Un libro para las damas: Estudios acerca de la educación de la mujer · Unidad 6 de 32

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Cuando se cansaba de este trabajo, tomaba una obra de tapicería y copiaba de los dibujos que se venden para este fin, pinturas y paisajes enteros, con una facilidad y belleza sorprendentes.

Así la combinacion de los colorea y detalles ocupaba su imaginacion, tanto como su mano.

Luisa sabía dibujar con perfeccion, y utilizaba su talento dibujando con su aguja.

De todo esto sacaba algun dinero y socorria algunas desgracias.

Lo que no hubieran alcanzado las diversiones y las distracciones del mundo, lo consiguieron el trabajo y la ocupacion contínua.

Luisa se consoló poco á poco de la injusticia de su suerte, y dejó de pensar en los amigos ingratos y egoistas, en las amigas que la explotaban sin amarla, y que huyeron de su lado el dia de la desventura; pensaba en sus hijos, que le guardaban un sitio en el cielo, y se ocupaba de aliviar las desgracias ajenas, que es el solo medio de ser dichoso en el mundo.

Un dia supo que su marido, arruinado por la mujer á la que todo lo habia sacrificado, se hallaba miserable y careciendo de recursos. Luisa le envió todos los que tenía, y redobló su trabajo.

Su marido, avergonzado, conmovido, quiso salir de la abyeccion en que estaba, é imitó su noble ejemplo; buscó trabajo á su vez, lo encontró y fué á llamar á la puerta de su mujer.

--No hablemos del pasado,--le dijo ésta,--yo no me acuerdo de nada; me hallas honrada como me dejaste; trabajemos juntos.

Así se hizo; Luisa siguió traduciendo y bordando; su marido aceptó un modesto destino, y en breve un agradable y tranquilo bienestar reemplazó á su pasada opulencia.

Un hijo ocupó el lugar de los que habian volado al cielo, y fué para los esposos un nuevo lazo. Este niño, educado para el trabajo, será algun dia uno de los grandes artistas de quien nuestra patria se envanecerá con más justicia.

LA BENEVOLENCIA.

El ser buena es una ganga; para ser feliz ser buena.

LUIS EGUILAZ.

(_La Cruz del matrimonio._)

I.

¡Oh vírgen celeste, suave, pura, amable, tan adorada y tan digna de serlo! ¡Oh dulce y modesta benevolencia! ¡Quién no te acogerá en su seno! ¡Quién no te dará un blando asilo en su alma! ¡Quién no querrá hacer de tí la compañera de su vida!

Bajo tu blanco velo se cobijan todos los desdichados, y tu grata sonrisa borra todos los defectos: en vano la intolerancia te muestra su torva y adusta faz; serena y apacible, tú le muestras tu tranquila mirada y grata sonrisa.

Puede decirse que tú haces más bien que la caridad; porque ésta sólo alivia las grandes desgracias y tú endulzas las mil amarguras de la vida.

II.

No hay nada que más se tema, y por consiguiente que ménos se ame, que una persona excesivamente rigorista: un hombre de carácter duro é intratable inspira temor, y se desea estar siempre léjos de él; pero si estos defectos recaen en una mujer, la hacen insoportable y causan su eterna desgracia.

Es natural suponer en la mujer un carácter dulce, apacible y blando, un corazon tierno y sencillo, y gran flexibilidad de voluntad; nadie se admira de que una mujer sea excesivamente tímida y dócil, pero á lo que nadie puede acostumbrarse es á ver á una mujer dura é intolerante.

La que se halle dotada de estos hirientes defectos no conocerá nunca la amistad, ni acaso el amor.

La benevolencia es la llave que abre todos los corazones, y parece tan natural en la mujer como el perfume en la flor. ¿No sería extraño que una bella rosa exhalase miasmas pútridos?

Tan extraña me parece una mujer intolerante y malévola.

¡Cuántas veces ha conquistado una amistad eterna una sola palabra indulgente!

¡Cuántas el rencor ha caido deshecho como nube de verano ante una dulce y confiada sonrisa! Hay pocas personas y pocas acciones que merezcan ser miradas con rigor y calificadas con dureza: áun en el fondo de los crímenes se ocultan casi siempre grandes y aterradoras desgracias.

Una de las reglas más seguras de la buena educacion es darse por ofendido en sociedad las ménos veces posible; el ofenderse, ademas de demostrar mal carácter, humilla al enojado; la verdadera dignidad hace imposible hasta el pensamiento de que se le falte, y quita la susceptibilidad ridícula, dejando la noble é inquebrantable fortaleza con que debe rechazarse siempre el verdadero insulto.

III.

Es imposible llevar nada en la vida con un rigor extremado, porque es imposible que los que nos rodean lleguen á la perfeccion que nosotros mismos no podemos alcanzar.

La tolerancia, la benevolencia, son necesarias no sólo con la sociedad y con nuestros amigos, sino hasta con la propia familia.

Exigir que un hombre abrumado con los cuidados de la vida sea siempre afable é indulgente, galante, cariñoso y lisonjero, es una utopia que nunca llegará á verdad, es una ilusion que jamas podrá verse realizada.

Nadie nace perfecto: el carácter tiene sus alternativas, como las tiene el corazon: como el mar tiene sus mareas, como el cielo sus nubes: toda persona que siente mucho es desigual, porque la variedad de sus impresiones se refleja en el exterior si no tiene gran dominio sobre sí misma.

La benevolencia es, pues, uno de los ejes sobre que gira la felicidad humana; cuando alguna accion desagrada, es necesario ponerse en el lugar del que nos ofendió y preguntarnos:

¿Qué hubiera yo hecho en su caso? Con su educacion y en sus circunstancias especiales, ¿hubiera hecho otro tanto?

Este exámen de sí mismo trae, á no dudarlo, la indulgencia.

Á no haber mucha benevolencia, tampoco lograrémos nunca tener amigos: es preciso tomar á las personas con sus defectos y sin la pretension de corregirlas: por el contrario, hay que excusar estos defectos por el recuerdo de las buenas cualidades: apénas habrá una persona que no sea apreciable por alguna sobresaliente y bella dote de corazon ó de carácter.

Las personas más intolerantes y más rígidas aprecian y admiran á las benévolas y corteses.

Hace poco tiempo oí yo decir á una persona que era más que intolerante, maldiciente:

--El Sr. N.... es sumamente apreciable y tiene la más distinguida educacion, porque jamas habla mal de nadie.

IV.

La murmuracion, ese vicio que tan arraigado se halla en la sociedad, y áun en los círculos más elevados y escogidos, es enemiga mortal de la benevolencia, y la que hace alarde de ella demuestra, no sólo malos sentimientos, sino tambien mala educacion.

El tocado, la figura, los modales, las costumbres de las personas á quienes tratan, ofrecen incesante pasto á la murmuracion de algunas mujeres, y no pocas veces me he preguntado yo si serán tan dichosas que la escasez de sus propios cuidados les haga pensar tanto en los ajenos.

Las que así viven, las que de eso se ocupan, deben tener un corazon muy seco, una cabeza muy vacía y una casa muy mal arreglada.

La felicidad y el buen órden de una familia exigen una atencion constante y grande cuidado.

¿Cómo pensará en lo que le concierne quién sólo se ocupa de investigar y de censurar lo que hacen los demas?

Es de todo punto imposible combinar el deseo de saber y de criticar vidas ajenas, con el cuidado de la propia.

La benevolencia trae consigo una dulce paz y una inefable quietud, porque no habiendo amargura en el alma es segura la dicha.

¡Hacer bien! ¡Qué grata ocupacion!

¡Pensar bien! ¡Qué noble empleo de la inteligencia!

Disculpar, amar, consolar; ¡qué tres cosas tan dulces y tan fáciles!

Cuando nos creemos ofendidos, olas de amargura invaden el ánimo, y la sed de la venganza es como la túnica de Neso, que abrasaba al que la llevaba consigo.

Una mujer que adoraba á su marido fué no sólo olvidada de éste, que se aburrió de ella, sino perjudicada en sus intereses, casi arruinada por él.

--¿Por qué le sufres eso? le preguntaba un dia una amiga suya, indignada de verla soportar con paciencia uno de los ultrajes más duros que puede sufrir una mujer.

--Porque le amé, respondió la pobre ofendida.

--¿Y hoy le amas?

--Ya no.

--¿Por qué dejas que te arruine?

--Porque le amé.

--Si á lo ménos dijeras que áun le quieres, tendriais disculpa en tu debilidad.

--Pero mentiria: ya no le quiero; y no obstante, le quise tanto, que el recuerdo de aquel amor basta para que le perdone.

--Lo que tú buscas siempre es motivo para no acusarle.

--Es verdad.

--Y cuando no encuentras motivo, hallas pretexto.

--Tambien es cierto: y al obrar así, miro por mi tranquilidad: no me aconsejes la desesperacion negra, sombría y desolada: déjame para alivio la benevolencia, esa suave hija del cielo que cobija mi sueño con sus alas, que hace dulces lágrimas de los raudales de mi amargo llanto: siendo indulgente y generosa, soy ménos infeliz.

SENSIBILIDAD Y SENSIBLERIA.

I.

¿No os ha llamado la atencion alguna vez, lectoras mias, la errada manera con que generalmente se juzgan en el mundo, no sólo las acciones, sino hasta los sentimientos?

Raras, rarísimas veces se da á las cosas el nombre que les corresponde, y esa terrible _opinion pública_, á que tanto y con tanta razon tememos todos, tiene ordinariamente un punto de vista que no puede ser más equivocado.

Se llama, por ejemplo, _bondadosa_, á una persona que sólo es amable; _dulce_, á la que no se cuida de que el mundo se desplome; _cariñosa_, á la que hace algunas zalamerías de rutina, sin pensar jamas en las desgracias ajenas; _prudente_, á la que deja ofender con una cobardía indigna á un amigo ausente; _indulgente_, á la que mira con indiferencia los yerros y áun las faltas de las personas que deben serle más amadas, y así se juzga de todo lo demas.

Por lo que toca á la mujer, la opinion pública anda aún más descaminada: la modestia y áun la dignidad se toma muchas veces por escasez de inteligencia, al paso que se da el nombre de _talento_ á la osadía para hablar de todo, bien ó mal.

Pero dejando las várias equivocaciones que tanto daño hacen al sexo débil, vengamos al asunto que es objeto de este pobre artículo; es decir, á la definicion de una especie que abunda mucho y que merece ser conocida.

Voy á hablar de las _sensibles_ y de las _sensibleras_, y quisiera hacerlo de un modo que aquéllas y éstas quedasen en el lugar que les corresponde, para que no se pudieran confundir en adelante como hasta hoy.

II.

La sensibilidad es uno de los más bellos atributos de la mujer, y sin ella puede decirse que no tiene de mujer más que el nombre.

Pero aquella bella y dulce cualidad no se da á conocer por alardes contínuos: una pequeñez la descubre, y acaso ni ella misma sospecha que existe: la sensibilidad es una compasion natural y tierna de las penas y de los dolores de los otros; es el deseo de ayudarlos; es el generoso anhelo de la felicidad ajena: una lágrima es á veces un testimonio irrecusable de la sensibilidad del corazon: el cuidado de los animales indefensos, el cariño que se les profesa lo es tambien: no hay ninguna persona verdaderamente sensible que maltrate á un animal.

Hace pocos dias fuí yo á ver á una jóven muy bella que conozco: su aire de hada, la delicadeza encantadora de sus facciones, la dulzura de su voz y la elegancia de sus modales, hacen de ella, más bien que una mujer, una sílfide: ademas está siempre hablando de su sensibilidad: jamas va á ver un drama, porque se pone mala: las emociones, segun ella dice, la matan, y se queja contínuamente del corazon.

Cuando yo llegué á su casa se me hizo entrar en una pequeña habitacion, donde se hallaba: delante del balcon, y acostada en un canastillo, habia una gata rodeada de cuatro hijuelos que habia dado á luz: la sílfide eligió el de la piel más bonita, y señaló los otros tres á un criado, diciéndole:

--Vaya V. ahora mismo á tirarlos léjos de aquí.

Este rasgo acaso parezca insignificante á muchas personas: ¿qué importa, en efecto, la vida de tres animalillos recien nacidos?

Nada á primera vista; y sin embargo, yo no he podido ya estimar á la delicada persona que decretó la muerte de aquellos infelices bichos, con la sonrisa en los labios, con tan perfecta tranquilidad.

Una mujer sensible puede alumbrar sin palidecer para que corten un brazo á una persona querida, si de esto depende la conservacion de la vida de aquella persona, y no será extraño que al ver á un anciano tenderle una mano en demanda de una limosna prorrumpa en lágrimas.

Una frase de un drama ó de un libro humedece á veces los ojos de una mujer, y (bueno es decirlo en loor suyo) los ojos de un hombre tambien; y sin embargo, acaso esta mujer y este hombre no se habrán sabido desmayar en toda su vida, ni habrán dicho ninguna frase pomposa y estudiada.

Dejemos á las sensibles para acudir á las _sensibleras_, no sin asegurar ántes que la sensibilidad es silenciosa y se oculta en el misterio y en la sombra.

III.

--¡Oh! ¡Yo soy muy sensible! ¡No puedo pasar por delante de la casa donde viví con mi pobre marido!--decia hace poco tiempo delante de mí una viuda bonita y muy coqueta.

--¡Ah! ¡Sacadme, sacadme de esta casa! gritaba otra jóven á quien tambien conozco, ¡no quiero estar en ella durante la agonía de mi padre!

--Y sin embargo, mi querida sobrina, objetó una hermana del que agonizaba, ¡tu padre moriria más tranquilo si pudiera verte hasta el último instante!

--¡Oh! ¡Pero yo sufriria horriblemente!

La anciana señora se encogió de hombros, y una amarga sonrisa entreabrió sus labios.

La hija salió de la casa, conducida por una amiga que elogiaba su _sensibilidad_, y el padre murió sin el consuelo de fijar su última mirada en los ojos de su hija.

Cualquiera podria pensar que aquella jóven ha deplorado el no haber recibido el último abrazo de su padre; pero nada de eso: se creyó en su derecho huyendo de un espectáculo que la hacía padecer.

En cambio, estas personas que nada sienten, que por nada se conmueven, padecen de convulsiones, desmayos, síncopes y risas nerviosas, en tales términos, que su salud está siempre quebrantada, y que es preciso mimarlas de contínuo y sin descanso.

Las _sensibleras_ creen que todo se les debe de justicia: yo he escrito una novela titulada _El Sol de invierno_, en la que pinté una de esas mujeres monstruos de egoismo con cara de ángel, y algunas de la especie se han visto retratadas allí con sobrada fidelidad, lo que no es extraño, porque el retrato estaba tomado del natural y estudiado en sus detalles.

En este libro, Gertrúdis á los veinticinco años ve partir á su marido á Cuba, y no llora por no estropear sus bellos ojos, pues tiene que asistir al siguiente dia á un baile: confia despues la educacion y el cuidado de sus hijas á una aya, porque _le hacen sufrir horriblemente_ las dos niñas con los cuidados que exigen: doce años despues es una de las mujeres más á la moda de Madrid, y la llaman _Tulita_, gastando su caudal en mantener parásitos y amigas íntimas, que contemplan su sensibilidad y la llenan de mimos: y diez años más tarde se convierte en santurrona, pasándose las mañanas en oir misas y las tardes en rezar trisagios, dejando á sus hijas que pasen á su vez el tiempo como mejor les parezca, y evitándose cuidados que _le hacen sufrir mucho_.

Este retrato es el de muchas _sensibleras_, de voz melosa y plañidera, de gestos sentimentales, y que en el fondo de su alma no aman ni estiman á nadie, ni reconocen otro deber que el de mirar por sí mismas y cuidar su extrema impresionabilidad.

Muchas de esas señoras no saben si su marido tiene disgustos, ni á qué hora sale de casa, ni á la que vuelve: ignoran si sus hijos estudian, y si sus hijas leen libros peligrosos: son tan sensibles que se ahorran toda clase de cuidados.

--¡Oh! decia hace pocos dias delante de mí una sensiblera: ¡no hay nada mejor en el mundo que aproximarse todo lo posible á la piedra! ¡Para conseguirlo trabajo yo todo lo imaginable!

--Pero ¿y los goces del sentir? le preguntó una persona de su familia, riéndose por adelantado de la respuesta que iba á darle.

--¡Oh! ¡Sentir es el castigo de la humanidad! ¡Sólo el que no siente es feliz!

--¿Entónces los chopos y los alcornoques son muy dichosos, segun tú?

--¡Alcornoque quisiera yo ser!

--¡Y lo eres! murmuró la otra dama con una burlona y graciosa sonrisa.

IV.

¿Habeis visto alguna carta de una sensiblera?

¡Qué estilo tan romántico!

¡Qué profusion de exclamaciones!

¡Cuánto! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ay!

¡Qué lacrimosas frases!

¡Qué períodos tan tiernos, tan exagerados, para decir la cosa más trivial y más pequeña!

El tormento que esas personas imponen es irresistible: es preciso amarlas mucho, porque, segun dicen, para ellas _el amor es la vida_; y hay que compadecerlas de contínuo por sus males imaginarios.

La sensibilidad verdadera, por el contrario, es pudorosa y reservada; se explica casi siempre por una lágrima furtiva, y enjugada ántes de que nadie se aperciba de su aparicion.

Una mujer verdaderamente sensible se desmaya y grita pocas veces; pero es fácil que se muera de dolor con la sonrisa en los labios, y haciendo la dicha, miéntras viva, de cuantos la rodean.

LA IMPACIENCIA.

I.

Dice no sé qué pensador profundo, que de casi todas nuestras desdichas debemos pedir perdon al cielo.

Lo que quiere decir, que de todas nuestras desdichas tenemos nosotros la culpa.

Esto parecerá aventurado y duro; y sin embargo, reflexionándolo bien, se ve que dicha afirmacion encierra una gran verdad.

Hay dos cosas que se pagan caras en el mundo, y que tienen su castigo próximo y cruel: la impaciencia y la necedad.

Muchas empresas han abortado por no tener un poco de paciencia. Hay quien lleva á cabo una grande obra, y acabándose su paciencia cuando llega á los últimos detalles, pierde todo cuanto en ella ha trabajado.

La perseverancia ha alcanzado triunfos increibles. Una persona de muy pocos alcances puede llegar con la constancia adonde no llega el más luminoso y elevado talento, y es que por lo regular al gran talento va unida la carencia de perseverancia y de fe.

Por el contrario, una inteligencia limitada se reconoce incapaz de hacer grandes cosas, y se aplica con todas sus fuerzas á lo que emprende.

II.

Es muy comun en el mundo hacer juicios errados y equivocar lo que es consecuencia de altas cualidades del espíritu con defectos de carácter.

No hace mucho tiempo que oia yo á unas jóvenes quejarse de que su madre tenía mal genio, y esto lo oia por la milésima vez.

Nunca habia querido discutir con aquellas personas, temiendo que acaso no comprendiesen lo que iba á decirles; mas la acusacion esta vez me pareció más injusta que otras, ya por la particular disposicion de mi ánimo, ya porque era más claro el error de aquel aventurado juicio.

--Vuestra madre, dije, no tiene mal genio, y vosotras la juzgais con injusticia.

--¿Pues no ves, me respondieron, cómo se enfada? ¿Nos podrás negar que su carácter es impaciente?

--No, porque lo es.

--Y el ser impaciente, ¿no equivale á tener mal genio?

--Es muy distinto; vuestra madre se impacienta porque la herís; porque es excesivamente sensible, y porque la lastimais de contínuo. ¿No habeis reparado que la menor palabra vuestra la tranquiliza y la aplaca? Pues el carácter que se doblega así no es malo.

--¿Querrás decir que lo tiene dulce?

--No, lo tiene impaciente, y ése es un mal más bien para ella que para vosotras. Vuestra madre siente con vehemencia y expresa con sinceridad: eso es todo.

--Y nos hace á los demas completamente infelices con esas dotes.

--No sostendré lo contrario; pero lo que os hace infelices es la exageracion de esas dotes, y, sobre todo, la impaciencia, que es consecuencia inmediata.

En efecto: si aquella madre hubiera sabido reprimir la impaciencia, sus hijas la hubieran amado mucho más y estimado mucho más tambien de lo que la estimaban.