Tradiciones argentinas · Unidad 93 de 252

Unidad 93 · 144 TRADICIONES ARGENTINAS

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144 TRADICIONES ARGENTINAS

acecho para superar las dificultades de todo aquello á que se dedicaba; únicamente que á poco ó nada se dedicaba en sus primeros pasos, como muchos de la dorada juventud que le sucediera.

Desertó de los estudios primero, de la carrera de comercio á que le dedicaban sus padres, y del hogar en seguida, como desertó después de alguna otra parte.

Su honrado padre, antiguo vecino de Mendoza, D. Miguel de Villanueva, licenciado, habíase distinguido en la reconquista de Buenos Aires (1807), enviado al efecto con el contingente de Cuyo, arrebatando una bandera inglesa; y aunque casado en esta capital, siguió los estandartes del regimiento Granaderos á caballo, trasmontando los Andes. Cuando regresó del Perú, teniente coronel, desencantado como tantos otros oficiales de mérito, oponíase á que ninguno de sus hijos continuara la carrera en que él se había distinguido, pues los horizontes de la patria empezaban á entenebrecerse y aun las glorias nacionales se desvanecían. En adelante, todo soldado que no ofreciera su espadad la contienda fratricida, anulado quedaría por la ambición del caudillaje.

Pero el joven Benigno, indolente y sin voluntad pronunciada, persistía solo en este punto:

— Puesto que mis dos abuelos se han distinguido en la carrera de las armas — decíase, — quiero seguir su huella luminosa.

La era de lucha sin tregua en que se creaba, y el ejemplo de deudos y amigos con quienes rolaba, impresionábanle demasiado para resistir la atracción de soñadas victorias y seguir consejos paternos en edad en que no son éstos los que más se oyen.

Una imprevista circunstancia llegó á facilitar los planes que su imaginación vivaz le sugiriera en la temprana edad de las verdes esperanzas de la vida.

Jugando al billar cierta noche, en el antiguo Café de Catalanes, con el hijo del jefe de policía, atravesósele otro irascible joven tan exaltado como el protagonista. Se ha observado que nadie es más quisquilloso é incapaz de soportar bromas y chanzas de más ó menos mal tono como el jaranero de profesión, que tiene por costumbre darlas á troche y moche. Y como entre casquivanos una palabra saca otra, y el último equívoco hiriente es contestado por el primer bofetón, sucedió que de uno á otro agravio, con tacos en la mano, acabaron á tacazos, no siendo ninguno de los dos manco.

— Empuñe, si es hombre — gritó Villanueva.

Y saliendo del café, al dejar mal parados espejos y reverberos, concertaron duelo á sable, con punta (no i espada mocha, como hogaño), tenien-