Tradiciones argentinas · Unidad 97 de 252

Unidad 97 · 140 TRADICIONES ARGENTINAS

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140 TRADICIONES ARGENTINAS

camaradas de Prim, no les fué difícil que recibiera éste á Villanueva en su Estado mayor, como agregado entre sus ayudantes.

Pronto el bello carácter de Prim, generoso, abierto, franco, catador de valientes, se aficionó á él, y en todas partes fué éste bien acogido por su caballerosidad, su afable trato, su inteligencia y amables maneras, la pasmosa facilidad para hablar todos los idiomas, aunque ni el propio escribía correctamente; por sus excelentes prendas y atrayentes modales, como por su galantería y buen porte, convirtióse en el niño mimado de su jefe.

Acaso oculta afinidad de ideas atraía también á aquellos caracteres, y muchos de los conocimientos sobre Méjico, y su pecuHar modo de guerrear, decidieron á Prim, cuando años más tarde se le confiara su expedición, á no avanzar en una guerra injusta, donde bien pronto tropezó con el cadalso el protegido de la Francia, infortunado Maximiliano.

¡Partió!.... Recorrido había todos los campamentos de la alianza que como cinto de hierro formaban apeñuscados sobre las fronteras del imperio, vivaqueando muchos días con los oficiales españoles en el cuartel general de las tropas inglesas, italianas, turcas, y se dirigían al vivac de las tropas francesas, en el que Prim quería demorar más por sus numerosas relaciones.

Después de muchas vueltas y rodeos se atrevió Villanueva á confiar al general que el campamento de su porvenir lo veía enfrente; que él no creía del todo justa la agresión de tantas naciones contra una sola, contra los pohrecitos rusos, quienes no hacían mal á nadie muñéndose de frío prendidos desde lo alto del Polo; que se iba, como había aprendido de Don Quijote, á defender al más débil.

Recibían los rusos con brazos abiertos como á Providencia bien venida á todos los oficiales que de cualquier extremo de la tierra llegaban á ofrecer sus servicios. Aventureros norteamericanos pululaban en las tropas moscovitas, y este alto y bizarro oficial, que manejaba tan bien el caballo como el inglés, siendo americano y hablando con tanta precisión de la Unión, lo tomaron sin duda por yanqui.

Bien pronto se distinguió en las descubiertas que con preferencia dirigía sobre el campamento francés, recordando desde Montevideo el descuido de estos soldados, aun en sus puestos de avanzada.

Poco después se hizo gran camarada del coronel Ponekkine, primo del célebre poeta ruso de ese nombre, en quien encontró el más decidido protector y del que, con el andar del tiempo, vino á heredar su regimiento y su viuda.