Tradiciones argentinas · Unidad 72 de 252

Unidad 72 · DOCTOR P. OBLIGADO II5

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

DOCTOR P. OBLIGADO II5

imagen al transeúnte é indiferente, echando perpetuamente su bendición desde la puerta del cielo: «Domus Dei et porta cocli.n

Así explicado el milagro por el sabio Agustino, empezaron desde entonces á llover donaciones, exvotos y limosnas, á punto tal, que el portero de los Agustinos llegó á ser el más rico, y sus ofrendas se multiplicaron hasta convertir la portería en el más frecuentado y rico santuario del Ecuador. Sólo las sandalias de oro macizo que ofreció un buscador de lo mismo, en las arenas del Esmeralda, fueron recamadas con más perlas, esmeraldas y rubíes, que cayendo de más altura, bien pudiera pedrada de piedras finas romper la cabeza del que oraba á sus pies.

Y éstas se incrustaron allí para conmemorar el milagro de la sandalia, que aumentó sobre manera la devoción á dicha imagen.

Cierto piadoso jornalero, reducido ya á la última miseria, cansado del trabajo de todo un día que no le había producido ni un pan que llevar á su familia, al pasar frente á la portería entró á rezar. Tan abstraído se hallaba de sus oraciones, que cuando el sacristán le advirtiera que venía á cerrar, salió contándole lo horrible de su situación, y que volvería muy de mañanita á continuar sus plegarias, porque algún alivio le atraían, sintiéndose más alentado!....

No bien amaneció, cuando la ronda encontraba junto á la puerta de ese desgraciado el cadáver de una aventurera asesinada. El jornalero inadvertidamente pisó en el charco de sangre, que no distinguió á la débil luz del alba, y cruzando la plaza de San Blas subía por la calle hoy de la Sábana Santa á San Agustín, entrando luego en su portería á continuar solitario su fervorosa oración

De repente un hecho no casual (pues ninguno de los estremecimientos de Quito movía la imagen) llenó de gozo su corazón atribulado, y cuando el pobre infeliz pedía al Señor que le ayudara en sus necesidades, cayó de la peana sobre el suplicante una de las sandalias de fina lámina de oro.

Atribuyendo á milagro tan oportuno sucedido, enajenado por la emoción, corrió á vender en la primera platería la primorosa alhaja; pero no bien saliera de sus manos, cuando el mismo joyero hizo prender al vendedor como ladrón sacrilego.

La indignación del populacho arrastrado por los primeros ímpetus que nunca dejan lugar á la reflexión, subió de punto al saber que no sólo era ladrón, sino vil asesino, el profanador de la imagen venerada, llevando el cinismo hasta pretender haber sido digno de un milagro.