Tradiciones argentinas · Unidad 73 de 252

Unidad 73 · Il6 TRADICIONES ARGENTINAS

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Il6 TRADICIONES ARGENTINAS

Dio alas á la justicia tan creciente excitación, á la justicia humana propensa á errar, por la que en breves días, sin testigos, pruebas, ni confesión, substanciada la causa y condenado á muerte, fué llevado al último suplicio, vestido de infamante sambenito, con grillos, esposas y arrastrando cadenas.

Dificultosamente se abría paso entre la muchedumbre subiendo su calvario, seguido de una madre desesperada y doce hijitos en harapos, entre gritos y llantos que clamaban al cielo, repitiendo que era inocente el condenado. Fué entonces cuando al enfrentar á la portería de cuyos umbrales una semana antes saliera loco de contento, pidió que se le dejara hacer su postrera oración ante el Señor de la Ultima Esperanza. Allí, todo temblando y deshecho en lágrimas, con sentidas palabras que tocaban los corazones de las devotas rezando por su buena muerte, exclamaba en alta voz:

«Señor, Dios mío, te pido la salvación de mi alma. Voy á morir inocente; tú lo sabes, ¡ay, mi Dios! Inocente del crimen porque me condenan, aunque mucho he pecado y mucho te he ofendido, perdóname Señor!.... Confiado en tu misericordia infinita, no siento salir de este valle de lágrimas que para mí fué también de espinas, larga noche de dolores, muchos días sin pan, en adelante ¿quién se lo ha de llevar á los huerfanitos del ajusticiado? Los crié, Señor, para tu servicio, y sólo les dejo la miseria. Haced, mi Dios, que no agobie á mis pobrecitos la repulsa de un nombre maldecido. Aunque indigno pecador, imploro tu piedad. Nunca robé, ni maté á nadie; fatal suerte me ha perseguido. Hasta el don que me ofreciste, se convirtió en mi mal. Haced que un día reaparezca mi inocencia. ¡Oh mi buen Dios!, os pido perdón de todas mis culpas, la protección para mis hijos y la salvación para mi alma. ¿Qué va á ser de mí dentro de un momento? ¿Cómo será la eternidad?....»

Y volvía en sentidísimas palabras haciendo presente al Señor cómo su prodigioso don se le convertía en regalo de muerte, pues que iba al patíbulo por haber recibido de El medio de salir de pobre

Entre conmovida é indignada escuchaba la última plegaria la multitud que se agrupaba, cuando cerca del reo cayó la otra sandalia del pie del Redentor. Sorprendidos ante ese portento, los mismos que momentos antes le maldecían, á los gritos de ¡Milagro! ¡Milagro! rompieron las cadenas, poniendo en inmediata libertad al condenado.

Luego la autoridad le compró á peso de oro aquella sandalia caída en sus manos, y enorme cantidad de monedas resistió el platillo de la balanza antes de inclinarse por el peso.

Salió el pobre de la miseria, y el milagro quedó para siempre repre-

sentado en el «Señor de la Buena Esperanza,» que desde entonces fué el recurso de particulares, y de corporaciones en el Ecuador, llamado luego «el Señor de la Sandalia.»

Y en esto iba de la tradición el Simoncito de Guayaquil, cuando cierto viajero inglés de la comitiva al embarcadero, agregó con sonrisa de incredulidad:

— Está bueno el cuento del Señor de la chancleta, aunque yo no creo en más milagros que los negociados de la Oroya, barras y salitreras que llenan bolsillos de soles y bolívares, si bien no rehusaría semejante chancletazo. Tendría algún imán de atracción el penitente, ó de atrás le tirarían la zapatilla para salvarlo.

El capitán del vapor al que regresábamos cortó sus comentarios con estas palabras:

— No pretenda usted expHcar lo que no entiende, y deje á cada uno en sus creencias; que nadie ha muerto por empacho ó exceso de ellas, y muchos si cayeron en medio de su camino, fué porque no tuvieron fe en nada.

Y ese mismo comerciante que entre dos vasos de ggin la noche antes proponía á la fan>ilia Villamil comprar la Isla de la Mortaja, ó de El Muerto, para engordar cerdos, vacilante en sus creencias y en sus pasos, sin duda por los muchos cooktails de despedida, de un traspiés (llovía bajo un sol ardiente) resbaló sobre la húmeda greda en la barranquilla del embarcadero, yendo á refrescar su humanidad dentro de las barrosas aguas del Guayas. Con dificultad logró cazarle de las mechas el más listo marinero, cuando ya uno de los innumerables yacarés asomaba, afilando sus dientes para el lunch que le brindaban los crudos biftecs del inglesito remojado en coñac.

Tan cerca de la muerte como el anterior condenado (según lo refería en el viaje, se le abrieron de pronto las creederas bajo el agua), creyó en la protección del Señor de la Ultima Esperanza, en quien puso la suya el náufrago, por su intercesión salvado.

La devoción á esta imagen y sus reproducciones, no sólo se ha extendido en la ciudad, que desde las faldas del Pichincha divisa ese gigante de América, el Cotopaxí, de veinte mil pies, sino que popularizada entre las repúblicas de la antigua Colombia, también lo es hoy en las del Perú, Bolivia y Chile.