Tradiciones argentinas · Unidad 90 de 252
Unidad 90 · DOCTOR P. OBLIGADO 1 39
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DOCTOR P. OBLIGADO 1 39
salida), quien, como otros porteños, llegó d su Universidad para graduarse en ambos derechos.
Entre él y el Dr. Vicente Anastasio Echevarría ocupaba el alto estrado, la noche del baile, la señora del día de días, en amena conversación, que todo recordaba menos al difunto, colega de ambos colegas.
Las diez serían por filo, que ya el de queda y cubrefuego con el toque de ánimas habíase apagado en las numerosas iglesias de pequeña población de tanto nombre, cuando entrara Su Ilustrísima, el no anunciado arzobispo, carmelita descalzo, entre tantas currutacas bien calzadas.
Mixturas del Perú que en parte alguna adornan mejor y más fragantes las monjas, en pebeteros de plata maciza y zahumadores de lo mismo, colgantes unos, y en repisas y esquineras las más suaves esencias, luces y flores; arpas y violines, deslumbrantes trajes y encantadoras caritas, animaban la sala.
Diálogos y frases dulces, como halago de una noche de esperanza, se entrecortaron á medio pronunciar á la presencia del arzobispo, seguido por uno de aquellos familiares que se decretaban doble cena al par que doble ayuno al prelado.
Saludó ceremoniosamente desde la entrada, y dirigiéndose á la amable dueña de casa, díjole:
— También he querido venir á presentar mis respetos á una de mis feligresas más devotas, al saber la celebración de su cumpleaños.
La donosa señora, parándose toda cortada ante la inesperada visita, inclinóse á besar la gran esmeralda del anillo pastoral, humildad imitada por las más mmediatas.
Como la música cesara y los diálogos y cuchicheos, cual si frío silencio acogiese al sabio arzobispo, agregó éste:
— De ninguna manera, mi señora doña Mariquita, quiero que mi presencia interrumpa tan honesto esparcimiento entre sus amigos. Como uno de ellos le presento mis parabienes en tan fausto natalicio, y pido que no se interrumpa la danza.
Su Ilustrísima siguió en jovial conversación con ella y las más vecinas, y otra hija de confesión con su familiar, en aposentos donde no eran bellezas lo que faltaban.
Poco después, concluido de saborear el rico somomusco de la pobre viuda, agregó:
— Si se me permite, yo también voy á entrar en danza.
Sobrecogidas las semiescotadas bailarinas de que tan grave prelado intentara sacar pareja, observaron con mayor admiración que, llamando al secretario, pidió su limosnera, bajó del estrado y^ recorriendo filas y gru-