oyendo al cura, quién llamándonos la atención sobre la hermosa fachada de su vieja catedral, caminaba refiriéndonos, entre otras curiosidades del Ecuador, la tradición siguiente:

«Hace años atravesaba las solitarias calles de la estrecha ciudad de Quito una mulita cargada con enorme bulto; sin seguirla recua ni conducida por guía alguno, continuaba sola, subiendo y subiendo camino sin fin, y si no subió más, fué porque, siendo Quito la ciudad más alta sobre la tierra, no hay más allá, y sólo los bienaventurados suben al cielo.

Salida de no se sabe qué puerto, la paciente mulita solitaria, como alma en pena llegó á las gradas de la portería (convento de San Agustín) y se echó fatigada, sin que esfuerzo humano lograra levantarla.

Abierto el pesado cajón, se encontró la imagen del Redentor, primorosamente esculturada en madera incorruptible.

En vano se quiso entrarla en el templo; y como el cura propusiera introducirla por la portería, allí fué depositada. Si aumentaba el peso de la estatua en proporción al número de los que intentaban llevarla por la iglesia, sin dificultad fué á la portería, donde se le improvisó un altar.

Tan prodigiosa circunstancia conmovió hondamente al católico pueblo de Quito, empezando desde entonces la costumbre de arrodillarse al pasar delante de la sagrada imagen, y respondiendo desde el primer día á la devoción del pueblo con los favores del cielo por intermedio del Señor de la Buena Esperanza.

Dios da siempre lo que más conviene, si bien el orgullo humano pretende que lo que más deseamos sea lo mejor. Al no penetrar por puerta, la mitad del día cerrada, prefiriendo quedar en la portería de anchas hojas, abiertas á todas horas, sin duda significaba el Redentor que venía á redimir aun á los que no entran en la iglesia, atrayendo por su divina