Tradiciones argentinas · Unidad 91 de 252

Unidad 91 · 140 TRADICIONES ARGENTINAS

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140 TRADICIONES ARGENTINAS

pos, la fué presentando á una por una de las señoras con la más exquisita urbanidad, solicitando limosna para sus pobres.

En tan bullicioso maremágnum de cabecitas efervescentes y corazones palpitantes, casual fuera que ninguna de las emperingadas mujercitas se hallara al lado de su marido, ni habían concurrido al baile con relicario, bolsillo ó portamonedas.

Sacóse la primera un anillo que echó en la perfumada escarcela bordada, donde siguieron cayendo brazaletes, arracadas, solitarios, pendientes, gargantillas, pulseras, cadenas, prendedores, piochas, y en dijes diversos, ya una perla, topacio, brillante ó esmeralda.

Hasta doncella de coquetería sin igual hubo que alzó el diminuto piececito para que su compañero desprendiera alguna de las hebillas de plata de zapatito liliputiense, no teniendo otra cosa que dar para el óbolo improvisado.

Y cuenta que viudita de ojo alegre, siguiendo más arriba la barriga da perna, como llamaba á la pantorrilla un finchado portugueciño allí presente, desprendióse la liga, ofreciendo su broche de diamantes. Por algo había nacido al pie del Potosí, que si el Perú vaha un Perú fué porque uno solo de sus cerros produjo diez millares de patacones en sus primeros, tres siglos de explotación.

Concluido de circular el abultado bolsón, agradeció el obispo la generosidad de la concurrencia, volvió á feUcitar á la del natalicio, deseando que con más frecuencia cumpHeran años personas que asi tan caritativamente lo celebraban, pues el desprendimiento de sus amigas iba á proporcionar verdadera fiesta á las desvahdas.

Y echando bendiciones á diestra y siniestra, con paternal mahciosa sonrisa, salió majestuosamente, dejando en pos de sí fragante nube de caridad, cuyo perfume duró en aquel ambiente más que el de las pastillas en zahumadores de maucerina y pebeteros en repisas y rinconeras.

Si borró ó no de la lista de socorros ó mendicantes á la Rodríguez, que tan fastuosamente se festejaba, lo sabrá el secretario- tesorero que apenas podía con la bolsa de alhajas ofrecida en la sala de la viuda de más humilde apariencia, á quien daba Hmosna todos los sábados el filántropo pastor.

Por entonces se aparentaba indigencia para explotación poco cristiana, lo contrario á las costumbres subsiguientes; aunque fenecieron yaks semitísicas románticas que se apretaban su talle por aparecer más de lo que eran.

Y si aigún lector meticuloso poco justificado encuentra el título de esta tradición, en la que cena alguna se describe, cúlpelo al olvido de los familiares, que noche por medio dejaban sin ella á Su Ilustrisima.

En nada se parecían estas cenas á las de Lúculo, ni á las suntuosas de griegos y romanos, ó á las más modernas que antecedieron á la Revolución francesa, donde tanto derroche de esprit chisporroteaba como fuego de artificio ó de sobremesa, y por cuyas indigestiones se dijo:

Más mató la cena ^

que curó Avicena.

Las verdaderas cenas del erudito obispo San Alberto fueron siempre sus piadosos escritos evangelizadores, que hasta muy altas horas de la noche le absorbían por completo, enclavado en su silla de trabajo, proyectando obras de caridad que, realizadas luego, han dejado bien marcado su paso como el de un varón justo.

Moraleja de la presente tradición podría ser: de cómo, aun escribiendo sobre pautas torcidas, resultan derechas las planas de un alma buena, pues que por todo camino se llega al de la beneficencia.