Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · Unidad 5 de 32
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Esta es otra de las órdenes de nuestro Padre celestial; es decir, perdonad, excusad y no ultajeis jamas, ni devolvais el mal con el mal, sino con el bien.
¡Mujeres católicas! ¡Cuanto más amables, más dulces, más caritativas, más benévolas y más bellas seais; cuanto más perdoneis, consoleis y hagais más grata y más hermosa la vida de los vuestros, seréis más verdaderas cristianas!
EL BRAZALETE DE ESMERALDAS.
I.
Siete años hace que pasó en Madrid, casi ignorado de todos, el terrible drama que voy á referir.
La Condesa de M., viuda y riquísima, vivia á los 32 años con su hijo Gonzalo, que iba á cumplir 16.
Madre é hijo se adoraban; pero la Condesa era aún jóven y necesitaba otro amor que llenase su corazon.
Se habia casado á los 15 años con un anciano de cabellos de plata y corazon de oro, que la habia hecho muy feliz enseñándola á vivir segun su conciencia, despreciando las murmuraciones del mundo.
Ademas, la Condesa era italiana, y la libertad de costumbres en que se habia criado hacía su carácter más independiente, su ternura más expansiva y sus sentimientos ménos reprimidos de lo que generalmente se ve en las mujeres del gran mundo.
En Italia se habia casado: en seguida vino á España, patria de su esposo, y un año despues dió á luz á Gonzalo.
El Conde creyó volverse loco de alegría: viudo dos veces cuando casó con Elena, habia renunciado á la ternura paterna y recibió á su hijo como una flor enviada por Dios para perfumar su ancianidad.
La condesa Elena era casi una niña; el amor materno llenó enteramente su corazon, y durante diez años nada echó de ménos sobre la tierra, pasando su vida en acariciar á su hijo, y en prevenir todos los deseos de su anciano esposo.
Éste empezó á decaer visiblemente; una enfermedad de consuncion, de esas á las cuales la medicina no halla causa, se apoderó de él; feliz y sonriendo veia demacrarse su cuerpo y caer sus cabellos blancos, y léjos de amargarse su bondadoso carácter con la idea de su próximo fin, solia decir que Dios, cansado de verlo ya en el mundo, lo llamaba á sí, sin pena y sin dolor.
II.
Un dia salió el Conde en carruaje y rehusó absolutamente que le acompañase Elena; pero exigió que fuese con él su hijo, que á la sazon contaba cerca de 11 años.
El anciano dió á su cochero las señas de uno de los mejores joyeros de Madrid, y se apeó trabajosamente á la puerta de su almacen.
Pidió que le sacasen las pedrerías de más valor que hubiese, y extendieron ante sus ojos un tesoro.
Las miradas del anciano se fijaron desde luégo en un soberbio brazalete de esmeraldas montadas en oro: la pureza, igualdad y tamaño de las piedras, su engaste y su prodigioso número, le hacía la más rica joya de cuantas habia allí.
Formaba una ancha cinta de esmeraldas, cerrada con una estrella de las mismas piedras, en cuyo centro habia una mucho mayor que las demas.
El Conde hizo el ajuste y le compró.
Luégo volvió á subir al coche con su hijo, y se dirigió á su casa.
--Elena, dijo á su esposa, dentro de pocos dias ya no existiré yo; toma este brazalete, última dádiva que te hago y la única que te quedará, pues hace largo tiempo que no te regalo nada, con el fin de que cuanto te he dado quede consumido ántes de mi muerte. Elena, no te prohibo que busques tu dicha en una nueva union; lo que te ruego es que no consientas que las miradas de tu esposo profanen los dones que debiste á mi ternura; si algo me sobrevive, quémalo ó enciérralo en donde sola tú puedas verlo.
En cuanto á este brazalete, continuó el Conde, el dia que te unas á otro hombre entrégaselo á tu hijo, que lo guardará en memoria mia.
La Condesa no respondió más que con lágrimas; pero Gonzalo echó sobre el brazalete una mirada ardiente y sombría.
Dos dias despues murió el Conde, como habia predicho.
III.
Elena se retiró á Sevilla y pasó, en una casa de campo que poseia allí los dos primeros años de su viudez, únicamente ocupada de su hijo; la soledad hizo de aquellos dos hermosos seres uno solo, pues sus almas se confundian en una tierna y deliciosa simpatía.
La Condesa volvió al fin á Madrid, y pronto se vió asediada por una córte tan numerosa como brillante.
Desde entónces Gonzalo apareció dominado por una tristeza amarga y sombría; rehusaba acompañar á su madre á toda reunion y pasaba los dias enteros sentado ante un retrato de su anciano padre.
Llegó por fin la hora del amor para la Condesa; el jóven Marqués de B. conquistó su corazon, que áun permanecia cerrado á las pasiones, y Elena se abandonó á la que supo inspirarle el Marqués, con toda la delicia de la que le siente por la vez primera.
¡Pobre Gonzalo! ¿Qué era entre tanto de él? ¡Ay, ya no pasaba sólo los dias sentado ante el retrato de su padre; pasaba tambien las noches, y á la luz vacilante de su lámpara le parecia ver animarse aquellas facciones venerables y entreabrirse aquellos labios que tantas veces le habian cubierto de besos!
Elena, ocupada toda en su amor, nada sabía de esto: en una ocasion estuvo ocho dias sin ver á su hijo ni preguntar por él.
Por fin, la noche del octavo se le ocurrió que podria estar enfermo, y voló á su cuarto.
¡Habíase quedado dormido de rodillas ante el retrato del Conde, y Elena se estremeció al ver el estado de demacracion espantosa de su pobre hijo!
IV.
Tres dias despues le participó con blandura que iba á unirse á otro hombre, asegurándole que jamas le faltaria su ternura.
--Espero, mamá, que me darás tu brazalete de esmeraldas, fué la única respuesta de Gonzalo.
--El dia de mi casamiento, hijo mio, contestó Elena.
--No, no, ha de ser ahora, mamá; desde el momento en que sé que vas á tener otro esposo, debe estar en mi poder.
Elena, asustada al ver la lúgubre expresion de las facciones de su hijo, desabrochó el brazalete de su brazo y se lo dió.
El niño le tomó, dejó caer en él una lágrima y le guardó en su seno.
Llegó por fin el dia de la ceremonia, á la cual no asistió Gonzalo; al llegar á casa de vuelta de la iglesia Elena fué á buscarle á su cuarto; la puerta estaba entornada, llamó, y no contestándole entró presurosa.
Gonzalo no estaba allí: entró en la alcoba y quedó petrificada de horror al verle tendido en su lecho, inmóvil y descolorido.
La desgraciada madre se arrojó sobre él, tocó su corazon y estaba helado; fué á tomar una de sus manos, y entónces ¡vió que tenía asido el fatal brazalete de esmeraldas!... Pero ¡cosa extraña! faltaban á la alhaja todas sus piedras, que habian sido desmontadas.
Elena, siempre silenciosa, revolvió por la alcoba sus secos y extraviados ojos; entónces vió sobre la mesa de noche un papel, que tomó y devoró con ánsia.
Decia así:
--«Madre mia: Hoy me he tragado una á una las piedras que componian el brazalete de esmeraldas que te dió mi padre; no queria ver á otro hombre ocupando el lugar del que me llamó su hijo, robándome toda tu ternura.
«No queria tampoco que volvieras á ver esta alhaja, que hubiera sido para tí un remordimiento perpétuo, ni he podido dejarla abandonada, porque es para mí una reliquia... He guardado para el instante que dés el fatal sí la esmeralda mayor, y ella me ahogará, librándome de la odiosa carga de la vida.
«¡Adios, madre mia! ¡Sé feliz y perdona á tu hijo!--GONZALO.»
¡La desgraciada madre salió demente de aquel cuarto, y un mes despues se la halló cadáver sobre la tumba de su hijo!
LAS ARMAS DE LA MUJER.
I.
En la época belicosa que atravesamos; en esta época en que se inventan cañones, fusiles, pistolas; máquinas de batir ejércitos, medios de arrasar ciudades y todo género de instrumentos destructores de la humanidad, como si la vida fuese tan larga y tan exenta de peligros; en esta época guerrera y valerosa, no parecerá extraño que yo haga tambien ostentacion de las armas de nuestro sexo, enumerándolas, elogiándolas y recomendando su uso constante, para defensa de nuestros derechos y de nuestro bienestar.
Nuestras armas son numerosas y fuertes, tan fuertes, que sabiéndolas esgrimir bien, y sobre todo á tiempo, el guerrero más temible, más audaz y más fiero depone su lanza, inclina la cabeza y pide gracia y misericordia.
¿Qué loca manía invade hoy las cabezas femeninas al querer dejar los privilegios del sexo débil, tan bien armado, tan seguro siempre de la victoria?
¿Por qué quieren ceñir el birrete de abogado ó de doctor, dejando las blondas y las flores que tan graciosamente coronan las blancas sienes de la mujer?
Con la blanda sumision, con la amorosa obediencia abdican todo su poder, y entregan las armas bellas que poseen.
Los hombres no las contarán como sus iguales; no es la ciencia y el estudio lo que da la energía del alma, la fuerza del carácter, y de poseer estas prendas, la mujer dejaria de serlo.
Yo no quiero parecerme en nada al sexo fuerte, y prefiero escudarme con mi debilidad á tener la terrible responsabilidad de la fuerza.
_Obedecer_ es mucho mejor, más fácil y más dulce que _mandar_.
II.
Pasemos revista á nuestras armas, ¡oh, mis lectoras! y la que haya olvidado las suyas, que las prepare y las tenga prontas para el combate.
La dulzura es el auxiliar más poderoso para conquistar todo cuanto apetecemos: pues seamos dulces en todo, en el carácter, en las acciones, en la expresion del rostro, en las inflexiones de la voz, en la mirada y en la sonrisa.
Cuando un hombre se deja llevar por la cólera y se olvida de lo que se debe á sí mismo, una palabra dulce le desarma y una dulce mirada le avergüenza.
El contraste es la gran elocuencia y la gran leccion de la vida.
Una dulce sonrisa da las gracias con más verdad que una arenga, y una dulce inflexion de voz alcanza más que todas las instancias.
Todos los poetas han vestido sus canciones inmortales con el ropaje de la dulzura: ¿qué otra cosa sino su imágen son _la Cordelia_, de Shakespeare; _la Cossete_, de Víctor Hugo; _Mme. de Tecle_, de Feuillet, y _Corina_, de madame Staël?
La música, ¿nos encantaria si no hubiera en ella dulzura y sentimiento?
¿Amariamos las flores á no ser por su dulce perfume y su suave belleza?
El grato ambiente de la primavera ¿no parece reanimarnos con su penetrante dulzura?
Sí; la dulzura es lo más bello que se conoce y lo que ejerce un predominio mayor en nosotros, y con el manto de la dulzura se adorna todo lo que es inmortal; seamos dulces, aunque tengamos razon para estar resentidas, y mostremos _sentimiento_, pero _cólera_, jamas.
Julieta sedujo á Romeo por su inefable dulzura de carácter: así lo dice el poeta y así lo demuestra en la deliciosa escena de _¡Adios!_ que los dos jóvenes tienen á la aurora del dia que los separa para siempre, y en la que la amada dice al amante, para retenerle más, que no es la alondra la que canta, sino el ruiseñor el que se deja oir entre las sombras de la noche.
Habrá quien comprenda y ame á la mujer fuerte y enérgica, y yo siento no ser de ese número para amar de otro modo nuevo á la mujer; mas áun cuando la voy á buscar para admirarla al campo del pasado y entre las páginas de la historia, admiro más á la mártir de las oscuras penas del hogar doméstico que á las heroínas como Juana de Monforte y la Monja Alférez.
Bastantes hombres hay que derraman la sangre de sus semejantes.
Á las mujeres toca, no herir, sino curar, amar y bendecir.
III.
La resignacion es otra de las armas mejores, y á la vez una de las santas coqueterías de la mujer.
No es la falta de sentimiento; es el sentimiento mismo, domado, suavizado, embellecido, por decirlo así, con la dulzura y la paciencia.
No hace mucho tiempo que reconvenia yo á un hombre de mérito que, casado con una bella jóven, hacía la córte á otra mujer no tan bella.
Hacíale yo notar que no ganaba en el cambio, y me respondió:
--Usted se engaña, amiga mia, gano y mucho; mi mujer tiene un carácter insoportable, y en casa de esa persona descanso de oirla quejarse de todo; justamente esa otra no se queja de nada.
--Porque le quiere á V. ménos.
--Pues desearia que mi mujer no me quisiera tanto, y sería más feliz; cariño que se expresa mortificando, no sirve para nada.
--¿Y no le remuerde á V. la conciencia de ser infiel á su mujer?
--Absolutamente; pasaria muy malos ratos si la viera resignada y triste, pero dulce; mas ha tomado un camino que me absuelve; se enoja, se encoleriza, y me creo en paz con mi conciencia en atencion á lo que me hace sufrir.
--Si ella supiera que le era V. fiel, no estaria incomodada.
--Lo estaba lo mismo cuando yo lo era; lo ha estado siempre y siempre lo estará; así es que tanto me sirve obrar bien con ella como obrar mal, y no veo la razon de por qué no he de ser yo feliz, haciéndome ella tan desdichado.
¡Cuánto hubiera ganado aquella pobre mujer por medio de la dulzura y de la resignacion!
No hay hombre de corazon tan duro que al ver sufrir á su esposa silenciosa y noblemente por sus extravíos, no se avergüence de ellos y no procure corregirlos.
La cólera exaspera al sexo fuerte; semejante al clarin del combate, convida á la batalla y hace desafiar todos los peligros.
La resignacion es una hija del cielo, tan hermosa, tan dulce, tan benéfica, que en el alma de la criatura más afligida, más infeliz y más perseguida, derrama la tranquilidad y el bálsamo del consuelo; no hay pena que no dulcifique, ni herida cuyos dolores no alivie.
IV.
Réstame hablar de la más bella de nuestras armas; del puñalito con cabo incrustado de pedrería y delicadamente cincelado; del primoroso juguete cuyo resplandor atrae y seduce.
Esta es... la coquetería.
¿Os asustais? No hay por qué; la coquetería no tiene nada que ver con el coquetismo.
Es sencillamente el deseo de agradar y el arte de conseguirlo.
La mujer necesita conservar la coquetería para su felicidad, porque la coquetería es una especie de conocimiento de su propio mérito, que la induce á realzarlo en cuanto puede y á aumentarlo con mil graciosos é inocentes recursos; puede decirse que la coquetería es amable; puesto que se ocupa de complacer.
Entre una mujer que descuide su traje y su atavío y una mujer vestida con coquetería, no hay que dudar cuál de las dos alcanzará más victorias: no será la más buena, sino la más agradable.
Casi todos los maridos negarán una cosa justa, solicitada en nombre del derecho por su esposa, y no resistirán á la vista de un brazo blanco y torneado que se apoya en su hombro, en tanto que los labios piden por favor la misma cosa entre dos lágrimas y una sonrisa.
¡Oh, las lágrimas! Las lágrimas á tiempo son otro de los auxiliares de la coquetería.
Pero las lágrimas vertidas dulcemente, y, sobre todo, sin cólera, aunque sea con sentimiento.
Ellas son las balas de que debemos servirnos para tomar las fortalezas más inexpugnables.
La dulzura, la persuasion, la belleza, el llanto; y cuando nada de esto baste, la paciencia; hé aquí nuestros medios de conquista y nuestros recursos diplomáticos para alcanzar la felicidad en esta vida.
EL TRABAJO.
I.
En medio de todas las amarguras, de todas las penas de la vida, Dios nos ha dado un amigo, un consolador, un refugio; amigo fiel que nunca engaña, consolador incansable y lleno de abnegacion, refugio seguro y jamas asaltado por las tempestades.
El trabajo.
Dios nos lo impuso como castigo y como ley: mas nos dió tambien en él un inmenso beneficio, á la manera que un padre pone en un rincon del encierro donde ha confinado á su hijo travieso, un alimento sano y nutritivo que sostenga sus fuerzas.
Las diversiones que el mundo ofrece son impotentes para calmar los grandes dolores, para consolar las penas del corazon; el que es verdadera y profundamente desgraciado, se halla solo con su desconsuelo en medio de la multitud; sólo ve tinieblas en su interior y en derredor suyo; la alegría de los demas le fatiga y le parece un insulto; en el egoismo de su dolor quisiera que la naturaleza entera estuviese de luto, y se cree con derecho para exigirlo; su amargura es terrible, inagotable, desolada; mas si llega á recurrir al trabajo, si halla valor para vencer su pena durante algun tiempo y busca á aquel fiel amigo, está salvado.
Verdad es que las primeras horas le costarán un esfuerzo supremo; verdad es que durante algun tiempo desmayará, y el desaliento invadirá de nuevo su espíritu como una ola negra; mas poco á poco el trabajo le irá calmando y se irá insinuando como un amigo dulce y firme á la vez, que le infundirá ánimo y confianza.
El trabajo hace las veces de la familia de que se carece; del amor que se perdió en el vacío del cansancio ó en la amargura de los desengaños; de los hijos que duermen en el sepulcro; de la fortuna que ha naufragado; de todos los bienes de la vida; llena no sólo el tiempo sino el pensamiento, y las horas vuelan rápidas cuando el dolor las hacía eternas.
II.
Os voy á referir lo que yo misma he visto, pues el precepto sin el ejemplo no convence gran cosa.
Conocí á una mujer muy bella y que poseia una fortuna más que regular; su marido la amaba, y era madre de dos hijos que adoraban los dos.
Todas sus amigas envidiábamos á aquella mujer; en su casa sólo habia delicias; la paz, la alegría, moraban allí; era un compuesto de risas de niños, músicas, flores, lujo y aromas; la mesa, espléndida, atraia amables y risueños amigos; la magnificencia de su salon, amigas bellas y elegantes; cada uno hallaba en aquella casa lo que preferia, así es que todos se apresuraban á ir á ella.
Por las noches se reunia una concurrencia tan numerosa como escogida; se cantaba, se leian versos, se tomaba té, se hablaba de arte y de todo lo que es bello y agradable. Luisa, que así se llamaba mi amiga, vivia en un cielo; así deciamos cuantas personas la tratábamos.
Cuando pasaba con su marido y sus hijos, recostada en un soberbio carruaje por las anchas calles de la Fuente Castellana, todos decian:
--Ahí va la mujer más dichosa de Madrid.
De repente la vimos enflaquecer, y sus mejillas perdieron el bello matiz de rosa; parecia triste y preocupada, pero á nadie confió el secreto de su pena, que permaneció guardado en su pecho.
Pocos dias despues de esta mudanza, empezó á correr un rumor extraño.
Se decia que el esposo de Luisa hacía la córte á una amiga de su esposa, muy á la moda y muy elegante, aunque de escasa fortuna.
Una noche Luisa fué al teatro con su marido y algunas personas llegaron á saludarla. Así que estuvo acompañada, le dijo aquel que iba á salir un instante y que volvia; la funcion terminó y Luisa esperaba aún á su esposo. Tomó su coche y volvió sola á su casa.
Le esperó toda la noche en vano: no volvió.
III.
El esposo y la amiga habian huido juntos, llevándose toda la fortuna.
Sólo se salvó el dote de Luisa, que era corto, pues su marido se habia casado con ella por amor y no por miras interesadas.
--¿Qué se han hecho de tantas amigas y tantos amigos como yo tenía?--me preguntaba un dia Luisa,--todos han desaparecido con mi felicidad y mi opulencia; desde que vivo en esta modesta casa, á nadie veo.
--Te quedan tus hijos,--le dije,--no te quejes ni eches de ménos lo que tan poco vale.
Luisa se resignaba abrazando á los dos niños. De repente fué el mayor atacado de viruelas malignas; contagióse el segundo, y en el término de quince dias los perdió á los dos.
Entónces aquella pobre alma cayó en la más negra desesperacion.
--Trabaja,--le dije un dia,--ó te matarás.
--¡Trabajar!--exclamó con amargura,--¿para qué? ¿para quién?
--Para distraerte.
--¿Piensas que el coser ó el bordar me distraerá?
--No hablo del trabajo mecánico; ocupa tu pensamiento; traduce para un editor; y con lo que te dé, socorre á los que tienen ménos que tú: eso te producirá dos bienes: la distraccion y el poder aliviar la desgracia.
Luisa siguió mi consejo; la soledad de sus dias se los hacía eternos; su dicha habia huido como el humo, para no volver.
Sabía el inglés y el frances y se puso á traducir.